jueves, 13 de septiembre de 2018

EMILIO SALGARI: LAS RAZONES DE UN SUICIDIO



Emilio Salgari: las razones de un suicidio

Por Federico Bello Landrove

     El deber de gratitud que varias generaciones de jóvenes lectores tenemos hacia el famoso novelista italiano, Emilio Salgari[1], me lleva a dedicarle este ensayo, cuyo centro de interés no es otro que analizar las causas del harakiri que lo llevó a la muerte, a los 48 años de edad.




1.      El suicidio en sí


     No sé si será bien recibido que comience este ensayo con una referencia estadística a la muerte por suicidio. No trato de trivializar esta forma de muerte, revelando la considerable frecuencia con que se presenta, sino de objetivar la realidad de que el señor Salgari asumió una decisión que en modo alguno es insólita. Si acaso, lo excepcional sería la forma que revistió el suicidio, que apenas se practica fuera del Japón y su círculo de influencia. Ahí sí que pudo tener una directa incidencia la profesión literaria y de periodismo de viajes de don Emilio, no en la pretendida realidad de que los escritores se suiciden más que quienes no lo son -algo que estoy lejos de apoyar como cierto-.
     Si hemos de creer las estadísticas que cien países han remitido a la Organización Mundial de la Salud hacia el año 2010, el fenómeno del suicidio es sorprendentemente variable en su frecuencia. Al lado de países con tasas de 30 o más suicidios anuales por cien mil habitantes, hay otros en que la frecuencia no llega a uno por cien mil. A pie de página recojo la tasa de once países significativos[2]. Solo incluiré en el texto principal la de España -8,2 suicidios al año por cada cien mil habitantes- y la de Italia, país de origen y nacionalidad de Emilio Salgari: 7,1 suicidios por cada cien mil habitantes. A nivel mundial, la tasa anual de suicidios consumados sobrepasa ampliamente el millón de casos. De hecho, en los países en donde es más frecuente, el suicidio constituye la tercera causa de muerte, tras las enfermedades cardiovasculares y el cáncer[3].

***

     Pasaré a aludir seguidamente a las circunstancias objetivas del suicidio del señor Salgari, no sin antes señalar un intento precedente; dato conocido y reiterado por los estudiosos de la vida salgariana y que puede tener relevancia a la hora de explicar los motivos del suicidio consumado. En esquema, acerca del intento sin éxito, se señala lo siguiente:
     Dos años naturales antes de causarse la muerte -es decir, en 1909-, Salgari intentó el suicidio arrojándose sobre una espada, que se supone formaría parte de su colección de armas blancas. El hecho debió de acaecer en su casa, dado que se atribuye la salvación de la vida al hecho de que interviniera en su favor su hija Fathima, de dieciséis o diecisiete años de edad entonces[4]. No me consta el tipo de ayuda que prestara a su padre -directa o solicitada de otros-, ni tampoco la gravedad de las lesiones sufridas por el escritor; con todo, algunos autores indican que la tentativa estuvo en un tris de consumarse.
     En cuanto al harakiri que, con resultado mortal, se infirió Emilio Salgari el día 25 de abril de 1911, encontramos bastantes puntos de coincidencia entre las fuentes, junto a algunos de discrepancia:
-          El suicidio se produjo en la mañana del citado día, probablemente a hora temprana. El lugar fue el claro de un bosquecillo integrado en la zona urbana de Turín, frecuentado por el escritor y no lejano de su casa.
-          Dadas las heridas que se infirió -principalmente en el abdomen y con evidente falta de destreza y de medio adecuado-, se cree que la muerte tardaría bastante tiempo en producirse, sufriendo la agonía en medio de grandes dolores[5]. Sin embargo, el argumento padece un defecto que podría ser decisivo: Salgari también se hirió en el cuello; si se abrió alguna o algunas de las venas yugulares, la muerte se produciría de forma rápida.
-          Las mayores discusiones surgen en lo referente al arma blanca empleada. Los autores más románticos -o menos informados- imaginan que se trataría de una katana japonesa o de un cuchillo -kriss- malayo, suponiendo que Salgari los tendría a mano en su domicilio, dado su interés por ellos -cuando menos, literario-. No obstante, el diario turinés La Stampa[6] alude repetidamente a una navaja de afeitar -rasoio- y un famoso y más que probable testigo casi presencial[7] se refirió a un cuchillo de cocina, sin dar mayores detalles.
-          El mismo testigo casi presencial aludió también a que el suicidio quizás -forse- se habría debido al influjo del alcohol, pero no aporta ninguna razón para abonar tal impresión, aparte de un alcoholismo generalmente reconocido.
-          El cadáver fue encontrado, ya de tarde -sobre las dieciocho horas-, por una lavandera que vivía cerca del lugar y de la casa de Salgari, llamada Luigia Quirico, quien avisó en seguida a otras personas.
-          El escritor estaba correctamente vestido. Al lado de su cadáver se hallaron el sombrero y su inseparable bastón. Se dice que en un bolsillo de la chaqueta se encontró un paquete de hojas escritas, pertenecientes casi con seguridad a algún relato que pensaría en su momento entregar a un periódico o editor. De ser cierto este último hallazgo, sería interesante para determinar -en buena lógica- si el suicidio había sido premeditado o más bien impulsivo. En cualquier caso, las cartas a que aludiré en el capítulo siguiente parecen incompatibles con una acción irreflexiva o repentina.

Foto de época del lugar en que Salgari se suicidó



2.      Las causas del suicidio


     Las tradiciones sociales en materia de suicidio dan lugar a que quienes lo ejecutan se apliquen en mayor o menor número a dejar una nota que, cuando menos, aclare que la muerte se ha debido a su propia voluntad. Hay países en que tales notas alcanzan la mitad de los casos de suicidio. No obstante, la razón entre notas y suicidios suele estar entre 1/5 y 1/6; es decir, solo uno de cada cinco o seis suicidas se preocupa de dejar una nota explicativa o de manifestación de voluntad. Una de las razones más habituales de ello es la de exponer las causas de darse muerte. Tal explicación pretende, en ocasiones, exculpar del suicidio a ciertas personas, pero otras veces se pretende todo lo contrario: echar toda o parte de la culpa a ciertos individuos relacionados con el suicida. Por supuesto, la valoración del suicida es subjetiva y puede estar completamente equivocada; o, directamente, puede pretender engañar o confundir. Es claro que el hecho de dejar una nota a las puertas de la muerte no implica que se haga con la intención de decir estrictamente la verdad.
     Valga este exordio para plantear inmediatamente un hecho llamativo: Salgari dejó -que se sepa- tres notas de suicidio, dirigidas a sus hijos, a los directores de los diarios de Turín y a sus editores. El hecho tiene ese regusto novelesco e histriónico que se atribuye al personaje. Pero, al menos, sacamos del fenómeno una aparente ventaja: algo nos dirá el propio interesado de los motivos que tuvo para suicidarse. Así es, en efecto, pero esquematicemos antes el contenido global de las tres notas indicadas, todas ellas de autenticidad plenamente admitida.
-          La razón más poderosa, de la que responsabiliza dramáticamente a sus editores, es la de haberle pagado tan poco por su trabajo, habiéndole exigido un trabajo agotador, que lo ha colocado en la miseria, obligándolo a una dedicación exclusiva y abrumadora a la tarea de documentarse y escribir, hasta el punto de no aprovecharle la comida y mantenerse gracias al alivio que le proporcionaba el tabaco -un centenar de cigarrillos al día, según el cálculo del escritor-.
-          Secundariamente, alude a la situación derivada de tener una esposa loca internada en un manicomio, cuya pensión es incapaz de abonar[8]. A las consecuencias económicas, ha de añadirse -aunque Salgari no lo explicite- la sensación de abandono y soledad, sin una mujer a la que amó entrañablemente y que le ayudó de modo significativo en su vida y labor literaria[9].
-          Otros fragmentos de las notas no aluden a las causas, sino a manifestaciones de voluntad: pide que lo entierren de caridad, si es que los editores no corren con los gastos de sepelio; solicita que se abra una suscripción pública para ayudar económicamente a sus pobres huérfanos[10]; indica a estos que solo les deja 160 liras en efectivo, más otras seiscientas de un crédito que detalla.
     Rastreando en la vida y en la correspondencia de Salgari, sus biógrafos señalan ciertas causas adicionales del suicidio, como el poco aprecio -por no decir desprecio- de sus colegas escritores y de los críticos respetables hacia sus obras; las crisis psicológicas y familiares, que le hacían cada vez más difícil mantener su fertilísima imaginación literaria; la creencia en que -¡a sus cuarenta y ocho años!- le estaba llegando la decadencia de la vejez; o las alteraciones psíquicas derivadas, al menos parcialmente, de una casi segura sífilis[11] y de un probable alcoholismo o notable adicción a las bebidas etílicas -en especial, al fuerte vino de Marsala[12]-.
       De las reseñadas causas que pudieron llevar a Emilio Salgari al suicidio podría escribirse mucho -lo que no es mi intención-. En general, creo que presentan componentes de exageración, sobre todo, si se las considera aisladamente. Como la que él presentó como principal fue la irreparable miseria económica, responsabilidad propia de sus editores, me ha parecido oportuno centrar mi examen crítico en ella, dedicándole el siguiente apartado de este capítulo.

***

     La situación de miseria, aducida por Salgari como causa más sustancial para suicidarse, no puede ponerse definitivamente en tela de juicio, de no examinar en profundidad los datos bancarios y contables de su economía, cosa que ya anticipo no estoy en condiciones de hacer, más allá de repetir lo que expongan sus biógrafos. En cambio, sí me parece oportuno hacer algunas reflexiones acerca de los motivos de tal situación, habida cuenta de que el escritor responsabiliza en exclusiva a sus editores y, complementariamente, a la necesidad de pagar una pensión por el internamiento psiquiátrico de su esposa.
     Comenzando por este último tema, he de señalar que, de ser cierto, diría mucho en favor de la imaginación y mala predicción de futuro de Salgari. En efecto, su esposa no fue ingresada en el manicomio de Colegno sino seis días antes del suicidio; por lo cual, a no ser por la improbable razón de que se le exigiese un importante adelanto de fondos, todavía no había tenido que pagar la pensión a la que se refiere. Además, es preciso consignar que, bien en el manicomio de Colegno, bien en el de Turín (Torino), existían plazas becadas para personas sin medios económicos[13]: De una forma u otra, Ida Peruzzi de Salgari permaneció ingresada en el mismo manicomio hasta su muerte, producida en el año 1922.
     Entrando ya decididamente en la materia de las relaciones económicas y de trabajo entre Salgari y sus editores, la cuestión resulta inabarcable para un ensayo relativamente breve. Con todo, mi impresión es la de que Salgari exageró y desfiguró la realidad, si valoramos esta en los términos de su tiempo y de la tremenda consecuencia de quitarse la vida -abandonando, de paso, a su esposa e hijos a su suerte-. Dicho de otro modo: las notas de suicidio de Salgari entran decididamente entre aquellas en que se exponen las causas, para responsabilizar indebidamente del hecho letal a personas con las que no se guardan buenas relaciones. Procuraré exponer seguidamente las razones de mi opinión.
     En primer lugar, quiero salir al paso de la creencia en que Salgari dependía en sus últimos años de su editor italiano, en lo tocante a obtener rendimientos de sus obras. Lo cierto es que el novelista era mundialmente famoso y traducido a diversas lenguas (francés, inglés, alemán, español, portugués, etc.), obteniendo derechos de autor en el extranjero -tanto en Europa, como en América-, al margen de los que percibía en su País natal. A mayores, aunque su tiempo fuera poco, seguía colaborando en periódicos y enviando a los mismos relatos cortos y nuevas novelas por entregas, antes de que las mismas -ya iniciada su popularidad por este medio- pasasen a editarse como libro. Por supuesto, tales colaboraciones eran cobradas por el autor al margen de lo percibido de los editores de las novelas y relatos en volúmenes.


     Pero dejemos estos gajes generalmente desapercibidos y accedamos al núcleo de la queja salgariana: la cicatería de sus editores italianos. Habida cuenta de que Salgari pasó por las manos de muchos -y de los mejores- editores de Italia a lo largo de su vida literaria, merece la pena centrarse en la segunda parte de aquella -aproximadamente, a partir de 1896, es decir, sus últimos quince años-, que es el momento en que don Emilio, ya famoso, abandona por voluntad propia el sistema habitual anterior -venta particularizada de los derechos de cada novela a un editor- y asume un régimen de casi exclusividad, con un editor que se compromete a comprar los derechos y publicar todas las nuevas obras del autor. El primero de estos editores exclusivos será el berlinés, domiciliado en Génova, Antonio Donath, con quien mantendrá contrato durante una década (1896-1906). Dicho contrato llegará a incluir, no solo la publicación de un trío de novelas al año, sino la dirección de una revista de viajes, Per terra e per mare, cuya vida efectiva será de un trienio (1904-1906) y en la que se publicarán anticipadamente y por entregas las novelas que luego pasarán a libro. Unos libros, por cierto, que marcarán un hito en las impresiones italianas de la literatura juvenil y de aventuras, con llamativas portadas a todo color y viñetas interiores, vívidas y alusivas a los momentos decisivos del texto, obra de algunos de los mejores especialistas del momento en Italia[14].
     El contrato con Antonio Donath ha sido duramente censurado por algunos apasionados salgaristas, indicando: 1º. Que las 4.000 liras anuales a percibir por Salgari eran un salario mísero. 2º. Que la necesidad de escribir, al menos, tres novelas al año era agobiante para el autor. 3º. Que la adicional dirección de la revista Per terra e per mare convertía a Salgari en una especie de esclavo de la pluma. Veamos en qué quedan esas críticas contra el editor. Aclaremos algunos conceptos:
-          ¿Qué cosa eran cuatro mil liras anuales en la Italia del norte, hacia 1900? Nada mejor, en mi opinión, que comparar esa cantidad con el salario medio de un obrero especializado. Dicho salario era de unas 5 liras diarias, equivalentes a 1.825 al año. Para trabajadores del campo o sin cualificación, la retribución bajaba a 3 liras al día. Los más menesterosos de los profesionales intelectuales (los maestros) percibían la magra retribución de mil liras al año. En consecuencia, podremos convenir en que lo que le pagaban a Salgari era una vergüenza, atendiendo a su fama, a la capacidad de generar beneficios y -a qué negarlo- a la tendencia de los escritorzuelos de Internet de incurrir en el anacronismo de medir los hechos históricos con criterios actuales (en este caso, bastante más de un siglo posteriores). Pero en modo alguno puede sostenerse que las percepciones de Salgari, aunque se redujeran a esas cuatro mil liras al año, lo colocasen en estado miserable, ni siquiera contando con que tenía que mantener a esposa y cuatro hijos.
-          ¿Qué grado de trabajo suponía a Salgari escribir tres novelas de aventuras al año? Algunos estudiosos se han tomado la molestia de multiplicar por tres el número usual de páginas de los libros de Salgari, dividiendo el resultado por 365. El resultado es de tres: tres páginas -tamaño cuartilla- por día -digamos que cuatro, para excluir domingos y festivos-. Cualquiera que conozca mínimamente la técnica y la reiteración de personajes y ambientes salgarianos se sonreirá al contemplar tal carga de trabajo al día, ni siquiera unida a la respetable necesidad de documentarse sobre lugares, tiempos y ambientes -conste que Salgari lo hacía francamente bien-.
-          ¿Qué decir del plus de trabajo de Per terra e per mare? La dirección de esta revista por parte de Salgari suponía dedicación y esfuerzo organizador. De hecho, en esa revista de viajes colaboraron numerosos escritores y aventureros, cuyo contacto con ellos fue para Salgari útil y gratificador. Pero, desde el punto de vista creativo, la intervención de Salgari fue esencialmente de inclusión de novelas por entregas, luego computables para sus libros, y algunos relatos breves. Y, lo que es más importante, dicha publicación se limitó a los años 1904-1906. Era ya historia en los tiempos inmediatamente anteriores al suicidio.

***

     En 1906, el editor florentino Enrico Bemporad logró el traspaso de la exclusiva sobre Salgari que tenía Antonio Donath, dejando sin efecto el contrato que ligaba con este al escritor. La operación no fue fácil y en ella tuvo parte esencial el agente literario de Salgari, llamado Edoardo Spiotti[15]. El contrato que don Emilio suscribió con Bemporad era suculento para la época. Para hacernos una idea, doblaba la cantidad mayor hasta entonces pagada por dicha editorial al mejor pagado de sus escritores exclusivos. Salgari percibiría diez mil liras anuales, siempre que entregara al editor un mínimo de cuatro novelas por año. Dicho sea de paso, el escritor cumplió en todo momento con tales entregas, hasta un total de diecinueve novelas, desde la firma del convenio, hasta el suicidio.
     El contrato contenía, no obstante, algunas cláusulas ominosas o menos favorables para Salgari. Una de ellas, suponía la penalización de hasta seis mil liras anuales, si no se llegaba a entregar las cuatro novelas al año prometidas. Esa estipulación, habitual en la época, esclavizaba un poco más al novelista, en relación con la análoga prometida a Donath pero, en cambio, lo liberaba de la gabela de Per terra e per mare. Además, ya he indicado que Salgari cumplió y no sufrió penalización ninguna.
     La segunda cláusula era más lesiva y parece indicar el gran interés de Salgari por firmar con Bemporad: parte de la indemnización que este tenía que pagar a Donath por la libertad del escritor saldría de las diez mil liras pagadas a este. Tal vez sea este el motivo por el que las fuentes suelen afirmar que Salgari percibía solo ocho mil liras al año de su editor. Ello significaría que la transferencia de Bemporad a Donath gravaba temporalmente el sueldo de Salgari, a razón de dos mil liras anuales.
     En todo caso, el contrato de edición solo afectaba a la versión en italiano de las obras, dejando en libertad al autor para contratos adicionales por las traducciones en idiomas foráneos.
     Sigamos teniendo presente el valor histórico de la lira, con la idea rectora de que un trabajador especializado del norte de Italia tenía un salario diario equivalente a algo menos de dos mil liras anuales.
     ¿Qué conclusión obtengo de lo expuesto? Una, que es compartida por los estudiosos de la vida salgariana: Que la presunta miseria de Salgari fue mucho más el fruto de la mala administración y de los gastos superfluos o viciosos, que no de no cobrar lo suficiente para vivir, y vivir bien[16].
     Y, en lo que respecta a la servidumbre agobiante de su trabajo, opino que respondía más a la pérdida de facultades por efecto de la bebida y de la sífilis avanzada, que no a tener que asumir compromisos muy difíciles de cumplir. Dicho sea esto, si es que Salgari llegó a sentirse muy agobiado por los esfuerzos, cosa que es lícito poner en duda, habida cuenta del número y calidad de sus últimas producciones.
     No quiero cerrar este capítulo sin llamar la atención a los salgarianos principiantes -y a otros que no lo son tanto, pero que escriben con la misma ignorancia- de que las así llamadas Memorias de Emilio Salgari, ni son obra del famoso veronés, ni se ajustan a la verdad, como para darles crédito por sí mismas. Tales Memorias, al parecer promovidas por los hijos del escritor y confiadas a la redacción de su amigo, Lorenzo Chiosso, aparecieron por primera vez en italiano en 1928[17], y han sido objeto de diversas  traducciones al español, a partir de 1929[18].



3.      Una familia de suicidas




     Una vez constatada la dudosa veracidad y sinceridad de las causas de suicidarse alegadas por Salgari, conviene profundizar un poco en otros motivos, no por silenciados, menos concurrentes. Diversos autores se han detenido en los aspectos menos gratos de la personalidad del escritor, como son los rasgos de carácter impulsivo e histriónico[19], y las alteraciones psíquicas derivadas de su propia personalidad, con el añadido del abuso de alcohol y de la sífilis avanzada. La misma forma de suicidarse -ritual, sangrienta y dolorosa-, muy extraña fuera de Japón, apunta a la existencia de una psicosis o, cuando menos, de otra forma psicopatológica menos grave, sin perjuicio de reconocer la incidencia de su vivencia imaginativa de mundos orientales de tipo novelesco. Al menos, esto es lo que opinan los psicólogos respecto de las formas extrañas de suicidio, que comportan -o pueden implicar directamente- altos niveles de sufrimiento agónico.

***

     Mayor interés despierta el hecho de que Emilio Salgari perteneciera a una familia en que, antes y después de él, el suicidio se convirtió en una costumbre. Los psicólogos y psiquiatras primero, los genetistas después, han incidido en la existencia de componentes de experiencia y de herencia en los casos de suicidio, de lo que las familias de suicidas serían el ejemplo más convincente. Aunque a estas alturas del progreso científico no se esté en condiciones de hacer afirmaciones tajantes, sí puede sostenerse la repercusión de la Genética en la etiología suicida, como uno de sus factores más relevantes[20].
     Veamos los casos próximos y conocidos de suicidio en la familia de Emilio Salgari, aparte de él mismo:
     Suicidio de su padre. El padre de Emilio, llamado Luigi Salgari, modesto terrateniente y comerciante de tejidos, ya viudo y con una edad de alrededor de cincuenta años, se suicidó arrojándose al vacío desde una ventana de la casa en que se encontraba, propiedad de un cuñado suyo. La razón aducida fue la depresión al creerse víctima de una enfermedad incurable, causa cuya realidad no ha sido confirmada. El hecho acaeció en noviembre de 1889, cuando el escritor contaba 27 años de edad.
     Suicidio de su tercer hijo, Romero. Romero Salgari, llegado a la edad de 33 años, se suicidó el día 2 de diciembre de 1931. Aunque los datos hoy asequibles sean escasos, se afirma que el hecho fue inmediatamente precedido de un ataque de celos contra su mujer, a la que disparó un arma corta de fuego, con presunto propósito homicida; afirmándose que también atentó contra la vida de su suegra y de su hijo apodado Mimmo. Romero volvió seguidamente el arma contra sí mismo y se mató. Sus citados parientes salvaron la vida.
     Suicidio de su hijo menor, Omar. Omar Salgari fue uno de los continuadores de la obra de su padre, llegando a escribir unos cuarenta libros de aventuras inspirados en los ambientes y personajes creados por aquel; también escribió una biografía paterna[21]. Pues bien, el día 5 de noviembre de 1963 se suicidó, arrojándose a la calle desde un balcón de su vivienda de Turín. Tenía 63 años de edad.
     Un epígono frustrado: su bisnieto Romero Salgari. En septiembre de 1984, diversos periódicos[22] recogieron la noticia de que, tras herirse levemente con una navaja en manos y brazos, el joven Romero Salgari, bisnieto del escritor[23], irrumpió aullando en casa de una señora de 72 años, a la que conocía superficialmente, llamada Lucia Valsania, y le dio varios navajazos, al parecer, sin graves efectos. Detenido e interrogado por la Policía, manifestó que quería llevarse con él a alguien a la tumba y que había escogido a la señora Valsania porque le resultaba antipática. Los hechos se produjeron en la aldea de Montà d’Alba, en la provincia piamontesa de Cuneo.

***

     A la vista de cuanto antecede, creo que no resulta oportuno asumir la tesis victimista de Salgari, achacando su decisión suicida a la malquerencia de sus editores. Es posible que Emilio Salgari fuese una víctima, pero una víctima, principalmente, de sí mismo.



    



[1]  Emilio Carlo Giuseppe Maria Salgari (1862-1911). Sobre su vida en general, véanse: Omar Salgari, Mio Padre, Emilio Salgari, edit. Garzanti, Milano, 1940 (hay varias ediciones posteriores); Silvino Gonzato, La tempestosa vita di capitan Salgari, edit. Neri Pozza, Vicenza, 2011; Berto Bertú (Umberto Bertuccioli), Salgari, edit. Augustea, Roma-Milano, 1928. De manera abreviada, ver Claudio Gallo, Giuseppe Bonomi,  Dizionario Biografico degli Italiani, edit. Trecanni, volume 89 (2017).
[2]  Siempre en tasa por cien mil habitantes, los suicidios consumados por año son: en Rusia, 34,3; en China, 22,23; en Japón, 21,7; en Francia, 17,6; en Argentina, 14,2; en Estados Unidos, 12; en Alemania, 11,3; en India, 10,7; en España, 8,2; en Italia, 7,1; en Brasil, 4,8. La tasa promedio para todo el mundo es de alrededor de 15, lo que supone, para una población global, a la sazón, de unos 7.500 millones de personas, una cifra anual de suicidios consumados de alrededor de 1.200.000.
[3]  Es el caso de los Estados Unidos, donde llega a ocupar el primer puesto en algún segmento de edad. Los 44.000 suicidios anuales doblan en aquel país su preocupante cifra de homicidios. En España (año 2019), los suicidios estadísticamente censados alcanzaron los 3.671, que suponen el 37,2% de las muertes violentas y tres veces más que los fallecimientos por accidente de circulación. En 2020, se produjo un espectacular incremento del 7,4%, hasta los 3.941 suicidios consumados anuales, que se ha achacado a los efectos colaterales de la pandemia de Covid-19.
[4]  Fathima Salgari había nacido el 8 de noviembre de 1892. Falleció víctima de la tuberculosis el 14 de julio de 1915, con veintidós años de edad.
[5]  Es la tesis de Claudio Gallo y Giuseppe Bonomi, en: Emilio Salgari. La macchina dei sogni, edit. Rizzoli, Milano, 2011.
[6]  Ejemplar del día 26 de abril de 1911.
[7]  Se trata del escritor Salvatore Gotta, a la sazón estudiante de Medicina en la Facultad turinesa, que lo precisó en carta a los hijos de Salgari. Se da por cierto que, aunque no se hiciese autopsia, el profesor de Medicina Legal, doctor Carrara, mostró el cadáver a los alumnos (y quizá también el arma letal), como solía hacer en casos de similar relevancia. Al saber quién era el difunto, la mayoría de los estudiantes quedó consternada.
[8] Ida Peruzzi, la esposa de Salgari, fue ingresada en el manicomio de Colegno el 19 de abril de 1911 (seis días antes del suicidio de su marido) y permaneció ingresada en el mismo hasta su muerte, acaecida el día 10 de enero de 1922. Entre sus males de incidencia psíquica es casi seguro que se encontrase la sífilis, contagiada por el esposo.
[9]  Véase Felipe Pozzo, Le donne nella vita di Salgari, en la w.w.w.emiliosalgari.it.
[10]  Tal suscripción fue efectivamente abierta pero desconozco el montante que alcanzó. A la muerte de Salgari, sus hijos tenían las siguientes edades: Fathima, 18 años; Nadir, 17; Romero, 12; Omar, 11.
[11]  La sífilis avanzada (o etapa parésica de la enfermedad) puede suponer trastornos de la personalidad, hiperactividad refleja y deterioro intelectual, síntomas de consecuencias especialmente negativas en los intelectuales creativos.
[12] Su graduación suele ser de 17 a 20 grados, como consecuencia de fortificarla con la adición de azúcar, para evitar que se pique en los viajes por mar, como también se hace con los caldos de Jerez y de Oporto.
[13] En general, véase Accademia delle Scienze di Torino, La psichiatria in Piemonte, en www.accademiadellesicienze.it.
[14] Muy interesante a nivel general, Fausto Colombo, L’industria culturale italiana dal 1900 alla Seconda Guerra Mondiale. Tendenze della produzione e del consumo, edit. Università Cattolica, Milano, 1997, espec. pp. 117/124, dedicadas al caso de Emilio Salgari.
[15]  Como es natural, los plañideros salgarianos se libran bien de informar -seguramente porque tampoco ellos lo conocen- de que Salgari, arruinado y todo, mantenía un activo agente literario.
[16]  Hay una estimación, realizada por su hijo Omar, de que Salgari ganó en toda su vida la cantidad de 87.000 liras, en concepto de derechos de autor. Supongo que la estimación tendría cierta base pero, a los efectos de este ensayo, carece de relevancia, pues la vida activa como escritor de don Emilio alcanzó casi treinta años. Lo verdaderamente interesante a los efectos del suicidio son sus últimos años.
[17]  Emilio Salgari (en realidad, Lorenzo Chiosso), Le mie memorie (Le mie avventure), edit. Mondadori, Milano, 1928. En ediciones posteriores intervino además el escritor, Giovanni Bertinetti.
[18]  Emilio Salgari, Mis memorias, edit. Maucci, Barcelona, 1929.
[19] Es muy conocida la anécdota de juventud de que, habiendo puesto en duda -con toda la razón- un periodista el título de capitán de gran cabotaje y las singladuras de Salgari, este lo retó en duelo, que no fue aceptado por el veraz ofensor.
[20]  Para consultar el estado de la cuestión, veánse los dos trabajos de revisión siguientes: L. Jiménez Treviño, H. Blasco-Fontecilla, M.D. Broquehais, A. Ceverino-Domínguez y E. Baca García, Endofenotipos y conductas suicidas, Actas de la Sociedad Española de Psiquiatría, 2011, 39(1): 61-69. Bojan Mirkovic, Claudine Lorent, Marc-Antoine Podlipski, Thierry Frebourg, David Cohen and Priscille Gérardin, Genetic association studies of suicidal behavior: a review of the past 10 years. Progress, limitations and future directions, Frontiers in Psychiatry, 2016, 7, 158.
[21] Véase nota 1.
[22] Entre ellos, La Repubblica de Roma, número de 11 de septiembre de 1984, artículo de Salvatore Tropea, titulado Quella maledizione sulla familia Salgari é tornata a colpire.
[23] Nieto de su hijo Romero e hijo de Mimmo Salgari, citados en el texto poco más arriba.

lunes, 10 de septiembre de 2018

LA MUERTE DE PIER ANGELI




La muerte de Pier Angeli

Por Federico Bello Landrove

     La muerte de la famosa actriz Pier Angeli (Anna Maria Pierangeli, 1932-1971) está plagada de dudas y emociones. Este relato la noveliza con muy pocas libertades, de modo que quien lo lea pueda recibir información con amenidad, pese a su respetable extensión, que juzgo necesaria para exponer, no solo los hechos, sino su contexto.


1.      Un veterano sin mucha suerte

     Había sido un buen alumno de Comunicación y Periodismo en la USC[1] y me gradué en 1970 con el número 17 de mi promoción. Por tanto, no me hizo mucha gracia pasar a ser becario del modesto diario Pacific News[2], por más que estuviera cerca de mi casa. Retrasé mi incorporación, tratando de obtener un destino más atractivo pero, finalmente me convencieron mis padres y, sobre todo, mi novia Eyleen y acabé aceptando. A todo esto, había llegado la primavera del año siguiente y el 15 de junio me presenté en el edificio del periódico -un rancio cubo encristalado de cuatro plantas, con adornos art déco-, en el cruce de North Garey con Ducommun, a dos pasos de la Union Station. Me recibió el redactor jefe, un tal Ventura[3], que debía de estar al borde de la jubilación. Contra lo que me temía, su trato fue muy amable y no dio lugar a la confusa improvisación y la servidumbre con la que otros compañeros míos habían sido tratados en el Times o en el Examiner. Me entregó una cuartilla pulcramente manuscrita, con tres columnas: fechas, departamentos y nombres, que cubría el primer trimestre de mi estancia. Aclaró:
-          Verás que, por semanas o quincenas, vas a darte una vuelta por todos los vericuetos del periódico. En ti está aprovechar el tiempo y exprimir a tus tutores, que están bien dispuestos a enseñarte. Los últimos tres meses como becario los pasarás especializándote en lo que más te haya gustado, si es que yo no te encargo algún trabajillo coyuntural que haga de ti un alevín de periodista de raza.
     No sé si esperaría de mi parte alguna respuesta pero preferí permanecer callado. Ventura entonces preguntó:
-          Así, de antemano, ¿qué es lo que más te interesa entre las secciones de un periódico?
-          Cubrir la crónica de tribunales y, si es posible, completarla con algún reportaje. He procurado formarme mejor, asistiendo siempre que podía a las clases de Derecho penal y Criminología de la Facultad de Derecho[4].
-          Me parece muy bien -sonrió-. Yo también comencé por ahí mi ejercicio profesional. Además, empiezas en un día penalmente muy señalado.
     Aguardó unos momentos, a ver si yo daba con la efeméride pero, la verdad, estaba en blanco:
-          Hoy han condenado a muerte a James Manson[5] -precisó-. En fin, ven; te llevaré a Administración, para que te documenten y entreguen las credenciales.

***

     Con el tiempo, aprendí a apreciar al viejo Ventura, a quien todos llamaban Pulitz a sus espaldas, por una razón que empezó a despertar en mí interés y admiración hacia su persona:
-          Sí, hombre, me dijeron. Es porque casi fue premio Pulitzer[6], y no una vez, sino tres. Fue cuando estaba trabajando en el Times; ya llovió desde aquello.
-          Así que estuvo en el Times, reiteré.
-          Más de veinte años, pero ya sabes lo que es un gran periódico. Envejeció; tiene problemas de salud y decidió acabar sus días de periodista en un diario pequeño, más tranquilo. Hace seis años que está con nosotros y, no creas, el tío curra que no veas.
-          Un día me tenéis que contar más sobre él, concluí. Podría ser un buen material para un trabajo de posgrado.
     Quizá la cosa no venga mucho a cuento pero el hecho es que, sonsacando y sonsacando, acabé por hacerme una idea de los casos en que Ventura se había quedado al borde del Pulitzer, así como de los motivos de no conseguirlo. La primera vez fue en los años treinta, cuando la Guerra de España: Cubrió sobre el terreno el viaje que allá hizo el famoso actor Errol Flynn para llevar dinero a los republicanos pero, al final, se limitó a publicar lo más superficial de los sucesos, a fin de no dejar en mal lugar a quien había acabado siendo su amigo[7]. La segunda fue en el año 44: Nuevamente como corresponsal de guerra, Ventura había cubierto el desembarco de Anzio y el avance hasta Roma[8]. Fueron tan duras las crónicas que envió criticando a los mandos de las operaciones posteriores al desembarco, que el Times resolvió recortarlas y publicarlas suavizadas, para evitarse problemas y tachas de derrotismo[9]. Ventura se indignó y, en lo sucesivo, envió al periódico poco más que noticias de agencia y nimiedades sobre las tropas. Aún así, el valor humano de sus notas estuvo a punto de depararle la consabida recompensa al reportaje explicativo.
     El tercer momento en que Pulitz estuvo a punto de convertirse en Pulitzer llegó en 1955, cuando cubrió la muerte de James Dean[10]. Entonces el Times le dejó publicar todo cuanto escribió pero, esta vez, dicen que le perdió la sinceridad, demasiado fuerte para la Comisión que había de proponer el premio al periodismo de investigación. Como esta tercera ocasión sí tiene mucho que ver con la presente historia, dejaré que sea Ventura quien, en su momento, les cuente a ustedes, al mismo tiempo que a mí, los entresijos de aquel fracaso final.

***

     Nadie que estuviera aquellos días de septiembre de 1971 en Los Ángeles podrá olvidarlos mientras viva. Claro es que nuestra ciudad no se caracteriza precisamente por tener un buen clima, pero aquello resultaba insólito en una época en la que todavía no se hablaba del tan manoseado cambio climático. Durante más de una semana, pasamos con creces de los cien grados F, hasta llegar al récord de los ciento seis[11]. Las altas presiones y la contaminación creaban un ambiente de neblina -el famoso smog-, provocando una humedad asfixiante, entre la que transitábamos como zombis. Cerraron las escuelas y los trabajadores acudíamos a talleres y oficinas arrastrándonos, empapados en sudor, bostezando del insomnio nocturno. En fin, ustedes sin duda lo recordarán; así que para qué seguir.
     El 14 de septiembre era martes. Al día siguiente me tocaba comenzar el segundo trimestre de mi estancia como becario en el Pacific, precisamente a las órdenes directas de Ventura. Tenía todo el fin de semana de descanso y estaba pensando cómo podría pasarlo con Eyleen sin que nos asfixiáramos, cuando desde la ducha, a eso de las siete y cuarto de la mañana, oí los timbrazos del teléfono. Chapoteando y con una toalla enrollada al abdomen salí del baño dando tumbos, pero mi padre ya se me había adelantado. Al llegar a la sala, me esperaba con el auricular en la mano:
-          Es para ti, dijo con cara de pocos amigos. Un tal Alex No-sé-qué.
     Era Ventura. Ahorró las palabras: un becario no merecía muchas explicaciones.
-          Ha sucedido algo gordo y quiero que te vengas conmigo -dijo-. ¿Podrás estar en el periódico a las ocho y media?
     No esperó a escuchar la respuesta. Añadió no te retrases, y colgó.
     Mientras desayunaba, me dio el pálpito de que ya no tendría que pensar en el plan finisemanal con mi novia. Tampoco era cosa de avisarla a esas horas. Dejé tal encargo a mi madre, cogí un taxi y llegué al periódico con bastante adelanto. Pulitz ya estaba allí, revolviendo papeles, con un café largo frío sobre la mesa. Sonrió y me hizo el ademán de tomar asiento:
-          Me alegro de que hayas llegado con tiempo, dijo. Así te pondré al tanto de lo que ha sucedido.
     Se tomó un respiro y agregó:
-          Ha muerto Pier Angeli y hoy se celebran sus funerales.
-          ¿Y quién era ese señor[12]?
     Ventura me miró asombrado. Me contestó de mala gana:
-          Era una actriz famosa, todavía en activo -dijo con retintín-. Las primeras impresiones sugieren que ha sido un suicidio.
     Dejó los papeles que manipulaba sobre la mesa; bebió de un trago la mitad del vaso de café y me contó lo que sabrán, si deciden leer el capítulo siguiente.



2.      Una complicada historia de amor


-          Recordarás, Matt -comenzó Ventura- que te advertí sobre la posibilidad de que hiciéramos algún trabajo juntos, si realmente merecía la pena para completar tu formación. Pues bien, la ocasión se ha presentado; pero, antes de que te explique lo que espero de ti, voy a ponerte rápidamente al corriente de algunas cosas que debes saber. ¿Has traído tu libreta? ¿Sí? Pues toma nota de cuanto voy a decirte.
     Consultó la hora en su reloj mientras yo sacaba papel y lápiz -era un entusiasta de los lapiceros y hasta llevaba un sacapuntas siempre en el bolsillo-. En seguida, reanudó su exposición:
-          Estoy al tanto, como comprenderás, de que me llaman Pulitz y no me cabe duda de que tienes idea de las veces que me quedé a las puertas del maldito premio. Olvida la primera, que no viene ahora al caso, pero recuerda la segunda, o sea, la de la guerra en Italia. De allí me traje, por lo menos, muy buenos recuerdos de la gente del País y una información somera sobre Roma y sus alrededores, así como cierta capacidad de entenderme con los ítalos, gracias a mi dominio del español y a haber aprendido sobre el terreno a chapurrar el italiano. Y con lo que te he dicho basta para que luego entiendas ciertas cosas que sucedieron ya aquí, en California, unos años después. Pasemos, pues, al tercer fiasco, el del reportaje sobre la muerte de Jimmy Dean…, de quien me figuro habrás oído hablar…
-          Por supuesto -afirmé-, y he visto las tres películas que hizo[13]; pero ya le adelanto que no me entusiasma, ni como actor ni como persona, a juzgar por lo que de él he oído.
-          Entonces, ¿no has leído mis artículos en los Magazines dominicales[14] de noviembre del 55? Bueno, mejor: así no te habré influido con mis opiniones, ni tendrás la oportunidad de darme coba, aparentando estar de acuerdo conmigo. En todo caso, ya te adelanto que pienso como tú: éxito completamente excesivo para sus méritos y una mitificación basada en el conocimiento superficial de su persona. Pero vamos a lo que vamos, y quédate solo con lo que voy a decirte.
     Se levantó del sillón, como habituaba cuando tenía que soltar una larga parrafada, y empezó a caminar arriba y abajo del despacho, acompasando el fraseo al paso. De lo mucho que me dijo, recogí en apuntes solo lo que a continuación pongo en su boca, como si hubiese salido, tal cual, de ella:
     “En mis tiempos jóvenes en el Times, cubría con cierta frecuencia la sección de cine, gracias a mis amistades de Hollywood y a cierta culturilla cinematográfica. Un día de 1951 mi compañera en ciertas lides periodísticas, Hedda Hopper[15], me pidió ayuda para entrevistar a una jovencísima actriz italiana, de gran éxito entonces. Dijo:
-          Creo que sabe muy poco inglés y he recordado que tú aprendiste italiano cuando estuviste de corresponsal de guerra en Italia. Ello nos permitirá romper el hielo y, de paso, conocerás a quien dicen que será la Greta Garbo de los próximos años[16].
-          ¡Ya será menos! No obstante, te acompañaré. No me importará saludar a la dulce Teresa[17] en persona.
-          Ya veo -replicó maliciosa Hedda- que, además de trabajar como un mulo y cuidar de tus hijos[18], vas al cine de vez en cuando.
    “Luego resultó que no fueron precisos mis servicios. La actriz ya se defendía bien en inglés y, por si fuera poco, la acompañaba Helena Sorrell, a quien había contratado como profesora de dicción e interpretación[19]. En cambio, estuve todo el rato conversando con la madre y la hermana gemela, cuyas simpatías me gané gracias a mi gracioso italiano y a las anécdotas de aquella Italia en guerra, que ellas conocían mucho mejor que yo. Nos despedimos tan amigos y con la oferta de llevar algún día a mis niños a nadar en la piscina de su espléndida casa de Beverly Hills.
     “Por supuesto que nunca acepté su ofrecimiento natatorio, pero sí fue el principio de mi interés artístico por la gran Pier y, al cabo de poco, por su hermana Marisa, tan distintas de carácter, como parecidas en lo físico. De la madre leía cosas -y Hedda no dejaba de airearlas- que no me cuadraban con mi primera impresión de ella; ya sabes, que si no dejaba a sus hijas ni a sol ni a sombra; que si controlaba las relaciones de Pier -o sea, de Anna- hasta el extremo; que no soportaba la idea de un eventual matrimonio con alguien que no fuese católico… Y así todo, poca cosa en verdad, hasta que apareció Kirk Douglas…
-          De ese sí que he oído hablar alguna vez -bromeé-, y no creo que fuese católico.
-          ¡Qué va! Judío, divorciado, con dos hijos y quince años mayor que la jovencita Anna, recién llegada a la mayoría de edad. Vamos, la repanocha.
-          No me extraña que la mamma se opusiera.
-          Pues fíjate lo que son las cosas. Años más tarde, doña Enrica se lamentó de que no hubiera llegado a ser su yerno. ¡Cómo serían los que vinieron después!, agregó Pulitz, soltando una carcajada.”
     Como si la risa hubiera sido una señal de alarma, consultó su reloj y lanzó un juramento. Abrió uno de los cajones laterales de su buró y sacó una modesta Polaroid, que me entregó, diciendo:
-          Ya veo que te has venido sin cámara. Toma esta, que va muy bien y revela instantáneamente[20]. Mantenla disimulada hasta que salgamos de la iglesia. Luego, sin acercarte mucho, fotografía a todas las personas a las que yo vaya saludando o dando el pésame.
-          O sea, que vamos de funeral -repuse-. Bueno, no se preocupe: Conozco de sobra estas birriosas cámaras de a veinte dólares. Si me lo hubiese dicho, me habría traído una japonesa que quita el hipo: Cuando fotografía a los acusados, marca de antemano los que serán declarados culpables.
-          Déjate de historias, que son casi las nueve y tenemos que estar en El Buen Pastor a las diez. Así que te comento por encima lo de Jimmy Dean y nos vamos.
     Volvió a hilvanar sus recuerdos, más o menos de la siguiente forma:
     “Me importa un bledo que fuera cierto el enamoramiento, o fruto de una campaña publicitaria de los estudios Warner; como tampoco me tomaré la molestia de desmentir al bocazas de Kazan, que dijo haberlos sorprendido haciendo el amor en el camerino de Dean, durante el rodaje de Al este del Edén. Tampoco pondría la mano en el fuego por la veracidad de mamá Pierangeli, cuando presentaba al pretendiente de su hija como un grosero, que apenas saludaba, no cruzaba con ella una palabra y ponía los pies encima de la mesa mientras escuchaba los discos que le daba la gana, comiendo y bebiendo lo que cogía de la nevera sin pedir permiso a nadie. A fin de cuentas, según le dijo a Enrica, aquella no era la casa de ella, sino de su hija mayor, y solo a ella tenía que pedirle autorización para hacer lo que le viniera en gana.
-          ¡Caramba con la educación del tipo! -comenté-, pero, si todo eso es dudoso o a usted le trae sin cuidado, ¿qué es eso que investigó del actor después de que muriese y que supuso que no le dieran el Pulitzer, como se esperaba?

Pier Angeli con James Dean

-          Principalmente, dos cosas, que cayeron muy mal entre sus fans y no se atrevió a premiar el jurado. De una parte, descubrí que el pastor de su congregación le había estado sodomizando durante bastante tiempo, cuando tenía unos once años[21], así como que la razón para que no lo reclutaran para Corea no había sido su miopía, sino su homosexualidad. ¡Figúrate qué dos bombazos para los que estaban emperrados en lo de la bisexualidad y el favor de la duda! Y, lo segundo, que él no era el pobrecito desgraciado al que la devora-hombres italiana había estado tomando el pelo, para acabar casándose de repente con un cantante guaperas, católico, de origen italiano y bienquisto por mamá Enrica, sino que Anna le había ofrecido marcharse de casa con él, siempre que pasaran inmediatamente por la vicaría o el juzgado, pero Jimmy se echó atrás porque no se sentía preparado para asumir tanta responsabilidad.
-          ¡Hombre, Alex, eso no me lo trago! ¡Ofrecer matrimonio a un tío que no tiene de hombre más que la barba! ¡Pues vaya boda que iban a haber hecho, si él se decide aceptar!
-          Yo no juzgo, ni siquiera aseguro. Te cuento lo que trabajé y descubrí en aquellos tiempos, así como los motivos de mi fracaso. Si quieres saber más, lee mis reportajes e investiga tú mismo, si te place. Y, por supuesto, las mismas razones para que muchos y muchas adolescentes me odiaran, las tuvieron la mamma y Marisa[22] para darme las gracias, en su nombre y en el de Anna, por haber puesto las cosas en su sitio. Recuerdo que la hermana me llamó por teléfono y, a más de agradecida, la noté mustia. Le pregunté si le pasaba algo y me dijo:
-          Es por Anna Maria. Si se hubiera casado con Jimmy no habría durado ni seis meses; pero hacerlo con Vic[23], así, sin conocerlo bien y tan deprisa… No sé, Mister Ventura, si la felicidad le durará mucho más. La verdad es que aguantaron cinco años, por el niño y el qué dirán, pero lo que se dice felicidad no creo que la disfrutaran más allá de un par de años.
     “Volvió a mirar su reloj y seguidamente se puso en pie. Agregó:
-          Vamos a coger un taxi. Tendremos tiempo de seguir hablando por el camino, o cuando terminen los oficios fúnebres. Solo añadiré ahora una cosa. No te he llamado para que me hagas de fotógrafo, sino para que elabores el primer reportaje de tu vida, acerca de las causas y la forma de morir de Anna. Dirás que podría hacerlo yo, dado que tengo muchos más datos y juicios previos que tú, pero eso es lo que me disuade de asumir la responsabilidad. Es mejor que se encargue alguien que esté de nuevas, que ni siquiera había oído hablar de Pier Angeli a las ocho menos cuarto de esta mañana. Yo te ayudaré en lo que pueda, pero sin meter baza en tu investigación ni en tus conclusiones. Pese a tu ignorancia y bisoñez -me dijo con una sonrisa de complicidad-, tus tutores me dicen que hay en ti un periodista listo para lanzarse a la piscina de tinta… Y, además, ¡qué demonios!, bastante tengo con lo de redactor-jefe y con este corazón que late al ritmo que le da la gana. Así que ¡a trabajar!”
     Pidió un taxi por teléfono y, camino ya del ascensor, echó mano a la cartera y sacó una pequeña fotografía, que me entregó. Era una de esas poses relamidas de la propaganda cinematográfica de antaño, precisamente la que acompaña estas líneas.
-          Toma. Esa era Pier Angeli a los treinta años. Dicen que en la pantalla nunca dio más guapa que en esa película[24]. Claro que hay opiniones y la mía no es esa.





3.      Escudero de un caballero andante


     En el taxi, me puso al corriente de mi cometido, a partir de lo que había sucedido en los días transcurridos desde el fallecimiento de la actriz:
-          Anna murió el viernes o, al menos, es cuando la encontró Helena Sorrell muerta en el lecho. En la mesita de noche había unos cuantos frascos y tubos de medicamentos que, en un estúpido rapto de respeto por la intimidad de su amiga, Helena recogió y tiró su contenido por el retrete.
-          Seguro que se trataba de somníferos y tranquilizantes, aventuré.
-          Eso es lo más probable -aseveró Pulitz-, pero no es eso todo. Helena me dijo que, a la caída de la tarde anterior, había visitado a Anna su médico de cabecera y, además de recetarle algo de tomar, le había puesto una inyección para calmarla y que durmiese mejor.
-          ¿Y cómo es que te ha contado todo eso? -por primera vez me atreví a tutearlo[25]-. Lo que ha hecho esa señora no está nada lejos de ser un delito.
-          Ahí está el detalle, aclaró Ventura. Ya de entrada, Helena estaba muy agobiada, al haberse producido la muerte en su casa y temerse que se debiera a una excesiva ingestión de tranquilizantes. En cuanto aparecí yo por allí acompañando a Jeffrey[26], me llamó aparte y se echó a llorar. La mujer está ya mayor y la había pillado todo de sopetón.
-          Pero supongo que la actriz tendrá familia, que se hará cargo de la situación.
-          Estaba sola en Los Ángeles. La madre y las hermanas viven en Francia. Claro está que se las llamó y llegaron ayer a toda prisa y en el estado anímico que te figurarás.
-          Pues, entonces, todo arreglado. No entiendo por qué tú…
-          Ahí está el detalle. Resulta que la autopsia no ha resultado muy convincente y la Policía duda entre la sobredosis accidental, la imprudencia del médico o el suicidio. Van a continuar las pruebas y la investigación, aunque han autorizado el entierro del cadáver. Los especialistas tienen sus dudas pero -claro está- los periodistas, los malos periodistas, ya lo tienen clarísimo: Pier Angeli se quitó la vida por sus fracasos profesionales y por los desengaños amorosos, empezando por…
-          ¡No me digas más! James Dean ha regresado a los escenarios.
-          En efecto. Y tan pronto leyeron los diarios y escucharon a Helena, Enrica y Marisa tomaron la decisión de llamarme y rogar que me encargue de seguir de cerca los trabajos policiales y averiguar por mi cuenta todo lo necesario para rebatir la tesis del suicidio y dejar a Anna Maria en el lugar que corresponde a la verdad y a la religión. Así que ahí tienes: Ellas volverán a Francia, llevándose su cuerpo para enterrarlo allí, y yo me quedo aquí como paladín de la hermosa Teresa, combatiendo por su honor y su memoria.
-          Ya, y yo seré tu escudero… Menudo papelón como resulte que nuestra dama, en efecto, se quitó la vida. ¿Podremos admitirlo o habremos de mentir para no herir su buen nombre?
-          Eso sí que no. Investigaremos el caso; sacaremos nuestras conclusiones; en la duda, nos inclinaremos por lo más favorable, y tendremos el derecho de publicarlo, sin perjuicio de dárselo a conocer antes a la familia. Para bien y para mal, será un trabajo nuestro, nacido de mi afecto y de tus exigencias académicas, no un encargo pagado que no nos pertenezca. Eso sí, nos cubrirán los gastos.
     Iba a hacerle alguna pregunta, cuando el taxi se detuvo. Por la ventanilla apareció la mole de la iglesia del Buen Pastor. Apenas había afluencia de gente a la puerta. Alex pagó al chófer, mientras nos envolvía un vaho cálido y pegajoso a pesar de lo temprano de la hora: las nueve cincuenta. Mi compañero dijo:
-          Recuerda: nada de fotos al tuntún. Solo a las personas a quienes yo salude.

***

     Concluida la misa de réquiem, el féretro fue embarcado en el coche fúnebre, supongo que camino de la funeraria, toda vez que su entierro estaba programado en París. El núcleo familiar tomó dos coches, con dirección a la casa de Helena -en el 335 de McCarty Drive-. Pulitz y yo esperamos una media hora, que se me hizo eterna, refugiados del sol en unos porches laterales, repasando las fotografías de la Polaroid, en las que él me iba identificando a los que salían en ellas. Finalmente, comentó:
-          Qué ceremonia más fría, ¿verdad? Parecían todos sobrecogidos aún por un desenlace tan inesperado.
-          No me lo tomes a mal, Alex, pero creo que, quien más quien menos, todos estábamos pensando en lo mismo: que esa muerte tenía algo de trágico, de… especial.
     Ventura se encogió de hombros:
-          Pues eso vamos a averiguarlo a partir de ahora. He quedado citado con la familia antes de que empiecen a marcharse de Los Ángeles. Por eso les estamos dando un tiempo para que descansen y se relajen un poco.
     Salimos hacia la calzada y Alex hizo una seña con el brazo. Al punto reapareció el taxi que nos había traído hasta allí. Lo miré con aire de terror y él sonrió.
-          Tranquilo, Stu. Me preocupé de que tuviera aire acondicionado.

Familiares de Pier Angeli en su entierro

***

     Al llegar al domicilio de Helena Sorrell, me llevé una sorpresa. Nada de esos lujosos palacetes de Berverly Hills, con ostentosa verja de entrada y parque interior; ni siquiera el chalé de estilo colonial, de cuidado césped por delante y piscina en la trasera. Se trataba de un simple apartamento, accesible por escalera interior, sin otro extra que el barrio privilegiado en que se hallaba. Se lo comenté a Pulitz mientras subíamos y contestó:
-          Helena es más famosa que rica y, en cuanto a Anna, ¡qué te voy a decir! Ya verás que la vivienda es amplia pero, en un principio, estaba acondicionada solo para la dueña y su asistenta Veronica, quien a veces se queda por la noche para cuidarla, si está enferma. En los primeros días, la Sorrell y su huésped compartieron habitación y Perry dormía en un sofá. Luego, como la convivencia se alargara y no fuera muy tranquila, acondicionaron el piso de manera que Anna tuviese su propio cuarto.
     Dentro nos esperaban, además de Helena, Marisa, Perry y Vic. La mamma Enrica había tenido que acostarse, agotada del viaje y las emociones. Ninguno se había cambiado las ropas de luto que llevaban en el funeral. Ventura hizo mi presentación, de una forma que no dejó de extrañarme:
-          Este es Stuart Anderson, periodista becario con amplios conocimientos penales y criminológicos, que me ayudará en el trabajo hasta que lo llamen a filas para ir al Vietnam.
     Cambiamos unas frases sobre la misa de réquiem que acabábamos de escuchar. Marisa se quejó de la frialdad de la ceremonia, sin elogio fúnebre y con una asistencia escasa. Parecía dolida de que todo se hubiese organizado a sus espaldas. Alex le replicó:
-          Dadas las circunstancias, yo creo que ha sido mejor así.
     En seguida intervino Vic:
-          Dentro de un rato tenemos que salir Perry y yo para Las Vegas; de modo que, si tenéis algo que preguntarnos, os ruego empecéis por nosotros, aunque poco es lo que podremos responderos.
-          Pues vamos allá, contestó Alex. Comienza tú mismo, Vic.
     Me apresté a tomar notas y esto es sustancialmente lo que copié:
-          Lo primero que quiero dejar claro es que, cuando Anna llegó a California y se puso en contacto conmigo, lo único que pretendía es que la dejara estar con Perry el mayor tiempo posible. Lo digo porque, como pasamos las Navidades juntos en Las Vegas y yo andaba en trámites de mi segundo divorcio[27], algunas revistas han salido con que íbamos a reanudar nuestras relaciones… Al poco, como sabéis, Perry y yo acordamos que, sin perjuicio de sus estudios, pasase con su madre el mayor tiempo posible. Annarella me lo agradeció y eso fue todo… Cuando estuve con ella la noté emocionada y nerviosa, ante las oportunidades que creía tener en su nueva etapa americana… Sobre los últimos meses, algo sé por Perry, pero es mejor que lo relate él, que es el testigo presencial y ya tiene edad para captar las situaciones perfectamente.
     En efecto, acto seguido le tocó a Perry, que entonces tenía dieciséis años. Pondré en su boca todo lo que transcribí de su declaración:
-          Como ha dicho papá, estuvimos de acuerdo él y yo en que me viniese a vivir con mamá a Los Angeles, una vez quedó claro que nos quedaríamos con Helena hasta que tuviésemos dinero para alquilar nuestra propia casa… Mamá me quería mucho -decís siempre que yo era su favorito, su ojito derecho-… Los primeros tiempos fueron bastante buenos; Helena me trataba como si fuese mi abuela… Luego empezaron a fallar las esperanzas de trabajo y concluyó el rodaje de la película en que estaba actuando de protagonista. Estaba muy irritable; se enfadaba por cualquier cosa y la emprendía con lo que tuviese más a mano… Dicen que volvió a tomar muchos medicamentos, tipo drogas, somníferos y así… De repente, parece que conoció a un señor importante[28] y creo que se fue a vivir en su casa… Regresó pronto, aún más alterada que antes… Estaba bastante deprimida y un médico, el doctor Spritzler, tuvo que venir a casa bastantes veces y le puso un tratamiento… Estos últimos días, con el calor y la atmósfera tan sucia, lo pasaba peor, no dormía, le dolía el estómago… Estaba esperando que la contrataran para una serie de televisión[29]… Del día en que murió y del anterior, no puedo deciros nada: Hacía tanto calor, que me quedé a pasar unos días en casa de un amigo de Malibú, que vive junto a la playa de Zuma, y allí estuve hasta que vino a buscarme Mac[30]. Me dijo que mamá había fallecido y me trajo de vuelta a casa.
     Por un momento, tuve la impresión de que Perry no estaba diciendo la verdad en cuanto a su ausencia de Beverly Hills en aquellas fechas, sino que trataba de librarse de preguntas embarazosas y, tal vez, de revivir tan dolorosos momentos. No dejaba de ser un muchacho, al que el afecto por su madre había atrapado en un nudo de tensiones y silencios. Pulitz lo dejó estar y no sería yo quien le llevara la contraria.
     Vic y Perry se retiraron para que este último hiciera el equipaje y nos quedamos con Marisa y Helena. Lógicamente, la urgencia era entrevistar a aquella, ya que marcharía para Francia, tan pronto se recobrara su madre y estuvieran listos los trámites de traslado por avión del cadáver de Anna Maria. Sus manifestaciones fueron mucho más largas que las de su sobrino y su ex cuñado, pero menos interesantes a nuestros efectos, dado que no había vuelto a ver a su difunta hermana desde que esta abandonara París por sorpresa en diciembre del año pasado. Precisamente empezó por ahí lo verdaderamente importante:
-          … En la primavera del pasado 1970, Anna abandonó Italia, harta de malas películas, del espionaje de los paparazzi y del acoso del Fisco. En Paris volvió a encontrarse con su amigo Fred Sahebjam[31]. Según nos contó, en la última clínica en que había estado ingresada en Roma la habían tratado con electrochoque y un verdadero cóctel de barbitúricos. Fred se portó estupendamente: la atendió como un verdadero amigo íntimo y, cuando no hubo más remedio, la llevó a una institución cerca de París, llamada La Dauberie… Pese a todo, Anna se marchó de la clínica sin avisar y dejando la cuenta pendiente, que hubimos de asumir entre nosotros… Lo dimos por bien empleado cuando supimos que había volado a California, con la ilusión de ver a su querido Perry y de volver al cine de verdad. El ponerse en manos de Helena era un buen presagio de la seriedad de sus propósitos… ¡Claro que fuimos sabiendo de ella por carta y por teléfono! No nos era posible venir, por nuestro trabajo. Y, entre líneas y con medias palabras, fuimos comprendiendo que la cosa iba a peor, sobre todo, porque nadie le abrió las puertas, ni le dio un papel medianamente digno… Ella tenía siempre esperanzas, porque a su vez se las daba su agente, el bueno de Walter Kohner[32], sobre todo cuando supo que iba a empezarse el rodaje de un peliculón en que había muchos papeles de italo-americanos y en que trabajaba Marlon Brando[33]… Pero solo rodó una mala película, del nivel de las anteriores en Italia[34] y estaba pendiente de la contratación para una serie televisiva, como os ha dicho mi sobrino… ¡Ah, sí, Cooperman! Me han contado muchas cosas buenas de él, aparte de ser muy rico. Fue una pena que no cuajara pero, desdichadamente, era ya demasiado tarde para ella. Creo que estaban muy enamorados pero Anna no se encontró con fuerzas para asumir responsabilidades y dio la espantada. No sé hasta qué punto ella creería en la sinceridad de él, dado que estaba muy escarmentada con otros muchos, pero, según Debbie[35] -que los presentó-, era sincero y todo un caballero… Sobre la muerte, ya sabéis que descarto totalmente la tesis del suicidio, un invento de las malas lenguas de la prensa, con base en unas declaraciones ambiguas del forense… ¿Qué por qué opino así? Alex ya sabe los motivos: Estaba acompañada de su ángel de la guarda, Helena, y del hijo que más quería; se había jugado el todo por el todo viniendo a los Estados Unidos y, pese a los desaires, estaba empezando a abrirse camino; había buscado ayuda médica competente; nada hizo, dijo o escribió que presagiara una decisión así; era católica y muy creyente, y ya sabéis que nuestra religión prohíbe severamente el suicidio… De hecho, Anna estuvo bastante separada de la Iglesia a partir del fracaso de su primer matrimonio pero, en el último año de su vida, había vuelto a frecuentarla… Bueno, todo eso podría ser discutible, si queréis, pero lo definitivo son las conclusiones de la autopsia: shock anafiláctico por la inyección que el médico le puso la tarde anterior[36]… Norma[37] y Helena coinciden: el tal doctor Spritzler[38] estaba enamorado de Annarella, pero aquel día la dejó abandonada, sin el debido cuidado, y por eso pasó lo que pasó. Esta mañana lo he abordado en el funeral y he quedado citada con él para mañana. Lo voy a apretar en firme y ya os contaré lo que me diga.
     El tiempo había transcurrido raudo y había dado la una. Descartado tomar declaración a la mamma, nos quedaba por entrevistar Helena, pero eso no corría prisa, dado que permanecería indefinidamente en Los Ángeles. En consecuencia, nos despedimos afectuosamente de Marisa, prometiendo estar en permanente contacto; y, en cuanto a Helena, Pulitz le advirtió de una próxima visita. Al acompañarnos hasta la puerta, la señora Sorrell me dijo algo que aclaraba la alusión de mi tutor a la llamada a filas:
-          Un nieto mío murió en Vietnam hace un par de años. Tenía veintiuno.
-          Yo voy a hacer veintitrés. Ya he logrado un par de prórrogas pero, si Nixon y Kissinger[39] no lo remedian, tendré que incorporarme al Ejército en diciembre.
-          Esperemos que la guerra acabe antes. Ya llevo conocidas cuatro[40], concluyó.

***

     Media hora más tarde, el consabido taxi nos dejó en nuestro habitual café, junto a las oficinas del periódico. Dada la hora, conseguimos a duras penas que nos sirvieran una pizza para mí y un filete con chiles para Ventura. En vista de lo que había cobrado el taxista, pregunté a Pulitz:
-          ¿No habrás olvidado pedir provisión de fondos a las Pierangeli?
-          No, hombre, no; pierde cuidado. Ya tengo en mi poder cheques de viaje por importe de 5.000 dólares[41]. Los iremos haciendo efectivos según los gastos.
-          Bien. ¿Qué te han parecido las confidencias?
-          Pues que, como esperaba, de confidencias, poco. ¡Cómo va la familia a echar más tierra encima de la pobre Anna! A quien vas a tener que hacer un interrogatorio duro es a Helena. Si hay alguien que lo sepa todo de los últimos tiempos de la difunta, es ella. Pero ya ves cómo reaccionó, tirando los fármacos. Habría sido capaz de quemar una nota de suicidio, caso de haberla habido.
-          Yo pienso lo mismo, Alex. Pero también está ese doctor Spritzler. Nadie sabe mejor que él cómo se encontraba la paciente y la medicación que le recetó…
-          … Y la que le inyectó la tarde anterior. De todas formas, no creo que se preste a muchas entrevistas: Se encerrará en el secreto médico y en que ya está la Policía para investigar.
-          Pero nosotros actuamos por encargo de la familia y eso también cuenta, y mucho. No tendrás algún documento que lo pruebe y podamos mostrar…
     Pulitz se quedó mirándome abobado. Por una vez, le había pillado en descuido. Pero reaccionó raudo como una flecha. Se levantó a llamar por teléfono y regresó al cabo de unos minutos.
-          Hecho, me dijo. Esta misma tarde irán Marisa y su madre a un Notario Público de Beverly Hills para redactar y firmar un documento que nos autorice a indagar todo cuanto ellas pudieran legalmente. Helena las acompañará y, si lo consideran necesario, avisarán a Walter Kohner, el agente de Anna Maria. En fin, Stu, apúntate un tanto.
-          Basta con que me pagues la comida -repliqué bromeando- y con que, a los postres, acordemos un plan de acción para los próximos días.
-          ¡Pero si está clarísimo!, exclamó con suficiencia. Primero: apretar las clavijas a Helena; recoger de su casa el poder notarial; examinar y contar una por una las pastillas y cápsulas de medicamentos que haya por la casa -si Helena ha dejado alguna-, y sonsacar a Veronica, que creo no llevaba a bien el tener a Anna de huésped permanente en la casa. Segundo: el doctor Spritzler, contrastando los datos que él te ofrezca con los de la Policía, las farmacias más próximas y con otros médicos. Y tercero: la oficina del forense, a leer los resultados de la autopsia y de los informes complementarios. Y, a partir de ahí, señor Anderson, las que deriven de las anteriores, como en mis tiempos escribían los abogados.
-          Y todo eso -protesté, mohíno- para acabar por donde empezamos porque, sin nota de suicidio, cada cual puede concluir lo que le apetezca.
-          Muy conformista te veo -concluyó Alex-. No te diré que no importe la meta pero, para alguien que empieza, seguir el camino correcto es lo más importante.



4.      Una casa que es un hogar  y un médico demasiado amigo


     Desde mis apetitosos veintidós años, Helena Sorrell no podía menos de parecerme una viejecita encantadora, una abuela que -seguramente por lo de tener que ir al Vietnam- me acogía de forma protectora y estaba dispuesta a contarme todas las historias de su dilatada vida junto a las estrellas de cine, viniesen o no a cuento. Yo no era un descarado pero sí tenía mi tiempo en lo que valía; de modo que, al cabo de una hora de hablarme de personajes e instituciones de las que no tenía ni idea, llegué con mi anfitriona a un acuerdo de obligado cumplimiento:
-          A la tercera vez que me hable de alguien que no tenga que ver con lo que Enrica y Marisa nos han encargado, cojo la libreta y me voy hasta el día siguiente.
     La verdad es que no tuve que cumplir la advertencia más que una sola vez, gracias a mi tolerancia y a su capacidad de enlazar unas cuestiones con otras. Creo que fue más eficaz mi llamada de atención survietnamita:
-          Helena, por Dios, que van a llamarme a filas y no habré terminado este repajolero encargo. Y Alex Ventura es capaz de dar un informe desfavorable a mi Universidad.

     En fin, en tres sesiones saqué a la buena señora todo lo que fui capaz. No fue fácil ordenar las notas, con tantos saltos en el tiempo, al modo del mejor cine negro de la época de mis padres. Resumiendo mi exposición a Pulitz, creo que tendrán ustedes bastante para hacerse una idea de lo fundamental. Así pues, habla Helena:
     “Yo creo que ni la misma Anna sabía a ciencia cierta por qué había cambiado Roma por Los Ángeles. Puede que fuesen varias las causas: la persecución a la que, según ella, la sometía el Fisco italiano; el temor hacia un magnate muy importante, que se había obsesionado con ella y que, de forma más o menos violenta, la había secuestrado durante dos años; la vergüenza sentida después de actuar en varias películas subidas de tono, entre las cuales una de ellas fue calificada de pornográfica[42]; la nostalgia por su querido hijo Perry, que había optado por vivir con su padre en los Estados Unidos… Ya sé que Marisa opina que su hermana regresó a Hollywood para relanzar su carrera, pero ya ves el bodrio que tuvo que rodar para sacar 5.000 dólares mensuales[43]. Y con 39 años y habiendo olvidado su buena pronunciación del inglés, ni todos los amigos del mundo podrían hacerle recuperar el terreno perdido…, que tampoco era tanto, pues ya en los años cincuenta hacía películas del montón y su productora, la Metro, andaba prestándosela a otras de la competencia.
     “Te resultará curioso, pero Anna Maria no vino directamente a los Estados, sino que dejó Italia por París, donde parece que se lió con un persa[44], quien acabó por llevarla a una clínica de rehabilitación mental, en donde estuvo cosa de un mes y se marchó sin pagar, dejando a cargo de la familia el abono de la cuantiosa factura.
     “Tampoco parece que tuviese claro al principio qué hacer en América, ni a donde ir. De hecho, lo primero que se le ocurrió fue localizar a su ex marido, Vic Damone, ya separado de su segunda esposa, y guarecerse en su casa. Ella me decía que era la única manera de estar con su hijo Perry, pero lo cierto es que, como era tiempo de Navidades, Vic tenía galas en Las Vegas y allá que se fue con él y el crío. Por lo menos, arrancó a su ex marido el compromiso de que Perry la visitara siempre que pudiera y quisiera. La verdad es que padre e hijo cumplieron su palabra y no puede decirse que tengan la menor culpa en las alteraciones de Anna en su última época.
     “Mientras andaba por Las Vegas, me telefoneó pidiéndome que la acogiera en mi casa. La verdad, me sorprendió bastante porque nuestras relaciones habían sido muy íntimas y afectuosas en los años cincuenta, pero luego nos habíamos comunicado poco. Un poco cortada, me aseguró que no sería por mucho tiempo y que así podría ayudarla nuevamente con el idioma y la interpretación, que tenía bastante empeorados. Yo supuse que me pedía el favor por no tener dinero para alquilar una buena casa. Me dio lástima y, como yo me encontraba muy sola, acepté y acá que se vino con Perry, con las ínfulas de que la iban a contratar seguramente para un peliculón sobre la Mafia, cuyo rodaje iba a comenzar casi inmediatamente[45]. La posibilidad no se cumplió y Anna empezó a darme muestras de notables desarreglos mentales, que no voy a detallar puesto que vas a entrevistarte seguramente con sus médicos. Sí te diré que su amiga Norma Eberhard fue quien le presentó a un médico de Los Ángeles de toda su confianza, que vive no lejos de aquí, el doctor Spritzler, quien la atendió a partir de entonces.

Helena Sorrell y Marilyn Monroe

     “El 1 de abril era el cumpleaños de su íntima amiga, Debbie Reynolds, y en la fiesta conoció a un tal Sidney Cooperman[46]. Parecieron abrirse las puertas del Edén: Era un caballero mayor que Anna -como casi siempre buscaba Anna, quizá por el amoroso recuerdo que conservaba de su padre-, rico, sincero, muy enamorado de ella. Al cabo de algunas salidas, Anna me sorprendió con la noticia de que se iba a vivir con él: eso sería a finales de abril o principios de mayo. Comprenderás que estaba feliz, por ella y por mí, pues la convivencia no era fácil. Desgraciadamente, era demasiado tarde: Anna ya no era una mujer normal. Según parece, empezó a sentirse insegura y excitada, como si no creyera en la profundidad de los sentimientos de él o, más bien, en la capacidad suya para llevar una relación íntima y estable. Rompieron por culpa de ella -según Anna me confesó-, al poco de celebrar su treinta y nueve cumpleaños, el 19 de junio. Apareció sin avisar por casa, en un taxi cargado de equipaje y cachivaches hasta los topes, y me suplicó que la volviera admitir en la única casa del mundo a la que podía llamar hogar. En fin, que me desarmó y la recibí como al Hijo Pródigo; bueno, a ella y a Perry que, tan pronto le dieron las vacaciones, vino a estar con su madre y aquí pasó todo el tiempo. ¡Pobre hijo, es bueno y educado; me trataba como si fuera su abuela y quería muchísimo a su madre… y ella a él! Bien, estoy cerrando el círculo. Con rodaje y sin rodaje, estaba muy nerviosa, dormía mal, tenía raptos violentos de ira. Los medicamentos apenas le hacían nada, suponiendo que tomara los que debía. Cuando dábamos lecciones, por así decir, cada vez era menos capaz de aprender los diálogos y recitarlos con la debida claridad y pausa.
     “Y así llegó el día 9. Pasó todo el día especialmente agitada, desvariando, quejándose del estómago e imaginando que no iba a poder dormir en toda la noche. Desgraciadamente yo tenía que salir esa tarde y no regresé hasta la hora de cenar. Está claro que Anna llamó a Spritzler de forma tan alarmante, que el doctor se presentó en casa en seguida. Habló de tranquilizarla con un específico que hasta ahora no había usado y le puso una inyección del mismo. Se la puso estando ella echada en su cama y le recomendó que se quedase acostada, procurando relajarse. Se marchó, diciéndole a Veronica que no se preocupara de darle la cena y que la dejase descansar, que era lo que más necesitaba. Así lo hicimos y Veronica marchó después de dejarme preparada la cena. Antes de tomarla, me asomé a su cuarto y me pareció que dormía de lado o boca abajo, pues su melena suelta le tapaba la cara; así que no la molesté, como el médico había ordenado. A la mañana siguiente, a eso de las nueve volví a entrar y al no reaccionar a mi saludo ni moverse el absoluto, comprendí que algo grave pasaba. ¡Y tanto! Como que estaba muerta. Llamé a Norma y al Doctor, que vino en seguida y confirmó el fallecimiento. Bajó a llamar a la Policía, momento que yo aproveché para retirar de la mesilla todos los frascos y tubos de medicinas, y colocarlos sin orden en el armario del baño, junto a otros medicamentos. Seguidamente, presa de indignación por la afluencia de periodistas y para evitar el escándalo, tiré todo por el retrete. Ahora ya sabes lo que hice y por qué lo hice, aunque reconozco que fue un error que podría costarme caro si se enterase la Policía. Además, no ha servido de nada pues casi todos opinan que ha sido un suicidio.
     “Te juro que no toqué ni retiré nada más. ¿Nota de suicidio, de esas de Señor Juez, etc., etc.? No había nada, puedes creerme. No soy quien para opinar pero tengo para mí que Spritzler se equivocó con el fármaco o con la dosis y la pobre Anna ya no se despertó más. Y ¿sabes una cosa? Tal y como estaba, una muerte así, rápida y sin dolor, es lo que en el fondo todos habríamos deseado para ella. Claro que todavía era muy joven y muy guapa, y que la esperanza es lo último que se pierde, pero yo comparto lo que le oí decir más de una vez: que la vida ya no tenía nada que ofrecerle; nada bueno, se entiende. Pero de eso a quitársela, va un largo trecho. ¿No te parece? Y yo no creo que lo recorriera.”

***

     En la redacción del Pacific repasamos Pulitz y yo las copiosas notas que anteceden. Aquel pareció satisfecho pues, según su opinión, había sacado a Helena todo cuanto se podía esperar, y coincidía con las referencias de Marisa. Antes de vérmelas con el doctor Spritzler, Alex me sugirió esperar a que Marisa nos informara de lo que le había dicho a ella. En cambio, indicó:
-          Veronica, la empleada de confianza de Helena, no se llevaba nada bien con Anna Maria y, cuando estuve en la casa el otro día, me pareció que tenía ganas de contarme algo. Naturalmente, no lo va a hacer estando su señora revoloteando. ¿Por qué no la telefoneas y quedáis?
-          Mejor lo haces tú, que la conoces. Yo te acompañaré en la entrevista.
     Así lo hizo y quedamos un jueves que libraba por la tarde. En una grata confitería a la francesa del Olympic Boulevard, Ventura fue llevando a la nada escurridiza Veronica al terreno de la maledicencia, para el que estaba especialmente bien dotada:
-          Usted sabe, Alex, que yo por mi señora hago lo que sea; pero, precisamente por ello, no podía aguantar la presencia de la señorita Pierangeli en casa. Era increíble cómo trataba a Mistress Sorrell cuando se ponía histérica, cosa que sucedía a cada poco: La zarandeaba, la insultaba y -aún peor- tiraba al suelo lo primero que tenía a mano, incluso muebles. ¡Sabe Dios la de tazas, vasos y adornos que rompería durante el tiempo que estuvo con nosotras!
-          Más o menos -repuso Ventura-, ya estamos enterados de los impulsos violentos de vuestra huésped, como también de los esfuerzos que hicisteis por atenderla y cuidarla. Lo que más nos interesa es lo que pasó en su último día de vida. ¿Cómo estaba ella?
-          ¡Uf! Estaba agitadísima: Que si no había dormido nada por el calor; que si estaba al caer una entrevista de trabajo muy importante y no era capaz de tranquilizarse; que si le dolía mucho el estómago… La verdad es que no la hacíamos mucho caso porque, más o menos, llevaba unos días igual. Por fin, se quedó traspuesta después de comer un puré y un poco de fruta. Mi señora salió a hacer algo inaplazable, dejándome al cargo. Al despertar, Anna volvió a las andadas, de tal forma que hubo que llamar al doctor Spritzler.
-          ¿Quién lo llamó?
-          Se lo sugerí yo pero la llamada la hizo ella. Le pidió que viniera a verla con tal insistencia, que el bueno del Doctor apenas tardó una hora en llegar. Cuando vio cómo estaba -poco menos que desvariando y muy agitada-, dijo algo de ponerle una inyección. Para ello, fueron al dormitorio y yo no los acompañé, por decoro. Pasé a la cocina y preparé té para obsequiar al médico, dada la hora.
-          ¿Qué hora era?
-          Sobre las cinco y media. Lo que pasa es que se demoraron un buen rato y, al salir, el Doctor dijo que no podía detenerse más, que tenía todavía trabajo. Serían las seis y cuarto cuando marchó, aconsejándome que la dejásemos descansar y le avisásemos si volvía a excitarse. La Señora, al llegar, fue a verla y la creyó dormida, pese a lo cual, para mayor seguridad, me mandó que pasara a la habitación y me quedase un rato vigilando. Todo estaba tranquilo y así siguió hasta las ocho, cuando ya no tuve más remedio que marchar a mi casa. Supongo que, a partir de entonces, doña Helena, tampoco apreciaría nada extraño ni alarmante hasta por la mañana.
-          Perfecto, muchas gracias -dijo Pulitz-. Tomemos los crêpes antes de que se enfríen y luego te haré algunas preguntas concretas, para aclarar nuestras dudas.

***

-          Si te parece, Veronica -reanudó Alex-, hablemos un poco del doctor Spritzler, Ramon para abreviar. ¿Qué relación tenía con Anna Maria? Hay quien dice que estaban liados.
-          Yo no llegaría a tanto, aunque comprenderá que mi conocimiento es bastante limitado. Sí que se notaba que estaba colado por ella. Era muy difícil no caer en los lazos de la señorita: tan guapa, tan tierna, tan necesitada de ayuda, pero no vayan a engañarse. Era una actriz en el sentido vulgar de la palabra; haciéndose la dulce, la mártir pero, en el fondo era una coqueta, una descarada y, si estaba tan mal, era porque no quería cuidarse y no hacía caso de médicos ni de nadie. Pero, a lo que iba, ella le bailaba el agua y al él, que le llevaba casi veinte años, se le caía la baba y se desvivía por atenderla y cuidarla. Le cambió la medicación; la visitaba un día sí y otro no; la mandaba a otros especialistas como favor personal…
-          ¿A otros médicos? -me atreví a interrumpir-. ¿Podrías decirnos el nombre de alguno?
-          De uno sí que me acuerdo porque tenía un apellido muy simpático: Pops[47]. Fue a verlo por sus problemas de estómago y volvió encantada, aunque no le sirvió de mucho.
-          Bueno, dejemos ya a los médicos y pasemos al último punto, dijo Pulitz. ¿Crees de verdad que Anna Maria sentía deseos de morir?
-          Sobre eso, no tengo ninguna duda, contestó con absoluto aplomo. Claro está que de una cabeza así salen muchas insensateces y cambios de opinión, pero estoy cansada de escucharle cosas como que tenía un miedo horrible a envejecer, o a llegar a los cuarenta[48], que para ella parecía ser lo mismo. Fíjate, Helena -le oí una vez-, en toda mi vida solo han apreciado mi físico, no mis cualidades de actriz. ¿Qué trabajo me van a dar cuando se marchite mi belleza?
-          Eso es un poco impreciso, Verónica -agregó Ventura-. ¿No le escuchaste algo más concreto?
-          No sé -vaciló-. También decía que no podía querer a nadie; que el amor había quedado atrás, que había muerto en no sé qué coche[49]; que se encontraba muy sola y que le gustaría encontrar la paz y reencontrarse con su padre y con Jimmy de nuevo.
-          Esto último ya es algo, valoró Alex. Si tuviéramos algún testigo más…
-          Si no le basto yo -replicó algo molesta-, se lo puede confirmar Fred, que le escuchó algo muy parecido hace unos días.
     Abrimos los ojos como platos y quedamos pendientes de Veronica, con nuestros troncos inclinados hacia ella. Aclaró:
-          Es camarero en una coctelería que frecuentaba la señorita en el bulevar de Santa Mónica. Al enterarse de su muerte, se pasó por casa para mostrar sus condolencias. Lo atendí yo y, entre triste y reservado, me dijo: Se habrá suicidado, claro. Y quizá podría haberlo impedido yo si se lo hubiera tomado en serio.- ¿A qué te refieres?, le pregunté. Y él: Hace unos quince días, estando ya bastante bebida, me pidió una copa más. Me quedé dudando de servírsela o no, y ella insistió: Fred, dame otra copa porque quiero ver a mi Jimmy y, si estoy serena, no puedo verle. Creo que un día de estos me reuniré con él.
-          Y ese camarero, ¿es de confianza?, tercié yo.
-          Desde luego, contesto Veronica. El bar está muy cerca de casa y Anna lo frecuentaba sola. Luego, según como estuviera, regresaba andando o en taxi. Ya ve, un dispendio grande, estando tan corta de fondos. Como lo de haberle regalado un coche a Perry cuando le pagaron el rodaje de la película esa del hombre-pulpo[50].
     Miré de reojo a Pulitz y me pareció muy interesado en lo que acababa de oír. No obstante, se hizo el desentendido y pidió pruebas directas:
-          Esto quedará entre nosotros, Veronica. Ya sabes que Helena, al llegar la policía, retiró algunas cosas de la mesita de noche…
-          Las medicinas, y las fotografías de la cómoda, respondió la asistenta.
-          ¿Fotografías?, ¿qué fotografías?
-          La del padre de la señorita y la del famoso Jimmy. Según dicen, iba a todas partes con ellas.
-          Bien -prosiguió Ventura-, medicinas y fotos. ¿No retiraría ella, o tú, alguna otra cosa, aunque fuera por simple inadvertencia?
-          ¿Cómo qué?
-          Papeles, notas, alguna carta…
-          Ya le entiendo -sonrió la mujer-: de esos que empiezan por Señor Juez… Rumores ha habido, pero le puedo jurar que yo no… ¡Bastante me habría importado que hubiese un escándalo! Ella se lo habría tenido merecido. De mi señora no puedo decir otro tanto. Parecía la madre de la señorita. Pero no puedo afirmar ni negar. Nada he visto ni oído. Y, después de todo, ¡qué más dará! Nadie la mató, y punto. Si fue accidente o suicidio, o si reventó por atracarse de pastillas, ¡allá cuentos! Ya acabó de sufrir ella… y los demás a causa de ella.

***

          Me pareció que Alex empezaba a perder fuelle e interés por el tema que teníamos entre manos. No se molestó en que buscáramos al camarero Fred, ni -lo que era mucho más llamativo- aceptó que molestásemos al amoroso doctor Spritzler, Ramon para los amigos. Claro que esto último lo explicó a su modo:
-          Tenemos lo que, de manera coincidente, nos han contado de él Helena y Veronica. Tendremos, en cuanto queramos, el informe que ha debido mandar a la oficina del forense, como médico responsable de la finada. Y, a mayores, tenemos esto.
     Sacó de un cajón de su mesa de despacho un sobre abierto, con una cuartilla manuscrita en su interior. Explicó:
-          Me lo ha hecho llegar Marisa al periódico por un recadero esta mañana, antes de marchar para Francia con su madre y el cuerpo de Anna Maria. Verás que la frágil y tímida hermana menor tiene mucho genio cuando se enfada. Saca una xerografía y me devuelves el original.
     La nota de Marisa decía lo siguiente:
     Amigo Alex:
     Como te había anunciado, tuve con Ramon Spritzler una entrevista en casa de Helena. Procuré que me dejaran sola para que tuviéramos mayor libertad de expresarnos. Del humor con que estaba te puede dar una idea que lo recibí en la cocina, en vez de en el salón. El tipo es muy escurridizo y las explicaciones que me dio sobre la inyección y su espantada posterior fueron totalmente insuficientes. Desde luego, confirmaron plenamente la impresión del forense, sobre el shock anafiláctico y la posibilidad de que Anna aún estuviera viva si él hubiese controlado personalmente el riesgo de una reacción alérgica a la compazina, ya que era la primera vez que mi hermana la recibía.
     Cuando no pude más fue al escucharle, medio lloroso, que cómo podía achacarle falta de interés y de atención, siendo así que estaba enamorado de ella. Esa disculpa de amor, absurda a todas luces -cuanto más quieras a alguien, más tendrás que preocuparte de él-, me indignó. Me puse en pie; le dije a gritos que si me tomaba por estúpida; le llamé incompetente, mentiroso y muchas otras cosas peores. Acabé echándolo de casa por la puerta de servicio. El tipo parecía no querer marcharse sin que yo lo comprendiera y estuvo en las escaleras varios minutos disculpándose, pero yo no lo dejé volver a entrar. Cuando me pareció, le dije que ya tendría noticias mías y le di con la puerta en las narices.
     Es muy probable que, después de lo que te he contado, entiendas que vamos a ir por el Doctor en los tribunales, pero no estoy decidida a ello. Tendré que discutirlo con mamá y con mi marido Jean Pierre, pero, en principio, creo que no estamos para meternos en más gastos ni más sufrimientos. Ese tipo no es un mal médico, está casado y con hijos y, más o menos, estaba enamorado de Annarella -de eso no me cabe duda- y también habrá tenido su escarmiento moral. Lo verdaderamente importante es que descartemos ante el mundo la idea de que mi hermana se suicidó. Y para eso no creo necesario implicar a Spritzler y meternos en pleitos que a saber cómo acaban.
     De modo que seguid con vuestras investigaciones y tenedme informada de ellas. Y, si tú juzgas imprescindible apretarle las tuercas al torpe doctor enamorado, escríbemelo.
     Sabes que tienes una amiga constante y agradecida en
     Marisa Pierangeli.



5.      La Medicina no es una ciencia exacta


     El doctor Pops[51] me citó en su despacho de profesor en la UCLA, lo que me dio pie, dada la rivalidad entre universidades, para comenzar con una broma:
-          Espero que me trate bien, aunque sea un troyano[52].
     No me siguió la humorada y me dijo muy serio:
-          Supongo que habrá traído usted la autorización de la familia pues, en otro caso, no le informaré de nada en absoluto, debido al secreto médico.
     Tiré de poder notarial y el doctor -todavía joven, como de unos cuarenta años- se explicó, aunque de forma resumida:
-          Atendí a la señora Pierangeli a finales de julio, a petición de mi colega, su médico de cabecera, el doctor Spritzler, debido a que la paciente venía sufriendo náuseas y dolores estomacales. Aprecié en ella una hernia de hiato, ya diagnosticada de antiguo, así como dispepsia y probable principio de úlcera duodenal. Ante todo ello, le aconsejé reducir en lo posible el consumo de medicamentos, fijé una dieta de alimentos fácilmente digeribles y prescribí Donnatal Elixir, mientras siguiera padeciendo espasmos e irritación gastro-intestinal. La señora no volvió a visitarme pero a través del doctor Spritzler he tenido referencias de que el cuadro clínico no mejoró apenas.
-          Tengo entendido, doctor, que el Donnatal contiene cierta cantidad de barbitúricos. Lo digo porque en la autopsia se apreció una ligera intoxicación por ellos.
-          En efecto. El Donnatal contiene pequeñas cantidades de alcaloides de belladona y de fenobarbital; en cualquier caso, se trata de dosis muy pequeñas y que no presentaban contraindicaciones con los otros fármacos que tomaba la paciente, según el informe que me hizo Spritzler.
-          ¿Cabe la posibilidad de que Anna Maria se excediera en el consumo del Donnatal, respecto de lo que usted le había indicado?
-          Yo prescribí una cucharadita con cada comida y le di receta para dos frascos solamente. Como es un específico que requiere presentar prescripción médica, veo difícil que mediase abuso, a no ser que otro doctor le extendiera nuevas recetas.
-          Perfecto. ¿Hay algo más que considere oportuno indicarme?
-          Simplemente, que no me extraña que no cediera el cuadro con el tratamiento. Todos esos síntomas podían perfectamente ser somato-psíquicos y, de no evitar los factores de estrés, difícilmente funciona bien el aparato digestivo; tanto más, cuanto que la señora Pierangeli estaba muy medicada. Lo extraño es que no hubiese afectación del hígado y los riñones; claro que todavía era una mujer joven.

***

     La investigación oficial sobre la muerte de Anna fue laboriosa. Aunque en 48 horas estaban hechas la autopsia y las conclusiones de los forenses, la cosa debió de complicarse por causa de las elucubraciones de los periodistas y de la fama de la difunta. Los médicos encargaron nuevas pruebas e investigaciones complementarias. Total, que no se tuvo todo el estudio hasta primeros de noviembre, casi dos meses después del óbito[53].

Primera página del informe final de autopsia de Anna Maria Pierangeli


     Yo ya estaba en ascuas pues veía venir el final de mi beca sin haber ultimado el informe que Pulitz me había encargado. Entre tanto, fue él quien me acogió bajo su directa protección y enseñanza. Decía que lo que no se aprendiese como adjunto a un redactor jefe no merecía la pena saberlo. Y además -añadía- yo ya estaba en condiciones de darle cien vueltas al jefe de la sección de sucesos y tribunales, que habría sido la escogida por mí para las prácticas trimestrales.
     A falta de nuevos materiales de reflexión, fui poniéndome al día sobre la función y contraindicaciones de los fármacos que más habían tenido que ver con la muerte de Anna Maria. Así podría entender el galimatías de los forenses y discutir sus conclusiones, si había motivo de ello. Y, para desengrasar de tanta farmacopea, me dediqué a leer acerca de la carrera cinematográfica de la finada, que desconocía casi por completo. Claro está que no voy a importunarles con mi actual erudición al respecto, pero sí quiero transmitirles mi sorpresa cuando percibí que su carrera se había iniciado bajo el signo del suicidio. No en vano las dos películas de adolescencia, rodadas por ella en Italia, tenían como argumento el suicidio por inmersión de la protagonista, sus causas y la necesidad de evitarlo[54]. Y una de sus mejores participaciones en el cine americano también se iniciaba con la salvación de la protagonista de un suicidio de la misma clase[55]. Si tragar tanta agua sirvió para que Anna trivializara o internalizase la idea del suicidio o si, por el contrario, la llevó a huir de él como de un mal reprobable y casi experimentado en la escena, es cosa que habré de callar, dado que mi papel de investigador no estaba marcado con el sello de la libertad, sino del encargo.

***

     Para reconocer limitaciones, pero también para justificar sus errores, dicen los médicos que la suya no es una ciencia exacta. Esto quedó demostrado en su análisis de las causas del fallecimiento de Anna Maria. Lo que, en un principio, se definió como una sobredosis de barbitúricos -favoreciendo así la tesis periodística del suicidio-, pasó luego a calificarse de shock anafiláctico, es decir, una alergia medicamentosa, que ponía contra las cuerdas al doctor Spritzler, como inmediatamente asumió la familia de la difunta. Y, cuando se tuvieron todos los análisis e investigaciones ulteriores, los forenses concluyeron que la causa principal de muerte había sido una insuficiencia cardiaca aguda, derivada de una miocarditis inespecífica, focal y difusa, lo que era tanto como atribuir la muerte a una previa dolencia de corazón de Anna. El sumario anatómico del informe final, datado el 3 de noviembre de 1971 -con previos estudios de 11 de septiembre y 29 de octubre del mismo año- era todo un ejemplo de eclecticismo no comprometido[56], ya que como causa de la defunción se indicaba -como ya he apuntado- insuficiencia cardiaca aguda y miocarditis focal y difusa no específica. A su vez, tales causas últimas se consideraban debidas a circunstancias médicas apreciadas en la autopsia y análisis ulteriores, o bien a datos aportados por la Policía, que se calificaban como históricos. Dichos datos o circunstancias eran los siguientes:
-          Fatiga extrema -que desconozco con qué base se trajo a colación en este caso-.
-          Ligera intoxicación con fenobarbital[57].
-          Parcial obstrucción de las vías respiratorias externas por el cabello y la ropa de cama -dudosa, pero sí basada en ciertas manifestaciones-.
-          Mínima miocarditis inespecífica a nivel microscópico.
-          Congestión y edema pulmonar vascular.
     No hacía falta ser un águila de la Medicina para concluir que dos adjetivos -que por eso los he subrayado antes- desvirtuaban por completo la relación de la muerte con la intoxicación o sobredosis de barbitúricos y con una miocarditis anterior: ligera y mínima. No eran valoraciones médicas, sino policiales, las relativas a la fatiga -que carecían de todo fundamento- y a la obstrucción de vías respiratorias -que, a mayores de ser solo parcial, no se habría producido sin una previa y total pérdida del conocimiento-. ¿Qué quedaba, según eso, como decisivo, o como significativo, cuando menos? Pues la congestión y el edema pulmonar vascular[58]. Pero esos son síntomas inequívocos del shock anafiláctico, es decir, de la alergia grave al medicamento que inyectó a Anna Maria el doctor Spritzler a última hora de la tarde del 9 de septiembre.
     Dicho medicamento había sido la Compazina, que hasta entonces nunca se había aplicado -que se sepa- a la Pierangeli; desde luego, era la primera vez que lo hacía dicho doctor. El médico reconoció, tanto de palabra, como en informe por escrito a los forenses, que se lo había inyectado para calmar la agitación y los desvaríos que padecía su paciente. El inyectable era de los de 10 miligramos -lo había también de cinco-. Pues bien, veamos tres objeciones muy serias a la decisión del doctor o, cuando menos, a que no implantara un cuidado y control inmediato del estado de Anna, tras inyectarla:
-          Compazina[59], según los propios laboratorios que la fabricaban[60], era un específico indicado para combatir náuseas, vómitos y vértigos severos. Para combatir la ansiedad o la agitación, no es recomendable la Compazina, debido a los riesgos de su administración en estos casos, siendo las benzodiacepinas las sustancias preferidas por los médicos en general.
-          Compazina es incompatible con el consumo de alcohol, barbitúricos y narcóticos. Precisamente, Anna Maria era un caso paladino de tales consumos, como su médico de cabecera conocía sin duda ninguna.
-          Compazina produce frecuentes reacciones alérgicas que, en los casos más graves y menos frecuentes, ocasionan síndrome neuroléptico maligno y muerte. Los casos de muerte suponen alrededor de un 8,5 por mil de los estudiados en los Estados Unidos, siendo la muerte el noveno efecto secundario negativo del medicamento por su frecuencia estadística.
     El estudio médico-forense tenía una importantísima conclusión, aunque fuese negativa: No se encontraron en el hígado de Anna Maria rastros de las fenotiazinas que contenía la inyección de Compazina. ¿Cómo era ello posible, dado que la inyección se le había aplicado efectivamente? Pues porque la muerte fue tan rápida, como para que el específico ni siquiera se metabolizara, pese a la difusión relativamente rauda del contenido de las inyecciones intramusculares. En consecuencia: el fallecimiento siguió rápidamente a la inyección. Anna murió muchas horas antes de que se percatara de ello Helena en la mañana del día siguiente. Y, a su vez, si el doctor hubiese controlado la situación, en vez de marcharse acto seguido, habría podido hacer algo -tal vez, mucho- por salvar la vida de su amada paciente.
     En definitiva, en el informe que entregué a Alex, junto a una copia completa de los estudios forenses -que me dieron como apoderado de la familia de la finada-, dije:
     Sin necesidad de acudir al cómodo expediente de la duda, entiendo que se puede descartar la tesis del suicidio y mantener como poco discutible la de la alergia medicamentosa aguda a Compazina. La inyección de dicho medicamento estaba totalmente contraindicada en este caso. Y, en último extremo, los riesgos de aplicar dicho fármaco por primera vez a una paciente aconsejaban de modo vehemente mantener sobre la misma una vigilancia médica estrecha, lo que no se hizo.
     Pues bien, pese a mi trabajo y sugerencias, ni Marisa ni su madre decidieron proceder contra el doctor Spritzler. Tampoco Alex me autorizó a publicarlo, a no ser que lo hiciera como un caso clínico anónimo, en alguna revista especializada. Yo me enfadé:
-          Entonces, ¿dejarás que Anna siga pasando por una suicida a los ojos del mundo?
     Alex sonrió con lo rimbombante de la forma de mi pregunta. Luego, con esa gramática parda que dan los años y las experiencias, contestó:
-          Amigo Stu, cuando los medios informativos sostienen como verdad una realidad dramática y truculenta, no hay quien revierta la situación, ni haga reconsiderar a los informados. En lo de ahora, no quieras revolver más en la basura en contra del deseo de los más afectados. Para tu porvenir, ten en cuenta el ejemplo y procura estudiar primero y hablar o escribir después…, si tus jefes te dejan.
     Y así quedó la cosa…, hasta ahora. Espero que sean ustedes mejores que los gaznápiros que, generación tras generación, han sostenido que Anna Maria Pierangeli se suicidó. Aunque, por otra parte, ¿y qué, si lo hubiera hecho?[61]

Firma autógrafa de Pier Angeli




[1] Siglas de Universidad del Sur de California, centralizada en la zona de Los Ángeles, que mantiene notable rivalidad con la UCLA (Universidad de California en Los Ángeles). Fue fundada en 1880 y sus alumnos reciben el apodo de troyanos.
[2]  Se trata de un periódico angelino ficticio, por más que el nombre coincida con el de un diario real, que circuló en Los Ángeles entre 1849 y 1851.
[3]  Se trata del co-protagonista de mi relato Robin Hood en la Ciudad Universitaria, publicado en este blog dentro de la etiqueta de cuentos policiacos y de misterio.
[4]  Exactamente, la Gould School of Law (USCG), fundada en 1896 e incorporada a la Universidad en 1900.
[5] Posteriormente se suprimió la pena de muerte en California. Con anterioridad, una apelación le había conmutado la pena de muerte por la de cadena perpetua sin posibilidad de condena condicional. James Manson murió en prisión a los 73 años de edad, en 2017.
[6]  Como es notorio, se trata del premio más honroso que puede recibir un periodista de un medio informativo norteamericano. Los Pulitzer vienen concediéndose desde 1917.
[7]  Más detalles, en mi relato citado en la nota 3. En el capítulo 6 del mismo, el editor no sabía por qué no se había publicado el reportaje con pelos y señales. Ahora ya tenemos una idea de los motivos.
[8]  Estas operaciones militares abarcaron el periodo entre finales de enero y comienzos de junio de 1944.
[9]  El desembarco en Anzio y la táctica conservadora que lo siguió han sido habitualmente calificados como el mayor fiasco de la poco brillante campaña aliada para conquistar Italia pero, como casi siempre sucede, la cuestión es matizable. Véase Basil Liddell-Hart, Historia de la Segunda Guerra Mundial, vol. II, edit. Caralt, Barcelona, 1991, pp. 139-155.
[10] James (Byron) Dean (1931-1955), joven y exitoso actor, falleció víctima de accidente de circulación el día 30 de septiembre de 1955, a los 24 años de edad.
[11]  Los grados Fahrenheit (F) se convierten a centígrados o Celsius (C) restando 32, multiplicando por 5 y dividiendo por 9. Según eso, 100o F equivalen a casi 38oC y 106oF suponen algo más de 41oC. La ola de calor había empezado en el mes anterior, agosto, llegando en treinta y cuatro días seguidos a temperaturas por encima de los 90oF (algo más de 32oC), lo que constituyó un récord histórico para Los Angeles.
[12] Pier Angeli (Anna Maria Pierangeli) -1932-1971-, actriz de cine, activa entre 1949 y 1971. Los estudios Metro-Goldwyn-Mayer dividieron su apellido para formar el nombre artístico que, tanto en inglés como, sobre todo, en italiano parecía referirse a una persona de sexo masculino.
[13]  Se trata de Al este del Edén, Rebelde sin causa y Gigante, rodadas en 1954 y 1955, bajo la dirección, respectivamente, de Elia Kazan, Nicholas Ray y George Stevens.
[14]  Eran suplementos de domingo del Times, bajo el título de Los Angeles Times Magazine.
[15] Hedda Hopper (1890-1966), actriz y periodista (en particular, sobre cotilleos de Hollywood). Se incorporó a la plantilla de Los Angeles Times en 1938, con un éxito popular extraordinario.
[16] Pier Angeli, en sus orígenes, fue llamada por algunos la pequeña Garbo. Aunque las comparaciones sean odiosas, creo que las que se le hicieron con otra sueca (Ingrid Bergman) o con su casi coetánea, Audrey Hepburn, fueron más acertadas.
[17] La película Teresa (Fred Zinnemann, 1950), con protagonismo femenino de Pier Angeli, se estrenó en Nueva York en abril de 1951 y obtuvo un considerable éxito de crítica y público (para un presupuesto algo superior a los 600.000 dólares, recaudó más de 1.700.000).
[18] En aquellas fechas de 1951, Alexander G. Ventura, alias Pulitz, estaba viudo.
[19] Helena Sorrell había nacido hacia 1899 y alcanzó su mayor fama como profesora particular de arte dramático de Marilyn Monroe. Algunas fuentes escriben su apellido con una sola erre: Sorell.
[20] Como se sabe, Polaroid fue la primera marca importante en incorporar el revelado exterior y casi instantáneo. En 1965 comenzó la producción del modelo Swinger, que se vendía a 19,95 dólares.
[21] James Dean niño era cuáquero. El repugnante pastor ha sido identificado como el metodista, James DeWeerd.
[22] La hermana gemela no idéntica de Anna María (nacida veinte minutos después que esta) se llama Maria Isabella (Marisa) y ha sido exitosa actriz de cine y televisión con el seudónimo de Marisa Pavan. Actualmente (2018) vive en Francia, su País de adopción.
[23]  Vito Rocco Farinola, conocido como Vic Damone (1928-2018), afamado cantante y actor ocasional, fue el primer marido de Pier Angeli, con quien contrajo matrimonio el 24 de noviembre de 1954, separándose en agosto de 1958 y divorciándose en diciembre de 1959. Su hijo común, Perry, nació en agosto de 1955, falleciendo de cáncer en diciembre de 2014.
[24] Se trata de I moschettieri del mare, dirigida en 1962 por Stefano Vanzina, conocido por Steno.
[25] Acotación destinada a hispanohablantes. Sabido es que en inglés no existe esa distinción.
[26] Del contexto se deduce que era uno de los periodistas del Pacific News de la sección de sucesos.
[27]  Divorcio de su segunda esposa, Judith Rawlins (1936-1974), actriz de televisión con la que tuvo tres hijos. El divorcio no se consumó hasta junio de 1971. Judith falleció a los 37 años por una sobredosis del fuerte analgésico Darvon, que le había sido recetado contra sus graves dolores de columna. Aunque se habló de suicidio, la investigación oficial decretó muerte accidental.
[28]  Alusión a Sidney Cooperman, hombre de negocios y buen amigo de los Talianos, actores y gentes del espectáculo comprometidos con llevar una vida digna y ayudar a los niños con problemas de salud mental.
[29]  Se trataba de la famosa y longeva serie Bonanza (1956-1973).
[30]  Alusión a Macdonald Carey (1913-1994), actor de cine y televisión. A la sazón, residía en Malibu con una buena amiga de Pier Angeli y del doctor Spritzler, Norma Eberhardt (1929-2011), también actriz.
[31]  Diplomático, periodista y escritor franco-iraní (1933-2008), cuyo verdadero nombre era Freidoune.
[32]  Hermano de Paul Kohner, cabeza de la famosa agencia de colocación de actores de Hollywood, Paul Kohner Agency.
[33]  Se trataba de El Padrino -Primera Parte-, que se rodó entre marzo y agosto de 1971 y se estrenó en marzo de 1972. Pier Angeli no consiguió ningún papel, pese a intentarlo. En cambio, Vic Damone tuvo a su disposición un importante papel secundario, que no aceptó por temor a la Mafia. Marlon Brando, amigo de juventud de Pier Angeli, parece que no recomendó su contratación.
[34]  Se trata de Octaman (Harry Essex, 1971), mediocre película de ciencia ficción.
[35]  Alusión a la actriz y cantante, Debbie Reynolds (1932-2016), que pasa por haber sido la mejor amiga de Pier Angeli.
[36]  El tema será objeto de mayores precisiones y discusión en los capítulos siguientes, 4 y 5.
[37]  Sobre Norma véase nota 30.
[38]  Raymond (Ramon) J. Spritzler (1914-1978), médico internista formado en Filadelfia y colegiado en California desde 1945. Viudo de su primera mujer, se hallaba a la sazón casado en segundas nupcias con Leigh Rose. Tenía tres hijos entre sus dos matrimonios. Médico de renombre, en 1970 había formado una sociedad (Ramon J. Spritzler, M.D., Inc.) para administrar su cartera de valores.
[39] Richard Nixon y Henry Kissinger, entonces y respectivamente, Presidente y Consejero Nacional de Seguridad de los Estados Unidos.
[40]  Primera y Segunda Guerras Mundiales, Guerra de Corea y Guerra de Vietnam.
[41]  Equivalentes a unos 31.000 dólares de 2018, o a 36.000 euros.
[42] Se trata de Addio, Alessandra, dirigida por Enzo Battaglia en 1969. Para vergüenza de Pier Angeli -que había solicitado de los productores no la distribuyesen en los Estados Unidos-, se estrenó tardíamente en California (junio de 1971), precisamente cuando estaba en relaciones con el rico empresario citado supra, en la nota 33. En Estados Unidos la película llevó el nombre muy explicito de Love me, love my wife.
[43] Véase la nota 34.
[44] Se alude al médico citado en la nota 38.
[45] Vid. supra, nota 33.
[46]  Véase la nota 28.
[47] Entre otros muchos significados de la palabra pop, en plural -pops- y en inglés de Estados Unidos, es sinónimo de los coloquiales hispanos papi, papá o viejo.
[48]  En junio de ese mismo año 1971, Anna Maria Pierangeli había cumplido 39 años.
[49]  Concretamente, en un Porsche, marca del turismo en que se mató James (Jimmy) Dean.
[50]  Se trata del film Octaman. Recuérdese la nota 34.
[51] Martin A. Pops, médico formado en la UCLA (Universidad de California en Los Angeles) y en la Pritzker School of Medicine de Chicago; especialista en Medicina Interna, en particular, del aparato digestivo. Tuvo consulta en Los Ángeles entre 1961 y 2014, en que causó baja en el Colegio de Médicos angelino.
[52]  Véase nota 1, donde se explica el epíteto.
[53]  El expediente de Anna Pierangeli lleva el número 71-9669 del Department of Chief Medical Examiner-Coroner de Los Angeles, California.
[54]  Las películas se titulan en italiano Domani è un altro giorno (estreno, septiembre de 1950) y Domani è troppo tardi (estreno, enero de 1951), dirigidas ambas por Leonide Moguy y con protagonismo femenino de una Anna Maria Pierangeli de 17/18 años de edad.
[55] Se trata del episodio Equilibrio, tercero de la película Tres amores, dirigida en 1953 por Vincente Minnelli y Gottfried Reinhardt, con Kirk Douglas como partenaire de Pier Angeli.
[56] El informe definitivo aparece firmado por el coroner -forense- delegado, E.B. Weissburd. No obstante, en la primera página del informe puede leerse per Dr. Katsuyama.
[57] El análisis del hígado de Anna Maria arrojó una cantidad de 0,4 mg por ciento.
[58] Es probable que Anna Maria tuviera de antemano una cierta retención de líquidos pues el dato de peso de la autopsia (125 libras) parece elevado para una mujer de complexión menuda y 62 pulgadas de estatura. En sistema métrico decimal, esos datos equivalen a 56,7 kg y 157 cm.
[59]  Su principio activo es la proclorperazina, un neuroléptico derivado de la fenotiazina.
[60]  Laboratorios Smith, Glaxo & Kline. Seguimos los informes de dichos laboratorios también en los dos párrafos siguientes.
[61] La fuente más completa acerca de la vida de Anna Maria Pierangeli es la siguiente biografía autorizada por la familia: Jane Allen, Pier Angeli. A fragile life, edit. McFarland, Jefferson (USA), 2002. Es un libro bastante corto, muy grato de leer, con el que este relato mío tiene contraída una importante deuda de gratitud.