miércoles, 10 de octubre de 2018

ROSAS PARA LA ETERNIDAD


Rosas para la eternidad

Por Federico Bello Landrove


     Dos escritores purgan sus pecados literarios meditando indefinidamente sobre ellos en un mismo cementerio. ¿Quiénes son, o fueron? ¿Qué los ha llevado allí? ¿Hay entre ellos algún nexo conocido? ¿Cómo podrán lograr al fin que se haga la luz en su alma? El presente relato les dará respuesta.




1.      La sentencia


     Pecaste de soberbia, censurando la justicia de los planes divinos y culpando a Dios del triste sino de la mujer en la Historia. No entrarás en la Gloria hasta que, reflexionando sobre la Biblia de la que mal usaste en el mundo, alcances a comprender el designio divino y a conformarte plenamente con él.
     ¿Cuánto hace que, sentada en el zócalo de cualquier sepultura, o en la basa de la cruz -bajo la dulce vigilancia de Santa Rosalía[1]-, repasa incesantemente las páginas ilustradas de su biblia de tres reales, leyendo una y otra vez los inicios del Génesis[2]? Nada la distrae en este camposanto inusitadamente desierto, en que las tumbas se abren por arte de magia y las flores se posan sobre las lápidas como traídas por el viento[3]. Todo lo preside esa capilla blanca, donde Clara y Rosalía fungen de arcángeles inermes, y aquella pirámide negra, coronada de nubes, que reemplaza el viejo decorado marino en que de niña perdía la mirada, cuando levantaba la vista de las sagradas páginas[4], entre cansada y soñadora. Ni esa gracia -piensa- quiso hacerme el juez que me tocó en suerte:
-          ¿Acaso olvidas que hiciste del mar refugio de tu desvarío?, pues dijiste: ¡Déjame en el mar, que me penetre siempre el mar![5]
     Y luego prosiguió:
-          Cantaste a Nuestra Señora, devota y jubilosa, como rosa de salud inmarchitable[6]. Ella te lo paga, benévola, estableciendo para tu penitencia un hermoso lugar, la Ciudad de las Perpetuas Rosas.
     La rosa. La de Gustavo Adolfo, la de Rubén, la de Vicente, las de sus Júbilos, antes de que María del Mar se fuese a bordo de su nombre[7]. ¿Será ese acaso el motivo de recluirla precisamente en un cementerio, para meditar por siglos de siglos? De otro modo, lo tendría claro: Por mucho que ame las rosas, se marchitarán sobre la tumba; como se evaporan las lágrimas[8]; como se mueren los muertos cuando se los olvida, según falso y herético apotegma en la portada de ingreso a este recinto de penitencia[9].
     Pero todo esto es el fruto agraz de su libertad soberbia que, aún no domeñada, dispersa su atención del objetivo que persigue, acongojada y constante, en el día sin noche de su expiación. ¡Qué fácil sería prescindir de la Serpiente, de la severa sentencia general de Dios, del Arcángel de la espada flamígera, y posar sus ojos en el Nazareno que acoge y perdona, que escribe sobre la arena de la plaza, que huele a nardo y apenas se reclama intangible cuando ha resucitado! Pero tal no es posible:
-          ¿Acaso dudas de la unidad de Dios -le han dicho-, u osas caer en el sacrilegio de anteponer al Hijo, arrumbando a Jehová como a un padre caprichoso y molesto?
     Y, así, vuelve de nuevo sus ojos al Génesis y su inteligencia torna a perderse en los áridos versículos que insensiblemente llevan la música de sus inicuos reproches:
Me abandonaste al manzano y la serpiente…[10]

***

     El hombre pasea incesantemente por entre las tumbas, sin dejar de recitar, o cantar a veces, los mismos versos de arte menor. Resulta extraño que nadie se pare a escucharlo, ni siquiera se fije en él. Es cierto que su lengua no es la vernácula del país pero eso, lejos de ser un obstáculo para la curiosidad, debería, si acaso, acrecentarla.
     Mucho antes que la mujer -si es que el tiempo cuenta para esta penitencia sin término prefijado-, hubo de escuchar su sentencia final:
     Expresaste poéticamente el deseo de no vivir, cuando tus amores y amigos de juventud hubieran muerto, porque una vida en soledad no merece vivirse. Convertida en canción muy popular, esa actitud tuya, ajena a la virtud de la Esperanza y proclive al suicidio, apoyó sentimientos y actitudes desesperadas en la etapa romántica en que te cumplió estar en el mundo[11]. No fuiste consciente del escándalo y por ello no serás condenado; mas no entrarás en la Gloria hasta que comprendas plenamente que todas las etapas de la vida están bendecidas con la fuerza y el gozo de la voluntad de Dios.
-          ¿Se me concederá una petición?, preguntó. Desearía buscar la verdad en un camposanto, donde la reflexión sobre el final de la vida es más ejemplar y profunda… Tal vez, en Hornsey, que acogió a mi hijita Bárbara, por aquellas malhadadas fechas en que se popularizaba la canción[12].
-          Empleaste para el símil la última rosa del verano-se le respondió-. Viajarás hasta un lugar en que esas flores, como la vida, florezcan en cualquier estación del año.
     Y desde entonces vaga, obseso y abstraído, por los senderos del cementerio de San Lorenzo, desmenuzando los versos, repasando las estrofas. Cuando se cansa de jugar con las palabras, cada vez más áridas e inmutables, canturrea la monótona y sentimental partitura que hizo famosas aquellas, maldiciendo interiormente a las divas de Londres y a las lavanderas de Dublín que las hicieron famosas. Pero los pájaros reproducen en sus trinos los lentos compases melosos y la lluvia remeda las notas en el teclado de mármol de las lápidas. El hombre se encoge de hombros y reanuda su cantinela, tratando de hallar un sendero aún no hollado, o alguna tumba recién cerrada que le aporte una idea nueva, un paliativo a la monotonía.

***

     El hombre y la mujer ya se han encontrado, inevitablemente, aunque ella busca los contornos soleados y abiertos y él, los senderos recónditos, las escalinatas sombreadas de los panteones, los viejos cuadros donde las tumbas se desmoronan y abigarran. Parece que fuesen los únicos habitantes de aquel enclave entre la vida y la muerte. Sin embargo, lejos de intentar el contacto, dan por cierto que cumplen allí un destino personalísimo y eluden interpelarse. ¿Es por vergüenza, o ley no escrita, o anhelo de intimidad? Hacen como si no se vieran, procuran no coincidir, fingen la contemplación del lejano cielo. La mujer no quiere que la distraiga la salmodia del varón, en una lengua cuya música le es extraña. El hombre se siente cohibido ante la lectura constante por parte de la mujer, que apenas abandona para caminar un corto trecho o cambiar de postura. Una y otro han empezado a sentirse recíprocamente parte inane del paisaje, como la cruz frente a la ermita, el enlosado de los caminos o el Volcán del Agua[13]. Después de todo -podrían pensar-, escrito está que los vivos deben rezar por los difuntos y las almas gloriosas interceder por aquellos. De lo que nadie se ha preocupado es de indagar si las almas del Purgatorio pueden compartir entre sí sus penas y sufragios. Y, hasta ahora, la mujer y el hombre no aparentan el menor interés por averiguarlo.




2.      El encuentro




     La confusión de lenguas no rige para los resucitados. Por ello, la mujer capta el significado de los versos del hombre, que la brisa ha hecho llegar hasta sus oídos, de modo imprevisto. Al principio, son palabras familiares, que evocan la soledad de la última rosa que florece, mas pronto la sobresalta la inesperada consecuencia que el hombre extrae: arrancar aquella flor tardía y esparcir sus pétalos por el suelo en que yacen los de sus compañeras, ya sin perfume y muertas. Intrigada de tan insólita forma de piedad, aguza el oído y escucha el poema hasta su final, la pregunta que el hombre formula desde su propia soledad.
     Es seguro que, de reconocer en su compañero un alma penitente, la mujer no habría interrumpido su meditación; pero piensa que se trata de uno de tantos vivientes como acuden a los cementerios, tratando de encontrar sentido o consuelo. Quizás este hombre es el único se le ha revelado, a fin de que ella le preste ayuda antes de que lleve a término tan sombríos presagios. Respira hondo, cierra su biblia y lo interpela:
-          ¡Buen hombre! Debe de venir de lejanas tierras cuando se apiada de las tardías rosas del verano en un lugar de eterna primavera.      
     El hombre se sobresalta. Interrumpe su meditación, yergue su figura y, por primera vez, contempla atento a la mujer, frente a frente, juzgándola también una mortal, que ocupa su ocio en constantes lecturas y -a lo que ahora se ve- en trabar conversación con desconocidos. Con todo, no deja de ser una ruptura de su monotonía y la responde cortésmente:
-          Posiblemente el término floral del símil esté aquí fuera de lugar -replica-, pero el término humano de la comparación está más allá del espacio y del tiempo. ¿No lo cree así?
-          Algo me ha parecido oírle sobre un mundo solitario y sombrío y de la necesidad de seguir cuanto antes hasta la tumba a nuestros amores muertos, pero no he captado bien el sentido de su reflexión. No es mi costumbre escuchar los soliloquios de quienes meditan y sufren.
     El hombre decide despachar en un vuelo a la importuna:
-          Mi poema asevera que la vida no tiene razón ni sentido, en cuanto nos falten las personas amadas y los amigos bondadosos.
-          ¡Ah, ya!, pero ¿es que el amor, la bondad y la amistad se apagan necesariamente, como lo hace la luz del día?
-          ¡Cómo se nota que la señora es feliz o, cuando menos, ha sabido sustituir las relaciones personales por la… literatura!
     La mujer suspira. Le ha tocado en suerte un sujeto duro de pelar y algo impertinente.
-          La literatura que usted dice es la Biblia; en mi caso, no un lenitivo del dolor, sino un tormento. Pero vamos primero con su planteamiento. Luego, si quiere y por corresponder, podrá preguntarme por el mío.
     El hombre siente por momentos que escapa del círculo sin fin de su solipsismo. Se sienta sobre una lápida y, para empezar, recita completas las tres estrofas de rosas y de hombres. Luego, sin aludir para nada al juicio de la Providencia, expone:
-          No he encontrado la forma de cohonestar la vida con la pérdida del amor y la amistad; y, aún no siendo mi intención abominar de la vejez o inducir al suicidio de los abandonados, dicen que algunos han tomado mis palabras en ese sentido.
-          Es el sino de los poetas -asegura la mujer, como buena conocedora-. De todos modos, no le quito la razón: Hay vidas y momentos que parecen no encajar en la promesa divina de que el yugo es suave y la carga ligera.
-          También se dijo que había que cargar con la cruz -replica el hombre- pero yo, como Cristo en Getsemaní, pido que se aparte de mí. Ese mero deseo es lo que expreso en la canción.
-          No hay soledad -contesta la mujer- si los cansados y agobiados acuden al Señor. Claro que tal vez carezca usted de fe pero, como poeta, tendrá, al menos, sensibilidad suficiente para considerar cruel y absurdo acabar con la última rosa, en lugar de cuidarla y protegerla.
     El hombre titubea y su interlocutora aprovecha el momento:
-          Y lo que para las flores es un sinsentido, para los hombres es un error, mi estimado amigo: el error de creer que el amor y la amistad declinan y perecen, como el vigor y la belleza del cuerpo. El sentimiento perdura lo que la vida y amores y amistades brotan en todo momento, con tal que nos entreguemos a ellos. Ni la amistad ni el amor son patrimonio exclusivo de la juventud.
     Una luz interior transforma sutilmente el círculo de interminables reflexiones en una espiral de salida a la Verdad. Y la mujer concluye:
-          Las rosas no morirán para ti, si no dejas apagar el fuego intemporal que surge del corazón.

***

     El hombre sintió una inmensa sensación de paz. Su razón, tanto tiempo perdida en un laberinto sin hallar la salida, saltaba de argumento en argumento, cada vez más alto, de vez en vez más profundo. Pese a su inexperiencia al respecto, comprendió que se había iniciado el proceso de salida del Purgatorio, cualesquiera que fuesen los trámites a seguir. Pero también se sintió en deuda con aquella mujer, a la que había menospreciado en un principio y que parecía propicia a exponerle ahora sus dificultades. De bien nacidos es ser agradecidos -se dijo para sí- y, creyéndola aún en este mundo, la requirió:
-          Ahora le toca exponerme esas cuitas, que tan constante trata de superar leyendo la Biblia.
     No tenía más remedio que cumplir su anterior promesa de sincerarse con él. A fin de cuentas, pensó, los militantes pueden ayudar a los purgantes, si están en gracia. En consecuencia, le expuso, como si fuera una inquietud pasajera, el fallo de su sentencia final, con estas palabras:
-          Como hombre, es probable que encuentre fuera de lugar mis veleidades feministas, pero es el hecho que he dado en pensar que fue el propio Dios Padre, con la tentación y el castigo en el Edén, el origen de la torpe y cruel dominación de la mujer por el hombre. Y no me vale el recurso fácil a la bondadosa acogida de las mujeres por Cristo, dado que en nada pudo alterar los previos decretos de Jehová.
     El hombre permaneció en silencio durante unos minutos, que a la mujer se hicieron interminables. Meditaba aquel acerca de la conveniencia de traer a colación aquellas tesis de crítica bíblica, que habían proliferado en el siglo que le había visto nacer para el mundo. ¿Cómo las asimilará esta mujer?, se decía. A ver si la convierto en una librepensadora a la Voltaire… Procuró ser prudente, dentro de la necesaria sinceridad:
-          ¿Por qué no pasa la narración del Génesis por el cedazo de los Evangelios?, preguntó a la mujer. Quedarán el amor de Dios; su labor creadora; el hombre a imagen y semejanza suya, con capacidad de dominar la Tierra; la libertad plena del hombre, hasta para oponerse a la voluntad de Dios; la responsabilidad de los humanos, desde que alcanzan un conocimiento superior al de los animales; las consecuencias de premio o castigo, subsiguientes al valor de sus obras; la igualdad esencial del hombre y de la mujer; la promesa de redención a través de la mediación de una Virgen. Todo eso y algunas cosas más, que ahora no vienen al caso, son reales, directas y de fe. Otras varias, como la serpiente, la manzana, que la mujer cayera la primera en la tentación, el Árbol de la Ciencia y las escenas dialogadas como en un drama teatral, todo eso, y más, son símbolos, adaptaciones a la mentalidad judía de la época y aproximaciones al saber de los pueblos vecinos del hebreo.
-          Muy cómodo creerlo así, por lógico que parezca. ¿Qué criterio servirá para discriminar lo real, lo simbólico y lo ficticio, si no seguimos al pie de la letra la palabra de Dios en el Génesis?
-          Nada más, y nada menos, que las palabras y los hechos de Jesucristo en el Evangelio. En un ambiente en que la mujer tan poco contaba, Él hizo todo lo posible para incorporar a las mujeres a su discipulado y, desde luego, a su Reino. Pero, tal como dices, no se trata de arrumbar a Jehová tras la venida de su Mesías, sino de que Jehová, Yahvé, o como quieras llamar al Dios del Testamento judío no oculte al Dios Padre de todos los hombres en todos los tiempos, al que solo conoce su Hijo y aquellos a quienes el Hijo se lo quiere revelar. Y no olvides que, como Cristo estableció, Él es el camino, la imagen y la palabra del Padre; que está en Él, como Él está en el Padre.
-          Pero -insistió aún la mujer- en la pérdida del Paraíso han fundado muchos la culpa original de la Mujer, que dicen explica la sumisión y la inferioridad social frente al Hombre.
     El hombre sonrió con cierta condescendencia:
-          Amiga -replicó-, me hablas de lo cambiante. Ya en mis tiempos en la Tierra, el papel y la posición de las mujeres no tenía punto de comparación con la de los tiempos antiguos. Tú sabrás cómo andan las cosas ahora para vosotras, pero imagino que mucho mejor.
     La mujer quedó atónita y solo acertó a preguntar:
-          Luego ¿tú también eres un alma que pena?
     Y el hombre:
-          El también me pone de manifiesto que debo el fin de mi penitencia a otra alma que lloraba su pecado.
     La mujer siente que su cuerpo resplandece y empieza a elevarse sobre el camposanto de las rosas perpetuas. Tiende su mano hacia el hombre, como tratando de llevarlo con ella pero, donde hace un momento estaba su compañero, ahora ya solo permanece un olor suavísimo de incienso, que asciende como una oración hacia la Gloria, ese estado de felicidad eterna al que el Padre llama a sus hijos, uno por uno, pero sin olvidar la fuerza inmarcesible de la fraternidad.




3.      Anexo



    Me temo que, pese a las notas a pie de página, mi relato no pueda ser del todo entendido sin conocer Mujer sin Edén, de Carmen Conde, y La última rosa del verano, de Thomas Moore. Lo primero no puedo salvarlo ahora, si no es recomendando vivamente la lectura de la obra, verdadero hito en la poética española del siglo XX. Lo segundo voy a evitarlo incluyendo a continuación el poema, tanto en su forma original inglesa, como razonablemente traducido al castellano. Helo aquí:




'Tis the last rose of summer,
Left blooming alone;
All her lovely companions
Are faded and gone;
No flower of her kindred,
No rosebud is nigh,
To reflect back her blushes,
Or give sigh for sigh.

I'll not leave thee, thou lone one!
To pine on the stem;
Since the lovely are sleeping,
Go, sleep thou with them.
Thus kindly I scatter,
Thy leaves o'er the bed,
Where thy mates of the garden
Lie scentless and dead.

So soon may I follow,
When friendships decay,
And from Love's shining circle
The gems drop away.



When true hearts lie withered,
And fond ones are flown,
Oh! who would inhabit
This bleak world alone?


    



Es la última rosa del verano,
que sigue floreciendo solitaria;
Todas sus encantadoras compañeras
Se han marchitado y han caído;
No hay flor de su linaje,
No hay capullo cercano,
Para responder a su rubor,
O devolverle suspiro por suspiro.

No dejaré que tú, ¡tú sola!,
Languidezcas en el tallo;
Puesto que tus amadas ya duermen,
Ve a reposar con ellas.
Así yo esparciré, suavemente,
Tus pétalos sobre el lecho
Donde tus compañeras del jardín
Yacen sin perfume y muertas.

Ojalá pueda seguirte,
Tan pronto las amistades se extingan,
Y hayan caído las gemas
del brillante anillo del Amor.
Cuando los corazones sinceros yazgan marchitos
Y los buenos hayan desaparecido,
¡Oh! ¿Quién podría vivir
Solo en ese mundo vacío?
    








[1] Imagen de Santa Rosalía de Palermo, en la fachada de la ermita del actual cementerio de San Lorenzo, en la ciudad de Antigua Guatemala, llamada la Ciudad de las perpetuas rosas. La acompaña, entre otras, la escultura de Santa Clara de Asís, citada poco más adelante.
[2] Alusiones a episodios de la vida de la escritora Carmen Conde Abellán (1907-1996), cuando tenía unos doce años. Véanse sus recuerdos y memorias, en sus libros, Empezando la vida: memorias de una infancia en Marruecos (1914-1920), edit. Al-Motamid, Tetuán, 1955 (nueva edición, sustituyendo la palabra Marruecos por Melilla, editada por la UNED, Melilla, 1991); Por el camino, viendo sus orillas, 3 volúmenes, edit. Plaza y Janés, Esplugas de Llobregat (Barcelona), 1986.
[3] La inteligencia de mis lectores les dará la explicación: Según mi exposición, vivos y muertos transitan por el cementerio sin poder verse ni comunicarse.
[4] Nueva alusión a la vida de Carmen Conde, preadolescente. Ver textos citados en nota 2 y, además, José Luis Vicente Ferris, Vida y obra de Carmen Conde (1907-1996), tesis doctoral de la Universidad de Alicante, año 2007, páginas 61-121 (accesible en Internet). La tesis fue editada ese mismo año por Temas de Hoy, en Madrid.
[5] Versos de Carmen Conde Abellán, Mujer sin Edén, edit. Jura, Madrid, 1947, Canto tercero, poema Junto al mar. Es mucho más asequible la edición de Torremozas, Madrid, 1985.
[6] Carmen Conde, Mujer sin Edén, cit., Canto cuarto, poema La mujer divinizada.
[7] Alusiones a los poetas Gustavo Adolfo Bécquer, Rubén Darío y Vicente Aleixandre -muy cercanos a Carmen Conde-, y a su hija nonata, a la que iba a llamar María del Mar, a la que dedicó el libro Júbilos. Poemas de niños, rosas, animales, máquinas y vientos, edit. de “La Verdad”, Murcia, 1934, con estas palabras: “A María del Mar, que se fue a bordo de su nombre”.
[8]  Carmen Conde quedó impresionada para siempre de la lectura infantil en el camposanto del conocido poema en prosa, basado en San Agustín: Una lágrima en su recuerdo se evapora; una flor sobre su tumba se marchita; una oración por su alma la recoge Dios.
[9]  Inscripción que adorna la portada de ingreso al cementerio de San Lorenzo de Antigua Guatemala: La vida de los muertos consiste en la memoria de los vivos. Si bien quedó destruida en 1976, esa portada fue luego objeto de restauración.
[10]  Véase Carmen Conde, Mujer sin Edén, cit., Canto primero, poema Respuesta de la mujer.
[11] Este protagonista masculino de mi relato es el poeta irlandés Thomas Moore (1779-1852). El texto alude a su poema The last rose of summer, escrito hacia 1805, pero editado en 1813 (A section of Irish melodies). En 1807 fue convertido en canción, siendo autor de la música Sir John Andrew Stevenson, melodía que sirvió de inspiración a compositores del talento de Beethoven y Mendelssohn, hasta ser incluida en la famosa ópera Martha (1847), de Friedrich von Flotow (1812-1883).
[12] Thomas Moore murió después que sus cinco hijos. En concreto, su hija Anne Barbara falleció a los cinco años (1817), siendo enterrada en el cementerio de Hornsey, entonces a las afueras de Londres.
[13] Nombre del volcán más visible desde Antigua Guatemala y, en concreto, desde el cementerio en que se desarrolla el presente cuento.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

VIVIR DE CINE Y MORIR DE AMOR



Vivir de cine y morir de amor

Por Federico Bello Landrove

     Recreación novelada del triste destino que tuvo en Río de Janeiro Maurice Pecqueux, uno de los mejores directores de fotografía de su tiempo. La época en que suceden los hechos, centrados en 1950, contribuye con su agitación a hacer más realista y vívido el relato.




1.      Un giro de 180 grados…

     El ministro Mariani[1] llevaba media hora tratando de convencer al poderoso productor Adhemar Gonzaga[2] de la conveniencia de tomar un nuevo rumbo en el cine brasileño. No cabe duda de que las razones esgrimidas por el político eran compartidas por el Gonzaga artista, que había legado al acervo patrio más de una película notable; pero los argumentos chocaban con un muro de hormigón en cuanto el cineasta recordaba que, ante todo, era el dueño de los estudios cariocas de Cinédia que, después de casi veinte años de existencia, no pasaban por su mejor momento.
-          No puedo creer -se lamentaba Mariani- que el director de Cinearte[3], productor de Ganga bruta y O ébrio[4], se empeñe en apoyar el rodaje de chanchadas[5], que no hacen más que embrutecer al público y avergüenzan a nuestro país en el extranjero.
-          Yo creo que el señor Ministro exagera. De cualquier forma, yo no soy sino la cabeza de una empresa de la que dependen muchos puestos de trabajo, que solo puede sostenerse si las películas que produce tienen un razonable éxito en taquilla.
-          Ye veo -replicó adusto Mariani- que el señor considera primordial el tema monetario. Siendo así -prosiguió tras un momento de pausa-, no tengo más remedio que tocarle el bolsillo, en vez de conmoverle el corazón.
     Iba Gonzaga a replicar de forma bastante airada, pero el Ministro no le dejó meter baza, sino que se enfrascó en una larga exposición, cuyo núcleo era tan económico como el planteamiento de su interlocutor. A grandes rasgos, se trataba de lo siguiente:
     En el año 1939, el Presidente Vargas, movido a la vez por el nacionalismo y la propaganda, había implantado en Brasil la cuota de pantalla[6], que obligaba a proyectar un cierto número de películas brasileñas, proporcional al de las extranjeras que se estrenasen. La caída de la dictadura varguista no había ido seguida de la derogación de tal Decreto, con la lógica irritación de las distribuidoras americanas. El nuevo Presidente, mariscal Dutra, entusiasta del liberalismo económico y de las buenas relaciones con los Estados Unidos, había acabado por acoger la crítica y tratado el tema en Consejo de Ministros.
-          ¿Se percata de por dónde van los tiros?, preguntó Mariani.
-          Ya veo, ya -concedió Adhemar-. Sería un golpe muy duro para nuestra incipiente industria cinematográfica, pero no alcanzo a entender qué tiene que ver con ello el tipo de películas que produzcamos en Brasil.
-          ¡Ahí está el meollo del asunto!, exclamó Mariani. Aunque no me crea, lo cierto es que me batí como un león en favor de ustedes, pues no se me oculta que el cine norteamericano nos puede devorar en un par de años, si logra la libertad plena de exhibición.
-          ¿Libertad?, protestó el cineasta. ¡Menuda libertad! Si las salas quieren proyectar una buena película americana, tienen que cargar con otras mediocres o malas en el mismo paquete, impuestas por la distribuidora.
-          Lo sé, concedió Mariani, pero el Presidente no me aceptó ese tipo de argumentos. Usted es Ministro de Educación -me dijo-. Deme motivos culturales para mantener la cuota y deje las razones de mercado a sus colegas económicos.
     El político bebió un sorbo de agua y, ante el silencio de Adhemar, reanudó el relato:
-          Vi perfectamente a dónde quería llegar el Presidente, pero objeté que difícilmente podrían hacerse buenas películas si, por la agobiante competencia de las americanas, las brasileñas se quedaban en un cajón. Él me abrumó: Llevamos casi diez años de proteccionismo y ¿qué hemos conseguido? Yo se lo diré: la apoteosis de la chanchada. ¿Qué le parece, Gonzaga? Tuve que agachar la cabeza y reconocer calladamente que tenía toda la razón.
-          Yo no lo creo así, señor Ministro -replicó Gonzaga-. La chanchada es una forma de llegar al pueblo, que tiene muy diversos niveles de calidad. Por otra parte, de los casi diez años que dice el Presidente, más de la mitad estuvimos atados de manos con la censura y la propaganda gubernamental[7].
-          También eso se lo hice notar al Presidente, concedió Mariani, pero no hubo cáscaras. Tan solo he conseguido aplazar el ultimátum. Si en dos años no se aprecia una notable mejora de calidad y variedad en nuestras películas, el Presidente llevará a la Cámara de Diputados la derogación del Decreto de Vargas.
-          ¡Pero es imposible cambiar las cosas en dos años! Las películas se preparan y ruedan muchas veces en más tiempo que ese. Se necesitarían lo menos cinco.
-          Ya, pero estamos a finales de 1948 y al Presidente le quedan dos años y pico de mandato. Quiere dejar el tema resuelto. Además -confesó el Ministro, bajando mucho la voz-, parece que le hizo una promesa a su mujer antes de morir.
     Adhemar dio un salto en el sillón:
-          ¡Atiza!, exclamó. ¿También andaba en esto Dona Santinha[8]?
-          Esa conclusión saqué, pero guárdeme el secreto. Si se lo he dicho, es para que ponga de su parte todo cuanto pueda. De no ser así…
     El Ministro meneó la cabeza y puso cara de circunstancias. Se levantó dando por terminada la audiencia. Mientras estrechaba la mano del productor, dejó caer la idea salvadora:
-          Al Presidente le gustó mucho O ébrio. Tal vez si consiguiéramos un éxito parecido -aunque fuera uno solo-, lográsemos un aplazamiento.

***

     Han transcurrido apenas unos días y ya no nos encontramos en el Palácio Capanema, sino en el luminoso despacho del presidente de los estudios Cinédia, con vistas al parque de Boa Vista[9]. Por lo demás, también tenemos a dos interlocutores frente a frente y están hablando de cine, de la tremenda amenaza que pesa sobre las nonatas películas de Brasil, de la que ya tenemos conocimiento. También acaba de enterarse de ello quien tal vez sea el director de cine más famoso y prolífico del país, llamado Luis de Barros o, simplemente, Lulú[10].
-          … Así que ya ves a lo que nos enfrentamos -concluía Adhemar Gonzaga-. Se han confabulado contra nosotros las fuerzas de este mundo… y las del otro.
     Barros lo miró de hito en hito:
-          ¿Y por qué te has acordado de mí? Si el ejemplo a seguir es O ébrio, llama a Gilda[11].
-          ¡No me la recuerdes! Fiado de su enorme éxito anterior, le puse en las manos una película de gran presupuesto y ya lleva año y medio de rodaje, que no sé si me va a llevar a la ruina[12]. Así que déjala que siga en lo que está. Cuento contigo: por formación, por carrera y por experiencia. Solo necesitamos encontrar un guion excelente y ¡a rodar! Tendrás todo cuanto necesites.
     Lulú se envaneció:
-          Ya sabes que necesito poco. Comparto contigo que esto es una industria que tiene que vender y dar beneficios. Y para eso no hace falta mucho tiempo ni mucho dinero. Al menos yo, no los necesito
-          Mira lo que nos jugamos. ¿No necesitarías algún técnico de primera? Piensa, piensa. Estoy dispuesto a echar el resto.
-          ¡Hombre!, ya que insistes, no me vendría mal un director de fotografía de calidad.
-          Pues no se hable más, repuso Gonzaga. Daremos un vistazo a Hollywood.
     Lulú torció el gesto:
-          Hollywood para ti, que lo conoces bien. Yo me formé en Francia, en la Gaumont[13], y prefiero entenderme con los técnicos franceses. Además, si lo que andas buscando es sofisticación, daremos con la persona indicada, no te apures.
     Barros emitió un suspiro de alivio:
-          Quedamos, dijo, en que yo me ocupo de buscar el tema y tú…
-          Sí, sí, interrumpió Barros, pero no olvides que tengo por acabar Inocência[14] y me esperan algunas de mis despreciables chanchadas.
-          Olvídate de ellas, gruñó Gonzaga. En cuanto tengamos preparado el guion y contratado el director de fotografía, empezaremos el proyecto salvador. O triunfamos, o nos hundimos.

***

     Cuando salió refunfuñando del despacho de Gonzaga, Lulú ya tenía una imagen en la mente: la del actor, fotógrafo y cámara Romain Lesage, de sólida formación en la Francia de la ocupación nazi[15] y niño mimado de las jóvenes revistas de cotilleo, Images du Monde y France Dimanche[16]. Desde mediados de aquel año cuarenta y ocho, Lesage se había establecido como corresponsal en Rio y estaba en contacto con los medios cinematográficos de la ciudad, con vistas a llevar a efecto sus deseos de dirigir películas[17]. Pero al recibir de parte de Barros el ofrecimiento de incorporarse al proyecto redentor de la chanchada, Lesage se echó atrás y ofreció una interesante solución de recambio:
-          Lo siento, Luis -dijo-, pero tengo mucho trabajo con las revistas y ya llevo avanzados los planes para dirigir una película importante, que tal vez pueda ayudaros a convencer al Presidente de las bondades del cine de este gran país. Pero soy buen amigo de una persona pintiparada para vuestro proyecto: Tiene mucha más experiencia que yo y ha sido cámara y director de fotografía de los mejores directores franceses: Renoir, Carné, Bresson, Moguy… Te sonará el nombre: Maurice Pecqueux[18].
-          No me digas más. Hablaré con Gonzaga para que se ponga en contacto con él y le ofrezca un buen contrato. Mientras tanto, anímalo tú a que cruce el océano y se una a nosotros. Claro que, siendo francés y tan acreditado, no sé yo si Brasil no le resultará demasiado… exótico.
-          ¡Huy, no creas! Tal vez podamos convencerlo, precisamente, por el exotismo.
     Lulú no entendió la alusión, ni tampoco que, al hacerla, Lesage sofocara la risa. Es posible que nosotros sí lo comprendamos, de tomarnos la molestia de leer la carta que aquel dirigió a su amigo, para ponerle en antecedentes de lo que se pretendía:
     Rio de Janeiro, a 30 de octubre de 1948.
    Querido Romain:
    No sabes lo preocupado que estoy por tu salud y por lo poco que la cuidas. Cuando me despedí de ti para venir al Brasil, te noté muy deprimido y desinteresado de todas las cosas que antaño te entusiasmaban, incluso del trabajo, que ahora asumes por razones meramente alimenticias y porque eres un profesional sin tacha. Pero, si las cosas siguen igual, como parece, acabarás enfermando o haciendo un disparate. Tienes que olvidar de una vez por todas a tu mujer, una vez que tomaste la decisión de separarte de ella. Creo yo que una temporada lejos de París, con su mal tiempo y peores recuerdos, te vendría de maravilla. Y esto no es un consejo, sino una oferta en firme. Te cuento.
     Hay en el mismo Rio unos estudios muy amplios y bien dotados, donde se hacen no menos de media docena de películas al año, casi todas ellas comedias ligeras con abundantes números musicales. Es lo que gusta por aquí y podrás tener una idea, si has visto alguna cinta de Carmen Miranda[19]. Mas resulta que el Presidente de Brasil no está conforme con los argumentos ni la mediocre calidad de tales productos y ha amenazado a los cineastas brasileños con quitarles la cuota de pantalla que protege sus películas desde hace unos diez años. Así que están como locos por buscar temas serios y traer a buenos técnicos de otros países. En estos estudios, llamados Cinédia, me han pedido consejo sobre buscar a un gran director de fotografía y, como es natural, les he dado tu nombre. El productor jefe va a ponerse en contacto contigo y no hace falta que te diga que es una oportunidad que no puedes perder. Estoy seguro de que va a ofrecerte unas condiciones muy atractivas -sobre todo, teniendo en cuenta los precios de por acá-. Pero eso no es nada comparado con lo que yo te voy a prometer, y gratis: una eterna primavera; una naturaleza que es el jardín del Edén; una ciudad maravillosa, a orillas de un mar de ensueño; unas mujeres bellísimas y acogedoras y… el anfitrión perfecto para mostrarte y poner a tu alcance todas esas irresistibles medicinas para tu tristeza: Yo.
     No consiento que digas “no”. Haz el equipaje y vente a Rio. Desde hoy empiezo a buscarte un apartamento con vistas al mar, a unos pasos de la playa de Copacabana. No te digo que inicio también la búsqueda de compañía para ti porque te aseguro que no hace ninguna falta. Aquí no se busca; aquí se encuentra.
     Hasta muy pronto, pues. Te abraza cordialmente,
     Romain.

(En la fotografía, Robert Bresson, tras la cámara; Maurice Pecqueux, de pie tras ella)



2.      …Y de otros 180 grados más

     Han pasado casi dos años, a juzgar porque la hoja del calendario reza agosto, 1950. El Ministro Mariani ha abandonado la poltrona del Palácio Capanema y anda por Bahia haciendo campaña para su posible elección como senador por aquel Estado. El Presidente Dutra agota sus últimos meses de mandato y parece tener otras preocupaciones que las de escuchar la voz de ultratumba de Dona Santinha para que fulmine las chanchadas. El ex Presidente Vargas, benemérito promotor de la cuota de pantalla, anda muy ocupado preparando su retorno a Catete[20], aunque parece tener tiempo también para otras cosas, como luego veremos. El bueno de Gonzaga tendría que estar feliz de que Dutra se hubiera olvidado de fastidiar el cine nacional, pero no para de hacer cuentas pues las matemáticas parecen conducir sin remedio al cierre de sus amados Estudios Cinematográficos Cinédia. ¿Y el resto de nuestros conocidos? Precisamente sentados a una mesa del restaurante del hotel Copacabana Palace, encontramos a Lulú y a Romain Lesage, dando buena cuenta de sendas cazuelas de moqueca capixaba[21]. Es el primero de los citados comensales quien está en el uso de la palabra:

-          No deja de ser una chanchada más, una comedia de enredo, con varios números musicales[22]. Pero, entre tu amigo Maurice y yo, estamos preparando un alarde técnico, que va a ser la monda. ¿Recuerdas lo que hizo Hitchcock en La Soga?[23] Pues vamos a hacer lo mismo.
-          No agobies mucho a mi amigo -rogó Lesage-. Cada día que pasa en Rio lo veo más desanimado y morriñoso. ¿Quieres creer que ha cruzado el Atlántico para ennoviar con una chica francesa?... Lo que oyes, una tal Claude, a la que conoció paseando por el Paseo de Copacabana, donde da la casualidad que ambos tienen sus apartamentos. No es precisamente la mulata de rompe y rasga que yo había imaginado, pero congenian bastante bien.
-          Cada uno es como es -filosofó Lulú-, aunque se vaya al otro lado del mundo. Tu amigo Maurice es un buen profesional y un hombre educadísimo, pero…, en fin, que no lo veo yo ambientado en Rio, y no será porque en los estudios no hayamos tratado de animarlo.
-          Falta hace -apoyó Romain-. En fin, con alardes técnicos y sin ellos, lo que vais a rodar me huele a chanchada. No veo que estéis siguiendo el camino trazado por el Ministro.
-          Los políticos han aflojado el dogal y hasta no sería extraño que el viejo GéGé[24] volviera al poder y nos diese una seguridad plena. No obstante, Adhemar y yo ya tenemos entre manos el proyecto inicialmente previsto. Creo que va a resultar una bomba, a ver si todos salimos ganando: los estudios, el cine brasileño y tu amigo, que, al fin, va a encontrarse con un dramón naturalista, al estilo de Zola[25].
     La verdad es que la comparación era poco afortunada puesto que la novela escogida para basar en guion de la película era un trasunto de La dama de las camelias, hasta el punto de que la heroína de dicha novela, Lucíola, había sido calificada en su época de la Margarita Gautier brasileña[26]. Con una peripecia muy atractiva para el cine, ya había dado lugar a una película muda, treinta y cinco años atrás[27]. Para la que ahora se preparaba, aprovechando la relajación gubernamental respecto de las chanchadas, Gonzaga había tenido una idea que habría sido impensable, de no estar endeudado hasta el cuello: asignar el papel protagonista a la vedette más famosa y cálida del momento. Lulú le había hecho algunas objeciones:
-          Virginia[28] no tiene experiencia como actriz dramática y el personaje se presta muy poco a la inserción de números musicales.
-          Está en su mejor momento como mujer de rompe y rasga -replicó, autoritario, el productor- y alguna alegría musical en las escenas del burdel no resultará fuera de lugar. Tú abre la mano, que para la fecha del estreno, es muy probable que tenga un valedor decisivo en las altas esferas.
     Lulú sonrió y dijo:
-          Vamos que, para octubre, Cinédia en bloque irá a votar por el P.T.B.[29]

***

     En efecto, las elecciones del 3 de octubre supusieron la victoria del valedor decisivo. Y el 20 del mismo mes empezaba el rodaje de Anjo do lodo[30], romántico y sugestivo título que habían buscado para la Lucíola de los estudios Cinédia, con Virginia Lane en el rol estelar. No es cosa de seguir los avatares de los dos meses de la filmación ni, menos aún, opinar sobre su resultado artístico. Lo que sí resulta fundamental para nuestro relato es recoger parte de la conversación que están manteniendo Lesage y Barros mientras meriendan a modo en la confitería Colombo[31], una tarde tormentosa de fines de noviembre:
-          ¿No decías que lo que buscabas para tu amigo Maurice eran alicientes femeninos? -preguntaba Lulú-. Pues ya los tiene, y de lo mejorcito que puede ofrecer este país.
-          Claro -respondía Romain, mohíno-, pero alicientes que le hiciesen caso, no que le dieran tales achares, que está al borde de la desesperación. ¿No podrías hacer tú algo? Virginia te tiene mucho afecto.
-          ¡Oye, oye!, que soy director de cine, no alcahuete. Además, no se trata de que la chica se esté haciendo de rogar, ni que no le guste el francés. Es que lo que él pretende es imposible.
-          ¿Qué hay de imposible en que una vedette como esa se deje querer y le anime un poco?
-          Eso es lo que tú crees. Maurice no es hombre fácil de contentar. Me han dicho que el otro día se presentó en el camerino de Virginia con un anillo de compromiso; y cuando ella, muerta de risa, le preguntó por cómo se le ocurría semejante cosa, él replicó muy serio que nada de malo había, dado que ella era soltera y él había roto con su novia.
-          Ya sabes cómo es, insistió Romain: serio y responsable, de los de todo o nada. Pero, si tu le hablaras a Virginia y yo a Maurice, podríamos lograr un ten contén hasta que acabase el rodaje. Luego, poco a poco, espaciando los encuentros, viajando… Pero, chico, ahora todo el santo día con ella y fotografiando escenas tan apasionadas y ligeras de ropa, no me extraña que esté fuera de control.
        Lulú sonrió:
-          ¡Y tan ligeras de ropa!; como que hemos rodado un desnudo integral, tipo danza de Salomé, que nos animó a todos un montón. ¡Para que te fíes de Maurice y su seriedad! Fue él quien tuvo la idea de que el desnudo se viera como una sombra en la pared de la taberna. Aunque, con todo y con eso, ya veremos si nos lo da de paso la censura.


     Habían acabado de merendar y estaban como al principio en lo que a Maurice se refería. Romain hizo un último intento:
-          Ya sabes que he empezado a trabajar fuerte en publicidad[32]. Tal vez si lo hablara con Virginia y le ofreciera hacer alguna campaña de perfumes o de ropa…
-          ¿Interior o exterior? -bromeó Lulú-. Yo que tú, prosiguió, no haría el intento. No creo que Virginia ponga en riesgo, por el momento, la exclusiva que va a tener con… el señor Presidente de la República[33]. Anda, paga y di que nos llamen un taxi, que está lloviendo a cántaros.

***

     El doble desenlace de este relato puede justificar la rúbrica de los capítulos pues ya es sabido que, si giramos 180 grados y otros ciento ochenta más, acabaremos estando como al principio. Y yo creo que eso es lo que van a opinar ustedes, si tienen la bondad de leer las líneas que siguen. Empecemos por el tema de la película de prestigio y el destino de los estudios Cinédia.
     Anjo do lodo fue terminada en vísperas de la Navidad de 1950 y, como por ley correspondía, fue presentada al comité de tres censores encargado de autorizar o prohibir su exhibición. Por dos votos contra uno, su proyección fue autorizada para mayores de 18 años. El estreno se produjo en abril de 1951, en dieciséis salas de São Paulo y diez de Rio de Janeiro. Conforme a la costumbre de sesiones continuas de aquella época, algunos de los cines ofrecían entre siete y diez sesiones diarias. Con todo, muchos espectadores salieron de la proyección molestos y escandalizados, en particular, por la escena del desnudo de Virginia Lane proyectado como sombra en la pared -me refiero a los que se ofendieron de la sombra en sí, aunque seguro que hubo otros muchos que se molestaron por el truco de Pecqueux, que les impedía escrutar las delicias de la vedette con mayor precisión-. Aquellos, que no estos, clamaron contra la lenidad de los censores, lo que supuso que, en algunos Estados -como São Paulo- se suspendiera la exhibición de la película hasta que se cortó la escena en cuestión. Con todo, se produjo una polémica nacional entre los detractores de la moralidad del film -liderados por el diputado federal, Janio Quadros, futuro Presidente de la República- y sus partidarios, dominantes en el mundo de la literatura y el periodismo[34]. La discusión no tuvo ya más resultados prácticos, como no fuera la avalancha de público a los cines para ver el objeto del pecado/deseo; pese a la cual, Cinédia no levantó el vuelo económico y Adhemar Gonzaga tuvo que cerrar los estudios en ese mismo año 1951.

***

      En cuanto al cineasta Maurice Pecqueux, el de los amores frustrados y la profesionalidad a prueba de bomba, vino a finar su vida de manera trágica, quizá no muy diferente ni peor de como la habría acabado de no viajar hasta Brasil.
     Apenas concluido el rodaje de Anjo do Lodo, Maurice -que tenía 37 años de edad- se recluyó en su apartamento y, tras sellar escrupulosamente puertas y ventanas, abrió la espita del gas y murió asfixiado. No deja de resultar curioso que -según el diario carioca A manhã[35]- el cineasta se recluyera en el cuarto de baño para consumar su suicidio, no en la cocina, habitual origen de los escapes gasísticos. Caben algunas explicaciones plausibles, que dejo a la fecunda imaginación de mis lectores.
     El cadáver de Pecqueux fue descubierto unos cuatro días después del fallecimiento, por la señorita Claude Connier quien, al parecer, en la vida real seguía siendo -o sintiéndose- novia del difunto y, en concepto de tal, se alarmó por no saber de él en varios días y acudió a su piso, provista de la llave que de él poseía. Ella misma, apenas repuesta del trauma de tan macabro hallazgo, avisó a la Policía, comenzando así las diligencias oficiales pertinentes, incluso la autopsia.
     La prensa, con ese laconismo con que suele encubrir falta de información suficiente, aludió a que Maurice había dejado dos notas de suicidio. La dirigida a Claude era una suerte de testamento ológrafo, pues la dejaba heredera de todas sus pertenencias. En la dirigida a su amigo, nuestro conocido Romain Lesage, afirmaba que la muerte era debida a su propia y espontánea voluntad.
     ¿Hubo una tercera nota, o es que la dirigida a Lesage era más explícita de lo que la prensa hacía constar? El hecho es que Lulú de Barros, en las Memorias que publicó muchos años después[36], recoge que, en su testimonio póstumo, Pecqueux afirmaba que se había casado en Francia, sin lograr por eso sanar de su nostalgia y de su desinterés por la vida; que, en vista de ello, se había separado y se había echado novia en Brasil, sin curar tampoco la desafección que tenía por la vida, la cual se había tornado para él enfadosa y aborrecible; y así, aconsejaba a todo aquel que se creyera inteligente que se librase de la vida suicidándose, como él.
     El bueno de Adhemar Gonzaga, a través de los estudios Cinédia, providenció y abonó todo lo relativo al entierro. Es un dato en que insisten las fuentes, no sé si para apuntar la pobreza del difunto, o la generosidad de una empresa que estaba en las últimas, económica y vitalmente hablando.

               





[1] Clemente Mariani Bittencourt (1900-1981), Ministro de Educación y Salud Pública del Gobierno brasileño entre 1946 y 1950.
[2] Ad(h)emar Gonzaga (1901-1978), actor, director y productor de cine, así como periodista de tal materia. En 1930 fundó los estudios cinematográficos Cinédia en Rio de Janeiro, los cuales dirigió hasta que se vio obligado a cerrarlos en 1951 por problemas económicos insolubles.
[3] Prestigiosa revista de cine, fundada y codirigida por Adhemar Gonzaga, entre 1926 y 1942.
[4] Importantes películas producidas por Adhemar Gonzaga en 1933 y 1946, respectivamente.
[5] Sustantivo coloquial con el que se designa en Brasil las películas populares melodramáticas o de tipo comedia bufa, generalmente acompañadas de números musicales y carnavalescos. Fue un género que dominó la filmografía brasileña durante unos veinte años (1935-1955, por fijar dos años orientativos).
[6] Decreto 1949/39. Hasta la fecha (2018) las películas brasileñas siguen protegidas por cuota de pantalla, que actualmente les garantiza un mínimo de 28 días al año, para no menos de tres películas diferentes por sala (Ley 12.485/2011).
[7] Entre 1937 y 1945, Brasil vivió un periodo dictatorial (Estado Novo), bajo presidencia de Getúlio Vargas. Véase, para el cine de esa época, Paula Assis, Cultura, política e mercado: o cinema nacional na Era Vargas, Temáticas, Campinas, 22(43), fev./jun. 2014, pp. 159-182.
[8]  Apelativo, entre respetuoso y burlesco, dado popularmente a la esposa del Presidente Dutra, Carmela Teles Leite Dutra (1884-1947), famosa por su acendrado catolicismo e influencia ejercida sobre su marido, entre otras cosas, para la prohibición del juego y -tal vez- del Partido Comunista brasileño. Falleció en octubre de 1947, víctima de un probable error médico en la atención de una apendicitis aguda.
[9]  Palácio Capanema es denominación usual del edificio que albergó el Ministerio de Educación y Salud Pública de Brasil entre 1943 y 1960, hito y joya de la arquitectura brasileña del siglo XX. Los estudios cinematográficos Cinédia ocupaban un solar de 9.000 metros cuadrados en el centro histórico de Rio de Janeiro (barrio de São Cristóvão), zona en la que está enclavado el hermoso y extenso parque de Boa Vista.
[10] Luis (Lulú) de Barros (1893-1981), uno de los más notables y prolíficos directores de cine de Brasil.
[11] La película O ébrio fue dirigida por Gilda (de) Abreu (1904-1979).
[12] Alusión a la segunda película dirigida por Gilda (de) Abreu, titulada Um pinguinho de gente. Rodada “a lo grande” a partir del 22 de abril de 1947, no fue estrenada hasta el 2 de octubre de 1949 en première de Rio, y hasta el 10 de abril de 1950 en São Paulo. Su relativo fracaso comercial fue la puntilla para los estudios Cinédia, que ya venían arrastrando problemas económicos anteriores.
[13] Histórica productora y distribuidora francesa fundada en 1895, con estudios en La Villette (Calvados). La empresa continúa hoy (2018) activa, con oficinas centrales en Neuilly-sur-Seine, al lado de Paris.
[14]  Película dirigida por Luis y Fernando de Barros en 1949, con guión del primero, basado en la famosa novela homónima de Alfredo d’Escragnole Taunay, aparecida en 1872.
[15]  Jean Romain Lesage (1924-1996), famoso fotógrafo y actor y director de cine (películas de ficción y documentales), que se formó en Francia entre 1942 y 1945. Pasó a Brasil en 1948.
[16]  Revistas francesas fundadas, respectivamente, en 1944 y 1946, todavía existentes hoy (2018).
[17] En efecto, entre 1949 y 1950 rodó A beleza do Diabo (en curiosísima sincronía con la película homónima, La beauté du Diable, 1950, dirigida por Réné Clair). Se cree que, a poco de su estreno, los negativos y todas las copias de esa película desaparecieron en un incendio.
[18] Maurice Pecqueux (1914-1951). Véase Antônio Leão da Silva Neto, Diccionário de Fotógrafos do Cinema Brasileiro, Imprensa Oficial do Estado de São Paulo, São Paulo, 2011.
[19] Maria do Carmo Miranda da Cunha (1909-1955), famosa actriz y cantante luso-brasileña, cuya carrera se desarrolló principalmente en los Estados Unidos a partir de 1939.
[20] Palacio de Rio de Janeiro, entonces sede de la Presidencia de la República.
[21]  Estofado de pescados, acompañado de harina de mandioca, que se sirve en cazuela de barro negro tintada de rojo. Suele considerarse un plato oriundo del Estado de Espírito Santo.
[22] Por todo lo que Barros cuenta, se trata sin duda de la película Agüenta firme, Isidoro, producida por Adhemar Gonzaga (Cinédia), con guión y dirección de Luis de Barros y dirección fotográfica de Maurice Pecqueux. El rodaje comenzó el 23 de agosto de 1950 y, según la proverbial rapidez del director, estuvo concluida a tiempo de empezar el de la siguiente el 20 de octubre del mismo año. Fue estrenada el 29 de enero de 1951, en seis cines de Rio de Janeiro y en cinco de São Paulo.
[23] La Soga (The rope), película dirigida por Alfred Hitchcock en 1948, contaba con un alarde técnico que hizo la fama del film, aunque luego su director abominara del mismo: el de desarrollar toda la película como un continuo, sin cortes aparentes ni división en secuencias. Véase Donald Spoto, Alfred Hitchcock (traducción española), Ultramar editores, Estella (Navarra), 1984, pp. 300-306.
[24] Forma coloquial de referirse a Getúlio Vargas.
[25] Maurice Pecqueux había intervenido en la película La bête humaine (Jean Renoir, 1938) como cámara, siendo director de fotografía Curt (Kurt) Courant.
[26] La dama de las camelias (1848), novela de Alejandro Dumas, hijo, luego convertida en obra teatral por el propio autor. Lucíola (1862), novela de la serie Perfiles de mujer, obra de José de Alencar.
[27] Lucíola, dirigida por Franco Magliani o Carlos Comelli en 1916. Con posterioridad a la versión a que me refiero en este relato, lo ha sido una tercera vez: Lucíola, o anjo pecador (Alfredo Sternheim, 1975). Participa de la duda sobre el director de la versión de 1916, Salete Paulina Machado Sirino, Cinema brasileiro: O cinema nacional producido a partir da literatura brasileira e uma reflexão sobre suas posibilidades educativas, Disertación para la obtención del título de Maestro en la Universidad Estatal de Ponta Grossa, Ponta Grossa, 18 de noviembre de 2004.
[28] Virginia Giaccone (1920-2014), conocida en el mundo del espectáculo como Virginia Lane.
[29] Partido de los Trabajadores del Brasil, que auparía a su candidato, Getúlio Vargas, a la Presidencia de la República, tras ganar las elecciones celebradas el 3 de octubre de 1950.
[30] Creo que la película nunca se distribuyó en España, por lo que acudo a la traducción literal: Ángel del lodo. Fue dirigida por Luis de Barros y se estrenó en abril de 1951.
[31]  Confeitaria Colombo, fundada en 1894, ubicada en el número 32 de la calle Gonçalves Dias, en Rio de Janeiro.
[32]  Ante el parón profesional después de dirigir la película A beleza do Diabo, Jean Romain Lesage empezó a trabajar en publicidad, como guionista y montador de la productora Cine Castro.
[33]  Suele darse por sentado que Getúlio Vargas y Virginia Lane fueron amantes en determinados periodos de sus vidas. Por lo demás, quede claro que este es un relato de ficción, aunque se mezcle con mucho de historia.
[34] Con nombres tan destacados de la intelectualidad y el periodismo, como José Lins do Rego, Vargas Neto, Antônio Olinto, Prudente de Morais Neto y Edmundo Lyz.
[35] Número 2.889, correspondiente al día 29 de diciembre de 1950, página 2. La consulta resulta clave para desmentir a los autores -algunos, presuntamente bien informados- que insisten en que la muerte de Pecqueux se produjo un año más tarde, en las navidades de 1951. Creo que, aunque solo sea por desmentirlos definitivamente, este relato merecería la pena de escribirse y de leerse.
[36] Luis de Barros, Minhas memórias de cineasta, edit. Artenova/Embrafilm, Rio de Janeiro, 1978.