viernes, 21 de enero de 2011

La esquina rosada

Por Federico Bello Landrove


     El famoso cuento borgiano Hombre de la esquina rosada y su nada despreciable conversión cinematográfica (Hombre de la esquina rosada, de René Múgica, 1962) desencadena esta –espero- divertida historia, sobre un Georgie adolescente, tratando de hacer sus primeras armas de amor. Lo que vino después, según mi relato,  tiene muchos visos de verosimilitud.

                                                                                                              

1.  Un encuentro inesperado

     Era junio de 1964. Acababa de superar los exámenes de acceso a la Universidad (llamados entonces el Preu) y me disponía a programar las vacaciones de verano, cuando recibí una llamada de mi amigo Pepe, desde Madrid:

-          Oye, que Félix M. necesita ayuda para cubrir el Festival de San Sebastián, y como tú sueles pasar parte del verano en un pueblo próximo…
-          Pero, Pepe, que yo no sé de cine más que lo poco que aprendo en los cine-fórum y con vuestra revista.
-          No te preocupes. No se trata de enviar crónicas de relumbrón, que para eso ya van los expertos. Sería ayudar con la logística y hacer alguna entrevista. No olvides que hay entradas gratis y vienen Deborah Kerr y Audrey Hepburn.
-          Ya, ¿y dinero para invitarlas a comer?
-          De eso nada, amigo. Una ayudilla para gastos y suscripción gratuita a Film Ideal por un año.
-          De acuerdo. Hablaré con mis tíos, a ver si me acogen un par de semanas antes de lo previsto.

***

      Me pasé los días del XII Festival, del María Cristina, al hotel San Martín (sede de los idealistas), y del hotel, a la estación de RENFE. Como experiencia, fue lo más parecido al suplicio de Tántalo: ¡la gloria al alcance de la mano, pero sin poder tocarla! Estuve a dos pasos de la Kerr los instantes precisos para que un guardaespaldas interpusiera sus fornidos hombros entre ella y yo (fue la frustración de mi vida, hasta que logré resarcirme en Oviedo, veinte años después, cruzando tres frases y una sonrisa con la gran señora). Pero, a punto de concluir el evento, Félix me dijo:

-          Fede, vete en un vuelo al Hotel de Londres y haz una entrevista al director argentino René Múgica, pues se rumorea que van a dar algún premio a su película.
-          Caramba, Félix, ¿y qué rayos le pregunto?
-          Cualquier cosa. Ya sabes que su película va de cárceles de mujeres y que, hace un par de años, hizo una buena versión cinematográfica de un cuento de matones de Borges.
Tuve la suerte de que el señor Múgica estuviera en el hotel, tomando el vermú en la cristalera. La tarjeta de Film Ideal hizo el milagro de que me atendiera ipso facto, cosa que quedó inmediatamente explicada:

-          Así que de Film Ideal, che. Es todo un honor. Hace tres años dedicasteis un número al cine argentino y a sus problemas después del peronismo y su censura. No es muy frecuente que los gallegos nos toméis en consideración. Pero, ¡si sos un pibe! Supongo que no serás el director de la revista.
-          Claro que no. Soy un estudiante cinéfilo que está ayudando a cubrir el Festival.
-          ¿Ya comiste? ¿No? Pues acompáñame, que la brisa de La Concha me ha abierto el apetito. Mientras almorzamos, me puedes preguntar lo que quieras.

     Entre el vinito de la comida y no haber tomado notas, la verdad es que la transcripción de la entrevista resultó un poco chunga, pero no por culpa de René, que era todo un tipo. Alto, de mirada penetrante, nariz aguileña, boca fina con un bigotito a juego. No abundaba el cabello, pero aún era suficiente como para un correcto peinado hacia atrás. En fin, su voz tenía la precisa modulación de quien había sido actor durante muchos años, antes de pasarse a la parte técnica y la dirección. Las reseñas le atribuían una edad de 55 años, inmensa para mis diecisiete de entonces, pero ¡quién los pillara ahora!

     Múgica habló y habló, sin apenas interrupciones o preguntas de mi parte: yo me dejaba acunar por su labia y por su acento. Ya casi a los postres, me acordé de las sugerencias de Félix y pregunté:

-          ¿Qué tal resultó Hombre de la esquina rosada? ¿Le gustó al gran Borges?
-          Macanuda, che. Fue un taquillazo, le dieron varios premios y al escritor le gustó muchísimo, aunque ya sabes –me guiñó, irónico- que el pobre casi no ve. ¡Como que dijo que le había parecido un film en la línea de los westerns!
-          Me alegro. A ver si la estrenan por aquí, aunque no creo…
-          Y lo curioso es que me permití ciertas licencias –prosiguió, sin atender a mi interrupción-, que bien creí iban a molestarle. Sobre todo, lo del Oriental.
-          ¿El Oriental? ¿Un chino, o qué?
-          Dejá, pibe. Por ahora no puedo contarte más. Pero, cuando Borges y yo estemos criando malvas, te haré llegar un relato que lo aclarará todo.
-          ¿Tan largo me lo fías?
-          Soy un hombre de palabra. Y tú tienes edad como para esperar el tiempo que haga falta. Vale la pena que no te mueras antes, porque la cosa es muy interesante.

***

     No volví a comunicarme con Múgica hasta 1989. Para entonces, Borges ya criaba flores, pero él seguía en este mundo. Tanto es así, que el Gobierno argentino había cesado a René como Presidente de la Academia de Cine, a los tres meses de ser nombrado. Le escribí una carta de solidaridad y, en un post scriptum, le recordé su consabida promesa. Me contestó a vuelta de correo y en forma manuscrita. Aún conservo su brevísima misiva:

     ¿Qué tal pibe? ¿Digeriste ya la copa de helado especial de la casa? ¡Qué tiempos y qué ciudad, San Sebastián! Veo que te has situado y que gozas de buena memoria. Yo también: ya te está esperando (quiera Dios que muchos años) el relato que te prometí. ¡Duro y a por la vida! Ah, y gracias por el “pésame”. Ya sabes que a uno lo definen los enemigos, tanto y mejor que los amigos. Abrazos, René.

     René falleció en el año 1998,  con 88 de edad. A los dos meses del óbito, me llegó un sobre tamaño folio, con membrete de una notaría bonaerense. Lo abrí emocionado. Contenía una nota manuscrita (Perdona que me haya retrasado tanto y hasta más ver) y cinco folios, mecanografiados con bastante pulcritud. Traslado a continuación su contenido, con la única licencia de corregir algunas erratas y suavizar los argentinismos más chocantes para mis atentos lectores del País de las Hespérides.


2.  Un futuro escritor en apuros

     Hombre de la esquina rosada fue mi segunda película como director. La primera había ido muy bien y hasta la habían seleccionado en Cannes, pero meterme con un cuento de Borges me daba pánico. El tío te dejaba actuar, no quería saber nada de lo que el cine hacía con sus obras, hasta que las veía (o se las contaban). Entonces solía entrar a degüello. Yo le di muchas vueltas al guión y –como han señalado los críticos- me permití dos licencias y una precisión. Una de aquellas, sin duda muy personal, fue presentar el suceso y la aparente cobardía de Rosendo como fruto de una traición entre compañeros de celda de la cárcel. La precisión fue un poco oportunista: ambientar temporalmente el film en las celebraciones del Centenario de la Independencia. Pero la segunda gran idea original (dar identidad y motivos al matador del Corralero) fue puro fruto de la casualidad. Bueno, de la casualidad y del trabajo bien hecho, modestia aparte.

     El ambiente de reñidero y de malevos en las orillas de Buenos Aires a principios de siglo no me era muy conocido. Por otra parte, el lunfardo del cuento me parecía de indispensable trasposición al guión. Así que pedí al guionista, Joaquín Gómez Bas, que me buscara una especie de “asesor de malevaje”, algún compadrito que todavía quedara de aquella época. Al cabo de una semana, me apareció con un tipo bajo y huesudo, tieso aún como un palo, con la cara de pura arruga y los ojos negros como el carbón. Un par de cicatrices y un dedo de menos completaban las señas físicas del vejete, cuya indumentaria parecía sacada del atrezo de una película de tangos. Con todo, el sujeto me cayó bien: hablaba bajito y sentencioso y sus ojos vivarachos transmitían seriedad.

-          René, te presento a Carlos Rancaño. Le he contado lo que queremos y, por un precio módico, está dispuesto a echarnos una mano.
-          ¿Y está usted capacitado para lo que se pretende?
-          ¡Hombre, René –terció Joaquín, ante el silencio del viejo-. Estás hablando con el Oriental!

     Tú me preguntaste en San Sebastián si es que era chino, y yo me reí para mis adentros. No, hombre, era uruguayo, de Punta del Este y, por una u otra cosa, le apodaron así. El caso es que Joaquín dio la estocada, cuando concluyó:

-          El Oriental fue proxeneta y hombre de orden, durante muchos años, del burdel La esquina rosada, que estuvo en la calle Miranda, esquina a Luján.

     Oír yo el nombre del prostíbulo y dar un salto en el sillón fue todo uno. Pero esa era sólo la primera sorpresa que me iba a llevar con el Oriental en las tres semanas que duró su asesoramiento. No te voy a venir con vainas e iré al grano. Pero sí te diré que Rancaño marchó como vino, sin avisar y recién haber cobrado su platita por un mes de laburo. No volví a saber de él.

***

     De las muchas historias que me contó el Oriental, así que me fue cogiendo confianza, te narraré sólo la que hace al caso de mi promesa. Si es o no cierta, o si la alteró el alcohol, es cosa que nunca se sabrá. Desde luego, la relató con tal lujo de detalles, que bien podría decirse aquello de se non è vero, è ben trovato.

     Corría el año de 1914, “el de la Gran Guerra europea”. Una tarde de otoño (primavera, para vosotros), se presentó en La esquina rosada una pareja de chicos, bien trajeados y poco corridos. El mayor –como de unos dieciocho años- era ya algo conocido del lugar y trataba al otro de primo. Este, un adolescente moreno y larguirucho, era evidente que se estrenaba en el lance. Rancaño estuvo a punto de ponerle nuevamente en la calle, dada su edad, pero la madame, llamada la Lujanera (seguramente, por la calle en que vivía), se mostró condescendiente con el pibe, pues “a fin de cuentas, todos tenemos que estrenarnos”. El chaval de más edad quedó en el salón tomando una copa, en tanto la gobernanta encaminaba al quinceañero a una de las habitaciones del primer piso, donde bisbiseó unas palabras al oído de la rabiza y lo dejó a solas con ella.

     Cosa de diez minutos más tarde, sonó un grito agudísimo y, momentos después, demudado y a medio vestir, bajó desalado la escalera interior el muchachito, todavía gritando como un poseso. Su acompañante sólo acertó a decir “¿qué te sucede, Jorge?”, cuando este pasó como una exhalación a su lado camino de la salida. El presunto primo lo siguió, con la lógica precipitación y sin que nadie se moviera ni dijera una palabra, paralizados por el susto. El Oriental me comentaba:

-          Yo había salido por tabaco. Si no, a buenas horas se largan sin pagar.

     Las cosas se aclararon cuando la moza del partido, llamada Chelo, se repuso y contó lo sucedido dentro de la habitación. Resultó que el muchachito estaba bastante frío y parecía ponerle a tono el tacto de los pechos de la mujer. En fin, que de uno a otro, del sujetador a la carne en vivo, y pasó lo que nunca había consentido Chelito que pasara, antes de ese día, ni con hombres curtidos.

-          Pero, hija, ¡a quién se le ocurre! –le apostrofó la Lujanera. ¡Dejarte tocar el pecho después de la operación! No me extraña el espanto del chico. ¡Menudo chasco al ver que sólo tenías uno!

     Tras un momento de vacilación, todos se echaron a reír, incluso la mutilada. Pero lo cortés no quitaba lo valiente:

-          Bueno, olvidemos el asunto. Pero como vuelvas a dejarte ver enterita al natural ya puedes ir buscando otra casa. ¡Ah!, y te descontaré la consumición del acompañante, gruñó la jefa.
-          Y como vuelva a ver a uno de esos pibes por aquí, se van a enterar de quién es el Oriental, concluyó el cuchillero. ¡Mira que írseme sin pagar, aunque sólo catara!

***

     Al mes de este sucedido, estando el Oriental fuera del prostíbulo, volvieron a presentarse en él los dos mocitos, ante la estupefacción de las trabajadoras del sexo. El mayor, que llevaba la voz cantante, se disculpó en nombre “de su primo Yoryi”, o séase, Georgie, por lo acaecido la vez anterior. Al parecer, los pibes llevaban prisa, pues la familia del más joven iba a partir rumbo a Europa, llevándolo consigo. Y nada más urgente, antes de embarcarse para el Viejo Mundo, que probar las excelencias del Nuevo.

     La Lujanera, no sin antes cobrar lo pasado y lo futuro, perdonó la chiquillada y escogió para el servicio a una mocita completa y cariñosona, en tanto el jefe de la expedición iniciática tomaba asiento en el salón con su copita de espera, igual que un mes atrás. En esto que el Oriental entró por la puerta y acertó a ver a su burlador escaleras arriba, muy amartelado con la Morritos. Ciego de ira y sin encomendarse a nadie ni pedir explicación, sacó el cuchillo de la manga, salvó en dos saltos los peldaños ya subidos por la parejita, cogió al Yoryi por el pescuezo y, si no lo remedian los gritos de la concurrencia y los brazos de la Morritos, lo degüella como al cordero pascual.

     Aclaradas las cosas, el Oriental –según me contó- se disculpó con el pibito, que estaba al borde del desmayo, blanco como la nieve y balbuciendo constantemente “madre mía, madre mía”. Su pantalón presentaba una humedad que escurría perneras abajo y desprendía un aroma poco grato. En fin, colgado de los brazos de su primo, el bueno de Georgie tomó presumiblemente el camino de su casa, para nunca más volver. En efecto, si se trataba de quien tú y yo suponemos, no regresó a la Argentina hasta 1921, siendo así que La esquina rosada cerró sus puertas por derribo “el año que entraron en la guerra los Estados Unidos”.

     En fin, amigo Bello, yo creo que esta historia aclara algunas cosas, como por ejemplo, la obsesión de Borges por el cuento que yo convertí en película. Piensa que Hombre de la esquina rosada era la cuarta versión (!) de la misma historia. Y también explica la fijación del escritor por el cáncer en el pecho, que es la número trece (vaya numerito) de las visiones que captó de El Áleph. Bien sé que la trapacera de Estela Canto ofrece otros motivos de las peculiares limitaciones de don Jorge con las mujeres, en su recientísimo libro Borges a contraluz. Pero, a fin de cuentas, no son incompatibles con lo sucedido según el Oriental. Y, desde luego, puesto a escoger, yo me quedo con la sinceridad del malevo y el pintoresquismo de su relato. ¿O no es verdad?

***

     Yo no me atrevo a contestar ni sí ni no a esa pregunta con que René me sigue punzando desde el otro mundo. Ni siquiera puedo asegurar que el Jorge de los esfínteres flojos fuera el gran Borges. Sólo afirmo que, de haberse frustrado nuestra iniciación sentimental, a ninguno de nosotros nos habría gustado que fuera por culpa de Carlos Rancaño, el Oriental.

Una trompeta en Herat

Por Federico Bello Landrove
     También ahora mismo se está haciendo la Historia, por ejemplo, en el Afganistán de nuestros pecados. Un soldadito español, nacido en Senegal, pasea su música y sus vivencias por aquella tierra atormentada; tanto, como la biografía de nuestro protagonista y sus antepasados. Si les gusta –como a mí- la música de trompeta, tendrán mucho ganado para que les interese el relato.

                                                                                   
1. La magia del atardecer
     Caía la tarde sobre la ciudad de Herat. En la base de apoyo avanzada, que ocupa el terreno que otrora sirvió de aeropuerto comercial y turístico, un día más concluía sin novedad. El hospital anejo se preparaba para acoger el relativo reposo nocturno, tan deseado por los sanitarios como temido por los enfermos y heridos que ocupaban su única sala. El sol parecía deshacerse entre las nubes de polvo que levantaba la fuerte brisa del atardecer y las sombras cada vez más dominantes de las colinas cercanas. El pelotón que formaba junto a la enseña rojigualda y los centinelas aguardaban el momento mágico del día. Incluso algunas cabezas se insinuaban, curiosas, en las ventanas del hogar  y a la puerta del dispensario.
     El milagro se produjo, con puntualidad astronómica. El sol hirió las rocas cumbreras con sus últimos rayos, que aquellas reflejaron como espejos, y todo pareció volverse del color del oro viejo, a un tiempo deslumbrante y acogedor. Y la trompeta sonó.
     Fueron escasos momentos, los suficientes para desgranar las notas del himno y del toque de oración: solemnes, vibrantes, fúlgidas. Tras el instrumento, la mano firme y los labios armónicos del corneta del destacamento, aún más negro que las sombras que se iban adueñando de la plaza de armas. Se hizo el silencio y el sargento que mandaba la unidad de honores apenas se atrevió a susurrar las voces de mando. Instantes después, la bandera arriada reposaba en manos del oficial de guardia y los primeros efluvios de asado surgieron de la cantina. El capitán médico Restán comentó con un enfermero:
-          Este Assane es clavadito a Montgomery Clift, sólo que en moreno.
     Ajeno al elogioso comentario del cinéfilo, el cabo Assane Diop se recluyó como de costumbre en su compañía y, tras extender sobre la litera varillas, trapos y cepillos, limpió y secó cuidadosamente las entrañas de su instrumento. Boquilla, llave de desagüe, bomba y pistones quedaron desprendidos, sometidos a cuidadoso aseo y engrasado. Luego, pieza a pieza, el instrumento (una preciosa trompeta de latón con baño de plata) se fue recomponiendo bajo las manos ágiles y minuciosas de Assane. Finalmente, pasó a reposar en el estuche de piel, en lo más recóndito de la taquilla junto a la cama, que cerró con la llave que pendía de  su cuello. Haciendo gala de una costumbre inveterada, se echó al bolsillo la boquilla del instrumento, por si había lugar al ensayo o al alarde con los amigos. Después de todo, tres generaciones de Diop habían posado en ella sus labios e insuflado aliento y vida. Era como de la familia.
     Su amiga Clarisse, la cubanita de las curvas generosas –al decir del teniente Romero-, le había preguntado más de una vez:
-          Assane, dulzura, ¿no estropearás la trompeta de tanto mimarla?
     Pero bien sabía él lo que se hacía. Cada vuelta del tubo, cada pistón, cada arco de la campana, tenían su equivalente en el recuerdo y los sueños de Assane. Y así, todos los días, sin salir de la base, recorría los caminos de Nayé, arañaba el subsuelo aurífero junto al río Falémé, se bañaba en las playas de Dakar o de San Luis, despedía -tragándose las lágrimas- a su amada Selly, memorizaba y copiaba los cuentos de su famoso homónimo Birago Diop, enjugaba el sudor y la sangre de su padre cuando los ataques de tos desgarraban sus pulmones de minero y, sobre todo, sentía los abrazos de su abuelo Amadou, entregándole los tesoros de su corazón antes de mandarlo rumbo al cayuco de la miseria y el olvido. ¡Cómo no iba él a mimar su otro yo todas las tardes, cuando el sol se ponía en su alma y se le hacía un nudo en la garganta! Luego, con la mano izquierda en el bolsillo del pantalón acariciando la boquilla, se encaminaba al hogar, a pasar con los compañeros el mejor momento del día, aquel en que la noche aún era luminosa y los obuses de los talibanes no zumbaban desde las colinas, forzando la retirada a los barracones y la oscuridad total.
     Entonces, si no tenía sueño ni muchas ganas de llorar, embocaba una sordina a su trompeta y se retiraba a los garajes, junto a los blindados, a ensayar o improvisar. Los de la guardia ya lo sabían y le dejaban hacer. Respetuosamente, comentaban:
-          Este Assane debe ver en la oscuridad, como los gatos. ¡Si hasta parece que toca mejor por la noche!
     Y era verdad porque, aunque musulmán, tenía también una vena animista, como buen bedik, y a esas horas tenía que tocar mejor que nunca, pues no lo hacía para los vivos, sino para los difuntos o, al menos, para los espíritus de los ausentes.


2. El abuelo Amadou
     Senegal, para Assane, era su abuelo Amadou. Nacido en la región de Bondou, no lejos de Fatteconda, era todo un talento natural, con un oído privilegiado. A los dieciocho años, se había enrolado en las fuerzas indígenas, marchando a Dakar, tras cambiar su apellido en la hoja de alistamiento, para parecer de una etnia más occidental. Al capitán Deschamps le cayó en gracia:
-          ¡Hombre, Diop, como el escritor!
-          Claro, mi capitán, somos parientes.
     La falsa genealogía le costó a Amadou leerse los cuentos de su pariente Birago, pues su francés no le daba para enfrascarse en la poesía. Luego, las cosas mejoraron y hasta acabó por recitar de una tirada muchos poemas de Senghor; pero eso fue  más tarde. Por aquel entonces, en los años del Frente Popular, el buen oído hizo su fortuna. Le seleccionaron para la banda de cornetas y tambores del regimiento y tanto se aplicó, que acabó de cornetín de órdenes. Ahí es nada, cientos de blancos y negros obedeciendo las agudas notas que brotaban de sus labios. Ascendió a cabo y ahorró lo bastante para comprar la espléndida trompeta que luego rodaría por medio mundo. El capitán director de la banda de música militar de Dakar se echó a reír:
-          Cielos, cabo, ¿adónde va con una trompeta de concierto para que la tropa marque el paso?
-          Verá, señor, había pensado que, ya que tengo trompeta, podría emplearme en su banda de música, en mis ratos libres.
     Y así sucedió. Aunque no fue precisamente la trompeta lo que tuvo que esgrimir cuando, en septiembre de 1940, se presentó ante el puerto la flota anglofrancesa del general De Gaulle, reclamando la unión de Senegal a la Francia Libre. Amadou combatió con valor, indignado por la mortandad y destrozos indiscriminados causados por los cañones de los navíos de guerra británicos. Tras dos días de duros combates, los invasores hubieron de retirarse con el rabo entre las piernas, como dijo el general Boisson, comandante de la plaza de Dakar. Precisamente, el propio general condecoró a Amadou, quien fue ascendido por méritos de guerra. “Un sargento ya es alguien”, debió de pensar el abuelo. El hecho es que, tras una nueva etapa de ahorro, se casó con la abuela Penda, entonces una linda muchacha, cuya dote hizo las delicias de su esposo, en orden a establecerse en una casita próxima al cuartel.
     Pero la felicidad es fruto que pronto se pasa. Con la victoria aliada, los franceses libres decidieron depurar a los militares fieles a Vichy. Posiblemente, Amadou era poca cosa para fijarse en él, pero también tenía su orgullo. Si sancionaban o expulsaban del ejército a sus oficiales, él también se iba. Así que pidió la baja y decidió que Dakar no era lugar para un campesino bedik. Cogió a su esposa y al pequeño Mbacke, con todas las pertenencias que les eran necesarias o no había podido vender a buen precio, y emprendió el camino de regreso al Bondou. Por supuesto, llevaba consigo la trompeta, para desesperación de su mujer y regocijo del pequeño, que hacía ya todo lo posible por arrancarle algunos sonidos.
     No eran buenos tiempos para volver al campo y al ganado. En su ausencia, otros hermanos habían ocupado su puesto y Amadou no era un Don Nadie para suplicar y malvivir. Se ocupó en la minería del cobre; dilapidó salud mientras ahorraba  dinero; sufrió abusos y ganó reputación de serio y valiente. Cuando se retiró, ya como capataz, los vecinos de su aldea le eligieron alcalde y pusieron en sus manos el bastón de mando usual, con el mango de ébano en forma de león echado. Estaba visto que, por mal que fueran las cosas, le eran reconocidas sus dotes de mando.
     El abuelo Amadou tenía dos amores. Uno, naturalmente, era la trompeta. Sus notas, vibrantes o aterciopeladas, eran el mejor trasunto de las emociones y estados de ánimo de su dueño. Y eso que este no se andaba con chiquitas. Compró por correo varias partituras barrocas para el instrumento y se ejercitaba diariamente, tocando al aire cuanto podía. Al retirarse de la mina, con una pierna destrozada y los pulmones para pocos alardes musicales, le ofrecieron el consabido obsequio del reloj Dupont de bolsillo. Amadou replicó:
-          ¿No podría ser un baño de plata para mi trompeta? En Fatteconda lo hacen a muy buen precio.
Y así fue.
El otro amor del abuelo Amadou era su nieto Assane. Cuando Mbacke, su padre, quedó convertido en una piltrafa humana en la extracción subterránea de oro, Amadou tomó al niño a su cuidado. El despreocupado golfillo hubo de cambiar bruscamente de vida:
-          Yo seré en adelante tu padre, tu marabú [1] y tu maestro. Aprenderás el Corán, fortalecerás tu cuerpo con el trabajo en el campo y te enseñaré a tocar la trompeta. Más adelante, ya veremos.
     Con todo, su mejor maestro fue el ejemplo. Forjó su imaginación con los Cuentos de Amadou Kumba y su desconfianza hacia la carne de cañón indígena con Hostias negras [2]. Alcanzó un buen conocimiento del francés y grabó en su mente el resumen de su abuelo, cuando fue capaz de recitarle las seis mil seiscientas sesenta y seis aleyas coránicas:
-          Que esta sea la guía segura para tu corazón. Pero, si alguna vez te asalta la duda, sigue el camino de la igualdad y la tolerancia. Por una vez que Dios Todopoderoso te demande violencia, otras mil será el Diablo quien te tiente con ella.


3. La expatriación
     Al cumplir los dieciséis, Assane –como su abuelo- también tenía dos amores: la trompeta familiar y la dulce Selly, una muchachita de etnia peul, con todas las gracias de su raza. La chica se dejaba cortejar, pero su familia lo cortó de plano:
-          Un bedik, hijo y nieto de mineros, sin tierras ni ganado. ¡De ninguna forma!
     Amadou se tragó el orgullo y respondió a las cuitas de su nieto favorito:
-          En cierto modo, me alegro de lo que te pasa, pues ya va siendo hora de que te pongas a trabajar y ganes para mantener una familia. Sólo entonces podrás pensar en pretender a una mujer en serio; y, si no es esa, otras habrá.
-          Pero, abuelo, yo quiero precisamente a Selly y el Corán dice…
-          Monsergas. Mañana te acompañaré a las minas. Todavía tengo mano allí, aunque yo sólo sea un bedik.
     No había plaza en el interior y lo colocaron de peón para operaciones de carga y transporte. Se ganaba poco dinero pero, por lo menos, veía el sol. Un sol que alumbró sus siguientes dos años, agotadores y míseros, viendo pasar ante sus narices el mineral de cobre, oro y plata que hacía la fortuna de tantos. A veces, de lejos, contemplaba a Selly o trataba de saber de ella. Los tiempos no eran buenos para casi nadie y la familia de la joven no lograba reunir la dote que le garantizaría una unión de postín. Con todo, el minero bedik seguía sin ser bien visto y ni él ni Selly  eran capaces de forzar la situación. Poco a poco, se iban convirtiendo en indiferentes, en desconocidos…
     Si las cosas no iban bien por el lado de Selly, con la trompeta marchaban viento en popa. El chico tenía una técnica excelente y sus pulmones se habían hecho muy poderosos con la edad. A escondidas de todos, ensayó las endiabladas variaciones de Hummel [3] para celebrar los ochenta años del abuelo Amadou. Este se quedó boquiabierto, le llamó aparte y dijo:
-          No tardarán en ofrecerte un puesto de picador que arruinará en poco tiempo tu salud, como sucedió conmigo y con tu padre. ¿No sabes que el mejor trompeta del mundo es un minero que lo dejó a tiempo [4]?
-          ¿Qué quieres decir, abuelo?
-          Que cojas tu trompeta, todos tus ahorros -y los míos, si es preciso- y la primera embarcación que salga para Europa. Este no es lugar para ti. Y ¿quién sabe?, tal vez regreses con dinero para comprar a Selly y tres más como ella.
***
   Seis meses después de este diálogo, Assane se hallaba varado en el Puerto de la Cruz tinerfeño, sin papeles, conviviendo con otros seis compatriotas en un reducido apartamento y ganándose, mal que bien, la vida con la trompeta. El joven no era ambicioso y pensaba que también los transeúntes –por poco atentos y generosos que se mostrasen- tenían derecho a su cuota de buena música. Para molestar lo menos posible, tocaba suavemente o con sordina. A fin de cuentas, la escasa comida no daba para muchos excesos energéticos.
     De la ilusión también se vive y el Diario de Avisos le trajo un día la suya. El tercer premio del certamen Maurice André había sido concedido al joven trompetista grancanario N.N. Como era habitual, la siguiente convocatoria del afamado certamen sería en París, dentro de tres años. ¿Por qué no él? Paris, Ginebra, Múnich, ¡qué más daba! Él no era carne de conjunto, ni de orquestina de bodas. No se había jugado la vida en la patera, no lo había abandonado todo, para malvivir o volver fracasado.
     A la puerta de la cafetería Rialto, frente al Atlántico inhóspito y la playa artificial de postal, atacó el andante del concierto en mi bemol mayor de Hummel. “Nunca antes la trompeta había sonado tan íntima”, decía el abuelo cuando literalmente lo ejecutaba ante su nieto. Pero Assane era de otra pasta y ese día la tenía sentimental. Se formó un pequeño corrillo en torno suyo y las monedas tintineaban. Fueron apenas cinco minutos, pero bastaron. Un sujeto corpulento y curtido de unos cuarenta años, llevando de la correa un paciente collie marrón y blanco, le interpeló, ante el recelo del inmigrante ilegal:
-          ¡Bravo, chico! ¿No te atreverías con el andante del concierto de Haydn?
-          Lo siento, es la hora de mi almuerzo.
-          Yo te lo pago. Vamos adentro y me cuentas… Tranquilo, que no soy policía, sino músico militar.
     La conversación y el almuerzo dieron poco de sí. Assane todavía dudaba entre seguir sentado o salir corriendo, pero el capitán Acebes (así se le presentó) parecía muy interesado en examinar la trompeta y sus accesorios. Finalmente, con el permiso de los camareros, nuestro senegalés se puso en pie y tocó lo requerido. Algunos alemanes hicieron ademán de levantarse, al oír las notas de su himno nacional. Al concluir, una ovación hizo saludar al intérprete. Acebes le dijo:
-          Muchacho, tú no puedes seguir de ilegal y en la calle. Es de justicia. Yo me encargo.
***
    “No es mala gente, abuelo, ni el ejército es como en tu época. Figúrate que todos somos profesionales y formamos en las mismas unidades: españoles y extranjeros; blancos y negros; ¡chicos y chicas! Y no seas malicioso: yo sigo pensando en Selly y en el premio André, pero ahora gano más de mil euros al mes y me he matriculado en el conservatorio. No es fácil encontrar tiempo para todo, mas no se me olvidan los rezos, ni ir los viernes a la mezquita. Estarás orgulloso de tu nieto. Sólo que hace mucho frío aquí en Burgos y la trompeta se resiente”.
     El abuelo Amadou leyó a duras penas las “noticias de España”, pues las cataratas le iban cada vez a más. Sonrió con cierto orgullo, paladeando los progresos de su nieto. Y a buenas horas le iba a revelar que Selly se había casado el pasado verano y ya estaba evidentemente embarazada.
     Pues sí. Nuestro asendereado amigo, tras diversos exámenes y destinos, había ido a recalar en la base de Castrillo del Val, aunque su desempeño era de primer trompeta de la banda de música de las agrupaciones y regimientos con sede en dicha instalación. Sólo de oídas había conocido el trágico accidente aéreo de mayo de 2003, que tan duramente había golpeado a los militares destinados en la base, a su regreso de una misión en Afganistán. Ese fue su primer contacto con dicha guerra y con un país que tuvo que buscar en el mapa. No obstante, cuando pidieron voluntarios, Assane se presentó:
-          ¿Estás loco, Assane?, rugió el capitán-director músico. ¿Qué se te ha perdido a ti allí, con el peligro que hay y siendo musulmán? ¿Y para qué crees que puede servir un trompeta en medio del desierto?
     Pero Assane resistió terne. Después de todo, él era también corneta y cornetín de órdenes: un simple cabo no podía reservarse para tocar en la orquesta. Total, eran seis meses de estancia y se cobraba casi el triple que en España. Ya iba siendo hora de hacerse con un peculio a fin de epatar a la familia de Selly y prepararse a fondo para el premio André. Nada, nada, con la segunda compañía de transmisiones y para Asia central, cuyas estepas cantara Borodin. En fin, no diremos que no hubiese otros alicientes. Uno de ellos se llamaba Clarisse, la cubanita de las curvas generosas que al principio conocimos. La mulata de Camagüey –como jocosamente cantaba el sargento Briones a su paso- tenía una no disimulada inclinación hacia Assane, que a este sin duda complacía, aunque no la alimentara. Como alguna vez se decía a sí mismo, haciendo planes alternativos, de no poder volver a África, sería dulce vivir con Clarisse.


4. Los hermanos musulmanes
     A la semana de llegar a la base de Herat, Assane se entrevistó con uno de los intérpretes afganos, a fin de que le aconsejara una mezquita moderada y no muy concurrida, para sus necesidades religiosas. El traductor no puso buena cara, por alguno de los varios motivos que su interlocutor podía intuir. Finalmente, sugirió:
-          Herat es una ciudad grande y muy religiosa. Todas las mezquitas tienen considerable afluencia de fieles. Yo voy a la Kalgha Sharif. Si lo deseas, puedo acompañarte la primera vez que acudas.
     El hecho es que sus superiores militares tampoco se mostraron muy contentos de su piedad practicante. El teniente Romero le interpeló:
-          Puede ser muy peligroso. Figúrate si te secuestraran. Y no vamos a ponerte una guardia a la puerta.
-          Descuide, teniente, ya tomaré precauciones y, si me lo permite, acudiré vestido a la moda local.
-          De acuerdo, cabo. Por mi, como si te pones un burka color turquesa.
     Si el primer día de asistencia al templo fue una emocionante novedad no exenta de miradas curiosas (Assane era demasiado oscuro para el país), el segundo resultó una sorpresa mayúscula. Al concluir la oración y disponerse a salir, nuestro cabo sintió que una mano se le posaba en el hombro, al tiempo que una voz en perfecto francés reclamaba su atención:
-          Según creo, hermano, estás bien lejos de tu patria. Otro tanto sucede conmigo.
     Assane se volvió, para encontrar un rostro atezado y sonriente, bajo el cabello rubio. Los ojos azules y la clásica indumentaria occidental –corbata incluida- completaron la sorpresa de la interpelación y del idioma.
     Como casi todo en este mundo, aquello tenía su explicación, por complicada que fuese. Resultaba que un gran sheikh, maestro de espiritualidad del Islam contemporáneo, había nacido en Herat y repartido su vida entre su ciudad natal, Mazari Sharif y Kabul, hasta ser encarcelado, torturado y asesinado hacia 1979. Sus epístolas, libros y ejemplos contaban entre lo más elevado y actualizado de la religión musulmana y su escuela, la Madrassa Tawheed, había salvado fronteras y llegado hasta América.
-          Allí en Canadá –comentó el amable asaltante- tenemos el centro organizativo en Toronto pero, ya ves, yo soy de Montréal y aquí me tienes, imbuyéndome de conocimiento de Dios y de mi mismo, hasta que esté en condiciones de abrazar formalmente la fe verdadera.
No tuvo Assane ninguna dificultad en ser invitado a conocer al mullah Ustad, que presidía la sección de la madrassa de su observancia en Herat. Su moderación y apertura agradaron mucho al senegalés, que se llevó la sorpresa de ser afrontado, no con libros extensos o complejas cuestiones, sino con unos cuantos folios impresos que resumían la vía espiritual aconsejada y remitían a ciertas páginas de Internet totalmente asequibles. Con todo, algunas frases dejaron claro que tampoco estos musulmanes tan alejados de los talibanes veían con buenos ojos la intervención extranjera, ni el empleo de la violencia a favor de una determinada facción política:
-          Nuestro padre espiritual, Mawlana Faizani, -explicó el mullah- fue víctima de los señores de la guerra y de la intervención comunista, pero el extremo contrario produce los mismos efectos. Nuestro pueblo es sabio, nuestra civilización antigua y respetable. Nada tienen que hacer los extranjeros en esta tierra, si no es como huéspedes pacíficos.
-          Sin embargo –arguyó Assane-, los talibanes imponen por la violencia su interpretación del Corán y de la sharia y llevan el terror a otras tierras, sin pararse a pensar si son, o no, extranjeras para ellos.
-          Hubo un tiempo –terció Cyrille Monnard, el quebequés- en que los propios afganos estuvieron en condiciones de mantener a raya a los integristas retrógrados, aunque sólo fuera por razones de etnia o regionalismo. La intervención extranjera ha tenido la virtud de poner a todos los musulmanes a favor de los talibanes o, al menos, de dejarles hacer. Fracasaron los rusos, fracasará la OTAN y el silencio y la barbarie se harán en Afganistán…
-          Dejemos a nuestro hermano africano marchar. No creo que haya venido hasta nosotros para discutir de política, por más que la vida de muchos y la religión de todos estén en juego –concluyó serenamente Ustad, poniendo fin a la discusión-.
***
          Los días siguientes, la trompeta de Assane sonó más apagada, sin necesidad de ponerle sordina. De forma recurrente, una pregunta le venía a la boca, aunque sus labios no la transmitieran: ¿Qué rayos hacemos aquí? De manera sutil, hizo partícipes de la inquietud a otros compañeros de su predilección, encontrando la perplejidad, la indiferencia y la confusión por respuestas. No le quedó más remedio que mirar esperanzado el calendario que marcaba su próximo retorno y, si acaso, la nómina mensual que, para su medida de senegalés, era un verdadero tesoro. Y leer. El tal Mawlana parecía un buen maestro y, sobre todo, había predicado con el ejemplo. Incluso pasaba con buena nota la prueba del abuelo Amadou: igualdad, tolerancia y no violencia. ¡A ver si los bediks eran menos ignorantes y atrasados de lo que se decía!
     A un mes de la proyectada fecha de regreso, le llegó un paquete desde Mayé, reexpedido en Burgos. Era corto en contenido, largo en emociones. Un mango de bastón ceremonial en forma de león echado. Unas palabras del abuelo, con letra temblona, apenas legible: “No vuelvas. Ya no quedan leones”. Y una corroboración de lo evidente, a cargo de su hermano Abdoulaye: Abuelo murió el lunes pasado. Ni siquiera había fechado la nota.


5. El toque de silencio
     Cuando el teniente Romero preparaba algo, lo hacía con reserva y a conciencia. El último viernes antes de la partida, una variopinta comitiva se concentraba, a eso de las ocho de la mañana, en el hospitalillo de la base. Estaban todos los convocados y alguno más: el teniente-director músico; Restán, el capitán médico cinéfilo (por una vez, sin bata); el propio Romero; el sargento Briones, gruñendo como casi siempre; la cabo Clarisse, con su uniforme de bonito, y Abderrahmán, el intérprete, musitando reiteradamente en farsi no es una buena idea, no es una buena idea.
     Dos minutos más tarde, apareció el capitán Lojacono, luciendo como un pincel su uniforme de pontoneros. Los demás se quedaron con la boca abierta. Sonriendo misteriosamente, chapurreó en itañol:
-          A un siciliano no se le ocultan las cosas tan fácilmente.
     “Las cosas” se le habían metido en la cabeza a Assane: que no podía irse de Afganistán sin rendir un tributo musical a su difunto abuelo; un homenaje –por supuesto- al nivel que el finado merecía. Vamos, por todo lo alto. Por ejemplo, un toque de silencio con da capo en la Plaza Pashtunistani, ante la gran mezquita Juma, un viernes antes de la oración de mediodía. Lo comentó con el teniente Romero y este le echó una bronca de campeonato. Assane insistió, dando más detalles acerca de los motivos. Romero le tildó de loco e irresponsable y que para qué se había él esforzado tanto en instruir a este demonio de negro, si estaba como una cabra de Senegal. Assane se cuadró y, cual estatua parlante, le recitó de pe a pa quien había sido para él Amadou Diop y las pequeñas grandes cosas que había hecho en la vida. Romero se conmovió y trató de encontrar una salida digna:
-          Así que tu abuelo fue un héroe de la Segunda Guerra Mundial, con el uniforme de nuestros aliados de la OTAN, los franceses.
-          Tampoco exagere, mi teniente. Una medalla y un ascenso, e iba vestido de pantaloncito corto y con fez rojo, como los indígenas.
-          Yo sé lo que me digo, cabo. Retírese y ya le daré noticias. Tengo que consultar con el capitán, por lo menos.
     En fin, Romero se movió y obtuvo las autorizaciones pertinentes, gracias a que sería en los últimos días de la estancia. Luego, se confabuló con los más amigos de Assane y el resultado ya lo conocemos.
     El día antes, después del toque de oración, el teniente dijo enfáticamente al corneta:
-          Cabo Diop, mañana, a las ocho y cuarto, le quiero de uniforme de paseo, guantes blancos inclusive, a la puerta del hogar. ¡Ah, y con la trompeta!
     Y así, cuando Assane y su trompeta se presentaron en el lugar convenido, todavía Lojacono reía a carcajadas por el chasco de los españoles. Luego, se puso repentinamente serio y, en correcto italiano, espaciando las sílabas, concluyó:
-   Ese maldito senegalés ha hecho por mi curación más que todos los doctores del hospital. Hasta tuvo el detalle de tocar silencio a la italiana, que es la forma más bella de hacerlo [1] .
     Era ya tiempo. Romero tomó del brazo a Assane y, con todos los demás en zaga, se dirigieron a la gran ambulancia que aguardaba a la puerta del hospital. No se les había ocurrido mejor forma de evitar riesgos que viajar al amparo de la Cruz Roja.
***
     La plaza Pashtunistani lucía su maravillosa gama de verdes y azules en toda su belleza. Árboles, estanque, mosaicos geométricos, servían de marco a las soberbias arcadas de la Mezquita del Viernes, encuadradas por los esbeltos minaretes. El sol era ya deslumbrante, aunque los transeúntes escaseaban. Entre ellos, Cyrille Monnard, el de la rubia cabellera, que se les acercó con su mejor sonrisa y dijo, dirigiéndose a Assane:
-          Te traigo las condolencias del mullah Ustad. Este mediodía ofrecerá en la oración un recuerdo especial por tu abuelo.
     Romero abrió camino hacia uno de los andenes laterales, enlosados en escaque y sombreados por cipreses. Se detuvo a la altura del estanque y, acogiéndose a la mínima umbría, se dirigió al corneta, tosió y, con voz solemne, un sí-es-no-es irónica, le espetó:
-          Y, ahora, cabo Diop, puede usted proceder… ¡Firmes!
Assane, aunque había comprendido en parte el silencio cómplice en la ambulancia, sintió la mayor emoción de su vida al empuñar su trompeta, que también era la de su abuelo. La vista se le volvió borrosa y la saliva fluía en exceso a sus labios, impidiendo iniciar con limpieza el toque. Clarisse se puso a su lado y posó suavemente la mano en su antebrazo izquierdo. Más rudo, el sargento Briones tronó:
-          ¿Va a empezar, corneta, o tengo de darle a chupar una raspa de  bacalao?
     La respuesta fueron las notas, dulces, largas, trágicas del silencio. Tal vez no fuera la mejor ejecución de Assane, pero resultó la más emotiva para sus oyentes.
     Unos niños se acercaron curiosos. Clarisse comprendió que había que romper el hechizo:
-          ¿Quién se viene conmigo al mercadillo de la Puerta Alegre, a comprar algunos recuerdos?
-          ¿Recuerdos, cabo? ¿Todavía quieres recuerdos de Afganistán? Como no sea el turbante de Bin Laden…, masculló Romero.
     Un poco más atrás, Restán chapurraba el inglés con Monnard, insistiendo en su tema favorito:
-          Este Assane, clavadito a Monty Clift en De aquí a la eternidad; sólo que no boxea.
-          Y que espero que no muera en combate, doctor, apostilló suavemente el catecúmeno musulmán.


6. Y fin

      Yo también soy lector y no me gustan mucho los finales abiertos. Así que pongamos una coda a esta partitura para trompeta y orquesta, situándonos en Ámsterdam, tres años después.
     La sala de conciertos del Concertgebouw bullía de expectación. Los profesores titulares iban entrando y ocupando sus puestos ante los atriles. El público tomaba asiento y bajaba la intensidad de sus conversaciones. En el lugar del segundo trompeta, un rostro conocido nuestro, con algunos kilos más pero tan serio y oscuro como siempre. En la cuarta fila de espectadores, una espléndida mulata de Camagüey, a quien apenas habríamos identificado embutida en su llamativo traje de chaqueta en lamé de plata, si no fuera por el casi imperceptible gesto de saludo hecho al entrar su marido en estrados. A quien no hemos sido capaces de reconocer ha sido a la trompeta. A no ser porque Mariss Jansons ya ha subido entre aplausos a la tarimilla del director, le habríamos preguntado por ella a Clarisse. ¡Quién sabe! Después de tantos ajetreos, tal vez  la auténtica voz de la familia Diop necesite descansar de vez en cuando.









[1]  Desconocido este significado en el diccionario de la Real Academia, la palabra marabú se usa en Senegal para denominar a los maestros, generalmente irregulares, de la enseñanza islámica. Sus discípulos –niños y adolescentes- suelen llamarse talibés.
[2]  Cuentos de Amadou Kumba (1947), de Birago Diop; Hostias negras (1948), de Léopold S. Senghor.  Como es sabido, se trata de obras literarias muy notables, de las que existe traducción española.
[3] Introducción, tema y variaciones, opus 102, de Juan Nepomuceno Hummel (1778-1837). Inicialmente compuestas para oboe y orquesta, fueron objeto de transposición para trompeta ya desde antiguo.
[4]  Alusión evidente del abuelo Amadou al gran trompetista clásico Maurice André, nacido en Alès (Francia) en 1933 y fallecido en Bayona de Francia en 2012 (por tanto, después de los hechos historiados en este cuento).

[5]  Para quienes lo duden, les recomiendo las conocidas versiones de Il silenzio por Roy Etzel, Bruno Moretti o Nino Rosso, aunque para el caso puede servir casi cualquiera otra.