sábado, 30 de enero de 2016

UNA CARTA DE IDA Y VUELTA


Una carta de ida y vuelta
Por Federico Bello Landrove

     El Cielo está poblado de ángeles y el Infierno, empedrado de buenas intenciones. Pero, ¿y la Tierra? ¿Hay cabida en ella para espíritus puros y altruismos perfectos? La historia que sigue, tan real como la vida misma, trata sobre ello, sin la pretensión de dar una respuesta.



1.      El reencuentro


     Esta es la historia de una carta de amor que un hombre dirigió a otro. Ninguno de ellos era homosexual. Entonces, ¿cómo es ello? Lean y lo sabrán.

***

     Mi amigo Mario es un hombre afortunado en amores. Siempre que ha perdido a una mujer, ha encontrado a otra que lo ha hecho feliz. Claro que eso tiene una pequeña contrapartida, que no les ocultaré. Las mujeres que lo han dejado han sido luego profundamente infelices en sus matrimonios. Mario, entre la ironía y la mala conciencia, llama a eso el principio de compensación de los afectos. Yo no lo llamo de esa manera, sino casualidad. Si una golondrina no hace primavera, unos cuantos episodios amorosos no hacen estadística, ni prueban nada. Y es que Mario es una persona criada entre leyes y contratos, mientras que yo soy un narrador muy objetivo.
     Pues bien, hace algunos meses el principio mariano de compensación experimentó una profunda crisis. Ni más ni menos que reapareció en su vida una de esas mujeres del pasado que, tras haber roto con él, vivieron el drama del fracaso amoroso y el infierno matrimonial. Reapareció. No detallemos cómo, que luego todo se sabe. Pongamos que, de forma inocente, coincidieran en un congreso, o ella estuviera destinada en una lejana oficina de su misma empresa, o que las redes sociales facilitaran su encuentro. Cualquier medio es válido para que mi amigo sintiese nacer en su corazón ese sentimiento, mezcla de utopía y compasión, llamado en ocasiones regreso al pasado. Pronto se demostraría equivocada –relativamente- esa primera impresión.
    Mario, felizmente casado, como les decía, tuvo a las primeras de cambio la sorpresa de que la reaparecida –llamémosla Concha- había rehecho su vida amorosa y mantenía una relación, peculiar pero satisfactoria, con un caballero también renacido de los restos de un naufragio matrimonial. Aquello cambiaba de una vez y para siempre el sino o mal fario del que mi amigo se sentía culpable. ¡Era posible su felicidad, sin hacer la tragedia de sus viejos amores! Ahí estaba la prueba. Como buen racionalista, recordaba aquello de que bastaba una excepción para invalidar una ley natural; que lo negativo nada prueba, pero aquel precioso positivo sí.
     Nada y mucho cambió aquel retorno, en la vida de Mario y Concha. Ahí seguían sus diferencias, sus votos, sus amores, pero también resurgieron los recuerdos, las nostalgias, la recíproca admiración. Las almas elevadas, los caracteres fuertes son capaces de enlazar pasado y presente; de volar alto, para no ver calvas ni patas de gallo; de gozar los frutos del espíritu sin carnalidad alguna. Eran ángeles en medio de un mundo de hombres, al que sin duda pertenecía Rafael, el amante de Concha, dotado de muchas y buenas cualidades terrenales, pero desprovisto, al parecer, de ese maravilloso don que Mario habría llamado elevación mística y su amiga platónica, amor por la literatura.
     Mi amigo, iluso y cabal donde los haya, resolvió tomar al demonio por los cuernos. ¿Por qué no reaparecer ante Rafael y acariciar su frente con alas angélicas, alejando de su mente posibles suspicacias o enconos? A fin de cuentas, in illo tempore habían tenido algunas curiosas coincidencias, que Rafael recordaba y Mario juzgaba lazos de seda, favorables a su decisión.
     Decisión… ¿Qué decisión? La de escribir a Rafael, lejano en el espacio, una carta sentimental y memoriosa. La paloma mensajera portaría en su pico una rama de olivo.



2.      Las buenas intenciones


     ¿Supo Concha de los buenos sentimientos de Mario hacia Rafael? Sin duda. ¿Los juzgó totalmente sinceros? Muy probablemente. ¿Aprobó el vuelo de la paloma de la paz de espíritu? Tengo en mucho su buen criterio, como para aseverarlo. Pero el hecho es que el ave remontó el vuelo, con la misiva más sensata, cariñosa y altruista que su autor dirigió a un hombre en toda su vida.
     ¡Y dale con el hombre y el cariño! Por ahí empezamos y, a estas alturas, ustedes ya han comprendido perfectamente que el amor que inspiró la misiva y que rezumaba el sobre no era, desde luego, para Rafael, sino hacia Concha, tratando de franquearle el camino del espíritu; de asumir Mario eventuales culpas y excesos; de permitirle armonizar con mayor facilidad las obras del alma con las delicias del amor humano. El bueno de Mario me insistía: De verdad, yo quiero a Rafael. ¿Cómo no voy a quererlo si él ha hecho feliz, al fin, a Concha? Vamos, la típica propiedad transitiva de los afectos: Si A quiere a B y B quiere a C, se infiere que A quiere a C. Claro que no se nos dice que la relación sea recíproca y reversible: Para entendernos, A quiere a C pero ¿C querrá por ello a A?
     Pues no. C no quiso a A. Mejor dicho, no se dio ni la posibilidad de comprobar los afectos. La paloma posó la carta en el alféizar de la ventana de Rafael y ¡menos mal que reemprendió el vuelo al instante! El destinatario, comprobada la procedencia de la epístola, montó en cólera y, sin rasgar siquiera su envuelta, telefoneó a Concha para que fuese a recoger aquel filtro sorprendente e indeseado, juzgando a la pobre mujer inductora o cómplice de tal correo. El hombre fue tajante: No conozco a la persona que me remite esta carta[1]. No voy a abrirla. Tómala y se la devuelves.
     Ser tajante significa de ordinario ser injusto. ¿Lo era Rafael? ¿Fue Mario tan prudente cuanto bien intencionado? ¿Abrió y conservó Concha la carta o se la haría llegar tal cual a Mario, como correspondencia rehusada?
     Todo eso son zarandajas. Estoy seguro de que, si este relato ha despertado su interés, la pregunta que me hagan habrá de ser esta otra: ¿Qué va a pasar entre Rafael, Concha y Mario, a partir de esa frustrada carta? Yo no soy un experto en el tema de ángeles y de hombres. Tal vez consiga Concha que Rafael lea la carta y se ablande. Quizá Concha tenga que elegir –más tarde o más temprano- entre las alas libres del espíritu y el fuego esclavo de la carne. O, posiblemente, Concha comprenda que está muy por encima de esos dos caprichosos paladines y los perdone, o los borre de su vida. Si yo fuese Mario, me importaría mucho el desenlace. Mas, siendo solo un narrador, les digo:
-          Me encantan los finales abiertos. Si no conocemos bien las causas ni las circunstancias, ¿por qué habríamos de saber a ciencia cierta sus consecuencias? 






[1]  No sé a ustedes. A mí la escena me recuerda un poco la de las negaciones de San Pedro.

domingo, 17 de enero de 2016

LA ESPINA DE NACOR


La espina de Nacor

Por Federico Bello Landrove

In memoriam, Antonio Machado (1875-1939)


     La fidelidad a uno mismo y al prójimo es equivalente al respeto del propio pasado, es decir, de la memoria. No cabe duda de que la excesiva fidelidad y la mucha memoria pueden ser contraproducentes –como en el caso del Nacor de este relato-, pero tampoco hemos de amilanarnos por el sufrimiento que comporten, como el poeta al que recuerdo in memoriam plasmó en su maravilloso poema Yo voy soñando caminos.


1.  El juramento

     En tiempos de los Apóstoles, vivía en la aldea de Zeboím un matrimonio de mediana edad, cuya felicidad veíase turbada por el extraño comportamiento del marido, que provocaba el asombro de sus convecinos y el desasosiego de la esposa. Esta, sabedora de que el Apóstol[1] se hallaba en Jericó, a un día de camino de su pueblo, se encaminó allí y, ofreciendo un cordero recental, pidió a los discípulos ser recibida de su maestro. Consintió este y la mujer fue llevada hasta su presencia. Una vez ante él, besó la orla de su manto y relató lo que sigue:

-          Señor, llevo cinco años casada con Nacor, hijo de Misael, benjaminita. Desde su infancia, es mi esposo celoso cumplidor de la Ley e intolerante con cuantos en su entorno la infringen. Pues bien, tuvo mi marido por padre a un hombre de tan lasciva condición, que pretendía a todas las mujeres hermosas de su aldea y alrededores, y frecuentaba a rameras y cortesanas, privando a su esposa legítima y a sus hijos de la atención y el sustento que les eran debidos. Finalmente, abandonó a su familia, tomó concubina en Segor y allí vino a finar perdidamente.
Viendo mi esposo –a la sazón, adolescente- el sufrimiento de los suyos y temiendo que la mala sangre de su padre pudiese infectar también su corazón, tomó el último cabrito de su rebaño, lo sacrificó a Yahveh y, sobre el fuego que consumía a la víctima, pronunció el siguiente juramento: Por Dios Todopoderoso y por su sagrado Templo, juro que nunca abandonaré a la mujer que ame en esta vida, hasta que Él me recoja misericordioso en el Seno de Abraham.
Mas, si el espíritu es decidido y poderoso, la carne es débil. Mi esposo estaba entonces enamorado, por vez primera en su vida, de una piadosa niña, llamada Sara, que compartía los mismos sentimientos. Bien hubiesen deseado ambos unirse en matrimonio, pero Nacor era muy pobre y había de sacar adelante, como primogénito, a todos los de su casa. El orgullo del joven pobre y los deseos de la familia de Sara para procurarle una vida desahogada, acabaron por entregarla en casamiento al primo de un comerciante de su aldea, cuyas ricas tierras radicaban en Galilea. Allí se asentó tras la boda la pareja, y allí dicen que continúa Sara viviendo, infeliz y repudiada.
Años después, en el vigor de su juventud, mi esposo logró sacar de la pobreza a su familia y aspiró justamente a formar la suya propia. Casó con la dulce Esther, hija de un carpintero de Adama, y fueron felices durante siete años, en los que Yahveh quiso bendecirlos con próspera fortuna y cuatro hijos. Pero la peste azotó la comarca y el Ángel de la muerte vino a visitar aquella casa para llevarse con él a la esposa. Imagine, mi señor, la desolación que cubrió con su sombra la vida de mi marido, quien no obstante supo sobreponerse a tan terrible prueba, poniendo su corazón transido en el regazo de sus hijos y en el cuidado y crecimiento de su hacienda.


 Pasados otros siete años, Nacor prendose de una joven muy hermosa, llamada Isabel, a la que conoció en el mercado de Jericó, comprando higos. La muchacha acogió favorable, en un principio, el afecto e interés que el viudo le demostraba. No obstante, cuando Nacor le confesó su amor y propuso nupcias, ella no se sintió capaz de aceptar la diferencia de edad entre ellos, ni de asumir el cuidado y gobierno de su casa. Separáronse tristes y mi esposo, no sintiéndose capaz de vivir en la misma aldea deseando a Isabel infructuosa y cotidianamente, vendió cuanto allí tenía, cogió a sus hijos y vino a residir en Zeboím, mi aldea natal, donde se estableció prósperamente.
Yo, señor, me llamo Adamit. Conocí a Nacor cuando por mi edad desesperaba de hallar un varón a la altura de mis  merecimientos; sin presunción lo digo, pero ha de saber que tuve otros varios pretendientes antes que él y a todos rechacé, superando las presiones de mi padre con la amenaza de hacer voto como nazarea.  Abrí, en fin, mi corazón a Nacor y, aunque Yahveh no se ha dignado darme hijos, a los de mi marido tengo por propios y la felicidad bendice nuestro hogar.

-          Siendo así, mujer –inquirió el Apóstol-, ¿qué es lo que te conturba y te hace venir a mí, en busca de consejo o de remedio?

-       -  Es el hecho, maestro -prosiguió Adamit-, que por encima de cualquier otro deber y sin consentir acomodamiento, Nacor ha venido cumpliendo el juramento de fidelidad perpetua a la amada, puntilloso como buen fariseo. Habiendo contraído el compromiso de no separarse de la mujer a quien amase, no toma en consideración que ya vienen siendo cuatro. En su día mandó confeccionar unas figuras articuladas de tamaño natural, con imagen de Sara y de Isabel, vistiéndolas al modo de ellas, con prendas y adornos prestados por sus respectivas familias. Con cera les ha formado una careta que imita sus rasgos y sobre el pecho llevan colocado un cartel con su nombre. En el caso de Esther, tomó su representación del natural, haciendo venir de Egipto a un embalsamador, que formó con su cadáver lo que en las tierras del Nilo denominan momia y, sobre las vendas del rostro, cubrió este con una máscara de oro, ónice y lapislázuli, que es la envidia de todos los ambiciosos de la comarca.
Tenemos esas tres figuras sentadas en una cámara especial de nuestra casa, a donde acude mi esposo tres veces al día, para saludarlas al nacer el sol, poner ante ellas al mediodía una muestra de las viandas que hayamos de comer y, al anochecer, retirar los platos de comida, desearles las buenas noches, y platicar con ellas durante unos momentos. Son instantes de intimidad, que él vive en privado, a puerta cerrada y sin revelar sus detalles, pero yo le he espiado en ocasiones por el ojo de la cerradura y pegando la oreja a la puerta, habiendo alcanzado a ver y oír lo que he dejado dicho.
Todo ello no deja de ser el fruto de una promesa poco meditada, que yo conocí antes de casarme con él y que en nada ha afectado hasta ahora al cariño que ambos nos profesamos. Yo, como mujer enamorada y sumisa, nada tengo que oponer o criticar del talante de mi marido, aunque no coincida con el mío. Mas existen momentos en que el voto se torna muy penoso y provoca el escándalo y el ludibrio de las buenas gentes, que nos tienen por locos.
Ello sucede cada vez que hemos de abandonar nuestra casa más de un día, por cualquier motivo. Nacor entonces apareja tres jumentos, coloca sobre ellos los espantajos –que Yahveh perdone la palabra- y, formando una reata con su cabalgadura, nos desplazamos así hasta el lugar de destino, donde las tres efigies quedan instaladas en la posada o la morada que nos acoja por huéspedes. Tanta es mi vergüenza, que he optado en lo posible por quedarme siempre en casa, como prisionera, sin viajar fuera de la aldea, no siendo al Templo de Jerusalén, por Pascua.
Según todo eso, dime, señor, si existe algún remedio para tal obsesión y desmesura que, en todo caso, no aflija a mi amado esposo ni haga caer sobre nuestra casa la ira de Dios.

-          -   Pides, mujer, remedio para un sufrimiento baladí –contestó el Apóstol-, nacido de un juramento que, aunque excediese de lo que un hombre puede prometer, fue ratificado con un holocausto y aceptado por Dios. No obstante, mi Maestro –el único que merece ese nombre- nos enseñó que Yahveh no quiere sacrificios sino misericordia, así como que el Templo está en cualquier lugar donde se reúnan dos o más en su nombre, porque en cualquier parte puede rendirse culto a Dios en espíritu y en verdad. Así pues, me retiraré a rezar por ti y pediré al Altísimo que exonere a tu esposo de ese voto enfadoso e inane, si a su misericordia pluguiere.

     Así dijo el Apóstol y, conforme a lo prometido, oró a Dios y Él lo escuchó. Llamando de nuevo a Adamit, le reveló su inapelable decisión:

-          -   Mujer, recuerda que no debes tentar al Señor, tu Dios. Mas, si te llega a ser insoportable el voto de tu marido, cuando vayáis por Pascua a Jerusalén, al regreso, salid de la ciudad por la Puerta de la Aguja. Y no olvides cubrir antes tu cuerpo con un manto negro, o te sucederá lo mismo que pueda acaecer a las imágenes de tus predecesoras  y al corazón de Nacor.




2.      La dispensa

     La Pascua del año siguiente resultó agotadora para la pareja de Nacor y Adamit, más los cuatro hijos de aquel y las tres acompañantes en efigie. Las plazas libres escaseaban en las posadas de Jerusalén y sus alrededores. Nacor no aceptaba que sus imágenes votivas pernoctasen al raso o en el patio de un caravasar. Al final, llevados de los demonios, los hijos de Nacor hubieron de velar a los pies de mulas y rucios, mientras los trasuntos compartían una pequeña celda en el desván. Adamit decidió que era el momento de hacer efectiva la posibilidad transmitida por el Apóstol y, cumplidos en el Templo los rezos y ofrendas pertinentes, sugirió a su marido salir de la Ciudad Santa por la Puerta de la Aguja.

     Así lo hicieron, no sin que la esposa echara sobre su cabeza el negro manto preparado al efecto. Para estupefacción de Adamit y de sus hijos, las tres representaciones desaparecieron como por ensalmo, quedando los asnos como mudos testigos de lo que hubo sobre sus lomos. Con todo, lo más llamativo es que, cuando uno de los muchachos dio un grito de sorpresa y alertó a su padre, Nacor volvió la cabeza y replicó distraídamente:

-         -   Ya veo. Nos han quitado la albarda de Balam. Ya me parecía a mí que la posada era una cueva de ladrones.

     Adamit estaba boquiabierta pero la luz se hizo como un relámpago en su mente. Hizo breve ademán de silencio a sus hijastros y susurró:

-            -    Tal vez, vuestro padre bendice este prodigio y no quiere hablar más de ello.

     En efecto, así fue en lo sucesivo. Nacor parecía haber olvidado repentinamente a sus amores perdidos y las imágenes con que los había reemplazado. Su mujer y sus hijos imponían silencio a quienes trataban de refrescarle la memoria. Poco a poco, el tema se cerró y la cámara de las figuras se convirtió en depósito para el aceite. Adamit cantaba con júbilo, mientras tendía la ropa:

La boca se nos llenaba de risas,
la lengua de cantares…
El Señor ha sido grande con nosotros
y estamos alegres.




     Pero ¡cuán poco dura la alegría en la casa de los pobres! A la Pascua siguiente, una compungida Adamit se presentaba a la puerta de la casa donde el Apóstol estaba celebrando la Pascua jerosolimitana, en unión de sus discípulos. Movido de la curiosidad, el maestro la recibió inmediatamente.

-         -   ¿Qué, buena mujer, salió todo como tú querías?

-        -   En un principio, sí, mi señor. Las otras mujeres se esfumaron y, lo que es más grande, desaparecieron en ese mismo instante de la cabeza de mi marido.

-         -  Demos gracias a Dios. Entonces, ¿a qué vienes de nuevo a mí? ¿Para darme las gracias, tal vez? Solo Yahveh las merece.

-         -  No solo a eso. Resulta que mi marido se ha olvidado de las mujeres a las que amó antes que a mí, así como de su desatentado juramento. Mas, al propio tiempo, sufre amnesia de los hechos y los sentimientos que vivió en aquellas épocas y que inspiraron su juventud. Nada sabe, sino desde el momento en que llegó a nuestro pueblo y me conoció. ¡Ay, señor! El Nacor que me enamoró, el que todo lo podía con su fortaleza y me conmovía con su ternura ya no existe. Ha de aprender ahora a cantar y bailar, a recitar versos amorosos, a prodigarme hábiles caricias, a besar entre bromas a sus hijos. ¿De qué me sirve que no haya otras mujeres antes de mí, que lo tenga a mis pies como mi alumno, que sienta como yo siento y viva lo que yo vivo? ¡Devuélveme, señor, al Nacor de antaño, aunque no sea enteramente mío, aunque haya vivido una vida sin mí, aunque eche sobre sus hombros la imagen de amores perdidos y los bese en la frente para desearles una buena noche! ¡Yo misma les serviré la comida, aparejaré los jumentos y cantaré y tañeré para ellas las estrofas de Míriam, hija de Amram! Todo eso haré y te daré cuanto pidas, con tal que me devuelvas a Nacor, a mi Nacor.

     El Apóstol la miró con gesto severo y rechazó su súplica, con estas palabras:

-          -  Mujer, te advertí de la nimiedad de tus motivos y del riesgo de tentar al Señor, tu Dios. Yahveh, en su infinita sabiduría, ha aplicado a cada acto humano su consecuencia. En nosotros está actuar con la prudencia de quien, antes de cimentar una casa, calcula si tiene dinero para construirla, o antes de entablar batalla, si tiene los soldados suficientes para vencerla. Ve, pues, en paz, procura el bien de tu marido y, si sales por la Puerta de la Aguja, recuerda lo advertido.

     Marchó Adamit como alma que lleva el diablo, censurando acremente la conducta de aquel siervo de Dios, tan necio como para no haberla avisado de los peligros de dispensar el juramento, y tan insensible como para no interceder ahora por Nacor y por ella ante el Altísimo. En su ceguedad, echaba en cara al propio Yahveh el haber aceptado en su día el sacrificio que consagrara tan insensato juramento. Y así, de denuesto en denuesto y de culpación en culpación, vino a pasar bajo la Puerta, sin acordarse de cubrir su cabeza con el manto. Al punto su figura se convirtió en humo y su alma, cual una sombra tenue, ascendió suavemente al encuentro de su Creador.

     En ese mismo instante, Nacor perdió del todo la memoria y, cual niño que empieza vivir, buscó a la madre en torno suyo y, no hallándola, rompió a llorar inconteniblemente.

***


     El Apóstol del Señor pasó un día por la aldea de Zeboím, camino del Mar Muerto. A la vera del camino, a la salida del pueblo, un hombre, avejentado y harapiento, se afanaba en trenzar guirnaldas de rosas silvestres, que ofrecía a los viajeros por unos cuartos. Sus manos encallecidas apenas notaban los picotazos de las afiladas espinas. El siervo de Dios lo miró a los ojos y, sonriendo, tomó una de las coronas, la bendijo y se la encajó en la frente. Y las espinas ni la piel laceraron. Luego dijo al discípulo que portaba la bolsa:

-          -  Págale dos cuartos, que su familia halle beneficio en su labor y le dé de cenar esta noche.

     Y, desde aquel mismo día, hasta que Nacor fue llamado por el Señor a su Gloria, los escaramujos de Zeboím tuvieron las espinas tan blandas como lo había pedido el Apóstol al bendecir la obra del desmemoriado artífice: Dios Padre haz, en tu providente misericordia, que las espinas de las guirnaldas que trence este desdichado hijuelo tuyo sean tan suaves como Tú habrías querido lo fuesen las de la corona de Jesucristo, nuestro Señor.

     Por eso, y hasta el presente, los habitantes de aquella aldea recitan los versos de un dicho, cuyo sentido han perdido con el paso del tiempo:

De Zeboím las espinas,
te penetran tiernamente,
con el dolor de la vida.
Ni el corazón ni la frente
Sufren con tan dulce herida.








[1]  El papiro que he consultado para transcribir este relato no precisa de qué Apóstol se trata, seguramente, por figurar su identificación en otro fragmento del texto, hasta ahora perdido. Quede para los expertos elucubrar sobre este extremo, poco relevante para mi propósito divulgador.

viernes, 18 de diciembre de 2015

EL CIELO DENTRO DE TI


El cielo dentro de ti

Por Federico Bello Landrove

     Este no es un cuento histórico, aunque algunos de los hechos y personajes lo sean. Se elabora en torno a la construcción de la maravillosa cúpula de Santa Sofía de Constantinopla, pero su objetivo es el de traer a colación esta idea de mi experiencia y mi fantasía: Que el amor y la casualidad no pueden ser ajenos a la racionalidad, ni en la ciencia ni, menos aún, en el arte.



1.      Un problema irresoluble

     Corre el mes de junio del año 535. El ingeniero Isidoro de Mileto, director de las obras de la magna basílica palatina de Santa Sofía en Constantinopla, encastillado en su improvisado habitáculo del segundo piso del templo –llamado nido de golondrinas-, está sudando la gota gorda. Y no es solo porque el calor agobie, sino que se va agotando el plazo fijado por el Emperador para culminar la gran obra, que algunos ya llaman, entre jocosos y enfadados, el sueño de Justiniano[1]. Esta es la fecha, que la coronación abovedada del magno templo brilla por su ausencia y, en su lugar, improvisados toldos cierran en parte su espacio, tratando de protegerlo de lluvias y solaneras. Isidoro recuerda…
     Imagina la escena de un día, tres años atrás, en que, acompañando al gran Antemio de Tralles, el insigne matemático y creador de belleza, fue recibido en audiencia por el gran Rey y presenció la más colosal trifulca que habría podido imaginar, cuando con  toda solemnidad Justiniano les hubo dicho:
-          Las turbas, desagradecidas e incontroladas, expoliaron y sometieron al fuego, unos meses ha, la sede de la Divina Sabiduría. Quiero, arquitecto, levantar sobre sus doloridos restos el templo que merece la Divinidad y la dignidad de quienes en él oremos. La cosa urge y es mi voluntad que te sujetes a plazos perentorios. Tendrás cuarenta días para presentarme los planos y, una vez sean estos aprobados, cinco años para llevar la obra a feliz término.
     No era persona Antemio que permitiera imposiciones absurdas en su trabajo. Mal encarado, con la indiferencia que dan los muchos años y, sobre todo, agotado e insomne por un largo viaje a uña de caballo, replicó:
-          Ni la solidez ni la belleza admiten tales plazos, fruto de la ignorancia de Su Augusta Majestad en estos temas.
     Allí fue ella. Las palabras fueron subiendo de tono y de violencia. El Emperador, iracundo, empezó a usar para sus dicterios el dialecto ilirio de su infancia, trufado de eslavismos. No se quedaba corto en las respuestas el maestro lidio, que paulatinamente iba perdiendo los estribos, hasta que Justiniano sentenció:
-          ¡Maldito bastardo, arquitecto de pacotilla! Tendrás al punto los hombres y los materiales que necesites. ¡Pero, como no cumplas los plazos, te cortaré la nariz y las orejas y echaré tus manos a los cerdos del Patriarca!
     Con afectada pomposidad, Antemio se inclinó ante el trono y, haciendo una seña al espantado Isidoro, fueron caminando de espaldas hasta embocar la puerta de la gran sala. Una vez fuera, el de Tralles sonrió al milesio y dijo:
-          No te inquietes. El Emperador no es mala persona y, habiéndose comprometido ante la Corte a no escatimar obreros ni suministros, podemos estar relativamente seguros de que hará honor a su palabra. Por ahora, preocupémonos de los planos. La Navidad de 537 está lejos todavía.
***
    Al recordar aquellos momentos, Isidoro no podía menos de reír entre dientes, mientras aliviaba el calor aplicándose un paño húmedo a las sienes. ¡Claro que habían cumplido con la cuarentena de los planos! Antemio parecía tener en la mente el magno proyecto y, donde no, aprovechaba las trazas de la hermosa iglesia arruinada por la rebelión de Niká. Isidoro se centraba en los cálculos de resistencias y los materiales a emplear. El tiempo se agotaba, sin que Antemio hubiese concluido el punto sobresaliente del abovedamiento y la cúpula del templo. Celoso de su arte hasta el extremo, dijo a Isidoro:
-          ¡Ea!, presentémosle un bosquejo de líneas, figuras y medidas que dé el pego, como si fuese la viva imagen del Cielo en la Tierra. La bóveda ya la tengo diseñada en mi cabeza, ¡pero esa cúpula!
     Isidoro asintió y, durante los últimos días de los cuarenta prepararon un embeleco muy aparente y creíble. Tuvieron la suerte de que el Emperador apenas dejó intervenir a sus consejeros, dejándose engatusar por la labia de Antemio, por una vez respetuoso y afable. No obstante, Justiniano era bastante entendido y se percató de la falta de precisión del proyecto:
-          Esta cúpula, arquitecto…
-          Será la octava maravilla del mundo, mi Señor. Ved su inmensa circunferencia. Pero el ingeniero y yo tenemos grandes proyectos para hacerla más elevada y luminosa. Presentada ahora con carácter definitivo, podría resultar pobre, comparada con lo que vamos a diseñar, gracias a un estudio de las secciones cónicas que estoy ultimando. Claro que, si Su Augusta Majestad quiere conformarse con lo que ahora podemos ofrecerle…
-          ¡De ninguna manera, arquitecto! ¡Quiero lo mejor! ¡Quiero vencer a Salomón! ¡Quiero… quiero…!
-          ¿El Cielo en la Tierra, Majestad?
-          ¡Eso mismo! ¡Y pobre de ti, trallano, como no me lo consigas!
     Verdaderamente, Antemio sabía salir airoso de casi cualquier situación.


***
     Pues bien, los dos años transcurridos desde aquella decisiva cuarentena, puede decirse que habían sido bien aprovechados. El Emperador, cada vez más poderoso y rico, había cumplido con creces la promesa hecha a Antemio. Sus dominios y los reinos vecinos habían volcado sus tesoros sobre aquél rincón del Cuerno de Oro: pórfidos y basalto, mármoles y vidrio, nácar y ébano, oro y bronce, habían ido conformando la espléndida estructura, hasta levantar ciento veinte pies del suelo. Diez mil operarios habían entregado su trabajo para convertir aquellas montañas de sillares y ladrillos, aquellas inmensas balsas de mortero, en la espléndida construcción que habría de sostener el Cielo de Justiniano. Isidoro había bajado a los infiernos de la cimentación y se había ceñido los lomos como un capataz más para dirigir la erección del ciclópeo zócalo de piedra caliza, que dotaría al edificio con el don de la eternidad. Y luego, coser y cantar: hiladas de grandes ladrillos, como soldados en formación, unidos y revocados por el cemento rojizo de cientos de artesas. Arriba, arriba; más alto, siempre hacia el cielo, sin pausa ni descanso, con la rapidez creciente de la experiencia y la premura. Múltiples vanos, como un sutil tejido de luz, hacían cada vez menos necesaria la tarea rutinaria de los albañiles y más perentorio el cálculo y el lujo de los maestros de obras y los artesanos. Todo avanzaba según lo previsto y, sin embargo…
     Sin embargo, Antemio, cada vez más irascible y achacoso, no acababa de dar con la fórmula esencial para resolver el problema de aquella cúpula gigantesca de cien pies de diámetro, que habría de flotar en el espacio como las esferas que soportan las estrellas. Sí, con la ayuda de su ingenio y la de su inseparable Isidoro, había resuelto el problema de la aparente levedad, gravitando sobre cuatro esbeltísimos pilares centrales, que trasladaban casi todo el peso a los contrafuertes de los muros exteriores, mediante el juego de los arcos de las naves laterales. También había brotado de su mente la maravilla de las exedras y cupulinas en disminución, que hacían el milagro técnico de servir a la esbeltez y belleza de la cúpula madre, cual hijos dichosos de contribuir meramente a la gloria de su progenitora.
     Isidoro había ideado los materiales ligeros que permitirían a la hemiesfera celestial elevarse como nunca se había visto, y recibir la luz del astro rey por decenas de ventanas, como estrellas que irradiasen los mil y un matices filtrados por vidrios polícromos, fusionados al interior del templo en la claridad iridiscente o ambarina con que se dice que los Santos desfilan ante el Cordero.
     Sí pero… todo eso estaba tan solo en la imaginación de los artistas. El tiempo pasaba y Antemio, soberbio y aislado en su habitáculo de tablas y cuerdas, no superaba el escollo mayor, aquel que impedía el progreso de toda la bóveda y reducía lo ya realizado a la magia inútil y soberbia de la Torre de Babel. Isidoro daba mil vueltas al problema, sin atreverse a preguntar al Gran Maestro, gruñidor y achacoso, cuya respiración era un silbido y su paso un arrastrado desliz. Ya no bajaba nunca a tierra; se hacía servir en las alturas el sustento y dormía reclinado entre cojines, en una improvisada yacija adosada a un pilar central, como si quisiera recibir la vida y la belleza por contacto con el broncíneo collarín de la columna. Siempre las mismas dudas, los mismos errores, las horas perdidas encorvado sobre los planos. ¿Cómo posar la cúpula femenina y celeste, con su curvatura perfecta, sobre las líneas rectas, a escuadra, masculinas? ¿Cómo convertir el espacio cuadrado en una corona imperial? ¿Cómo, en fin, alcanzar el éxtasis de la perfección esférica, descansando sobre la rutinaria técnica del cuadro?
    Así estaban las cosas cuando, una mañana de otoño de 534, Antemio amaneció muerto. La cúpula preciosa y obscena, como una amante caprichosa y exigente, le había negado sus favores y dejado morir en la miseria moral. Era la hora de Isidoro. Él lo sabía y un emisario de Palacio se lo confirmó. El nuevo arquitecto jefe se dijo:
-          El Cielo ahora está dentro de mí.


 2.  La Leuca

     Quedamos, amigo lector, a comienzos del verano de 535, a falta de dos años para que se cumpla el plazo del Emperador. Siete meses ha que Isidoro es el maestro principal de la construcción y esta no ha dejado de crecer desde donde la hubo dejado el difunto Antemio de Tralles. Los ciento veinte pies de altura de los muros han pasado a ser treinta más. Las bellezas del templo se multiplican, al ritmo del lujo y el buen gusto. Cientos de artesanos colorean las piezas que, cortadas luego en minúsculas teselas y cubiertas de oro, formarán los sacros mosaicos, orgullo de los artífices bizantinos. Los pintores bosquejan ya las escenas que se convertirán en frescos murales, a mayor gloria de los Santos del cielo y de los optimates de la tierra. Todo onece, sí…, pero Isidoro sigue empantanado con esa maldita media naranja inflada, sin la cual todo el magno edificio es pasión inútil. Ha sucedido a su viejo antecesor en el nido de golondrinas, pero tan solo para sufrir y envejecer como él. Tiene cumplidos los cincuenta años y apenas encuentra fuerzas más que para pensar en términos de transformación armoniosa del cuadrado en círculo, con la misma gracia que el mar besa la arena, o el sol transforma en sangre el zafiro sombrío de la noche.
-          Dos años… ¡Qué va! Dos meses, o dos semanas, días tal vez. Muchos obreros han sido retirados por falta de trabajo, y la lenta y laboriosa transformación del la fría arquitectura en asombroso decorado no permite ya más demora. ¡Ahora o nunca!  
     Afortunadamente su sobrino, Isidoro el Joven, ha aprendido ya lo bastante como para dirigir las tareas allá abajo, liberando a su angustiado tío de lo que despectivamente llama maestría de obras e intendencia rutinaria. Precisamente de allá abajo ascienden los ecos de alguna trifulca de las que periódicamente protagonizan los obreros por ebriedad, encontronazos o hurtos. ¿Qué será esta vez? Se asoma por entre las cuerdas que sostienen su nido y acierta a divisar un grupo de operarios que zarandean y empujan a otro de ellos. Los gritos más penetrantes denotan, por su agudeza, la voz de una mujer. El Joven, casualmente junto a su tío, hace un gesto de resignación y dice:
-          En fin, voy a ver…
     Pronto el griterío cesa y el grupo airado se disuelve. Frente a frente quedan el arquitecto novel, la mujer y el capataz:
-          Así que eres una leuca[2], asevera el Joven. ¿Cómo se te ocurre venir a trabajar aquí, trayéndonos el riesgo del contagio?
-          No estoy leprosa. Llevo conmigo estas manchas desde hace años y no he tenido el menor síntoma de laceria.
-          Entonces –terció el capataz-, ¿Por qué ocultabas las manchas de tus manos? ¿Por qué no te presentaste a un protomédico que certificase tu limpieza?
-          No preciso de ello.
-          ¿Conque no, eh? Esta miserable fregona se siente por encima de las normas que nos obligan a todos.
-          ¿Qué patente aduces para exonerarte del reconocimiento?, inquirió el arquitecto.
-          Esta, señor. Yo no vengo de la calle, sino de la mansión del general Belisario. Soy…, fui amiga y luego criada de su esposa, Antonina. Ella me colocó aquí.
     El Joven la miró a los ojos. Además de hermosos, parecían sinceros. Algo había en el porte de aquella fregona de pórfido y pulidora de bronce, que no se compadecía con la ropa holgada y miserable que la cubría. Está bien: Había invocado a Antonina y eso era como clamar en nombre de Teodora, la Emperatriz. La cosa podía resultar complicada y no dejaba de ser curiosa. Resolvió tajante:
-          Capataz, vuelve a tu puesto y tranquiliza a los obreros a tu cargo. Y tú, mujer, ven conmigo. Expondrás tu caso al arquitecto jefe.  


***
     El arquitecto jefe escuchó su relato:
-          Yo, señor, me llamo Anastasia y soy hija de una familia de carpinteros de ribera próxima a Tesalónica. Habiendo recibido la belleza por toda herencia, mis padres me enviaron a esta Ciudad, recomendada a nuestra amiga Antonina, para ser como ella actriz y suplicante en el Hipódromo. En verdad, con el pretexto de aprender el oficio, vine a parar en “El oso azul”, donde tuve de pagar como meretriz las lecciones teatrales que allí se me daban, las cuales tienen el contenido erótico y lascivo que Su Excelencia, sin duda conoce.
     El Joven iba a reprender su atrevimiento, pero Isidoro lo contuvo con el gesto. La mujer, con su bella voz grave de acento tesalio, aspirado y sibilante, prosiguió:
-          San Narciso hubo de protegerme pues, no solo no tuve ninguna de esas repugnantes afecciones que se contraen por do más pequé, sino que di por fin el paso hacia la representación y la danza. Dios me fulmine si miento, pero llegué a ser telonera de la Emperatriz Teodora. Yo representaba el Nacimiento de Venus, inmediatamente antes de que ella embelesara al auditorio con su famoso número de la Posesión de Leda[3].
     Esta vez no pudo el tío contener la vehemente interrupción del sobrino:
-          Si tan brillante era tu carrera, infame descocada, como para rozarte con nuestra Señora, ¿cómo es que has acabado fregando el suelo y cubierta de manchas?
-          Prosperé –continuó Anastasia, sin inmutarse-, pero no hasta el punto de verme libre de la violencia y lascivia de mis empresarios. Y cuando creí que surgía el arco iris sobre la lluvia de mis lágrimas, he aquí que mi amado resultó ser el peor de todos porque, siendo igual a ellos, pudo lograr lo que ninguno antes: romperme el corazón.
-          No es el corazón, muchacha, lo que te veo dañado, aunque a fe que lo lamente –intervino Isidoro-, sino esas manos manchadas, que alarman a quienes se te acercan.
-          Lo uno trajo lo otro –repuso la mujer-. Maltratos y desengaños brotaron en mi piel y llegaron a extenderse tanto que, no pudiendo ocultarlo por más tiempo, fui expulsada de aquel negocio y rechazada por quien fue mi mayor tormento.
     Dicho esto, Anastasia se remangó y abrió la pechera de su oscuro sobretodo, dejando ver cómo las decoloraciones de su epidermis se prolongaban y extendían por otras zonas de su cuerpo. Se dejó contemplar por unos momentos, y dijo:
-          Abandonada y mísera, me atreví a acudir a Antonina, quien ínterin había mudado tanto su fortuna, que era la esposa del gran Belisario y vivía en palacios de ensueño. Compadecida, me dio trabajo como limpiadora en su casa. Luego, tal vez temerosa de un contagio, me despachó con su recomendación para esta santa obra, con el pretexto de que aquí ganaría más, siempre que ocultase mi tara. Eso hice hasta el día de hoy y es cuanto tengo que decir a Su Excelencia.
     Isidoro suspiró. Desde sus ya lejanos tiempos de estudiante en Mileto, tenía horror a las decisiones comprometidas; pero no era menos cierto que su espíritu era sensible. De otro modo, ¿cómo habría podido aspirar a la belleza en su arte? Reflexionó durante unos momentos, miró con fijeza a Anastasia y dijo:
-          En todas partes se puede limpiar y pulir. Cuidarás del orden y el aseo de este habitáculo; sacarás brillo a los bronces de mi pilar hasta que reluzcan como la espada de un arcángel, y procurarás que en mi jarra haya siempre agua fresca y en mi plato, nueces e higos secos. Esa será tu tarea, hasta…, -susurró- hasta que el Emperador ordene que me corten las manos y la lengua. Pero, ¿qué haces ahí parada? ¡Ve abajo por lo que necesites! Di que yo te lo he ordenado.
     La mujer inclinó con respeto la cabeza y se deslizó veloz por la escala. El Joven miró a su tío de hito en hito, con cara de enfado. Este se sintió forzado a justificarse de manera algo airada:
-          ¿Qué quieres que haga? Los obreros no la aceptan y Antonina no consentiría que la echara. Al menos, me hará menos desagradable la estancia en esta maldita tela de araña.



 3.  Las golondrinas en el nido


     El verano declina. En el Nido de golondrinas todo continúa igual. Isidoro cavila de manera incesante acerca del cáliz –su cáliz de dolor, como lo llama- del que debe brotar la etérea corola, cuyo perfume llegará hasta el trono de Dios. Más de una vez ha pensado en vender su alma, ensayando fórmulas mediocres que puedan salvarle de la mutilación, pero no de la vergüenza. De su parte, Anastasia sube y baja para que su señor beba siempre el agua fresca y tenga las mejores nueces –esas que se abren como cerebros disecados o batracios a punto de saltar- y los higos más dulces  – corazones de arrope, como los que ella habría dado su vida por encontrar-. Todo igual: el calor sofocante, la presencia autoritaria del Joven, el ascenso mural hasta las nubes… y ese sol justiciero que, insinuándose por entre los huecos de los toldos, parece burlarse de la inutilidad de tan colosal esfuerzo.
     Todo continúa igual. ¿Es así? Aparentemente. Pero cuando la mujer asciende con el cántaro, no solo escancia el agua en la copa, sino que llena con ella una pequeña jofaina; enjuga el sudor de la frente del arquitecto y mojando un paño blanco, enfría sus sienes y sus muñecas. Es un pequeño gesto. Como lo es que, cuando Anastasia ciñe sus ropas para pulir el bronce o restregar el suelo, Isidoro levante la vista de los planos y siga con la mirada su vaivén o su cimbreo. Ella se ha percatado, como también de que, al refrescarlo, reclina suavemente la cabeza sobre su pecho, con sutil predilección. Isidoro es un hombre mayor, serio, acomodado, que se siente desdichado por un motivo que ella no acierta a comprender. Es seguro –piensa- que, si se fija un poco en ella, es por deseo; un deseo -ella lo sabe muy bien-, que nace como suave céfiro en la mañana, estalla cual huracán a mediodía y se agota en la brisa con que declina la tarde. ¡Bah!, toda su cortesía y su respeto valen lo que los afectos de cualquiera de los hombres; todos diversos en su apariencia pero iguales en egoísmo y dureza. ¡Si lo sabrá ella, que lleva en el alma el sello del desprecio y en su cuerpo los estigmas del horror sufrido!
     ¡Malditos, malditos sean! ¡Cuánto habría dado por ser como Teodora y Antonina, cortesanas astutas, lascivas, promiscuas, manipuladoras de hombres! ¡Ay, si sus llagas hubiesen sido las enfermedades del sexo, con las que contagiarles el dolor, al mismo tiempo que saciaban el fuego del deseo!
     Y sin embargo… ¿Será posible que él no sea así?; ¿que vea, a través de su cuerpo, latir de su alma?; ¿que se haya empapado de la majestad de los ángeles, a los que construye esta casa? Sonríe y se declara estúpida. Así ha empezado siempre, confundiendo realidad y deseo, la apariencia con el fondo, las palabras con las obras. Sí, es cierto. Y sin embargo.
     “Sin embargo, ayer me excedí al mostrarle mi cuerpo y él lo percibió. No son solo manchas de aurora las que surgen en mi piel. Pústulas y llagas se extienden por mis brazos y mi vientre, con comezón irresistible, que arraso hasta hacerme sangre y que me deprime hasta el llanto imposible de contener. ¡Tengo psora[4]! Mi cuerpo va envolviéndose en una funda de cera y mis coyunturas –antaño propias de una bailarina- se hinchan y entumecen, hasta el punto de dificultarme el trabajo más sencillo. Pues bien, Isidoro lo percibió, me atrajo hacia sí, me quitó el cepillo de pulimentar y tocó suavemente mis pústulas, como acaricia un sanador. Solo dijo una palabra: ¿Sufres?
     “No respondí, pero así con fuerza su mano y lloré como siempre y como nunca; como todas las noches y como cuando era niña. Lágrimas ardientes, hondas, profusas, que se ofrecen al amigo pidiendo comprensión y piedad. Él no dijo nada. Dulcemente, me sentó en su silla de arquitecto y, con esa su voz nasal y cálida, me mostró las trazas del templo y me explicó los detalles de la obra, sus emociones, sus dificultades, su dolor cupular. ¿Entiendes, alma mía? Me dio lo mejor de sí: su ilusión, su trabajo, sus fracasos, sus sueños… Y, al caer la tarde, cuando todos abandonan el tajo, aún estuvo un buen rato susurrando consuelos y atusándome el cabello. Y, ¿sabes lo que más me conmovió? Que, a solas con él, escotada, abandonada a su voz y a sus brazos, ni siquiera una vez observé que mirara mi pecho.
     “En la oscuridad de mi cuarto, en el calor insoportable del lecho, solo tengo ojos para su imagen y una obsesión martillea mi mente: ¿Qué puedo hacer por él? ¿Cómo tornaré placentera su ansiedad? En el fondo, ya estoy pensando como un mercader, en pagarle su ternura. Él no pide nada de mí, es cierto. ¡Pero soy yo quien quiere dar sentido a mi vida, entregándole algo de mí que le haga feliz!”   
***
     Amanece, incluso en aquel cuartucho en el que Anastasia pernocta. Ya tiene la decisión tomada, después de no haber pegado ojo durante la noche. Del baúl que guarda todas sus pertenencias saca un frasquito de perfume de nardo y una pequeña prenda dorada. Lava su cuerpo con agua salada; lo unge con lo que queda del perfume; cela sus pechos regulares y firmes en aquella tela sutil, recuerdo de sus tiempos de comediante de burdel; finalmente revístese de la basta y oscura túnica de obrera. Un mínimo espejo le devuelve su rostro, moreno y triste, el cual va orlando con sus trenzas de azabache, que podrían servir de guirnalda a la diosa Diana. Sonríe. En otra ocasión se habría dicho parezco una ternera preparada para el sacrificio. Hoy se siente una cordera que se entrega fielmente a la firme voluntad de su corazón.
     El día pasa, lento, monótono, bochornoso. A media tarde, la calígine estalla en un mar de lluvia, mientras los relámpagos rasgan el cielo y los truenos parece harán caer aquel nido tejido en la cima del templo. Es el momento. Isidoro, regla en mano, ajeno a todo, escudriña los planos.
     Anastasia se acerca, abre su vestido hasta la cintura, toma la mano del arquitecto y la posa sobre la curva tibia y vital de uno de sus senos. Isidoro, aunque sorprendido, deja hacer. La mira con ternura, acaricia la turgencia y, como un niño hambriento y amoroso, deposita un beso en su cumbre oscura, que resalta tras la tenue, casi transparente, sarga de seda dorada, tachonada de conchas color turquí.
     La mujer echa las manos a la espalda, presta a desanudar el hilo de oro que separa su pecho del la boca del amado. Mas, en ese mismo instante, al echarse levemente hacia atrás para ayudarla en su empeño, su grito inesperado paraliza a ambos. A la luz, violenta y azulada de un relámpago, Isidoro ha visto al fin todo el esplendor de Anastasia. Los dos triángulos isósceles, dorados y planos, transformados en dos perfectas curvas convexas, que cantan en la tormenta las glorias de Eva, la tentadora reina de la Creación.
     El arquitecto se pone en pie y, tomando entre sus manos el rostro de la joven, besa su frente. Luego, levantando los ojos, se enfrasca por unos instantes en la contemplación del lugar donde habría de posarse la cúpula de sus desvelos. Anastasia, corrida, cubre de nuevo el busto y no sabe qué hacer. Al punto, los ojos de Isidoro vuelven a fijarse en ella y, tomando su mano, pronuncia estas sibilinas palabras, antes de volver a la mesa de los cálculos:
-          Querida muchacha, el Cielo está dentro de ti.
     Ella, mecánicamente, toma el cántaro y, poco a poco, desciende la escala, sabiendo cada vez con mayor certeza que nunca más la volverá a subir.
***
     Unos dejan morir el amor; otros ignoran que lo han provocado. Quienes lo ocultan jugando a la confusión; quienes lo llevan hasta el país eterno de lo imposible. Quizá todos, alguna vez, han buscado afanosamente lo que por gracia se les daba. Quizá todos, alguna vez, lo han hallado sin esperar. O, tal vez, todos somos, al mismo tiempo, juguetes del Amor, que no admite reglas, ni tácticas, ni raciocinios. Tal vez…
     … Tal vez, Anastasia, esa misma tarde, tomó la resolución de retornar a Tesalónica con su familia, en las orillas del mar que besaba la playa, a la que su madre tantas veces la llevó. Entre dientes, canturrea la canción que ambas entonaban cuando sus pies hollaban la arena blanda o dejaban que los besara la espuma de las olas. Recitaba su madre:
Dime, mi bien, qué tiene el mar,
que te llama cual padre en la mañana,
que te mece en la cuna de los sueños,
que te acoge con brazos de titán.
     Y la niña, ahora mujer, enferma y firme, enuncia la conocida letanía de gozos y dones del piélago amigo:
Consejero en la brisa,
rumoroso consuelo,
rugiente fortaleza,
undosa eternidad…
     Anastasia deja atrás la Polis, la Ciudad por antonomasia y busca cura en las aguas, ya oscuras, del mar.


 4.  Epílogo



     Diciembre de 537. El gran Justiniano acaba de visitar la basílica de la Santa Sabiduría de Dios, convertida en un ascua de oro, con la cúpula como ornato celestial. Entre los esbeltos pilares oblongos y la semiesfera estrellada, los insólitos y armoniosos triángulos esféricos, que un día descubrió Isidoro en el pecho de alguien que lo amaba y por eso se le ofreció. El Emperador está exultante. Bajo la cúpula grita:
- ¡Salomón, te he vencido!
     Abraza con entusiasmo al arquitecto. Le pregunta:
-         Hermosos soportes los de la cúpula. ¿Cómo los llamaremos?
-         Pechinas, Majestad.
-         ¡Cierto! Parecen conchas.
-         En efecto, Señor, conchas de Venus.
-         ¿Cómo que de Venus?, tercia Menas, el Patriarca.
-         Muchas formas y caminos tiene el amor de Dios, sentencia Isidoro. No nos cerremos a la infinita Sabiduría Divina en esta su sede santa.
***
     En vísperas de la Natividad de aquel año de gracia, el arquitecto Isidoro de Mileto encargó una lámpara votiva de bronce para colocar ante el altar de la Epifanía. Era su modesto homenaje a la mujer que le había salvado vida y honor. El metalista le preguntó qué leyenda habría de grabar. Isidoro recordó aquellas pústulas que tanto le habían unido a Anastasia, y cómo esta las curaba con agua salada. La voz se le entrecortó cuando pronunció la palabra de la dedicación:
-         Zálassa –el mar-.
     Y, como olas que no refrena la arena, las lágrimas corrieron por el rostro, curtido y ajado, del viejo ingeniero, sabio y fiel al fin.



  



[1]  Rindo tributo con esas palabras a la notable novela histórica de Salvador Felip, El sueño de Justiniano, publicada por Ediciones B, siendo su primera edición del año 2010.
[2]  Literalmente, una blanca, en alusión a la pérdida de melanóforos en la piel de quienes padecen la enfermedad ahora llamada vitíligo. El mal puede considerarse leve y no contagioso, aunque produzca un notable daño estético.
[3]  Dicho número, que hizo famoso la luego Emperatriz Teodora, simulaba la mitológica fecundación de Leda por Zeus, convertido en cisne. Teodora lo representaba muy ligera de ropa, empleando ocas en lugar del cisne y fomentando el picoteo de dichas anátidas en lugares recónditos de su cuerpo, a base de ocultar en ellos semillas atractivas para aquellas.
[4]  Psora es palabra griega con la que se designaba la sarna y, por extensión cualquier enfermedad que cursara con fuerte picazón. Por el relato de Anastasia, es de suponer que padeciese psoriasis, una enfermedad de la piel susceptible de producir artrosis y graves complicaciones hepáticas y digestivas.