sábado, 6 de septiembre de 2014

PSICOPATOLOGÍA DE LA VIDA AMOROSA. PRESENTACIÓN


Psicopatología de la vida amorosa



Presentación



Por Federico Bello Landrove

 

 



     Se dice que el amor es lo mejor y lo peor de la vida, es decir, lo más trascendente. Yo, que frecuentemente abordo el tema en muchos de mis cuentos, he querido dedicar una serie de los mismos a tratar, con cierta dosis de fantasía y exageración, varios casos paradigmáticos de amor un tanto alocado y fuera de control. Vamos, de Psicopatología de la vida amorosa, podríamos decir parodiando a Sigmund Freud[1].

 

     Para ello, me he servido de los archivos del psiquiatra imaginario –o real, quién sabe-, doctor Isaías del A. (o sea, del Águila; o Adler[2], si se quiere germanizar). Lo malo es que su hijo me puso para ello una condición molesta de cumplir, para mí y para ustedes: La de acabar cada relato con una lección o moraleja, que pueda servir de ejemplo a amadores poco avisados o en peligro de desviación. ¡Qué le vamos a hacer! No queda sino cumplir el compromiso, aunque no sirva en absoluto a su propósito.

 

     La idea es no llevar esta serie demasiado lejos. En principio, he pensado que diez casos clínicos podrían ser suficientes. Pero no pierdan la esperanza de una ampliación, que los carnés del doctor del A. dan para mucho.



[1]  Este famoso psiquiatra publicó una Psicopatología de la vida cotidiana (1901), bastante menos ambiciosa de contenido que de título. La primera edición española data de 1922 (Madrid, Biblioteca Nueva).
[2]  Nuevo guiño a la familia psicoanalítica: Alfred Adler (1870-1937) fue seguidor de las teorías de Freud durante algún tiempo, distanciándose luego radicalmente de ellas.

LA JUBILACIÓN DE LA CAMPANERA


 

La jubilación de la campanera


Por Federico Bello Landrove

 

     La terquedad, la vejez y el progreso se aúnan para convertir un sainete costumbrista en un drama rural. Basado en hechos reales, dejo a la voluntad de los lectores dónde fijar la frontera de lo vivido y lo imaginado.

 
 

     Es posible que la primera película que hubiese visto fuera El pequeño ruiseñor[1]. Yo quería creerlo así, para que su humilde existencia tuviese la marca de la predestinación. Eran los tiempos en que todas las amas de casa y chicas de servir canturreaban el estribillo

¡Ay, campanera!,

aunque la gente no quiera,

eres la mejor de las mujeres

porque te hizo Dios su pregonera.[2]

     En cualquier caso, Amadora andaba por aquellas fechas sirviendo en Madrid, inevitable destino de todas las chicas del pueblo que no resultaran imprescindibles para la labranza. Luego –ya se sabe-, una boda conveniente, a ser posible con algún paisano desertor del arado. Con el tiempo y la suerte, los hijos propios reemplazarían a los ajenos y el ático en Carabanchel o en Villaverde, al caserón junto al Retiro o el piso en República Argentina. Dispendios, pocos, y lujos, ninguno. El ínfimo remanente habría de servir para echar un remiendo a la casa del pueblo, o para construirse otra propia, si la familiar hubiera de repartirse con los hermanos.

     Hacía mucho tiempo que Amadora se había salido de la rutina. El Señor no le había dado hijos y su marido, conquense de Priego, había decidido compartir vida y jornal con una casquivana, clienta de la carnicería. La esposa tardó en enterarse -¡Madrid era ya tan grande!- pero, cuando lo supo, la vena republicana de su difunto padre afloró en su frente. Cargó lo principal de sus pertenencias en el mundo, que bajó dando tumbos por la escalera, al ritmo de su baticor. La señora la acogió como fija y el señor, abogado del Metropolitano, le tramitó la separación.

     No le fue fácil volver por el pueblo, casada y sin marido. Ya se sabe: las mujeres suelen ser las culpables, cuando menos, de no aguantar lo bastante. ¡Y Amadora! De casta le viene al galgo. El padre, un rojo, y la hermana…, a qué contar. Le brota de los labios la misma famosa canción, ya que ella no tiene hijo que amoroso se la cante:

Dicen que no eres buena

y a la azucena te pudieras comparar.

     Se propone no volver pero ¿qué hacer de su madre? Llevarla a Madrid sería matarla; dejarla en el pueblo sola y enferma, no tendría perdón de Dios. Regresa, pues, a la Capital, trabaja un par de años más hasta la extenuación y vuelve a su aldea para los restos. Las pocas tierras que les quedan están casi abandonadas; la casa se cae a pedazos. Se yergue en su corta estatura y susurra: Al menos, ahora no trabajaré para otros. Desde la cabecera de la alcoba, su marido le hace una mueca de burla. Se sube a la silla, descuelga el retrato de boda y lo sepulta en el hondón del baúl.

***

     Nunca supo por qué lo había hecho el cura. Quería creer que su fama de limpia y trabajadora había sido la causa, pero su madre era más realista:

-          ¿No ves que vivimos al lado de la iglesia? Por eso ha tenido que ser.

-          De todos modos, madre, es para estar agradecidos. ¡Cuántas beatonas habrán suplicado por el puesto!

-          Sí, claro… ¡como es tan grande el estipendio!

     En este caso, Amadora discrepaba de su madre. El dinero no lo era todo. La oferta del párroco abría puertas y cerraba heridas. No iba a liberarla del azadón ni de la llana pero la proyectaba a otra dimensión.

-          Tendrás la llave de la iglesia –aseveró don Antonio-. Cada semana lavarás las albas y los paños de altar. Y te encargarás de tocar las campanas cuando sea menester. Que Ceferino te enseñe los diversos toques. No puedo ofrecerte un sueldo fijo: dependerá de las colectas.

-          ¿Y la limpieza del templo?

-          Eso seguirá de cuenta de todas las mujeres del pueblo. El día fijado les abres la puerta y en paz. Tú encárgate solo de la sacristía, que tengo ahí todas mis cosas.

     Ni don Antonio, ni los curas que lo sucedieron, tuvieron nunca queja. Pulcra y honrada, fue descansando cada vez más en ella la materialidad del culto. Mientras envejecía, la aldea se despoblaba y curas y acólitos iban y venían, superficiales y fugaces. Un día, el obispo decidió que San Juan Bautista de Reinares no justificaba un párroco exclusivo y refundió el curato con el de Bocigas. Otro, se suprimió la misa diaria, manteniendo los oficios de domingos y fiestas de guardar. Amadora sufría impertérrita la crisis de su pequeño mundo y hacía mucho tiempo que no recordaba al padre de turno el adeudo de sus remuneraciones. La muerte de su madre la había dejado sola con sus afanes y recuerdos. Con el discurrir de los años, sus pasos se encaminaban con más frecuencia de la precisa hacia la iglesia aledaña. No había pliegue que no alisara, mota que no limpiase, óxido que no bruñese. Hablaba a las imágenes y recordaba a los difuntos. Nunca había llegado a imbuirse del misterio, pero dejaba que la noche rodeara de tinieblas la lamparilla del sagrario, como pidiéndole el milagro de convertir aquel inmueble ruinoso en el recinto prestante de cuando su niñez. Esperaba unos minutos y luego, encogida y friolenta, se encaminaba hacia el portón, sin percatarse de que aquella tenue luz la guiaba sin tropiezo y sin zozobra.

***

     En mala hora le contaron a don Nicolás que había estado a punto de caerse por las escaleras el domingo por la mañana, cuando bajaba de repicar a misa. Total, fue solo una torcedura, pero el cura se mostró inflexible:

-          Esa escalera del campanario es un peligro, para Amadora y para cualquiera, aunque más para ella que ya va vieja y algo torpe. Cualquier día tenemos una desgracia y presentan a la parroquia una reclamación millonaria. Tenemos que condenar la subida.

-          ¿Y si se arreglase un poco?

-          Habría que cambiar toda la escalinata de granito. Es imposible. La iglesia no dispone de medios.

-          Pues algo habrá que hacer. No vamos a anunciar las misas con dulzaina.

     El párroco era hombre de recursos y dio con el remedio. El Ayuntamiento correría con el gasto. Claro que no era cosa de atentar contra la aconfesionalidad reconocida en la Constitución:

-          Para campanas, no podemos dar un euro –afirmó el alcalde-, pero podríamos colocar un dispositivo eléctrico como el de La Asunción, que es reloj y campanario a la vez.

-          Excelente idea –juzgó el concejal del anejo reinarense-. Con tal que no protesten los vecinos del tañido nocturno…

-          No hay problema. Dará las horas solo de nueve de la mañana a diez de la noche.

     Dicho y hecho. A Amadora le pilló por sorpresa y el cura no veía forma de dorarle la píldora, ni siquiera prometiéndole que ella manipularía el dispositivo del repique ceremonial, en función de la diversidad horaria de las misas. Nadie podía quitarle de la cabeza que la jubilaban. Total, por haberse trastabillado un día y haber pasado de los setenta.

-          Mujer, Amadora, todos nos jubilamos. Sin ir más lejos, el mismo señor Obispo lo tiene que dejar a los setenta y cinco.

-          No va a comparar su trabajo con el mío.

     El párroco concedió:

-          Podrás seguir haciendo todas las funciones que hasta ahora, salvo la de subirte al campanario. Eso, de ninguna de las maneras.

     Don Nicolás no había comprendido nada. Lo que era de lavar, planchar o limpiar, ya estaba harta y sin dificultad lo habría resignado. Pero las campanas… Esa era la misión de su vida, que ninguna máquina sin alma podía asumir. A la cabeza le venían aquellos versos escritos en la campana grande de la espadaña, junto a la fecha de fundición: Vivos voco; mortuos ploro; festas decoro[3]. Desde luego, tendría que llegar el día en que dejase de ser la mejor de las mujeres, pero ella sentía que todavía no era el momento. Y tenía que demostrarlo de forma pública e inequívoca, de manera que el párroco diera su brazo a torcer. Hacer algo, sí, pero ¿qué? Lo estuvo rumiando varios días. Finalmente, creyó dar con la fórmula. Al domingo siguiente se iban a enterar.

***

     Sorprendentemente, el repique sonó a las doce menos veinticinco, apenas llegó don Nicolás en su coche, procedente de Bocigas. A deshora o no, la llamada sonaba alegre y perentoria en aquel mediodía de verano y los feligreses fueron afluyendo a la plaza. Pero, ¿dónde estaría Amadora, que no había abierto aún las puertas de la iglesia? Se formaron grupos frente al templo. El cura echó mano al bolsillo, mas en vano: fiado en la campanera, no había traído consigo las llaves.

     En esto, la anciana se destacó de la espadaña y se apoyó sonriente en el antepecho descarnado que delimitaba el pequeño recinto. Saludó con la mano y elevando su vocecilla, dijo las siguientes palabras:

-          ¡Queridos convecinos y usted, don Nicolás! ¿Puede jubilarse a una persona que es capaz de hacer esto?

     Y, montando a horcajadas sobre el poyo, se asió con ambas manos a él y quedó colgando en el vacío, sobre la plaza. Muchos gritaron, mientras algunos se aproximaban a la vertical de Amadora, previniendo generosamente su caída.

     Amadora era leve y nervuda. Esbozó unas flexiones braquiales y exclamó:

-          ¿Qué, don Nicolás, me readmite o no?

-          ¡Nequáquam![4], gritó el interpelado, recordando sus tiempos de dómine.

     Amadora –que no sabía más latín que el de la inscripción de su campana- tomó el palabro como de aquiescencia y le replicó:

-          ¡Que Dios le bendiga!

     Hizo ademán de tirarle un beso y cayó a plomo sobre el enlosado de la plaza. Los valientes, en viéndola caer, se apartaron.

     Para el funeral, don Nicolás fingió una indisposición y ofició en su lugar el arcipreste, quien leyó un breve mensaje necrológico del señor obispo, el cual concluía así:

      Demos, pues, gracias a Dios por cuantos, como Amadora, acogen con humildad la vocación divina y la mantienen hasta la muerte.

 

 



[1]  Película rodada en 1956, con dirección de Antonio del Amo, protagonizada por el niño cantor Joselito. La banda sonora corrió a cargo de Antonio Valero. La cinta se estrenó en abril de 1957.
[2]   La canción de La campanera forma parte destacada de la música de la película citada antes y fue muy popular en la radio.
[3]  Llamo a los vivos; lloro a los muertos; realzo las fiestas.
[4]  Traducible por ¡ni hablar!, o ¡de ningún modo!

sábado, 21 de junio de 2014

CUANDO TODO DECLINA




Cuando todo declina



Por Federico Bello Landrove

 

In memoriam Constance Ockelman

 

 

     Un viejo y desmemoriado policía recuerda –o imagina-, al compás de viejas melodías que resuenan en su casa vacía. Una y otra vez, llegan hasta su dormitorio los ecos de pasos, que no es capaz de reconocer ni de rechazar. ¿Cuánto hay en esta historia, estremecida y sincopada, de representado o de vivido? Él no sabría decirlo, pero sus lectores pueden tener una idea, si reflexionan acerca de la dedicatoria que lo encabeza.

 

 


 

1.  En la soledad de la noche



     Siempre he pecado de lo mismo: actuar de día y pensar de noche. Y ahora, con lo que me advirtió el médico el mes pasado, vivo en una perpetua comezón memorística. ¿Cómo se llamaba aquél que...? ¿De quién es esa cara que se proyecta en la pantalla de mis párpados cerrados? ¿Quién era la protagonista de la película que vi...?  Es inútil. Me revuelvo furioso en la cama, hasta que la ropa es un rebujo; fuerzo el bostezo para provocar las lágrimas, que me traen nostalgia y autocompasión. Así que se me irán borrando los recuerdos, los rostros, las vivencias. Bueno, no muy aprisa. Además, como usted se ha mantenido tan activo hasta hace bien poco... Ya empezamos: la vecina de arriba vaciando la cisterna a las tantas; el rorro de los de al lado, segunda generación que me toca criar, con el berrinche nocturno. Menos mal que vivo solo y en casa grande. Andando, con el reloj y la linterna, a la cama de matrimonio de mis difuntos padres. ¡Cielos, algún desgraciado ha sacado el perro a ladrar al parque, a las tres de la madrugada!

 

     ¡Quién tuviera ahora la llave para abrir el arca de los recuerdos e ir cogiéndolos, uno a uno, para colocarlos, bien ordenados, sobre la colcha, como hacía mi abuela con las prendas y preseas del baúl! Pero ya solo tengo sensaciones, estremecimientos, pasos perdidos, rumorosos, de puntillas, que me angustian hasta el amanecer. Una llave, como la de cristal de roca, que ella llevaba al cuello, colgada de un leve cordón dorado, que yo adivinaba me podía revelar el arcano de su pasado:

 

-          ¿Qué puedes abrir con una llave de cristal?

-          Es la clave del reino de las maravillas, pero no es aconsejable usarla, por si se rompe y te quedas fuera por los siglos de los siglos.

-          Toma y, si no la empleas, ¿qué adelantas?

-          Mantener el control y la esperanza. Al menos, podrás mirar por el ojo de la cerradura.

 

     Eso fue a poco de conocerla, cuando apenas sabía de qué hablar con ella. Mucho más tarde, supe que aquella llave era símbolo de sus tiempos gloriosos, donada quizá por algún admirador. Ella ya había entrado en aquel reino, ágil y pícara, casi una niña, hasta poder percatarse que, bajo el expositor de los tesoros, hervía un nido de víboras.

 

-          Pero, al fin y al cabo, entraste y viste de cerca el paraíso. Es algo que otros no podremos tener nunca.

-          Entré, sí, y me mordió la serpiente. Seguramente es que yo no era merecedora de gozar de los frutos de la gloria.

 

     Decía, con sonrisa de suave ironía, mientras con su mano de finísimos dedos acariciaba el cuarzo hasta hacerlo refulgir.

 

***

 

     Aquello debió de ser allá por el año de 1970. Decían que había tenido suerte al conseguir un destino tan bueno, nada más ingresar, pero yo no las tenía todas conmigo. Para un antequerano, recriado en San Roque, no tenía nada de grato aterrizar en una ciudad castellana, con aspecto de poblachón, fría de clima y gélida de carácter. Mi natural timidez había tenido que templarse, mal que bien, con la expeditiva decisión que se le supone a un policía de la secreta, como decían entonces. Así que le pregunté a Viqui:

 

-          ¿Te parece que vaya buscando piso en Castellar y nos casemos en primavera?

-          ¿Y qué se nos ha perdido tan lejos? Esperemos hasta que consigas plaza por aquí cerca.

-          Eso puede tardar varios años y no creo que ni tú ni yo estemos dispuestos a esperar tanto.

-          Habla por ti, Benito. Yo prefiero pensármelo mejor. ¡Nos conocemos tan poco todavía!

 

     Con la experiencia –y la distancia- que dan los años, ahora pienso que debimos dejarlo en aquel mismo momento. No estoy hecho para confiar y esperar. Y, además, ella tenía razón: no nos habíamos tratado lo suficiente. De hecho, lo comprobé muy pronto, al encargarle un envío por Interflora. Lo recuerdo bien. Era una de mis primeras jornadas de faena y me tocó vigilar la plaza de la Universidad. Junto a la Catedral, la tienda lucía los modestos colores del invierno, pero fue lo suficiente para atraerme.

 

-          Así que media docena de rosas. ¿De qué color le gustan a la destinataria?, preguntó la rubia empleada.

-          Pues no lo sé.

 

     Se quedó mirándome con sus ojos azules de aguas tranquilas. Solo entonces me fijé en la gorra de terciopelo verde con lazo, lánguidamente vencida de un lado.

 

-          Podría aconsejarle conforme al lenguaje de las flores pero, claro, a lo mejor tampoco está muy seguro de sus sentimientos…

-          Amarillas –resolví tajante-. ¿Hay problema con ese color?

-          Aquí, probablemente, pero Andalucía es otra cosa.

-          Desde luego, suspiré. Allí ya es casi primavera.

 

     ¿Qué demonios me impulsaría a decidir un color tan ictérico? Entonces llegué a pensar que era la influencia de mi respetado García Márquez, cuyo Cien años de soledad llevaba bajo el brazo, con el pretexto de pasar más desapercibido entre los estudiantes levantiscos. Ahora, mientras me desespero con los ladridos nocturnos, imagino que algo tendría que ver también en ello el color pajizo de los cabellos de Connie.

 

***

 

     Puedes llamarme Connie… ¿O fui yo quien tuvo la idea? Mi padre era aduanero del Campo de Gibraltar y yo, de forma casi insensible, llegué a dominar aquel inglés de acarreo, con acento gaditano, que los llanitos alternaban con un español pobre en gramática. Ella era Constanza, Constanza Almaguer, a juzgar por las señas de las pocas cartas que recibía y por las facturas que el hotel le pasaba formalmente, cuando se retrasaba demasiado en el pago. Es verdad que suavizaba las erres y que, a veces, buscaba morosamente la palabra justa. Pienso yo que simulaba la dificultad con el idioma. ¿O no? Era tan celosa de su pasado...

 

-          Llegué aquí huyendo de un marido violento, bebedor y tuerto. Así que comprenderás que no entre en detalles.

-          ¿No tuvisteis hijos?

-          Por supuesto, galán, soy muy femenina. Maternal, lo que se dice una madraza, en absoluto. Estaba tan ocupada fuera de casa… En fin, ahora ya son mayores y no tenemos mucho contacto. Lo pasado, pasado está.

 

     Las manos de Constanza. Menudita y ajada, pocos eran ya los restos de su antiguo esplendor, si es que un día lo hubo; pero las manos… Blancas, finas, transparentes, y aquellos dedos largos y ondulantes, sin huella apenas de nudosidad. Yo las miraba, admirativo, incansable, hasta que ella las posaba sobre las mías, para que las contemplara a mi sabor. Estaban siempre muy frías, manos de hielo, de hada del norte –le recitaba- y ella apretaba fuertemente mis palmas, como queriendo sorber mi cálida juventud. ¿Cuántos años tendría, cuarenta, cincuenta tal vez? Podría haber sido mi madre. Pero no. Nunca entonces pensé algo parecido. Tan independiente, tan sincera, tan optimista. Algunas tardes, en el buen tiempo, la recogía al cumplir su horario de florista y nos sentábamos en los jardines de Santa Cruz, entre escolares juguetones y palomas atrevidas. Estoy agotada –decía-; todo el día de pie, sin parar un momento. Agradezco las malas jornadas de clientela esquiva. Pero esto va a cambiar, va a cambiar muy pronto. Y hacía planes, entretejiendo su pasado ilustre y un futuro incierto, para el que hacía como si me pidiera consejo:

 

-          Verás, mi salud no es muy buena, que digamos, pero la gente me conoce y tengo experiencia y cualidades. Podría montar mi propia tienda. De flores, no, que ya estoy harta de riegos y pinchazos. ¿Querrás creer que, antes de la floristería, estuve confeccionando flores de fieltro? Servían de adorno para perchas de lencería y ropa infantil. Tengo muy buen gusto para los colores, ¿sabes? ¡Eso!, una casa de prendas íntimas, y complementos, y algo de perfumería.

 

     Y yo me dejaba hipnotizar por los arabescos de sus manos y adormecer con el ronroneo de su voz cálida y suavemente áspera, olvidando su ropa ajada, el pelo sin gracia, las bolsas bajo sus ojos, los excesos con la bebida. Luego, me despertaba del ensueño, con el frío de su mano sobre la mía, a punto para escuchar el inevitable final de su parloteo:

 

-          … Claro que tengo que cambiar algunas cosas. Cuidarme un poco más, alquilar un pisito en el centro, escribir a algunos amigos influyentes…

 

     Un día debió sorprender en mi mirada, invariablemente cansada o irónica, un toque de verdadera compasión. Me pagó con palabras que todavía recuerdo a la letra, tantos años después:

 

-          Aunque amigo, lo que se dice amigo, tú eres el mejor.

-          Anda, Connie, vámonos para el hotel, que está levantándose relente.

 

     Ahora, solo ahora, me estremezco por dentro. ¿Cuántas contestaciones, sinceras, poéticas, apasionadas he imaginado a su frase, que de momento corté en agraz? Buscando el sueño, me cobijo entre las sábanas de una cama grande y vacía. Como con ella, antaño, me estremece el frío, antes de recibir el premio de una dulce y compartida templanza.

 

 
2.  El paladín de la dama

 
 




     El Hotel. Me cuesta trabajo honrarle con la mayúscula. Levantado en tiempos de la República, el golpe militar llegó a tiempo de bautizarle con un nombre imperial, del que no quiero acordarme. Ocultaba su modesta alzada en una calle céntrica, de heroico rótulo, a la sombra de una iglesia con ínfulas góticas, que parecía amenazar constantemente con caer sobre él y hacerle trizas. De su pasado esplendor, guardaba un comedor notable, guarnecido con vitrinas y aparadores de nervios emplomados e historiadas molduras. Las arañas brillaban, cuanto la capa de polvo les permitía, y los pesados cortinones de terciopelo granate me recordaban el salón de baile del casino de La Línea. Decían que se comía bien allí, pero los camareros de librea me repelen, por no hablar de los precios. Aprovechando mi conocimiento del lugar y sus servidores, estuve allí yantando una sola vez, cuando Viqui y sus padres vinieron a la descubierta para acabar con nuestras relaciones. Estos eran amigos de mi familia y yo los consideraba porción entrañable de ella.

 

-          Beni –me dijo la madre, en un aparte-, yo creo que habéis confundido la intimidad y afecto de amigos con el amor y el sacrificio que el matrimonio exige. Eres un gran muchacho y mi hija no quiere hacerte daño: Por eso te dará largas con lo de por ahora; más adelante; quién sabe si… Pamplinas, a buen entendedor…

 

     Siempre le estaré agradecido a la señora por su franqueza, aunque no me confesara que su hija ya estaba saliendo con un farmacéutico de Málaga, cosa que supe poco después por mis padres. Nunca volví a entrar en aquel comedor. Cuando pasaba junto a él, miraba de soslayo los pesados cortinajes y me figuraba que, tras ellos, espiaba el boticario de marras, con una sonrisa sarcástica.

 

     Afortunadamente, el hotel tenía un gran salón polivalente, de amplios y diáfanos ventanales a la calle, que servía de bufé, cafetería y hasta salón de apresuradas lecturas. Una mínima barra en forma de ese, de madera color caoba, parecía el sinuoso contorno de una isla etílica, cuya tentadora promesa reposaba en anaqueles de luz y cristal, duplicados por un gran espejo, de contorno esmerilado y leves faltas de azogue.

 

     Una o dos veces por semana, Constanza suplía al camarero titular, por descanso o accidente. Era digno de ver cómo se transformaba, y no solo por fuera. Daba volumen y libertad a su cabello de media melena, con una graciosa onda hacia el ojo derecho. La capa de maquillaje y el discreto carmín de los labios infundían vida en aquella piel alba, que el neón habría convertido, de otro modo, en fantasmal. Las arrugas eran sabiamente ocultadas por el ceñido cuello alto del jersey negro que, con falda tubo del mismo color, constituían su discreto uniforme. En el tiempo frío, sobre el pulóver, la leve trama de una rebeca de encaje blanco remataba su indumentaria, con mucho menos abrigo que coquetería. Y, siempre a la mano, los impertinentes de plata, que solo usaba para comprobar las minúsculas cifras de los tiques de caja.

 

-          Pero, ¿qué demonios?..., pregunté a Severino, el recepcionista de noche, la primera vez que la vi de reina del ambigú.

-           Y qué quiere: apurado te veas. Se siente importante pues cree que los clientes se acuerdan de ella y la estiman. En el fondo es que anda tan alcanzada, que se le ocurrió al patrón. A cambio, le perdona el alquiler de una semana. Claro que hay que ir con ella muy cuidadosamente.

-          No me diga que sisa.

-          ¡Qué va! En eso es muy mirada. Con decir que ni siquiera se queda con las propinas… El problema es que se convierta en la mejor clienta del bar. Más de una vez la han sorprendido llevándose alguna botella a su habitación.

-          No creí que las cosas llegaran a tanto. Así que por eso…

-          Ciertamente. Ella aguanta mucho. Ya sabe, la costumbre; pero está hecha polvo por dentro: el hígado, los riñones… Hemos…, bueno, han tenido que ingresarla más de una vez. ¡Qué lástima! Quienes la conocieron de joven cuentan y no acaban.

 

     Estabas guapísima anoche, le solté a la mañana siguiente, tras buscar nuestra coincidencia en el desayuno. Se puso roja y me agradeció el cumplido, a su modo:

 

-          ¿Verdad que sí? Lo cierto es que disfruto mucho, charlando con la gente bien y ayudando a los del hotel de vez en cuando.

-          Solo te suplico una cosa, Connie. Disfruta, sí, pero no demasiado.

 

     Entendió perfectamente lo que quería decirle y, por toda respuesta, extendió sus brazos hacia mí, menudos, rígidos, sin asomo de temblores. Le pasé la jarra del café, para disimular ante los circunstantes. Luego, nos quedamos en silencio, mirando al unísono hacia los ventanales. El enlosado estaba mojado y la mole blanca de Santiago parecía más ominosa que nunca.

 

-          Hay algo de este hotel a lo que no me acostumbraré jamás –me dijo-. Lo pasé tan mal de niña en un sitio parecido, que detesto su cercanía… Un día, me expulsaron del colegio de monjas; ahora, de tan cerca que me tienen, parecen querer engullirme.

 

***

 

     Ya estoy completamente desvelado y solo los rosados dedos de la Aurora podrán cerrar mis párpados y hacerme descabezar un sueño por agotamiento. Pero, ¿por dónde estábamos? ¡Ah, sí! El famoso hotel. ¿Qué le hizo a Constanza suplicar, hasta convertirme en huésped del mismo establecimiento y empeñarse luego en que ocupase una habitación frente por frente con la suya?

 

      Estaba yo tan tranquilo en una pensión junto al Gran Teatro, a tiro de piedra de la Comisaría. No era mi ideal, pero había que buscar bien un piso de alquiler y ahorrar para los muebles. Ya saben, era mi época de Nuestra Señora de la Victoria. Luego…

 

-          ¡Uf!, no sabes lo difícil de los alquileres, con tantos estudiantes. ¡Y los muebles! Eso, para que, según me cuentas, puedan trasladarte en cualquier momento por necesidades del servicio. ¿Por qué no haces lo que yo? Un poco más caro, pero te lo dan todo hecho, como a una señora.

 

     Me complació y desagradó, a un tiempo, el entremetimiento. ¿Sería que yo le interesaba? Sin duda, era un poco mayorcita, pero a uno sin mundo siempre le gusta agradar. Para cuando di con el verdadero motivo, me había convertido ya en un fijo, es decir, uno de los huéspedes del hotel que vivían allí establemente, pagando por meses una cantidad moderada, en comparación con los visitantes ocasionales. Éramos como una docena, entre ellos Connie, pero me desmarqué del conjunto, poniendo mis condiciones:

 

-          Estoy sujeto a horarios varios y a emergencias constantes. Ya sabe, exigencias de mi profesión. Me conformo con alojamiento y desayuno.

-          Veremos qué puede hacerse. Aquí tenemos en mucha consideración a los señores de la Policía.

 

     ¡Qué tiempos aquellos, en que un funcionario era alguien, aunque para ello tuviese que llevar pistola! Porque el arma, por lo visto, era esencial; también para Constanza:

 

-          Beni, tú llevas siempre pistola, ¿no es cierto?

-          Pues no. Tenemos ordenado dejarla en la Comisaría cuando acabamos el servicio.

-          Entonces, por la noche, no…

 

     Percibí que algo la inquietaba y le conté una patraña.

 

-          Te lo confesaré. Yo tampoco estoy muy tranquilo yendo desarmado y guardo en el armario un pequeño revólver, que compré en Gibraltar hace años. Por mi profesión, puedo temer algún atentado, pero tú, ¿qué narices puede temer una florista?

 

     Me dejó patidifuso. Según ella, estando de veraneo en sus buenos tiempos, se había percatado de que la seguían. Hizo averiguaciones, contrató a un detective privado y, finalmente, dio con la respuesta. ¡La estaba siguiendo el F.B.I.!

 

-          Mujer, me resulta difícil de creer.  Que fuese alguien de los nuestros, pase, pero los federales americanos… ¿Fue antes o después de los tratados de 1953?

-          ¡Y yo qué sé! No me acuerdo, después de tantos años. El caso es que entonces era muy conocida y, según decían, mi influencia no era buena para las chicas del montón.

-          En fin –suspiré-, ¿qué quieres que haga? ¿Montar guardia armada junto a tu puerta?

-          Bastará con una discreta vigilancia, antes de irnos a dormir. Si necesito algo durante la noche, te llamaré por el teléfono interior o con cuatro golpes secos en la puerta. Tú ten el arma a punto.

-          Por supuesto, bajo la almohada. Por tu parte, procura no equivocarte de habitación. Sería muy embarazoso.

-          ¿Por quién me tomas?, protestó. De parecerse a algo mi vida, es a un film de cine negro, no a una comedia de Lubitsch.

 

 

***

 

     ¿Qué oscuros secretos guardaba Constanza en su mente? Como ahora mis memorias, brotaban, se mezclaban y desaparecían, en tal confusión, que era inútil buscar el hilo de Ariadna. Solo una cosa parecía tener clara: siempre había una explicación exótica, una disculpa plausible, una culpa ajena. Su infancia era recordada como penosa. Huérfana de padre a los nueve años, había ido de internado en internado, con experiencias traumáticas y muy escasa formación intelectual. El segundo matrimonio de la madre, convirtió las relaciones entre ellas en un infierno, a causa de los celos enfermizos que doña Constanza experimentaba, al notar cómo su adolescente y hermosa hija se alejaba de ella e intimaba con el amable padrastro, viejo amigo de la familia. El brillo rutilante de su vida en el espectáculo había sido un mero oropel de desprecios y desencuentros, que ella –demasiado joven- había tratado de paliar con un matrimonio de conveniencia, embarazos apenas deseados y grandes dosis de alcohol. La fama había durado no mucho y el dinero, menos aún. Y ahí estaba ante mí, inocente y experta, niña otoñal, provinciana cosmopolita, acogedora y distante, desabrida y delicada.

 

-          Pero contigo soy siempre la misma, ¿no es cierto? Me haces sentir tan a gusto.

-          Nada de eso, Connie: si fueses siempre igual, resultarías muy aburrida. Eres…, no sé cómo decirlo, eres…

-          Como el Doctor Jeckill y Mister Hyde, completó, echándose a reír.

-          Como el concierto para oboe de Bellini. ¿Quieres venir a mi cuarto a escucharlo?

 

     Curiosa, se dejó llevar de la mano hasta sentarse en la única butaca del modesto dormitorio. Seleccioné el disco prometido, cuya funda posé en sus manos y del tocadiscos surgieron los primeros acordes del maestoso. Fijó sus ojos en la colcha de la cama y no los levantó en los casi diez minutos que dura la pieza. No dijo nada, hasta que fui a retirar el disco de la platina.

 

-          ¿Me ves así realmente?, preguntó.

-          Tal cual, Constanza. Mudabilísima y única. ¿Qué sería un brillante si no tuviera decenas de facetas?

 

     ¡Claro que exageraba, pero están entre las palabras que me siento más orgulloso de haber pronunciado jamás! Y no cayeron en saco roto. Una noche soñé con Constanza. Estaba en una habitación como la mía de entonces, solo que con ventanas enrejadas y una enfermera de rostro adusto. Debía ser la enésima visita de mi amiga a una clínica de reposo, tal vez aquella de la que ya no volvió más. Y sonaba el larghetto cantabile, que ella seguía con sus manos de cisne. No estoy esquizofrénica –susurraba-, es solo que soy un brillante.

 

 

3.  El aprendizaje de un policía
 

 

     ¿Qué teníamos en común, Constanza y yo, para hacer tan buenas migas? ¡Ah, querido, los pequeños detalles! Si yo te contara...

 

     ¡Qué razón tenía! El amor por las flores; una voz cálida, vagamente gutural; los paseos entre la niebla, aquel tremendo invierno de la cencellada... Eso que resultas un poco alto para mí…  Y me contaba aquella manida historia de dos artistas, unidos por su breve estatura y su cabello rizado, color de lino. Nunca he logrado compartir las grandes cosas –decía-, guerra, política, cultura. Eso lo llevamos dentro, nos grita, nos posee, nos quiere con exclusividad. Solo se puede compartir lo pequeño.

 

-          Pequeño, según se mire.

-          Cierto, Beni. Pero, si algún día me pongo solemne, dame unos buenos azotes.

 

There goes my only possession,

There goes my everything[1]

 

     Una y otra vez, esta balada me martillea las sienes y hasta acompaso a su ritmo equino mis pasos por el corredor.

 

Now the love that kept this whole heart beating

Has been shattered by the closing of the door[2]

 

     Todo fue uno. La ruptura de Viqui, la intimidad con Connie y aquellas inolvidables cintas musicales de Humperdinck o de Jones[3]. Nunca lo he apreciado mejor que en este caserón familiar, en que solo convivo con un canario, por aquello de no desahuciar a un inquilino de tiempos de mi madre. ¡Si hasta me parece oír los pasos que en el pasado fueron de mi amada y ahora son de la memoria que se me escapa, poco antes que la vida!

 

I hear footsteps slowly walking

As they gently walk across de lonely floor[4]

 

     Constanza tenía soluciones para todo, con tal que yo no sufriera:

 

-          Y tú, ¿escuchas las canciones o solo las oyes?

-          Explícate mejor, Connie.

-          It’s sad, so sad to watch love go bad /but a true love would not have gone wrong.[5]

-          ¡Eso es un sofisma! Además, soy yo quien ha quedado burlado, roto, vacío.

-          Pues tendrás que sacar fuerzas de esa flaqueza..., a no ser que te busques pronto una farmacéutica. ¿Quieres que te ayude yo en la curación?

 

     Era la monda. Me dejó en el corredor de nuestras habitaciones, con la palabra en la boca. Tan solo un guiño y una voz, baja y cálida que cantaba alejándose:

 

I’m just thankful for the good times we’ve had

For without them I could not go on[6]

 

     Y, contra su inveterada costumbre, dejó tras ella la puerta entreabierta.

 

***

 

     No me he tenido nunca por importante y, en cualquier caso, casi siempre ha sido más abultado mi debe que el haber. Aquellos dos años que pasé junto a Connie contraje con ella una deuda impagable, que solo mucho más tarde he llegado a apreciar. En aquel entonces, yo creía darle juventud, protección, buenos consejos. En el fondo, migajas de las sobras en el banquete de la vida. Ella agradecía, manteniéndose en un discreto segundo plano; eso sí, solo hasta que sus problemas o sus recuerdos la retornaban a sus pretéritas glorias o la hundían en el infierno de la depresión. Entonces reclamaba atención imperiosamente o se enroscaba como una gatita en busca de caricias. ¡Cuán bien se me ha dado siempre escuchar y qué mal demostrar cariño!

 

     Deseoso de dormir sin ruidos, había elegido yo una modesta habitación interior, que daba a un patio agobiante e irregular, que el hotel compartía con una casa aledaña. En cambio, Constanza disfrutaba, con la amable tolerancia de la dirección, de una cámara con balcón a la calle, frente por frente a uno de los cubos que enmarcaban la portada de los pies de la Iglesia. En aquella época, la calle aún tenía tráfico rodado, cuyo ruido multiplicaban los muros fronteros, elevados y pétreos. Siempre supuse que ello no perjudicaba el sueño de Connie, ayudado como lo estaba de alcohol y barbitúricos.

 

     En aquel recinto, desordenado y cálido, sobre la mesa que presidía un enmarcado cheque por cincuenta mil pesetas, donativo generoso y no cobrado de un amante compasivo, improvisábamos la merienda de los sábados, cuando el tiempo era inclemente y no teníamos otros compromisos. Luego, nos encaminábamos a alguna sala próxima, para la inexcusable película en sesión vermú. Ella me parecía una crítica muy sólida y bastante ácida de las cintas que veíamos, y acompañaba frecuentemente sus opiniones de anécdotas y reflexiones muy divertidas, camino de regreso al hotel. Su tema favorito era el de los excesos del amor y sus concomitancias con la desgracia y el delito. Tengo para mí que trataba de aprovechar mi desengaño amoroso y la dedicación profesional, para darme lecciones o ejemplos de provecho. Eso sí, lo hacía como si fuese ella la que se preguntara y reflexionase, dejando que su palabra calara en mi mente de manera suave, casi insensible.

 

-          Nunca olvidaré, Beni, la impresión que sufrí con lo de mi amiga Doris. Se había casado muy joven con el dependiente de una tienda de muebles, muy guapo, aunque algo perturbado por los traumas de nuestra guerra. La casualidad hizo que su principal, dueño de la fábrica de los muebles que él vendía, conociese en una fiesta social a mi amiga y –en fin- ella se dejó arrastrar por el vigor masculino y el patrimonio del jefe. Hasta aquí, nada que no suceda todos los días. Lo curioso es que el marido de Doris, enterado de todo, acabase cayendo en los brazos de una hermosa rubia que un día se pasó por la tienda para encargar un comedor.

-          Pues yo no veo la curiosidad por ninguna parte.

-          Espera, que me falta un dato importante por revelar. Aquella rubia era la esposa del dueño de la fábrica. Así que puedes figurarte…

-          Parejas cruzadas.

-          … El marido de Doris perdió el empleo, se separó de ella y marchó a otra ciudad. Mi amiga aceptó el papel de querida oficial, con piso y gastos pagos a cargo de su amante. Pero disfrutó por poco tiempo de un estado tan conveniente, pues un atracador entró de noche para robarla; ella se resistió y la estranguló.

-          ¡Caramba!  ¿Y qué fue de los de la fábrica de muebles?

-          También acabaron rompiendo. Me contaron que la rubia hizo lo indecible para encontrar a su amado, pero este no quiso complicarse la vida con ella. Tal vez, se sintiese un poco culpable por haber abandonado a Doris. En fin, querido, desde que supe todo esto, me hice un firme propósito.

-          El de vivir en un país que admita el divorcio, para acabar civilizadamente con estos enredos.

-          Eso ayudaría –sonrió-. Como también dar por sentado que podemos equivocarnos en la elección de pareja, o encontrar después otra mucho mejor. Es una realidad a abordar con armonía y tranquilidad, no por la violencia y la precipitación. ¿No crees?

 

***

 

     Mi primer caso importante –desde luego, a las órdenes de un comisario- fue el de un sicario que se había cargado, no a la persona escogida, sino a quien había venido haciéndole los encargos, mediante precio. Recuerdo que me había llamado la atención, no solo la identidad de la víctima, sino la rudeza con que el matón la había ejecutado, a martillazos. En fin, ahorremos detalles morbosos. Lo cierto es que siempre nos quedó la duda de si había sido una represalia por impago de servicios, o una venganza por alguna delación. La verdad es que no me importaban mucho los detalles: ni el ejecutor ni el capitalista asesinado disfrutaban de mi simpatía.

 

     Mi ocupación en investigar el asunto durante unas semanas debió dar lugar a que Connie me notase preocupado, o a que yo le contase algo sobre el caso. Su comentario me impactó:

 

-           Siempre me han llamado la atención los tipos que matan fríamente, por precio, no por odio. En los años del estraperlo supe de un sujeto así. Se llamaba Felipe y había sido boxeador. Hacía de guardaespaldas de un mafioso y usurero al que llamaban El Cuervo, dando por su cuenta palizas y hasta algo más. Mi padre lo conocía desde niño, pues eran del mismo barrio. Se había quedado sin padres durante la guerra y lo acogió un pariente, quien le hizo trabajar duramente en una carbonería, entre ignorancia y miseria. Un día, le pilló hurtándole unas monedas y lo molió a golpes. Felipe cogió una pala de acarrear carbón y le hizo una brecha en el cráneo. De allí pasó incontinente al tribunal de menores y, por tres años, a un reformatorio, con las consecuencias que te puedes figurar. Luego, el boxeo de mala muerte y el servicio a El  Cuervo. ¿Qué se podía esperar?

-          Sinceramente, Connie, que ese sujeto no hiciera a otros los mismos males que le habían hecho a él. No me convencen esos determinismos lacrimógenos.

-          Tal vez tengas razón pero yo, cada vez que veía a Felipe, recordaba lo que de su infancia había contado mi padre, y me hacía esta pregunta: ¿No podría remansarse la violencia ciega de este hombre, mediante el ejemplo y el cumplimiento de unas mínimas reglas del juego?  

 

     Después de uno de esos ejemplos, tan al hilo de mis casos, daba yo en pensar si aquellos eran verdaderos o inventados. No obstante, nunca le pedí a Connie que me sacara de dudas. Quizás, porque ya entonces pensaba que, en el amor y en el crimen, todo es posible y nada cierto.

 

     Todavía me viene a la cabeza la historia de Juanita Enríquez. En aquellos años finales del franquismo, no fueron infrecuentes los escándalos, con suicidios sospechosos y cadáveres en la ducha. Sin llegar a tanto, había habido en Castellar un tema de familia, entre un terrateniente podrido de millones y su yerno diputado en Cortes. Las relaciones del político con su acaudalada esposa pasaban por malos momentos, tanto por la discapacidad mental de su único hijo, como por la pasión que había incubado hacia una psicóloga infantil que atendía al niño, antítesis de la madre de este, por cultura, carácter y modestia de vida. No quiero dar más detalles, por aquello de la reserva profesional, pero sí diré que el asunto acabó con un sospechoso accidente de circulación, en que perdió la vida muy oportunamente la esposa del político, entre el escándalo y los más variados rumores. No obstante, el comisario actuó con la mayor indiferencia y circunspección:

 

-          Si nos metemos en medio, nos van a triturar como a trigo candeal. Así que quien se empeñe en que no ha sido un accidente, que lo investigue y nos lo demuestre.

-          Tal vez sea esa misión nuestra, repliqué titubeando.

-          De eso nada. Ya verás cómo todo se arregla por sí mismo.

 

     No le faltaba razón. Para empezar, el político perdió su carrera, su fortuna y su novia. Años después, me enteré desde Granada de que el exdiputado había fallecido en accidente de caza en una montería. La escopeta letal había sido disparada por el hermano de su difunta esposa. Me encogí de hombros y pensé: En otros tiempos, a ciertos políticos de embestida ciega los llamaban jabalíes; así que cabe la confusión.

 

     ¿Qué comentó Connie de este caso? Sinceramente, ya no me acuerdo, pero sí tengo grabadas estas palabras suyas, que pueden venir al pelo:

 

-          Beni, el amor es una planta que crece en cualquier parte, pero más valdría que no pudiera brotar en ciertos terrenos o en algunas personas.

 

 

***

 

     Los rayos del sol hieren al fin las ventanas y el canario gorjea convocándome a la cocina para el desayuno. Por el pasillo, en penumbra, aún creo ver una pequeña figura vestida de gris, con una gran dalia azul aplicada en la cintura. Agota sus pocas energías en sonreír y darme un último adiós, que ahora yo inevitablemente comparto: A pesar de todo –dice-, ha valido la pena.

 

     No es polvo de años lo que cubre mis recuerdos. Son las cenizas enamoradas de Connie.

 

 
 

      

 



[1]  En traducción algo libre: Allá va mi única posesión/allá va cuanto yo tenía.
[2]  Más o menos: Ahora el amor que hacía latir mi corazón/se ha destrozado al cerrar la puerta.
[3]  Obvia alusión a los famosos cantantes Engelbert Humperdinck y Tom Jones, que cuentan entre los mejores intérpretes de las canciones aludidas: Funny, familiar, forgotten feelings y There goes my everything.
[4] Algo así como: Oigo pasos caminando lentamente/mientras andan con suavidad por el piso solitario.
[5] Es triste, tan triste ver que un amor se vaya/pero un amor verdadero no habría salido mal.
[6]  Estoy agradecido a los buenos momentos que tuvimos/porque sin ellos no podría seguir adelante.