sábado, 12 de septiembre de 2015

CRÓNICAS DE UN CLAUSTRO (II)




Crónicas de un claustro (II)

Por Federico Bello Landrove

     Continúa en este relato la saga iniciada en Crónicas de un claustro (I), que es conveniente haber leído antes, para tomar contacto con algunos personajes comunes a ambos. A saltos, del Instituto masculino al femenino, vamos conociendo las anécdotas jugosas y los deslices chocantes de ciertos claustrales, con el tono humorístico y comprensivo de Esiquio - el bedel narrador principal-  y mío, como buen discípulo suyo, cuando menos en eso.



5.  Intercambio generacional

     ¡Oh divino paraíso, con su ángeles guardianes y todo! Alude mi exclamación a los Institutos femeninos de antaño, deliciosos gineceos a los que Adán tenía vedado el acceso, a no ser que vistiese de traje y corbata, o llevase uniforme azul marino con botonadura dorada.
¡Oh ejemplos de inescrutable sabiduría divina, más liberal que en las escuelas, donde los corderos y las corderas eran pastoreados únicamente por zagales de su mismo sexo!

     Permítaseme tan metafórico introito, para presentar una dinámica frecuente entre muchas adolescentes y jovencitas estudiantes, y ciertos profesores atractivos por su ciencia y carácter, que no rebasaran los cuarenta. Este era el caso de don Raúl, catedrático de Francés, excelente por casi todos los conceptos. Todo el claustro de profesores era consciente de la popularidad e intenso afecto que Monsieur concitaba entre sus alumnas de los últimos cursos, cuyas clases eran las únicas asumidas por él. Lo de llamarle Monsieur –en realidad, Mesié- había sido una impagable simplificación de un bedel del Femenino, quien no lo tragaba, desde que había suspendido a su hija en junio y setiembre, con la justicia insobornable que lo caracterizaba. Y no era el único en desdeñar a aquel ídolo del alumnado. Don Severo, el de Ciencias Naturales, había estado a punto de llegar a las manos con Raúl, cuando este se hubo enterado de que el primero le llamaba el encanto de las nenas y el castigador de los ojos garzos. Pura envidia, naturalmente. Ni don Raúl embelesaba a las mozas con su físico, ni llevaba su contacto más allá de la charla amistosa y la caricia paternal.

     Pero, claro, estaban las excursiones al vecino País[1], y ahí las fantasías se disparaban, por más que don Raúl –a quien asignaré el apellido Solsona- se hiciera acompañar de algunos otros profesores, medida muy prudente, se mire como se mire. Ahora bien, condición inexcusable era la de dominar la lengua de Molière y evitar todo favoritismo en la selección. Y esos eran dos requisitos que no cumplía Benita Landero, esposa de Solsona y catedrática de Griego en el mismo Instituto: una lástima, como veremos.

     Convendrán mis lectores en que no era fácil la posición de doña Benita, por mucha que fuese la confianza que tuviera en la fidelidad de su esposo. Tampoco contribuían a ayudarla los puntazos y chascarrillos de ciertos compañeros, ni la circunstancia de que ella fuera una docente desvaída y con pocas alumnas, situación totalmente opuesta al exitazo que tenía su marido.

     No sé cómo pudo llegar a Esiquio, en el Masculino, la noticia sobre la famosa gota que hizo desbordar aquel vaso. Lo cierto es que, años después, me lo contó así:

-          Fue don Ricardo Mesa, el cura que daba Latín en el Femenino. Un buen día, se entrevistó en secreto con doña Benita en la capilla y, de la forma directa y campanuda que solía emplear, le echó en cara que fuese tan tolerante con las confianzas que su marido se tomaba con algunas alumnas, y estas con él. La pobre mujer ya estaba madura, después de tantos cursos soportando chanzas ajenas y dudas propias. Así que le siguió la corriente y, muy avergonzada por lo que sucedía, le pidió consejo. Don Ricardo debió de indicarle que, de la forma mejor y más expeditiva que se le ocurriese, hiciera ver a don Raúl lo que ella sufría con su comportamiento, del mismo modo que le pasaría a él, si las cosas fueran a la inversa.
-          Algo impensable, conociendo a la mujer y con el machismo que entonces imperaba –apostillé-.
-          ¡Hombre!, se trataba solo de que no se acogiera él al cómodo expediente de que era una exagerada y una histérica, por hacer un mundo de una nadería. Tú ya me entiendes.

     ¿Cómo no iba a entender a Esiquio, con lo bien que se explicaba? Quien seguramente no entendió las cosas correctamente fue doña Benita. En cualquier caso, se le acabaron yendo de las manos.

***

     Había llegado al Instituto, recién licenciado, gracias a su notable expediente y a cierta influencia del Inspector. No tenía en su voluminosa cabeza otra idea fija que adquirir experiencia y conocimientos para presentarse a las próximas oposiciones de Griego. Para él no había charlas con otros profesores, tonterías con las alumnas, ni cafés en el recreo. Simple ayudante recién venido y con semejante actitud, se estaba convirtiendo en un hombre de celofán, como llamaba el de Filosofía a los colegas que pasaban completamente desapercibidos.

     Naturalmente, algunos sí se habían percatado de que el profesor Lozano existía. Uno de los perspicaces era Carmina –colega y coetánea de Esiquio en el Femenino- , que no resistía a los novatos que entraban pisando fuerte, como si fuesen a comerse el mundo. Lozano, por el contrario, era de los que permanecían a la expectativa, captándolo todo, aprendiendo de todos, incluso de las bedelas:

-          No veas la de preguntas que me hace –comentaba Carmina-. Claro, como dice que yo soy la memoria viva de este Centro…

     Otra que no tenía más remedio que saber de la existencia y labor de Lozano era doña Benita, la catedrática de su asignatura. Y, si no se fijaba, para eso estaba él, siempre modesto y servicial, poniéndola en el sitio que ella siempre creyó merecer, aunque muy pocos se lo reconocieran. Sus pláticas en la antigua biblioteca –que servía de despacho para el seminario de Clásicas- eran cada vez más extensas y variadas, por más que siempre arrancaban de las preguntas de Lozano acerca de la opinión o el criterio de Benita sobre temas académicos. Pocos profesores tenían con ella confianza suficiente para embromarla a este respecto: Solo don Ricardo Mesa, quien al cruzársela un día en el pasillo, guiñó el ojo y con su aguardentosa voz, le dijo:

-          Espero que te estés tomando en serio lo que te advertí.

     La interpelada sonrió y asintió. Por primera vez en varios meses, la asiduidad del joven Lozano y las sugerencias del padre Mesa confluyeron en la mente de Benita de un modo consciente y finalista. ¿Quién mejor para tratar de dar achares a su marido que este jovenzuelo, escasamente atractivo y con toda la pinta de padecer anafrodisia?

     Dicho y hecho. Después de todo, la cosa no era tan desagradable: incluso tenía ese encanto, no digamos de lo prohibido, sino de lo ambiguo. Así que Benita, de modo paulatino y hasta púdico, empezó a realizar algunos avances e insinuaciones a Lozano –por nombre, Anselmo- y, cosa menos grata pero más eficaz, a hablar muy elogiosamente de él a otros colegas y citarse para charlar en la sala de profesores, o de camino hacia las aulas.

     El profesor Lozano, como es natural, no tardó en darse cuenta del favor que iba hallando ante su jefa y lo achacó a distanciamiento con el marido y a los naturales anhelos de una mujer de su edad por seguir siendo atractiva. En el fondo, tampoco él la encontraba tal, pero en fin…

     … En fin, que Anselmo –como buen varón de aquella época- tomó la iniciativa, de una forma que Benita había olvidado o, tal vez, no había conocido nunca. Menos mal que, antes de que las cosas se desbocaran de modo irreversible, alguien vino a ponerles inopinado remedio. Alguien que poseía una llave de la sala del seminario de Clásicas: el mismísimo don Ricardo Mesa, involuntario provocador de toda esta historia.

-          ¡Cielo santo!, exclamó el dómine, al tiempo que cerraba la puerta, tras contemplar a la sorprendida pareja entre un revuelo de faldas. ¡Componeos y salid inmediatamente de aquí! ¡Tú primero!, ordenó a Lozano, reteniendo del brazo a Benita.

     Salió Anselmo y don Ricardo mandó sentar a la profesora, abochornándola durante unos minutos con toda suerte de reproches y dicterios:

-          … En un mozalbete, pase: es hombre y con todo el vigor de la juventud. ¡Pero tú, una señora casada y con hijos,… una catedrática! ¿No habéis tenido bastante en el matrimonio con las liviandades de tu marido?
-          Pues de eso se trataba –balbuceó al fin doña Benita-. Como usted me dijo que sería bueno que le hiciese pasar por lo que él a mí…
-          ¡Esto es el colmo! –tronó Mesa-. Ahora resulta que voy a ser yo el culpable, o que es lo mismo tontear con las chicas que entregarse a un subordinado.
-          Oiga, don Ricardo, que yo,… que nosotros no…
-          No, no… Lo que es, si no llego a entrar yo, ¡adulterium consummatum!

     Ambos callaron. El recreo había concluido y era hora de dar clase. Benita miraba de hito en hito a su colega, con una muda súplica, que él concedió:

-          ¡Buenas están las cosas en este Instituto, como para dar un escándalo de campeonato! De eso te vales. Lo tomaré como secreto de confesión. Como dijo Nuestro Señor, anda y, en lo sucesivo, no peques más.

     Benita, como una penitente confesa, besó la mano del sacerdote y se alejó santiguándose, a fin de robustecer lo del secreto, que era lo que más le interesaba. Ya en la puerta, oyó la voz áspera de don Ricardo:

-          En cuanto a ese perillán, tú y yo nos encargaremos de que, terminado el curso, no vuelva a aportar por aquí.

     Y así fue, sin que a nadie extrañase, ya que se trataba de un profesor ayudante interino. Sí que sorprendió más que doña Benita Landero se trasladase al Instituto masculino, tan pronto quedó libre por jubilación la cátedra de Griego. Carmina, la bedela, lo resumió en cuatro palabras, creo que acertadamente:

-          Ojos que no ven…


6.  La venturosa indisolubilidad matrimonial

     Si le hubiesen preguntado a Esiquio por su profesor favorito, sin dudar se habría inclinado por Carlos Lafuente, el catedrático de Física y Química, cuyo laboratorio quedaba justo debajo de la pequeña vivienda que correspondía al bedel-jefe. El mismo ordenanza que se negaba en redondo a pasar el polvo a los bichos de Naturales, no dudaba en limpiar personalmente los complicados artefactos físicos y los delicados vasos y recipientes de Química.

-          Pero, Esiquio –lo reñía sonriente don Carlos-, ¿cuándo vas a dejar en paz los tubos de ensayo? Los vas a desgastar de tanto sacarles brillo.
-          Ya será menos, doctor Lafuente. Además, me pilla de camino, según subo o bajo las escaleras.

     Cierto: doctor por la Universidad Central, y con ampliación de estudios en Cambridge, donde le había sorprendido el inicio de nuestra Guerra civil. No es extraño que el flamante investigador optase por permanecer a orillas del Cam, en vez de andar pegando tiros por los campos de Aragón o en el frente de Madrid. Luego, una mitad de miedo a las consecuencias de tal deserción y otra mitad de desengaño amoroso, le llevaron a prolongar su estadía en tierras inglesas, colaborando durante la Guerra Mundial al desarrollo y perfeccionamiento del radar. Así, cuando decidió volver en el cuarenta y siete, el Régimen no se atrevió a importunar a un condecorado por el rey de la Gran Bretaña. Sacó la cátedra de Instituto con la mayor brillantez y decidió sepultarse en Castellar, para compensar su anterior abandono de la familia, reducida ahora a términos de dolor y de pobreza. De Cambridge a Castellar –decía irónicamente-; a fin de cuentas, las dos empiezan por Ca.

     He dicho hace un momento que un desengaño amoroso había contribuido en parte a que Lafuente demorase su retorno. Tal desengaño se llamaba Pilar Alvarado, conocida desde siempre, amiga y condiscípula de Instituto, novia en los años de Facultad, que para ella lo fue la de Filosofía y Letras. Lo suyo parecía un camino sonrosado y rectilíneo hacia el matrimonio y eso que denominan juntos para toda la vida. La verdad es que la cosa había empezado a torcerse cuando el joven migró a Madrid para hacer el doctorado. Pilar, a la sazón estudiante aventajada en la mitad de su licenciatura, intuía que aquella escapada a la Capital sería el principio de un largo periodo de ausencia, y la política convulsa de la época no parecía oportuna para separaciones. Como casi siempre, la alevín de filósofa acertó: los meses se volvieron años y los años, más de una década. Total, Pilar abandonó los sueños imposibles y se casó en el cuarenta y uno con un médico de Sanidad militar, que había conocido durante nuestra guerra, cuando ella servía de ayudante de clínica voluntaria en el Hospital Militar castellarense. De los contactos de Carlos con las inglesas, había muchas habladurías –hasta se rumoreaba algo de un matrimonio abocado al divorcio-. Lo único cierto es que, al regresar a España, estaba vacunado de amores y amoríos, como no fuesen los que sentía por su profesión y por las mujeres de su familia –hombres, pocos había dejado la guerra y la terrible represión que la acompañó-.

     Esto va pareciéndose a una novela, de tan largo que es el preámbulo. Para abreviar, cederé el uso de la palabra a Esiquio, que era un experto en ir al grano:

-          No digas bobadas de vacuna contra los amores, y otras memeces semejantes. Lo que pasó es que a Pilar le fue fatal en su matrimonio, por culpa del marido, que era infiel y más bruto que el que mató a César. Afortunadamente, contó con el apoyo de los Superiores de su esposo y pudo separarse legalmente y venirse para acá con su hija; eso sí, sin ver ni un duro de pensión. Pero la chica tenía agallas y, con la ayuda de su familia, se buscó la vida de mil maneras, hasta acabar de profesora de Literatura en esta santa casa.
-          Supongo que algo ayudaría también don Fernando, el catedrático. Se ve que la tiene un cariño imponente.
-          Ese vino más tarde, cuando lo readmitieron después de lo de las responsabilidades políticas. Para entonces, Pilarina se había hecho un nombre como escritora y periodista, y había ganado no sé qué premio con una novela.

     Nada, que esto es el cuento de nunca acabar. Lo que quería que les contase Esiquio era eso de que, tan pronto se enteró don Carlos Lafuente del fiasco matrimonial de su antigua novia, fue como si no hubiese pasado un montón de años entre lo uno y lo otro. De forma sutil, pero insistente, se hizo notar, empezó a acompañarla y la ayudó económica y afectivamente. Pilar sentía por él una mezcla de rencor y de ternura, que tardó mucho tiempo en acomodarse en confianza y perdón. Y así iban las cosas cuando, de golpe y porrazo, se produjo el nombramiento de la Alvarado como profesora adjunta de Lengua y Literatura del Instituto masculino, donde su especial amigo llevaba trazas de convertirse en eso que llamamos una institución.

     ¡Y qué dos profesores tan distintos, según yo los recuerdo en su madurez! Ella era severa, muy exigente, empeñada en que a todos nosotros nos saliese por las orejas el conocimiento de los textos y el dominio de la escritura. Su catedrático la reservaba para la Literatura, dejando la Lengua para otros colegas. Y allí, doña Pilar se movía con una soltura increíble, de no saber que era una poeta notable y excelente narradora. Vuelvo la vista atrás y constato que no adquirimos con ella una cultura libresca importante, pero sí el inmenso valor de la lectura comprensiva -¡ah, aquellos comentarios de texto!- y el gratísimo placer de escribir con precisión y galanura. Todavía hoy repaso mis redacciones y cuentos de antaño y los hallo más frescos y ricos en léxico que las líneas que hoy escribo premiosamente.

     Pero don Carlos fue mi favorito. Era la claridad y la precisión en marcha, pues explicaba peripatéticamente, arriba y abajo en el estrado, por el aula, del laboratorio al encerado. Con su voz dulce, sin escatimar las buenas notas, rodeándose de un cenáculo de alumnos especialmente interesados en su asignatura, supo formarnos en el conocimiento de las fuerzas y las estructuras del mundo natural, usando el lenguaje matemático para resumir y aclarar, nunca de manera abstrusa, ni reticente a la experiencia del laboratorio. ¡Qué quieren, yo era de Lafuente hasta las cachas, como Esiquio! Y lo sigo siendo, aunque lo traicionara con el Derecho y haga casi treinta años que no me da por coger un libro de problemas de Física la Química siempre me ha resultado menos grata y estoy por asegurar que a don Carlos le pasaba otro tanto-.

***

      Lo de juntarse en el mismo claustro debió de ser por el cincuenta y cuatro o el cincuenta y cinco, poco antes de que yo empezase mi andadura académica por allá. Habían pasado bastantes años desde nuestra guerra; pocos estaban ya al tanto de las relaciones pasadas y presentes de Pilar y Carlos. Ellos se encargaron de que el menguado número de iniciados no aumentase, por su indiscreción. Apenas cruzaban otras palabras que las de saludo cortés. En las reuniones y festejos académicos, se colocaban a cierta distancia y pocas veces los delataba alguna mirada amorosa. Esa actitud contagiaba a los conocedores de su realidad, que mantenían sobre ella un respetuoso silencio. Y, si eso era de puertas para adentro del Instituto, otro tanto acaecía en el ámbito de aquella ciudad, corta y chismosa, que Castellar era entonces. Uno y otra vivían en casas propias, diferentes de las familiares, sin otra compañía por parte de Pilar que su hija, pronto alejada durante el curso para estudiar en Madrid, creo que Arquitectura. Como en los casos policiacos, la situación tenía un punto flaco, cual era que los apartamentos de ambos radicaban en el mismo inmueble. La feliz coincidencia había sido plausiblemente disfrazada de utilidad botánica por Carlos, último en ir a vivir en aquella casa:

-          Es un ático con una terraza formidable para las plantas. Un Cambridge en plena y seca Meseta. Os invito a visitarlo.

     Era cierto: un auténtico vergel y un amenísimo pensil, todo en uno; de los tomates, a los rododendros, con el Paseo a sus pies y el Parque Grande cual mar de verdor. Aunque don Carlos no hubiese tenido otras cualidades, la de dueño de aquel paraíso le habría hecho irresistible.

     Me decía Esiquio que don Fernando, el catedrático de Literatura, especie de padre y mentor común para la pareja, les había preguntado un día, lleno de sinceridad y buena fe:

-          Queridos, ¿no encontráis un poco agobiante y hasta ridículo tanto disimulo? Los tiempos cambian y las mentalidades con ellos. En último extremo, ¿qué os importan las habladurías de los necios?
-          ¡Ay, don Fernando! –contestó Pilar-, no sabe usted lo ricamente que estamos así, diciendo buenas noches y cerrando la puerta de casa, en vez de solo darse la vuelta en la cama.

     Carlos, algo avergonzado, puntualizó:

-          Es que, desde aquello, Pilar nunca ha estado segura al ciento por ciento de mis sentimientos.
-          ¡Toma! –agregó ella-, ni de los míos. Libertad y amor, juntos y para siempre.

     Y es que, como concluía Esiquio:

-          Me figuro que, aunque ella no tuviese una hija y hubiese divorcio en España, no se casarían.

     En efecto, llegó el año 1981 y, con él, la legalización del divorcio en nuestro País. Me acordé inmediatamente de esta entrañable pareja de jubilados y me atreví a mandar una carta a don Carlos, ofreciéndole gratuitamente mis servicios de abogado para promover el divorcio de doña Pilar y su marido. Esta me contestó muy amablemente:

    y le agradezco muy sinceramente su gentileza, la cual es una prueba más de su afecto hacia nosotros, que no erosiona el tiempo ni empece la distancia. De todas formas, ya no tengo razones para promover la ruptura del vínculo matrimonial, pues quien fue legalmente mi marido falleció hace unos años… Por las señas de su carta, intuyo que desconoce que así mismo ha fallecido su profesor de Física, va para un año. Puede estar seguro de que en repetidas ocasiones habló de usted con cariño, habiendo llegado incluso a perdonarle que le pisotease por inadvertencia sus cebollinos… Por mi parte, no puedo sino congratularme, por su profesión y por su carta, de comprobar que su expresión escrita se ajusta con elegancia a las normas aprendidas antaño… Afectuosamente…

***

     Vuelvo con cierta frecuencia a Castellar y visito el viejo cementerio donde reposan mis deudos. Me pierdo inevitablemente en los paseos y entre los cuadros del camposanto, lo que me obliga a fijar la atención en decenas de panteones y lápidas. Tras la ofrenda floral y la breve oración, busco la salida, ya más avisado, pero aún con cierta dificultad. También en este retorno me entretengo en buscar nombres conocidos, cosa que, por desgracia, hallo cada vez con más frecuencia. En uno de esos recorridos, tuve la constancia de un dato, que bien puede cerrar este relato: El inevitable R.I.P., la inscripción Pilar Alvarado de la Cuesta, la fecha de su óbito y algunos otros nombres en la lápida, antes y después del suyo. Me acerqué, leí y comprobé que el amor y la libertad seguían yendo unidos y, ahora sí, para siempre: Carlos Lafuente Carranza no estaba enterrado allí.


7.  Del amor al odio…

     … No hay más que un paso. Así decía Esiquio y en el Instituto se tenía un buen ejemplo.

     Alfredo Salvoechea había venido de las entonces llamadas Vascongadas, como catedrático de Dibujo, llamando enseguida la atención por su aventajada estatura y su relativa juventud. Entre las féminas del claustro, también se valoró de inmediato su soltería, iniciándose una puja por pescarlo. Él se dejaba querer, sin hacer mucho caso de las aspirantes, pues su objetivo inicial en Castellar era otro: destacar y hacerse valer en funciones administrativas y de organización del Centro, para llegar pronto a donde yo lo conocí, Secretario y mano derecha del Director.

     Con todo, el vasco tenía su corazoncito o, al menos, sus apetencias por el sexo femenino. Forastero y sin mucha vida social, optó por elegir una entre las flores claustrales que por él pugnaban y así acabó ligando –entonces empezaba a emplearse este verbo- con Paula, adjunta de inglés, más o menos de su edad, y que nos encandilaba con su llamativo vestuario, que bien podía haber sido diseñado por Mary Quant y adquirido en Portobello Road.

     Así pues, Alfredo y Paula pasaron a la categoría de novios –tan formalista a la sazón-, sin recatarse dentro ni fuera del Instituto. Durante un tiempo, ella fue el centro de envidias y críticas de las postergadas, y él, inquirido con insistencia por la fecha de una hipotética boda, que eludía fijar con los más variados pretextos. Finalmente, un comienzo de curso, estalló la bomba: Alfredo y Paula habían roto su relación, se cruzaban por los pasillos desviando la mirada y, en las reuniones de profesores, no se dirigían la palabra. Hasta ahí, todo corriente, decía Esiquio. Normal y corriente, dentro de la tensión que genera la proximidad no deseada, pero inevitable. Lo malo es que las cosas no quedaron así, sino que empeoraron hasta extremos difíciles de soportar.

     La verdad es que nadie sabía bien por qué. Unos querían ver la causa en que Alfredo hubiese vuelto a ser, en expresión del lenguaraz don Filomelo, la miel de las doncellas. Otros aludían a posibles desatenciones de Salvoechea cuando Paula solicitaba los servicios de Secretaría. Yo me atengo a la versión de mi admirado jefe de bedeles:

-          En ocasiones como esta, siempre hay alguien dispuesto a andar con chismes e indiscreciones: que si Alfredo dice; que si Paula me ha contado… Los dos lo encajaron muy mal, sobre todo ella, que había sido la más ilusionada y era más vulnerable. Ya se sabe: del árbol caído, todo el mundo hace astillas.

     El hecho es que, poco a poco, del silencio y la omisión del saludo, se fue pasando a la indirecta, la pulla y, finalmente, la discusión por los motivos más nimios. Uno y otra aprovecharon sus relaciones para crear bandos y frecuentemente acudían a la Dirección o la Jefatura de Estudios con quejas y demandas recíprocas. Las reuniones de Claustro se convirtieron en la ocasión pintiparada para enfrentarse y alzar la voz, con el consiguiente disgusto de la mayoría, deseosa de acabar pronto y no perder la paz y la paciencia. Hubo varios intentos de lograr la armonía o, cuando menos, el apaciguamiento. Poco antes de la jubilación de Esiquio, una delegación de catedráticos veteranos había visitado al Director para que se dejase de evasivas y llamase seriamente al orden a los contendientes. Don Fernando, el de Literatura, había llegado a poner el dedo en la llaga del temor y del amor propio de la Dirección:

-          Y, si nosotros no podemos afrontar solos la situación, tal vez tendríamos que informar a la Inspectora…

     Así estaban las cosas –como digo- cuando el festejo de despedida de Esiquio, al que no acudió Paula para no tener que coincidir con el Secretario. En los corrillos, algunos profesores decidieron que había llegado el momento de tomar medidas por su cuenta. Alguien debería haberlos frenado, al constatar que eran de los más impetuosos y estaban un poco achispados. Pero nadie reparó en ello.

***

     A principios del siguiente curso, mis condiscípulos de Inglés se encontraron con que las cortas y alegres faldas de Paula no ondeaban por el Instituto. Quienes tenían hermanas o amigas en el Femenino supieron que la popular profesora había aterrizado en este Centro, algo que no todos lamentaron, pues su carácter se había ido agriando en los últimos tiempos. Hubo algún alumno más decidido –como mi buen amigo Torrecilla- que preguntó al catedrático por los motivos, recibiendo una respuesta menos notable por su precisión que por la risa contenida de que fue acompañada:

-          Un concurso de traslados, pero no os preocupéis: vuestra conducta no ha tenido nada que ver con su decisión.

     Una vez más, me sacará de apuros la sabiduría de Esiquio, aunque me fuese revelada bastantes años después. He aquí su versión, tal y como yo la recuerdo:

-          Doña Paula fue la más sorprendida cuando el Director –que tenía la buena costumbre de leer cotidianamente el Boletín- la llamó intrigado, para confirmar la noticia de que le había sido concedido por el Ministerio el traslado al Femenino. Resultó que ella no sabía nada, ni había presentado la solicitud. El señor Director, oliéndose ya la tostada y tratando de evitar un escándalo, llamó al Negociado correspondiente y pidió como favor especial que le remitiesen la instancia original. Le contestaron que había sido presentada a través de la Secretaría del Centro; de modo que ahí tendría que haber una copia exacta, gracias al papel carbón. Y, en efecto, en el expediente de doña Paula figuraba tal copia, clarísima, con su firma al pie. La profesora no tuvo más remedio que reconocerlo y concluir que algún desgraciado se la habría puesto a la firma, como si se tratase de un documento intrascendente de los de fin de curso. El Director le echó en cara tan grave desliz, que le recordaba –textualmente- al del necio que firmó su propia sentencia de muerte, por no leer lo que suscribía. Ella no cedía en su propósito de elevar al Ministerio una denuncia pues –decía- ese sinvergüenza está detrás de todo esto; la remisión de la instancia a través de Secretaría lo delata. Vuelta el Director a hacerle ver que ella nunca habría firmado nada que le presentase don Alfredo o sus oficinistas. Ella, erre que erre, que las cosas no iban a quedar así. Y el Director: Pues tú verás, Paulita, porque si nos pones a todos en evidencia sin pruebas, voy a tener que dar cuenta de la incompatibilidad de caracteres con el Secretario y a pedir, con el apoyo del Claustro, que te trasladen, con arreglo a la normativa administrativa aplicable. Ella se comprometió a pensarlo unos días y el Director la despidió recordándole que, en el mejor de los casos, el tema no se resolvería antes de dos o tres años, durante los cuales sería el hazmerreír de los dos Institutos y no bien acogida en el Femenino por despreciar una plaza que –se mire como se mire- es más adecuada a tus excelentes dotes docentes.

     ¡Pues vaya con los ignotos profesores de ese Guasa Club! Aunque, si el fin justifica los medios, no seré yo quien los ponga en la picota.







[1]  Por razones políticas, hubo una época en que el País francés era el vecino y el portugués, el hermano. Quizás ahora pueda afirmarse que todos somos primos.

viernes, 4 de septiembre de 2015

CRÓNICAS DE UN CLAUSTRO (I)


Crónicas de un claustro (I)

Por Federico Bello Landrove

     La jubilación de un bedel, con el ambiente etílico y evocador que provoca, da lugar a que los asistentes al homenaje cuenten pequeñas historias –casi siempre sentimentales o picantes-, que casualmente captará en su mayor parte un alumno que andaba por allí. Más de medio siglo después, cuando esté cierto de que todos los aludidos están ya criando malvas, aquel adolescente –ahora casi tan viejo como el entonces homenajeado- las dará a conocer, con todas las reservas que el caso requiere.




1.      El catedrático y la dependienta

     Don Orencio Ramírez de Acuña no era un profesor corriente; no, señor. Además de los méritos indiscutibles que suponía su bien ganada cátedra de Ciencias Naturales, aquel docente acreditaba una oratoria fluida, que la estirpe grecolatina de muchos de los vocablos empleados elevaba hasta la ininteligibilidad; una sólida formación investigadora, de la que daban fe un doctorado universitario y varios artículos publicados en revistas de renombre, y –lo que hacía nuestras delicias- la regencia de un modesto museo del que, de vez en cuando, afloraban huesos, rocas y especímenes disecados. Semejante alarde solo se producía de Pascuas a Ramos, pues lo usual era remitirse en lo gráfico a las páginas monocromas del libro de texto, o a las vetustas láminas que colgaban de las paredes del aula al alcance del puntero.
     El viejo Esiquio no tragaba con las exigencias de don Orencio, quien más de una vez se había quejado al Director de la falta de diligencia de los bedeles a la hora de quitar el polvo a los objetos más delicados del gabinete, tarea que las limpiadoras del Instituto se negaban a realizar por carecer de medios adecuados y el temor a causar un estropicio. Tengo para mí que, entre el catedrático y el bedel, había un motivo más antiguo y profundo de desavenencia pues –según un tío mío que lo había conocido cuando la República- Esiquio había sido un proletario concienciado, aunque sin afiliación política. Yo, en aquel entonces, apenas entendí tales palabras, pero creí entrever ciertas connotaciones políticas en aquella larvada batalla del polvo entre el jefe de los bedeles –impoluto uniforme azul oscuro con botones dorados; blanquísimos bigotes colgantes- y aquel catedrático, un tanto ampuloso y pagado de sí mismo, que un día habría de llorar abrazado a su irreductible antagonista.
***
     Para eso, tuvo que producirse el inesperado fallecimiento de la esposa de don Orencio, que sumió a su viudo en una depresión de la que daban fe constantes lagunas de memoria y lo arrugado de sus trajes, que otrora fueran el orgullo de la raya diplomática y el multicuadros a lo Príncipe de Gales. Dicen que fue en esa tesitura cuando, apreciando un lamparón en la indumentaria del catedrático, el jefe de bedeles se ofreció a limpiarlo. Ese rasgo, generoso e inopinado, provocó el abrazo sollozante de aquel orgulloso oscense, ahora abandonado y vulnerable.
     Si cuento esto, aún a riesgo de que sea apócrifo, es para explicar lo que vino después. Volvió a salir el sol, a afirmarse su voz, a ser planchados los ternos; las mejillas se sonrosaron y su abdomen aumentó la curvatura. Todos lo notamos, tanto más, cuanto que venía acompañado de una actitud más apacible y un talante casi comprensivo. Esiquio, convertido de pronto en inesperado confidente, lo podría haber explicado, más o menos, de esta forma:
-          Don Orencio, desconfiando de la honradez de su asistenta, empezó a ir de compras por la tarde a aquellas tiendas que había frecuentado su esposa. En particular, acudía a Ultramarinos Santa Rita, muy cerca de su casa en el Paseo. Allí, además del matrimonio de los dueños, atendía una familiar de estos, soltera y cuarentona, de cuyas cualidades no puedo opinar, salvo por referencias. El caso es que don Orencio, entre pedidos y consultas alimenticias, empezó a tirarle los tejos,  pese a la gran diferencia de edad entre ellos: pues fíjate, más de veinte años.
-          Buena compensación para la disparidad de clase social y el porqué del catedrático.
-          ¡Oye, mocoso, que no todas las mujeres humildes se dejan pescar por el interés! Don Orencio tenía aún buena presencia y una labia que no veas. Así que...
     … Así que la pareja de tronados tortolitos empezó a salir a hurtadillas y supongo que a convivir lo poco que permitía el rigor moral de aquel tiempo. Apenas llegó a haber habladurías por el Instituto, fuera de comentarios sobre lo bien que había superado, al fin, la viudedad el señor Acuña. De mutuo acuerdo, los novios pospusieron la boda a la jubilación del profesor, celebrando esta en la intimidad.
- ¡Qué remedio! Los hijos de don Orencio se indignaron de la rijosidad paterna y de la vergonzosa infidelidad al recuerdo de su madre, negando su asistencia a la ceremonia. De sus antiguos compañeros, pocos; los dueños de Santa Rita y algunos más.
-  ¿Y a ti, Esiquio, te invitaron?
-  ¡Qué ocurrencias tienes!
-  Hombre, después de haber llorado sobre tu hombro...


 2.  Geografía e Historia

     En la segunda época de Esiquio –que fue también la mía-  la coeducación era un crimen de lesa pedagogía. Ello puede explicar que cada sexo tuviese puntual conocimiento de sus cojeras y tendencias desviadas pero, al propio tiempo, desconociese a tope las peculiaridades análogas del sexo opuesto. Es una obviedad, cuya referencia hallará explicación en lo que sigue.
     Ambas andaban por los treinta y tantos y se repartían las dos mitades de una misma asignatura. Geografía era alta, esbelta, de hermosos ojos verdes, expresión imperativa y constantemente vestida de oscuro. Historia era menuda, morena, suave de voz y apagada de genio, aunque de carácter firme. Probablemente habían llegado al liceo en la misma época, en concepto de profesoras adjuntas –que mantenían- y se conservaban solteras y sin aparente interés por dejar de serlo.
     Una reciente desgracia familiar dio lugar a que un sobrino de Geografía trasladase su matrícula a nuestro Instituto, mediado el bachiller de entonces –es decir, cuando andábamos por los trece o catorce años-. Los enterados, tan abundantes en una pequeña ciudad, comentaban que acababa de fallecer el padre de aquel sobrinísimo, y su tía profesora lo había acogido bajo su amparo. Y empleo el superlativo precedente con precisión y cierta malicia: Aquel muchachote, a quien llamaré Antonio, algo mayor que nosotros y con una estatura prócer, era intelectualmente torpe y poco aficionado al estudio, viéndose doña Geografía obligada a dedicarle una atención en clase, que el resto de los alumnos juzgábamos enchufe y el afectado, insoportable tutela.
     A partir de aquí, la narración se oscurece, pese a la colaboración de Esiquio y a retazos tomados aquí y allá de rumores y confidencias. En lo que todos coincidían era en que Geografía, muy preocupada por el bajo rendimiento de Antonio, había pedido a otros profesores que le diesen algunas clases particulares en sus domicilios, siendo Historia una de las solicitadas.
-          Pero, Esiquio, ¿qué sentido tenía que le pidiera tal cosa a la señorita Historia? ¿No podía darle clase su tía de esa asignatura?
-          Puedes pensar lo que quieras, pero así fue. Sus razones tendrían.
     Sus razones tendrían…, muy en especial el mozo, que adelantó tanto en Historia, que algunos creen no pudo ser más. Otros dicen que solo llegó al sobresaliente.
     Vuelve a caer la niebla sobre el escenario. Cuando se levantó, a principios del siguiente curso, ni la señorita Geografía, ni su sobrino Antonio aparecieron por el Instituto. La mayoría del alumnado apenas se preguntó por la ausencia. Tuve que ser yo, admirador precoz del color esmeralda, quien trajese a colación el tema, con la oportunidad que ha solido caracterizarme:
-          Esiquio, ¿qué ha sido de la señorita Geografía? Aunque seria y exigente, era una buena profesora. A mí me caía bien.
-          Se trasladó a otro Instituto. No siempre la Geografía casa bien con la Historia.
     Cuando, haciendo valer esta información, lo expuse así ante un grupo de condiscípulos, Antolín Recio, el Abuelo -¡nos llevaba cuatro años!- se echó a reír y me espetó:
-          ¡Todo lo contrario, chaval! Lo que se llevaban era demasiado bien.
     Gracias, en parte, a la lejanía académica del sexo femenino, tardé algún tiempo en comprender perfectamente lo sugerido por el Abuelo. Para entonces, la señorita Historia era solo un grato recuerdo en la corta nómina de mis maestros. Tanto mejor.

    
 3.  Los ministros del Señor

     Nunca recibí mayor muestra de afecto y respeto por parte de Esiquio, que cuando me fue a buscar al patio de recreo y me llevó a su legendaria vivienda en la torre derecha del edificio –fue su último ocupante, felizmente consentido aún después de la jubilación-. Apenas me permitió traspasar el umbral, pero la intimidad era suficiente para lo que tenía que decirme:
-          Delgado, le tengo calado a usted: es un alumno estudioso pero muy inexperto en las cosas de la vida... ¿Tiene buena voz?
     Me quedé de piedra, entre otras cosas porque nunca había calibrado mi calidad vocal.
-          Pues no sé –respondí-. Fuera de tocar la guitarra de oído, no tengo mayor inclinación por la música.
     Esiquio me miró fijamente durante unos momentos. Luego, agregó:
-          Le voy a dar un buen consejo. Cuando don Filomelo le haga la prueba para el coro, desafine cuanto pueda.
     El tal Filomelo era sacerdote, uno de los profesores de Religión del Centro y buen conocedor de las técnicas del armonio y la música coral.
     El bedel-jefe concluyó:
-          Ea, ya está todo dicho. Hágame caso y, si tiene alguna duda, no lo comente con nadie de aquí: Hable con sus padres, que todavía se acuerdan de mí.
     Esta vez, no necesité de mayores aclaraciones. Don Filomelo empezaba a ser famoso por los pellizcos en los mofletes y los paseos con el brazo echado al cuello. Personalmente, lo rehuía, pues me desagradaban su voz meliflua y sus perdigones salivares. Por otra parte, no tenía interés alguno en perder el tiempo –así opinaba- cantando Con flores a María o Adiós con el corazón. De modo que hice la prueba y fui reprobado, sin gran esfuerzo por mi parte. Todos mis compañeros más queridos también fracasaron. Se ve que no estábamos unidos por la voz ni por el oído, sino por el corazón.
     No duró mucho más la estancia de aquel director de coro en el Instituto. Tal vez se trasladase a uno femenino, cuyas voces fueran de mejor afinación. Alterando un poco el conocido verso del Ariosto,
Forse altra canterà con miglior tatto[1]
***
     La jubilación de Esiquio casi coincidió con la promoción de otro de los profesores de Religión a uno de los cargos directivos del Centro. Este docente, así mismo sacerdote, era persona de talante progresista, formación en parte francesa y, que se sepa, no le daba por el toque musical, como a otros. Por lo demás, era tan laborioso y competente, como para ser merecedor del cargo. Y, sin embargo:
-          ¿Qué te parece Manolín –diminutivo nada irrespetuoso por el que lo llamábamos-, cómo va sacando los pies del tiesto?, preguntó uno de los profesores. Mucha bicicleta y mucha prédica obrera pero, al final, todos se agarran a la ubre.
-          Hombre -respondió el de Filosofía-, no ha quitado a nadie el puesto, que estaba vacante por jubilación.
-          Ya, ya –insistió el primero-, pero por algo se empieza. Que si son tan profesores como todos; que si ganan menos que las limpiadoras. Al final, aún sin oposición, nos merendarán a los demás, solo porque llevan sotana.
-          Pues este, de vez en cuando, va de clergyman, precisó la señorita Historia, tratando de evitar una discusión.
-          Fíate de los curas progres –intervino otro-. Apenas nombrado para el cargo, creo que ha propuesto al Director hacer obligatoria la asistencia a Misa. Y bien sabes tú cómo las gasta cuando nota que a alguien no le gustan sus homilías.
     La señorita Historia enrojeció. Había sido la interpelada por Manolín a la salida de Misa, por habérsele escapado un gesto de desagrado durante su prédica.
     Por fin, el Director –algo mosca con las críticas, pues él había propuesto el discutido nombramiento- terció contemporizando:
-          Señores, no exageremos. El puesto de Jefe de Estudios no lo quería nadie, que bien que lo ofrecí antes de encasquetárselo a don Manuel. Y lo de la Misa, ya se verá. Por de pronto, los padres algo tendrán que decir al respecto.
     Allí fue Troya. Galdós, el represaliado adjunto de Matemáticas, rugió:
-          ¡Los padres, los padres...! ¿Quién va a atreverse a dar un paso en este País? ¡Lo que hay que decirle a ese cura es que, si se encuentra la capilla vacía, se pregunte por los motivos!
-          Quizá sea la hora. Estos chicos no están acostumbrados a madrugar, a diferencia de los aprendices y dependientes de su edad. De modo y manera que habrá que robustecer su hombría. Eso forma parte de nuestro deber como educadores.
     Quien así había hablado era el ínclito Manolín, que se había incorporado tardíamente al ágape y acercado sigilosamente al corro de los discutidores. Estos, aún rezongando, callaron o desviaron la conversación. Todavía escuché una coda entre el Director y su flamante Jefe de Estudios, contra cuya resolución habría de revolverme días después, con toda la decidida fiereza de un tímido de dieciséis años:
-          Don Manuel –decía el Dire-, todos los alumnos serían demasiados para los bancos de la capilla. Tal vez, si lo hiciésemos por turno de los distintos cursos…
-          Bueno. Podemos empezar por eso y luego, más adelante, tal vez…
     No hubo un más adelante. O, tal vez, sí: Cincuenta y tantos años después, cuando escribo estas letras, todavía seguimos en España mareando la perdiz de la legalidad y el estatus de la enseñanza de la Religión y de sus profesores. Pocos de ellos, desde luego, tan buenos y controvertidos como Manolín, el cura del ciclomotor desvencijado y la Misa de las ocho y media, de los Ejercicios Espirituales y las excursiones de bajo presupuesto. ¡Todo un hito en la formación de nuestro carácter!
***
     Con el tercer personaje sacerdotal, Esiquio nada tuvo que ver, pues vivió y ejerció en lejanas tierras. Con todo, bebo la anécdota en fuentes tan limpias y frescas como las de mi entrañable bedel; de manera que pueden creerme, si no rechazan la verdad, aunque la hallen en un cuento.
     Don Benedicto Sobrino era toda una autoridad en el mundo académico de aquella provincia. Lo de sacerdote, por así decir, era en él lo de menos. Doctor universitario, catedrático de Latín, inspector –no sé si Jefe- de Enseñanzas Medias, carácter severo y genio endemoniado, tenía todas las cualidades para imponer su criterio y voluntad en el profesorado público. No digamos en el de los Centros privados, tan dependientes de sus decisiones, avaladas en el caso de los religiosos por la sotana del ilustre dómine.
    Un buen día, hubo que llevar documentación de un Colegio o Instituto rural hasta la Inspección de la capital. Asumió la tarea doña Angelita, señora metida en años y en carnes, todavía de buen ver, que apenas conocía al gran Benedicto de las visitas de inspección y algunos actos oficiales. Llegada a las oficinas de destino, se hizo anunciar al inspector y guardó antesala durante una media hora. Durante este intervalo, el visitado se asomó a la puerta del despacho, echó una mirada envolvente a la profesora y, con su mejor sonrisa, le aseguró:
-          Solo un momentito, hija.
     Aunque el momentito valiese diez minutos más, Angelita esperó ya más conforme. Al cabo, don Benedicto volvió a salir, la invitó a entrar y cerró tras ambos la puerta de acceso. Seguidamente, en lugar de tomar asiento a un lado y otro del buró, el inspector se arrellanó en el sofá de las visitas distinguidas y señaló un sillón del mismo tresillo, para que lo ocupase la profesora.
-          Angelita, ¿verdad? Pues bien, Angelita, ve ordenando las actas por orden cronológico y de asignaturas… No te apures, que tenemos tiempo.
     Mientras la señora se concentraba en la ordenación sugerida, don Benedicto se levantó, desplazó su humanidad hasta quedar a espaldas de Angelita y, acto seguido levantó la faldamenta de su sotana y desabrochó la bragueta del pantalón. Y así, volvió a tomar asiento en el sofá, cogió de la mano a su visitante y trató de llevarla a sus partes pudendas, acompañando el ademán de estas –o parecidas- palabras:
-          Hija, no sabes el bien que puedes hacerme; y tú, al fin y al cabo, no pierdes nada.
     La profesora, atónita y horrorizada, liberó su mano, se puso en pie de un salto y salió del despacho como alma que lleva el diablo, tras abrir la puerta con la llave que había dejado echada el prudente inspector. Atrás quedaban como mudo testigo las actas de marras, bastante menos ordenadas de lo que don Benedicto había aconsejado.
***
     Por muy vergonzosa que fuese Angelita y por mucho que necesitase su empleo, no se privó de alertar a las compañeras, tan pronto regresó a su colegio. Para su sorpresa, todas la creyeron, se sorprendieron pocas y hasta algunas retozaron de risa:
-          Angelita, mujer, pero ¿no sabes como llaman a don Benedicto abreviadamente?... Pues don Pene.


 4.  El matrimonio tardío

     Tampoco esta historia tiene nada que ver con la jubilación de Esiquio, ni con el Instituto de Castellar. Una vez más, retornamos a esa provincia norteña de cuyo nombre no quiero acordarme, donde no ha mucho vivía una pareja de profesores de lo más dispar. Él, temido y un tanto adocenado catedrático de Física –y Química-, era conocido por su sonoro apellido gallego, Vilaboa, y su recalcitrante soltería nada había tenido que ver con el apartamiento del sexo opuesto, sino todo lo contrario. Ella, modesta, laboriosa y exigente adjunta de Matemáticas, era generalmente llamada Lucita, y su celibato sí tenía bastante relación con haber frecuentado al sexo masculino en plan estrictamente profesional. Añádase, aunque poco o nada tenga que ver con el relato, que Lucita había conseguido notoriedad y una pequeña fortuna como regente de una academia de clases particulares, remedio casi infalible para sus alumnos del suspenso y la supuesta aridez de las Ciencias Exactas.
     A lo largo de su ya dilatada vida académica, Vilaboa y Lucita habían coincidido en más de un Instituto y se decía que en tales encuentros habían fermentado sentimientos heterogéneos y confusos, fruto de caracteres fuertes, inclinaciones muy dispares y espíritus independientes. Las amigas de ella –a quienes yo frecuenté- acababan por reconocer que Lucita había estado enamorada de Vilaboa, pero el orgullo despectivo y la ligereza de cascos del galán habían apagado el fuego, hasta límites de mero rescoldo. Lo cierto era que, en los últimos años, ambos profesores habían evitado coincidir en el mismo Centro o, dicho de otro modo, esta no es una crónica de un claustro, sino de dos.
     Pero los años no pasan en balde y aquél catedrático fue perdiendo fuerzas y atractivo, hasta ese punto en que muchos galanes se estremecen al mirar hacia el futuro. Tampoco habían pasado de balde para Lucita las hojas del calendario, pero ella lo llevaba mucho mejor, incluso físicamente. He aquí un perfecto caldo de cultivo para aproximar posturas y rememorar los días pasados. Eso hubo de pensar Vilaboa, cuyo renacido interés por Lucita fue bien recibido de esta, hasta el extremo de que, pasando por alto edad, mañas y buenos consejos, la pareja tomó –sin pasión pero sin pausa- la senda de la vicaría.
     Todo marchaba viento en popa, cuando de pronto la prometida pareció empalidecer. Las compañeras y amigas, aunque pesimistas acerca del futuro de la pareja, se compadecieron de Lucita y decidieron, individualmente o de consuno, echarle una mano con el problema, cualquiera que fuese. Mas, en llegados a este punto, la novia sonreía de medio lado, quitaba importancia, cambiaba de conversación, o meramente reconocía la existencia de ciertas cosillas y daba las gracias por el interés. Vamos, todo menos cantar la gallina, como drásticamente le exigió Ana, su bragada compañera de Literatura, soltera como ella.
     Al fin, quien logró llevarse el gato matemático al agua de la confesión fue Marita, la astuta profesora de Francés, tocando la casi infalible tecla del amor propio:
-          ¡Deja de hacerte la interesante, con tantas ojeras y suspiros! Lo que pasa es que Vilaboa ha vuelto por sus fueros y te está poniendo los cuernos. ¡Si hasta me han dicho con quién! –mentira absoluta-.
-          ¡De eso nada! Más bien, todo lo contrario –replicó Lucita, un tanto confusamente-.
-          ¿Cómo, que eres tú la que se los pones? Nunca lo creí de ti.
     Y así, primero forzada y tímidamente, luego con toda suerte de detalles –que les ahorraré por razones de buen gusto-, Lucita relató lo siguiente:
     Con escasísima experiencia en materia sexual, la profesora de Ciencias Exactas había decidido ponerse al día de cuanto debe conocer al respecto una mujer casada. Adquirió el famoso Libro de López Ibor[2] y se empapó de sabiduría teórica y práctica, hasta donde pudo llegar. Entra dentro de lo probable –en esto Lucita fue muy ambigua-, que la cultura libresca fuese ampliada o, al menos, ilustrada con la cooperación de Vilaboa, a quien el famoso psiquiatra valenciano tenía poco que enseñar. Pero, poco antes de la boda y con la prometida en condiciones de sacar notable en la asignatura de educación sexual, el novio se desmandó.
-          ¡Ay, Marita, si vieses las cosas que me ha enseñado en revistas que, según él, ya se venden en los quioscos! Y lo malo es que pretende que yo le haga otro tanto. Chica, yo ya no tengo edad ni mentalidad para tanto, por no decir que algunas técnicas, como él dice, me dan náuseas.
-          ¡Claro!, el caballero tiene mucho mundo y no poco rostro. Quiere que por el día des tus clases, lo cuides a cuerpo de rey, lleves la casa y atiendas la academia y luego, por la noche… ¡juerga!
-          Mujer, creo que exageras un poco, pero lo cierto es que estoy muy preocupada. ¿Tú qué harías en mi lugar? 
-          ¿Yo? ¡Meterme monja!
***
     Me consta que Lucita desoyó tal consejo y contrajo matrimonio con Vilaboa, como estaba programado. Incluso, estoy cierto de que el novel matrimonio llevó a vivir con ellos a la anciana madre del catedrático de Física. Cualquier otro dato adicional sobre el caso tendrán ustedes que fiarlo a su fértil imaginación.


    

     








[1]  Literalmente: Quizás alguna cantará con mejor tacto. Creo que la alusión a los tocamientos lascivos o ligeros del susodicho director de coro es evidente.
[2]  El afamado psiquiatra Juan José López Ibor (1908-1991) publicó su conocido y muy reeditado El libro de la vida sexual en 1968 (editorial Danae, Barcelona). Se trataba de un texto de alrededor de 650 páginas.