viernes, 4 de enero de 2013

CONVERSACIONES CON STENDHAL



Conversaciones con Stendhal


Por Federico Bello Landrove


     Crecí escuchando en mi familia que Rojo y Negro era la mejor novela de la Historia (supongo que dejarían aparte el Quijote). Yo no entro ni salgo en esa valoración, pero creo que tiene mucho que ver con el presente relato, el cual constituye una atrevida recepción íntima de Stendhal en una de mis ciudades, como punto de partida para reflexionar con él, como escritor y como viviente (recuérdese su auto-epitafio).




1.  Introducción


     El  frío apretaba de firme a primera hora de la tarde en la Plaza Mayor de Villafranca, pero no tenía más remedio que acudir a recibir la posta de Madrid. Apenas tres días antes, había llegado una misiva de mi joven amigo, Prosper Merimée[1], anunciándome la llegada de un personaje y rogando me encargase de hacerle útil y amena su estancia en mi ciudad. No iba a ser fácil, a juzgar por la presentación que del huésped me hacía: persona culta y muy viajada, de cuarenta y tantos años de edad, escritor que empezaba a ser conocido, militar excedente de los tiempos del gran Napoleón y funcionario cesante por sus ideas políticas jacobinas y carbonarias, en el decir de su introductor.


     Tengo cierta tendencia a exagerar, como habrán constatado ya. Calificar al señor Merimée de amigo era entonces excesivo, cuando nuestro único encuentro, pocos años atrás, había consistido –como joven estudioso de los temas españoles, que él era- en facilitarle el acceso a la biblioteca universitaria y presentarle a algunos colegas míos del Claustro. Por lo demás, Prosper parecía conocer mi ciudad bastante mejor que yo mismo. Y, en cuanto a desmerecer Villafranca, en comparación con su próximo e ilustre visitante, tampoco resulta justo. Todo lo que yo quería decir es que el mes de diciembre despoblaba las aulas y hacía tiritar cantinas y mentideros. Eso sí, las campanas seguían tañendo en la niebla y las preces elevándose en acción de gracias por nuestro rey y señor –más esto que aquello-, don Fernando VII, que ahora descansa en paz y es de esperar que hasta el Juicio Final.


     Bajo los soportales, cuya protección maternal apenas resguardaba del cierzo y la helada, la espera se deslizaba entre el humo de los cigarros y los juramentos vafosos de los carreteros. Por fin, con hora y media de retraso, patinando en el hielo, hizo su entrada en la plaza el airoso carruaje, del que descendieron, ostensiblemente entumecidos, media docena de viajeros, rehilando a la espera de su equipaje.


     Supuse quién era mi objetivo, al observar a un individuo de mediana edad, ancho de rostro y cuerpo fornido, quien contemplaba admirativamente, nada más apearse, el espectáculo de la plaza, tan repetido para los indígenas, que ya habíamos olvidado la emoción que despertaba en los forasteros. Me aproximé, escuchando de sus labios, por dos veces, estás palabras: Le blanc et le rose, le blanc et le rose[2].


     Ya no cabía ninguna duda. Alcé el sombrero y, en mi mediocre francés, pregunté:


-          ¿Tengo el honor de dirigirme al señor Beyle?


     Así era. Don Enrique Beyle había puesto sus pies, inmortales más tarde, en la Plaza Mayor de Villafranca[3].


***

     Aquél gélido día de diciembre fue uno de los postreros del año de gracia de 1829, pocos meses antes de mi matrimonio y del feliz nacimiento de doña Isabel II, a quien Dios guarde. Mi memoria, como los airosos pináculos rosas de la Plaza en el día de nuestro encuentro, pierde nitidez y se emboza con mil lagunas y aderezos. No es extraño, ya que escribo este verídico relato en 1852, a petición de mi –ahora sí- buen amigo Merimée, para la Revue des Deux Mondes[4]. Parece ser que la famosa publicación ha decidido preparar un número especial, en conmemoración del décimo aniversario del fallecimiento del hoy admirado Stendhal. Ante los severos lectores franceses, habré de presentar un artículo sólido y bien hilado, dentro de la extensión que me ha sido aconsejada. Para mis amigos villafranquinos y los curiosos que, en el futuro, puedan leer en España estas páginas, me permitiré mayor prolijidad y desaliño, con tal de transmitir con pasión y franqueza los recuerdos y andanzas de antaño. Aún me parece estar escuchando su voz, sentados a un velador del café Italiano:


-          Desengáñese, Menéndez. El pudor tiene la desventaja de que habitúa a mentir.


     Pues eso. Me desprenderé de toda circunspección, a fin de que ustedes no hayan de tacharme, con verdad, de mentiroso.      


***


     Difícilmente habría logrado en tres días el acervo de recuerdos que aquí vierto, si no hubiese sido por una casualidad que he de tildar de afortunada. Y es que la fonda más acreditada de Villafranca cerrara por reformas en aquellos días, aprovechando la ausencia vacacional de los estudiantes foráneos. Ciertamente, había otras pensiones, pero me sentía inseguro recomendándolas a un señor de allende los Pirineos. Así que tomé una decisión:


-          No se hable más, señor Beyle, que anochece y hace un frío de perros. Por hoy, pernoctará usted en mi casa y mañana, Dios dirá.


     Vencí las protestas del francés con la seguridad de que vivía casi solo, sin otra compañía que una tía materna y nuestra vieja criada de siempre. La casa era grande, aunque un poco destartalada, como correspondía a aquellos pétreos edificios del XVII, que mi Universidad pone a disposición de sus autoridades y catedráticos, por un modesto alquiler. Pareció alegrársele el ojo a mi huésped, cuando vio sobre el portalón el historiado escudo de la Academia, cuyo relieve realzaba el farol cimero. Me insistió, con una sonrisa:


-          Solo por esta noche, profesor. La verdad es que estoy molido del viaje.


     A esa noche, siguieron otras dos y ambos excusamos tratar de nuevo, durante su breve estancia, de un cambio de alojamiento. De hecho, salvo las horas de sueño y las que el escritor invirtió en la biblioteca universitaria consultando infolios y manuscritos, compartimos todos los momentos de su visita a Villafranca. El día en que partió regresé un poco mustio a casa. Pensaba en escribir a mi prometida y contarle con detalle aquellas jornadas, aunque solo fuera por revivirlas. Tía Bernarda llamó mi atención, tan pronto escuchó mis pasos en la escalera:


-          Alfredo, mira lo que nos ha dejado don Enrique.


     Me condujo hasta la habitación de huéspedes. Sobre la colcha adamascada color oro viejo, lucía un espléndido ramo de hibiscos y camelias, que llenaba la pieza de fragancia verde y rosa. Al tomar las flores en mis brazos, se deslizó hasta la cama un folleto impreso, de apenas veinte páginas, obra del recién ido, cuyo título rezaba así:


Le coffre et le revenant

Aventure espagnole[5]


    Llevaba una breve dedicatoria, si es que podía llamarse tal: D’abord, Grenade, mais veuillez attendre les fruits de Villefranca[6].


     El ramo de flores y la nota manuscrita: muy suyo. En cuanto a los frutos, ya forman parte de la Historia de la Literatura.


     Realista, mi tía comentó:


-          ¿De dónde sacaría ese señor unas flores tan hermosas en invierno?


     A lo que yo, romántico, contesté:


-          De su fantasía.



2.  El fracaso de Pigmalión



     Me parece recordar que, durante la cena de nuestra primera noche, el señor Beyle retomó mi confidencia vespertina y, por hilar algún tema personal de conversación, comentó:


-          Tengo el infortunio –sinceramente lo digo- de haber estado muchas veces enamorado, pero tan escasamente correspondido, que afronto la quinta década de mi vida en situación de soltería, ya difícilmente esquivable. En consecuencia, mi estimado señor, no puedo menos de alabar su decisión, y su suerte, de contraer próximamente matrimonio.


-          No crea que me ha sido fácil hallar a la esposa de mis sueños –repliqué-. Dediqué mis años mozos al estudio y la forja de un porvenir como profesor. Y así, cuando quise darme cuenta, había cumplido los treinta sin tomar en serio el cambio de estado. Afortunadamente, la elegida la tenía en casa, como suele decirse. Se trata de la hermana menor de una de mis cuñadas, que reside en la ciudad, no lejana, de Castellar y que…


-          ¿La conoce usted bien, estimado amigo?


-          Nos hemos visto en contadas ocasiones, pero nos carteamos con frecuencia y tengo de ella, por mis familiares allá, las mejores referencias. Vea usted su retrato, agregué, sacando una miniatura del bolsillo del chaleco.


-          Hermosa, en verdad –comentó Beyle, al mirarla-, pero no descuide la frecuencia y profundidad de su conocimiento.


-          Caballero, contesté un tanto amostazado, no creo oportuno llegar a determinados extremos de intimidad hasta después del matrimonio. En todo caso…


-          Perdóneme, señor Menéndez. Entre las diferencias de nuestras lenguas maternas y mis propios fantasmas, he llegado a ofenderlo sin motivo ni intención. Acabemos este excelente asado y luego, fumando una pipa, le revelaré el motivo de mis aprensiones, que no tienen por qué ser las suyas.


     Dicho y hecho. Sentados junto al fuego de la chimenea, en la compañía acogedora del tabaco y unas copas de jerez, mi huésped entornó los ojos y dio comienzo al relato:


-          Uno de mis pocos amigos de la infancia hubo de partir de Grenoble, como yo, al concluir sus estudios en la École Centrale, solo que lo hizo hacia Marsella, con lo que le perdí la pista; de modo que cuanto sucedió después, y que yo ahora voy a resumirle en lo que viene al caso, lo he sabido de segunda mano, a través de mis familiares en el Delfinado.


Es el caso, que mi amigo Richard –llamémoslo así- sentía especial predilección hacia una prima suya, cinco años más joven, de nombre Clothilde, inteligente y simpática, a la que hubo de abandonar durante varios años, por mor de sus estudios y de la  gloria militar, que a todos los jóvenes franceses pareció convocarnos desde que apareció en el horizonte aquel astro rutilante, llamado Napoleón.


Con todo, Richard nunca olvidó la promesa, hecha a Clothilde al partir, de escribirle con frecuencia y con la mayor sinceridad. Antes bien, su prima suponía para él la personificación  de cuanto era digno de proteger y cultivar en la mujer. El recuerdo del mundo de opresión y oscurantismo, en que ella había necesariamente de moverse, lo encocoraba y llegaba a sentirlo tan honda y angustiosamente, cual si lo hubiera él de padecer. En sus cartas volcaba el joven el deslumbramiento por la cultura, el júbilo de la libertad, la defensa acendrada de la grandeza femenina, el desprecio por cuanto de rancio, clasista y falso creía hallar en la religión y la sociedad. A todo ello contestaba puntualmente su prima, en misivas breves y dulces primero, sentimentales y firmes más tarde, reflexivas y críticas luego, pero reconociéndolo siempre como su maestro y mejor amigo.


Por su parte, Richard, cada vez más desengañado de los valores del gran mundo y baqueteado por la crueldad y los sufrimientos de la guerra, iba insensiblemente cambiando de registro –a la inversa que su prima-: de la certeza, al escepticismo; de la ambición, a la modestia; de la racionalidad, al sentimentalismo. Hubo un día en que añoró, incluso, aquellas cumbres nevadas que otrora le asfixiaban; el campaneo de iglesias y ganados, más que el tintineo de las espuelas y  del oro amonedado. Sintió un escalofrío al leer en una de las cartas de Clothilde, que esta se paseaba por Grenoble vestida de hombre[7]. Pensó: es el momento de ver correr de nuevo las aguas del Isère.


Reencontrarse ambos primos y brotar en el corazón de mi amigo el más vivo amor por Clothilde, fue todo uno. La niña se había convertido en una hermosa mujer, tan inteligente como siempre, pero ahora firme, segura y plena de carácter. Por su parte, ella lo adoraba como el espíritu elevado y casi puro, que había modelado durante años su mente y su conducta. Era próximo el parentesco que los ligaba, pero familia y autoridades condescendieron en no poner obstáculos a aquella unión inevitable y el matrimonio selló el noviazgo,  apenas vivido durante unas semanas.


No tardaron ambos esposos en percatarse de lo precipitado de su resolución. Años atrás, sus almas podrían haber entrado en una conjunción tan firme e inexorable, como la de los cuerpos celestes. Ahora, aquellos espíritus gemelos -¡qué digo gemelos, filiales!- habían iniciado una separación, una divergencia, que el futuro no haría sino agrandar. Podría creerse que el amor acabaría por superar todas las diferencias, pero ellos sabían que no había de ser así. Richard tenía demasiada edad, excesiva experiencia y lasitud, como para volver la espalda en el camino de la vida y retornar al entusiasmo y la fuerza de su juventud. Clothilde era demasiado severa y orgullosa para admitir que su Pigmalión estuviera desengañado y sin entusiasmo, lejano a embarcarse en la singladura que ella había soñado. El cuidado de su pequeño hijo, lleno de discrepancias y fuente de limitaciones, acabó por romper su avenencia, ya poco más que una apariencia de cara al exterior.


Hace unos años, coincidí con Richard en un teatro de París. Sabedor por mi familia de cuanto dejo dicho y de la separación de los esposos, evité preguntarle por tan dolorosos hechos y nos limitamos a cambiar algunas frases de cortesía en el entreacto. Cuando ya avisaban de la reanudación, despidiéndonos, me soltó de sopetón: Por cierto, he leído tu ensayo sobre el amor[8]. ¡Qué bueno debe ser estar tan seguro de cuanto conviene a ese sentimiento maravilloso!


De lo que se deduce, amigo Menéndez, que, o bien Richard no había leído a fondo mi obra, o –lo que sería peor- he transmitido a los lectores una seguridad que yo mismo estoy muy lejos de poseer. En fin, tal vez haya llegado el momento de retirarnos: no querría perder el sueño por causa de mi mala conciencia.



3.  El literato y el penalista



     A la mañana siguiente, pregunté a mi ilustre huésped por su proyecto de jornada, en el bien entendido que –pese a la reserva de Merimée al respecto- estuviera visitando Villafranca por algo muy especial. Pareció un tanto azorado, al responder:


-          Temo abusar de usted, pero confieso que mi visita a esta histórica ciudad tiene como principal motivo consultarle respecto de un problema relativo a mi condición de escritor. Nuestro común amigo Prosper me ha hablado maravillas de su talento y experiencia como penalista.


-          No le negaré, por falsa modestia, que fui discípulo del ilustre Lardizábal [9] en sus últimos años, ni que colaboré, en nombre de mi Facultad, en la redacción del malhadado Código Penal del año 22. Fuera de eso, toda mi experiencia criminalista se reduce a la defensa de oficio de contados malhechores y a fungir de maestrescuela en la jurisdicción académica.


-          Con todo, profesor, ya que mi manía viajera me ha traído hasta su hermoso y trágico país, no me negará su consejo, ni el acceso a los fondos bibliográficos de su centenaria Universidad.


-          Por supuesto, cuente con ello; por más que nuestros repertorios y centones de casos criminales no admitan comparación con su viejo Pitaval [10], ni con la excelente Gazette des Tribunaux [11].


     El señor Beyle pasó toda la mañana en la biblioteca universitaria, rodeado de polvorientos ejemplares, que atesoraban el saber de los siglos y la evidente incuria del personal encargado de conservarlos. Entre aquellas gruesas paredes, escasamente iluminadas por enrejados ventanales, abiertos en altura para librar las estanterías barrocas, el frío generaba vahos y escalofríos, apenas paliados por un par de estufas colocadas en el centro de la estancia. Mi lector tomaba notas de vez en cuando, pero su constante ir y venir en busca del bibliotecario y su ayudante, evidenciaba que poco o nada le era de provecho. Al fin, mientras bajábamos la historiada escalera camino de una reconfortante olla podrida, me disculpé:


-          Lo siento, Beyle. Habrá notado que, por más incunables de que alardeemos, esto no es la Sorbona.

-          Estoy pensando –bromeó- en abandonar en agraz mi inútil tarea y pasar la tarde junto al fuego, templando los músculos y cepillando cuidadosamente la ropa que llevo puesta.

-          Excelente, repliqué. A cambio, le prometo toda mi cooperación en los abstrusos temas penales que tan preocupado lo tienen.



***


     Resultó que el señor Beyle tenía entre manos una novela, en la que había puesto grandes esperanzas, y para cuyo desarrollo argumental era básico insertar un asunto criminal. Según me dijo, el punto de partida eran dos notables casos de homicidio, de los que había tenido conocimiento, bien por la prensa o revistas especializadas, bien por noticias de primera mano de sus paisanos [12]. Como parece lógico, mi consultante no pretendía seguir servilmente tales sucesos, ni recoger lo más sórdido de ellos. De manera un poco paradójica, me llegó a decir que una cosa era reflejar la realidad y otra abdicar absolutamente de su temperamento romántico. Reconozco que fue la primera ocasión en que escuché este calificativo, luego tan repetido y hasta malinterpretado.


     Mirándome fijamente a los ojos, me apremió con la siguiente pregunta:


-          Profesor, como buen conocedor del alma humana, ¿qué diría usted que resulta más fuerte como causa del asesinato, el amor o la codicia?


     Como quiera que me procurase una pausa reflexiva, a base de tomar unos sorbos de café, mi interpelante volvió a la carga:


-          ¿Y qué sería más verosímil en una mujer, traicionar a su antiguo amante por celos, o por escrúpulos morales y de piedad hacia la bella que ahora lo tiene entre sus brazos?


     No había café capaz de inspirar las respuestas condignas. Decidí, a lo que yo creía, salir por la tangente:


-          En mis actuaciones como abogado y, aún más, como instructor de causas de la jurisdicción académica, casi siempre he conseguido reconstruir los hechos y adquirir certeza acerca de la identidad de los culpables. En cambio, pocas veces he logrado llegar al fondo de las intenciones de los delincuentes: es más, dudo que ellos mismos sepan a ciencia cierta lo que los ha impulsado a obrar de forma tan desatentada. Querido amigo, dicen que, si quiere descubrir un crimen, ha de preguntarse por los móviles o, dicho de otro modo, indagar a quién beneficia. Yo sostengo, más bien, lo contrario: estudie a fondo al delincuente, recree su historia, su ambiente, sus relaciones, y tal vez entonces pueda alcanzar las causas de su acción. Y note que digo causas, en plural, o mejor aún, motivos. La causa primera y original es un concepto meramente filosófico.


     Quedé fatigado de mi respuesta, que Henri rumió durante un buen minuto. Luego, una sonrisa iluminó su rostro e insistió:


-          Quiere decirse que, si usted tuviese que explicar, de corazón, a un tribunal la conducta de su defendido…


-          … No tendría más remedio que cumplir con mi deber, haciendo de tripas corazón. Pero, si yo fuese un escritor –cosa bastante más sencilla- dejaría que fuesen mis personajes los que hablasen al lector y yo, como narrador, me abstendría muy mucho de portarme como un ridículo sabelotodo.


     Me arrellané en el sillón y cerré los ojos, avergonzado por haber pretendido enseñar a un profesional su oficio. Beyle no replicaba. Me preocupé, por si lo hubiese ofendido:


-          Estimado Henri –permítame usar su nombre de pila-, no sé si he respondido a sus preguntas, ni si he llegado a incomodarlo. En cualquier caso, mis escasas luces no dan para más.


     La respuesta me llegó, dulce y apagada, como si mi huésped se encontrase viajando por el reino plácido de su gloria futura:


-          Ciertamente, Alfredo, me ha dejado usted como estaba, en lo referente a mis dudas concretas. Pero me ha dado una lección mucho más importante: dejemos expresarse a nuestras criaturas y, en último extremo, que sean los lectores quienes completen cuanto los autores no podamos darles. ¡Qué demonios! –prosiguió, levantando la voz-, también ellos tienen entendimiento y corazón. ¿No le parece?


     Me parece que, menos de un año después, apareció en las librerías de París Rojo y Negro. Me parece que la primera edición –seiscientos ejemplares- se vendió mal y pasó sin pena ni gloria[13]. Y me parece que esta es la fecha, que tan excelente obra sigue sin traducirse al castellano[14]. En resumen, mi querido Stendhal –que en gloria estés-, me parece que has cumplido con tu compromiso de aquella tarde, pero los lectores pocas veces hemos sabido corresponder con tu obra.



4.  El valor y el azar



     Como es lógico, reponerse del frío de la biblioteca no le llevó a Henri toda la tarde. A eso de las siete, agotados los encantos de la conversación sobre crímenes y de una partida de cartas con tía Bernarda, sugerí a mi huésped pasar el resto de la velada en el café Italiano, el más elegante de Villafranca, con orquestina y cantantes. Mi visitante, encantado, comentó:


-          También en España acostumbra a cenarse muy tarde. ¡Villefranca parece un segundo Milán!


     La comparación era, a no dudar, exagerada, pero el lujo y concurrencia de aquel nuevo establecimiento resultaban muy notables, incluso para quien estuviera acostumbrado a las grandes capitales. Cuando nosotros llegamos, el recinto estaba de bote en bote; el humo de los cigarros formaba una niebla más espesa que la que brotaba del río, y voces y ruidos apagaban, hasta hacerlos inaudibles, los bellos acordes de una sonata de Sor[15].


     Logramos hacernos sitio en unos divanes, al fondo, gracias a ser sus ocupantes colegas de mi Facultad. Las presentaciones orientaron inmediatamente la atención hacia Monsieur, con esa gentileza, mezcla de curiosidad y de exhibicionismo, a que propenden nuestros compatriotas. Incluso Madrazo, el ilustre civilista, hizo ejercicio y demostración de su correcto francés, aprendido durante los cinco años que había pasado exiliado en Toulouse. Henri parecía disfrutar con su efímera condición de protagonista de la tertulia, mostrando unas dotes de conversador y hombre de mundo, que no había tenido ocasión de evidenciar entre las cuatro paredes de mi caserón.


     Resultó que conocía personalmente al ilustre compositor y guitarrista. Ello fue suficiente para que Madrazo se levantase, rogando silencio a la concurrencia y pidiese al ejecutante que se arrancara con el Gran Solo[16]. Seguramente, la pieza excedía las posibilidades del intérprete, pero ello contaba poco: lo significativo fue la gentileza para con nuestro invitado, recibido en Vllafranca con parecida generosidad, a la mostrada por sus compatriotas con los españoles; frase del ilustre civilista que, en mi opinión, tenía mucho de irónica, pero que no dejó de provocar un tirón de levita al orador, por parte de un contertulio más prudente.


     De manera abrupta, toqué retreta a eso de las diez, con la disculpa de que nuestra sirvienta era ya mayor y no se acostaría hasta habernos servido la cena. Durante esta, Henri se hizo lenguas de la simpatía y calidez de mis colegas, en particular de Madrazo, de quien llegó a afirmar que le recordaba a un tal Ducrocq, ilustre sub-prefecto en su Delfinado natal. Le dejé hablar, mientras dábamos cuenta de un excelente besugo, amorosamente conservado entre hielo y paja en su viaje por tierras castellanas, procedente del vecino Portugal. Luego, habiendo inspirado con un suculento merengue las divagaciones de mi huésped acerca del amor y la casualidad, no pude menos de recordar a nuestro interlocutor vespertino y lancé un desafío:


-          Señor Beyle, no puedo discutirle su preeminencia en el amor, así en teoría, como por experiencia. No obstante, convendrá conmigo en que, aun siendo el azar esencial en los asuntos de Venus, de poco valdría, si los corazones no albergasen el valor preciso para asumirlo como destino y acomodarse a él, cual si de la voluntad divina se tratase.


-          A ver, a ver.  Si no le he entendido mal, sugiere usted que Cupido dispara veleidoso sus dardos, pero estos solo atraviesan la piel de quienes tienen la valentía de exponerse a ellos  a pecho descubierto.


-          Eso y algo más. Hay quienes, aun siendo capaces de extraerse la flecha y curar su herida, deciden sufrirla como una parte más de su destino.


-          Supongo, querido amigo, que podrá ilustrar tan extraña teoría con algún ejemplo de toda veracidad.


-          Por supuesto, y de alguien cercano a quien acaba de conocer y ponderar: el señor Madrazo.


-          ¡Caramba!, pues eso sí que es casualidad. Se ve que esta noche le toca a usted darme la réplica en el papel de contador de historias, seguro que con mayor gracia.


     Esta vez, escogimos un oporto como compañero. En cuanto a si mi relato tuvo más o menos gracia que el stendhaliano de la noche anterior, juzguen ustedes, si quieren. En lo que a mí respecta, no creo que la calidad de las narraciones pueda medirse con un baremo objetivo, como la velocidad de los caballos.


     He aquí, pues, mi madraciana historia[17]:


-          Tengo el placer –no diré la tentación- de tener por vecina de calle, dos portales más abajo, a una encantadora jovencita, de no más de veinte abriles, hija de un catedrático de Griego de la Universidad. Hace cosa de tres años, la muchacha se vio sorprendida por la presencia en el balcón de su alcoba, de un ramillete de sencillas margaritas, que alguna mano atinada había lanzado desde la calle. Acompañaba el susodicho ramo una nota, garabateada por pasión o por urgencia, en la que  declaraba su amor el autor, con breves palabras, que yo no he tenido la oportunidad de conocer. La firma consistía meramente en la inicial de un nombre, que resultó ser la E.


Nunca se había encontrado la niña en aprieto tal; de modo que arrojó las flores, una por una, a los desmontes tras la casa y conservó la nota entre las páginas de un devocionario de uso muy infrecuente. Claro que, a partir de aquel momento, el librito de piedad hubo de pasar muchas veces por las manos de Angélica –esa era su gracia-, a los solos efectos de deleitarse con la lectura del billete y memorizar la escritura del emotivo texto.


Dos esquelas más, de mayor extensión, pero igualmente anónimas y amorosas, recibió Angélica en las siguientes semanas, por la misma vía y de la misma mano. Ella, sin dejar de experimentar las emociones propias de la edad e inexperiencia, se debatía entre la curiosidad de identificar al remitente y el enfado por tanto circunloquio y ocultación. No imaginaba qué razones podría tener el tímido galán para arriesgarse en aquella forma de correo aéreo, en lugar de presentarse cortésmente y constatar que Angélica no se comía a nadie, aunque no hiciese del todo honor a su nombre.


Ignoro cuánto tiempo más habrían soportado los dos corazones la tensión y el secreto. Es ello que el padre de la muchacha, habiendo surgido desavenencias con sus hermanos a propósito de la herencia de su madre, solicitó un dictamen a don Emeterio Madrazo, ilustre civilista a quien usted conoció esta tarde. El informe llegó puntualmente a las manos del padre de Angélica quien, emocionado de que le diera toda la razón en el litigio, convocó a la familia para que lo contemplasen y procedió a su lectura en pública audiencia.


La jovencita, en viendo el documento, sufrió un súbito desfallecimiento, del que se recuperó gracias a las consabidas sales. Don Rodrigo, su progenitor, lo achacó al júbilo que generaba en su hija el haber venido a mejor fortuna. Era, empero, otra muy distinta la razón del vahído, pues había reconocido en el escrito forense la letra del autor de sus esquelas, aunque que ahora apareciera mucho más regular y cuidada. Y, por si hubiese lugar a dudas, la E venía a coincidir con el nombre del sabio profesor y abogado.


Aquella noche, a la luz de la luna llena, que competía ventajosamente con la de la palmatoria, Angélica repasó musitando la triste vida de su ilustre, veterano y ruboroso amador, al tiempo que, como las murallas de Jericó, se venían abajo los enfados y recelos contraídos por su perifrástico comportamiento. Ante sus ojos, en sucesión de fantasmales imágenes, desfilaban la edad madura del personaje; la amistad con su padre; su exilio del año 15; el fallecimiento durante él de su aún joven esposa; la bondad de su corazón, acogiendo en su casa a un sobrino huérfano, como si fuera el hijo que la naturaleza le negó… A eso de las cinco de la mañana, de rodillas ante la mesita de noche, sobre el devocionario que fuera su confidente, juró superar toda vacilación ante la abismal diferencia de edad y dedicar a Emeterio toda la dulzura y el calor que él merecía y que la niña sabía en su inexperiencia que atesoraba su corazón.


No abrumaré su atención, amigo Beyle, ni ocuparé el tiempo de su reparador sueño, detallando las múltiples ternezas y atenciones que Angélica dispensó durante algún tiempo a Madrazo, desde las caídas de pañuelo y ofrecimientos de agua bendita en la misa de ocho, hasta las indirectas para que el profesor utriusque Iuris[18] tomara la decisión de confiarse a su benevolencia. Ya fuera por inadvertencia, ya por lógica vanidad masculina, el maduro galán agradeció las atenciones de la hija de su colega, a la que conocía desde muy niña, correspondió a ellas con generosidad y afecto y, en fin, mostró ante ella la sapiencia y virtudes –incluso mundanas-, que a usted han sorprendido hace un momento. Así, lo que en principio fue ilusión de niña y sacrificio virginal, fue convirtiéndose en pasión de mujer hecha y derecha, que reclamaba mucho más que lecciones de cortesía y bailes en los salones de las amistades. Un día, venciendo sin vacilar los escrúpulos propios de su sexo, Angélica declaró su amor a Madrazo y, siendo así que él se lo había manifestado en varias ocasiones al seguro del balcón de su alcoba, creyó llegado el momento de bendecir y dar plenitud a tan profundos sentimientos con los lazos del matrimonio.


Como podrá comprender, mi paciente amigo, allí fue Troya, o mejor, la comedia de las equivocaciones. Como mejor y menos dolorosamente supo, Madrazo aclaró a Angélica que él no era el autor de aquellas presuntas declaraciones amorosas y que estaba lejos de pretender abrumarla con el peso de una unión tan desigual, en edad y proporciones. El profesor de Griego, aun participando plenamente de estas últimas consideraciones, tachó a Madrazo de mentiroso, lo abofeteó en público y provocó a duelo, como responsable de la burla y entretenimiento con su pobre hija. Esta sintió el mundo hundirse bajo los pies y, no sin motivo, contrajo una neurastenia con periódicas crisis cardiacas, que su madre trató de aliviar, en más de un aspecto, recluyéndose con ella en Manzanales de la Sierra, lugar recóndito a quince leguas de Villafranca. Y, a todo esto, para embridar el escándalo y, tal vez, castigar con una cesantía deshonrosa su liberalismo, más que la rijosidad, el Rector ordenóme instruir causa y expediente a don Emeterio Madrazo, reemplazando la pistola del padre ofendido por la péñola del juez académico, sin duda mucho más letal.


En fin, como decíamos hace unas horas, no suele ser difícil averiguar la verdad al magistrado que actúa libre de prejuicios. Resultó, en este caso, que el sobrino ahijado de don Emeterio era quien había puesto sus pecadores ojos en la vecinita angelical y sus atenciones epistolares, en el balcón de sus ensueños. Coincidió que dicho sobrino, de nombre Emilio, pagaba en parte la dedicación y generosidad de su tío, transcribiendo con su caligrafía los dictámenes, demandas y otros escritos jurídicos que su pariente, como abogado, minutaba. Y, sobre todo, coincidió, en peligroso maridaje, el azar propio de Cupido con el valor generoso y decidido de una jovencita que, a lo que parece, tenía en más la piedad y las prendas morales, que no la juventud y la belleza externa.


     En este punto, Henri abrió de par en par sus ojos, hasta entonces entornados, y, con la malicia de quien cree haber cogido a alguien en falta in fraganti, me indicó:


-          Para llegar a esa seráfica conclusión, señor Menéndez, ¿no cree usted que habría que haber dado a Angélica y a Emilio la oportunidad de cambiar su suerte?

-          Y así lo procuraron, con la mejor intención, Madrazo y el catedrático de Griego, olvidando sus diferencias en bien de los jóvenes. De hecho, Emilio Madrazo, el mozo, viajó hasta Manzanales de la Sierra con el corazón repleto de cariño y de bendiciones utriusque patris[19], a fin de deshacer la azarosa obra de Cupido.

-          ¿Y qué sucedió? Me tiene usted sobre ascuas.

-          Pues que verlo la joven al pie de su ventana, ramo de rosas en ristre, y vaciar sobre él el contenido del perico, fue todo uno.


     Cuando el señor Beyle cerró la puerta de su dormitorio, todavía seguía riendo a carcajadas.



5.  El epitafio


     El día siguiente nos obsequió con una mañana soleada que, al menos entre cristales, invitaba a pasear. Nos echamos a la calle temprano, para cumplir el recorrido monumental aconsejado a los turistas que visitaban mi afamada ciudad, tan venida literalmente a menos en aquellos avatares bélicos, que nosotros denominamos Guerra de la Independencia.


     Mi acompañante parecía mostrar vivo interés por aquellos desastres, entonces tan cercanos en el tiempo, no sin lamentar los destrozos que sus compatriotas habían causado y que bien a la vista permanecían. ¡Qué lejos estábamos de imaginar que, años más tarde, otros peores y más extendidos provendrían de las manos, ávidas e ignaras, de españoles! En fin, visitando las ruinas del otrora soberbio convento de San Francisco, dimos con los restos del secular cementerio de los frailes, cuyas modestas cruces férreas y lápidas de granito o de arenisca parecían esperar, más la garra de la rapiña, que los dedos de la piedad. Henri trataba de leer los epitafios, solicitando en ocasiones mi traducción al francés. Ante la descalabrada tumba de un terciario fallecido en 1725, se volvió repentinamente a mí y me adelantó su voluntad:


-          Las gentes suelen ser torpes y reiterativas, al presentar a los muertos ante la posteridad. No será así en mi caso: yo mismo procuraré resumir mi vida, con un punto de mentira o de misterio[20].

-          ¿Piensa usted redactar su epitafio? Tal vez no sea una mala idea, por si a otros se les ocurriere aludir a usted con poca caridad.

-          No es eso lo que me preocupa. Pero intuyo que su observación tenga por origen algún caso concreto de su conocimiento.

-          En efecto, concedí. Me acaba de venir a la memoria un epitafio, que se hizo famoso hace unos años por estos pagos, y cuyas consecuencias bien merecen una reflexión.


     El señor Beyle me animó a relatarlo, mas yo desistí de hacerlo inmediatamente:


-          La mañana llega ya al mediodía y no me parece respetuoso tratar de los muertos por la calle. Dejemos, pues, el ejemplo para la sobremesa.



***


     A cuatro leguas de Villafranca, se levanta la histórica villa de Pruneda, cuyas dos parroquias, hoy existentes, acogen cabe la iglesia los respectivos cementerios, con parecida extensión y profusión de breves mensajes de duelo y de esperanza. Juzgue usted, amigo Henri, la sorpresa del cantero, que recibió de una viuda el encargo de cincelar sobre la tumba de su esposo, hacía poco fallecido, el siguiente texto, a continuación del nombre y apellidos del difunto:


Lo que mejor hiciste en vida fue morirte


      Aunque la leyenda podía prestarse a un doble sentido, el operario objetó a la señora lo poco apropiado del epitafio, no solo por faltar al respeto debido a la memoria del muerto, sino por el escándalo que habría de deparar en un pueblo pequeño, en el que todos se conocían. La viuda, tajante, replicó:


-          Tanto mejor, si nos conocemos todos: de ese modo no tendré que explicar la razón y sentido de lo grabado. Además, usted no es quien para discutir mi encargo. Cúmplalo y yo responderé de su contenido.


     Como quiera que la paga era generosa, hizo el marmolista lo ordenado. Pero, apenas hubo dado cima a su empeño, acertó a pasar junto a la tumba el enterrador, leyó sorprendido lo que del muerto se decía y le faltó tiempo para ponerlo en conocimiento del cura párroco. Este fue a visitar inmediatamente a la viuda y la recriminó:


-          Mujer, Anselma, ¿cómo se te ocurre un epitafio tan cruel?  No ignoro todo lo que tuviste que pasar con tu marido en vida de él, pero deja su juicio para Dios y perdona todo el mal que te hizo.

-          De ninguna manera, señor cura. En vida de aquel mal hombre sufrí el mayor de los suplicios, día a día y en silencio, por el bien de mis hijos y la indefensión en que me encontraba. Hora es ya de clamar ante el mundo lo que siento y de decir con verdad quién fue mi marido, sin falsos escrúpulos ni medias tintas. Sobre sus restos, el juicio de los hombres; para su alma, el de Dios.


     Insistió el sacerdote e incluso estuvo a punto de dar la campanada y ordenar, como encargado del cementerio, la retirada de la lápida o el borrado de su conflictivo texto. Sin embargo, no quería ser en exceso riguroso con aquella pobre mujer, sometida y maltratada durante tantos años por quien debería haber sido su mejor sostén y compañía. Pero, por otra parte, suponía con fundamento que aquel epitafio había de ser motivo de escándalo, de división y –lo que sería peor- de mal ejemplo. Ya imaginaba el buen eclesiástico el camposanto lleno de pullas y de invectivas, en lugar de descanse en paz o con la esperanza de la resurrección. Preocupado y mohíno, vino a ver al señor obispo, a quien expuso de pe a pa todo el suceso.


     El prelado –fallecido hace unos años-, debía de estar leyendo el Génesis a la sazón, pues tuvo la ocurrencia de proponer como solución la misma que Dios había ofrecido a Abraham, acerca de si era posible salvar a Sodoma y Gomorra:


-          Hable en privado con la viuda e indíquele que, por orden mía, hará usted una información reservada sobre la conducta del difunto. Si se encuentran, al menos, diez personas que lo juzguen favorablemente, el epitafio vindicativo será borrado. Si no se alcanza tal número de absoluciones, el texto permanecerá para satisfacción de la víctima, cuando menos, hasta que esta fallezca.

-          ¿Y si doña Anselma, que es muy suya, no acepta la decisión de Su Ilustrísima?

-          En ese caso haré valer mi autoridad, al ser el cementerio propiedad de la Santa Iglesia.


     Regresó el párroco a Pruneda y expuso con cierta prevención a la viuda la decisión del obispo. Para su sorpresa, aquella aceptó sin rechistar:


-          Encantada. ¡A buenas horas va a encontrar aquel canalla ningún valedor! Y lo que es diez, ¡ni pensarlo!


     A fin de no dar más pábulo al asunto del que era imprescindible para tener constancia de la respuesta popular, el clérigo aprovechó la misa parroquial del domingo siguiente y dio el siguiente aviso al final de la homilía:


-          A petición de una feligresa, que desea que su nombre permanezca secreto, todos cuantos recibieran en vida de N.N. algún favor o acción generosa se servirán anotarla en un papel y dejar este en el cepillo de San Pancracio, de hoy hasta el último día del presente mes. Aunque no es necesario, convendría que se firmase el escrito.


     No hará falta que le diga, amigo Beyle, que al día siguiente de expirar el plazo, la viuda estaba como un clavo, en la misa matinal, para presenciar a su conclusión la apertura del cofrecillo. Tomó este el cura y llevólo hasta la sacristía, de donde hizo salir a sacristán y monaguillos, quedándose a solas con doña Anselma. Esta sonreía, como diciendo: Ganas tiene el señor obispo de buscar tres pies al gato.


     Pero resultó –como es habitual- que el felino tenía cuatro. O, por mejor decir, treinta y siete, que fueron las papeletas que el párroco extrajo, contó y fue leyendo, en unión de la viuda, que no daba crédito a sus ojos. Familiares, vecinos, compañeros de faena o de tertulia, completos desconocidos, quien más, quien menos, ponderaba una limosna; un buen consejo a tiempo; una sustitución, cuando la enfermedad lo acuciaba; el trabajo bien hecho; la compañía en un entierro; hasta haber dejado escapar a un condenado a muerte por liberal, en la represión del año 23. No digo que doña Anselma cambiase la opinión que de su marido tenía, ni eso habría sido justo ni razonable; pero ante ella apareció un hombre con acciones e imagen que desconocía. Y, por supuesto, el párroco empezó a sospechar que no había estado tan equivocado en el panegírico del funeral… y que el señor obispo tenía más conocimiento del mundo y gramática parda de lo que él había imaginado.


***


     Mi huésped dejó pasar un par de ángeles, antes de preguntar:


-          Según eso, ¿dio la viuda su brazo a torcer y retiró la lápida o, al menos, borró la frase vergonzosa del epitafio?

-          Así lo creo aunque, a decir verdad, no recuerdo que mis informadores me lo aseverasen.

-          Pero, al menos, me podrá confirmar que no se trata de una fábula. ¿Llegó usted a visitar el cementerio en cuestión?

-          No tal –respondí molesto-, como usted probablemente no habrá presenciado la batalla de Waterloo y, no obstante…


     Henri rió de buena gana y contemporizó:


-          Tal vez algún día me dé por ofrecer una versión personal de tan grande y real batalla. En cuanto a la lápida del difunto N.N., la doy por vista, como si usted y yo hubiésemos estado al pie de la sepultura.


     Apuró la copa del licor de las monjas clarisas, chasqueó la lengua y concluyó:


-          No es un mal ejemplo para el humano juicio, ni –ahora que caigo- para los escritores, que hacemos creer al mundo que estamos al tanto, y de vuelta, de todo.


     Así dijo el señor Beyle: puedo jurarlo. Que el ejemplo le sirviese a él, no lo aseguro. Tendría que repasar sus libros.



6.  La priora de las Dueñas[21]



     Tras una sobremesa tan dilatada, la tarde sería forzosamente breve en aquella época del año. Observé que mi interlocutor ponía los pies en alto y echaba una cabezada. Todo ello sugería que no debía forzarlo a otra media jornada de turismo monumental. No obstante, tuve una ocurrencia, que él aceptó con entusiasmo:


-          Amigo Henri, una de mis primas es abadesa de un convento próximo, el cual tiene una iglesia interesante pero, sobre todo, uno de los claustros más bellos de España. Y, dicho sea en honor del ejército francés, su conservación debe mucho a un coronel de dragones, medio paisano de usted, puesto que era de Lyon.


     No hubo más que hablar. Aunque el convento, de religiosas dominicas, era de clausura, tenía yo dispensa episcopal para visitar a mi parienta. En cuanto al acompañante, bastó que empleara la mentira venial de inventarle un lejano parentesco con el coronel Dupanloup, para que se le franqueasen  todas las puertas. Así pues, platicamos animadamente con mi prima, fuimos obsequiados con chocolate y dulces confitados por las dueñas y, finalmente, tuvimos ocasión de recorrer el claustro conventual, extasiándonos con la fantástica y minuciosa talla de sus arcos, celosías y capiteles, que la luz del ocaso nimbaba de oro y rosa. El señor Beyle exclamó:


-          ¡Qué bien se está aquí! Hagamos tres tiendas, una para la abadesa, otra para usted y otra para mí...


-          Creo recordar, Henri, que en la narración evangélica, San Pedro estaba dispuesto a quedarse al raso. Por otra parte, no sé si será muy canónico que la priora pase la noche con dos caballeros, por muy recomendables que sean.


     El escritor se encogió de hombros ante mis últimas palabras. Ello me impulsó, contra mi primera intención, a ofrecer una miel novelesca que, por lo mismo, no habría debido poner en los labios de un escritor, de no querer que fuese divulgada.


-          Por otra parte –dije-, este hermosísimo patio tiene mala fama como recinto nocturno. No hace tantos años que se mató un hombre, al caer de aquí abajo y golpearse la cabeza contra las losas del pavimento.


     Henri se sobresaltó y preguntó, intrigado:


-          ¿Un hombre aquí, y de noche? ¿No sería ese coronel gabacho, o alguno de sus soldados?

-          No, no. Fue español y eclesiástico. Pero, ya que ha mezclado usted ambos temas, creo que tendremos también velada larga esta noche. Así que avivemos, que me estoy quedando helado. Tomaremos un buen café con aguardiente de yerbas en Contini y luego, a casita, que Manuela nos va a preparar unas piernas de cordero asado a la albahaca, que se salen del mundo.


     Nos despedimos de la priora, ya a través de las rejas. Muy ceremonioso, el señor Beyle le preguntó:


-          ¿Cuál era su nombre en el mundo?


-          Luisa Menéndez, respondió mi prima. Por lo demás, en nuestra Orden no es costumbre cambiar de nombre. Nos basta con intentar cambiar de costumbres.






***


     No ignora usted –inicié así mi narración- que en los últimos años hemos perdido la casi totalidad de nuestro Imperio americano. Algunos compatriotas, viendo acercarse la tormenta, vendieron cuanto allá tenían y regresaron a la patria, recelando la reacción de los llamados criollos, es decir, los españoles avecindados en América durante generaciones. Tal aconteció con don Álvaro de Castro, caballero lucense, que había venido ejerciendo durante muchos años el cargo de oidor de la Audiencia de Méjico. Siendo un prestigioso hombre de leyes y habiendo rebasado la sesentena, prefirió solicitar plaza análoga en la Administración de Justicia española y fue destinado a esta ciudad de Villafranca, donde fungió su cargo de manera prestigiosa y honrada a carta cabal.


     Con don Álvaro regresó a España su hija Dolores, religiosa dominica, a quien no quiso dejar en el convento de Oaxaca, sino que intrigó hasta lograr las licencias y traerla de vuelta a la Península. Era ella aún joven, como de treinta y pocos años, hermosa y muy bien dotada para el canto y la conversación. Se decía que su vocación religiosa había sido relativamente tardía, lo que le había permitido adquirir previamente cultura y artes más propias del mundo, que no del claustro. Perdóneme Dios la maledicencia, pero sostenían algunos que tuvo mucho que ver un asunto amoroso, para que, quieras que no, sus padres le hicieran tomar los hábitos.


     Cualidades humanas, buena fortuna, influencias de su familia: todo contribuyó a que, en un par de años, sor Dolores de Castro alcanzase la dignidad de priora de las Dueñas de Villafranca. Convendrá usted en que los méritos eran, cuando menos, dudosos. Lo que sucedió después generó aún mayores suspicacias a tal respecto.


     No llevaba un par de años la abadesa de Castro ocupando su sitial, cuando los franceses tomaron Villafranca y procedieron a exclaustrar a un gran número de comunidades religiosas, con la disculpa –no siempre cierta- de alojar en sus conventos a la tropa, o convertir estos en reductos y fortalezas. Fue el turno de las Dueñas y, por encargo del general Berthier, acudió a desahuciar a las monjas y tomar posesión del sagrado el coronel Dupanloup, jefe del regimiento de dragones de guarnición en la ciudad. Tuvo, pues, que entrevistarse con la priora, quien se dirigió a él en correcto francés y con tal encanto y convicción, que el militar resolvió concederle un plazo de gracia de dos semanas para desalojar el convento y colocar a sus hermanas en casa de las buenas gentes villafranquinas.


     Pasada la quincena, se constituyó por segunda vez Dupanloup en el recinto –esta vez, sin acompañamiento de séquito-; tuvo con la priora una extensa conferencia en privado y, al concluir, no solo le otorgó un nuevo aplazamiento, sino que situó una guardia armada a la puerta del convento, para protegerlo de cualquier estrago o asalto. Nadie supo por entonces los motivos de semejantes privilegios, pero lo cierto es que fueron refrendados por el mismísimo general Thiébault, que había reemplazado a Berthier en el mando de la plaza.


     De quincena en quincena, de mes en mes, fue ampliándose la estancia de las monjas, hasta que se juzgó consuetudinaria la excepción y nadie se preguntó ya por las causas. El coronel mantuvo sus periódicas visitas y su palabra a la abadesa, y así lograron las Dueñas salvar vida y convento hasta el verano del año doce en que, tras la rota de Los Arapiles, los franceses abandonaron definitivamente Villafranca.


***


     Concluida la contienda y restaurada en todo su vigor la jerarquía eclesiástica y la antigua moral, el obispo de Villafranca –precisamente el mismo del caso del epitafio de Pruneda- se hizo eco de las habladurías que circulaban por la ciudad, en relación con el trato preferente concedido a las Dueñas por los franceses, y ordenó a su vicario:


-          Andrés, de manera firme y completa, aunque con la máxima discreción, infórmate de cuanto haya de cierto en los rumores que circulan sobre las Dueñas y dame cuenta privadamente de lo que averigües.


     El canónigo Andrés Casquero era familiar del prelado y hombre ambicioso y soberbio, a más de joven y activo: razones más que suficientes para asumir la tarea a punta de lanza, como quien dice, y llevar la investigación hasta las últimas consecuencias.


     En el ínterin, la priora había cumplido los cuarenta, pero la vida sana y cuidada la mantenía lozana y atractiva. Y lo digo con conocimiento de causa pues tuvo que alojarse en mi casa, según le haré saber, si tiene la bondad de seguir hasta el final este extenso relato.


     No le costó mucho al gentil y mundano canónigo seguir el hilo, hasta dar con el ovillo. Las confidencias de las mandaderas y la amenaza con la Inquisición a dos de las más veteranas monjas del convento, hicieron maravillas. Ni siquiera necesitó forzar la confesión de la priora, quien se mantuvo firme y silente ante las presiones e interrogatorios del instructor. Solo cuando fue careada con las hermanas que estaban al tanto de lo sucedido, confesó cuanto aconteciera entre el coronel de dragones y ella, sin expresar mayormente vergüenza ni arrepentimiento:


-          En efecto, consentí en entregarle mi cuerpo, a cambio de la incolumidad del convento y de la seguridad de mis hermanas. No tuve otra forma de lograrlas y el coronel cumplió su palabra de caballero. Considero lo sucedido como el agotamiento sacrificado de mis deberes de priora, fruto de los malos tiempos que corrían y del abandono en que nos dejaron nuestros superiores, empezando por el señor obispo.


-          Así pues –coligió el canónigo, asombrado- no solo no tiene conciencia de haber pecado, sino que sostiene haber cumplido con las obligaciones de su cargo.


-          En efecto. El militar poseyó mi cuerpo, pero el alma fue en todo momento de Dios y de mis hermanas. Al juicio de Nuestro Señor me someto.


     De todo ello, dio cumplida cuenta don Andrés al señor obispo quien, ya fuese por piedad, ya por justicia, sentenció incontinenti:


-          Dejémosla estar, hasta que, por reglamento, cumpla su tiempo de priora. Entonces será el momento de ordenar su traslado a otra comunidad, muy lejos de aquí.


-          ¿Y no promoverá Su Ilustrísima el castigo de pecado tan nefando?, inquirió el familiar, entre sorprendido y molesto.


-          Hemos pasado muy malos tiempos, hijo mío. ¿Quién sabe cómo nos habríamos comportado nosotros, de ser mujeres y, por tanto, débiles?


***


     Si la mala conciencia del señor obispo generó tolerancia, la soberbia del canónigo provocó su lascivia. Día y noche la imagen de aquella monja, bella y decidida, lo fascinaba. Soñaba con ella, entregándose a militares sin cuento, retozando con aquellos actos y caricias, que él no conocía sino por algunos libros procaces y las revelaciones de confesonario. Con cualquier pretexto, como si la indagación no hubiera ya concluido, visitaba el convento y pedía una y otra vez hablar con la priora, a la que desnudaba mentalmente y con quien conversaba con creciente ligereza. Hubo de percatarse ella, por más que no le hubiera sido notificada la absolución episcopal, y le seguía la corriente, en un juego hecho de orgullo y de desprecio. Usted, como escritor de valía, conocerá bien esa ambivalente actitud femenina, mezcla de excitación por atraer y propósito final de rechazar. El tiempo pasaba y la abadesa de Castro recorría, sin saberlo, sus últimos meses en Villafranca. ¿Quién sabe cuál habría sido el final de esta historia, si no hubiese sido por una casualidad inocente y decisiva?


     Resultó que una tarde, tras departir apasionadamente con la priora, nuestro canónigo resolvió pasar por la cocina, antes de marchar, a fin de conseguir algunas de las delicias que las dueñas fabricaban para completar sus magras rentas. Una niña, morena y vivaracha, de unos tres años, estaba encaramada a un escabel, amasando unas rosquillas, con las manos untadas de harina y la boca de azúcar. A la pregunta de Andrés, respondió una monja añosa:


-          Es hija de una de las mandaderas, que nos la ha dejado esta tarde para ir a visitar a su madre enferma.


     El eclesiástico miró a la pequeña de hito en hito y, al punto, comprendió.


     Al día siguiente, tan pronto concluyó el oficio divino, el canónigo Casquero se presentó en Las Dueñas y reclamó la inmediata presencia de su priora. Esta, ignorando el motivo de tan perentoria exigencia, lo hizo esperar más de media hora. Impaciente, recorría a grandes zancadas la estancia, como un león enjaulado, rumiando a cada momento una más cumplida venganza. Al fin, se hizo presente la monja y su antagonista fue directamente al fondo del asunto:


-          Ayer tarde he conocido a tu hija… Es inútil que lo niegues, tiene tus mismos ojos y tus propias facciones… No me cabe duda de que es fruto de tus relaciones sacrílegas con aquel militar francés… Tráela acá inmediatamente…


     Comprendió Dolores que era inútil negar, dado que no tenía donde esconder de pronto a la niña y que algunas otras monjas estaban al tanto del misterio. El amor de madre y la experiencia como mujer no le dejaron otro camino, sino el de ofrecerse en pago del compromiso del amante. Tomó un evangeliario de la mesa y dijo a Andrés:


-          Jura sobre estos santos evangelios que no revelarás a nadie la existencia de mi hija y que no harás nada por apartarla de mi lado en el convento.


     Loco de deseo, el eclesiástico juró y, en aquel mismo lugar y momento, reclamó de la priora su parte del trato. Ella accedió y lo despidió con estas palabras:


-          En prueba de mi dolor, solo me entregaré a ti el viernes de cada semana, salvo que fuere festivo. Desde la puesta del sol, a la medianoche, permanecerás celado, cabe la puerta de la huerta, hasta que te sea franqueada la entrada. Yo decidiré el momento oportuno de recibirte. Y no permanecerás en mi compañía más de una hora.


     El amante prometió cumplir con cuanto se le imponía. Ella y él fueron, al parecer, personas de palabra.


***


     Demasiado condescendiente ha sido usted, amigo Henri, pues están a punto de dar las once y no me ha interrumpido, para llevarme hasta el punto prometido de la fatal caída del canónigo; pues fue don Andrés, en efecto, quien dejó su calenturienta sesera en las losas del claustro. Pero el camino que tiene de llevarnos hasta allí habrá de depararnos aún más de una sorpresa.


     La buena de la priora, que soportara sin rechistar el sacrificio con el coronel Dupanloup, por haber aquel corrido de su iniciativa, no pudo sufrir con idéntica resignación la entrega forzada a aquel eclesiástico vicioso, que se aprovechaba del amor de una madre y hacía de una tierna niña moneda de cambio para su lujuria. Ante el altar de la Virgen de la Leche, se postró, rostro a tierra, y rezó a Nuestra Señora:


-          Justicia, madre del Cielo, para esta pobre madre de la tierra. No te pido venganza, sino que acabes cuanto antes con tan injusto como sacrílego dolor, sin apartar de mí a mi pequeña Ernestina.


     Fuera obra de la naturaleza o de la Divina Madre, el hecho es que, a los pocos días, contrajo el canónigo una lúes tan galopante, que sus partes se le llenaron de llagas; el cuerpo, de clavos; dio en perder la vista y sufría tales dolores de cabeza, que creía volverse loco.


-          Puede ahorrar los síntomas, amigo Menéndez, pues como hombre sociable y viajero, me son bien conocidos[22].


-          Siendo así, no entraré en mayores detalles y solo diré que la muerte de Casquero tuvo que deberse, bien a los trastornos que el mal llamado morbo gálico ocasiona en la vista y los movimientos, o por efecto de la locura que viene a generar en sus fases avanzadas.


     Ante un escándalo tan patente, no le cupo al señor obispo otra alternativa que tirar de la manta –como decimos por acá- y realizar, a través del tribunal diocesano, en unión de la Orden de Santo Domingo, una completa investigación. Es muy probable que los métodos judiciales hubieran llegado a iluminar toda la verdad, pero no hubo necesidad de ello. La priora, a diferencia de las ocasiones anteriores, abrió de par en par su corazón y dio toda clase de detalles sobre lo sucedido. Sus declaraciones se documentaron y así fue como una copia de las diligencias cayó en mis manos y he podido entretenerle en esta larga velada. Claro que todavía quedan algunos cabos sueltos para concluir mi narración.


     Henri cesó de inmediato en sus bostezos y, gracias a mi argucia de charlatán, pude contar con su interés hasta el final.


     Expuso la monja lo sucedido con su amante como una manifestación de la justicia divina, a lo que el obispo objetó:


-          ¿De qué justicia hablas, blasfema? ¿De cuándo acá el contagio de una enfermedad venérea puede considerarse otra cosa que la venganza ciega de la naturaleza?

-          Pero es que yo, Ilustrísima, estoy limpia de todo mal. En consecuencia, o el finado lo traía de estar con otras mujeres, o la Virgen escuchó mis súplicas y obró en consecuencia.


     Ordenó al punto el prelado que se nombraran tres peritos médicos, de los más afamados de la Academia de Villafranca. Acudieron y sometieron a Dolores a un concienzudo examen. Su conclusión fue unánime: La examinada no presenta lesión ni síntoma alguno de padecer la sífilis.


     El señor obispo era, como he dejado dicho, hombre sabio y de conciencia. Decidió por sí y aconsejó al Provincial de los Dominicos que, por todo castigo, la priora de Villafranca fuese exclaustrada en secreto, con pérdida de su dote y cualquiera pensión o prebenda. Las autoridades civiles refrendaron el destierro de Dolores y de su hija del territorio del Reino de León, y así es como –según le comenté- una y otra pasaron unos días en mi casa y la priora de Las Dueñas estuvo sentada en ese mismo sillón que ahora usted ocupa.


     Beyle se incorporó levemente, mirando instintivamente el asiento. Seguidamente, preguntó:


-          ¿Y qué es lo que trajo a madre e hija hasta sus aposentos? No me diga que es usted el recogedor oficial de cuantas personas extraviadas o sin alojamiento vienen a Villafranca.


-          Claro que no –sonreí-. Don Álvaro, el padre de Dolores, ya retirado a sus posesiones de Galicia, me lo pidió por carta, como favor especial, y yo consideré justo y equitativo acceder.



-          ¡Ah, el magistrado!, exclamó Henri como si recordara de pronto. Espero que haya acogido a su hija y a su nieta con el cariño y la piedad que merecían.


-          Eso espero yo también –concluí-, pero el alma humana es imprevisible, e insondables los sentimientos. En todo caso, no he vuelto a saber nada de la abadesa de Castro.   



7.  El síndrome de Stendhal [23]


     Amanecía el tercero y último día completo de estancia del señor Beyle en Villafranca. Para mi sorpresa, cuando me personé en el comedor, en bata y pantuflas, a dar cuenta del desayuno, encontré a Henri, completamente vestido de paseo, con una especie de dietario en las manos.


-          Bonjour, amigo Menéndez. Hoy es mi última jornada, ¡y hay tanto todavía por ver!


     Comprendí que me urgía, finamente, a realizar un tour barredero, por así decir, completando de forma exhaustiva las visitas de días anteriores. Eché de reojo una mirada por la encristalada galería a levante. Una espesa niebla, inhóspita y terca, hacía presagiar otro día gélido. En fin, haciendo de tripas corazón, embaulé el almuerzo y me puse a disposición de mi huésped. Apenas eran las nueve de la mañana.


     Servir de guía al señor Beyle resultó tarea que no aconsejo a persona alguna, en quien no concurran a la vez las condiciones de sabio y de atleta. Durante tres horas, sin demora ni reposo, recorrimos la ciudad de punta a cabo, ascendiendo torres; sepultándonos en criptas; escrutando retablos hasta rozarlos con la punta de la nariz; trepando por zócalos para descifrar más de cerca los mínimos detalles de las portadas. Incansable, inquiría, tomaba notas y croquis, sugería etapas, resbalaba en el hielo y la escarcha. Daba igual que jadease por empinadas escaleras, manchase su gabán de polvo y telarañas, o diese con sus nalgas en los cantos bajando las cuestas deslizantes. Una especie de júbilo de otro mundo lo sostenía, sonriente, charlatán, revoltoso. No parecía tener otro temor que el de que se le escapase alguna capilla, ni otra limitación que la de mantener incólumes el cuaderno y el lápiz.


     Al fin, gracias a ser romano el puente, aceptó reposar en su pretil, aunque presto a tomar un boceto de la puerta de la muralla y el crucero que ante ella se erguía. Yo peroraba monótono, acerca de la Via Lata y de la economía de los vacceos, sin poder aseverar que Henri me escuchara o estuviese haciendo oídos de mercader. En esto, rasgáronse a un tiempo los cielos y la tierra, iluminando con la luz del sol el manso río que bajo nuestros pies corría. Sobrecogido, callé al punto. El escritor-pintor levantó la vista del diario y miró hacía mí, interrogante, descubriendo entonces el motivo de mi silencio. Alternativamente dirigió la vista hacia las ondas, bruñidas hasta romper en espuma, pesquera adelante, y a los bloques ciclópeos de arenisca, que iban alcanzando paulatinamente toda su estatura, que hacía insignificante la nuestra. Beyle se puso en pie, comenzó a jadear como si le faltase el aire y, agarrándose de mis hombros, fue deslizándose hasta quedar de rodillas sobre los cantos del andén de la puente.


     Su corpulencia era excesiva para soportarla; de modo que me arrastró en su caída y allá que fuimos a dar en el suelo, en confuso revoltijo, guía y visitante, cuaderno y lápiz, bastones y anteojos, sombreros y compostura.


     Cuando logramos recomponer indumentos y figuras, Henri se echó a reír de nuestra facha y de mi inquietud por su estado. Comprobó, ante todo, que el cuaderno de notas estuviera intacto y, todavía un poco jadeante, me invitó:


-          Tal vez, baste por hoy, mi bueno y paciente profesor. Vayamos a la cantina más próxima y allí le contaré.


***


     Llevé del brazo a Henri, aún titubeante, hasta un figón cercano a la catedral. Allí, ante unos platos de callos y un vino peleón del Abadengo, nuestro turista se repuso del todo y me contó su historia, no sé hasta qué punto verídica y sincera.


-          No crea usted, mi buen samaritano y amigo, que lo que ha visto hoy sea para mí una cosa nueva. En efecto, la primera vez que me sucedió fue en Florencia, hace doce años, como ya he tenido ocasión de narrar en un libro de viajes que, cosa admirable, ha alcanzado la segunda edición[24]. La cosa acaeció al terminar una detallada visita a la Santa Croce y salir a la calle. Por cierto, ¿conoce usted aquel maravilloso templo?


-          Algo he leído sobre él aunque, desgraciadamente, no de su pluma. Tengo entendido que es una especie de panteón de florentinos ilustres...


-          Mucho más que eso. Es una gloria del arte cuando, alrededor del 1300, el gótico iba dejando paso al primer Renacimiento, el que alumbró la Ciudad del Arno. Se diría que, en la Santa Croce y en torno a ella, Florencia reúne cuanto ha creado y nosotros podemos amar. Pero no es del escenario de lo que quiero informarle, sino describir lo que se produjo en mí cuando lo abandonaba, transido de emoción.



-          ¿Fue algo así como lo de esta mañana?


-          Ciertamente. Empieza por acelerárseme el corazón, latiendo con inusitada fuerza. Acto seguido, tengo dificultad para respirar, la vista se me nubla y, si me empeño en seguir adelante, mi paso vacila y acabo por caer.


-          Parece el fruto de una emoción sorprendente y particularmente intensa. ¿Una especial sensibilidad hacia el arte, quizás?


-          Sin proponérselo, ha dado usted en el clavo, querido amigo: la sorpresa parece un ingrediente necesario. Mas, ¿qué sorpresa puede haber en reconocer las obras de arte, cien veces descritas antes? Y, particularmente, ¿por qué experimentar el mareo después de vistas las maravillas, no al encontrarse, inicialmente, frente a ellas?


-          No sé qué decirle. Tal vez sea por acumulación de emociones, o por tristeza al abandonar tanta belleza.


-          Es posible, aunque no acaba de cuadrarme. Tengo para mí que lo que me sucedió la primera vez vuelve a repetirse, siempre de la misma forma, como reproduciendo el pasado de forma inevitable.


-          Ahora soy yo quien discrepo de su hipótesis. Para que esta fuese plausible, tendría que haber sucedido a la salida de la Santa Croce algo sumamente emotivo y distinto de la pura sensibilidad artística.


-          Y así fue, en efecto, si bien no he querido reflejarlo en mi libro, por razones que le parecerán de peso en cuanto las conozca. Eso sí, le ruego discreción al respecto.


-          Seré una tumba, Henri, tan hermética como la de Maquiavelo.


     Sonrió ante mi comparación, que la Santa Croce hacía pertinente, y prosiguió:


-          Al salir de la basílica, llevaba en la mente una confusa y brillante amalgama de Giotto y de Bronzino, de Cimabue y Michelozzo, de Perugino y Gaddi, por no aludir más que a pintores que en el templo dejaron su obra. En esto, levanté la vista hacia el centro de la plaza y he aquí que, con indumentaria moderna, pero con parecido empaque y rostro, crucé la mirada con una mujer joven, solemne y bellísima, que era la viva imagen de la Fortaleza de Botticelli o, por mejor decir, esta constituía la imagen de aquella, o no sabría como explicarlo. Venía hacia mí, lenta, ingrávida, con una leve sonrisa. Me quedé petrificado pues, al pasar junto a mí, antes de perderse en la escalinata de la iglesia, me susurró: Antes de un año, nos volveremos a ver. Y fue entonces cuando estuve a punto de perder el conocimiento, según he dejado dicho.


-          Mi buen amigo, concedí, en verdad es un imponente ejemplo de alucinación. No me extraña que...


-          ¿Alucinación, dice usted? Es que, en verdad, se cumplió el emplazamiento y la vi antes de un año.


-          ¿Qué me dice?


-          Lo que oye. Con el mismo cuerpo, la misma voz, los mismos vestidos que en Florencia. Yo diría que hasta su misma alma. No hace falta decirle que me enamoré al punto de ella, si bien me permitirá que no descienda a mayores detalles, dado que era una mujer casada y que falleció hace unos años. Vivió en Milán. Se llamaba Métilde[25].


     Acabamos aplicadamente los callos y brindamos con el último vaso de vino. Beyle hizo el ofrecimiento:


-          Por el puente de Villafranca y las bellezas que desde él se contemplan.


-          Y por las personas sensibles que saben apreciarlas, respondí.




8.  Un desenlace poco afortunado


     Para su última tarde entre los villafranquinos, pude ofrecer a Henri un manjar que supuse sería de su agrado: una velada teatral. Claro que nuestra culta pero apolillada ciudad no tenía mucho, ni bueno, donde elegir. Se trataba de una comedia costumbrista, de la que era autor el ilustre profesor de la Facultad de Letras, don Isaías Lobo Cifuentes, titulada paradójicamente Las apariencias no engañan. La puesta en escena, en el viejo corral de comedias de la urbe, apenas alterado por las normas arquitectónicas del siglo pasado, corría a cargo de una modesta compañía de la vecina y populosa ciudad de Castellar. Tengo para mí que, de no ser periodo vacacional, el autor no se habría atrevido a someter el fruto de sus escasos ingenios a la ruidosa y reventadora grey estudiantil.


     Contra lo que yo suponía, el ilustre escritor pasó un rato muy entretenido. Para empezar, apenas comprendía el español, como no fuese por similitud con su propia lengua o con el italiano. En segundo lugar, el teatro había sido caldeado hasta extremos de animar al numeroso público femenino a despojarse de cuantas prendas fuese posible, sin atentar contra la estética, aunque sí contra la ética. Finalmente, yo procuré durante toda la función deslizar al oído de Henri el esquema de la trama, por otra parte, bastante sencilla. Hela aquí:


-          Acto primero. Una deliciosa huerfanita de provincias está siendo asediada por una caterva de pretendientes, que no buscan otra cosa que disfrutar de su abundante patrimonio. La joven sueña con un bello príncipe que la quiera por sus cualidades personales, no por su riqueza. No viéndolo posible en su ciudad natal, la muchacha decide viajar hasta Madrid, para vivir una nueva vida, aparentando ser una costurera, sin más fortuna que su aguja.


-          Acto segundo. La joven –por nombre, Mariana- encuentra en una verbena a Ricardo, un estudiante de Medicina a punto de licenciarse, que pasa toda clase de estrecheces, con tal de alcanzar su vocación de combatir la enfermedad y ayudar a los sufrientes. Mariana y Ricardo se enamoran. El galán no va a tener más remedio que abandonar sus estudios, pues es despedido del periódico en que, por las noches, trabaja para financiarlos. Ni pensar que Mariana le confiese lo saneado de su economía, ya que Ricardo no acepta siquiera una modesta ayuda, supuestamente procedente del taller de costura. Finalmente, la chica dará con un ardid eficaz: encontrará junto a la ermita de San Antonio de la Florida una pequeña cantidad de dinero, que nadie reclamará en plazo, y que será suficiente para hacer de Ricardo un galeno titulado y que pueda casarse con Mariana.



-          Acto tercero. Mariana y Ricardo son felices y ya tienen una parejita. Ella ha tenido que dejar su ficticio taller de costura, aunque sigue cosiendo para la familia y algunos conocidos (don Isaías olvidó informarnos sobre dónde y cómo aprendería efectivamente Marianita el oficio de modista). Ricardo, doctor prestigioso, podría conseguir una selecta clientela, pero la sacrifica por asistir a los ingresados en el Hospital público y atender en la consulta a cuantos a ella acuden, puedan pagar o no. Mariana mira a sus hijos e imagina las cosas que podrían hacer, si ella pudiese disfrutar de su patrimonio. Pero no es caso de confesar a Ricardo que su unión se ha cimentado en una mentira, que él sería seguramente incapaz de perdonar. Más vale la vida con amor y unión, que cuanto pueda otorgarnos la riqueza. Así que, con el pretexto de visitar a una tía enferma, Mariana regresa momentáneamente a su ciudad natal, vende cuanto tiene, lo dona de incógnito para obras de caridad y regresa a los brazos de su marido e hijos. Telón.


***


     Al concluir la función, me pareció que Beyle reaccionaba con enfado, como si la tomase demasiado en serio. Así se lo hice saber, todavía de camino a casa. Él replicó, indignado:


-          Este es el tipo de comedias que me sacan de quicio. No importa su calidad, ni las dimensiones del teatro. Lo que trasciende es el modelo, el mensaje, la moraleja.


-          Hombre, Henri. Verdad es que el autor construye la vida familiar sobre una mentira; pretende –como su título reza- que las apariencias no engañan. Pero, a fin de cuentas, se minimiza el valor de la riqueza, se ensalza el amor y se propugnan las donaciones a obras pías, que todo es del caso.


-          No van por ahí mis críticas. La cuestión candente es esta: el hombre ha de conseguir sus objetivos, por encima de todo. La mujer, a sacrificarse y desaprovechar lo que la naturaleza o la herencia le ha proporcionado. ¡Ahí está la malicia de la obra!


-          Si usted lo dice… Yo no creo que don Isaías haya reparado en tales profundidades, y conste que lo conozco un poco para hablar así.


-          ¡Pamplinas! ¿A que a ese don Isaías no se le pasaría por la cabeza convertir a Mariana en Mariano y a Ricardo en Ricarda? ¿Cómo cree que habría reaccionado el público, si fuese el marido quien se hubiese sacrificado?


-          Mi querido escritor, ahí está el meollo. Si los espectadores son de una misma opinión, ¿qué autor les propondrá un modelo opuesto? Y más, si tiene las luces y el crédito de un Lobo Cifuentes.


     Por el momento, la cosa quedó ahí. Sin embargo, yo notaba que el silencio de mi huésped tenía que ver con que estaba dando vueltas al asunto. Eso quedó claro después de la cena, justo cuando Beyle se disponía, ya de pie, a retirarse a su habitación, a fin de hacer el equipaje. Se volvió hacia mí en la puerta de la sala y afirmó:


-          No crea; el argumento, aunque trillado, es interesante. Tal vez se preste más para una novela, que no para una comedia. Los autores teatrales dependen mucho más del público que los narradores. Nosotros podemos ser más rompedores.

-          Nada de nosotros, amigo Henri. Hable de usted. ¿Estaría dispuesto a coger ese argumento y darle la vuelta, como a un calcetín?


     Me dio la espalda y embocó el pasillo. De la penumbra, me llegó la respuesta:


-          Aguarde y verá.


     Hace diez años que murió Stendhal y aún sigo esperando, contra toda esperanza[26].



9.  Epílogo a cargo del editor



     En el año 1998, estuvo a punto de producirse un grave escándalo en la Universidad de Villafranca. Llegado el momento de jubilarse su bibliotecario de toda la vida, hubo de rendir alarde al nuevo y severo encargado. La sorpresa fue mayúscula, al echarse en falta cientos de libros y documentos, algunos de ellos, de importante antigüedad y valor. Afortunadamente, las prisas y sofocos del nuevo responsable no contagiaron a las autoridades académicas ni a la policía. Se llevó a cabo una búsqueda celosa de los textos extraviados y se realizó una información reservada, cerca de todos los profesores en activo y jubilados. En pocos meses, los hijos pródigos volvieron a la casa paterna y, felizmente, la biblioteca fue catalogada y ordenada con arreglo a las normas más exigentes de la informática.


     Fue en el decurso de esa ímproba labor, cuando apareció entre los libros de Derecho Penal y Ciencias Criminológicas, el cuadernillo manuscrito que ha quedado transcrito en lo que antecede, sin otra mutación o aditamento que las notas a pie de página –que son, por tanto, notas del editor- y la modernización de algunas palabras o expresiones, demasiado obsoletas para ponerlas al alcance del curioso lector de este cambio de milenio.


     ¿Es auténtico el documento? ¿Nos ha hecho víctimas el profesor Menéndez de una burda superchería o una broma pesada? A estas sensatas preguntas, puedo responder sucintamente lo que sigue:


     1º. Los expertos en Literatura e Historia a quienes he consultado, se inclinan por considerar mayoritariamente plausibles las precisiones y alusiones contenidas en el texto. Las notas pretenden sintetizar las consideraciones de los peritos.


     2º.  El profesor Alfredo Menéndez y los demás villafranquinos aludidos en el relato tuvieron en aquel tiempo existencia real. En concreto, el susodicho profesor está documentado en la nómina de su Facultad entre los años 1825 y 1861, habiendo fallecido en 1870, a los setenta y tres años de edad (esquela en El Eco de Villafranca de 6 de marzo de dicho año, página 13).


     3º. Los intentos realizados para hallar alguna alusión al profesor Menéndez en La Revue des Deux Mondes y en la correspondencia publicada de los escritores Henri Beyle y Prosper Merimée, han resultado completamente infructuosos.


     En resumen, el editor de esta publicación no se hace responsable de la veracidad de los hechos en ella recogidos, en lo que respecta al señor Beyle, pero juzga aquellos lo suficientemente interesantes, como para someterlos al conocimiento y juicio de los villafranquinos y, en general,  de las personas interesadas por la Literatura.



[1]  Conocido literato francés (1803-1870), buen amigo y notable conocedor de España. Mantuvo con Stendhal una relación de amistad que, no obstante, algunos consideran poco firme.
[2]  Blanco y rosa, blanco y rosa; tal vez, alusión al color de la escarcha y al de la piedra herida por el sol.
[3]  Está documentada una breve estancia de Stendhal en España, a finales del año 1829.
[4]  Tal vez, la más antigua revista europea todavía publicada, sin solución de continuidad, desde 1829.
[5]  Relato breve publicado por Stendhal en 1829, ambientado en Granada e inspirado en las contiendas políticas de la época. Puede encontrarse en Internet, cuando menos, en su francés original.
[6]  Traducible por: En primer lugar, Granada, pero esperad, por favor, los frutos de Villafranca. El autor de la esquela emplea una curiosa grafía bilingüe para referirse a la ciudad que acababa de visitar.
[7]  Episodio que se da por cierto, en la vida de la joven Pauline Beyle (1786-1857), hermana de Stendhal. Es conocida la profunda unión entre ambos hermanos y la gran influencia de Henri sobre la joven Pauline.
[8]  Clara alusión al notable y famoso ensayo stendhaliano, De l’amour, cuya primera edición apareció en 1822.
[9]  Manuel de Lardizábal y Uribe (1739-1820), ilustre penalista mejicano-español de la Ilustración.
[10]  Extensa recopilación francesa de casos criminales (1734-1741), que toma nombre del apellido de su autor.
[11]  Fuente indudable del conocimiento penal stendhaliano, cuyo primer número apareció el 1 de noviembre de 1825.
[12]  Dan por sentado los especialistas que tales casos sean el affaire Berthet (1827), sucedido en el departamento del Isère (cuya capital es Grenoble), y el affaire Lafargue (1829), acaecido en el de Hautes-Pyrénées. Junto a la fuga de la pareja Edouard Grasset y Marie Antoinette de Neuville (1830), constituyen el material judicial empleado por Stendhal para su novela Rojo y Negro.
[13]  La primera edición de Le rouge et le noir apareció en noviembre de 1830, en la editorial parisina de Levasseur. Aún siendo así, dicha edición, en dos volúmenes, lleva la fecha de 1831.
[14]   Se ha llegado a decir que el público español era alérgico a la gran novela stendhaliana. Las primeras versiones castellanas (María Martínez Sierra, para Garnier y A. Muñoz Pérez, para Michaud) datan de 1910, como también la versión catalana de editorial Sopena. La gran entrada de Rojo y Negro en el ámbito lector español no se produjo hasta 1919 (colección Universal de la editorial Calpe), en dos volúmenes, traducida por Enrique de Mesa.
[15]  Fernando Sor (1778-1839), guitarrista y compositor español que, por motivos políticos y profesionales, vivió desde 1815, hasta su fallecimiento, fuera de España. En el periodo 1827-1839 fijó su residencia en París, donde fue muy conocido y considerado.
[16]  Gran solo, para guitarra, opus 14, de Sor.
[17]  La cual parece emparentada con la stendhaliana, Ernestina o el nacimiento del amor.
[18] Literalmente, de entrambos Derechos, es decir, el Civil y el Canónico. En la época a que se contrae esta historia, era infrecuente en las Universidades españolas la separación de ambas cátedras.
[19]  De uno y otro padre, es decir, del Sr. Madrazo y del padre de Angélica.
[20]  Finalmente, Stendhal cumplió esta predicción. Sobre su tumba del parisino cementerio de Montmartre, puede leerse el siguiente autoepitafio, en lengua italiana, que traduzco: Enrique Beyle, milanés. Escribió, amó, vivió 59 años y 2 meses. Murió el 23 de marzo de 1842. Su origen milanés es falso. La fecha de su muerte es de suponer que no fuera de su cosecha, toda vez que falleció inconsciente, de un síncope producido el día anterior.
[21]  Una vez leído este capítulo, podrían cotejarse ciertos nombres y circunstancias con el famosísimo relato La abadesa de Castro, ínsito en las Crónicas Italianas del señor Beyle.
[22]  Al día de hoy, suele darse por sentado que el señor Beyle padeció sífilis, a raíz de sus contactos con prostitutas durante las primeras campañas napoleónicas, si bien controló bien los efectos de la enfermedad y acabó falleciendo por causas probablemente ajenas a la misma.
[23]  Remito a la siguiente referencia: Graziella Magherini, La síndrome di Stendhal, editorial Ponte alle Grazie, Florencia, 1989.  Por lo demás, es una dolencia psíquica sobradamente tratada en la literatura de divulgación.
[24] Rome, Naples, Florence. Angoulème, 1817, 1827.
[25]  Se trata, con seguridad, de Matilde Viscontini-Dembowski (1790-1825), cuyo retrato más conocido no le es atribuido con certeza. Por tanto, nos quedamos con las ganas de compararlo con la bellísima alegoría botticelliana de la Fortaleza, hoy en los Uffizi.
[26] La vida es, para ciertas cosas, demasiado breve. La vuelta del calcetín, considerando así el relato stendhaliano Le rose et le vert, fue publicado, póstumamente, en 1928. Desgraciadamente, se trata de una novela inacabada. Si don Alfredo Menéndez lo hubiese sabido, habría tenido sus dudas sobre si el gran novelista grenoblés no quiso terminar su obra (elaborada hacia 1837), o es que no supo cómo hacerlo.

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