viernes, 13 de julio de 2012

EROS Y TÁNTALO




Eros y Tántalo

Por Federico Bello Landrove



          Por razones tan personales como inexplicables, soy admirador y hasta un poco seguidor del escritor ruso Leónidas Andréiev (1871-1919). Uno de mis primeros cuentos lo tuvo como desencadenante y modelo: es el que tienen ante ustedes. ¿Puede convertirse el amor en un suplicio que recuerda al de Tántalo? Esta historia, ambientada en Helsinki, probará que sí.



     Permitan que me presente. Soy el narrador de esta historia. Mis aficiones confesables son los viajes y los libros antiguos. La primera no sé a qué pueda ser debida. Para la segunda, tras profunda introspección, he logrado dar con la causa. Un día de un año del que no quiero acordarme, unos energúmenos entraron en casa de mis abuelos maternos y, para conjurar ciertos demonios políticos, cargaron el piano y saquearon la biblioteca. Se llevaron 445 volúmenes. Ignoro su valor, pero me constan los títulos. Entre ellos, había una primera edición en español de Sashka Yegulev.

     Casi treinta años después, Yegulev volvió a entrar en la casa. Un adolescente lo devoró y, lo que son las cosas, no lo convirtió en un estudiante revolucionario, sino que alimentó su alma con nostalgia de bosques y amores tempranos. Y ahí sigue. Quiero decir, el lector. Del ejemplar aquél y  de la casa familiar no tengo más que el recuerdo.

    Pues, señor, he aquí que el nostálgico de los bosques realizó, hace ya diez años, un viaje a Finlandia. Nada especial ni solitario. Un recorrido colectivo y rápido, de lagos, bosques y Papá Noel. Y dos días en Helsinki; el segundo de ellos, en plena libertad.

***

     Me encaminé –como no podía ser de otra forma- a la Plaza del Senado, para revisitar los edificios de Engel. El tiempo desapacible o el azar me movieron a entrar en la Biblioteca Nacional. Lo que pasó después lo tengo bastante confuso, como cualquier buena asociación de ideas. En fin, de los libros, a un libro –mi amado Sashka-; del libro, a su autor, y de este, a su prudente retiro en Finlandia, donde murió demasiado joven. ¿No tendrían en la primera biblioteca finesa algún ejemplar de la edición princeps de 1911, o de aquella de Calpe de mis abuelos?

     Mi inglés es nefasto, pero la bibliotecaria que me atendió veraneaba en la Costa del Sol: precisamente estaba entonces preparando el equipaje para vacar en España. Yo soy muy locuaz cuando un tema me interesa. El caso es que le conté toda la historia que ustedes ya saben,  ampliada con el hecho comprobado de que Sashka Yegulev había sido expurgado de todas las bibliotecas públicas de la España nacional durante la guerra incivil. Marja Liisa (María, para mí) me facilitó la primera edición rusa del Yegulev, cortó lo antes que pudo mi bisbiseante perorata (“ya sabe, es obligado el silencio en este lugar”) y me dejó en la gran sala de lectura a solas con mi libro amigo y mis recuerdos. Pasé un buen rato hojeando el texto y tratando de descifrar la fonética de algunos vocablos en cirílico. Finalmente, volví a María, le restituí la obra, me despedí efusivamente y recibí una de las mayores sorpresas en mis viajes:

-          Señor B., termino mi turno dentro de dos horas. Tal vez podría usted visitar algunos monumentos próximos y recogerme luego a la entrada de la Biblioteca. Es posible que tenga una sorpresa que darle.

     Como quiera que, ni mi edad, ni su apariencia, permitían suponer peligro alguno en aceptar la cita, contesté con un “encantado, la espero a las seis” y pasé las dos horas siguientes realizando a la muy cercana Catedral protestante la más detenida y distraída visita que turista alguno haya hecho jamás. 

     Minutos después de la hora acordada, no sólo tenía la presencia de María, sino una invitación para cenar juntos en un restaurante de nombre tan poco autóctono como “La Place”. Tomamos un tranvía para llegar hasta allí. Nos acomodamos; cenamos sencilla y fluidamente, hablando de trabajo, de turismo, de mis pinitos literarios y de las bellezas de la costa malagueña –que mi interlocutora conocía mucho mejor que yo-. Finalmente, con el postre ya servido, María se decidió a hablar.

***

      Gané mi examen de bibliotecaria ayudante en la Nacional, sección de lengua rusa, hace unos veinte años. Todavía recuerdo que el ejercicio versó sobre El músico ciego, de Korolenko. La verdad es que hablo muy bien ruso. Mi abuela materna, con la que me crié, era de Carelia. Ya conoces (a estas alturas de la velada se había impuesto el tuteo) la atormentada historia de esa región, tan pronto finesa, como rusa o soviética. El hecho es que –no sé si por experta o por jovencita- logré el aprecio de mi jefe, el viejo señor K., al que acompañaba frecuentemente en sus visitas de inspección.
     Una tarde, con una sonrisa un tanto misteriosa, el señor K. me llamó a su despacho y dijo:

-          María, la Fortuna nos ha tocado con sus alas. Tenemos un viaje de inspección a Mustamakki.

-          ¿Y eso? –acerté a preguntar, por decir algo-.

-          Están restaurando la casa donde murió  Leónidas Andréiev y parece que han encontrado algo interesante.

     Lo “interesante” resultó ser un montón de libros y carpetas, apilados, atados con bramante, cubiertos de polvo y apestando a humedad. Les había dado refugio, en la buhardilla de la casa, un pequeño armario encastrado entre un contrafuerte y un fregadero de desecho, medio oculto por un gran paragüero y la oscuridad ambiente. No sin cierta repugnancia, mandé trasladar el hallazgo a la biblioteca pública de la localidad y allí pasé tres días limpiando y preordenando sus componentes, mientras mi jefe permanecía en Helsinki, hasta que yo le informase de que era posible iniciar formalmente la lectura y clasificación de los documentos.

     No te aburriré, amigo F., con el relato de mis operaciones, tan monótonas  como lo suelen ser en estos casos. Pero, entre tanta factura de sastre, notas de recomendación y libros de consulta, una extensa carta con letra femenina llamó mi atención. Había sido echada al correo en Vyborg en junio de 1919, tres meses antes de morir Andréiev, y este parecía haberla guardado con cierto esmero, entre las páginas de un diccionario ruso-sueco. Leí la misiva varias veces, con emoción creciente, y comprendí enseguida la razón del  probable interés del escritor: estaba ante el germen de un excelente relato para lo más turbio y pesimista de su genio.

-          ¡Sírvanos otra copita de vodka!,- indiqué al camarero, para así dar pie a que María continuara su historia, que empezaba a ponerse interesante-.

-          Descuida, F., no te dejaré con la miel en los labios, como decís en España. Y, desde luego, prometo acabar antes de que tengan que cerrar el establecimiento –ironizó María-.    

     Y, de un tirón, pero midiendo pausadamente las palabras, María tomó en sus manos la carta del restaurante, a guisa de epístola, e hizo como si la leyera, más o menos, en los siguientes términos.

***

     Estimado señor, etc., etc. Desde mi adolescencia he sido fiel lectora de sus obras y admiro especialmente su capacidad para evocar lo más triste, y hasta lo más sórdido, en términos de hermosa fantasía y acendrada piedad. En esa confianza, voy a exponerle el caso del que llamaré “el señor N.”, no tanto para que lo convierta en ensueño mágico, sino para que lo refleje fielmente en alguno de sus futuros relatos, a fin de que sirva de advertencia para quienes estén a punto de caer en los lazos del amor. No se trata de un caso excepcional pues, después de haberlo conocido, he podido constatar que otros hombres –y mujeres- sufren el mismo sino o enfermedad. ¡Que sirva de advertencia!, aunque bien sé que el cariño nos suele hacer inmunes a la reflexión y, por otra parte, creo que el mal que le voy a exponer no tiene medicina conocida.

     Es un hecho que el señor N. tenía la innata virtud de inspirar confianza: bien parecido, inteligente, con las palabras justas, de maneras educadas y, sobre todo, con unos grandes ojos negros que miraban muy dulcemente, como acariciando a sus interlocutores. Yo ya lo conocí cuando estaba en algo más de la mitad del camino de su vida. Entonces compensaba la inexorable pérdida de encantos físicos con una figura todavía esbelta y un alto cargo en la Administración de esta provincia, que ejercía de manera diligente y humana, sin que nadie tuviera nada negativo que decir de él.

     El señor N., por otra parte, era sincero. Aunque yo no estaba en absoluto al tanto de su vida pasada en Petrozavodsk –donde había nacido-, no tuve la menor dificultad en conocer por su boca lo más relevante de ella. Siendo un estudiante del liceo, había vivido su  primer amor con la hija de unos íntimos amigos de su familia, sin que tan hermosos sentimientos llegaran a buen puerto, al parecer, por la torpeza propia de su edad y por las intromisiones de sus padres, inclinados a ver toda clase de peligros en relaciones tan tempranas. Nada de extraordinario, pensará usted; como tampoco lo es que él tratara de olvidar, aparentando indiferencia, ni que la joven, triste y despechada, aceptase las peticiones de un insistente capitán, con quien al fin contrajo matrimonio y se fue a vivir a Kiev.

     El señor N., entretanto, concluyó brillantemente sus estudios, ganó la plaza de Jefe de Negociado de Primera y, con sus remordimientos y dolores a cuestas, pasó a ejercer la profesión en Joensuu. Allí conoció a quien sería su primera esposa, a la que siempre consideró –según manifestaba- como “la mujer más perfecta que haya encontrado nunca”. Tuvieron dos hijos y toda la felicidad que desearse pueda. Pero, al cabo de cinco años, ella contrajo la tuberculosis y falleció en pocos meses, dejando a su marido en la más desoladora tristeza. Pienso que, si no hubiera sido por sus hijos, el señor N. no hubiera resistido cierta sacrílega tentación…
     Verdaderamente, en el cuidado de los dos niños fue ejemplar. No hubo hora que no les dedicara, ni ciencia en que no ejerciera para ellos de maestro. Los ratos libres los ocupaban en recorrer los caminos y estudiar la naturaleza. Hay quien dice que llevaba a los pequeños sobre los hombros cuando ellos se cansaban, sin importarle parecer ridículo. En fin, son detalles un tanto nimios, que yo conozco por referencias. El caso es que los hijos –niño y niña- crecieron entre las mayores atenciones, con el recuerdo de su madre siempre presente, pero sin hacer de la ausencia de ella  motivo de mimos o de excesiva tolerancia.
     Y, mientras tanto, en Kiev, se producía la debacle. Tras unos años de convivencia aceptable, en los que un niño bendijo el hogar, el militar empezó a concebir celos enfermizos de su esposa, intachable por todos los conceptos. Las brillantes cualidades de ella eran para su marido, no motivo de orgullo, sino fuente de rencorosa envidia. Aprovechaba cualquier ocasión para hacerla de menos y hasta he oído decir –no sé si con fundamento- que, a las discusiones frecuentes y las infidelidades ocasionales, el militar añadía malos tratos a su esposa; todo lo cual acabó por deshacer el matrimonio, pidiendo y logrando ella el divorcio, con la custodia del hijo.
     Espero, señor, que mi carta no le esté resultando larga y aburrida, pero soy incapaz de resumir más. Es lo cierto que, al hacerse mayores sus hijos, el señor N. razonablemente pensó en reordenar su vida y evitar la soledad en lo que de ella restara. Enterado por algunos familiares del desastroso fin del matrimonio de su primer amor, le escribió una carta de amistad y ofrecimiento personal, que ella no contestó, cerrando cualquier posibilidad de reencuentro. Considerando por ello a su primera amada definitivamente perdida para él, se puso manos a la obra, en busca de nueva compañera. Tengo entendido que la cosa no le resultó fácil, debido a su edad madura y a que –según su propia expresión- no era sencillo inducir a alguien a cometer delito de trigamia. Curiosamente, quien más caso hizo de sus requerimientos afectivos fue una damita de la buena sociedad de Joensuu, famosa en la ciudad por su belleza y exquisita cultura. Las relaciones adelantaron bastante, pero la joven, finalmente, acusó el temor ante la diferencia de edad y sus futuros deberes maternales hacia los dos hijos de su pretendiente y, de manera fulminante, casóse con un amigo de la infancia, un verdadero petimetre o, tal vez, un hombre de mente enferma. El caso es que, un hijo y dos años después, el matrimonio se deshizo, como el señor N. no había dejado de vaticinar a la joven, de manera objetiva y, hasta cierto punto, desinteresada.
     El señor N., avergonzado por aquel desaire a la vista de todos, se trasladó con sus hijos a esta ciudad de Vyborg, aprovechando un ascenso profesional y la mayor oportunidad de estudios para los muchachos. Y aquí es donde entré yo en su vida. Pariente lejana del señor N., soltera y poco más joven que el recién llegado, le hice los honores de mi casa y le ayudé a buscar alojamiento adecuado para él y sus hijos, así como liceo para estos, dado que era, y soy, profesora en  uno de tales centros. En fin, supongo que, por conveniencia para él y por amor para mí, la relación amistosa tornóse en grato y breve noviazgo (¡a nuestra edad!) y cometí trigamia, con el corazón lleno de cariño y la mente  de inquietudes.  Me consta que algunas compañeras del liceo llegaron a hacer apuestas sobre si nuestro matrimonio duraría un año. Bien, han pasado quince y seguimos casados. La trigamia ya no existe, pues los dos hijos del Sr. N. (conmigo no los ha tenido) han volado lejos del nido y nos han obsequiado con dos nietos. Afortunadamente, la gran guerra que acaba de terminar  ha respetado a todos nosotros, al llegar muy tarde para unos y muy pronto para otros. ¡Qué quiere Vd.! Estoy orgullosa de la labor realizada. El Sr. N. me aprecia; su hijo me respeta; la hija me quiere, y yo amo a los nietos como si fuesen de mi sangre.
     Mientras tanto, en Kiev, el primer amor de mi marido, pasada también la mitad del camino de su vida y con su hijo colocado y casado, emprendió el sendero de la libertad y, con él, una latente vocación literaria. Sus trabajos adquirieron cada vez mayor notoriedad; los editores y los lectores le abrieron las puertas de una moderada fama, y la Academia Literaria de la gran ciudad la acogió entre sus miembros docentes de número. Espléndida ocasión para conocer a otros artistas y, entre ellos, al poeta L., tan famoso como pagado de sí mismo, con el que al parecer vivió el gran amor de su vida, pese a las dificultades inherentes a los anteriores matrimonios  de ambos y al narcisismo de él.  Con todo, parecían ya tocar campanas de boda, cuando una terrible enfermedad se cebó en la señora. Llena de valor y de entereza, soportó su terrible tratamiento sin avisar siquiera a los suyos en Petrozavodsk y sin más compañía que la de su hijo…, pues el brillante poeta no se encontró con fuerzas para afrontar el dolor cara a cara y convivir con una mujer marcada con el sello de la mutilación y la amenaza de la muerte.
     Bendito sea Dios, que finalmente perdonó la vida a esa señora, aun a costa de hacerle sufrir el mayor de los desengaños. A ella, y a mí, pues enterado el señor N. de lo sucedido, no hace más que pensar en su primer amor; en que él es el culpable último de sus desgracias y sufrimientos; en que su deber es estar a su lado –siquiera moralmente-, como el mejor de los amigos y el más fiel de los compañeros. Bueno, sólo lo piensa, pero yo leo en sus pensamientos y contemplo, tensa e inoperante, cómo naufraga mi matrimonio, sometido a los embates de un iluso que cree poder dar marcha atrás en el tiempo y amar a quien ya apenas conoce, y a las posibles veleidades de una mujer que, aunque mucho más sensata que él, tiene las llaves de nuestras vidas, con sólo pronunciar la palabra “VEN”.
    Esto es, mi estimado y paciente señor Andréiev, todo lo que quería contarle. El resto es cosa de su talento de narrador y de hombre sensible. ¿No cree usted que el señor N. tiene una terrible enfermedad o una maldición sobre sí? No es capaz de amar a las que le aman y ama a quienes no pueden amarle, o por rechazo o por la muerte. Bien, hasta ahí, tal vez todo sea puramente natural. Pero, ¿y ese poder diabólico, de que las mujeres que no le aman a él  fracasen al amar a otros?
     No sé todavía qué será de mí, ni me importa. Vivo el día a día junto al señor N., entre el fingimiento y la inquietud. Nosotros ya estamos definitivamente atenazados por este terrible sino. Pero ¡haga algo por quienes todavía pueden intentar eludirlo!
     Suya, etc., etc.,  (firmado) “Señora N.”

***

-          Muy interesante –acerté a decir, al cabo de unos momentos de concluir la lectura-. Lástima que Andréiev muriera antes de dar cuerpo literario a tan notable historia. Por más que, en El diario de Satanás
-          No he acabado, amigo F.; hay algo mucho más importante para mí. El tema, los lugares  y los personajes de la carta me resultaron muy familiares. ¡Y tanto! Como que  la abuela con la que -según te dije antes- me crié resultó ser la hija de la anónima señora N.
-          Pero, ¿qué me dices? ¿No acabamos de saber que la señora N. no tuvo hijos de su matrimonio?
-          Cierto. Mi abuela era la niña  que la señora N. amó como si fuera de su misma sangre.
     Pagamos la cuenta y salimos a la noche blanca de la ciudad. Sin pronunciar una sola palabra, acompañé a María hasta su casa, cercana al hotel donde se alojaba mi grupo. En el momento de decirnos adiós, no puede contenerme y le lancé las preguntas que mentalmente había ido haciéndome, una y otra vez, durante nuestro despacioso paseo:
-          María: ¿Qué fue, finalmente, de la señora N.? ¿Y de la carta?
     Creo que ni siquiera me oyó. Acercó su mejilla a mi cara, para los besos de despedida, y susurró:
-          ¿Sabes, F.?, a veces pienso que ese mal de amor es hereditario.

***
      Meses después de mi viaje a Helsinki, pujé por Internet y conseguí un ejemplar de Sashka Yegulev como el que hubo en casa de los abuelos. Pero ni se me ocurrió añadirlo a mi biblioteca. Redacté una sentida dedicatoria, lo metí en un sobre de burbujas y se lo remití a María, a la Biblioteca Nacional de Finlandia. Días más tarde, recibí una brevísima carta de mi amiga que, escuetamente, decía: “Querido F., gracias por el libro y la dedicatoria. Ha sido un  detalle maravilloso. Y, por cierto, ¿no crees llegado el momento de que se cumpla la voluntad de mi bisabuela?”
     Pues bien. Aunque obviamente yo no soy Andréiev, como la voluntad de los difuntos es sagrada y María murió el verano pasado, me he decidido a contarles esta historia, en la que mi única aportación personal ha sido ponerle título.

   

    


domingo, 8 de julio de 2012

EL PERFECCIONISTA



El perfeccionista

Por Federico Bello Landrove

     Cualquier faceta de la vida es susceptible de sujetarse a reglas, valores y criterios de perfección. Ello es predicable, por supuesto, de negocios u oficios tan lucrativos y discutibles, como la pornografía. Otra cosa son las consecuencias de llevar demasiado lejos las ansias de superación, como podrán comprobar los lectores de este relato, tan real, como la vida misma.



1.      Un escritor de talento



     No creo que hayan oído hablar de Eleuterio Rubianes[1], oficial de notarías y escritor de relatos breves a ratos perdidos. Fuimos condiscípulos en los ya lejanos tiempos en que cursamos la carrera de Derecho en la Universidad compostelana. Luego, la vida y el trabajo nos distanciaron, hasta el día en que adquirí un ejemplar de segunda mano de Cuentos para soñar, delicado título para un libro de relatos moderadamente eróticos, del que era autor mi antiguo compañero de Facultad. Lo leí, me gustó –así mismo, moderadamente- y me faltó tiempo para llamar a Fandiño, que ejercía de convocante de las reuniones quinquenales de los componentes de la promoción del 84:

-          Fandi, no tendrás la dirección de Rubianes, pues quiero escribirle y no sé dónde para.

-          Como no ha asistido más que a la primera de nuestras comidas, tengo los datos de hace quince años, lo menos. A ver si tienes suerte con ellos.

     Hubo suerte. Le envié una misiva encomiástica de sus cuentos, que concluía con estas palabras, más o menos:

     Así que, si vienes por Barcelona, ya sabes dónde me tienes. Me gustaría mucho volver a verte y, si es menester, servirte de cicerone de esta gran ciudad y su entorno.

     Me contestó a vuelta de correo, agradeciendo la benevolencia de mi crítica literaria y el ofrecimiento de ejercer como anfitrión en la Ciudad Condal. Juzgaba factible que nos encontrásemos a no tardar, ya que radicaba en Barcelona la editorial que le había publicado el libro de marras y para la que, en una línea menos procaz, pero no menos peligrosa, preparaba una serie de relatos sobre la Guerra Civil. Entre líneas, podía deducirse que no estaba precisamente muy contento de que su hasta ahora única publicación –moderadamente exitosa- hubiera tenido que versar sobre temas eróticos, para lograr editarla.

     La oportunidad de coincidir se logró un par de años más tarde. Lute Rubianes había tardado aproximadamente en escribir sus cuentos sobre la Guerra Civil tanto tiempo, cuanto había invertido Franco en entrar en Barcelona. Lo malo es que el primer aviso que tuve de su llegada (de la de Rubianes, no de la del Generalísimo) fue por teléfono, una tarde de viernes, en que ya tenía un compromiso inexcusable:

-          Paco, soy Eleuterio Rubianes. Estoy en Barcelona para presentar mi libro y había pensado que…

-          ¡Qué contrariedad! Precisamente tengo una cena ineludible. Si me hubieras llamado antes… Pero aguarda, ¿cuánto tiempo vas a estar en Barcelona?

-          Ya he acabado con lo de la editorial; así que marcho mañana mismo. Pero no te preocupes: comprendo que debí llamarte con antelación. Otra vez será.

     Me daba apuro dejarlo tirado, aunque se lo mereciese. Decidí hacer un esfuerzo:

-          Bueno, por lo menos, tomar un café y charlar un rato. ¿Dónde estás ahora?

     Una hora más tarde compartíamos cruasán e infusión en una atestada cafetería de la Rambla de las Flores. El tipo estaba exultante por la acogida de su obra en la editorial Cualladó y, por otra parte, tenía una conversación amena y muy variada. Sin sentir, se nos hicieron las ocho. Me empezó a rondar una idea por la cabeza:

-          Oye, Lute, estoy pensando que, a lo mejor, podrías acompañarme a la cena. Va a resultar muy entretenida y no creo que haya problemas de aforo, si te presento como un profesional del gremio.

-          ¿Y cuál es ese gremio?

-          Se trata de la cena de inauguración del FICEB, ya sabes, el festival del cine porno de Barcelona[2].

     El oficial de notarías dio un respingo. Tuve que explicarle, lo primero, que mi asistencia era en calidad de abogado de Ricardo Ponce, uno de los principales productores y directores del ramo. Seguidamente, le guiñé el ojo, y añadí:

-          Vosotros, los escritores, podéis entrar en cualquier parte con el pretexto de que vais a documentaros. Y ya verás cómo hay mucha materia para ello en la cena… y en la sobremesa. Solo espero de ti que te comportes moderadamente. En caso contrario, se lo contaré a tu esposa.

-          Ya te he dicho hace un rato que soy divorciado… No sé, no sé… No vengo preparado. Ni siquiera traigo esmoquin.

-          Con traje y corbata, basta y sobra. Pasaremos por casa y luego por tu hotel. Vamos, que tenemos el tiempo justo, si queremos que te hagan un hueco en la mesa de la productora Romanones.

-          ¿Romanones? ¿No era Ponce?

-          Vamos, tío, no seas plasta. Por el camino te contaré el origen del nombre[3].

***

     Ricardo Ponce, aparte de un cliente respetuoso y buen pagador, era todo un tipo, que había llegado a contar con mi admiración, por su sentido comercial y trato respetuoso hacia sus trabajadores.  Formado en las mejores escuelas de Italia y California, nunca había sido un pornógrafo puro –si vale el epíteto-, sino que había mostrado alguna inquietud por producir un material de cierto nivel artístico y argumental. Por ello, no dudé a la hora de hacerle la presentación de mi inesperado acompañante:

-          Aquí, Eleuterio Rubianes, un escritor de talento, de lo mejorcito en el género del cuento erótico.

     A partir de ese momento, Lute y Ricardo departieron animada y fluidamente, como si de viejos colegas se tratase. Mi amigo revelaba un conocimiento general del porno, que hacía suponer algo más que lecturas de mesa camilla. Y, por su parte, Ricardo no dejaba de sonsacarle datos sobre sus cuentos e ideas, para una posible serie culta de películas genuinamente españolas, de un erotismo subido de tono. En todo momento, Lute rayó a gran altura, no siendo cuando su interlocutor aludió a su admirado Mario Salieri [4]:

     -     Habrás oído hablar de Salieri, aventuró Ricardo.

     -     Sí, pero como músico[5]. Desconocía su faceta erótica.

     Poco a poco, fui perdiendo interés por los detalles de la charla entre esos dos teóricos del porno y dedicando mayor atención a Mariasun, ayudante, secretaria y mano derecha de Ricardo, a la que tenía a mi lado. También a ella le llegaban fragmentos de la plática entre su jefe y Lute, pero parecía lejos de sentirse interesada. En un momento dado de la cena, me susurró:

-          Chico, que rollo sobre literatura y porno. Como si no supiéramos todos lo que buscan nuestros clientes.

-          Ya sabes como es Ricardo. Siempre está soñando con elevar el porno a la categoría de octavo arte. Luego, todo queda en nada.

     Pero, por esta vez, me equivocaba, como tendrán ocasión de comprobar quienes sigan adelante con la lectura de esta veraz historia.





2.  La chica de la casa de al lado


     Si Eleuterio Rubianes les habrá sido seguramente desconocido, no diría yo otro tanto de María Delicia, histórico nombre de guerra de María Asunción Redondo, pionera del cine porno en España. En sus años mozos –y no tan mozos- había paseado su cuerpo serrano por las mejores páginas y pantallas dedicadas al sexo explícito, manteniendo, además, relaciones de todo tipo con los más destacados directores y productores del momento, Ricardo Ponce entre ellos. Alrededor de sus treinta abriles, nadie se habría explicado su éxito, al verla por la calle: maciza, de rostro afilado y huesudo y estatura mediana, no tenía grandes cualidades anatómicas para triunfar. Ella solía decir, con humildad, que no había entonces en España mucha competencia. Quienes la conocían desde un principio –Ricardo entre ellos-, encontraban la causa de su éxito en la seriedad con que la chica se tomaba su profesión, con una mezcla de rigor personal y de proselitismo ejemplar. Yo le doy la razón al presentador de la ceremonia de entrega del premio Ninfa [6] , cuando aludió a Mariasun como la vecina, la chica de la casa de al lado; alguien que, sin dejar de ser normal y corriente, sabía convertirse en oscuro y apasionado objeto de deseo. Que conste: comparto el aserto, aunque nada tenga que ver con su prosodia rimbombante.

     Cuando yo inicié mi relación profesional con los Estudios Romanones, Mariasun acababa de retirarse, por edad, de los platós y tomado posesión de un pequeño despacho, adjunto al de Ricardo, cuyo rótulo era bastante más aparente que los muebles: Productora Ejecutiva. Además de esa retirada poco menos que inevitable, la veterana actriz y su mentor habían concluido su relación sentimental de una década, por motivos que ellos sabrán y yo evitaré sugerir. Con todo, Mariasun se había convertido en el alma de los estudios, dirigiendo algunas películas, programando y resolviendo castings, animando y aconsejando a las jóvenes promesas y, en fin, llevando las relaciones publicitarias de la empresa. Ricardo confiaba ciegamente en ella y se reservaba para otras cuestiones esenciales, como la financiación, la distribución y los contactos con los clientes. De hecho, fue él quien me contrató. A su alter ego la conocí tiempo después, siempre con la distancia que provocaba el vernos solo de vez en cuando y sin puntos en común que tratar. Lo suficiente, en todo caso, para estimar su valor, realismo y simpatía, que compensaban con creces la falta de cultura general.

     Aunque los años no pasan en balde, muchos nos preguntábamos si Mariasun no se arrepentiría en alguna ocasión de su abandono tajante de la actuación y se apuntaría a las series milf, o de maduras, que tanto predicamento estaban alcanzando. Ella no dejaba de cuidarse físicamente, con largas sesiones de gimnasio, pero rechazaba su regreso ante las cámaras, como le solicitaban decenas de fans:

-          Cada cosa, a su tiempo. ¿Qué pinta una cuarentona, aunque esté de buen ver, en una película gonzo [7]? Dejemos para las jóvenes la gimnasia. Yo ya tengo bastante con ayudar a que se mantenga el negocio.

     Siempre pensé que lo decía con la boca pequeña. En cualquier caso, no la conocía lo bastante como para aseverarlo ni, aún menos, para llevarle la contraria. Tan solo puedo asegurar que, frente al esteticismo creyente de Ricardo, Mariasun hacía gala de un practicismo militante, bien claramente evidenciado en su apostilla de la cena acerca del rollo sobre literatura y porno. Claro que uno siempre puede equivocarse y, parafraseando la llamada ley de Murphy, si puedes equivocarte, es seguro que ello sucederá.

***

     Pasada aquella noche de la cena inaugural del FICEB, no volví a ver a Rubianes en unos meses. Es cierto que Ricardo me daba en ocasiones la matraca con lo de un porno artístico y nacional, pero sin entrar en detalles de proyectos ni de colaboradores. Él era un poco supersticioso y quizá supuso que yo fuera gafe, o que habría de fracasar lo que se diese por seguro antes de producirse.

     Lo cierto es que, en una misma tarde, volví a encontrarme con Lute y a ser informado de la espectacular promoción llamada Historia del sexo español. Ricardo me la resumió, en presencia de Lute, en pocas pero efusivas palabras:

-          Verás, Paco: pocos países tienen la tradición del nuestro en materia de erotismo. Cuentos, historias, romances, letrillas, apólogos… Desde el Arcipreste de Hita a Almudena Grandes, por poner unos límites cronológicos. Ahí tenemos los argumentos para los cortometrajes y, si me apuras, a veces hasta el guión. Y aquí es donde entra tu amigo Rubianes, que es un monstruo en esto de la literatura de sexo…

-          Ya voy entendiendo. Pero del erotismo literario al porno cinematográfico, hay un gran trecho.

-          No tanto –intervino Lute-. Hay historias que pondrían colorado a Rocco Bartomei. Basta con hacer visualmente explícito lo narrado y en paz. Los preparativos, el retorcimiento, el engaño…, todo ello contribuirá a hacer el sexo más morboso y a provocar la mayor complicidad del espectador.

-          ¡Caramba, Lute!, exclamé. Lo tienes todo previsto.

-          Bueno, casi todo –corrigió Ricardo-. Hacen falta directores, montadores, técnicos de iluminación y de sonido, actores de carácter, chicos y chicas que actúen con algo más que sus partes… Vamos a necesitar un montón de dinero. Pero el negocio del porno en español solo está esperando un promotor con arte y con ideas. Se trata de empezar con prudencia y hacerse con una parte de la cuota de mercado que ahora copan desde Budapest, Praga o el Porn Valley [8].

-          ¿Y qué pinto yo en todo esto? ¿Para qué me has hecho venir?, gruñí, barruntando el fracaso de tan atrevida iniciativa.

-          Hombre, creíamos que te alegrarías por tu compañero de carrera y por los Estudios –refunfuñó Ricardo-. En todo caso, se trata de que agilices el cobro de todos los créditos que tengamos vencidos y que me asesores en la solicitud de un importante préstamo bancario. Estoy dispuesto a todo –me miró de hito en hito-. Es la obra de mi vida: el porno español, como instrumento de cultura, de arte, de promoción internacional. La culminación de veintitantos años de profesión.

-          ¿Y qué piensa Mariasun de todo esto?, pregunté maliciosamente.

-          ¿Mariasun? Siempre ha estado a mi lado y, ahora, también al de Lute, repuso Ricardo, con más malicia aún.

     Me encogí de hombros y esbocé un breve ademán de despedida. Llegado al aparcamiento, ya dentro del coche, recuerdo que pensé en voz alta:

-          Estos tíos van a suicidarse pero ¿qué se me da de ello? Casi mejor: mi esposa estará encantada. Nunca ha tragado que me saluden por la calle unas chorbas de impresión.

    Encendí el motor y me puse en marcha. Sin querer, se me fueron los ojos a la ventana del despacho de Mariasun. El alma de los Estudios Romanones estaba casualmente mirando hacia la calle y me hizo una seña de saludo. Apenas correspondí.





3.  Los extremos se tocan


     Tuve el primer barrunto de que podía haber algo entre Lute y Mariasun, con la maliciosa alusión de Ricardo a que esta estaba siempre al lado de aquel. El segundo hubo de venir de la propia pionera del porno en España. Pero, antes, pude constatar que mi condiscípulo se había trasladado a Barcelona para vivir, aprovechando su soledad galaica y una vacante de oficial en una notaría de la calle Aragó. Creo que Ricardo tuvo algo que ver con que lo contratasen para dicho puesto.

     Como les decía, Mariasun acabó por sincerarse conmigo, tratando al mismo tiempo de sonsacarme:

-          Paco, tú que conoces a Lute desde hace muchos años, ¿qué puedes contarme sobre él? Parece un buen hombre, pero una nunca sabe…

-          Huy, huy, María Asunción. No me digas que el galleguiño te ha hecho tilín.

     Se puso como la grana, a la par que tensaba su sólida musculatura de practicante del wrestling[9] en sus buenos tiempos. Me sentí impulsado a las confidencias, en vista de que la cosa parecía ir en serio.

-          Verás, Mariasun, casi no recuerdo nada concreto de Lute, de nuestra época de universitarios: un chico normal y corriente, buen estudiante, de familia modesta. Luego, lo perdí de vista durante casi veinte años y ahora… ahora es obvio que puedes saber tú de él mucho más que yo.

-          La verdad es que no me eres de mucha ayuda. Por lo menos, podrás decirme si es sincero; vamos, si toda esa monserga del porno culto la siente de veras, o es una forma de hacerse famoso y, de paso, beneficiarse a alguna pelandusca, como llamas tú a las chicas que vienen a los castings.    

-          Yo pienso que es sincero. De hecho, su afición a lo erótico es anterior a conoceros. En cuanto a lo de catar las manzanas de Eva, no tengo ni idea de sus pretensiones. ¿Es que te ha tirado los tejos?

      Un poco a regañadientes, Mariasun me puso al tanto de sus relaciones. En un principio, ella se le había aproximado, tratando de captar sus conocimientos y pretensiones, que tanto importaban a los Estudios, dado el ascendiente que ejercía sobre Ricardo. Luego, ya se sabe, el oficial de notarías la había impresionado por su capacidad de trabajo y adaptación al nuevo medio; pero, sobre todo, por la forma en que se tomaba las relaciones laborales, muy alejada de a lo que ella estaba acostumbrada:

-          Es como si fuéramos espíritus puros. El tío te mira a los ojos y te traspasa. La carne no parece contar para él.

-          Mujer, no será para tanto. Di, más bien, que comprende que el sexo es aquí una profesión, un medio de vida, y que no tiene por qué aprovecharse de su posición. Vamos, un tío honesto.

-          Sí, es lo que, al final, he llegado a pensar también yo. Y eso es lo que me gusta de él, que todo lo de aquí se lo toma con completa naturalidad.

     Nuestra charla no llegó más allá, pero los sentimientos de la incipiente pareja, sí. Era de esperar, conociendo las grandes cualidades de todo tipo de Mariasun. La confirmación la obtuve de Lute, el día del cumpleaños de Ricardo, cuando la gente veterana de los Estudios nos reuníamos a cenar en La Barceloneta. Mi condiscípulo se empeñó en llevarme en su coche y, en el camino,…

-          Paco, tengo que decirte algo. Si no, reviento.

-          ¿Tiene que ver con Mariasun y contigo?

-          Pero, ¿cómo lo has adivinado? Claro, te lo habrá contado Ricardo.

-          En absoluto, pero es algo que se veía venir: ella, tan atractiva y tú, tan irresistible…

-          No me tomes el pelo. Aún no sé lo que puede haber visto en mí para aceptar mi proposición.

-          Pues, o será por tu carácter, o por tus centímetros. Tú sabrás.

     Se quedó boquiabierto y yo no esperé la respuesta:

-          Sea por lo que fuere, Lute, mi enhorabuena. Mariasun es una mujer de bandera en casi todos los aspectos. Por lo demás, el futuro no lo sabe nadie. Así que disfrutad del presente y que ello te sirva para escribir unos guiones lo menos intelectuales posible.

***

     Pasaron los meses. Las carpetas con los guiones de la Historia del sexo español crecían y se multiplicaban, como era de esperar. Ricardo insistía en que leyera alguno y, por no desairarlo, los hojeé. No debía de dar mucho de sí nuestro sexo, pues había materiales foráneos en abundancia, desde las Mil y una noches, hasta Maupassant, pasando por Boccacio, Fielding, Sade y otros muchos clásicos del erotismo. Eso sí, todos de campanillas, aunque reducidos a lo poco que puede reflejarse en veinte o treinta minutos, relaciones incluidas. Empezaron a entrar técnicos y actores de prestigio y a salir dinero y valores, que los Romanones habían acopiado lentamente, tras muchos años de trabajo y economías. No sé qué tendrían Lute y sus versiones, que les tenían sorbido el seso a todos. Decidí encararme con Ricardo:

-          ¿Has pensado bien dónde te estás metiendo? Llevamos gastados más de trescientos mil euros y todavía no se ha rodado una sola escena.

-          ¿A ti qué te importa?, replicó airado. El dinero no es tuyo, ni te debemos tus honorarios. Me está pareciendo que debes tener rencillas con Rubianes.

-          ¿Con Lute? Estás loco. Eso sí, lo que creo es que os habéis juntado un par de visionarios, que lo ignoráis todo el uno del mundo del otro, y así os va a lucir el pelo.

-          Cuando entreguen los AVN[10] del próximo año, hablaremos.

     Un poco a la desesperada, acudí a Mariasun, aun a sabiendas de que estaba por la primera vez que discutiera o desautorizara a Ricardo. Como me temía, fue machacar en hierro frío, aunque con muy otros matices:

-          No creas que no sé lo que nos jugamos –me replicó- y que estamos en el filo de la navaja, pero Ricardo lleva veinte años soportando burlas y sufriendo vergüenzas, por haberse atrevido a instaurar el porno en España. Y yo, no tantos, pero me parece que ha llegado la hora de resarcirme, de abofetear con el éxito y el respeto del público a tanto hijo de mala madre… Mira, Paco, o herrar, o quitar el banco.

-          ¿Me permites un atrevimiento, Mariasun?

-          Tú dirás.

-          ¿No será porque detrás de todo está tu Lute del alma?

-          Si crees eso, Paco, es, o porque no me conoces todavía, o porque eres otro tal y cual, como los que acabo de referirme.

-          Perdona, mujer. Es que me daría pena veros a todos en la calle y el Estudio, subastado por la Caixa.

-          Correremos el riesgo. Y si nos damos el batacazo, habrá merecido la pena.

***

     Contra lo que yo suponía, los primeros en darse el batacazo no fueron Ricardo y Mariasun, sino el bueno de Lute. Claro que el fracaso no fue económico –siempre vivió de la notaría-, sino sentimental.

     Me citó muy reservadamente un día de enero, en la misma cafetería donde habíamos reanudado nuestro contacto, año y medio atrás. El comienzo me asombró:

-          Paco, que me vuelvo para Verín.

-          ¿Qué me dices? ¿Y la notaría de acá? ¿Y el trabajo en los Estudios? ¿Y Mariasun?

-          Todo lo que tenía que hacer en Barcelona queda concluido. En cuanto a ella, cuanto más tierra ponga de por medio, mucho mejor.

     Aunque el hombre no estaba muy locuaz, acabó por contarme lo fundamental. El caso es que habían empezado el rodaje del primer cortometraje de la serie porno-artística, y Mariasun quedó deslumbrada. Conocedora del guión, se empeñó en hacer de todo y meterse en todo: iluminación, corrección de diálogos, ayudantía de dirección. La verdad es que, después de casi siete años, le había entrado el gusanillo de volver a actuar. Claro, no de estrella joven, pero sí de madura tía de ella, experta en las lides de Venus y que había de sufrir los fogosos embates del protagonista, a fin de enseñar la práctica del sexo a su bisoña sobrina, objetivo predilecto del galán, quien era obligado a pasar por el lecho de la tía, como condición implícita para estrenar –aparentemente- a su joven amada.

     La oportunidad llegó de la mano de un doloroso esguince de la actriz madurita, al resbalar en una acrobática postura. Mariasun asumió inmediatamente el papel, con un aplastante argumento:

-          Con María Delicia en el papel de la tía, tenemos asegurados por lo menos medio millón de euros. ¿Te imaginas, Ricardo? Eso, sí: en los títulos de crédito, quiero ir a la par con Verónica Nanclares.

     El pobre Lute concluyó su relato con estas palabras, que recuerdo exactamente:

-          Así que ella vuelve al triqui-traque y yo me vuelvo para Galicia.

     No suelo ser cruel pero, medio en broma, le apostillé:

-          En efecto, Lute, vuelve al triqui-traque, pero, eso sí, artístico.

     Se empeñó en pagar y, sin esperar a que terminara de enfundarme en el abrigo y el sombrero, salió del café a toda prisa. Era una cruda tarde invernal. En las Ramblas soplaba con fuerza la tramuntana.









[1]  Entre otras cosas, porque se trata de un nombre supuesto, como los de todos los personajes vivos que pululan por el cuento. En ustedes está el dedicarse al entretenimiento de descubrir la identidad real de cada uno de ellos, si es que les sobran tiempo y conocimiento del mundillo que describo.
[2]  En realidad, las siglas corresponden a Festival Internacional de Cine Erótico de Barcelona, pero lo cierto parece ser que el erotismo brilla por su ausencia y hay un predominio absoluto del llamado cine porno. Definir y diferenciar lo erótico de lo pornográfico es tarea que supera ampliamente mi objetivo y conocimientos.
[3] Como sabrán los lectores, el famoso primer conde de Romanones (1863-1950) encargó diversas películas pornográficas (para ser los años veinte del siglo del mismo número), por indicación de Alfonso XIII, a la productora barcelonesa Royal Films, que regentaban los hermanos Ricardo y Ramón Baños. Entre los cortometrajes conservados, figura el titulado El Ministro, tal vez en honor de D. Álvaro de Figueroa y Torres, nombre del susodicho prócer.
[4]  Por esta vez, no tengo más remedio que referirme a un personaje vivo por su nombre, dado que, de otra manera, la anécdota perdería su sentido. En cualquier caso, quede claro que el ilustre pornógrafo napolitano aludido en el texto se llama, en realidad, Mario Altieri (Nápoles, 1957); de modo que cumplo a medias el compromiso expresado en la nota 1.
[5]   Lute alude a Antonio Salieri (1750-1825), famoso músico italiano, que desarrolló en Viena la mayor parte de su brillante carrera como profesor y compositor de Corte.
[6]  Galardón que se otorga anualmente en el FICEB a las actrices porno que más destacan por su dedicación y trayectoria. Vamos, algo así como el Goya de Honor a toda una vida, aunque las comparaciones sean odiosas.
[7]   Suele calificarse de gonzo el porno que se limita a reflejar los actos sexuales, con muy leves insertos de sus pródromos. Frente a él, el porno feature presenta un argumento y un guión más variados, aunque lo explícitamente sexual siga siendo abundante y fundamental.
[8]  Porn Valley o San Pornando Valley, denominaciones que recibe en estos ambientes el valle californiano de San Fernando, junto a Los Ángeles, especie de Hollywood de la cinematografía pornográfica.
[9]  Término inglés habitual, para referirse a la lucha libre. Perdónenme la licencia.   
[10]  Especie de Oscars del cine porno, que se otorgan por la revista Adult Video News durante una gala, que tiene lugar en Las Vegas durante el primer trimestre de cada año, a partir de 1984.