Por Federico Bello
Landrove
A la memoria de Mercedes Capsir (1895-1969), mi primera Marina
A partir de una representación real de la ópera Marina[2], un policía novato habrá de enfrentarse con un mundo de sentimientos y
casualidades, que rebasa sus certezas y su conciencia. Tal vez aprenda que
ninguna ley, ni natural, ni escrita, puede gobernar esa acción de los dioses
antiguos y de los modernos hombres, que llamamos fatalidad.
1. Proemio
A estas alturas,
no necesito aseverar a mis lectores que me encantan las rancias historias, muy
en especial, cuando tienen que ver con los discos de vinilo y los programas
dobles de cine. En aquel sábado, 24 de julio de 19 64, mi amigo Enrique Sellés,
flamante subinspector de la Secreta,
estaba a punto de aproximarse a ese culmen de mis ilusiones juveniles. El
problema es que, avanzada la carrera de Derecho, yo andaba por Bolonia, en los
cursos de verano. En cambio, el bueno
de Enrique, con las oposiciones a la Policía recién sacadas, realizaba las
prácticas en la comisaría de Aluche, sudando la gota gorda en todos los
sentidos, pero cobrando un sueldo y con el futuro asegurado…, si le respetaban
las balas, como aprensivamente auguraba su madre. Para tranquilidad de todos,
adelantaré que mi buen amigo y colega de bachiller en el Cardenal Cisneros, pudo jubilarse de comisario y cobrar durante bastantes
años la pensión correspondiente. Poco antes de morir, fue cuando me entregó la
llave de su secreter con cierre de persiana y me dijo:
-
¡Cuánto
me habría gustado escribir bien, pero no me ha llamado Dios por ese camino! Así
que ahí te quedan los restos del naufragio de mi vida, con los pecios que más
me hicieron sufrir o me dieron que pensar. Con las alteraciones debidas a la
discreción, podrás hacer de ello lo que quieras, tan pronto estire la pata.
-
Naufragio, pecios…: no está mal para ser un
escribiente desmañado. Seguro que, si no lo has hecho tú, no ha sido por falta
de talento, sino por miedo a que te buscasen las vueltas. En fin, haré lo que
pueda. A fin de cuentas, lo que ahora se lleva es contar historias con más
erudición que inventiva.
Y aquí me tienen.
Desde luego, no es el primer relato policiaco o de misterio que se echan
ustedes al coleto del turbio hontanar
del comisario Sellés; pero este tiene algo especial para mí. Sin duda, se trata
de que me habría gustado conocer a la protagonista y, desde luego, haber
asistido a la inolvidable representación de Marina
en El Retiro. Inconvenientes de haber escapado de Madrid en aquel
bochornoso –no más que otros de la época- verano del sesenta y cuatro.
Así pues, cedamos
al difunto Enrique Sellés el uso de la palabra.
2. La tormenta
Como no podía ser
de otro modo, me tocaba servicio al día siguiente, festividad de Santiago,
entonces celebrada por todo lo alto. Con otra edad, habría procurado que el día
fuese tranquilo y dormir lo suficiente, como para aguantar la agotadora y
caliginosa jornada que me esperaba; pero tenía entonces veintiún añitos y
muchas ganas de divertirme sanamente,
como correspondía a un policía en prácticas. De modo que, tan pronto hube
desayunado, bajé por el periódico y busqué las páginas de espectáculos. Pronto
organicé el programa: a las once, función especial en el Albéniz (refrigerado), con La
conquista del Oeste, en cinerama y
technicolor. Comida y una buena
siesta. Y, por la tarde…
Si hubiese sido un
policía vocacional, o con muchas ganas de aprender, me habría decidido por la
reposición (con honores de estreno) de El
tercer hombre, en el Amaya, pero
en aquel entonces aún me sentía más próximo a los compañeros de estudios
universitarios, a quienes tendría pronto que abandonar, por la sencilla razón
de que la pensión de viuda de mi madre no daba para costearme una Carrera y
sacar adelante a otro par de hermanos menores. En consecuencia, un poco
nostálgico, me pregunté: ¿A dónde habríamos ido Gerardo, Richar y yo, de no estar los dos primeros arrestados en Robledo[3]? Respuesta: sin duda, a la
representación de Marina al aire
libre, junto al estanque del Retiro.
Aquella era una buena época para que los grises y los secretas[4] nos cultivásemos, pues teníamos entrada libre en todos los
espectáculos, con tal de aparentar que estábamos de servicio. Así lo hice,
poniendo la cara más circunspecta que imaginé, y tomé asiento entre las
modestas localidades de 50 pesetas. ¡Tampoco hay que abusar!
La función se
desarrolló de manera ordenada y brillante, mientras en el cielo nocturno de
Madrid se iba preparando una tormenta de lluvia y viento, que descargó
inmisericorde, obligando a acortar la representación. En consecuencia, el
desalojo del improvisado recinto lírico se produjo de forma precipitada, con
tumbo de sillas y tropiezos de espectadores.
Una de esas caídas
se produjo justo delante de mí. Se trataba de una joven menuda, con vestido
estampado de flores y rebeca azul marino, a la que alcé de entre la batahola
con cierta dificultad. No olvidaré nunca el rostro que volvió hacia mí, lloroso
y como ausente, en lo que yo juzgué un rictus fruto del dolor del golpe.
Mal que bien, la
muchacha recompuso su facha, sacudió la indumentaria y farfulló un
agradecimiento. Luego, más apresurada que yo, se me perdió de vista entre el
gentío, los paraguas y la lluvia.
Volví a verla, sentada en un banco junto a
la boca de metro, pasándose un pañuelo por las rodillas. Había dejado de llover
y, aunque calculo que sería la una de la mañana, no pude menos de acercarme y
sugerirle alguna pequeña cura de urgencia. Ante su notoria desconfianza, tiré
de placa y alegué:
-
No
tiene nada que temer: soy policía. Vamos a que se limpie en algún sitio. No
puede andar así por la calle y, menos, presentarse en su casa.
Nos encaminamos a
la cafetería del cercano hotel W. En
el camino, me iba preguntando si las humedades del rostro de mi acompañante se
deberían al dolor físico o a la lluvia. Pronto sabría que la causa no era, ni
una, ni otra.
Los camareros se
desvivieron por atendernos. Una empleada de los lavabos, de impoluto uniforme
blanquinegro, completó la asepsia y aderezo de la joven, de manera profesional.
Al punto apareció con un par de medias de nylon, que vinieron a sustituir a las
agujereadas por el asfalto.
Mientras la damita
era tan bien cuidada, yo pedí para ambos café y coñac, a fin de combatir la
mojadura y reconfortarnos. La joven –que se presentó como Cecilia Lagar- aceptó
el obsequio con dulce pasividad y, ya más entonada, me contó:
-
Estudio
viola en el Conservatorio y complemento mis menguados ingresos haciendo
suplencias veraniegas en alguna de las orquestas de la Capital. ¡No se imagina
la de sustituciones que se hacen en
estas fechas, aprovechando las vacaciones de los titulares!
-
Creo
entender que tu familia no es de Madrid –el tuteo me salía espontáneo, pese a
mi bisoñez policial-.
-
En
efecto, viven en León. Yo estoy en Madrid por razón de estudios.
-
Ya,
claro, y te has escapado a ver Marina como
buena melómana que serás.
Cecilia, frunció
los labios, dubitativa.
-
Pese
a mi edad –proseguí- soy bastante aficionado a la zarzuela que, en el fondo, es
lo que es Marina: una zarzuela de
argumento corto y tonto, convertida en ópera por razones de encargo.
Mi interlocutora
discrepó notablemente:
-
Acepto
lo que dices de una ópera bastante justita,
pero no puedo sino disentir de cuanto afirmas sobre el tema. El personaje de
Marina es la viva imagen de alguna
que yo conozco.
-
¿En
qué sentido? ¿En el de dar achares a la persona querida y salir escarmentada?
-
¡Oh,
no! Eso es secundario y bastante pasado de moda. Yo aludo a la clave de la
manera de ser de la protagonista: la que queda desvelada en dos momentos
consecutivos del acto primero.
Y, con voz muy
queda y perfecta entonación, recitó:
…Qué
mal dice el que asegura
que la ausencia hace
olvidar.
Del amor la llama crece
con más fuerza cada día
y gozarlo más ansía
cuanto más tarde en
llegar.
Me atreví a
apostillar:
-
Algo
de eso hay, como también de lo contrario. Como dice mi amigo Gerardo, y con
buenas razones, amor cumplido, amor
perdido.
Pareció algo
molesta con la interrupción, que apenas escuchó, y prosiguió:
-
Pero
más profundo y certero aún es lo que canta acto seguido:
Pensar en él, esa es mi
vida;
mi solo bien, pensar en
él.
Amarle fiel, si soy
querida,
y aun sin su amor,
amarle fiel.
Esta vez, pasó del
recitativo sotto voce a un canto tan
apasionado, que resonó en el recinto vacío con una pasión trágica. La pareja de
camareros y un grupo de turistas en una mesa del fondo esbozaron un aplauso.
Con un poco de vergüenza ajena, me enfadé sin motivo:
-
Así
que doña Cecilia es de las señoritas de piñón fijo, que malgastan su amor y su
juventud, sin importarles ni poco ni mucho ser correspondidas. No, si ya me lo
estaba imaginando yo… Y, mientras tanto, a lo mejor algún chico te adora –como diría Marina- y tú lo martirizas o desprecias.
¿No sabes, violera tropezona, que el amor es cosa de dos?
Quedamos
mirándonos de hito en hito, tras mi vibrante declamación. Luego, al unísono,
rompimos a reír. Solo entonces me pude percatar de que aquella cara ancha y
pecosa, enmarcada por una media melena pajiza, grata pero vulgar, podía
iluminarse con una inusual viveza. Recobramos la compostura.
-
Señor
policía -retrucó con donaire-, sus caminos llevan a la consumación del afecto a
corto plazo, pero precisamente el paso lento e ilimitado del tiempo es la
medida del verdadero amor. No importan los años, ni la edad, ni siquiera la
muerte. Ahí está el verdadero fallo de Marina:
dice querer sin límites, pero se empeña en acelerar su certeza, en provocar al
instante la respuesta de su amado. Por eso, está a punto de destruir su unión
y, precisamente por esto, merecería no alcanzar la felicidad al final de la
obra.
-
Permíteme
una última pregunta, antes de que te lleve a casa.
-
Interroga,
interroga, según los usos de tu profesión.
-
Si
la persona a la que amas pasara a mejor vida, ¿qué harías tú? ¿Hasta cuando le
guardarías duelo?
-
Por
siempre. Y ojalá tuviese fuerzas y ocasión para seguirlo en su destino.
¡Caramba con
Cecilia! O era el colmo de la exageración, o estaba como una cabra. Pensé para
mí: ¡Pobre de quien la ame o de quien por
ella sea amado! ¿A quién saldrá esta muchacha?
Era demasiado para
las dos y pico de la mañana y teniendo que madrugar. Así que cogimos un taxi y
la llevé hasta su pensión, en la calle –digamos- del Pez. Por toda despedida,
me deseó suerte y se alejó con la mano derecha en alto, en ademán de adiós.
Pasados unos momentos, el conductor preguntó:
-
¿Ahora,
a dónde?
-
A
la calle del sentido común, bromeé, antes de darle mi dirección.
3. Un rasgo de camaradería
Para la segunda
parte de esta historia, hube de contar con la inestimable –e involuntaria-
colaboración de mi amigo Richar, gracias a su presencia en una de esas
tiendas de lona en que departían y descansaban los caballeros aspirantes a
oficiales de complemento, en las inmediaciones de La Granja. Pondré el relato
en su boca, pues lo recuerdo con nitidez y no quiero añadir ni quitar nada del
mismo.
“Entre mis compañeros de tienda, estaba un
muchacho de La Bañeza, que estudiaba en Madrid tercero de Industriales. En una
de las merendolas que compartíamos entre robles y botellas de sangría (que
disfrazábamos de cocacolas), la cosa vino rodada y, con total
sinceridad, lamenté lo mal que se me daban ultimamente las chavalas, en cuanto
me proponía ir en serio con alguna. Confidencia por confidencia, el tal Marcos
suspiró y dijo que él estaba preocupado, precisamente por todo lo contrario.
Ante el abucheo general, se amostazó y dijo: No, si no lo digo como
presunción, sino para mi desgracia. Entonces nos contó que, en primero de
Carrera, había coincidido en las piscinas de su pueblo con una chica de León,
algo más joven que él. Habían salido todo el verano –primero, en grupo; luego,
como novietes- y la moza quedó tan
coladita, que lo bombardeaba con cartas y llamadas telefónicas. Él, aunque
había perdido interés por la relación, no dio mucha importancia a la cosa y no
le habló claramente, porque le daba un poco de lástima. El caso es que
la tal se creció y, tan pronto acabó el bachiller, se vino para la Capital, con
el pretexto de estudiar música, si bien, en el fondo, Marcos aseguraba que era
por estar con él. Para entonces, se había dejado bigote y crecer el pelo, por
no hablar de que había ligado con una estudiante de Químicas que estaba como
un tren. Vamos, que había cambiado radicalmente.
“El reencuentro
con la leonesa fue todo lo tirante que os podéis imaginar. Marcos divagó,
contemporizó y, finalmente, no pudo menos de revelarle sus relaciones con la
química y su propósito de llevarlas adelante. ¿Se vino abajo la chica, por
desilusión o por despecho? ¡Nada de eso! Como la gota de agua que con su
constancia amenaza horadar el cráneo del sometido a suplicio, prosiguieron sus
llamadas, sus cartas y hasta una discreta ronda y vigilancia por los lugares
que frecuentaba su amado. Chicos, es tremenda –lamentaba Marcos-. No
hay forma de desalentarla. Y lo peor es que mi novia ha acabado por enterarse, cree
que soy un fresco y amenaza con dejarme. No sé cómo actuar, pues esa pesada
ha llegado a decirme que no le importa que yo la quiera o no; que algún día
seremos el uno para el otro, y que ella sabrá esperar.
“Lo que sigue solo
puede entenderse por quienes hayan formado parte del colectivo irresponsable y
bromista de un campamento juvenil, militar o no. Nos informamos por Marcos del
nombre y dirección de su irreductible enamorada. Acto seguido, de acuerdo con nuestro
compañero y tras varias reuniones, cada vez más subidas de tono, acordamos
mecanografiar una carta, en papel con membrete del campamento, y enviarla a la
leonesa. Su tenor era aproximadamente el siguiente:
“Lamento poner
en su conocimiento que el caballero aspirante de primer año, perteneciente a la
octava compañía, tercer batallón, don Marcos N. N., falleció el pasado día 13
de agosto, mientras practicaba lanzamiento de bombas de mano, al estallarle
accidentalmente una de ellas. Dadas las condiciones en que se encontraba el
cadáver, el entierro se realizó inmediatamente, dentro del cementerio de este acuartelamiento.
“Lo que le
comunico, al tener constancia por los camaradas del finado, de que este le
profesaba un gran cariño y la consideraba su verdadero amor. De hecho, sus
últimas palabras fueron para usted, lamentando tener que abandonarla para
siempre.
“Dios guarde a
usted muchos años.
“Campamento de Robledo, a 20 de agosto de 19 64.
“El Comandante del Batallón...”
Hasta aquí, lo que
supe por Richar, en medio de las chanzas y carcajadas del grupo,
mientras tomábamos el aperitivo en Chicote, entre el final del
campamento y el comienzo del curso académico. Lo que voy a contarles a partir
de ahora es todo por ciencia propia, si bien, por razones cronológicas, lo
expondré en dos partes separadas.
***
La primera tuvo
lugar poco antes de las Navidades de aquel año, cuando policías tutores y
alumnos, nos reunimos a comer para celebrar el final de las prácticas. Me
habían destinado a Melilla y resultó que un inspector de la comisaría del
distrito de Centro había permanecido varios años en aquella plaza
norteafricana. Terminamos el almuerzo y, ya en pequeño grupo, entramos a tomar
café y copa en la espléndida cafetería del Casino. Allí, de un caso curioso a
otro, vinimos a dar en uno, bien reciente, que resumió así el inspector
aludido.
-
Los
veteranos convendréis en que el mejor consejo que podemos dar a los compañeros
novatos es el de que no lleven su perfeccionismo ni su curiosidad, más allá de
lo que reclamen nuestros superiores y los jueces de instrucción. De otra forma,
el caso más sencillo devendrá complejo y ocuparéis con él el tiempo que se
necesite para todos los demás asuntos. Por ejemplo, nada más fácil, por lo
general, que los suicidios; y, sin embargo, casi siempre queda algún cabo
suelto. ¿Te acuerdas, Elías, del de la cuerda del violín?
-
Claro
que me acuerdo. Fue a finales de agosto: menudo hedor que despedía el cadáver
de la chica, y eso que solo tenía tres días. ¿Qué rayos ponía al final de la
nota que dejó como despedida?
-
Del aura en el giro mandarle un suspiro/y
si él no lo acoge, al cielo se va. Dijo el comisario Leyva que era de Marina.
De la
forma más inocente que pude, me limité a preguntar:
-
¿Y
en dónde fue eso? No recuerdo haber sentido nada...
-
En
una pensión de la calle del Pez. La chica era una estudiante de música que
estaba allí como huésped.
4. Solo se muere dos veces
Pasaron los años.
Cuando la muerte de Franco[5], me encontraba yo recién
destinado –ya de inspector- en la Jefatura Superior de Policía de V. Hojeando
un día el Diario, me encontré en la
sección agenda local, con el
siguiente anuncio:
A las siete de la tarde, en el salón de
actos de la Cámara de Comercio e Industria, pronunciará una conferencia sobre
el tema Presente y futuro de los pequeños talleres locales de fundición el Delegado provincial del Ministerio de
Industria, don Marcos N.N. La entrada será libre, hasta completar el aforo.
Dada la
coincidencia de nombre, apellidos y dedicación profesional, no me cupo duda de
que se trataba del sufrido Marcos de marras, ya repuesto del fallecimiento de
pega al que lo habían sometido sus compañeros campamentales con la mejor
intención. En cualquier caso, ni me preocupé de confirmar tal convicción, ni
tuve interés u oportunidad de conocerlo. Tal vez me habría comportado de manera
menos displicente, si hubiese sabido lo que iba a acontecerle, no mucho
después.
En efecto, unos meses más tarde, cuando
florecía la primavera, entre la frondosa y enredada vegetación de la otra
orilla del río, apareció el cadáver de un hombre, desnudo de cintura para
abajo, con un disparo en la nuca. La cosa tenía su intríngulis, según me contó
el jefe de la Brigada Judicial:
-
Ya
sabes que es un lugar poco recomendable a partir de cierta hora, con parejas, voyeurs de todas las edades, maricas y
demás. El difunto era de estos últimos. Solía vérsele con jovencitos de medio
pelo, puede que hasta con menores, pero, claro, como tenía dinero e influencias…
-
¿Era,
pues, una persona conocida?
-
Toma,
y tan conocida: el ingeniero jefe de la Delegación de Industria.
Debí de abrir unos
ojos como platos, pues mi colega inquirió:
-
¿Lo
conocías?
-
De
verlo en algún acto oficial –mentí-.
-
Bueno,
a lo que estamos. Yendo con quienes iba y a donde iba, no es extraño que un día
le dieran un tantarantán para robarle, o por razones sentimentales. Lo que me extraña es que se lo hayan cargado con un
arma de fuego. No es objeto corriente, ni mucho menos, en esos ambientes. Si
hubiera sido una piedra, o una navaja…
-
O
sea, que no las tienes todas contigo, en cuanto al móvil del suceso.
-
En
efecto. A ver si el informe de balística nos ayuda en algo.
Como yo entonces
trabajaba en la Brigada Social, fiaba más de otros métodos menos científicos. Pedí
las fichas de hospedaje de los últimos días y me dediqué a repasarlas a solas,
en mi casa. Encontré la correspondiente a un tal Daniel Lagar Menéndez, de 36
años de edad, natural de León y avecindado en Vigo. Podría ser…
Las necrológicas
de ABC correspondientes a finales de
agosto de 1964 me trajeron la confirmación de que Menéndez era también el
segundo apellido de Cecilia, la dulce inconsciente que se ahorcó con una cuerda
de su viola. Algunas preguntas al desgaire, aquí y allá, me confirmaron que el
tal Marcos era una vocación tardía a la homosexualidad: Había dejado viuda y
dos hijos. No era el primero, ni sería el último.
***
Mis colegas de la
Judicial no sacaron nada en limpio y el caso del Delegado de Industria se
sobreseyó y fue olvidándose en la vorágine histórica, que llamamos ahora la
Transición[6]. A mí, la verdad sea
dicha, no me importó. ¿Será que soy un mal policía? Les dejo a ustedes la
respuesta.
[1] Antiguo y conocido lema
latino, cuya obvia traducción es siempre
fiel.
[2] Drama lírico, con libreto
de Francisco Camprodón (ampliado por Miguel Ramos Carrión) y partitura de
Emilio Arrieta, que fue estrenado como zarzuela en 1855 y como ópera en 1871.
Probablemente sea la ópera española más conocida. Para la mejor comprensión de
este cuento, sería conveniente repasar su argumento.
[3] Campamento de las Milicias Universitarias
próximo a La Granja de San Ildefonso (Segovia). En estos campamentos de verano
se formaban los universitarios, como futuros oficiales o suboficiales de complemento del Ejército español. Con
diversos avatares (I.P.S., I.M.E.C., SEFOCUMA), esta forma privilegiada de
servicio militar obligatorio para universitarios duró casi de sesenta años
(1942-2001).
[4] Denominaciones vulgares de los policías
pertenecientes a los dos Cuerpos en que entonces se subdividía la Policía
española. Se unificaron en 1986.
[5] Hecho histórico, acaecido el 20 de noviembre de 1975 .
[6] Periodo de la Historia de
España que, por regla general, se entiende incluido entre la muerte del general
Franco (noviembre de 1975) y la aprobación de la Constitución de 27 de diciembre de 1978 .
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