sábado, 7 de mayo de 2011

LO QUE LA TIERRA ESCONDE

Por Federico Bello Landrove
     La Historia se repite. ¡Cuántas veces lo hemos oído y corroborado o puesto en duda! Este relato acepta la verdad del adagio y la ejemplifica con un caso de nuestra reciente historia española. No les pido que compartan tal punto de vista; solo que, juntos y atentos, esperemos el veredicto del único juez de la Historia: el tiempo.

      Soy periodista. Quiere decirse que nada en la vida me es ajeno, ni tampoco en la muerte. Pero, ¿y en ese limbo que no es ni muerte ni vida, sino recuerdo, memoria? No crean que me he vuelto filósofo, sino que vuelvo la vista atrás, a mis tiempos de aprendizaje de la profesión, coetáneos de aquella época clave en la reciente historia de España, que llamamos la Transición. Tengo, precisamente, a la vista mi primer reportaje para El Diario de Castellar. Me dio mucho trabajo y no pocos disgustos. Lo recuerdo como si fuera hoy. Bernardo, el redactor jefe de local, me convocó a su despacho y me dijo:
-          Céspedes, parece que han encontrado en una carbonera un busto notable de Pablo Iglesias. El asunto tiene su gracia y quiero que hagas un reportaje de una página para el número del 18 de octubre próximo.
-          ¿Y por qué, precisamente, para esa fecha? Todavía faltan dos meses.
-          Pues porque se cumplen los ciento treinta años del nacimiento del fundador del PSOE y es una excelente ocasión para un suplemento monográfico. Parece que los socialistas se están afianzando y pueden llegar a ser una buena baza electoral.
    
     Así que aquí me tienen ustedes ante la primera gran oportunidad que en la profesión se me deparaba. Creía recordar –y, en efecto, así era- que, el año anterior se había recuperado, en el parque del Retiro madrileño, la gran testa de Iglesias esculpida por Emiliano Barral para su monumento en el parque del Oeste. Al ir a ser dinamitado el conjunto por los franquistas vencedores, unos obreros habían decidido salvar la cabeza de su destrucción y la habían enterrado, dejando hecho incluso un plano del lugar del sepelio. Al cambiar la situación política cuarenta años después, la escultura había sido exhumada y colocada en la sede nacional del Partido, en la calle Ferraz. Hasta ahí, lo que yo recordaba de memoria.

     Lo curioso –o no tanto- es que, como si aquel hallazgo hubiera sido un pistoletazo de salida, en diversos lugares de España habían empezado a aflorar reliquias del pasado republicano, que parecían brotar con el riego de la libertad. Claro que bien podían utilizarse los mismos agujeros, ahora libres, para ocultar los testimonios del oprobioso pasado dictatorial, que por aquel entonces tocaba a su fin. Sea como fuere, lo cierto era que por Castellar se había extendido la noticia de un Pablo Iglesias, negro de haber pasado tantos años bajo la antracita en una carbonera. Y, por lo que se rumoreaba, podía ser obra de un artista de relumbrón.

     No les haré perder el tiempo con mis indagaciones acerca del dichoso busto y la abnegada –y arriesgada- custodia del mismo por la familia que lo acogió, procedente de la Casa del Pueblo castellarense, a la que habría de volver de las mismas manos valientes y generosas. Si hoy rememoro el suceso, y hasta filosofo como al principio, es porque me trae el recuerdo de uno de los sujetos más sorprendentes que se me ha dado conocer en mi dilatada vida de periodista. Se llamaba Abelardo Rodrigáñez y, en lo sustancial, esta es su historia.

***

     Apareció por la sede del Diario una mañana de ferias, preguntando por quien llevase el asunto de la cabeza de Iglesias, pues tenía importantes datos que facilitarle. No encontraron mejor sitio para hacerle esperar, que el salón de actos del periódico, adonde hube de ir yo para la entrevista. Me encontré ante un individuo casi insignificante en lo físico. Menudo, de mediana edad, muy calvo, rostro afilado y huesudo, tenía no obstante algo en la mirada y los ademanes, que presagiaba energía y perspicacia. Me estrechó la mano con calor, aunque creí detectar en sus ojos cierta decepción por lo juvenil de mi edad. Comenzó:

-          ¿Es usted el reportero que lleva el asunto de la cabeza de Iglesias?
-          Yo mismo. Es mi primer encargo importante –confesé-

     El visitante se revolvió en la butaca, que le quedaba muy ancha, y de un bolsillo de la americana sacó una tarjeta de visita, que me ofreció con un ademán eléctrico. Leí:

Abelardo Rodrigáñez
Entierros y desentierros

     Escondí mi perplejidad y escuetamente le devolví la cartulina con un usted dirá.

     No recuerdo al pie de la letra cuanto me expuso, pero queda mucho más vivaz si se narra en forma dialogada; así que concederé a don Abelardo el uso de la palabra:

-          Verá, yo no vengo a hablarle del caso de su reportaje. A fin de cuentas, ese busto –que, efectivamente, cinceló Pablo Serrano- estuvo en todo momento localizable y a disposición de la familia que lo ocultó. No han tenido que hacer más esfuerzo que el de quitar de encima unas paletadas de carbón…
-          … Y jugarse el tipo, si alguien los denunciaba, repliqué. Rodrigáñez esbozó un gesto claro de disgusto por mi interrupción.
-          Claro, claro. Aunque el mayor riesgo les pudo venir, no de una improbable intromisión de terceros, sino de la inconsciente locuacidad de sus niños. Tengo entendido que, para que no se fuesen de la lengua, les hicieron creer que se trataba de un retrato de su abuelo.
-          ¡No me diga! Hasta ahora, desconocía ese detalle.
-          Como otros tantos, pero eso no es de lo que vengo a hablarle. Hay algo mucho más interesante, que puede hacer que su reportaje sea una auténtica bomba.

     Y, en diciendo esto, de un envoltorio que hasta entonces me había pasado inadvertido, extrajo un artilugio brillante, como de un par de palmos, de forma ahorquillada, talmente como las varitas de los zahoríes; sólo que esta, aunque con alma de madera de fresno –según me dijo-, tenía una completa cubierta de hilo cobrizo.

-          Es por aquello de la electricidad, ¿sabe usted? No hay mejor conductor que el cobre. En el fondo, se trata de aunar la varita con el péndulo.
-          Ya. ¿Y qué es lo que quiere encontrar con eso? ¿Chatarra, tal vez?
-          Una chatarra muy particular –replicó sonriendo irónicamente-. La chatarra de la Historia.

     Comprendí que habíamos llegado al fondo, sea cual fuese. Saqué libreta y bolígrafo y me dispuse a tomar las notas pertinentes con mi taquigrafía particular. Rodrigáñez prosiguió:

-          La Historia se hace sobre la tierra, pero se recupera bajo ella. Ahí tiene usted, Troya, Babilonia, la dama de Elche o, sin ir tan lejos, los vestigios de la batalla de los Arapiles. Siempre ha sido así; más tarde o más temprano, los documentos históricos ceden su lugar a los hallazgos de la Arqueología.
-          Si, de acuerdo, pero mi reportaje…
-          … Déjeme que prosiga. En ocasiones no es el paso del tiempo, sino la voluntad de los hombres la que da protagonismo al subsuelo. Por ejemplo, las tumbas. Por ejemplo, la ocultación de objetos valiosos o comprometedores. Y ahí es donde entra Abelardo y su varita mágica.

     Estuve a punto de levantar la sesión cuando oí aquello. Me contuvo el tener que llenar toda una página del Diario con la escueta historia de un busto, una carbonera y una familia que se resistía a concederme una simple entrevista. Tal vez, Rodrigáñez… Suspiré y me atreví a pedirle concisión y seriedad.

-          Pues naturalmente –respondió-. Esto es de lo más serio. Tengo pruebas.

     De uno de los bolsillos de su chaqueta, sacó un sobre repleto de fotografías, de muy diverso contenido. Terrenos pelados; desmontes a la vera de caminos; pistolas y mosquetones; libros de Bakunin y retratos de Largo Caballero; calaveras y banderas republicanas. Abelardo erguido o en cuclillas; con su varita mágica o mostrando sus hallazgos; solo o abrazado por otras personas; bien trajeado o remangado y greñudo; saludando a la cámara con el sombrero de paja o alzando una pala. Y, en todos los casos, anotados en el envés de las copias, el día y el lugar en que los originales fueron tomados. Los lugares, diversos y alejados entre sí; las fechas, todas de los últimos tres o cuatro años.
-          Ahí tiene, amigo mío, una muestra de los resultados de años de trabajo. La gente me ha ido conociendo y me llama para tratar de recuperar los entrañables objetos de su pasado. Hubo un tiempo en que me dediqué a buscar tesoros y manantiales. Ahora he decidido servir de otra forma a mis semejantes, por un módico estipendio, que solo cobro si tengo éxito en mis indagaciones.
-          Lo que sucederá casi siempre, ironicé.
-          En efecto, aunque me esté mal el decirlo, soy el mejor en mi especialidad. Y todo ello, gracias a un dispositivo de mi invención. Vea usted esta ramita de fresno. Yo he sido el primero en acoplarle un revestimiento de alambre de cobre. Gracias a él, potencio la captación de las señales de la tierra, las ondas electromagnéticas que emiten los objetos enterrados. Durante un tiempo, mantuve en secreto mi invento. Ahora ya es imposible, pues la gente cuenta y no acaba. Y, además, hay trabajo para todos.
-          ¿Para todos? ¿Tiene usted competidores en su profesión?
-          Yo les llamaría colegas, pero sí, efectivamente, ya somos unos cuantos y el trabajo va a más. La gente quiere recuperar los cuarenta años de su historia que les robaron y nosotros los ayudamos a conseguirlo.
-          Pero ¿no les sería mejor olvidar o, cuando menos, no aumentar el dolor con la búsqueda y hallazgo de objetos ya casi perdidos en su memoria?
-           Allá cada cual. Yo no soy quien para juzgar a mis clientes. Solo ejerzo mis dotes con aquellos que me buscan.
-          Entonces, lo de venir al periódico… ¿No supondrá una publicidad desaconsejable?
-          ¡Pero qué tonto soy!, exclamó don Adalberto. Pues no había olvidado el otro aspecto de mi cometido.

     Volvió a mostrarme la tarjeta de visita, señalando ostensiblemente la palabra entierros. Agregó:

-          Se trata de una ampliación de mis funciones, que he decidido muy recientemente y que conviene conozcan sus lectores. Ya sabe usted que la Historia se repite y que, en el fondo, todos los hombres son iguales…
-          Bueno, iguales, iguales…
-          Ya se convencerá con el tiempo, joven. Ahora toca lo que los españoles llamamos la vuelta a la tortilla. Bustos, lápidas, fotografías, escudos, símbolos, recuerdos, en fin, de las cuatro décadas que pasaron irán siendo sucesivamente retirados, arrumbados, destruidos, vilipendiados, estigmatizados, perseguidos… Y nadie mejor que un profesional de los desentierros para asesorar a los interesados sobre cómo, dónde y a qué profundidad y con qué seguridades sepultar los objetos que deseen conservar, para sí o para las futuras generaciones.
-          Lo que, sin duda, facilitará la tarea de los desenterradores futuros, deduje yo, empezando a ver clara la lógica abelardina.
-          Y, de paso, evitará episodios como el del busto de Pablo Iglesias ennegreciendo durante décadas en una carbonera –concluyó, en lo esencial, Rodrigáñez-.

***

     Releo mi reportaje de aquel ya lejano sábado, 18 de octubre de 1980. No me detengo mucho en el texto, masacrado por Bernardo y demás viejos redactores del Diario. Voy a una fotografía, en blanco y negro, con fondo de la mesa de conferencias en el salón de actos de la vieja redacción del periódico, en la calle de Espartero. Un individuo insignificante, de sonrisa ratonil, posa ante la cámara, enarbolando la varita mágica de su invención. La rama izquierda de la horquilla parece señalar el sobrio busto del tipógrafo Iglesias, que en otra foto de la misma página reposa solemne en la Casa del Pueblo de Castellar. ¿A dónde parece señalar la rama derecha?, me pregunto. ¡Vaya por Dios, qué mala suerte! Tuvieron que insertar en el sitio justo el anuncio de un reloj de la acreditada joyería-relojería Touriño. En fin, puesto a imaginar simbologías, tal vez señale el tiempo futuro, el reloj de la Historia.

     A mí, personalmente, me gusta dejar en los lectores el deseo de saber más, de indagar por sí mismos. Ha sido una de mis tácticas como periodista desde que la edad, más que la ciencia, me elevaron al Olimpo del Consejo de Redacción del Diario. Pero ahora no escribo para un periódico, sino para mis Memorias. Es el caso que, en una cena de San Francisco de Sales, me tocó al lado de Bernardo, mi antiguo jefe, ya jubilado. Por hablar de algo, le pregunté:

-          ¿Te acuerdas de Abelardo Rodrigáñez, aquel chalado de la varita mágica?
-          Pero, ¿no te enteraste? Murió hace unos años cuando trataba de localizar una fosa común en un pueblo de Asturias. Cayó a la sima y se mató…, gracias a lo cual se descubrió el paradero de la cueva y de los arrojados a ella.
-          A eso se llama profesionalidad, sentenció mi colega del otro lado, con poca gracia y menos gusto.

     No me dijeron si los asesinados eran de un bando o de otro. A fin de cuentas, me era indiferente. Estoy seguro de que para Abelardo, también.

    

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