sábado, 14 de enero de 2017

HISTORIAS DE VIDA O MUERTE (II). EL LOCO FINGIDO

Historias de vida o muerte (II). El loco fingido


Por Federico Bello Landrove

In memoriam, Luis Vicente Mira Pascual (1947-2014)

     Siempre me ha gustado hacer una crónica sentimental de la Guerra Civil española de 1936-1939. En entradas anteriores, bajo esta etiqueta, he reflejado en el blog relatos que tuvieron buenas dosis de verdad, dentro de su fantasía. En este me ha dado por elevar la realidad a categoría literaria (dentro de mi modestia). Podría haberlo hecho sin reconocer mi servidumbre, pero no me gusta adornarme con plumas ajenas. Así que, a pie de página, dejo indicados los libros en que leí las anécdotas que me han inspirado[1].



     Era el segundo verano que, para pagarme los estudios de Medicina, me empleaba como enfermero en el Manicomio de San Baudilio -o de Sant Boi, si lo prefieren-, a unos diez quilómetros de Barcelona. El primer año, al informarse de mis estudios y pobreza, el Director del Departamento de hombres me había tomado bajo su tutela y protección. Así pues, en el segundo verano -que resultó ser el del aciago 1936-, el bueno del doctor Rodríguez Arias me siguió amparando, ahora con mayor motivo:
-          Las cosas están muy complicadas en Barcelona. Como alumno avanzado de la Facultad, voy a darte el nombramiento de interno ayudante. Así podrás quedarte todo el tiempo en el Hospital y, si pretenden movilizarte, alegar que trabajas para la Generalitat en un puesto esencial y muy sacrificado.
     Ni que decir tiene que acepté encantado. La guerra no era mi fuerte y no tenía unas convicciones políticas tan extremas, como para liarme a matar a otros, en vez de intentar curarlos.
     Así las cosas, una tarde de finales de julio nos trajeron al manicomio a un joven que, según los loqueros, andaba por el Paseo de Gracia a cuatro patas y levantando una de las traseras para mear junto a los árboles. Al echarle mano la guardia urbana, el tipo había empezado a ladrar estentóreamente y se decía que había mordido a uno de ellos en la pantorrilla. Intrigado por tan poco frecuente cuadro de demencia, acompañé al médico interno titular para examinar al paciente y, en su caso, acordar el ingreso. Mi sorpresa fue mayúscula, al reconocer en el hombre-perro a un estudiante de Químicas, a quien yo tenía por sujeto de familia adinerada e ideas de derechas. En mi opinión, también él se sobresaltó un tanto al reconocerme, aunque lo hiciera a su modo, a saber, arrufando y mostrando los dientes. El médico a quien yo acompañaba, se volvió hacia mí y dijo con suficiencia:
-          Es un caso claro de cinantropía, ya sabes, una monomanía, calificada de delirio melancólico por los antiguos clínicos, que consiste en creerse perro y actuar como tal. No es el primer caso que me he encontrado…
     Estuve en un tris de manifestarle mi perplejidad ante aquel episodio de locura, producido de forma tan brusca en un sujeto lo suficientemente normal, como para estar estudiando en la Universidad. Mas, comoquiera que no lo conocía bastante como para despacharle marchamo de cordura, en contra de la evidencia y del diagnóstico de un experto, me propuse actuar con prudencia. De modo que me limité a preguntar:
-          ¿A qué sección piensa derivarlo?
-          Los perros tienen comportamientos muy diversos -contestó-. Lo tendremos en observación durante unos días.
     Con unos mil setecientos internos que teníamos entonces, entre hombres y mujeres, no es de extrañar que perdiese de vista a Gervasi el ladrador durante unas semanas. Me lo recordó el ilustre galeno especialista en cinantropía, una tarde que yo descansaba en el patio central del Sanatorio, después de comer:
-          ¿Te acuerdas del tipo que se creía un perro, al que ingresamos hace dos meses?
-          Sí, desde luego: casi me muerde. No lo he vuelto a ver.
-          Pues, si lo vieses, no lo ibas a reconocer -agregó, pavoneándose-. He logrado con él una mejoría asombrosa.
-          Cuente, cuente. Estoy aquí para aprender.
     El doctor Glorioso -omitiré su verdadero apellido, por motivos obvios- me contó que, tras denodados esfuerzos por conseguir que Gervasi comiese a la mesa, orinase en el inodoro y anduviese a dos patas, el hombre-perro había recobrado casi todos los hábitos de un ciudadano respetable. Tan solo se le había resistido en lo tocante al habla, que seguía siendo reemplazada por aúllos y ladridos. Todo iba estupendamente, pero…
-          Se tuvo que meter por medio el doctor Mira[2], a quien le habían comentado el caso. Fue a ver al paciente y ¿sabes con qué me salió? … Pues con que una mejoría tan rápida era más propia de una dolencia fingida, que no de una terapia acertada. Fíjate, pura envidia.
-          ¿Quién sabe?, dije yo, desde el fondo de mi subconsciente.
-          ¿Cómo que quien sabe? El hecho es que, desde que Mira examinó a mi hombre-perro, este empezó a mudar de costumbres y darle por los árboles.
-          ¿Por los árboles? ¿Qué hace con ellos?
-          Entérate por ti mismo.
     Glorioso se levantó del banco, me tomó del brazo y me condujo hasta el espléndido jardín que bordeaba el conjunto del Manicomio, del lado del río. A la orilla del lago[3], un individuo se abrazaba estrechamente a un olmo majestuoso. Era Gervasi.

***

     Mientras nos acercábamos, el médico me explicó:
-          Fue dejar los hábitos de perro y darle por la dendrofilia. Siempre la misma pauta: Por la mañana, se agarra a un tilo de la Avenida del Parque; por las tardes, se pasa -como ves- a un olmo de junto al Lago; finalmente, por las noches, abraza una palmera de la Cueva Cascada[4]. Así, todos los días.
-          ¿Y no deja los árboles en ningún momento?, pregunté.
-          Nunca. Hemos tenido que optar por traerle de comer al parque y dejarle un perico para que haga en él sus necesidades.
-          Pues en cuanto se meta el otoño -concluí-, las va a pasar canutas… Habría que pensar algo.
     Llegamos hasta él y me pareció notar que exageraba la estrechez del abrazo al olmo, desviando la mirada de nosotros. Tuve la intuición de que le desagradaba mi proximidad y decidí desentenderme en delante de Gervasi y su probable superchería. A fin de cuentas -me dije- tendrá sus razones. Con el crimen y la guerra en derredor, el Sanatorio se había convertido en un refugio casi olvidado del exterior. Yo mismo disfrutaba de su seguridad: ¿Con qué derecho, pues, iba a descalificar a otros tales?
     Pasaron varias semanas y los fríos y lluvias otoñales hicieron su aparición. El mal tiempo me traía el recuerdo de aquel estudiante de Químicas quien, como mucho, podría guarecerse en la Gruta de Lourdes[5] cuando las sombras de la noche dejasen desierto el parque. Pero no hice por verlo, ni pregunté por él a nadie. Con todo, a mediados de diciembre, me tocaba de guardia en el comedor y me lo encontré.
     Estaba en la fila de los que entraban, llevando penosamente entre sus brazos un tronco como de metro y medio de largo y un grosor similar al del báculo de la farola de Canaletes[6]. Estaba parcialmente descortezado y ambos extremos presentaban la perfecta regularidad de lo cortado a sierra. Llegó a su plaza, posó a su lado el madero y comió tranquilamente, acariciando a cada poco su complemento. Acabado el almuerzo, tornó a coger el pesado cilindro, salió trabajosamente y lo perdí de vista.


-          Y ese tipo, ¿qué diablos hace?, pregunté a uno de los enfermeros presentes.
-          ¡Huy, no lo suelta ni para dormir! Pero, gracias a ese embeleco, consiguió el doctor Glorioso que diese de lado los árboles del parque.
     El bueno de Glorioso hacía unos días que había tenido que dejarnos, reclutado forzosamente por la Sanidad militar. Yo mismo me encontraba en la cuerda floja, pues mi valedor, el doctor Rodríguez Arias, había abandonado la dirección del Hospital de Hombres, harto de las injerencias del Comité de Control[7] y del continuado saqueo de bienes del establecimiento, llevado a cabo por los milicianos con el mayor descaro. El caso es que decidí ser yo quien, de una vez por todas, resolviese el caso de la presunta impostura de Gervasi. De día resultaba punto menos que imposible sorprenderlo; de modo que lo intentaría de noche, cuando estuviese más desprevenido: No era probable que mantuviese entonces el fraude, habida cuenta de la estrechez del camastro. Esperé a mi primera vigilancia nocturna en el pabellón del dendrófilo, que resultó ser en la víspera de Reyes.
     A eso de las tres de la mañana, me acerqué con todo sigilo a la cama de Gervasi y, con íntima satisfacción, constaté que este dormía como un tronco, pero sin tener este a su lado. Por si acaso se hubiese caído involuntariamente, busqué el leño por ambos lados del lecho. No había duda: estaba cuidadosamente escondido debajo de la cama.
     Estuve tentado de llevármelo como trofeo, pero me contuve. Decisión afortunada pues, cuando ya me retiraba, uno de los orates me interpeló:
-          ¿Eres el rey Melchor?
-          No, soy Gaspar, y duérmete inmediatamente o no te traeré ningún regalo.
     El pobre se echó inmediatamente y se tapó la cabeza con la manta. No sé lo que diría a la mañana siguiente cuando encontrara a los pies de la cama un paquete de cigarrillos mediado. En enero de 1937, las alforjas de Gaspar llevaban muy poca cosa.


***

     Andando el tiempo, el bueno de Gervasi empezó a sentirse más seguro, hasta extremos de desfachatez. Lo digo por el incidente que, a causa de él, tuve con un miliciano de la F.A.I.[8] que, creyéndome médico, me recriminó con muy malos modos:
-          A ver si controláis mejor a los enfermos, que un día va a haber una desgracia.
-          Tú dirás, compañero.
-          Hay uno que muchos días se acerca al puesto de control y empieza a provocarnos, gritando “viva el Rey” y “viva Franco”. La mayoría ya lo conocemos y sabemos que está loco, pero, si da con uno que no lo conozca, le puede pegar un tiro.
     Indagué y, con gran sorpresa, me enteré de que se trataba de Gervasi. Se ve que quería hacer méritos para que lo considerasen loco de atar. Se le llamó la atención, pero él siguió erre que erre. En prevención de algo irremediable, fui a ver al jefecillo de milicias:
-          Lo siento, no hay forma: es más terco que una mula. Yo creo que deberíais ser tolerantes con él y correr la voz de que es como si fuera una película de Charlot.
-          ¿Y por qué vamos a tener que aguantarlo todos los putos días?, gruñó el anarquista quien, al parecer, no lo era tanto.
     Improvisé:
-          El pobre hombre estaba tan cuerdo como tú y como yo, hasta el 19 de julio[9], pero en la Plaza de España le mataron a la novia y ya ves…
     El miliciano se puso muy serio y recogió velas:
-          Descuida, doctor. Yo me encargo de que nadie lo toque.
     Así fue. Gervasi fue de los muy pocos que pudieron decir en aquel entonces lo que les vino en gana, sin tener que pagar por ello.

***

     La requisa del Manicomio y la expulsión de los religiosos hospitalarios que trabajaban en él como enfermeros o personal subalterno[10] fueron el golpe de gracia a la rígida separación de los enfermos por sexos, como también, y sobre todo, a la homogeneidad de género con sus cuidadores. Digo esto, para dotar de sentido a los funestos episodios que salpicaron los últimos tiempos de la estancia de Gervasi en San Baudilio, coincidentes con el último periodo de la Guerra Civil en la zona.
     Habían pasado veinte meses de contienda, o séase, iniciábamos la primavera de 1938. Dicen que esa estación la sangre altera y es propicia para enamorarse. Lo cierto es que, de buenas a primeras, me abordó una enfermera que prestaba sus servicios en el consultorio y a quien yo apenas conocía de vista, por haberse incorporado recientemente a nuestro Hospital.
-          Perdone que le moleste -me dijo-, pero Gervasi Salom[11] me ha dicho que usted podría darme razón de él y, claro, yo estoy muy interesada.
-          Malamente voy a poder cumplir tal cometido, respondí, pues mi relación con él seguramente es menor que la suya. No obstante, si quiere explicarse…
     La chica, bastante joven y de agradable presencia, me contó una historia tan vieja como el mundo, aunque infrecuente en un lugar como aquel. Resultaba que, de tanto pasear esforzadamente con el famoso madero, mi conocido había contraído una lumbalgia crónica, que le obligaba a visitar con frecuencia el hospitalillo, para recibir algún tratamiento. Del roce había surgido entre ellos cierta amistad y, de ahí, el impulsivo dendrófilo había pasado a hacerle la corte a la buena de la enfermera, a la que llamaré Gracia, por las que tenía, aun sin sobrarle. Y, claro…
-          Comprenderá usted -prosiguió- que, aunque se trate de una monomanía no muy peligrosa, difícilmente podía prestar mi afectuosa atención a quien no se hallase en su sano juicio y, a mayores, ingorándolo todo sobre él. Pero Gervasi, dale que dale, no se daba por vencido. En nuestros paseos por lo más hondo el parque, llegaba hasta dejar a un lado su cruz, diciéndome que mi sola presencia calmaba su enfermedad y que no dudaba que, de acceder yo a sus requerimientos, si nos casábamos, iba a curarse del todo.
-          No lo pongo en duda -repuse con malicia-. El amor todo lo puede.
-          Ejem, sí, sí, claro, pero una, aunque todavía joven, ya ha tenido sus chascos. En fin, viendo que no iba a conseguir doblegar mi voluntad, hace unos quince días me hizo una confesión asombrosa: que su enfermedad es fingida y que, tan pronto acabe la guerra, saldrá de aquí como una rosa, dispuesto a terminar su carrera y a disfrutar del tren de vida que le permite su pertenencia a una familia de postín.
-          Tiene usted razón, es una confidencia asombrosa -mentí-. Con todo, por si sí o por si no, yo no se la revelaría a nadie, no fuese a quedar en ridículo.
-          ¡Hombre, claro!, por eso y porque no sé lo que le harían al pobre si se enteran los energúmenos del Comité. Pero, a lo que íbamos, ¿es verdad o no lo es eso de que estaba completamente sano antes de la guerra y de que su familia es de posibles?
-          Mujer, ya le he dicho que yo solo lo conozco de vista, por nuestra común condición de estudiantes universitarios. En cuanto al dinero de sus padres, a saber qué habrá sido de ellos y de su patrimonio, después de dos años de conflicto.
     Gracia me seguía mirando, entre la tristeza y la expectación. Uno tiene madera de sanador; y así, procuré darle ánimos, sin invadir el terreno de lo mendaz:
-          De todos modos, una cosa está clara: Si Gervasi se ha tomado la tremenda molestia de pasarse aquí tantos meses, encerrado entre miserias y haciendo el mono, bien podría ser para eludir la responsabilidad por ser rico y de derechas. Así que es probable que su familia…
-          Pero, ¿y si en efecto está loco y lo han traído aquí con su cuenta y razón?
     No sabía cómo quitármela de encima. Tal vez si repitiera por sí misma mi investigación de la noche de Reyes…
-          Mire, Gracia, vaya una noche a verlo y saque sus propias conclusiones.
     Debió de entenderme mal, porque enrojeció y se marchó farfullando:
-          ¡Qué grosero, qué grosero!

***

     Llegó el verano y, pese a mi curiosidad, seguía sin atreverme a abordar a Gracia o a Gervasi para preguntar cómo iban sus relaciones. Había estado a punto de meterme en terreno peligroso y lo mejor era alejarse de una ficción que, de saberse que la conocía, podía dar con mis huesos en el frente. Hube de encontrarme a la enfermera cara a cara en la clínica -donde yo había ido a curarme de un puñetazo que me atizó uno de los agitados- para percatarme de que la joven era una sombra de la que había charlado conmigo unos meses antes. Le pregunté qué le pasaba y, cosa extraña, me respondió:
-          La cosa es larga de contar y no es momento para ello. Acabo turno a las tres. Por si le interesa, le esperaré a la puerta de la capilla.


     Ni que decir tiene que acudí y la esperé durante un rato. Apareció, al fin, se disculpó por la tardanza y, sin más, se dejó caer en los escalones del acceso y me dijo con voz apagada:
-          Le voy a contar todo esto, no porque necesite sincerarme con nadie ni, menos aún, por saciar su curiosidad, sino en provecho de Gervasi, quien, pese a su desapego, sigue considerándolo el único amigo que tiene aquí dentro.
     Por supuesto, aquello era una inadmisible hipérbole. No obstante nada le repliqué. Ella prosiguió:
-          No sabe el calvario que hemos pasado todos estos meses. Pese a que su confesión fue espontánea y que yo acabé por compartir sus sentimientos, pronto empezó a sospechar que podría delatarlo, de propio intento o por imprudencia. Constantemente me requería para que le jurase fidelidad y sigilo. Yo le hacía toda clase de protestas en tal sentido, pero era evidente que le embargaba la desconfianza. Estaba permanentemente angustiado, hasta el punto de que ya nunca se apartaba del madero, por más que estuviéramos solos. Tengo el convencimiento de que estaba arrepentido de su anterior sinceridad, pensando que nada del mundo -y menos, mi pobre persona- merecían poner en peligro su vida, como él constantemente me aseguraba.
-          No le contaría usted ese aspecto de nuestra anterior conversación.
-          ¡Desde luego que no! Si supiese que también usted lo sospecha, no sé lo que llegaría a hacer. Claro que…
     Se quedó mirando al infinito y dejó pasar unos momentos antes de proseguir:
-          Dirá que a qué viene meterlo a usted en todo esto. Bien, la verdad es que estoy con un pie en la sepultura.
-          ¿Pero qué me dice, mujer? ¿Qué es lo que le pasa?
-          Lo que a tantos otros. Me he cogido unas fiebres tifoideas, que me están tratando tarde, mal y nunca. Ya ve, en casa del herrero…
-          Pues cuídese. Y dese de baja. Este maldito Manicomio se ha convertido en un antro de todas las carencias y enfermedades[12].
     La enfermera hizo un gesto dubitativo. Concluyó:
-          Por eso le he contado todo esto. Si yo falto, eche una mano a Gervasi. Ya le he dicho que él lo considera un amigo.
     Gracia falleció a la semana siguiente. Recuerdo que, por aquellos días, empezaba la Batalla del Ebro[13].

***

     Tras el final de la guerra[14], Gervasi -como tantos otros- se marchó del Manicomio por las buenas, aprovechando el desorden consiguiente. Yo esperé el mínimo indispensable para que los vencedores se hiciesen con el pleno control efectivo de Barcelona y pudiese obtener una documentación políticamente aceptable. Quiero decir que no volvimos a vernos hasta bien entrado el curso siguiente, cuando nuestras respectivas Facultades trataban de cumplir su función docente, entre los destrozos y expolios bélicos y los cursos acelerados, para que los ex combatientes -en especial, los franquistas- recuperaran el tiempo perdido[15]. Para mi sorpresa, el loco fingido se me vino encima y me estrechó efusivamente entre los brazos, sin parar de clamar “¡qué alegría, qué alegría!”. No tuve más remedio que aceptar su invitación a tomar un café y charlar. La verdad es que lo hacía como una cotorra y no se me hace fácil resumir lo mucho que me contó aquella tarde. Me limitaré a lo que tenga directamente que ver con la historia que les estoy narrando.
-          En efecto, Didac -me dijo-, todo fueron invenciones mías para tratar de salvar el pellejo pues, con mis antecedentes, no tengo duda de que me habrían paseado a la primera de cambio. Pero no creas que me ha salido gratis, que las pasé de a quilo, hasta el punto de que muchas veces estuve tentado de contárselo todo a los médicos y fiarme a su benevolencia. Estoy seguro de que por ellos no habría quedado, pero -claro- estaban aquellos criminales del Comité: el enemigo en casa, como suele decirse.
-          Sí, todo eso ya lo sé -lo interrumpí-. No olvides que yo también estaba allí y por razones algo parecidas. Lo que me falta por conocer son tus últimos meses. Supongo que serían los peores, con dos años a la espalda y la muerte de aquella enfermera… ¿Cómo se llamaba?
-          Gracia. En efecto, fue espantoso: enamorarse de una chica, mi único refugio y esperanza, y verla morir estúpidamente en plena juventud… Agarré una depresión de campeonato, profunda, como dicen los psiquiatras. No creas, que todavía la arrastro. De pronto, no tengo ganas de nada, no soy capaz de estudiar; me meto en la cama en pleno día y no puedo dormir de noche; la angustia me oprime el pecho y me echo a llorar como un niño.
-          Bueno, hombre. Con el apoyo de la familia y la ayuda de un buen médico, seguro que te recuperas. Paciencia y esperanza. Ahora, más que nunca, abundan las chicas, las buenas chicas.
     Gervasi había pasado, de la precedente euforia, a emanar tristeza. Se encogió de hombros y convino:
-          Sí, tienes razón: tiempo al tiempo y dejarse querer. Si hemos salido de todo esto con vida, no es cosa ahora de desperdiciarla. Pero, no creas, de tanto hacerme el loco, he estado a punto de enloquecer.
     Abrevié la despedida, pretextando tener prisa por llegar a una entrevista de trabajo. Yo tengo que laborar para pagarme los estudios, agregué.

***

     Hasta aquí, la historia de Gervasi. Pero, por si algunos de ustedes quieren saber el final, les diré que acaba bien. Superó aquella depresión aguda y contó sus cuitas samboyanas a un distinguido escritor, cosa que los expertos consideran siempre positiva desde el punto de vista médico. Claro que, siendo así, no sé por qué me he molestado yo en repetirlas, en lugar de remitirles a quien ya lo ha hecho con más brevedad y mejor estilo…
     Tal vez sea porque, en el fondo, lo que he querido contarles haya sido parte de mi propia historia.









[1]  Para El loco fingido, Fernando Díaz-Plaja, La vida cotidiana en la España de la Guerra Civil, Madrid, 1994.
[2]  Los doctores Belarmino Rodríguez Arias (1895-1997) y Emilio Mira López (1896-1964) eran en 1936, respectivamente, directores de los Manicomios (antes Departamentos) de Hombres y de Mujeres de San Baudilio de Llobregat. Ambos fueron psiquiatras muy distinguidos y, en lo que respecta al doctor Mira, alcanzó fama mundial.
[3] Debo aclarar que, en bien de la integridad de los enfermos, la espléndida lámina de agua tenía una profundidad de unos veinticinco centímetros solamente.
[4]  Se trata de diversos parajes del hermoso Jardín oculto del Manicomio de San Baudilio, actualmente abierto al público, lo que ha permitido -entre otras cosas- apreciar estructuras en el mismo que parecen de la mano de Antoni Gaudí (1852-1926).
[5]  Esa fue su primitiva dedicación cuando, hacia 1912, los Hermanos de San Juan de Dios eran propietarios de las instalaciones hospitalarias. Los hermanos y hermanas de la Orden Hospitalaria fueron expropiados y expulsados al comenzar la Guerra Civil (julio de 1936), momento en que es de suponer que a la gruta no le quedase de Lourdes más que el recuerdo del nombre.
[6]  El texto hace referencia a la farola que corona la famosa Fuente de Canaletas, al principio de las Ramblas barcelonesas. Para mejor comprensión, se inserta una fotografía del citado báculo (Nota del Editor).
[7]  El doctor Rodríguez Arias definió el citado Comité como un conglomerado de sirvientes -psicópatas los más-. El citado Doctor proseguía: El día 30 de noviembre de 1936 abdiqué de mis funciones. Recojo las citas del blog de Joan Vendrell y Campmany, verdadera mina de oro para la historia del manicomio de San Baudilio de Llobregat.
[8]  Siglas de la Federación Anarquista Ibérica. En aquella época, San Baudilio de Llobregat era un feudo del anarquismo.
[9]  Alusión a los violentos combates del 19 de julio de 1936, en que se enfrentaron en Barcelona partidarios del alzamiento militar y defensores del Gobierno de la República, prevaleciendo al día siguiente estos últimos.
[10] En total, más de cien personas, con amplia mayoría de las religiosas sobre sus homólogos masculinos.
[11]  Nombre y apellido son del todo inventados.
[12]  Por unas u otras razones, las fiebres tifoideas fueron frecuentes en la Barcelona de la Guerra, continuando la estela de graves epidemias anteriores, la última de las cuales se produjo en 1914. Aunque la incidencia fue enmascarada por razones políticas, la mortalidad se calcula alcanzó el 33,3 por cien mil habitantes (la población de la Ciudad Condal estaba en el entorno del millón de habitantes).
[13]  Dicha batalla se inició el 25 de julio de 1938.
[14]  Esta zona de Cataluña fue ocupada por el bando vencedor en los días 25/26 de enero de 1939.
[15]  Para interesados por el tema, Francisco Gracia i Josep María Fullola, La nit! La Universitat de Barcelona entre els anys 1939 y 1954, en www.academia.edu (Universitat de Barcelona) -Nota del Editor-.

sábado, 7 de enero de 2017

HISTORIAS DE VIDA O MUERTE (I). EL DELATOR

Historias de vida o muerte (I). El delator


Por Federico Bello Landrove


     Siempre me ha gustado hacer una crónica sentimental de la Guerra Civil española de 1936-1939. En entradas anteriores, bajo esta etiqueta, he reflejado en el blog relatos que tuvieron buenas dosis de verdad, dentro de su fantasía. En este me ha dado por elevar la realidad a categoría literaria (dentro de mi modestia). Podría haberlo hecho sin reconocer mi servidumbre, pero no me gusta adornarme con plumas ajenas. Así que, a pie de página, dejo indicados los libros en que leí las anécdotas que me han inspirado[1].




     Tal vez, se tratara de una madre soltera, o quizá -o también- de una chica sin posibilidades de sobrevivir del menguado patrimonio agrícola de aquella familia numerosa de la meseta lucense. El caso es que cogió a su pequeño, Eduardo, y se fue a servir a La Coruña. No sería fácil compatibilizar ese trabajo con el mínimo cuidado que precisaba su pequeño, mas no había otro remedio: Sus padres no habían querido tenerlo consigo y no había ni que pensar en meterlo en el hospicio. Ya se las arreglaría…

     En efecto, se las arregló dejándolo durante el día con una conocida del pueblo, a la que había arrendado una modesta habitación. Por un poco más de dinero, Eduardo haría vida con los hijos de la patrona: iría con ellos a la escuela y comería del mismo pote. Llegada la noche, Isabel se liberaba del trabajo de cocinera en casa de los Valladares y podían disfrutar de unos momentos de felicidad, a la que no era ajena la -para ellos- opípara cena, con las sobras de los señores.

     Eduardo crecía y, así mismo, las peticiones para que su madre pernoctase con los Valladares, rindiéndoles atención exclusiva durante toda la jornada. Así que, con su remango y los buenos informes que le dieron, se colocó de limpiadora en la Residencia de oficiales de uno de los regimientos de la guarnición -que no concretaré, para que no se ofenda nadie-. Era un trabajo más duro, pero algo mejor pagado. Sobre todo, quedaba liberada de la faena a media tarde, cuando su hijo concluía la jornada escolar. Con esas ventajas e inconvenientes ya había contado Isabel al cambiar de tarea, pero no con la vicisitud que cambió radicalmente su vida.

     Si no hubiese sido decisivo para esta historia, me abstendría de recordarlo, no tanto por lo escabroso, como por ser escasos  los detalles que conozco. Lo único que me consta es que Isabel acabó completando su escaso salario con los emolumentos que remuneraban la ocupación con los militares de la Residencia, que requerían de sus servicios. La joven era agradable y discreta, por lo que no le faltaba clientela entre la mayoría de oficiales solteros que se hospedaban en aquella dependencia. En cualquier caso, con esa finalidad y base económica, Isabel abandonó la habitación con derecho a cocina y alquiló un piso bajo, con patio y leñera, dos calles más arriba de su lugar de trabajo.

     Aquello había sido cuando Eduardo tenía seis años; por tanto, el niño aún no daría en sospechar de las entradas y salidas de los soldados, como llamaba a los clientes de su madre. Pero el tiempo pasa, la malicia crece y las gentes hablan. Quiero decir que Edu acabó por descubrir la finalidad de las visitas nocturnas y concibió contra ellas la inquina que era de suponer. De una cosa estoy seguro: su piedad filial lo llevó a juzgar íntimamente que algo habría -miseria, violencia, desamparo- para que su madre hubiese llegado a esos extremos. Eran aquellos oficiales fachendosos y otros tales los culpables de la situación. Dicho francamente, a su madre la habían prostituido los militares.

     No es de extrañar, pues, que, nada más acabar la escolaridad, Eduardo se empleara en una carbonería del barrio, como repartidor y chico de almacén. Ello significaba, para él, aportar un pequeño jornal en casa, que sacara a su madre de apuros y, para esta, dejar de pasar por la terrible vergüenza de su oficio nefando y de las burlas y censuras de quienes lo conocían.

     Hasta aquí, todo corriente. Lo insólito fue que por los días en que abandonaba el comercio sexual, un comandante de Capitanía, viudo reciente, requiriese de amores a Isabel, aunque sin intención de matrimonio. El hombre era maduro, bien parecido y generoso. Es posible que ella aceptase su proposición por verdadero afecto. Acordaron verse todos los jueves, cenar y pasar la noche juntos. Aquello era muy distinto de la promiscuidad anterior; incluso, las vecinas empezaron a tenerle cierta envidia, al constatar numerosos signos externos de la esplendidez del amigo. Ante Eduardo, este tuvo el acierto de mostrar sin tapujos el respetuoso afecto que profesaba a su madre, así como de charlar con él, si a mano venía, y hasta de premiarle con buenas propinas y algún pitillo, cuando pasó a suministrarle el carbón y la leña que precisaba. En fin, se decía Edu, aquel era un verdadero señor, no el típico militar fanfarrón y rijoso. Era lógico que su madre lo recibiera de buen grado y se dejara querer. Quizá, con el tiempo …



***

     Pasaron unos años, sin alteraciones importantes. Eduardo seguía trabajando en el carbón, sin meterse en líos, como le aconsejaba el ya teniente coronel Hoyos, es decir, al margen de sindicatos y organizaciones políticas de cualquier signo. Su madre y aquel seguían como siempre, esperando los jueves para encontrarse. No había signos de pasar por la vicaría, pero tampoco era infrecuente verlos empezar la velada cenando en el reservado de un restaurante o viendo alguna película de éxito. Y así habían cruzado el umbral de 1936, año que sería nefasto para España, y que tampoco había empezado con buen pie en casa de Isabel, al plantearse el tema del servicio militar de su hijo.

     Ella estaba dispuesta a pagar la cuota precisa para reducir el mal trago poco menos que a nada, pero a Hoyos se le ocurrió algo que Eduardo aceptó, como menos gravoso para los ahorros:

-            -   Todavía puedes sentar plaza como voluntario. Ello te permitirá, con mi recomendación, quedarte en Coruña. Con el derecho de pernocta, incluso podrás trabajar por las tardes, salvo que tengas guardia.

     Así se hizo y, durante unos meses, Edu se familiarizó con la vida cuartelera y convivió, entre otros, con algunos de los militares que antaño habían visitado a su madre, incapaces de reconocerlo por ser entonces un niño. Fueran esos prejuicios, los excesos que viera o los contubernios y actitudes levantiscas de los oficiales contra la República, el caso es que el joven exacerbó sus prístinos sentimientos de aversión hacia los militares. Incluso, don Valeriano Hoyos le resultaba ya enfadoso y cargante, con sus frecuentes consejos de prudencia y disciplina, cuando él veía a tenientes y capitanes despotricar de sus superiores, conspirando de forma abierta contra el Gobierno. Para desbordar el vaso, a primeros de julio se doblaron guardias y retenes y se suprimieron casi todos los pases de pernocta. El día 16, jueves, Hoyos advirtió a Isabel, con el compromiso de mantenerlo en secreto:

-          -  Las cosas están muy tensas y, de un momento a otro, podrían estallar. Que Edu se quede en el cuartel y tú compra todo lo necesario para no salir en unos días.

-               - ¿Tampoco a trabajar?

-               -  Mejor sería que pusieses una disculpa. Ni yo mismo me siento seguro en Capitanía.

     Entre el sábado del día 18 y la mañana del siguiente lunes, hubo tantas noticias, rumores y cosas raras que, aunque acuartelados, toda la tropa tuvo conocimiento de que se mascaba un levantamiento. Eduardo entraba de guardia ese día 20 en que, hacia mediodía, se ordenó formar a la fuerza y cerrar a cal y canto las puertas del cuartel. Él, que se encontraba de puesto en una garita externa, desobedeció la orden de replegarse al interior y, con fusil y todo el equipo, accedió a la avenida y tomó la dirección del centro de la ciudad. Desde allí le llegaba el sonido distinto de disparos, en tanto las sirenas de los barcos surtos en el puerto ululaban, desconcertadas y estridentes.

     Indudablemente, había sido un pronto. De hecho, mientras avanzaba a largas zancadas, pegado a las fachadas y eludiendo en lo posible la mirada atónita de los pocos transeúntes, estuvo tentado de tirar armas, correaje y guerrera, y correr a su casa o en busca de su madre. En esto que se cruzó con otro joven que, al verlo, se figuró que formaba parte de una avanzadilla de su regimiento; se dirigió a él y lo interceptó con el grito de ritual:

-              -  ¡Arriba España! ¡Vamos, vamos, que los de Asalto se están fortificando el Gobierno Civil!

     Edu no contestó y siguió aún unos pasos. Luego, se detuvo y entró en un portal. ¡La cosa iba en serio! ¿Qué demonios iba a hacer él, solo, con un fusil y una bayoneta?

     No tuvo mucho tiempo para decidir. Carretera abajo, con fragor, bajaba ya una compañía de su regimiento, a paso ligero, con el capitán García al frente, un mal bicho. No lo pensó más. Salvo de unos saltos la distancia que lo separaba de la siguiente bocacalle y, emboscado en la esquina, se arrodilló, encaró el arma hacia el oficial y, a no menos de ochenta metros, disparó por dos veces. Su puntería era excelente: García cayó como fulminado.

     A toda carrera se perdió en las callejuelas que llevaban hacia el puerto. De buena gana habría arrojado el mosquetón para correr más desembarazado, pero podría delatarlo, si lo encontraban. Tuvo suerte: aquella parte de los muelles estaba desierta. Lanzó el arma al agua, lo más lejos que pudo. Luego, se escondió entre unos fardos, echándose por encima una arpillera, y aguardó un largo rato, antes de tomar el riesgo de recorrer uniformado la distancia que lo separaba de su casa. Debía de ser su día de suerte: nadie le dio el alto, ni estaba su madre en casa. Trocó el uniforme por ropa de paisano; escondió el caqui al fondo de la leñera, protegido con una funda de hule; cogió algunos víveres y un poco de dinero, y desapareció.



***

     Los días sucesivos fueron de confusión y miedo en la ciudad. Isabel siguió acudiendo a su trabajo y no echó de menos la presencia de su hijo, ya que suponía que habría de estar en el cuartel y con su pase cancelado. Por su parte, Hoyos faltó a la cita del jueves siguiente, si bien le dejó una nota en la Residencia de Oficiales, anunciándole que no podría verla en unos días, por razones estrictamente profesionales. Entre tanto, Edu pasaba las jornadas escondido o merodeando por los más variados andurriales, sin saber qué hacer, hasta que la falta de seguridad y de comida le animó a ir a ver a su madre, cual hijo pródigo.

     Isabel y Eduardo se fundieron -como suele decirse- en un prologado abrazo. Luego, este le confesó que estaba prófugo, pero no su atentado contra el capitán. Ella, tras muchas argumentaciones, le convenció de que lo mejor era pedir consejo y ayuda a su amigo. Aunque con desconfianza, Edu aceptó, pero se negó en redondo a permanecer escondido en casa, sino que, pertrechado de víveres, volvió a marcharse, con el compromiso de regresar en unos días.

     Casualmente, al siguiente día reapareció el teniente coronel por su casa, lo que aprovechó Isabel para plantearle lo más favorablemente que pudo el caso de su hijo. Hoyos, aunque exasperado, procuró, ante los ruegos y lágrimas de su querida, hallar una solución:

-             -   En fin, tampoco es que haya sido el único. Por política o por miedo, bastantes soldados y militares de mayor rango se escabulleron en los primeros momentos, aprovechando la confusión y la salida de sus cuarteles. Desde luego, no tiene otra solución que la de presentarse en su regimiento y poner cualquier disculpa de tipo humano; no sé, que estaba preocupado por ti y luego no se atrevió a regresar…; ¡qué sé yo! Mañana telefonearé a su cuartel y procuraré suavizar la sanción que vayan a ponerle. Me llevo bien con su coronel: no creo que le pasa nada malo. Ya te informaré.

     Costó convencer a Eduardo de que tenía que reintegrarse al ejército; él y nosotros sabemos el porqué. Con todo, su inquietud era infundada. Nadie pensaba que fuera el autor del tiroteo contra García. Más aún, mala hierba, nunca muere: el capitán no había muerto y se hallaba a la sazón en curso de sanidad de sus graves heridas. De modo que Hoyos no encontró muchas objeciones a su petición de lenidad para Eduardo. Todo quedaría en un arresto de calabozo. Satisfecho, se lo transmitió a Isabel, quien se las tuvo tiesas con su hijo. Al fin, a la tercera visita y bajo amenaza de no darle ni un zato, el soldado agachó las orejas y fue a entregarse a sus jefes, siéndole impuesto el consabido mes de arresto. A nadie se le ocurrió preguntarle por el fusil desaparecido. O no hacían recuento de armas, o los buenos oficios de Hoyos hacían milagros.

***

     Unas semanas más tarde, encontrándose en un café, Eduardo cogió el periódico del día y estuvo a punto de darle un ataque. En la página de gacetillas de orden público, podía leerse:

     Ha sido condenado a muerte en consejo de guerra celebrado ayer el individuo que atentó contra la vida del capitán …, el pasado 20 de julio. Se trata de un sujeto afiliado a la F.A.I.[2], que fue detenido días después en posesión del arma empleada. La sentencia será ejecutada tan pronto la confirme  la Autoridad militar.

     Eduardo se hacía de cruces. ¿Cómo podían confundirse los peritos armeros en algo tan elemental? ¿O es que el faísta habría sacado del fondo del puerto el fusil que él arrojó? En cualquier caso, eso era ya agua pasada. Si algo o alguien podía salvar la vida de aquel inocente era él, confesando lo sucedido y su responsabilidad en ello. Con todo, si aquel sujeto era de la F.A.I., de seguro que no sería un arcángel. A saber si no tenía otros crímenes en su haber. Y, además, tratándose de un anarquista que iba armado, con capitán y sin capitán, no le iba a salvar ni el Papa.

     Así, mientras caminaba hacia su casa, al terror y la desesperación iniciales iba sucediendo una incipiente -e intermitente- tranquilidad. No era que otro pagase con su vida lo que estúpidamente había hecho él. No se trataba de que otro muriera en su lugar. Aquel tipo ya estaba sentenciado desde un principio y el muerto -el herido- que le habían cargado iba a salvarle a él, pero no a agravar la condena del otro. Por más que… ¿quién estaba seguro de que el fusil fuese el suyo? Y, si lo era, ¿por qué había sido tan loco el anarquista de haberlo cogido y portado, con los tiempos que corrían?

     En todo caso, si aquel entremetido se hubiese estado tranquilo en su casita, o hubiese escapado en un pesquero a Portugal, como otros, ahora Eduardo estaría tan pancho, pues nadie había sido capaz de descubrir su delito. Así que él iba a hacer lo que el otro no había sido capaz: dejar que las cosas siguieran su marcha, que la juventud y la vida armonizaran, con natural y gozosa coincidencia.

     Pasaron cinco días, suficientes para aliviar las tensiones y conciliar plácidamente el sueño. Al cabo de ellos, la funesta noticia. Se la dio el sargento de su pelotón:

-              -   Eduardo, mañana te toca formar parte de un piquete de ejecución.

     Trató de excusarse. El suboficial replicó:

-              -   Le ha tocado a tu escuadra a suertes. Además, tenías que estar contento. Vais a dar el pasaporte al que disparó contra el capitán García.

     Obrando automáticamente, casi sin saber lo que hacía, fue a ver al capitán de su compañía y le pidió lo que al sargento. El oficial, con cara de pocos amigos, preguntó:

-               -   ¿Por qué tendría que exonerarte? ¿Acaso el reo es amigo tuyo?

     Edu estuvo a punto de aseverarlo, pero comprendió que la pregunta iba con segundas. Negó y balbuceó algo sobre encontrarse mal de los nervios. El capitán saltó:

-               -   Mira, Nogueira, todavía no sé por qué te libraste del consejo de guerra por deserción. Así que no me vengas con pamplinas o te empaqueto y, esta vez, no te salva ni la caridad… Retírate.  

     Pasó toda la noche en el camastro dando vueltas e imaginando evasivas morales. Total, estaban en las mismas. Fuera él u otro compañero, la condena ahí estaba y había cientos de potenciales ejecutores. Sin ir más lejos, otros cuatro fusiles estarían apuntando junto al suyo. ¡Claro! No hacía falta que tirase a matar, ni siquiera que alcanzase al condenado. Haría como si… Eso que todos sabían que él tiraba muy bien… Ya, pero comentaría antes que estaba muy nervioso y no había podido dormir…

     Llegaron las cinco y el imaginaria llamó al cabo y los cuatro soldados de la escuadra ejecutora. Un camión aguardaba en el patio de armas, con el conductor y, a su lado, el teniente que iba a dirigir a la fuerza. Tomaron la dirección del Campo de la Rata. Llegaron cuando apenas rompía la aurora. Los guardias civiles de la anterior ejecución se estaban retirando temporalmente, mientras unos empleados tiraban a una carreta el cadáver del ajusticiado.

-              -    Venga, que ya viene el reo. Formad en línea a esta altura, dijo el teniente.

     En efecto, un individuo esposado avanzaba, flanqueado por dos agentes, seguido por un cura, con el breviario en la mano. Eduardo no pudo más. Aquel no era un sujeto, ni un tipo, ni el otro, sino un hombre que iba a pagar por lo que él había hecho. En su mente ya no había lugar para subterfugios:

-              -    Mi teniente, un momento, por favor.

     Lo dijo con tal firmeza y apartándose de la hilera de compañeros, que el teniente mandó descanso y se le acercó.

-               -   Mi teniente -susurró-, este hombre no disparó al capitán García. Fui yo quien lo hizo, con el fusil que tenía para la guardia.

     El oficial, boquiabierto, no sabía qué decir o hacer. Era la viva imagen de la perplejidad.

-               -   Soldado, repite lo que has dicho.

-                -  Que fui yo, señor. Le disparé dos veces y luego tiré el arma al mar.

     El reo ya estaba ante el paredón, solo, con ademán tranquilo. El teniente decidió como creyó que debía hacerlo, cumpliendo las órdenes y las Ordenanzas:

-          -   Mira, chico, la sentencia es firme y tiene que cumplirse. Tú ponte en línea, apunta y dispara. Que tires a dar o no, eso es cosa tuya.

     Momentos después, aquel inocente yacía exánime. Por si acaso, el oficial le dio el tiro de gracia.

***

     Podría creerse que la justicia -injusticia- concluía así, pero no. El teniente cumplió escrupulosamente con su deber de denunciar a Eduardo, fundándose en la confesión que acababa de hacerle. Sobre esa base, habiéndose ratificado la auto delación, la instrucción de la correspondiente causa duró apenas nada. Y así, días después, se celebró contra Eduardo un nuevo consejo de guerra por atentado con intención de matar y resultado de lesiones graves, en la persona del capitán García. Naturalmente, la condena fue a pena de muerte: la coherencia no permitía otra cosa. Cinco días después, dicha pena era ejecutada.

     Me consta que no fue la única vez que, durante nuestra Guerra Civil, se fusiló a dos o más personas por el mismo crimen. Al fin y al cabo, para eso está la institución legal de la coautoría. ¿O no?









[1]  Para El delator, Isabel Ríos, Testimonio de la Guerra Civil, La Coruña, 1986.

[2]  Siglas correspondientes a la Federación Anarquista Ibérica.