viernes, 1 de julio de 2011

TRES ENCUENTROS



Tres encuentros



Por Federico Bello Landrove



     De este relato, podría decir, como de El censor y la palabra, que cierra cronológicamente la referencia bélica, más acá en el tiempo, pero con base en el terrible daño que la Guerra y su pervivencia en los corazones causó en una generación que empezaba a vivir, crear y amar. Es casi un cuento de amor, del amor que, como en la parábola evangélica del sembrador, cayó entre zarzas; y es que, muchísimos de los llamados adultos responsables, convirtieron entonces a España en un cardal.







Mil novecientos cuarenta y tres



          En la ciudad de Valladolid, se vivía una curiosa coeducación por motivo de penuria inmobiliaria: los respectivos Institutos masculino y femenino habían de compartir el mismo edificio, aunque en horarios separados de mañana y tarde. Como en ciertos países lo provisional es lo que más dura, tal situación se prolongó durante unos treinta años, a contar desde la guerra civil. Pero, si dejamos constancia de este hecho, es por la influencia que tuvo en que se conocieran Isabel y Ricardo, gracias a un intercambio de notas depositadas en el buzón del pupitre que ambos compartían en momentos diversos, en la clase de Historia. Y no es que los chicos (dieciséis años él, casi quince ella) fueran unos lanzados. De hecho, Ricardo era un estudiante formal y aplicado, que necesitó tres misivas muy convincentes para lograr contestación de su destinataria, con la consiguiente cita a ciegas. Y, en lo que concierne a Isabel, era una jovencita tímida y sin experiencia en estas lides. Así pues, echemos la culpa al destino de sus atrevidas decisiones.



     Cuando, tras cuidadosa planificación, el encuentro tuvo lugar al fin, los mozos descubrieron que ya se conocían de vista. Sus respectivas viviendas estaban próximas, entre sí y al parque más frecuentado por la juventud local. Ricardo tenía la imagen de una casi niña, morena, de cara dulce y pequeña estatura, acompañada de dos presuntas hermanas mayores, aún más bajas que ella, y de una imponente señora de pelo entrecano y luto riguroso, sin duda, la madre de todas ellas. E Isabel creía identificar en su acompañante al chico espigado y sonriente que, en unión de otros tales, cargaba con mochila, correaje e impoluto uniforme azul mahón, rumbo a los heroicos fines de semana y campamentos que el Frente de Juventudes programaba para la sana y bien adoctrinada muchachada de espíritu imperial.



     La primera tarde no fue especialmente brillante. Cuando menos, la pareja rompió el hielo con un paseo por el Campo Grande y un helado de tutti frutti en el Salón Ideal. Ricardo no dominaba la situación tanto como le habría gustado, pero valoraba la cortesía y correctas proporciones de su acompañante. Esta, por su parte, agradecía dulcemente el interés de Ricardo por su modesta personita y sentía, por primera vez en su vida, que el silencio no tiene que vivirse siempre como falta de comunicación. En fin, repasados a fondo los socorridos temas académicos de sus respectivos sexto y cuarto cursos, y agotados los helados y lugares habituales de honesto paseo por el parque, Isabelita sugirió una razonable retirada, antes que sus amigas habituales recelaran por su excesiva tardanza. La despedida tuvo lugar en el terreno neutral de los límites del Campo con la transitada Acera de Recoletos. Ricardo preguntó, con muestras de vivo interés:



-          ¿Lo has pasado bien?

-          Claro que sí, pero tengo que ver a mis amigas y hacer los problemas de matemáticas para el lunes.

-          Entonces, ¿quedamos el próximo sábado por la tarde, a la misma hora?

-          Si tú quieres y no tienes otras cosas que hacer…

-          Creo que tenemos reunión de centuria en el Pinar, pero será el domingo por la mañana.

-          Entonces, hasta el sábado, y gracias.



     Ricardo se quedó rumiando la cortesía final de la jovencita. La verdad es que no era corriente que las chicas agradecieran la atención de los muchachos sino, aparentemente, todo lo contrario. Y, mientras veía alejarse a Isabel, sentía que le había entrado un poquito por los ojos pero, sobre todo, que había acelerado los latidos de su corazón.



***



     Más allá de que el sueño fuera sustituido parcialmente por el ensueño, Isabel no experimentó ningún otro de los síntomas que ella había leído acompañaban al amor. Estudiaba con provecho y atención; no rompía la vajilla al poner la mesa ni al fregarla y –lo que era aún más importante- nadie en su familia parecía adivinar el inicio de un romance. Eso sí, estaba mucho más locuaz que de costumbre y miraba con más franqueza y aplomo al resto de las mujeres de la familia. Su hermana mayor, Ana, había logrado con notable esfuerzo económico terminar la carrera de Filosofía y Letras y había empezado a ejercer su fuerte carácter y su más fuerte conocimiento de lenguas clásicas como profesora en un colegio de religiosas. A Brígida, la mediana, simpática y nerviosa, la había sorprendido la guerra civil terminando el bachillerato y no había tenido otra opción que la de colocarse de oficinista en una empresa local de venta al mayor de coloniales. Gracias a esos dos sueldecitos, doña Amparo, la matriarca, había podido pagar sus deudas por “responsabilidades políticas” y cuadrar la economía doméstica, junto con la modesta pensión de su difunto esposo, sin necesidad de mantener la penosa actividad de acogida de huéspedes en su semivacío caserón. En tal escenario, Isabel tenía, por ahora, muy poco papel y aún  no sabía el que había de depararle el futuro. Su madre, severa y todavía con ínfulas de gran señora, le había comentado las navidades pasadas:



-          Isabelita, aplícate mucho este curso y saca todas las asignaturas en junio. Si es así, tal vez podamos darte la carrera de magisterio. Si no, tendrás que dedicarte a la casa, pues yo ya voy estando muy cascada y tus hermanas bastante hacen con trabajar fuera.

-          ¿Y no podríamos tener alguna chica que nos ayudara, como doña Mary, la de abajo?

-          Pero niña, ¿tú sabes cómo se ha puesto el servicio? Y, además, no quiero tener a nadie en casa fisgando y sisando, como suelen hacer las sirvientas jóvenes de ahora.



     En fin, que el futuro se presentaba dudoso para la niña, en parte, por llevarse tantos años con sus hermanas y, también, por la dependencia material que ellas y la madre empezaban a tener de sus dotes innatas de limpieza y disposición para la cocina. No hay bien que por mal no venga.



***



     Al sábado siguiente, las cosas pintaron mucho mejor para Ricardo e Isabel. Aquel hablaba y hablaba, animado por la atención que le prestaba su amiga, mucho más inclinada a escuchar. Sustituyeron los helados por chocolatinas y se atrevieron a sentarse en un banco en la frondosa zona de la Pérgola. El tiempo pasaba muy aprisa y los temas de conversación eran de lo más variado. A eso de las seis de la tarde, se suscitó el de las familias respectivas:



-          Así que tienes madre y dos hermanas –dijo Ricardo-. ¿No hay hombres en vuestra casa?

-          No, repuso Isabel. Mi padre, que era empleado de Hacienda, murió cuando yo tenía cinco años. Y a mi hermano mayor, Fernando, lo mataron a poco de empezar la guerra.

-          ¿En el frente? También un hermano mío murió en el Alto del León.

-          No, no. Lo fusilaron. Estaba estudiando Derecho y creo que tenía ideas socialistas.

-          ¡Qué burrada!  A mi padre lo metieron en la cárcel antes de la guerra, por falangista. Menos mal que fue aquí, en Valladolid, y le soltaron cuando empezó el Movimiento.



     Por unos momentos, los dos quedaron en silencio, con la mirada perdida en el triste pasado, todavía reciente, aunque para ellos más contado que vivido. Por fin, Ricardo dijo unas palabras que se le quedaron grabadas para siempre a su compañera:



-          Isabel, ¿tú crees que nos dejarán en paz? Mi padre dice que todavía hay mucho que hacer.

-          No sé, Ricardo. A mí la política no me importa ni la entiendo.

-          A nosotros, en el Frente de Juventudes, nos explican muchas cosas, pero a mí lo que más me gusta es ir de acampada con los amigos. Bueno, me gusta más estar contigo y estudiar Ciencias Naturales.

-          ¡No me digas que te agradan los bichos!

-          Me interesa más el estudio del cuerpo humano. Dice mi hermano Alfredo que voy para médico.



     Y así fue transcurriendo la tarde, hasta la hora en que Isabelita fue a decir hola y adiós a sus sorprendidas amigas. Antes de despedirse, notó que Ricardo trataba de cogerle la mano. Ella no supo qué hacer.



***



     Tres sábados y dos besos después, doña Amparo estaba esperando a Isabelita. Ambas pasaron al salón de la casa –algo insólito- y la madre estalló:



-          Pero, bueno, niña. ¿Te parece bonito mentirme, diciendo que vas con las amigas, y luego irte por ahí con un chico?

-          Perdona, mamá, tienes razón en lo de que está feo no haberte dicho la verdad, pero se trata de un buen muchacho, que estudia en el Instituto y sólo hemos salido un par de veces.

-          ¿No te he dicho que debes olvidarte de todo lo demás y dedicarte a sacar el curso? ¿No sabes el esfuerzo que yo y tus hermanas estamos haciendo para darte estudios?

-          Lo sé y me estoy aplicando mucho. De hecho, soy la tercera de la clase por notas. Pero también tengo que salir algún día, con las amigas o con algún chico. Ya tengo quince años.



     Indignada por la resistencia inesperada de su hija, doña Amparo entró a fondo:



-          ¿No sabes con quién estás saliendo? Ese chico es de la familia Villar, esos falangistas criminales. ¿Es que no te importa lo que le hicieron a tu hermano?

-          ¿A mi hermano?

-          Sí, sí. Fueron ellos los que declararon haber visto a Fernando empuñando una pistola y el hermano mayor formó parte del pelotón de fusilamiento en San Isidro.

-          ¡Dios mío! –Isabelita estaba a punto de desmayarse-. No tenía ni idea. En todo caso, Ricardo es un buen muchacho y en el treinta y seis era un niño, como yo.

-          Niño o no niño, tiene la sangre y las ideas de esos canallas. Te prohíbo que lo vuelvas a ver. Si no, soy capaz de encerrarte hasta que te olvides incluso de su nombre.



     Isabel se retiró a su habitación, con el corazón encogido y la mente en blanco. Le parecía estar viviendo una pesadilla, pero sus lágrimas y los ecos de la voz de su madre eran bien reales. No salió a cenar ni nadie la llamó para ello. No obstante, al cabo de un  buen rato, Ana y Brígida aparecieron por su cuarto. Mientras esta se fundió con Isabel en un interminable abrazo sembrado de caricias, Ana fue a lo práctico, diciendo –como siempre- lo justo:



-          Isabelita, tienes que obedecer en todo a mamá, te guste o no. Lo primero es que te calmes y tengas una explicación con ese chico. Luego, a acabar el curso y ya veremos. Si de verdad te interesa, y tú a él, por esperar un tiempo no va a pasar nada, que sois un par de críos.



***



     Propiciada y controlada por Brígida, la despedida de Ricardo e Isabel fue más fácil de lo que esta suponía. El muchacho había sido puesto al corriente de lo sustancial por la hermana mediana, que se había hecho la encontradiza en la calle. Por su parte, Ricardo, indignado y deprimido a su vez, había tenido confesión con su madre, como siempre que realmente le importaba recibir consuelo y consejo:



-          Hijo, hay que comprender la postura de la madre de Isabel. Al menos, tu hermano Miguel murió con las armas en la mano y, aún así, yo no puedo perdonar a quienes lo mataron. Pero eso no quiere decir que nosotros seamos unos criminales, ni que el odio tenga que ser eterno. Al hermano de esa chica lo condenaron a muerte en un juicio y sus motivos habría. Quiénes ejecutaran la sentencia, no tiene importancia. Y ni tú ni ella sois responsables de nada. Da tiempo al tiempo y, si os seguís queriendo cuando seáis mayores, nadie podrá impedir vuestra unión. De todas formas, tú eres un chico guapo, listo y con futuro y, por lo que yo sé, Isabel no es nada extraordinario. Más vale que te des un respiro, no tanto por lo que diga su madre, cuanto por confirmar tus sentimientos. Y, por supuesto, que no la agobies ni la presiones: con eso, sólo la harías sufrir y vacilar en su afecto hacia ti. ¿Me comprendes?



     Ricardo había comprendido. Su mamá sabía tocar siempre la cuerda exacta. El tiempo y las acampadas bajo los luceros harían el resto. Pero las familias solían ayudar a las estrellas a la hora de decidir por los adolescentes, ayudándoles por su bien. Así que, aprobado el curso, Isabelita fue enviada a La Coruña, a casa de su tío Ernesto, afamado anticuario, hermano de su madre. Se trataba de pasar con él el verano; un verano que duró dos años. Ignorando, por supuesto, que el estío fuera a ser tan largo, Ricardo e Isabel coincidieron en la Acera de Recoletos un día de finales de junio y, pese a la tensión y las vacilaciones, él la abordó y dijo:



-          ¿Has aprobado todo el curso?

-          Sí, y dentro de unos días marcho para La Coruña, a pasar las vacaciones.

-          Yo también he aprobado todo, pero todavía no tengo planes, aparte del mes de campamento en Santander.



     Embarazoso silencio.



-          Bueno, me voy, que he quedado con mi madre para hacer unas compras.

-          Adiós, Ricardo.

-          Hasta la vista, Isabel.



     Isabel, tan detallista ella, pensó que, hasta que se vieran, no habría estado mal que él le hubiera pedido su dirección de La Coruña para mandarle alguna carta. ¿O tal vez debió dársela ella espontáneamente? Sí, eso es lo que haría, tan pronto le viera. Pero, para que tal cosa aconteciera, hubieron de pasar más de veinte años.





Mil novecientos sesenta y cuatro



     En el cuarto de estar del caserón de las Copín, se desarrollaba una tensa discusión, a propósito del deseo de Isabelita de tener su primera semana de vacaciones en solitario, al cabo de tantísimos años de ejercer de ama de casa y cuidadora de su madre. Las interlocutoras nos son ya conocidas, pese a que el tiempo no pasa en vano. El caserón, en cambio, lucía deslumbrante, con su ajuar de antigüedades de todo tipo y calidad, heredadas del tío Ernesto. Cuadros y figuras, muebles y miniaturas, armarios y vitrinas, convertían la vivienda en un verdadero museo, en el que no faltaba ni el consabido retrato atribuido a Goya. Muchas veces había pensado Isabelita si no hubiera sido mejor ir vendiendo tan abundante acervo y permitirse algunos pequeños placeres, como el de tener una asistenta; pero pronto volvía a la realidad de la gamuza y el plumero. En fin, la susodicha conversación tirante estaba llegando a su fin, con la voz cantante de mamá y de Ana, como era habitual:



-          Mira, mamá, no se hable más. Yo me comprometo a hacer la comida y la limpieza, y Brígida hará la compra y te sacará de paseo. Las dos estamos de vacaciones y no tenemos otra cosa que hacer.

-          Pero tú tienes las clases particulares y cocinas muy mal…

-          Tengo tiempo para todo y no creo que por una semana te vayan a producir mis comidas úlcera de estómago.

-          ¿Y por qué no voy a poder ir yo también con Isabelita al viaje?

-          Esa sí que es buena, mamá. A tus años y con tus creencias, viajando a Roma a ver al Papa. ¿Y tus piernas? ¿Cómo te las ibas a arreglar para subir y bajar del autobús y cargar con la maleta?



     La polémica acabó con el triunfo del bando filial. Días más tarde, Isabelita tomaba el autobús con destino a Roma, en unión de otras cincuenta personas, feligreses todos de su parroquia de los Capuchinos. A ella no le emocionaba la idea de ser recibida en audiencia por Su Santidad y, desde luego, le traían al fresco los supuestos Veinticinco Años de Paz, campaña que financiaba parcialmente el viaje. Se trataba de contemplar la Ciudad Eterna antes de cumplir los cuarenta. Después de todo, su único devaneo de los últimos veinte años se había producido con un mercero al que había conocido en un viaje a Salamanca con Brígida. Claro está que, una vez en Valladolid, las atenciones y esperas de su enamorado habían empezado a resultarle embarazosas y hasta cargantes. No obstante, la posibilidad de formar su propia familia llevaba camino de superar la falta de amor, hasta que su madre sufrió –o lo aparentó- una angina de pecho y la propia Ana, tan seria y comedida, había hecho uso de una demoledora ironía:



-          Hija, Isabel, muy enamorada debes de estar para cambiar una exposición de antigüedades por una mercería. Claro que puede ser muy divertido cantar a las clientas las excelencias de las medias de nylon.



     En fin, como Isabelita no estaba enamorada, decidió dejar la venta de medias para otro momento.



***



     A la audiencia papal, los romeros fueron acompañados por el agregado cultural de la embajada española ante el Vaticano. Isabelita, por razón de estatura, se procuró un puesto de vanguardia a base de leves empujones y suaves codazos, suficientes para deslizar su breve anatomía por casi inapreciables entresijos. La verdad es que se conservaba esbelta y juvenil pero, a fin de cuentas, se conservaba.



     La ceremonia se celebró como suele, entre la emoción  y la curiosidad. Isabel, sin embargo, apenas se fijó en el níveo y espiritual Pablo VI, sino en el caballero embutido en un impecable frac que hizo la presentación del grupo de peregrinos y cantó muy brevemente las excelencias de la paz y la religiosidad que se vivían en España. Y es que nuestra amiga se había percatado de que el diplomático no era otro que el Ricardo de su adolescencia, aunque con gafas, incipientes canas y unos cuantos kilos más.



     Concluida la audiencia, Isabelita –aún con un asomo de duda acerca de la identidad del caballero- se acercó a este por detrás y, en voz baja, dijo:



-          ¿Señor Villar?

-          ¿Sí?



     Ricardo se volvió y quedó estupefacto, al ver ante él a la dulce alegoría de su pasado. Reconoció inmediatamente a Isabel, la cogió de la mano y le estampó dos sonoros besos en las mejillas, aprovechando el barullo y la aglomeración. Luego, apresuradamente, le susurró casi al oído:



-          Tengo que acompañar a los Gobernadores Civiles que han venido  con la delegación de Andalucía. Dime en qué hotel te hospedas y te llamo a la hora de comer.



     A eso de las cuatro y media, Ricardo, vestido de manera informal y con su mejor sonrisa, se presentaba en la recepción del hotel Terme Romane, donde ya le esperaba Isabelita, con el corazón a cien y su bello vestido de la audiencia papal recién planchado para la ocasión. El pelo recogido en cola de caballo, el collar de perlas auténticas, los zapatos de más tacón del equipaje y unas gotas de Maderas de Oriente completaban el aderezo. Ricardo encajó el golpe pues, después de mirarla de arriba abajo, le dijo con emoción:



-          Chica, estás preciosa, tal y como yo te recordaba. Sólo que has cambiado de peinado.



     Bien empezaba, pues, la tarde y mejor continuó. Comprendiendo que Isabel estaría un poco harta de monumentos, Ricardo la llevó a los jardines de Villa Borghese y allí, entre fuentes, estatuas y maravillosas vistas de la Ciudad, repasaron veinte años de recuerdos compartidos y de personales vivencias. Las del agregado cultural eran las más movidas, aunque vulgares, después de todo. Concluido el bachillerato, sus padres le habían enviado a Madrid, a estudiar Derecho y Filosofía y Letras (al parecer, su incipiente vocación médica tenía poco predicamento entre los gerifaltes del Régimen). Había sacado las oposiciones a Cátedras de Historia de Enseñanza Media -¡oh duendes del aula del Instituto!-, aunque nunca había ejercido como profesor. Se casó con una hija del subsecretario de Comercio, a quien había conocido en una recepción en la embajada argentina, y con la que tenía dos hijos, de once y nueve años. No había sido un  matrimonio de conveniencia, pero el caso es que no se llevaban bien desde hacía tiempo y él, después de dar algunos tumbos por los aledaños del poder, había solicitado la plaza de agregado cultural de embajada, para librarse de la constancia en la vida de familia y de lo que, sin ambages, reconocía como ese asfixiante tufo de revolución pendiente y posguerra eterna, que seguía viviéndose en España. En fin, tras un par de años, nada menos que en Ankara, llevaba ahora uno en el Vaticano, gracias a la chiripa de haber seguido unos cursos de teología en la Pontificia y a la recomendación del arzobispo de Valladolid. Y ahora, a sus treinta y siete añitos, vivía el día a día, sin tener nada claro su futuro, ni familiar, ni profesional. Todo lo tengo confuso, menos la decepción política y el daño que te hice, no volviendo a ocuparme de ti, concluyó Ricardo.



-          ¡Oh, por eso no te inquietes!, respondió Isabel. Lo nuestro eran cosas de chiquillos y seguro que lo habríamos pasado muy mal, con nuestros padres en contra. Es cierto que yo no me he casado y que, por lo que dices, tú no has acertado en tu matrimonio; pero nada de eso estaba escrito en nuestra ruptura. Y, después de todo, tú tienes a tus hijos y yo lleno mi vida cuidando de mi madre y de mis hermanas.

-          ¡Qué conformista eres, querida Isabel! A mí me siguen llevando los demonios cuando recuerdo el daño que nos hicieron, por no respetar mínimamente nuestra personalidad y nuestra inocencia. Y tienes razón en lo mío, pero permíteme dudar de que tu soltería no haya tenido nada que ver con la tremenda presión que siempre ejerció sobre ti tu madre.

-          Bah, dejemos lo que pudo ser y no fue, y pasemos una buena tarde. Después de todo, también nosotros tuvimos algo de culpa, no luchando con constancia por nuestro futuro juntos. Yo creo que hubiéramos podido ser felices pero, ¿quién sabe? A lo mejor, si hubieras estado casado conmigo, habrías pedido la agregación cultural en Buenos Aires, como más cerca. ¿Sabes que yo estuve a punto de decir que sí al dueño de una mercería de la Fuente Dorada?



     Ricardo se echó a reír y concluyó el repaso al pasado con estas palabras:



-          Touché, Isabelita. Olvidemos frustraciones y mercerías y aprovechemos esta maravillosa casualidad. ¿Cuántos días os vais a quedar en Roma?

-          Me temo, Ricardo, que tenemos sólo esta tarde, pues mañana salimos para Florencia, iniciando ya el regreso a España.

-          Bueno, la noche romana es maravillosa, y –como diría Bogart- este puede ser el principio de una buena amistad. Por cierto, ¿seguís viviendo en la misma casa en Valladolid?

-          Así es. ¿Recuerdas las señas?

-          Por supuesto. Incluso, alguna vez que he ido por allí, he pasado intencionadamente por delante del portal y me ha dado un vuelco el corazón.

-          Lástima no haberme percatado. Hubiera bajado a darte una tacita de tila, bromeó Isabel, entre inocente e irónica.



     Ricardo rió. La chica –ahora, mujer- seguía siendo dulce, pero había adquirido un sentido del humor que él desconocía.



***



     Cenaron en un restaurante típico del Trastévere y Ricardo se empeñó en tomar un coche de caballos hasta el hotel. El conjunto de Roma, la noche y el cariño iba produciendo efecto por momentos. Dejaron el vehículo ante las Termas de Caracalla y recorrieron el tramo final paseando, cogidos de la mano y besándose tiernamente. Aunque sacaron al trayecto el partido posible, todo camino tiene final y el hotel apareció ante ellos, macizo y con algunos compañeros de excursión a la puerta, lo que aconsejó a Isabel deshacerse con suavidad de los lazos de Ricardo. Este parecía no encontrar el momento de despedirse; así que ella le dio un beso de cortesía y entró en la recepción. Desdramatizó todo lo posible y dijo:



-          Bueno, Ricardo, ya sabes dónde me tienes. He pasado un día maravilloso, que me ha compensado de muchas cosas. Te deseo lo mejor y, por favor, no dejes de escribirme alguna vez, para que pueda saber de ti sin necesidad de esperar veintiún años.

-          Escribirte, irte a ver y lo que haga falta. Esta vez no te me escapas. Y ya no somos los chiquillos de antaño: ahora sabemos lo que queremos y cómo conseguirlo.

-          ¿Estás seguro? En fin, querido, cuídate y no te olvides de mandarme las fotos que nos hicimos en el parque y el restaurante.

-          Descuida. Que tengas buen viaje. Hasta pronto. Te quiero.



     Isabel, por muchos motivos, se alejó un tanto precipitadamente. Por ello, apenas acertó a escuchar las dos últimas palabras de Ricardo. En cambio, el padre Cebreros, párroco de los Capuchinos, las oyó perfectamente y, muy sorprendido, miró a Isabelita. Esta, como un tomate, se metió en el ascensor, sin pedir siquiera al recepcionista la llave de su habitación.



     Una hora más tarde, ya en la cama y soñando despierta, Isabelita creyó escuchar unos toques en la puerta de la habitación. Prestó atención. Sí, no había duda. Seguro que sería Amalia, su compañera de asiento en el autocar, para pedirle el dentífrico, como otras veces. Por más que ya era la una y mañana –bueno, hoy- había que madrugar. En fin, se levantó, fue al baño y cogió la pasta dental. Se encaminaba hacia la puerta, cuando volvió a oír el golpeteo y la voz de Ricardo, que decía “Isabel, por favor, abre”. Ella se quedó de piedra y, durante los segundos más largos de su vida, pensó la decisión y la respuesta:



-          Isabel, ábreme.

-          Estás loco, Ricardo. Vete o llamo a recepción.

-          Abre. No me iré con un no por respuesta.

-          Claro que te irás. No pretenderás arruinar este día tan feliz.

-          Pero, ¿es que no me quieres? ¿No te atraigo?

-          Por eso mismo no voy a abrirte. ¿O es que crees que nuestro amor es cosa de una noche, de aquí te pillo, aquí te mato?



     Nuevos segundos interminables de silencio y, por fin, unos pasos que se iban alejando. Isabel fue lentamente hacia su cama y, como volviendo en sí de forma repentina, se arrojó sobre ella y se echó a llorar.



***



     A la mañana siguiente, la signorina tenía en el casillero de recepción una nota de Ricardo, malamente legible, que decía así:



     Queridísima: Perdona mi atrevimiento, fruto, no sólo de la pasión, sino del justo deseo de gozar –aunque un tanto precipitadamente- de lo que el destino y nuestras familias nos negaron. Pero tienes razón: vivamos el momento y dejemos abierto el futuro. Aún somos jóvenes y no nos ata otro pasado que el de los momentos vividos en el Campo Grande. Hasta muy pronto. Con todo mi amor, R.



     Isabelita –que se había pasado toda la noche dudando si había hecho lo acertado o, simplemente, lo correcto- sonrió con cierta amargura. “El pasado no nos ata”: este Ricardo vivirá en Roma pero está en Babia. Releyó la nota y se echó a reír: firmada R., como las del instituto. ¡Otra más para la colección que conservaba entre las páginas de las matemáticas de cuarto curso de Rey Pastor!  Guardó la octavilla en el bolso, recogió la maleta y salió rumbo al autocar. El padre Cebreros la saludó con una sonrisa pícara. Isabel le devolvió el saludo y mantuvo la mirada. Después de todo, no tenía de qué avergonzarse.







Mil novecientos setenta y siete



      Ana llegó casi corriendo a su nueva casa, en el Paseo de Zorrilla, y a voz en grito convocó a sus hermanas. Era mediodía de una jornada vacacional de Semana Santa. Corría el primer año de la Transición.



-          ¡Brígida! ¡Isabelita! ¿Sabéis lo que pasa en la Plaza Mayor? ¡Corred, id a verlo!

-          ¿Pero de qué se trata? Ni que hubieran aterrizado los marcianos.

-          ¡Mucho mejor! ¡Han quitado el yugo y las flechas de la fachada del Ayuntamiento! ¡Dios mío!, si mamá hubiera podido vivir este momento.



     Las tres hermanas, sobrecogidas de emoción y por los gritos de la mayor, guardaron un respetuoso silencio. Mucha agua había tenido que correr bajo los puentes del Pisuerga para que hubieran retirado de la torre del reloj consistorial aquel emblema de partidismo y opresión. Para muchos, pasaba ya desapercibido, después de tantos años de presencia y falta de pintura. Pero para las Copín, y para tantos otros, era un símbolo lleno de ominoso significado. Doña Amparo, al pasar frente a él, volvía ostensiblemente la mirada hacia la acera opuesta, con tanta energía que un día le gastó una broma su hija Brígida:



-          Pero mamá, no gires la cabeza con tanta fuerza, que te va a dar tortícolis. ¡Y mira que si te da hacia la derecha!



     La mirada de su madre la traspasó. Tal vez por eso, la mediana fue la primera en romper el silencio reverencial del momento:



-          Y hace cuarenta años, casi día por día, que condenaron a muerte a Quintana. ¡Ojalá pudiera ver ahora su Ayuntamiento limpio de mierda.

-          Voy a hacer unas llamadas a los amigos para que disfruten, si no se han percatado todavía –dijo Ana-.



     Isabelita no comentó nada. Simplemente, se vistió, cogió la cámara de fotos y se plantó en un santiamén en la Plaza Mayor. Había que inmortalizar el gran día. Enfocó, con el Conde Ansúrez a la izquierda, la torre limpia y disparó. El último disparo de la guerra incivil. Así tenían que haber sido todos, musitó. Algunos transeúntes la miraron, curiosos.



     Se  disponía a regresar a su museo doméstico cuando, en la iniciación de la calle Santiago, se dio de manos a boca con Ricardo.



     Como sabemos, habían transcurrido trece años desde su encuentro de Roma. Desde entonces, diez o doce cartas del galán, tan seguidas y apasionadas, que a Isabel le dieron miedo. Bueno, la verdad es que, en un principio, decidió prudentemente demorar la contestación para probar la profundidad de los sentimientos de su amado, a través del tan femenino contraste de la insistencia. Luego, reemplazando la táctica por la estrategia, empezó a imaginar lo que sería su vida junto a un hombre sin posibilidad legal de divorcio; en las consecuencias para sus hijos, y, no en último lugar, en la inevitable ruptura para ella de una vida familiar, que había llegado a parecerle sólida y reconfortante. ¡Hasta había accedido mamá a contratar una asistenta tres veces por semana, cuando ella cumplió los cuarenta y aparecieron los primeros síntomas de artritis! En fin, de hoy para mañana, fue aplazando la contestación, aunque bien sabía que eso no era, ni equilibrado, ni correcto. Así es que, al cabo de medio año, Ricardo dejó de escribir, bien es verdad que sin un reproche, ni una formal despedida. Todavía recordaba las últimas palabras de la carta del 23 de diciembre de 1964, ya desde Madrid: ¡Ah!, y te deseo –os deseo- unas felices navidades y un año 1965 mejor que el anterior. Para mí, dudo que sea así pero, en fin, siempre nos quedará Roma, que diría Alberto Sordi. Con todo mi amor, Ricardo Corazón de Palomo. Será por aquello de la fidelidad, pensó a la sazón Isabelita, antes de guardar la carta en la caja de dulce de membrillo, en lo alto de su armario ropero. La verdad es que los libros de Rey Pastor  ya no daban para más.



***



     Isabel le fue contando su safari fotográfico, mientras se encaminaban a tomar un café en Maga, a pocos metros del punto de su encuentro. Ricardo volvió la cabeza mecánicamente para comprobar la desaparición del recuerdo falangista y, con un resto de humor, comentó:



-          ¡Qué detalle! Menos mal que todavía quedamos algunos que sabemos apreciarlo.



     Sentados frente a frente, la dulce Copín pudo percatarse con dolor y ternura de los estragos del tiempo en el profesor Villar, tanto más visibles cuando se quitó las grandes gafas de sol. Pero había algo más: su mirada era triste; su voz, fatigada; su cabello, débil y ralo. Al sentarse, se hundió en el sillón y la cabeza marcó un signo inequívoco de notable encorvamiento.



     Isabel sentía necesidad de explicarse por su silencio epistolar. Con total sinceridad, le reveló las razones que ya conocemos y algunas otras que respetaremos por mor de la intimidad. Los ojos de Ricardo transmitían nostalgia, pero seguía con ciertas ausencias la conversación y no parecía mostrar mucho interés por la apariencia de su querida amiga, ciertamente en el límite de la cincuentena, pero un poco más redondita y “de buen ver”, como le decía el bruto de Carlos, su médico de cabecera, cuando ella le relataba sus múltiples síntomas y achaques.



     Aunque ella era cada vez más locuaz y menos tímida, no pudo por menos de concluir con cierta rapidez su explicación. Ricardo le preguntó cortésmente por su madre y hermanas, dándole el pésame por la muerte de aquella, con aparente sinceridad. También se mostró interesado por saber de su salud y le aconsejó controlar al máximo sus pequeñas dolencias, abandonando preocupaciones y trabajos.



     Hizo ademán de mirar la hora, revolviéndose en su asiento. Isabel aún intentó la aproximación a su amado, preguntándole por su familia y ocupaciones. Ricardo fue casi telegráfico. Se había separado judicialmente de su mujer, tan pronto el segundo de sus hijos alcanzó la mayoría de edad. El mayor había hecho Medicina –por fin, un Villar médico-. El pequeño estaba acabando Derecho y le había salido “comunista o poco menos”. Su padre había fallecido años atrás (afortunadamente para él, viendo todavía el yugo y las flechas en las fachadas de los edificios públicos). Su madre estaba “como una chiquilla” y vivía con su hermano Alfredo en Valencia.



-          ¿Y tú? ¿Qué haces ahora?

-          Pues aquí me tienes. Desde que se me acabaron las agregadurías culturales y demás prebendas políticas, ejerzo como profesor de Historia en Cuenca. No debo de ser muy malo porque me apodan Jenofonte. No sabes lo difícil que está empezando a ser el dar clase. En nuestra época hacíamos –o hacían- lo que nos permitían los profesores sin carácter; pero ahora, hay Institutos en que para impartir las clases hay que entrar con casco y porra. ¡Qué país, o qué humanidad: no hay manera de dar con el término medio!



     Agotado por la parrafada y el énfasis, Ricardo cayó en una plácida languidez. Isabel no pudo menos de preguntarle:



-          ¿Te pasa algo, Ricardo? ¿Quieres que salgamos, si te molesta la gente, o el humo?

-          No, no, querida. No es nada. Sólo que, de algún tiempo a esta parte, me canso mucho. Hasta he tenido que pedir en el trabajo una licencia por enfermedad.

-          Luego, ¿estás enfermo de cuidado?

-          El corazón. Pero no es nada grave. Un poco de reposo y a seguir. Ya sabes que tengo un corazón muy constante, aunque algunas se hayan empeñado en rompérmelo.



     Isabelita no pudo más. Intuyendo algo grave, o jugándose la vida a una carta, dijo:



-          Ricardo: me he pasado la vida arrepintiéndome. Que si debí enfrentarme a mi madre; que si debí aceptarte en Roma; que si debería haber contestado a tus cartas, aunque sólo fuera para moderar tus ímpetus y atar cabos de amistad y de ayuda. Esto es demasiado. Tú me necesitas y siempre has sido el hombre de mi vida. Quédate en Valladolid o déjame que te acompañe a Cuenca, o donde quiera que vayas.



     Ricardo tomó su mano derecha, la besó y repuso:



-          Gracias, querida, pero ya es demasiado tarde; no para ti, pero sí para mí. Después de todo, el pasado sí nos ha atado, aunque, en una última jugada favorable, me hayas dado la mayor satisfacción el mismo día en que ese maldito tiempo de cólera parece haber quedado atrás.



     Se levantó con un resto de fuerza, depositó en la mesa el dinero de las consumiciones, dio un beso en la frente a Isabel e, irguiendo orgullosamente su frágil anatomía, salió a la calle y se perdió entre la gente.



***



     Una semana más tarde, El Norte de Castilla traía la esquela de Ricardo Villar. Isabelita, sin informar de ello a sus hermanas, asistió al funeral, procurando pasar desapercibida. A la salida, se acercó a uno de los familiares del finado y preguntó:



-          ¿Cómo es que Ricardo murió de manera tan repentina? No hace ni una semana que lo vi paseando por la calle.

-          Tenía cáncer desde hacía un año. Los médicos lo trataron pero no pudieron hacer nada por él y, en sus últimos momentos, vino a Valladolid, como él decía, a acabar en donde empezó. ¿Lo conocía usted mucho?

-          Bastante, aunque mucho menos de lo que hubiera deseado. 






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