viernes, 30 de marzo de 2012

COLOR LOCAL

Color local



Por Federico Bello Landrove



      Una de las formas más sencillas de elaborar una novela es construirla a partir de una biografía (autobiografía, si se trata de autores noveles). Digo que de las más sencillas, pero no siempre de las menos problemáticas. Este cuento les pondrá sobre la pista de algunas posibles incidencias, con El rayo verde de Julio Verne en el horizonte.






    1.  Por un final feliz





           Habíamos vuelto a encontrarnos en las bodas de oro del inicio de nuestro bachillerato, lo que es tanto como decir que al cumplir sesenta años. Tan pronto concluyó la misa por los profesores y compañeros fallecidos, nos juntamos y no volvimos a separarnos en toda la jornada. Lo encontré muy desmejorado –aunque no mucho más que al resto de los condiscípulos, todo hay que decirlo- y bastante bajo de moral. No tardó en sacarme el tema que yo estaba esperando:



      -          Y qué: ¿para cuándo la segunda parte de la novela[1]?

      -          Tiempo al tiempo, amigo Agustín. Me estoy documentando.



           La cierto es que me daba mucha pereza enfrascarme en la segunda parte de un relato que, si había resultado exitoso, era en gran medida por su intenso componente biográfico. No le veía yo mucho sentido a entrar con los mismos personajes en el mundo de la fantasía plena, solo por satisfacer la absurda curiosidad de un ser real que, sin duda, pretendía un final feliz, pero ficticio, para el amor de su vida. Además, el Retrato seguía vendiéndose muy bien y no era cosa de cortar sus ventas con la aparición de una continuación. Como decía mi agente, Felipe Peña, nadie abandona un filón aún productivo, para ir a laborar en otro de resultados inciertos.



           Pero hubo un segundo toque de atención, mucho más perentorio. Vino de nuestro común conocido, Andrés de las Torres:



      -          Me han dicho que Agustín ha estado ingresado una temporada en el Hospital. Le han diagnosticado un cáncer.

      -          ¿Qué me dices? ¿Y es irreversible?

      -          No tengo información detallada. No he vuelto por Castellar desde nuestras bodas de oro.



           Pensé en escribirle con un mensaje de ánimo, pero comprendí al punto que lo mejor que podía hacer por él era cumplir su deseo. Después de todo, no era tan difícil: una novela corta, con final feliz, dejando rodar el curso lógico de los acontecimientos, y con los personajes ya construidos. Si el Retrato había tenido como arranque a Delibes, el Retrato dos podría tener como fondo a García Márquez[2]. Las susodichas dificultades editoriales podrían obviarse presentándoselo en simple borrador, con la elegancia tipográfica que ahora permiten hasta las impresiones más elementales.



           Dicho y hecho. Sin guión previo, empecé a bosquejar un argumento, del que solo vislumbraba el final. A fin de cuentas, no era mucho el compromiso. Pero pudo más el amor propio de escritor concienzudo. Cuantas más vueltas daba al tema, más lo enraizaba en el mundo caribeño en que había de desarrollarse. Agustín –Álvaro en la ficción- tendría que desplazarse a la América de su Maribel. Claro que también podría suceder lo contrario, pero yo ya tenía en la retina de mi imaginación una bahía dorada por el sol del atardecer y un chalecito sombreado por las ceibas. Vamos, nada ubicable en la áspera meseta castellana. Y, siendo así, no quería depender de Internet ni de las narraciones de viajeros y literatos. Tenía que documentarme personalmente e in situ. No podía ser de otro modo.



           Tengo la virtud –o el infantilismo- de entusiasmarme con lo novedoso y creer superables todos los obstáculos. En este caso, tampoco es que se tratara de remontar el Amazonas en piragua. Pero no dejaba de imponerme algunas limitaciones. Para empezar, deseaba hacer el viaje de incógnito, lo que descartaba cualquier contacto con mis colegas panameños: no quería dar la impresión de estar buscando escenarios para una novela, que a saber si llegaría a puerto. Nada de violar la sorpresa que quería dar a Agustín ni, menos aún, de revelar mi presencia en el pequeño país del istmo a la Maribel de la vida real, cuya reacción ante mi Retrato desconocía. Por otra parte, el tiempo con el que contaba podía ser muy limitado, pues amigos comunes me habían precisado la información de Andrés de las Torres, en el sentido de que lo de Agustín era verdaderamente muy serio. Así que tomé por la calle de en medio y ordené en una agencia de viajes la compra de billetes de avión y una reserva hotelera por una semana en Ciudad de Panamá. Luego, a pedir a toda prisa una licencia en el trabajo:



      -          Pero, Luis, al Caribe en febrero…

      -          Es que no voy de turismo, sino a un congreso.



           Bien, todo arreglado. La cosa me salía por un pico pero eché mentalmente cuentas y, con lo ingresado por el Retrato, todavía estaba en deuda con Agustín. Así que al avión y a preparar las libretas, con sus índices pertinentes. Ya saben, entradas para Naturaleza, Topónimos, Frases y vocablos curiosos, etcétera, etcétera. Todos los pequeños blocs iban rotulados con las mismas dos palabras, seguidas de un numeral romano: Color local.     



      ***



           Otro de mis rasgos distintivos es el de trabajar rápido y con un elevado grado de optimismo en cuanto a los resultados. Ni que decir tiene que eso me ha proporcionado mucho tiempo libre y algunos batacazos de nota. Según ello, a los cuatro días de patear Ciudad de Panamá y de haber hecho algunas excursiones organizadas por su bellísimo entorno, tenía las libretas llenas de anotaciones y la firme convicción de poder quedar bien ante los eruditos hispanos que pudieran leer la futura novela. Cosa rara en mí, en lugar de retirarme a mi habitación para dar los últimos toques a la labor cotidiana, me senté en una mesa apartada del bar del hotel, con un mojito por consumición. Pronto comprendí que no había sido una buena idea. La música no era precisamente lo que se llama ambiental y cristales de colores proyectaban un interminable carrusel de haces de luz polícromos por el recinto. Y, por si fuera poco, dos mesas más allá una joven espléndida me daba su perfil, mientras conversaba animadamente con un caballero con apariencia de hombre de negocios. Y, en esto, sucedió.



           Un rayo de luz verde recorrió instantáneamente todo su cuerpo perfecto, antes de perderse más allá del ventanal que daba sobre la negrura del inmenso océano, apenas alegrada por las tenues líneas de plata de las olas que rompían en la playa. En inevitable asociación de ideas, me vino a la mente el rayo verde de las científicas fantasías vernianas[3]. ¡Qué mejor final para mi romántica novela! Álvaro, Maribel, la bahía de sus sueños y el rayo verde. Después de eso, ya podía Agustín morir feliz. Me levanté exultante y decidí que dedicaría todo el día siguiente a merodear por el entorno de Maribel: su urbanización y la famosa ensenada. Solo que ahora no estaba seguro de poder prescindir del encuentro con la dama de los sueños agustinianos. Pasé un par de horas dando vueltas en la cama, imaginando la forma de dar con ella sin revelar mi identidad ni mis propósitos. Nada estaba aún claro, ni resultaba factible. Nada, salvo una cosa: tenía que tenerla junto a mí a la puesta del sol, esperando, anhelando y, tal vez, contemplando el rayo verde.





        2.  El rayo verde



           No tenía previamente otros datos que el nombre real de Maribel –Cecilia de la Bárcena-, así como su condición de catedrática de Literatura en la Universidad Católica. Para la novela, Agustín me había facilitado el dato de que vivía ella en una urbanización a la orilla del mar, en los alrededores de Ciudad de Panamá. Ni más, ni menos. A partir de ahí, todo tendría que descubrirlo por mí mismo, en apenas unas horas.



           En este mundo global, el hilo de Ariadna se llama Internet. Metí los datos de nombre y profesión de Cecilia y al punto se despejó el enigma de su domicilio: Residencial Las gaviotas, calle… Por si fuese poco, teléfono oficial, correo electrónico, publicaciones, revistas para las que trabajaba… y varias fotografías actuales, que me la representaban aún  atractiva, aunque muy diferente de la jovencita que había posado junto a mi amigo, cuarenta y tantos años atrás. Exultante, tomé un taxi y, dado lo temprano de la hora, pedí que me llevase al recinto universitario. Tampoco eso era problema: la dirección del Departamento de Español también figuraba en la caja de Pandora, que es hoy cualquier ordenador o móvil. Por el camino, di los últimos toques a mi presentación… y a mi traje veraniego color tabaco, bastante apropiado para la temperatura tropical a la sazón.



           La doctora de la Bárcena estaba impartiendo una clase, cuando pregunté por ella en la recepción. Un alumno me acompañó gentilmente hasta la puerta del aula, a través de luminosos pasillos ornados de frondosísimas plantas. Faltaba un cuarto de hora para el final de la clase. Me apreté el nudo de la corbata y esperé, entreteniendo el tiempo con cortos paseos, sin perder de vista la puerta por la que habría de salir la profesora.



      ***



      -          ¿La profesora de la Bárcena? Le traigo, desde Castellar, los saludos de su profesor de Griego.



           Me constaba –naturalmente, por Agustín- que Cecilia tenía de antaño verdadera devoción por el ahora anciano profesor Huesca, a quien procuraba visitar cada vez que viajaba hasta España. La doctora, muy sorprendida, sonrió de oreja a oreja y dijo con una familiaridad que me dejó sorprendido:



      -          ¡Mi viejo profesor! Hace cinco años que no lo veo. ¿Qué tal está? No lo va usted a creer pero nos traía loquitas a sus alumnas, cuando adolescentes.



           Salí del paso como pude, mientras ella me dirigía hacia su despacho de la primera planta, gratamente sombreado por un estor beis y así mismo adornado hasta el agobio de frondosas plantas que llegaban al techo. Decidí proseguir con la jocosidad y apartar a la vez la conversación del –para mí, desconocido- señor Huesca:



      -          ¡Caramba, esto parece una selva! ¿Dónde está Tarzán?

      -          Ha salido a darse un baño con Chita, me replicó entre risas.



           Puesto ya en el carril de la mentira, inventé con todo lujo de detalles una personalidad propia. Yo era un periodista deportivo a media jornada, que estaba en Panamá para cubrir los campeonatos del mundo de tenis de mesa y, una vez concluidos estos el fin de semana pasado, me había quedado unos días haciendo turismo. Estuvo a punto de cazarme:



      -          Nadie lo diría. Habla usted con expresiones muy cultas.

      -          Como corresponde a un castellarense de prosapia. No, en serio: ya le he dicho que no vivo de la prensa. Mi verdadera profesión es la de secretario judicial.

      -          Acabáramos: cultismos y latinajos. Pero puedes tutearme. Somos compatriotas, universitarios y, más o menos, de la misma edad.

      -          Acepto, pero con una condición. Tienes que permitirme que te invite a comer.

      -          ¿Y eso?

      -          Para compensarte del atraco, pues querría abusar de tu hospitalidad para que me enseñases los alrededores.

      -          Te serviré encantada de guía, pero lo de comer habrá de ser en mi casa. Mis padres me están esperando.



           No tenía ni idea de que viviese con sus padres. Según me dijo, no había tenido otra opción, al hacerse muy mayores y no serle posible a ella jubilarse anticipadamente:



      -          La verdad –me confesó-, lo hice con mucha inquietud, pues la gente mayor no siempre se habitúa a nuevos ambientes, pero el caso es que llevan ya casi un año en Panamá y se encuentran muy integrados.

      -          Viviendo contigo, supongo que cualquiera lo estaría.

      -          Hombre, muchas gracias. Si fueses uno de mis colegas, o de mis alumnos, seguro que no dirías lo mismo.



           Los padres de Cecilia resultaron ser unos viejos pulidos y muy simpáticos. Una de mis habilidades –quizá por deformación profesional- es la de escuchar indefinidamente y con atención. En aquella comida, refrescante e improvisada, aprendí más del viejo Castellar de lo que habría conocido por media docena de libros. Mi antena se tensó, enhiesta, al salir a los postres la mención de Agustín:



      -          ¡Bah, mamá!, déjalo estar. Seguro que Luciano (era el nombre que me había atribuido ante Cecilia, para justificar la L de mi prendedor de corbata) no lo ha conocido.

      -          Dice usted Agustín… ¿No se tratará de Agustín Valladares? Era un compañero del Instituto –aclaré-.

      -          ¡El mismo! ¿No has leído Mujer de blanco sobre fondo sepia?

      -          No caigo; creo que no. ¿Es una novela de Delibes?

      -          Qué va –terció el padre, muy enfadado-. Es de un tal Luis Alvarado. El tío, en vez de sacarse el argumento del magín, se limitó a poner, negro sobre blanco, la vida de mi hija, sin pedirle autorización, ni modificar a fondo los sucesos. Con decir que algunos amigos… ¡Qué bochorno!

      -          No es para tanto, papá. Después de todo, salía muy bien parada. Supongo, amigo Luciano, que sería Agustín quien se fue de la lengua y dio pie al escritor para hacer una buena novela sin  despeinarse, como quien dice.

      -          Por lo menos, estará bien escrita, sugerí.

      -          Es excelente –replicó la madre-. Y ha tenido un gran éxito. Va por la no-sé-cuántas edición.

      -          Tengo que regalársela al profesor Huesca, agregué.

      -          No hace falta –concluyó Cecilia-: ya le mandé un ejemplar dedicado. Como el pobre está casi ciego, supongo que se la habrá leído la hija.



      ***



           Hicimos la sobremesa en el pequeño jardín del chalet, mientras sus padres se retiraban para la siesta. Cecilia hablaba y hablaba, de Panamá, de su soñado retorno a España, de la enseñanza y de su oficio de escritora (un poco de poesía y algunos cuentos en periódicos y revistas, no te vayas a creer), de la edad provecta y de la soledad sentimental, ahora paliada por la presencia de sus padres:



      -          Tendrás hijos, algún nieto…, especulé.

      -          Desde luego, pero, ni por edad, ni por proximidad, me permiten hacerme ilusiones acerca del futuro.

      -          Yo tampoco estoy lo que se dice muy acompañado. Mi droga contra la soledad es mi profesión y la literatura.

      -          Querrás decir el periodismo. (Me habría dado de bofetadas por el lapso).

      -          Por supuesto –salí por la tangente-. Es mi manera irónica de aludir a la columna diaria sobre deportes en El Diario de Villafranca.

      -          Claro, claro. ¿No sabes que estoy preparando una gran fiesta? Por supuesto, estás invitado, si te decides a viajar de Villafranca a Castellar.

      -          Si puedo, asistiré encantado, pero ¿cuándo será y con qué motivo?

      -          El próximo mes de mayo cumplo los sesenta y, tal vez para no deprimirme, voy a tirar la casa por la ventana. Viajaré con mis padres a España y reuniré en pequeñas dosis a todos cuantos conozco allí: familia, amigos de toda la vida, compañeras de estudios, los profesores que aún quedan; hasta los novios y pretendientes.

      -          No me digas. Por lo menos serían dos docenas.

      -          Me tomas el pelo. Dos o tres a lo sumo; ¿no ves que me casé muy joven, para mi desgracia, y me vine para acá tras él? Entre ellos, estará el famoso Agustín Valladares, tu condiscípulo.     



           Lo dijo con tal retintín, que me quitó cualquier propósito de comunicarle su delicado estado de salud. Bromeé:



      -          ¿Y dónde encajo yo: entre los amigos de toda la vida o entre los pretendientes?

      -          Entre los profesores. Anda, acábate el café, que tengo que cumplir contigo mi prometido rol de cicerone.



           Dedicamos el resto de la tarde a visitar la zona, conforme a lo acordado. Como buena conocedora del entorno, Cecilia agotó información y explicaciones. La tarde empezó a caer, con la rapidez que lo hace en los trópicos. Inquirí:



      -          Doctora, cuando el sol se pone en Las gaviotas, ¿lo hace por el mar o sobre tierra?

      -          En el mar, desde luego. Suele ser un espectáculo precioso.

      -          Entonces, si me aprecias, volvamos a tu casa. Quiero ver desde la terraza el rayo verde.



           Hube de explicarle lo que eso significaba. Aceptó de muy buen grado y retornó a su gracejo espontáneo:



      -          ¡Ah, ya! Creo haberlo visto en alguna película. El chico susurra a la chica el rayo, el rayo y, cuando ella se queda embobada mirando al horizonte, él aprovecha y la besa en la boca.

      -          Pues Julio Verne no lo cuenta así pero, vamos, no es mala sugerencia.



           Llegamos al chalet justo a tiempo. Sus padres reposaban en unos sillones del jardín. Pasamos casi sin saludarlos y nos acodamos en el alféizar. Ninguno de los dos vimos el famoso rayo o, por mejor decir, de tanto mirar fijamente el sol sin protección, vimos rayos de todos los colores. Cecilia insinuó, con demasiado énfasis para ser del todo sincera:



      -          Lamento la decepción. Tendrás a tu disposición, siempre que quieras, entrada de primera fila y mi compañía.

      -          Es una oferta irresistible, querida guía. Lástima que pasado mañana regrese a España. ¿No podrá verse el rayo verde en Castellar, aunque no tenga mar?

      -          Estoy segura que con mucha fe y mucho amor, podría ser posible.

      -          ¿Mucho amor?, recalqué con segundas.

      -          A la Naturaleza, tonto. Tienes toda la vida para intentar descubrirlo.







        3.  Nunca segundas partes…



           De buena gana habría visitado a Agustín, para interesarme por su salud y darle la buena noticia. Desistí, no obstante, ante la abrumadora probabilidad de que me preguntase por mi razón de ciencia y la cosa terminase echándome una bronca por haber llevado la búsqueda del color local demasiado lejos. Así que, metidos en fraudes, por uno más no iba a quedar. Antes de partir para España, desde el aeropuerto de Ciudad de Panamá y con membrete de la Universidad Católica (no me pregunten cómo me hice con tal souvenir), le envié una carta que, más o menos, rezaba así:



           Por indicación de la profesora Cecilia de la Bárcena, le comunico que dicha señora visitará Castellar (España) el próximo mayo y estará muy honrada en encontrarse con usted, para saludarlo y recordar los viejos tiempos. Más adelante, la susodicha doctora le concretará lugar y fecha para tal entrevista. Muy atentamente, N.N., Secretario de la Cátedra de Literatura.



           Supongo que la recepción de esa misiva haría más por la salud del pobre Agustín que la quimioterapia a que habría de ser sometido. Pero la sorpresa no sería solo para él. Unos días después de llegar a Villafranca, recibí en el juzgado y a mi nombre real un ejemplar de El rayo verde. Lo acompañaba una cuartilla manuscrita, que tengo a la vista cuando la transcribo, para concluir este relato:



           Amigo Luis: En un principio, todo han sido equívocos –intencionados- entre nosotros. No obstante, hay dos cosas en que he de decirte, con toda sinceridad, que me has tomado la delantera. Una, el exacto conocimiento que las confidencias de Agustín y tu intuición de buen escritor te han dado acerca de mi persona: por eso te califiqué de profesor: por lo que me has enseñado de mí misma. La segunda, el maldito rayo verde. ¿Querrás creer que no hay tarde de cielo despejado en que no me asome a la terraza, como una tonta, hasta que el sol se pone? Empiezo a temer que, de estar tú a mi lado, acabemos contemplando como pasmarotes el ocaso en los trigales de nuestra tierra. ¿O es que vas a sobreponerte a mi encanto irresistible? Ya veremos. Hasta muy pronto y recuerdos cariñosos a nuestro común amigo Agustín, Cecilia.



           Me llevó un par de días caer en la cuenta: La solapa de la cubierta protectora de mi novela incluía en la referencia de autor una pequeña fotografía, lo suficientemente clara, como para identificarme por ella. Y es que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo, según el conocido refrán.



           Y aquí concluye, por ahora, la historia. Es obvio que no habrá segunda parte del Retrato. Pero, ¿y de Color local? La respuesta, la próxima primavera, si Dios quiere.






      [1] Aludía Agustín a mi novela Mujer de blanco sobre fondo sepia. Los detalles los encontrarán en el cuento Dos retratos de mujer, en este mismo blog, dentro del apartado Cuentos literarios.
      [2] Obviamente, por El amor en los tiempos del cólera.
      [3] Aludo a la conocida novela de Julio Verne, El rayo verde (1882). Sobre ella, y con el mismo nombre, se construye la película homónima de Eric Rohmer, de su serie Comedias y Proverbios (1986), en la que se da la explicación científica de tal fenómeno óptico atmosférico.

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