lunes, 16 de marzo de 2020

"CON BABUCHAS DE ORO". LOS MERCENARIOS DE FRANCO


“Con babuchas de oro”: Los mercenarios de Franco


Por Federico Bello Landrove



     Muchos achacan el éxito de Franco en la Guerra Civil a su dominio del Protectorado español en Marruecos, que le permitió hacerse con el Ejército de África y, además, contratar como soldados mercenarios a unos 75.000 marroquíes del norte, que tuvieron un importante papel en las operaciones bélicas de dicha guerra. Este ensayo profundiza un poco en algunas cuestiones debatidas sobre tal aspecto de nuestra guerra de 1936-1939.








1.      La clave de un triunfo: Marruecos y el paso del Estrecho




     Como es natural, nadie puede afirmar con rotundidad a qué debió Franco su promoción a la jefatura civil y militar del bando sublevado contra la República y, finalmente, el triunfo de este en nuestra larga y cruenta contienda civil de 1936-1939. Pero en lo que todos los estudiosos parecen estar de acuerdo es que, entre las primeras causas de sus éxitos -si no la primera-, está la siguiente: Los alzados confirieron a Franco el mando del ejército español en Marruecos y, haciendo efectivas las grandes posibilidades que ello le facilitaba, el susodicho General tuvo el acierto, suerte y apoyo extranjero para trasladar ese Ejército a la Península, convirtiéndolo en pieza clave de las operaciones militares desde los primeros días de la guerra.

     Aunque sean puntos bien conocidos y en que las opiniones son coincidentes, no estará de más hacer algunas consideraciones, para que sirvan de introducción al objeto de este ensayo, que no es el de incidir machaconamente en cosas de sobra sabidas, sino tratar de aspectos mucho menos conocidos y más controvertidos de la relación militar de los nacionales con el Protectorado marroquí: los atinentes al fenómeno del alistamiento de voluntarios marroquíes para luchar en la guerra de España en contra de la República.

     Tres consideraciones básicas quiero hacer en esta introducción del trabajo:

     1ª.  Con todas las matizaciones que quieran hacerse sobre su dotación y eficacia, es cierto que los alrededor de 42.000 hombres que constituían las fuerzas armadas y de orden público en el Protectorado eran muy superiores a los 195.000 de guarnición en España[1], tanto en armas, como en entrenamiento. Ello era especialmente cierto en el caso del Ejército -es decir, exclusión hecha de las fuerzas de Orden Público-, que constaba de unos 35.000 hombres, frente a otros 135.000 compañeros que se hallaban en España, a mediados de julio de 1936. Naturalmente, también hay que enfocar la cuestión desde el punto de vista de la proporción de fuerzas fruto de la división de España en dos zonas, así como del hecho de que el Ejército de Marruecos tuviera un comportamiento casi monolítico al unirse al levantamiento, mientras que en España las fuerzas armadas se partieron en dos, si bien en cuantía diversa, según se tratara de generales, jefes y oficiales, o suboficiales y tropa[2].

     2ª. No estuvo lejana la posibilidad de que el Ejército de Marruecos hubiese quedado encerrado en el Protectorado, Ceuta y Melilla, no pudiendo pasar a la Península, por la superioridad naval y aérea de los efectivos republicanos al comienzo de la guerra. Si pudo producirse el paso del Estrecho fue, en gran parte, por el apoyo de Alemania e Italia, suministrando inmediatamente a Franco aviones de transporte y caza. También en esto tuvo algo que ver el predominio nacional en Marruecos, pues algunas de las personas más decisivas en convencer a Hitler para apoyar a Franco fueron empresarios y dirigentes locales nazis, tanto en Tánger, como en Tetuán.

     3ª.  Y, en tercer lugar, enlazando ya con el núcleo de este ensayo, ha de consignarse el hecho de que en el Protectorado español -aun excluyendo formalmente de él Ceuta, Tánger y Melilla-, había un considerable venero de hombres magrebíes[3] dispuestos a hacer la guerra en España, siempre que se les pagase a satisfacción. Naturalmente, me refiero a los que voluntariamente se incorporarían a las fuerzas nacionales a cambio de una soldada, no a los que ya formaban parte de las tropas españolas (Regulares, Mehalla, Legión) antes de la guerra, y que ascendían a unos diez mil hombres[4].







2.      Algunas aproximaciones al número y procedencia de los reclutados




     Siguiendo la inadecuada costumbre española de minusvalorar las Matemáticas, quienes han abordado el tema de cuántos voluntarios o mercenarios marroquíes vinieron a España para luchar en las filas franquistas han manejado cifras que suponen una variación casi de uno a cuatro, con el máximo -que yo sepa- en los 132.000[5]. Me inclino por una cantidad bastante menor: de hecho, una de las mayores especialistas en el tema, María Rosa de Madariaga, parece haber acudido a fuentes documentales fiables y manifestó en el periódico El País que, según datos de la Delegación de Asuntos Indígenas de Tetuán, fueron unos 80.000 los alistados[6]. Naturalmente, el alistamiento no se produjo de manera simultánea, aunque parece lógico y constatado que se produjera de forma masiva en los primeros meses de la guerra, bajando mucho con posterioridad. Y, como es natural, la presencia de los primeramente alistados fue disminuyendo en los frentes, tanto por agotamiento del tiempo pactado en el contrato[7], como por las bajas que se fueron ocasionando.

     En este último aspecto, las fuentes coinciden habitualmente en señalar la cifra de 20.000 voluntarios marroquíes muertos en acciones de guerra[8], lo que supondría la elevadísima tasa de un veinticinco por ciento de fallecimientos[9]. Desde luego, es un dato que requiere de indagación acerca de sus causas. No es mi objetivo hacerlo aquí. Sencillamente, aludiré a los dos motivos que reiteradamente se aducen para explicar tan luctuoso porcentaje: 1º. Que, por razones racistas o de hacerles ganarse el sueldo, los soldados moros fuesen empleados en las acciones y posiciones más duras. 2º. Que, por las sangrientas tácticas empleadas y/o la falta de medios o ideología de protección, los mercenarios marroquíes estuvieran poco preparados para salir del combate con bien, o con un resultado lesivo menor.


***


     En cuanto a la procedencia de los alistados, sin duda existió un pequeño número de residentes en el Marruecos francés que pasaron la frontera entre Zonas para apuntarse en la española, y otro tanto sucedería entre los domiciliados en la pequeña Zona Internacional de Tánger[10]. Con todo, la inmensa mayoría fueron reclutados entre los residentes en el Protectorado español, en alguna de las trescientas cincuenta oficinas o banderines de enganche que se abrieron al efecto por toda la Zona. Y -como es frecuente, por desgracia- los aficionados y pseudohistoriadores se perdieron inicialmente por los vericuetos de un lugar común, muy atractivo: Discutir el papel que el Rif había tenido en el reclutamiento. Al no acudir a las fuentes, sus conclusiones fueron gratuitas y contradictorias. Mientras unos afirmaban que los rifeños habían sido mayoría entre los alistados, por ser especialmente violentos y pobres, así como por tener cuentas pendientes con España[11], otros sostenían que los habitantes del Rif -no digamos los de la kábila de Beni-Urriaguel, que era la del antiguo caudillo Abd-El-Krim[12]-, no se habían alistado en cantidad significativa, después del enorme esfuerzo bélico llevado a cabo entre 1921 y 1927. Con una osadía aún mayor, se argumentaba por algunos con una grande y pertinaz sequía, que habría afectado al norte de Marruecos en los años de la guerra civil española, animando a muchos campesinos a alistarse; una sequía que -como acaeció en España- se produjo después, entre 1939 y 1941, anualidades que, por esa y otras razones, dieron lugar en nuestro país a los años del hambre.

     Un estudio más riguroso[13] parece haber puesto de manifiesto que la mayoría de los voluntarios que se enrolaron pertenecían a otras provincias o comarcas de la Zona española, en concreto, y por su orden, las tres siguientes: 1ª. La región de Kelalia, en las inmediaciones de Melilla, sin duda, por la asimilación de sus naturales por la Administración española. 2ª. La Djebala -zona montañosa de la provincia cuya capital es Xauen-, cuyos habitantes tenían fama de ser casi tan fuertes y valientes como los del Rif, pero más inclinados a los europeos. 3ª. La Gomara, también en la provincia de Xauen, donde parece que algunos de sus dirigentes locales promovieron la recluta, llegando incluso a eliminar a un caid que se mostraba contrario a ella[14].

     Y, volviendo a la polémica de la actitud de los rifeños, llevan razón quienes sostienen una menor participación en el alistamiento; cosa lógica por su actitud hacia todos los políticos y militares españoles, así como por la sangría experimentada en los combates sin cuartel de la década anterior a nuestra guerra civil.





3.      Razones de alistarse



          Con más o menos matices, es una cuestión pacífica la de por qué se alistaron tantos marroquíes para luchar en la Guerra de España, como también lo es la de los motivos que a otros moros llevaron a no hacerlo, o a desaconsejarlo. Comenzando por lo primero, es decir, los motivos para ofrecerse como voluntarios, podemos indicar tres, por orden de importancia: las causas económicas, las religiosas y las políticas.


3.1.            Causas económicas del alistamiento.


     Sin necesidad de acudir a problemas concretos en aquellas fechas -sequía, paro forzoso coyuntural-, parece obvio que la situación estructural de la economía del Protectorado español en Marruecos era muy negativa y propiciaba lo que podríamos calificar de medidas desesperadas -jugarse la vida por dinero-, aunque las mismas tuviesen precedentes -por ejemplo, en la Primera Guerra Mundial- y pudieran responder a las costumbres y la idiosincrasia de muchos de los voluntarios. Es sobre ese caldo de cultivo, donde pudo incidir de manera decisiva la posición de cadíes, ulemas y dirigentes políticos, fomentando el alistamiento, como en los apartados siguientes se concretará.

     En cualquier caso, me parece oportuno hacer algunos apuntes sobre el contenido de las promesas económicas de los agentes de reclutamiento, es decir, los beneficios que esperaban los marroquíes firmantes del compromiso contractual que los ligaba a los españoles insurrectos. En el conocido documental Los perdedores[15], se recoge que el reclamo del alistamiento era una paga que rondaba las 180 pesetas al mes, con dos meses de anticipo, así como cuatro kilos de azúcar, una lata de aceite y tantos panes, como hijos tuviera la familia del alistado. Puede ser oportuno consignar que el salario medio en la España de 1936 para un peón era de 7,60 pesetas, con una oscilación entre sectores productivos y regiones de 5 a 10 pesetas. Quiere decirse que la soldada permitía teóricamente mantener a una familia media, máxime contando con que el combatiente tenía cubiertas por el Mando sus necesidades vitales. Y queda por determinar si -informalmente, por supuesto- se incluía el derecho a tomar el botín que el combate o la oportunidad les brindara, como de hecho sucedió de ordinario.

     Haciendo un inciso, me permito recordar que el nivel de precios en el Marruecos español era inferior al de la Península, lo que implica que, con las seis pesetas/día ofrecidas, se podían adquirir muchos más bienes o servicios que en España. En consecuencia, la soldada que los nacionales ofrecían merecía a los marroquíes, como mínimo, el calificativo de interesante[16]. Algo más que interesante debía de parecerle a Franco quien, según dicen, prometió a los mercenarios que volverían a sus pueblos con babuchas de oro.

     La expectativa de morir o quedar inútil para el combate habría de estar presente en la mente de los voluntarios. Dichas contingencias tenían que ser cubiertas mediante pensiones, como también había determinadas condecoraciones pensionadas. Me parece que el tema no ha sido estudiado con precisión, dando lugar -muchos años después- a alegaciones de insensibilidad en los que fueron vencedores en la contienda[17]. No es mi intención, ni mi posibilidad, adentrarme en este tema ni, menos aún, ponerlo al día, con sus actualizaciones posteriores. No obstante, para quien pudiese interesar, recuerdo que la última ley promulgada en España sobre derechos y pensiones de los marroquíes que tomaron las armas en favor del bando franquista, fue la Ley 172/1965, de 21 de diciembre, que también incluye entre los beneficiarios a los integrantes de la Guardia Mora de Franco[18].

     Cerraré este apartado con una referencia a las aportaciones económicas que vinieron, no de las arcas franquistas, sino del propio Majzén, es decir, del erario del Gobierno marroquí en nuestro Protectorado. Un decreto, o dahir, del Jalifa, fechado el 18 de noviembre de 1936, establecía un cuantioso presupuesto de 3.328.838 pesetas, para dotar y crear nuevas unidades militares oficiales del Protectorado, que lucharían en la Península en favor de los insurrectos a la República. Este impulso corrió paralelo con la creación en los Regulares de regimientos de artillería y de compañías de morteros, algo a lo que hasta 1937 se habían resistido los mandos españoles, temerosos de que esos medios fueran mal utilizados, no solo por impericia de los moros, sino por presumírseles falta de lealtad hacia un Ejército español.


3.2.            Argumentos religiosos: ¿Una guerra santa?


     La religión tuvo numerosas concomitancias con la participación de marroquíes islámicos en la Guerra de España; algunas tan indirectas, como la alusión a las cualidades de agresividad, combatividad y falta de piedad, que hicieron de los moros unos mercenarios temibles[19]. De forma un tanto cándida, se argumenta: Si el Islam es una religión de paz, algo religioso tuvo que producirse para cambiar la mentalidad de los moros voluntarios, y eso sería el considerar la contienda española como una guerra santa, en la que los republicanos serían los enemigos de la religión musulmana.

     Desde luego, a juzgar por lo que había pasado y estaba pasando en España, no ofrece muchas dudas el que una gran parte de los políticos, sindicalistas y milicianos al servicio de la República eran enemigos de la religión, pero de la religión católica. No se sabe de excesos gubernamentales prebélicos en Marruecos contra el Islam, aunque se hayan hecho algunas alusiones a cierre o destrucción de mezquitas. Con todo, fue una torpeza del Ejército republicano la que exacerbó los ánimos en el momento menos indicado, a saber, al siguiente día de producido el Alzamiento en Marruecos[20]. Aviones republicanos bombardearon objetivos militares de Tetuán -capital del Protectorado español-, con tal impericia, que ocho de los proyectiles cayeron sobre la Medina de la ciudad, ocasionando 15 muertos y 40 heridos civiles indígenas, y causando serios desperfectos en dos céntricas mezquitas. El sublevado teniente coronel, Juan Luis Beigbeder, y el Gran Visir, Sidi Ahmed el Ganmia, aplacaron de momento los ánimos antiespañoles de los tetuaníes y proyectaron su gran indignación hacia el bando republicano. 





Juan Beigbeder, ya coronel


     A partir de este incidente, y con indudable éxito, fomentaron el antirrepublicanismo musulmán destacadas figuras del bando sublevado, como el general Orgaz, el citado Beigbeder o el general Gómez Jordana[21]. Aunque no me consta una declaración formal de guerra santa por parte de la Autoridad religiosa en el Protectorado, es obvio que la propaganda conjunta de los sublevados y los dirigentes musulmanes de aquel acabaron por crear un clima contra la República Española, como un Régimen sin religión y sin fe en Dios que, lo mismo podría actuar contra el Islam que contra el Catolicismo, como en efecto, venía realizando esto último[22]. El mayor golpe de efecto, tras el citado bombardeo de Tetuán, fue la oportunista generosidad de los sublevados -bajo la superior dirección de Franco-, al ofrecer regalos y dinero al aparato sacerdotal islámico[23], financiar peregrinaciones a La Meca, abrir mezquitas (algunas, en la Península, con la vista puesta en los soldados marroquíes) y hasta sugerir a la Iglesia que cesara en su proselitismo entre los moros, cosa que aquella aceptó, dadas las circunstancias bélicas del momento[24].

     El resultado de esta realpolitik fue que los voluntarios musulmanes vinieron a la Península, si no inducidos, sí alentados por el clero islámico, que tildaba a los españoles republicanos de perros sin religión.

     Indudablemente, detrás de la labor de los militares sublevados, estaba el apoyo económico de los capitalistas que los sostenían, en particular, terratenientes y banqueros, así como de los intelectuales que, tratando de vencer la repugnancia y/o el miedo que los españoles sentían hacia los moros combatientes, hicieron denodados esfuerzos propagandísticos para convertir la islamofobia en islamofilia, cuando menos, hasta que se ganase la guerra. En este aspecto, destacaron figuras, como José María Pemán[25], Jiménez Caballero[26]o Ignacio Olagüe Videla[27]. Algunos remontan la islamofilia, incluso a nivel religioso, hasta los insignes profesores, Codera y Ribera[28], cuya semilla sería recogida por el gran arabista, sacerdote católico, Asín Palacios[29], quien no tuvo ninguna duda a la hora de conectar las armonías e influencias recíprocas entre cristianismo e islamismo con el hecho de que los moros islámicos hubieran abrazado sin vacilar, casi unánimemente[30], la causa militar del Movimiento.

     Por más que esta coyuntural islamofilia haya pasado a la historia, no puede por menos de hallarse influencias de ella -y de la relativa gratitud de Franco hacia los moros que lucharon a su favor- en episodios posteriores, dentro de la llamada relación fraternal de España con los Países árabes, como el reconocimiento tan tardío del Estado de Israel (1986) y la iniciativa Alianza de Civilizaciones, promovida por el Presidente Zapatero[31] en su discurso ante la ONU, el 21 de septiembre de 2004.



3.3.            Motivos políticos. Reclutamiento y mayor libertad en el Protectorado.


     Por diversas vías, las aspiraciones marroquíes de mayor autonomía, o de decidida independencia, influyeron para propiciar las buenas relaciones entre las Autoridades y los concienciados autóctonos y los militares españoles sublevados, lo que, a su vez, favoreció el reclutamiento de mercenarios. Por la vía de la masonería internacional, o de las relaciones entre Autoridades, o de los contactos con determinados grupos políticos nacionalistas, la política de cooperación y alistamiento de los franquistas resultó mucho más eficaz que la contrapolítica republicana, constituyendo una fuerza -tal vez, no de primer orden- para animar y exhortar a los voluntarios marroquíes a alistarse bajo las banderas de los nacionales españoles. Apuntemos a vuelapluma algunos datos y consideraciones a este respecto[32]:

-          La acertada y diligente labor llevada a cabo por el teniente coronel Beigbeder quien, desde el primer momento de la sublevación y sin contar aún con una posición política consolidada, convenció a algunos de los líderes nacionalistas más acreditados[33] de la supuesta posición de los alzados en favor de las pretensiones del mundo árabe (Panarabismo), en general, y de los independentistas marroquíes, en particular. Un refrendo, sin duda, convincente de esos sentimientos lo supuso el éxito de Beigbeder al interceder ante el general Orgaz, para salvar la vida del más influyente de los políticos nacionalistas en el Protectorado español: Abdeljarrak Torres[34].

-          Una vez ganado el influyente Torres para la causa nacional, Beigbeder maniobró para darle un puesto relevante en el Majzén, o Gobierno autóctono de nuestro Protectorado, liderado por el Jalifa y el Gran Visir; en concreto, se le confirió la cartera de Ministro de los Habús, lo que suponía gestionar los bienes inmuebles del Majzén. A mayores, y corriendo un indudable riesgo, se permitió a Torres formar un partido político fascistizante, llamado Partido de la Reforma Nacional (hizb al-islah al-watani), con sus propias milicias juveniles, los camisas verdes (al-fytian). Es obvio que tal política contó con el apoyo de los políticos y empresarios nazis avecindados en el Protectorado, que tanto y tan bien habían apoyado a Franco para ganarse la confianza y el apoyo militar del inicialmente reticente Führer.

-          En paralelo a la notable labor de Beigbeder en el Protectorado, Franco maniobraba a un nivel superior, aprovechando las dificultades por las que pasaban las relaciones francesas con el Sultán, quien sentía viva inquietud de que el Gobierno del Frente Popular en Francia desvirtuara el espíritu del Tratado de 1912, transformando el Protectorado en una asunción de soberanía de tipo cripto-colonial. El General Franco -sin duda, bien orientado por su mentor al respecto, Gómez-Jordana- maniobró cerca del Sultán, garantizándole el pleno apoyo de la España sublevada a la integridad territorial, étnica y religiosa de Marruecos; como también, le encareció los riesgos que podía correr con la República Española, también frentepopulista y aliada de Francia. De aquí, a ofrecer ambiguas promesas, si proseguía con éxito el alistamiento de mercenarios, solo iba un corto trecho. De suyo, las fuerzas políticas tetuaníes imaginaron que pronto se llegaría a un compromiso verosímil a favor de la independencia de su zona.

-          Una medida mucho más concreta, y muy bien recibida, fue la llevada a cabo a comienzos de 1937, por la que se reservaba por Decreto un 75% de las plazas de la administración del Protectorado para marroquíes. Se ha reputado obligada esa medida, por cuanto por el momento no había españoles prestos a ocupar esos puestos, pero lo cierto es que no me consta que la citada resolución fuese derogada a la conclusión de nuestra Guerra. En todo caso, entonces fue muy bien recibida, como es lógico.

-          El propio General Orgaz, máxima autoridad militar y Alto Comisario en Marruecos, guardándose sus prontos violentos, hubo de hacer declaraciones expresas de respeto hacia los Tratados suscritos por el Estado Español para la administración de Marruecos y, a pesar de las necesidades por las que tendría que pasar la economía de los sublevados, prometer que serían respetadas las riquezas marroquíes, sin ningún tipo de exceso o incautación. El coronel Sáenz de Buruaga -provisional antecesor de Orgaz en el Alto Comisariado- no se privó de practicar las ejecuciones y detenciones precisas respecto de los cadíes y jefes tribales más desafectos, pero más bien en las zonas rurales y rifeñas, limitándose en cuanto a los nacionalistas de prestigio a medidas de hostigamiento y retención, como acaeció con Al-Lal el Fassi, del Partido Istiqlal, o con el propio Torres, antes citado.

-          La consecuencia de lo antes expuesto fue que, cuando el Sultán hubo de pronunciarse sobre la sublevación militar, lo hizo en estrictos términos de tristeza formal y de riguroso respeto a la neutralidad[35]. Perfectamente habría podido advertir en contra del alistamiento mercenario -más allá de lamentarlo-, o directamente prohibirlo -cosa que seguramente habría tenido efectos importantes-, pero no lo hizo. Antes bien, su delegado y pariente, el Jalifa, fue en todo momento un decidido pro-franquista. Es posible que la larga mano del Sultán estuviera en las medidas de contención que, el día 19 de julio de 1936, se acordaron en la región más conflictiva del Protectorado español, el Rif, donde la mayoría de los cadíes fueron predispuestos a respetar la paz o apoyar a Franco. La reunión fue promovida y dirigida por un primo del mismísimo Abd-el-Krim, llamado Sulimán Al-Jatabbi, en un momento en que el Sultán mantenía un desacuerdo con el desterrado líder rifeño de 1921, por ejercer unas actividades políticas no avaladas por el Palacio.  

     Como es natural, la República -antes y después del Alzamiento de julio de 1936- tuvo su propia política en los asuntos del Protectorado de Marruecos y trató de reaccionar -en general, de manera poco diestra y eficaz- contra la incorporación al Ejército sublevado de las fuerzas armadas regulares y mercenarias de extracción marroquí; pero este es un tema que rebasa los términos del presente ensayo. Finalizaré, pues, con dos consideraciones generales, que me parecen importantes para acabar de perfilar ciertos aspectos internacionales del tema:

     1ª. Se ha resaltado la poca iniciativa y eficacia de la República española, en orden a ilusionar a los nacionalistas y políticos marroquíes con promesas de independencia, tanto más, cuanto que ya había perdido de facto el dominio del Protectorado. Pero no puede olvidarse la indignación que ello habría ocasionado en Francia, país amigo con intereses importantísimos en Marruecos, e, incluso, en Inglaterra, por la inseguridad que una decisión así podría haber traído a la zona del Estrecho de Gibraltar, clave para la geoestrategia británica. Ciertamente, es menos comprensible la actitud negativa de la República, a la hora de extender al Marruecos español una autonomía, similar a la catalana, que fueron a pedirle algunos nacionalistas marroquíes[36].

     2ª. Las potencias europeas integrantes del Comité de No Intervención en la Guerra de España contemplaron con sorprendente lenidad la política de reclutamiento mercenario de los militares sublevados. En el seno de ciertos movimientos desesperados del Ministro de Estado republicano, Álvarez del Vayo[37], que ante la Sociedad de Naciones pretendía hacer cesión de los derechos españoles al Protectorado -con el fin de que no se siguieran reclutando en el mismo mercenarios para Franco-, la Gran Bretaña respondió al memorando que la presencia de marroquíes en el ejército franquista era una cuestión interna y esencialmente española, dado que aquellas unidades eran integrantes del Ejército español. Por su parte, los representantes de Francia tampoco descalificaron la utilización de tropas nativas, habitual en las guerras francesas. Hasta hay quien dice que, detrás de esa postura que tan poco decía de la amistad gala, se hallaba la extensión del reclutamiento para España a zonas del Protectorado francés, con la tolerancia y beneficio de oficiales franceses quienes, incluso, llegaron a alistarse a título personal, para cobrar una paga superior a la que Francia les abonaba.






4.      En conclusión



     Se ha dicho que la victoria de Franco y sus nacionales habría sido impensable sin las tropas marroquíes y la cooperación alemana. Es algo discutible y, probablemente, intenta una tacha de contradicción: sentirse muy nacional, pero triunfar con fuerzas extranjeras. Dejémoslo estar. Lo cierto es que el reclutamiento de mercenarios marroquíes fue un episodio crucial de la Guerra Civil española, a cuyo conocimiento dedico este ensayo-resumen, que espero se haya ajustado sustancialmente a la verdad y sirva a la ilustración de sus lectores.




Mapa político del Protectorado español de Marruecos



[1] Aunque en las cifras totales hay un verdadero baile según fuentes, asumo que los hombres bajo las armas en España y el Protectorado marroquí en vísperas de la guerra civil eran 237.000, desglosados en 195.000 en España y 42.000 en el Protectorado. En dichas cifras se incluyen las Fuerzas de Orden Público (Guardia Civil, Guardia de Asalto, Carabineros…), que suponían un total de más de 67.000 agentes, de los que unos 7.000 servían en Marruecos.
[2] Cálculos asumibles, aunque dudosos, indican que unos 90.000 hombres armados permanecieron fieles a la República, en tanto unos 120.000 quedaron del lado de los alzados. Entre los jefes y oficiales, se dice que el 30% optaron por los republicanos, mientras que el 70% se sublevaron. En el caso de los generales, quizá podrían invertirse los citados porcentajes.
[3]  Según datos del Instituto Nacional de Estadística, la población indígena del Protectorado ascendía en 1935 a 795.000 habitantes. Cinco años después (1940) había experimentado un llamativo incremento: 991.000 personas. Por esas mismas fechas (1936), se apunta una población total de Marruecos de unos 7 millones de habitantes, lo que nos da idea de la superioridad demográfica del Marruecos francés.
[4] Por tanto, en números redondos, el Ejército español en Marruecos estaba formado por unos diez mil hombres en la Unidades indígenas, y otros veinticinco mil en la Legión y las Unidades homólogas a las de la Península. Los efectivos de la Legión (seis Banderas) estaban cifrados en 4.200 hombres, en julio de 1936, de los que se calcula que fueran marroquíes no más de trescientos.
[5] Eso, en cuanto a la cifra mayor. La cantidad menor fue cifrada por algunas fuentes antiguas en unos 35.000. Véase Adnan Mechbal, Los Moros de la Guerra Civil española: entre memoria e historia, Amnis (en línea), 2/2011.
[6] Véase el diario madrileño El País, número del 25 de abril de 2009. María Rosa de Madariaga Álvarez-Prida (Madrid, 1937) es autora, entre otros, de los libros España y el Rif. Crónica de una historia casi olvidada (1999), Los moros que trajo Franco. La intervención de tropas coloniales en la guerra (2002) y Breve historia del Protectorado español (2013), entre otros varios sobre temas hispano-marroquíes.
[7] Ignoro la duración del contrato. En la Legión Española, por aquellas fechas, era de tres años.
[8] Algo podría aminorar el porcentaje el hecho de que, a los mercenarios muertos, se agregasen los fallecidos entre los soldados regulares moros (en especial, de los Regulares, propiamente dichos), que ya eran unos diez mil al comienzo de la contienda, ampliándose dicha cifra mucho durante las operaciones militares.
[9] Notaré, a título de ejemplo, que las bajas mortales de los legionarios parecen no haber rebasado las 8.000 en toda la guerra. Para fijar un porcentaje, sería preciso conocer el número de legionarios que entraron en combate durante toda la contienda pero, contando con que las seis Banderas iniciales (unos 4.200 hombres), llegaron a convertirse en dieciocho (tal vez, unos 15.000 hombres), supongo que la razón muertos/combatientes de la Legión Extranjera no sería muy inferior a la de los marroquíes voluntarios.
[10] Su extensión no alcanzaba los 400 km2, por lo que familias amplias y tribus o kábilas no tenían en cuenta la frontera con la Zona española, de no ser inevitable.
[11] Alusión a las anteriores campañas de Marruecos, iniciadas en 1909 y 1921. Se llegó a poner en boca de algunos combatientes, tomados como modelo, que tanto daba luchar contra Franco, antes, que por Franco, ahora: el caso era matar a españoles.
[12] Jefe de la sublevación de 1921 contra la ocupación española, a la sazón confinado por los franceses en la isla de la Reunión. Nació en 1882 y falleció en 1963.
[13] Véase José Fernando García Cruz, Las fuerzas militares nativas procedentes del Protectorado de Marruecos. Transcendencia de su aplicación en las operaciones militares durante la Guerra Civil española, Hispania Nova, nº 2 (2001-2002).
[14] En concreto, el de la tribu de los Beni Hamed.
[15] Confeccionado por el director Driss Deiback (Melilla, 1959) en el año 2008, sobre la base de numerosas entrevistas a marroquíes que lucharon en nuestra Guerra Civil. Véase Tomás Bárbulo, Los moros de la “cruzada” de Franco, diario El País, número de 1 de marzo de 2008.
[16] Que es el que le atribuye José Fernando García Cruz, en el artículo citado en la nota 13.
[17] Véase fuentes recientes citadas más arriba, en la nota 15. Además, Miguel Riaño, Los restos de la Guardia Mora de Franco, El Independiente, 3 de junio de 2017. Se atribuyen al citado General las siguientes palabras floridas, que completan las de las babuchas de oro: Cuando florezcan los rosales de la victoria, nosotros os entregaremos las mejores flores. Valientes soldados marroquíes, os prometo que, cuando acabe la contienda, a los mutilados les daré un bastón de oro (Miguel Riaño, lug. cit.).
[18] El propio Gobierno español, en respuesta a una interpelación en el Congreso de los Diputados, año 2019, admitió la citada Ley como la todavía vigente en la materia. Es de recordar que la situación de los áscaris marroquíes quedó congelada hacia 1956 cuando, por la independencia del Reino de Marruecos, se disolvió la Guardia Mora y los militares del Protectorado español, bien se integraron como funcionarios al servicio del Estado Español, bien pasaron a formar parte de las fuerzas armadas alauitas. Para 1996, Manuel Leguineche afirma una pensión de 15.600 pesetas mensuales y el doble para los ex-oficiales, según datos de la pagaduría española en Tetuán: véase Manuel Leguineche, Annual 1921, edit. Alfaguara, Madrid, 1996, p. 152.
[19] Para todo este apartado, véase Francisco Sánchez Ruano, Islam y Guerra civil española. Moros con Franco y con la República, La Esfera de los Libros, Madrid, 2004.
[20]  Véase, por ejemplo, Josep María Solé y Sabaté y Joan Villarroya, España en llamas. La guerra civil desde el aire, Edit. Planeta, Barcelona, 2003.
[21] Luis Orgaz Yoldi (1881-1946) y Juan Luis Beigbeder Atienza (1888-1957) fueron los sucesivos Altos Comisarios de España en Marruecos, entre octubre de 1936 y el final de la Guerra Civil. Francisco Gómez-Jordana Sousa (1876-1944) lo había sido entre 1928 y 1931, llevando ese conocimiento de la Zona al Gobierno de Franco, del que formó parte entre 1937 y 1944.
[22] Véanse: José Fernando García Cruz, trabajo citado en la nota 13; Bernabé López García, Los moros amigos, Al-Ándalus y la Historia, 21 de junio de 2019.
[23] De forma amplia y general, véase Francisco López Barrios, La conspiración de los ulemas. ¿Es posible un Islam Occidental?, edit. Almuzara, Córdoba, 2008.
[24] Véase Francisco Sánchez Ruano, obra citada en la nota 19.
[25] José María Pemán y Pemartín (1897-1981), cuyas principales obras a este respecto son: Los moros amigos, artículo publicado en el periódico “Presente” de Tánger el 16 de noviembre de 1937, y, con enfoque mucho más general, La Historia de España contada con sencillez. Para los niños… y para muchos que no lo son, edit. Cerón y Cervantes, Cádiz, 1939. La tesis sostenida en ese libro es la de que España tuvo la buena suerte de integrarse en un mundo mediterráneo y parcialmente musulmán durante la Alta Edad Media, mucho más abierto, tolerante y civilizado que el que parte de Europa sufría a manos de los Bárbaros del Norte.
[26] Ernesto Jiménez Caballero (1899-1988), importante escritor y diplomático español, de ideología falangista.
[27] Ignacio Olagüe Videla (1903-1974), historiador, autor del polémico libro La revolución islámica en Occidente (1974), conocido en francés como Les árabes n’ont pas envahi l’Espagne (1969), cuyas ideas ya venía sosteniendo mucho tiempo atrás.
[28]  Aludo a Francisco Codera Zaidín (1836-1917) y  a Julián Ribera Tarragó (1858-1934).
[29]  Miguel Asín Palacios (1871-1944). Véase de este autor el artículo, Por qué lucharon a nuestro lado los musulmanes marroquíes, aparecido en el Boletín de la Universidad Central, Madrid, 1940. Más ampliamente y con menos oportunismo, del mismo autor, El Islam Cristianizado. Estudio del «Sufismo» a través de la obra de Abenarabi de Murcia, edit. Plutarco, Madrid, 1931.
[30]  No puede olvidarse que entre 700 y 1.000 musulmanes, de diversos países, lucharon en las Brigadas Internacionales a favor de la República. Es de suponer que, entre ellos, habría marroquíes de nuestro Protectorado.
[31]  José Luis Rodríguez Zapatero (Valladolid, 1960), Jefe del Gobierno español entre 2004 y 2011. La Alianza de Civilizaciones no es sino la apoteosis de la menos pretenciosa multiculturalidad, tratada recientemente por el historiador Gustau Nerín Abad, por ejemplo, en La guerra que vino de África, edit. Planeta, Barcelona, 2005.
[32]  Me acojo a las obras, ya citadas, de Adnan Mechbal (véase nota 5), Bernabé López García (véase nota 22) y José Fernando García Cruz (véase nota 13).
[33]  Como Mohammed Daud y Tuhami El Ouazzani.
[34] Personaje de gran fascinación y complejidad, Aldeljarrak Torres (1910-1970), muy joven cuando el Alzamiento, cuenta con una discutible biografía: Jean Wolf, Maroc: la verité sur le Protectorat franco-espagnol. L´épopée d’Abd El Khaleq Torres, edit. Eddif-Billand, París y Casablanca, 1994.
[35] El Manifiesto del Sultán, Mohamed V, de 6 de septiembre de 1936, expresaba cómo los dirigentes imperiales marroquíes asistían con tristeza a las luchas que desgarraban a un País amigo y lamentaba que parte de sus súbditos fueran llamados a sostener la causa de quienes pretendían derribar a un Gobierno con el que estamos en relación.
[36] Fue una postura unánime de los políticos republicanos, de Giral a Azaña, pasando por Largo Caballero y Prieto. La visita a España se produjo en los primeros momentos de la Guerra, a cargo de dos importantes nacionalistas marroquíes residentes en París, Mohamed Hassan El Ouazzani y Omar Ben Abdeljalil. Entre los visitados, estuvo el Presidente de la Generalitat de Cataluña, Lluis Companys. También el izquierdista marroquí, Chakib Arslan, viajó a Ginebra y Madrid con un memorándum, pretendidamente conocido por el Sultán.
[37] Julio Álvarez del Vayo (1891-1975), Ministro de Estado entre septiembre de 1936 y mayo de 1937, así como de abril de 1938 al final de la Guerra (31 de marzo de 1939).

martes, 10 de marzo de 2020

EL JUICIO DEL GENERAL FRANCO




El juicio del General Franco

Por Federico Bello Landrove



     Este relato se inspira en la llamada Historia virtual que, puestos a encontrarle alguna explicación coherente, intenta responder a la pregunta de ¿qué habría sucedido si…?[1] Pero, en este caso, no busquen más coherencia que la que evidencian las notas a pie de página, o al final del texto. Todo lo demás es sueño. Y, como ya ha sido dicho, el sueño de la razón produce monstruos.





1.      Reflexiones en la mazmorra




     Aunque no tiene muy claro dónde se encuentra, diría que el calabozo le resulta familiar, trayéndole casi olvidados recuerdos de alguna trastada de cadete, que diera con sus huesos en estos sótanos ciclópeos, en su lejana adolescencia[2]; o, tal vez, haya sido la mala conciencia, al no haber podido socorrer a los valientes que aquí se recluyeron hace… (¿semanas, meses?: ha perdido la noción del tiempo), forzados a rendirse cuando todo se vino abajo[3]. Total, qué más da el recinto, diferente solo en el tamaño de lo que para él llegó a ser la ratonera marroquí, donde hubo de pasar, cual león acorralado, los momentos más duros de su asendereada vida militar. ¡Claro que sabe perfectamente que el Marruecos de España cuenta con veinte mil kilómetros cuadrados, y que tuvo a su disposición a los treinta y cuatro mil hombres que constituían sus fuerzas de ocupación y mercenarias! -por cierto, ¿qué habrá sido de ellas?-; pero aquellos kilómetros llegaron a pesar sobre su libertad tanto o más que los pocos metros de que ahora dispone; y, en cuanto a los militares a sus órdenes, ¿de qué sirvieron a España?, o ¿qué pudo haber hecho más él para aprovechar su fuerza y su entrega?

     Por él no quedó. Abandonando la seguridad de Canarias, dejando ir a su mujer y a su hija, se presentó en Tetuán, tras declarar ante toda España el estado de guerra, y se hizo cargo de la fuerza que habría de marcar la diferencia y dar a los patriotas la victoria[4]. ¡Ah!, pero nadie pareció percatarse de esos malditos quince quilómetros de agua, que separan Marruecos de la Península. Y luego, esos aviadores, señoritos y cabezas locas -como mi hermano Ramón, que ojalá no se haya movido de Washington[5]-, y esos criminales de la marinería, que arruinaron nuestro trabajo en tierra y nos encerraron en una trampa[6]. Ya me temía yo la reacción de esa Francia comunistona del Frente Popular, vendiendo, o regalando, aviones a la República, pero no contaba con que Inglaterra, poniéndose rígida, plantificase su Navy delante de Gibraltar, amenazando con sus cañones a quienquiera que por mar viniera a ayudarnos. ¡Eso ha sido lo que ha echado para atrás a Hitler y Mussolini, no los paños calientes de la neutralidad y de la desconfianza hacia nuestra decisión y nuestro futuro! Y luego, lo del Churruca[7], que impresiona al más valiente, pues ¿qué oficial va a jugarse la vida, si sus subordinados, en vez de acatar sus órdenes, lo degüellan?

     En fin, no creo que tenga de qué arrepentirme, que gestiones hice de sobra. Solo me faltó ir nadando hasta Algeciras, para luego mendigar en Roma o en Berlín. Ni siquiera los amigos franceses nos permitieron asomar las narices por su Zona, que no habría sido mal punto de partida para pasar a Italia e intentar un vis a vis con el Duce. Así que, ¡nada!: Con la mejor infantería de España, regulares y legionarios, encerrado en el Protectorado, día tras día, viendo y oyendo cómo se deshacía en la Península el alzamiento, como un azucarillo en el agua salada del Estrecho. Claro que nadie decía toda la verdad y, menos que nadie, la radio gubernamental. Pero yo tenía mis fuentes y nada se me ocultaba acerca de la gravedad de la situación: En Andalucía, todo perdido, con Queipo y Varelita[8] teniendo que retirarse -por no decir escapar- a Castilla. En el Centro, Madrid en manos de las hordas comunistas, que se desbordaban más allá de la cordillera, rompiendo el frente del Guadarrama. En el Norte, tras una lucha feroz, los requetés de Mola[9] vencidos por los gudaris separatistas, batiéndose en retirada. ¡Pobre Mola!, tan pagado de su listeza y dotes de organización -El Director, lo llamaban-; ¿qué habrá sido de él? Menos mal que tiene el Pirineo cerca… Solo mi Galicia y las Islas resisten, aunque lo último que supe de ellos era descorazonador: Mi General -dijeron unos y otros-, si no pasa el Ejército de Marruecos, tendremos que desistir, pues carecemos de medios para avanzar y las deserciones de suboficiales y tropa son ya una sangría abierta. Les ordené resistir un mes más, que ya se ha cumplido con creces, eso es seguro, aunque no tenga una clara noción del tiempo…


***


     Todo se iba desmoronando. Claramente recuerda lo que contestaba a los oficiales que le preguntaban en Ceuta qué hacer:  Fe ciega en la victoria. Realizar todo cuanto sea factible y necesario. Todo, menos rendirse. Yo nunca lo haré.

     Ha logrado descabezar un sueño, entre la agitación y la angustia. Se despierta bruscamente y se alza del camastro, sin saber todavía discernir lo cierto de lo soñado. Alguien le ha dicho que Sanjurjo y Mola han muerto a manos de la aviación republicana: verdad o mentira, pero lo cierto es que la púrpura del poder supremo parece pronta a caer sobre sus hombros, ahora que es cuando menos la ambiciona, ni está preparado para aceptarla. El carcelero, sonriente, se ha dejado decir con guasa -como para ridiculizar su persistencia- que los generalotes golpistas han huido  a la carrera, a Francia o a Portugal; verdad a medias, pues no son uno ni dos los que han conseguido un salvoconducto del Gobierno a cambio del abandono de las armas. Solo unos pocos de los jefes facciosos han sido ejecutados o víctimas de paseos: Fanjul, Villegas, Goded[10]… Él lo sabe y está seguro de que compartirá su destino, pagando por todos los demás. Y alguien le ha ido con la especie de que puede que el Frente Popular de Blum[11] expulse de Francia a Carmen y a Nenuca[12], deportándolas al Marruecos francés, quién sabe si para obligarle a que vaya a reunirse con ellas, abandonando Ceuta. Olvidando su presente carcelario, se ve en lo alto del Monte Hacho[13], dispuesto a jugarse el todo por el todo pero, esta vez, abandonando a los suyos y huyendo de la quema.

     Por fin, Mussolini ha tenido un rasgo favorable. Le ofrece una escapatoria, pero por el puerto internacional de Tánger. Si logra llegar hasta allá, un destructor lo sacará de tapadillo y lo trasladará hasta un lugar seguro en la colonia portuguesa de Cabo Verde. Una vez allí, que Salazar lo proteja. Convoca en Tetuán a generales y coroneles con mando y les expone su desgraciado destino: Hay que cesar, por ahora, en la lucha y buscar la salvación personal, en bien de la Patria. Les sugiere que, de manera cautelosa, abandonen su Zona y pasen a la francesa, donde le han asegurado que serán bien recibidos. ¿Y él? Él se despide, como dicen que lo hizo Goded en Barcelona, liberándolos de su deber de seguimiento y fidelidad, pero se abstiene de exponerles cuál es su plan y su destino. Acompañado de sus ayudantes y con la guardia de una compañía de la Legión, se encamina hasta Arcila, en visita de inspección. Tánger está a la vista, pero le informan de que un destructor y un guardacostas de la República se hallan surtos en su puerto. Como si todavía fuera el señor de la guerra con miles de hombres a sus órdenes, envía una amenazadora protesta a las Autoridades tangerinas[14], para que esos barcos piratas abandonen aquellas aguas pues, de otro modo, les hará una visita. Con alivio, constata que los dos navíos zarpan, pero no hay, por entonces, ni rastro del destructor italiano anunciado. Se vuelve a sentar en el camastro de la celda, mientras recuerda cómo, todavía aparentando poderío, entró en Tánger al amparo de la noche y se alojó en el edificio del Consulado General de España, que sigue apasionadamente fiel a su persona. Solo la guardia legionaria anuncia a los curiosos su presencia en la ciudad. Su primo y ayudante acude a la Cancillería italiana[15] para saber de su evacuación. Es cuestión de tres o cuatro días -le dicen-; el Duce ha dado a este caso absoluta prioridad.

     Siente una opresión en el pecho y parece que no le entrase aire suficiente por la garganta, cuando recuerda la encerrona. A la tercera noche tangerina, del vientre del Tofiño[16], amarrado en los muelles al amparo de las sombras, brota un batallón de infantería de marina que, por una vez, pilla desprevenidos a los legionarios quienes, salvo el pelotón de guardia, se hallan desperdigados por la kasbah y el puerto. Unos cuantos disparos, gritos y carreras preludian la entrada de los enemigos en la habitación, forzando la puerta. Apenas le ha dado tiempo de coger la pistola y debatirse entre dispararla contra los asaltantes o contra sí mismo. Dos gorilas uniformados se echan sobre él y lo desarman. Casi en volandas, se ve transportado hasta un destructor, feroz antagonista en el Estrecho. Salen a mar abierto, donde vislumbra un gran buque, seguramente el Jaime I[17], al que es trasbordado sin ningún miramiento. Le parece que algún otro detenido está siguiendo su misma suerte. ¿Qué habrá sido de Pacón[18]? Luego, encerrado en un camarote, varias horas de travesía, con la mar picada. Atracan al amanecer en Cádiz o, por mejor decir, echan el ancla a la vista del puerto, trasladándolo hasta él en una lancha, entre hombres armados de fusil con bayoneta calada. Lo encierran en La Carraca y le viene a la memoria aquel grabado de sus libros de texto, del venezolano recostado y pensativo, como él ahora. Del tal Miranda[19] dicen que murió enfermo en prisión. Seguro que no va a ser ese el destino que a él lo aguarda.







2.      La defensa con la ley, no con la espada



     El nuevo Jefe del Gobierno, Largo Caballero[20], ha acabado haciendo de la necesidad virtud. Por él, habría aprobado que lo tirasen desde el Jaime I al mar con un pedrusco atado a la pierna. De todas formas, Franco no se va a librar del tribunal popular, de que lo juzguen ocho hombres del pueblo, totalmente adictos a la República. Ni todos los Funes[21] del mundo van a impedir que la selección de los jurados sea lo más rigurosa posible, para que ese general tan taimado no vaya a librarse de la pena de muerte.

     Tumbado en el catre, con el cerebro lleno y el estómago vacío, al General le parece estar oyendo a esos personajes, aunque tal vez todo sea fruto de la breve conversación que le han dejado mantener la tarde anterior con el bueno de Sánchez, el teniente de Oficinas Militares, todavía sargento cuando se encerraron en el Ministerio de la Guerra para organizar la respuesta armada a lo del 34[22]. El oficial, recién salido -como quien dice- de la cárcel de Porlier, donde ha estado a punto de recibir el paseo, ha sido claro y concluyente: Mi General, no voy a andarle con paños calientes. Con los tribunales populares, está usted sentenciado de antemano. Pero su juicio será de relumbrón y, al menos, le dejarán hablar, explicarse… Nombre a un buen defensor civil; no se le ocurra defenderse a sí mismo pues lo tomarían como desafío y el fiscal lo pulverizaría. Hágalo por su familia y por los muchos que lo respetamos y lamentamos sobremanera cómo ha venido a acabar. Ha dado, al fin, su brazo a torcer: No tiene nada de qué arrepentirse, ni arroga a nadie el derecho de juzgar su comportamiento militar, pero cubrirá las apariencias, no por él, sino por su responsabilidad ante la Historia. Ahora, queda por buscar quien le ponga el cascabel al gato, es decir, un abogado defensor que no sea de los unos ni de los otros, sino de los de espada y balanza. Sánchez lo ha desengañado en cuanto a designar a un letrado que sea militar: Se le escucharía como hombre de armas conchabado con los facciosos, no como un profesional del Derecho, que actúa por ministerio de la ley. Y puestos a que me escuchen -ironiza el General-, quizá sería mejor uno de izquierdas. Sánchez lo ha tomado por la palabra, quizá por no entender el sarcasmo. Déjelo de mi cuenta, Excelencia -ha dicho-; pero hay que actuar pronto, antes de que le nombren un abogado de oficio. El teniente Sánchez se mueve rápido y regresa al punto: Me he informado con Don Mariano[23] y no solo me ha recomendado a un abogado, sino que le ha pedido que acepte el peliagudo encargo, por la dignidad de la Justicia. Le gustará -concluye- es muy reservado… y gallego.

***

     La cara le resulta familiar y, más aún, cuando se le presenta como Ruperto Quiroga. ¿De los Quiroga de La Coruña?, pregunta; y el otro responde: De los de Mondoñedo. Se siente atraído hacia aquel abogado todavía joven, sonriente y sin prejuicios; tanto más, cuando, al preguntárselo, contesta que ha aceptado el caso, precisamente, porque todo parece perdido. Llámelo tentación de orgullo, o de amor propio, tratando de alcanzar un imposible. Sentado en una silla de anea, coloca una ajada cartera de cuero, con tirantes de colegial, y saca de ella un rimero de folios en blanco. Desnude su alma -le ordena-. Revele al mundo, no las causas de la insurrección, que a nadie en la sala le interesarán, sino el porqué de su demora y de sus reticencias en unirse a la sublevación; eso, precisamente, por lo que fue censurado por sus propios compañeros. Siente que la sangre le afluye al rostro: El Letrado le está pidiendo que hurgue en el fondo de su carácter, circunspecto, prudente, disimulador. Finalmente, lo encuentra interesante, tanto para descartar su imagen de Franquito el Miedoso, como para revelar la mucha culpa que -según él- tuvieron los políticos en la sublevación. Se concentra, pero pasan los minutos y no logra disipar el torpor de su mente. El abogado insiste: Ciñámonos a los hechos, a su conducta y a sus escritos a todo lo largo de los tiempos de la República. Eso sí que lo tiene claro; tanto, que pretende dictar al defensor cuanto le viene a la boca: Su aguante cuando cerraron la Academia General; su no por partida doble a Sanjurjo, rechazando sumarse a su levantamiento y defenderlo ante los tribunales; el no haber promovido, ni menos pertenecido, a la UME[24]; su decidido apoyo al Gobierno cuando la Revolución del 34, por más que ahora se pretenda que los buenos eran los separatistas catalanes y los dinamiteros asturianos; su aceptación de la inoperancia gubernamental, ante la que se venía con la victoria del Frente Popular; los malos tragos pasados en Canarias, pese a los cuales rechazó cualquier sugerencia para sumarse a un golpe de Estado militar; su carta de finales de junio al Presidente Casares, advirtiéndole de los riesgos del profundo disgusto militar[25]

     El esfuerzo de memoria y dictado le hace sudar copiosamente, pero no parece que impresione al letrado Quiroga, quien hace rato que ha dejado de tomar apuntes. General -lo interpela, sin el mi de respeto-, todo eso no compensa ni la décima parte de su sublevación, declarando el estado de guerra en Canarias, alentando y animando al Ejército para que se alzara, o tomando el mando supremo en Marruecos, no dejando allí títere con cabeza, y estando a punto de lograr pasar a legionarios y morisma a la Península. En cambio, olvida usted -no sé si deliberadamente- lo único que puede impresionar de algún modo a sus jueces. Me refiero a su conato de abandonar el Ejército y entrar en la política, cuando estuvo a punto de presentarse en las elecciones de febrero por Cuenca. Muchos dicen que le echó para atrás la envidia de Primo de Rivera[26]; de hecho, Prieto creyó en la sinceridad de usted y lo elogió como militar disciplinado[27]… Claro que, a estas alturas, no creo que sus palabras tengan mucho valor, ni aunque nos lo aceptasen como testigo para el juicio.

     Agitado, se incorpora con brusquedad del lecho, que cruje con el embate. Pocas cosas le avergüenzan tanto, como la veleidad que tuvo de intentar pasarse a la política, abandonando el Ejército. Y eso de que testifique a su favor un sujeto como Prieto… ¡Eso, de ninguna manera!, grita, ¡el honor por encima de la vida! A fin de cuentas… Como si le hubiese leído el pensamiento, el letrado termina la frase: … El militar que se subleva y fracasa se ha ganado el derecho a morir. Y prosigue, ya de su cosecha: Mala defensa podré hacer, si usted pierde toda esperanza, como los condenados al Infierno. En fin -añade-, espero que me permita alegar y probar que hizo cuanto en su mano estuvo para evitar el alzamiento; que advirtió a sus superiores del riesgo de este, y que, con tantas idas y venidas, no tuvo que ver con la masacre en Marruecos de los primeros momentos, aunque lo que dicen que vino después -que el Fiscal, sin duda, conocerá de pe a pa- será harina de otro costal.

      Se hace en el calabozo la oscuridad absoluta. Quiroga parece desvanecerse con la sutileza de un cuerpo glorioso, mientras musita: Lo intentaremos invocando la equidad, porque otros como usted andan paseándose por Lisboa o por París ahora que, después de todo, la guerra ha terminado y nos alumbra el cálido sol revolucionario. El General se deja caer nuevamente en el colchón e, hipando, musita: Estoy perdido, irremisiblemente perdido. Si, al menos, los franceses se compadecieran de mi mujer y de mi hija…

***

     El juicio, para el 1 de octubre, el próximo jueves, le anuncia Quiroga. Una leve claridad se insinúa a través del pesado cortinaje que nadie sabe cómo ha ido a colgarse entre él y el ventanuco enrejado. ¿Qué más da el día? ¿O sí? Algo se revuelve en su interior, como si esa jornada fuera fatídica, como si en ella hubiese de empezar para él algo extraordinario[28]. En sesiones de mañana y tarde -agrega Quiroga-. No me extrañaría que tengamos sentencia antes de que acabe el día.

-          No la temo -se engalla el General-. No hice otra cosa que defender a la Patria-.

     Quiroga se levanta para marcharse, mientras replica:

-          La defensa, Excelencia, con la ley, no con la espada.





3.      El juicio que no fue ni será







     Como por ensalmo, se siente teletransportado a una sala de justicia, con más de teatro que de tribunal, que apenas se parece a aquella del Supremo donde se juzgó a Sanjurjo o a Berenguer[29]. El recinto, en el que parece moverse libremente, pese a los guardias de asalto que lo custodian, está ocupado por reducidos grupos de personas; nada parecido, ni de lejos, a cuanto él había imaginado. Vislumbra caras conocidas, ajados uniformes, periodistas con bloc y lápiz en ristre, pero nadie parece darse cuenta de su presencia, ni él hace nada por acercárseles o trabar conversación. Un gran reloj del tipo ojo de buey ocupa gran parte de la pared del fondo, marcando constante e inexorablemente las nueve. Algo, como un ruido sordo, lo impulsa a asomarse a uno de los balcones cerrados que -de eso sí que no tiene duda- dan a la plaza de la Villa de París, cuyos jardines apenas pueden albergar a la multitud. Algo vociferan, tal vez en su contra pues, al columbrar su rostro tras los cristales, prorrumpen en fueras y mueras. Para evitar tal reacción, retrocede hasta el centro de la sala, en el momento en que, por una puerta que da a los estrados, entra el tribunal. En efecto, los togados son tres, como le ha informado Quiroga, pero los jurados forman una fila interminable, cuyos componentes desfilan a paso lento, mirándolo con indiferencia o con desprecio[30]. No localiza al fiscal, como no sea un individuo que, sentado y con la cabeza baja, no hace más que escribir. De espaldas a él, un sujeto uniformado, con la voz de Sánchez, se dirige al presidente y le advierte de que no ha llegado el defensor. Automáticamente, el acusado se dirige de nuevo al balcón para ver si el abogado viene. Lo que aprecia lo alarma: Quiroga se las ve y se las desea para abrirse paso entre la multitud, aunque esta no actúa por malicia, pues parece no conocerlo. Los esfuerzos del Letrado por acercarse a la puerta del Supremo son cada vez más ineficaces, hasta el punto de perderse su humanidad entre el maremágnum de manifestantes, que rugen y ondean como un mar embravecido.

     El General se vuelve angustiado y quiere advertir a los magistrados y al Jurado de lo que acontece, pero la voz no le sale del cuerpo, ni logra hacerse notar. De nuevo en la ventana, ve que la gente ya se ha percatado de quién es Quiroga y de lo que pretende, por lo que lo retienen, amenazadores. En esto, el presidente da la voz de comenzar el juicio, aunque nadie hay para defender al acusado, de lo que solo él parece darse cuenta. El defensor, abajo, es golpeado de manera despiadada, cosa que Franco ve, aunque no mire. La imagen del abogado se desvanece, entre las piernas de los circunstantes. Su defendido intenta, de nuevo, gritar alertando de lo que sucede, pero es en vano. El aire parece faltarle. Por última vez se escucha el audiencia pública. El reloj del tribunal, que sigue marcando las nueve, da por fin la hora, pero su sonido, prolongado e imperioso, recuerda más bien el del despertador de la mesita de noche.

***

     En la mañana, después de la Misa, mientras desayunan en el comedor del palacio de El Pardo, Doña Carmen le pregunta:

-          ¿Qué soñaste anoche, Paco, que no hacías más que dar vueltas y gruñidos?

-          Bah, sería una pesadilla, contesta el Jefe del Estado, sin más explicaciones, quizá porque -como sucede con la mayoría de los sueños- este se haya borrado al despertar.

     Sin embargo, al acabar el refrigerio, mientras se encamina hacia el despacho, le da por pensar -y no se explica por qué-:

-          ¿Qué habrá sido de Rupertito, mi amigo de la infancia, que tantas veces me echó una mano con los golfillos de la calle María[31]? Lo último que supe de él, todavía antes de la Guerra, es que se había hecho abogado y le iba bastante bien defendiendo recursos de casación en lo Criminal.  






[1] A título de ejemplo, véase Niall Ferguson (Director), Historia virtual. ¿Qué hubiera pasado si…?, edit. Taurus, Madrid, 1998, espec. pp. 11-86 (Historia virtual: Hacia una teoría caótica del pasado, a cargo de Niall Ferguson) y pp. 181-210 (España sin guerra civil: ¿Qué hubiera pasado sin la rebelión militar de julio de 1936?, a cargo de Santos Juliá).
[2] Francisco Franco Bahamonde (1892-1975), ingresó cadete en la Academia Militar de Infantería sita en el Alcázar de Toledo, en el año 1907, cuando contaba catorce de edad.
[3] Alusión virtual a la resistencia mantenida, a partir del 22 de julio de 1936, por fuerzas del bando nacional -principalmente, guardias civiles- en el Alcázar toledano, bajo el mando del coronel José Moscardó Ituarte (1878-1956).
[4] El General Franco se hizo cargo del mando supremo sublevado Ejército español de Marruecos, el 19 de julio de 1936. Sobre los textos de Franco declarando el estado de guerra en Canarias y comunicándolo al resto de España, animando a sumarse a su empeño, véanse los documentos recogidos en: Brian Crozier, Franco, historia y biografía, volumen segundo, Editorial Magisterio Español, edición de 1984, Madrid, pp. 324-334. La traducción corrió a cargo de Joaquín Esteban Perruca.
[5] Ramón Franco Bahamonde (1896-1938), hermano del General Franco y destacado aviador militar, era Agregado Militar aéreo en la Embajada española en la capital de los EE.UU., cuando se produjo el Alzamiento de julio de 1936.
[6] En varias de las unidades navales de guerra, suboficiales y/o marinería impidieron la sublevación de sus mandos rebelándose contra su autoridad y, en bastantes casos, ejecutándolos inmediatamente.
[7] El destructor Churruca, inicialmente sublevado, escoltó el primer día del Alzamiento a un contingente de unos 500 hombres, entre Ceuta y Cádiz; pero, al regreso (19 de julio de 1936), alertada la tripulación, se hizo con el mando del buque y detuvo a sus mandos quienes, en principio, no fueron matados, a diferencia de lo acaecido en otros barcos, como ha quedado dicho en la nota anterior.
[8] Alusión a los generales sublevados Gonzalo Queipo de Llano (1875-1951) y José Enrique Varela Iglesias (1891-1951), que se hicieron con el poder, respectivamente, en Sevilla y Cádiz. El General Varela era apodado por Franco Varelita, más por familiaridad que por razones de estatura.
[9]  Alusión al general Emilio Mola Vidal (1887-1937), El Director del levantamiento militar de julio de 1936 y Jefe del Ejército del Norte nacionalista, hasta su fallecimiento en accidente de aviación.
[10] Generales sublevados contra la República, que por ello fueron condenados a muerte y ejecutados. Se trata de Joaquín Fanjul Goñi (1880-1936), Rafael Villegas Montesinos (1893-1936) y Manuel Goded Llopis (1882-1936).
[11]  Leon Blum (1872-1950), político socialista francés, que presidió el Consejo de Ministros en la época del Frente Popular, entre junio de 1936 y junio de 1937, así como entre marzo y abril de 1938.
[12]  Alusión a la Carmen Polo y Martínez-Valdés (1900-1988) y a Carmen Franco Polo (1926-2017), esposa e hija única del General Franco, quienes a la sazón residían en Bayona de Francia, de incógnito.
[13] Máxima altura del enclave ceutí, desde donde Franco oteó en ocasiones las operaciones en el Estrecho.
[14]  Franco envió varias protestas y serias advertencias a las Autoridades internacionales de Tánger, para que evitasen dar facilidades o permitir la actuación armada de partidarios de la República española, en la ciudad tangerina y en su hinterland. Tres de ellas están literalmente recogidas en el libro de Brian Crozier, Franco, historia y biografía, volumen segundo, citado en la nota 4.
[15] Tras un periodo en que la administración de la Zona Internacional de Tánger corrió a cargo de Francia, Inglaterra y España (1923-1928), luego entraron también a formar parte del gobierno de la ciudad Portugal, Bélgica, Países Bajos e Italia, situación que se mantuvo entre 1928 y 1940, año este en que España anexionó temporal y provisionalmente Tánger a su Protectorado marroquí, mientras durase la Guerra Mundial (1940-1945).
[16] Buque hidrográfico de la Armada republicana que, según las protestas de Franco (véase nota 13), permanecía anclado en el puerto de Tánger, como buque insignia de esta escuadra (la republicana del Estrecho), donde se encuentran el Estado Mayor y el Mando… (telegrama de 7 de agosto de 1936).
[17] Acorazado que permaneció fiel a la República, hasta su destrucción por una explosión interna, al parecer, accidental, en los astilleros de Cartagena, el 17 de junio de 1937.
[18] Apelativo familiar del primo carnal de Franco, Francisco Franco Salgado-Araujo (1890-1975), teniente coronel y ayudante militar del General a la sazón, con quien entonces mantenía una estrecha relación. Pacón se hizo famoso cuando se publicaron póstumamente sus libros, Mis conversaciones privadas con Franco (1976) y Mi vida junto a Franco (1977), con una inesperada, aunque modesta, dosis de sinceridad y de crítica.
[19] Francisco de Miranda (1750-1816), precursor de la independencia de Venezuela y otros Estados de la América española, fue encerrado por ese motivo en la fortaleza gaditana de La Carraca, donde fallecería el 14 de julio de 1816, al parecer, de un ataque cerebrovascular. El texto alude al famoso cuadro sobre el mismo, titulado Miranda en La Carraca, por Arturo Michelena, presentado en 1896.
[20] Aunque Francisco Largo Caballero (1869-1946) no fue Presidente del Gobierno republicano hasta el 4 de septiembre de 1936, el relato adelanta el nombramiento, entendiendo que la virtualidad de la historia justifica la ucronía.
[21] Alusión a Mariano Ruiz-Funes García (1889-1953). Su condición de político templado y catedrático de Derecho Penal explica el supuesto exabrupto de Largo Caballero, con quien fue Ministro entre septiembre y noviembre de 1936 (con anterioridad, lo había sido de Agricultura, con otros Presidentes).
[22] Alusión a Jesús Sánchez Posada, quien en 1934, siendo sargento del Cuerpo Auxiliar Subalterno del Ejército, cooperó estrechamente, como auxiliar administrativo, con el General Franco en la logística burocrática para domeñar la Revolución de Asturias. En 1936, ya teniente, estuvo como preso político en la madrileña cárcel de Porlier, librándose de sacas y ejecuciones por ser un mero militar de oficinas. Durante el Franquismo -que yo sepa- ascendió hasta comandante de Oficinas Militares (año 1960), siendo destinado en el Consejo Supremo de Justicia Militar. Nacido hacia 1902, ignoro la fecha de su defunción.
[23] Pretendo aludir al entonces Presidente del Tribunal Supremo, Mariano Gçomez González (1883-1951), cargo en que se mantuvo entre agosto de 1936 y el final de la Guerra Civil (1939). Anteriormente, había sido Presidente de la Sala Sexta del citado Tribunal, que estaba a cargo de lo Militar, por lo que tenía razones para conocer bien el desempeño de los abogados que actuasen en la materia.
[24] Siglas de Unión Militar Española, asociación informal o clandestina de militares profesionales de ideas contrarias al izquierdismo republicano. Fue fundada en 1933, participando en varias conspiraciones contra el Gobierno, entre ellas, la que culminó en el alzamiento de julio de 1936.
[25] Algunos de los principales textos citados en el relato aparecen recogidos textualmente en el libro de Crozier, citado en la nota 4, volumen segundo. Así, el discurso de 14 de junio de 1931, dirigido a los cadetes de la Academia Militar General de Zaragoza, con ocasión de su cierre (pp. 317-320); o la carta a Casares Quiroga, fechada el 23 de junio de 1936 (pp. 321-323)
[26] José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia (1903-1936), fundador de Falange Española quien, por unas u otras razones, parece que declinó presentarse como diputado en una candidatura que también incluyese al General Franco.
[27] Indalecio Prieto Tuero (1883-1962), figura muy destacada del socialismo español quien, en un discurso pronunciado en Cuenca con motivo de las elecciones generales de febrero de 1936, aludidas en la nota anterior, se pronunció muy elogiosamente sobre Franco, como militar, y manifestó su convencimiento de que sabría mantener el respeto por la legalidad republicaba. Sobre ello, véase, por ejemplo, la biografía de Crozier, citada supra en la nota 4, volumen primero, p. 257.
[28] El relato alude al hecho real de que el General Franco tomase posesión de los cargos de Generalísimo de los Ejércitos nacionales y Jefe del Gobierno del Estado Español, en Burgos, a 1 de octubre de 1936. Luego, ya es sabido que se hizo desaparecer las palabras del Gobierno, para convertirlo ilegalmente (o, cuando menos, alegalmente) en Jefe del Estado.
[29] Alusión a los generales José Sanjurjo Sacanell (1872-1936) y Dámaso Berenguer Fusté (1873-1953) quienes, por diversos motivos y muy distinta consecuencia legal, fueron juzgados por el Tribunal Supremo, respectivamente, en julio de 1933 y en mayo de 1935.
[30] El tribunal, de haber sido juzgado Franco en octubre de 1936, habría estado formado por tres magistrados del Tribunal Supremo, como tribunal de Derecho, y ocho jurados en representación de los sindicatos o partidos políticos adictos a la República, como tribunal para emitir el veredicto acerca de los hechos. Véase Enrique Roldán Cañizares, La justicia de la Segunda República en guerra. Una aproximación historiográfica, Revista de Historiografía, 29 (2018), pp. 37-54; El mismo, La evolución competencial de los Tribunales populares de la II República, Revista Internacional de Pensamiento Político, vol. 9 (2014), pp. 425-440. El texto legal clave en la materia es un Decreto de 23 de agosto de 1936. Los citados artículos pueden consultarse en abierto por Internet.
[31] Nombre que tenía en 1892, y mantiene ahora (2020), la rúa ferrolana donde nació el General Franco, el 4 de diciembre de 1892.