viernes, 3 de diciembre de 2010

El patrón de los leprosos

   

 Un escarceo histórico en la figura de San Lázaro, patrono medieval de los leprosos, con el Camino de Santiago al fondo, pone de manifiesto que casi nada es lo que parece y que la divina providencia pocas veces trae la felicidad ni la desgracia sin su parte de lo contrario.

1.      Un error y un Camino
     Mi inveterada osadía andariega me había llevado, aquel 9 de octubre, a la hospedería de San Giraldo de Aurillac, en El Cebrero, dispuesto a coronar en Compostela la tentativa iniciada en Ponferrada, tres días antes. No había tenido ganas, o suerte, de incorporarme a grupo alguno de peregrinos, ni siquiera de entablar conversación con ninguno de ellos. No obstante, sentado a la vera del citado albergue, agobiado de fatiga y arrobado por la puesta de sol, escuché con agrado la voz de un caballero, ya mayor para aquella empresa, que, con evidente acento francés, me decía:
-          Entre tantos jóvenes, no quedan mal un par de viejos garbosos que demuestren cómo se sube una cuestecita como ésta.
     Ahora no recuerdo mi así mismo irónica contestación, pero el caso es que, en cinco minutos, habíamos hecho las presentaciones y empezábamos a romper el hielo de nuestra respectiva intimidad. Resultó que mi interlocutor era un dominico de Toulouse y que yo tenía algunas afinidades con su Orden y, aún más, con la ciudad rosa. Platicamos una media hora y, deseosos de asearnos a fondo y dejar en orden nuestro reducido equipaje, quedamos citados para cenar juntos, en unión de otros dos compañeros suyos de peregrinaje.
     Durante la frugal comida, la conversación giró en torno al Cebrero y sus pasadas grandezas. Sin dejar de recordar el milagro eucarístico de casi todos conocido, fijamos nuestra atención en el hecho de que la hospedería que nos albergaba había acogido en tiempos ya muy lejanos el hospital de peregrinos y una leprosería, naturalmente confiada al patronazgo de San Lázaro. Y, siguiendo el hilo del patrocinio, dimos con el ovillo de la confusión medieval en torno a la figura del amigo del Señor. Muy dado a destacar los errores ajenos, fui yo quien comenzó la breve crítica:
-          Anda que menuda confusión se produjo entre la figura histórica del Lázaro resucitado y la puramente imaginaria del mendigo del mismo nombre de la parábola del rico Epulón.
-          Cierto, apostilló mi dominico. Y eso no es nada, comparado con lo que vino después. Se inventó para Lázaro y su familia una genealogía y un patrimonio casi áulicos. Se le ubicó como obispo en Larnaca o en Marsella. Se inventaron tumbas y traslados de su cuerpo. En fin, confundiéndolo incluso con el casi legendario San Roque, se dotó a su iconografía de perro y llagas, más propias de apestado que de leproso.
-           Bueno, bueno, terció su compañero de convento más joven. Quedémonos con lo positivo. Gracias a leyendas y confusiones, tenemos una espléndida catedral de San Lázaro en Autun y los leprosos pudieron incorporarse al universo de los peregrinos, con la fe y esperanza de curación que ello suponía.
     El tercero de los comensales franceses, al parecer, vendedor de coches y primo del que se me presentó primero, concluyó, no sin agudeza:
-          Creo que François acaba de dar en el clavo. Las peregrinaciones no serían nada sin la fe y el anhelo de encontrar algo nuevo. Para las precisiones históricas, ya tenemos en nuestra casa todo el tiempo del mundo.
     Alargamos un poco la velada, considerando que podríamos no volver a vernos, ya que mis compañeros de cena iban a coger la desviación hacia Lugo, en tanto yo seguiría el camino más recto, por Portomarín. Aún volvimos esporádicamente sobre el tema de la lepra y las malaterías del Camino. Luego, los dominicos fueron a rezar sus últimas oraciones del día a la iglesia de Santa María la Real, mientras su compañero laico y un servidor nos acogíamos al descanso tibio y reparador del saco de dormir y la modesta litera. Mañana sería otro día.

2.      El sueño todo lo iguala
     Me pasé toda la jornada siguiente, del Cebrero a Triacastela, rumiando en el orballo y la neblina el sueño que tuve durante la noche anterior. Los altibajos de la ruta y su finalmente decidido descenso parecían adaptarse al ritmo de mis pensamientos. Descarté la opción arriesgada por el albergue de peregrinos y me acogí al encanto de una casa rural del siglo XVII –de cuyo nombre no voy a acordarme-. Allí, sentado en un sólido banco corrido adosado a la pared pétrea, redacté precipitadamente un esbozo de mi sueño, antes que el tiempo y el cansancio erosionaran su recuerdo. Si puse algo, o mucho, de mi ulterior consciencia, o si lo retoqué después en casa, al pasar a limpio los breves apuntes de mi peregrinación, es cosa de poca importancia, salvo que ustedes den a los sueños un valor de revelación de lo ignoto, tesis que, desde luego, yo estoy muy lejos de aceptar. En cualquier caso, he aquí lo que dejé escrito un día de 1999, en mis Memorias de un peregrino fracasado.
     “Despertó Lázaro a la vida, tan deslumbrado por la radiante luz del sol, que sus ojos fueron incapaces de abrirse durante unos minutos. La gente que había ido a dar el pésame a su familia arremolinábase en torno suyo y  lo sujetaban y trataban de librarle de las vendas que cubrían su cuerpo. Los oídos, menos torpes que  la vista, empezaban a percibir los sonidos del llanto de sus hermanas y los gritos y bendiciones de los amigos y vecinos. La cabeza le daba vueltas y era incapaz de hilar recuerdos y reanudar la senda de su vida. Resurgía como de un sueño, pero le extrañaba no hallarse en la horizontalidad de su lecho, ni sentir la fatiga y el dolor de su grave enfermedad…
     “La evangélica familia de Betania lucía de punta en blanco. El amplio comedor de su casa brillaba, no tanto de los cuidados y sapiencia culinaria de Marta, cuanto de la presencia de Jesús. No obstante, la atracción era, por esta vez, Lázaro, el bueno de Lázaro, callado y como desdibujado en el mundo femenil de sus hermanas. Una y otra vez tenía que responder a las preguntas que se le hacían. La respuesta no podía ser otra que no sé o no recuerdo. Bien querría él contar lo que podía haber visto y oído en el seno de Abraham y, muy especialmente, si era cierto que estuvo allí y no en la gehenna. Aunque, después de todo, él se consideraba buena persona y amigo del Señor. María le habría dicho ya: Él es la resurrección y la vida. ¿De qué otra forma habrías podido tú retornar del más allá?...
     “Comparecía Lázaro ante el Sanedrín. Los fariseos no se habían salido con la suya de matarlo para que no diera tan palpable testimonio de la grandeza de Jesús Nazareno. No había sido necesario llegar tan lejos, pues su Amigo había sido ya juzgado y ejecutado. No obstante, había que borrar las huellas de su presencia milagrosa; los discípulos de Cristo difundían la noticia de su resurrección. Lázaro, sencillo y humanamente torpe, decía a los setenta y uno: ¿Cómo puedo yo ahuyentar vuestros recelos, si predico la buena nueva de Dios con sólo vivir?...
     Los fariseos, en rigurosa y excesiva ejecución de la sentencia del Sanedrín, habían forzado a Lázaro a acogerse al valle de Hinnón, entre los leprosos, y a pedir ayuda y limosna en la Puerta de la Basura, donde una vez a la semana Marta le traía de comer y María lavaba sus miembros y perfumaba sus cabellos. Insensiblemente, en el sueño, el proscrito, inspirado por el ejemplo del Maestro, compartía con los leprosos la fraternidad del alimento y el consuelo espiritual, hasta hacerse uno de ellos…
     Lázaro comparecía en la escalinata del Templo que da acceso a la puerta de Nicanor, ante el escándalo de los sacerdotes. No quiero que comprobéis mi pureza, sino mi enfermedad. Que ella caiga sobre vosotros, pues sois sus causantes. Luego, sin cuidarse de gritos y pedradas, se alejaba, franqueaba las murallas por un ojo de aguja y se perdía en un laberinto de cuevas naturales, dejando un rastro de sanies. Marta y María se empeñaban en alcanzarle para asistirlo, pero el dédalo se cerraba ante ellas, cuando sus dedos iban a asir los harapos que vestía su hermano…
     El amigo del Señor vagaba por las callejuelas de Jerusalén y, en el tibio raciocinio de mi subconsciente en duermevela, interpretaba el rictus de su rostro y la penosidad de su marcha. ¡Señor, resucitarme para esto! ¿No era mil veces preferible la muerte ya sufrida, que esta enfermedad que me atormenta y sepulta en vida? Un perrillo salía de la tienda de un talabartero y se empeñaba en seguir a Lázaro, saltando y jugueteando en derredor. Él levantaba su bastón en ademán agresivo, pero cejaba y sonreía. El can había elegido su destino, lamía, entre curioso y apiadado, sus llagas y lo precedía, como marcando el camino…
     Lázaro estaba sentado en un banzo, con el perro echado a los pies. Un portón entreabierto quedaba tras él y la música escapaba por la rendija. Criados iban y venían, sin  mirar al lazrado, cual si fuese transparente, o indigno de toda atención. Por un instante, un hombre elegante y corpulento se asomaba al zaguán, incapaz también de ver, desde su preeminencia, al mendigo. Miró hacia abajo al desgaire y Lázaro se conmovió. “Al menos, me echará”, pensaba para sí, en mi imaginación dormida. “Arrojad un hueso a ese perro y ahuyentadlo, que ya me aburre su presencia”, fue cuanto dijo quien debía ser epulón, si no de nombre, cuando menos de costumbres…
     Me despertó la mañana con la inmensa y perpetua sonrisa de Lázaro en mis ojos del alma. Por mucho que le quedase por penar, al fin había captado el arcano de su destino, que ni la muerte le había revelado. Él era también el Lázaro de la parábola del Maestro. En ella estaba escrito su eterno futuro. También para él era la enseñanza: la salvación estaba en la Ley y los profetas, no en la milagrosa resurrección de algún muerto.

3.      Epílogo
     Con mi felicitación navideña, envié aquel año al padre Bernard, mi precaria y poco fiable versión del sueño del Cebrero. Acababa con una breve consideración: Así que, tal vez, los sencillos creyentes del Medievo estaban en lo cierto. El dominico tolosano se limitó a contestar: Tal vez. ¡Ah! y lamento que los pies no te llevaran más allá de Portomarín. De todas formas, rezamos por ti en Compostela. Y recuerda que 2004 vuelve a ser año santo jacobeo.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

El censor y la palabra

     El censor y la palabra
Por Federico Bello Landrove
     El relato trata de la Guerra Civil, si bien se desarrolla en gran parte  más acá en el tiempo, pero con base en el terrible daño que la Guerra y su pervivencia en los corazones causó en una generación que empezaba a vivir, crear y amar. Al modo surrealista, juega con la vida y la literatura en un caleidoscopio de textos y de vacíos, de palabras luminosas y oscuros tachones, que sólo el amor y la piedad podrán romper y, a un tiempo, fijar. El testamento aludido en el cuento existió y felizmente se ha conservado, para ejemplo y emoción de todos: es el del alcalde de Valladolid, Antonio García-Quintana (1894-1937), cuyo texto (y tachaduras censorias) ha sido publicado hace años en su biografía El fracaso de la razón.

     Había nacido a la vida en una ciudad de Castilla en plena Gran Guerra Europea, y a la literatura, el día en que don Jacinto, el solemne catedrático y académico de la Lengua, le convocó en su despacho del Instituto para decirle:
-          Señor Encinas, su colaboración en la revista del Centro es muy notable. Yo que usted, seguiría por ese camino. Vislumbro a un poeta en ciernes.
     Desde entonces, sin abandonar estudios ni quehaceres, Daniel Encinas había centrado su vida en la palabra. Medida o libre, musical o exacta, la palabra era su herramienta, su arma, su destino. Más allá de escuelas, de definiciones académicas y de usos coloquiales, aprehendía, devoraba y hacía de los vocablos su fe y su sustancia. Luego, con cierto temor reverencial, vertía las voces en el molde de los versos, en las pautas tolerantes de la narrativa, constatando cómo, día a día, el lenguaje se ceñía sin esfuerzo a su fantasía y el verbo daba forma ágil y certera a su inspiración.
     En la atormentada España de sus años mozos, la palabra de Daniel sonaba firme y augusta en las reuniones de estudiantes, en las ligeras charlas de café de los escritores locales e, incluso, en las pandas de ambos sexos que alegraban los paseos urbanos o se perdían por los pinares circundantes. Sus estudios de Filosofía y Letras habían disciplinado y dado poso erudito a su desbocado y anárquico amor por el lenguaje pero, sobre todo, habían desencadenado contactos y relaciones con los grandes: Juan Ramón, Lorca, Aleixandre. El profesor Del Arco le había puesto en contacto con Machado, y Sender le envió, en vísperas del Alzamiento, una crítica muy elogiosa del borrador de su primera novela.
     ¡El Alzamiento! Daniel lo veía venir, pero no quería creerlo. Después de todo, el sol seguía saliendo puntualmente, Purita bebía los vientos por él y las revistas literarias incluían sus colaboraciones en páginas cada vez más destacadas. Le pilló tan de improviso, que ni siquiera había pensado de qué bando se inclinaría. Puesto a reflexionar profundamente, valoraba su inspiración como izquierdista, mientras su respeto formal por la Academia resultaba matizadamente de derechas. Pero no hubo lugar a decantarse, sino que lo decantaron. Estaba aquél sábado de triste recuerdo en un café de la Plaza, celebrando la onomástica de su tío Federico, cuando un grupo mezclado de falangistas y guardias de asalto entró, armas y voces en ristre, avasallando al personal. Daniel no se había visto nunca tan cerca de la boca de un fusil. Por una vez, se quedó sin palabras. Alguien gritó tras él: ¡Café![1], y un brazo horizontal y rígido se proyectó ligeramente por encima de Daniel hacia los amenazadores mosquetones. El lema y gesto de la Falange surtieron inmediato efecto, entre el miedo y la tensión. El estudiante Encinas y sus circunstantes pidieron también café con énfasis y ademán a la romana, acabando en lo alto de un camión que recorría las calles de la ciudad, bajo el sol poniente, disparando ráfagas al aire a cada trecho. Finalmente, aunque no de modo racional, Daniel había elegido su partido o, por mejor decir, su partida.
***
     Al cuarto día de los combates en el Alto del León, Daniel fue herido en el antebrazo izquierdo. Combatían en los riscos de la sierra y la atención sanitaria brillaba por su ausencia. Cuando, finalmente, lo evacuaron a San Rafael, el médico torció el gesto y le dijo:
-          Se ha iniciado la gangrena. No hay más remedio que cortar.
     Días más tarde, lo trasladaron al Hospital Militar de su ciudad. Allí lo condecoró el brutal camarada Mirón con el aspa roja y la medalla de mutilado. Sus breves palabras podrían haber sido suscritas por el propio Blas de Otero:
-          Camarada Encinas, en la noche oscura de tu alma, el espíritu ha de seguir entonando un cántico que a todos nos ilumine, ahora que nuestro Capitán de Castilla ha muerto y José Antonio permanece cautivo y ausente. Aunque no puedas ya manejar las armas para el combate, te queda la palabra.
     Su madre, presente en la ceremonia, se acercó al camarada y poeta Antruejo, que había comido una vez en su casa, y con expresión firme y serena, le sugirió:
-          Daniel va a necesitar más que condecoraciones y frases bonitas. La palabra no le dará de comer.
-          Descuide, doña Felisa, le buscaremos un puesto acomodado a sus méritos y vocación.
     Y así fue como, en el otoño del Primer Año Triunfal[2], el escritor concienzudo, el inspirado poeta, el amante de la palabra, obtuvo un modesto puesto de administrativo de la Prisión provincial de Castellar, su ciudad natal. No puede decirse que el trabajo fuera muy complicado, pero sí intenso. Por aquellos días, el número de reclusos era agobiante. Claro que, en buena proporción, tan pronto entraban, como salían. Unos merecían la atención de los tribunales militares y a su expediente de presos se incorporaban los documentos que acreditaban la baja por ejecución. Otros, en cambio, concitaban antes el interés de quienes creían tener con ellos cuentas pendientes. Un día que se encontraba de guardia, recibió la visita nocturna de un pelotón de irregulares en busca de tres individuos a los que dar un paseo. Daniel, novato en su destino, carecía de instrucciones y de experiencia. Así que improvisó:
-          No están aquí. He consultado el libro de registro y no figuran esos nombres. Los habrán llevado a las cocheras de los tranvías.
-          De ninguna manera, camarada. Nos han dado un soplo de total confianza. Vamos a echar un vistazo por las celdas.
-          Por encima de mi cadáver. Y os advierto que voy armado y soy buen amigo de Mirón.
     La escuadra del amanecer se retiró, desganada y mohína. Cuando se enteró el director de la prisión, le comentó:
-          Encinas, los tiene usted bien puestos.
-          Nada de eso, pero mi palabra no se pone en duda. Si yo digo que no están, es que no están.
-          Bueno, bueno. Por si acaso, la próxima vez, déjelos hacer, que le firmen un recibo y anote en el libro “baja por fallecimiento”, o lo que se le ocurra. El caso es que no se confundan con los condenados a muerte en consejo de guerra. Los militares son muy puntillosos con eso.
-          Vamos, que se paran a distinguir las voces de los ecos. La voz de “fuego” es diferente; el eco del fusil, idéntico.
-          Excelente símil. ¿Es suyo?
-          ¡Qué más quisiera!, concluyó Daniel, dispuesto a no hacer más guardias nocturnas.
***
     Pasó el resto de la guerra de censor de cartas y documentos atinentes a los reclusos. Se acostumbró a colocar el pie de la escribanía sujetando el papel, mientras su mano derecha iba diestramente tachando de forma completa y maciza las palabras, oraciones o periodos que resultaban inconvenientes. Llegó a hacerse famoso por su agilidad en el oficio, gracias a un artilugio que le confeccionó su padre, a modo de pincel rígido empapado en tinta, que se deslizaba sin pausa ni tregua por el texto censurable, hasta convertirlo en compacta y rectilínea mancha negra y opaca. Era un prodigio de técnica y rapidez. No admitía comparación con Vallecillo, su colega en la censura. Ya lo decía el subdirector:
-          Reto a que alguien sea capaz de leer una sola palabra de lo que tacha Encinas. ¡Qué hombre! No sé adónde habría llegado si tuviera las dos manos.
     El pulso era firme, pero le temblaba el alma. Los textos eran en ocasiones hermosos y sobrecogedores; las letras, a veces, conocidas; los cuadros que describían, los sentimientos, las ideas, emocionantes y límpidos. Se veía constreñido a reducir consuelos, quebrar consejos, invalidar propósitos. Pero, sobre todo, a destruir palabras. Él, artífice de la voz, del verso, de la narración, precisamente él, volcado en la tarea, innoble y fútil, de negar a otros lo había sido otrora fin y razón de su vida. Una y otra vez, se conjuraba para abandonar su puesto, para mantener los textos incólumes; y otras tantas, le podían el interés, la indiferencia, la seriedad burocrática, y volvía a rasguear sobre las ajenas palabras, con toda la dulzura y la lenidad que le permitían su comodidad y la eficacia. El tiempo pasaba y le parecía encontrarse en un mundo contradictorio: la censura de lo ajeno le era cada vez más fácil, pero la de lo propio ahora le agotaba. Diríase que las palabras lo rehuían, que algo o alguien había puesto entre ellas y él una sutil e impenetrable enemistad.
     Un día caluroso de junio de 1937, le metieron en la carpeta de “pendiente”, un testamento, vale decir, una última voluntad sentimental y familiar, de las que, en ocasiones, los presos tenían fe y fuerzas para redactar y hacer llegar a sus seres queridos antes de morir. Eran los escritos que más molestaba a Encinas amputar. En ningún otro, como en ellos, traslucían el amor o el odio, la espiritualidad y la increencia, la serenidad del recuerdo, la candidez en el consejo, la firmeza y el horror ante la muerte. Vamos, como sentenciosamente calificaba Vallecillo, “el alma en carne viva”.
     Se trataba de diez hojas de un cuaderno cuadriculado, escritas con bella caligrafía, que parecían dividirse en dos partes: una general y otra dirigida a los familiares de manera individualizada. Mecánicamente, con la rutina que da el oficio, Daniel volvió la última página para identificar al autor. Ahí estaba, no cabía duda, la firma perfectamente legible del alcalde republicano, condenado a muerte el mes anterior y que, contra lo habitual, no parecían tener prisa sus enemigos en ejecutar. Y es que -nuestro censor suponía-, aunque inexorablemente iba a morir fusilado, después de un año de vendimia, los racimos más granados ya habían sido pisados para hacer el vino de la ira y hasta los verdugos parecían empezar a cansarse.
     Se llevó a casa el documento, que leyó cuidadosa y emocionadamente. Las palabras llegaban al alma pero, sobre todo, le venía una y otra vez a la mente la imagen del prócer y la firma, que también había figurado al pie de la concesión de sus becas académicas. A la mañana siguiente, ya en su despacho compartido de la cárcel, acotó cuidadosamente a lápiz las palabras y expresiones más intensamente censurables, pasando la casi totalidad de las páginas sin reserva ninguna. Luego, tras releer y borrar un par de condenas al texto, tomó el corrector paterno y lo deslizó suavemente sobre las partes censuradas. Maliciosamente, y a modo de afirmación personal, simuló torpeza, de forma que ciertas palabras resultaran legibles pese a todo, y pasó su trabajo al subdirector, como era usual en caso de documentos importantes. El censor supremo echó un vistazo, rubricó el sobre y le devolvió el objeto con un mero comentario:
-          ¡Pobre Plaza! Más le habría valido dejar la política para gente más taimada.
***
     Al concluir la guerra, la prisión de Castellar ya no era lo que había sido y nuevas generaciones de funcionarios iban desplazando a los improvisados voluntarios del pasado. La censura literaria dejó de ser precisa: con la profesional era suficiente. El subdirector, que le había tomado cariño, se despidió compungido:
-          No sabe la lástima que me da. ¡Con lo bien que tachaba usted los textos! Y no se le escapaba ni una palabra dudosa, ni una acepción rebuscada.
-          Descuide, ya buscaré otro acomodo. La verdad es que estaba perdiendo el gusto por la semántica.
     Como Purita le urgía al matrimonio, para lo que la pensión de caballero mutilado era totalmente insuficiente,  Daniel fue a visitar al vate Antruejo –entonces en la cresta de la ola- y rogó:
-          Ya ves, con este brazo y con dos bocas y pico que alimentar…  
-          No se hable más. Va a implantarse con carácter oficial la censura de prensa e imprenta. Te colocaremos en la sección literaria. A propósito, ¿qué estás escribiendo últimamente?
-          Poca cosa. Paso más tiempo tachando que inventando.
     Antruejo no captó la amargura, sino que entendió que la censura le comía mucho tiempo. Le dio una palmada en la espalda y lo despidió con amables palabras:
-          Tranquilo. Habrá censores suficientes como para que no tengas que cansarte.
     Del despacho casi celular, Daniel pasó a un vetusto primer piso del Corrillo. En los soportales de abajo, una providencial taberna, con ciertas ínfulas de cafetucho. En oficinas independientes, cuatro censores pasaban la jornada tachando ideas, deshaciendo fantasías, remendando reputaciones –de gerifaltes, por supuesto-. Tres de ellos acababan su tarea a eso de mediodía y hacían tiempo hasta la hora de comer, a base de chatos con sus tapas, o tomando el sol con la vista puesta en las primeras chicas topolinos. El cuarto censor –Encinas, naturalmente- perdía la vista hasta el anochecer entre endecasílabos y escenas dramáticas, con el Manual del buen censor sobre un atril. Conservaba aún el excelente pincel de su padre y el buen pulso, pero cada vez le era más penoso justificar (y justificarse) las razones del estropicio literario: ahora no valía con el “ordeno y mando” carcelario; había que motivar los tachones, sonrojándose lo menos posible. La burocracia era inexorable: del censor civil, al eclesiástico; de este, a la junta provincial decisoria; de ella –si el autor era lo suficientemente arrojado- a la sección de recursos de la delegación de no sé qué. En fin, Encinas procuraba esmerarse con las explicaciones, no tanto por los sujetos pasivos, cuanto por su propia reputación. Con sus superiores la tenía ganada de antemano, pero esa mecanógrafa nueva…
     Había llegado interinamente, recomendada al parecer por la superiora de las Jesuitinas. Era un “caso de conciencia”, para dar de comer a una familia en desgracia y proporcionar un trabajo honesto a una excelente antigua alumna de dicho colegio. Como era el mayor trabajador de la oficina, abominable hombre de las nueve, las demás secretarias se la pasaron gustosamente a Daniel, quien apenas escuchó su nombre de pila: ¡para qué más, tratándose de una interina! Luego se fue fijando en otras cosas: la chica –casi una adolescente, si la guerra la hubiera dejado- era puntual, seria y entendía a las mil maravillas su escritura desaliñada y plena de abreviaturas. Por su parte, ella parecía respetar su trabajo concienzudo, por más que el fin la repugnara. Un día de invierno, se les hizo tan tarde que el señor Encinas tuvo reparo de mandarla sola con las galeradas a la Censura eclesiástica, que radicaba en el palacio arzobispal, bastante alejado del Corrillo. Fueron juntos hasta la dependencia religiosa y, entregada la tarea, Daniel preguntó:
-          ¿Hace un cafetito? Está una tarde de perros.
-          No sé si debo. Mi madre debe de estar intranquila.
-          Tiene razón, soy un desconsiderado, pero diez minutos no van a ninguna parte. Écheme la culpa.
     A ese primer café, sucedieron otros muchos, en los tres meses que Pilar pasó entre las cuatro paredes de la Inquisición, como jocosa y reservadamente denominaba Daniel a su oficina. Cafés robados a la inicua tarea, cada vez más despaciosos y cordiales. Él hablaba y hablaba, como si hubiera recobrado el don mágico de la palabra: de Purita y del recién nacido Gustavo Adolfo (“ya sabe, como Bécquer, que también fue censor”); del hambre y del dolor; de los viejos ideales y de la manga vacía; de los denodados e inútiles esfuerzos por hallar y ordenar las palabras como antaño había logrado. Ella asentía, preguntaba, comentaba brevemente. Hablaba muy poco de sí misma, como si su persona no contara o, tal vez, tuviera temor de revelar. Tenía tan sólo dos registros, la dulzura y la nostalgia. El agónico escritor rezaba porque no se reincorporara al trabajo la secretaria titular, a quien las malas lenguas hacían víctima de un infiltrado tuberculoso. Le confesó:
-          Pilar, por primera vez en tres años, llevo avanzado un libro de poemas. Parece que he encontrado la inspiración nuevamente.
-          Me alegro, don Daniel. Nada mejor que la poesía, en estos tiempos tan duros.
-          ¿Usted cree? En fin, si lo termino y lo publico, le dedicaré un soneto.
-          Por Dios, no se le ocurra.
     Días después, la secretaria titular reapareció por la oficina y Pilar tuvo que despedirse. Daniel usó las hermosas palabras que habían renacido en su memoria, hasta el punto de emocionar y emocionarse. Intuyendo que la joven quedaba sin empleo y podría necesitar recomendación o referencias, le dictó una última carta, encareciendo su trabajo y prendas personales. Al quedarse solo, le rondaba por la cabeza el apellido que Pilar había hecho constar en el texto como el propio. Pasó al despacho de su colega más veterano y preguntó:
-          Oye, Paco, ¿tú sabes algo de Pilar, la chica que he tenido como secretaria interina estos meses?
-          ¡Pero cómo; no me digas que estabas en ayunas! Era la hija pequeña de Plaza, el alcalde.
***
     Como si hubiera tenido un ataque de amnesia, las palabras abandonaron a Daniel nuevamente y por ensalmo. Pero ahora sabía que el proceso era reversible: simplemente, se trataba de dar con el antídoto. Como no era cosa de matar a Andrea, la titular, y volver a llamar a Pilarita, decidió probar con todos los remedios que se le ocurrían. Ante todo, extremó la benevolencia censora. Los textos salían impolutos de sus manos, para caer en las bendecidas de los eclesiásticos, quienes muy pronto lo indispusieron con sus jefes:
-          ¡Hombre, Encinas, no me diga que puede darse de paso la siguiente expresión: Nada me ata a este mundo, hostil y despiadado.
-          Tiene usted razón, señor delegado: apología del suicidio y crítica larvada del régimen nacional-socialista.
-          …Por no hablar de la ridiculización de nuestro sector productivo de cuerdas y maromas.
-          Efectivamente, también eso. Descuide, no volverá a suceder. Es que últimamente el niño casi no me deja dormir.
     Fracasada la primera vía, Daniel ensayó una segunda. Le habían gustado mucho dos novelas publicadas por un censor colega suyo en Madrid y le envió una misiva muy amistosa, expresándole su admiración y, como de pasada, preguntándole cómo se las arreglaba para conservar su inspiración en ambientes tan secos. El tal Lamela le recomendó “ligereza censoria y aliviarse una vez por semana en alguna ilustre casa de p. de su localidad”. Vamos, algo totalmente opuesto a la personalidad y actuales necesidades del paciente.
     Las palabras, no sólo seguían sin fluir, sino que su expresión se entrecortaba y la pluma rasgueaba sin tino y sin tiento, mientras se devanaba los sesos en torno a voces que se fugaban incesantemente de su memoria. Al tomar en sus manos, con desesperación, el diccionario, la imagen fotográfica del alcalde Plaza coronaba el tolle, lege, el nihil prius luce, el limpia, fija y da esplendor. Incontables rostros de maltratados escritores o de presos demacrados llenaban los repertorios de sinónimos y antónimos, haciendo que, espantado, los dejara caer de las manos. Purita y sus compañeros de oficina lo miraban como a un enfermo, de tanto como lo sorprendían balbuciendo y mascullando. Sólo su trabajo censor seguía puntual y moralmente obsceno, con sus paráfrasis y circunloquios, sus falacias y sofismas: carente de equilibrio político; históricamente incorrecto; vacío de espíritu nacional; zafio y dramáticamente impropio; larvadamente criptoizquierdista… ¡Y lo peor es que cada vez creía más en lo que hacía! Su perfección era anonadante. El delegado de no sé qué comentó:
-          Este Encinas es la monda. Desde que le di aquel toque, no se le escapa una. Voy a proponerlo para un ascenso.
     Insensible a tan bien ganada fama, Daniel seguía buscando resortes para escapar de su cárcel espiritual y partir en busca de un lugar en el mundo literario. Las nuevas corrientes poéticas (no tan nuevas, en realidad) le dieron una oportunidad. Palabras sin sentido, colocadas aleatoriamente, recortadas de los textos ajenos que el censuraba. “Poesía geométrica”, la llamó, como consistente en ubicar las voces en la página formando caprichosas figuras: estrellas, pajaritas, tazas de café, orejas de burro. En un principio, la cosa tuvo cierto éxito: después de todo, la forma tenía que ver con el título del poema. Luego, cuando la rúbrica poemática desapareció y las formas fueron más y más huecas, las flores naturales dejaron de distinguirlo y brotaron las críticas destructivas. Una de ellas, por certera, le llegó a lo más hondo: Los poemas de Encinas motivan en nosotros una sincera y objetiva reflexión: si el primer censurado por su cáustica pluma no habría de ser él mismo.
     Su último intento tuvo que ver con su encuentro en Correos con Pilar, radiante recién casada a la sazón. De buena gana, ambos charlaron con locuacidad y recordaron los tiempos de censura compartida. Mientras se observaba a sí mismo hablando sin dificultad, Daniel percibía que la joven ejercía sobre su mente y su lengua un efecto casi milagroso. De forma impudorosa, Encinas la devoraba con la vista, tratando de quedarse hasta con el último rasgo de su fisonomía. Pilar no dejó de percatarse y, sintiéndose incómoda, fue a poner fin a la conversación. Su interlocutor captó el equívoco y, breve y sencillamente, trató de explicarle. La joven recuperó la sonrisa y replicó:
-          Tal vez, don Daniel, las palabras no sean tan importantes como usted cree. Después de todo, se afirma que lo más importante no puede decirse y que el silencio es la más hermosa de las músicas.
     El fallido escritor estrechó la mano que Pilar le tendía y se quedó como una estatua, con su único antebrazo extendido y perdida la mirada. Poco a poco, fue reaccionando, al tiempo que comprendía que su antigua secretaria le había hecho un último y maravilloso regalo que daba, a la vez, sentido a su evolución vital y a su despreciada profesión: la mejor palabra es la que no se dice nunca… o no se deja decir.
***
     Dicho y hecho. Daniel se aplicó a la postrera y definitiva fórmula para captar y cultivar las palabras: el desprecio. Sentado en su sillón de censor, ejercía su oficio de forma monótona e inmisericorde: tacharlo todo; convertir el campo sembrado de signos de esperanza en tremendos surcos gruesos y paralelos de luto y de silencio. Incluso en época tan opresiva, su inusitada dureza no dejó de despertar alarma. Nuevamente, el delegado lo llamó:
-          Pero Encinas, ya sabe usted que el ministro ha aconsejado levantar la mano, que ya no está el horno internacional para bollos inquisitoriales.
-          ¡No, no, señor delegado! No es esa la intención. ¿No ha visto la nota marginal?
-          Claro que la he visto y no deja de ser acertada: “De la única palabra que no nos arrepentiremos es de la que no se dice”. Con todo…
-           No lo dude, señor delegado. Si hasta el Caudillo ha tenido que retractarse de algunas cosillas, qué podemos esperar de gacetilleros y plumíferos de medio pelo.
-          Esto no puede seguir así, Encinas. Si no atiende a razones, tendremos que prescindir de sus servicios, y bien que lo sentiremos.
-          Es cuestión de principios, señor delegado. No puedo ceder. Así que cuente con mi inmediata dimisión.
     Purita, como es natural, puso el grito en el cielo. La pensión de mutilado apenas alcanzaba a pagar el alquiler y los derechos de autor no cubrían ni las tasas de registro de la propiedad intelectual. Daniel sonrió y le dijo en forma condescendiente y un poco misteriosa:
-          Tienes razón Purita, pero no te agobies. El premio Nadal lo tengo en el bote.
     Tres meses más tarde, Daniel recibió una carta en nombre del jurado de dicho premio. Aunque sorprendido por lo temprano de la fecha, no dudó que se trataría de una comunicación anticipada de la distinción. Leyó y no daba crédito a sus ojos:
     “Lamentamos comunicarle que los ejemplares de su obra nos han llegado todos ellos  en blanco, sin impresión alguna. Suponemos se habrá tratado de un fallo tipográfico de la imprenta, que lamentamos tanto más, cuanto que esperábamos mucho de una novela de autor tan distinguido”.
-          Pero, ¡serán acémilas! –rugió Daniel-. Pues no se creído que era un error lo que constituía la clave de la trama. La novela del silencio, del amor imposible, del Dios del Sinaí, de todo lo inefable. Ande, ande, eche usted margaritas a los puercos.
     Cuando Purita se enteró de lo sucedido, reunió los últimos rescoldos de cariño y de fortuna, y fue a consultar al doctor Villafán. El ilustre psiquiatra escuchó, tomó notas, hizo algunas preguntas y, finalmente, aventuró:
-          Tendría que examinar a su marido, pero todo me hace pensar que se trata de un caso de dislalia y disgrafia sociológicas.
-          ¿Y eso es grave? ¿Tiene cura?, inquirió Purita, que estaba in albis.
-          Pues no sé. Tal vez marchándose lejos  de España y empezando allá una nueva vida…
     Purita entendió que era más fácil que se fueran ella y el niño. Así que se separaron de hecho y Gustavo Adolfo y ella se acogieron a la casa de sus padres en Tierra de Campos, donde casi todo lo tenían de balde, hasta la admiración por la malcasada del boticario de la localidad.
***
     La historia de Daniel toca a su fin y lamento que sea uno trágico. Nadie supo de cierto el porqué, pero es ello que a nuestro literato de la omisión y del silencio le dio por frecuentar el cementerio y buscar afanosamente las tumbas de ajusticiados en la guerra civil. Cuando parecía encontrar la que buscaba, se explayaba en un discurso sin auditorio y sin sentido, con el que pretendía alcanzar alguna justificación o, cuando menos, cierta paz interior. Los enterradores acabaron por acostumbrarse a su presencia y algunas viudas, solidarias y compadecidas, le daban unos céntimos, juzgando de su necesidad por la apariencia y el desaliño. En honor de Daniel, hay que decir que nunca aceptó moneda ninguna. La tarde misma en que le dieron el Nadal a Elena Quiroga, había logrado hilvanar una frase muy bonita, que conmovió a la viuda de N.:
-          Dispense, señora, con la pensión por lo del brazo me voy arreglando. Pero sí le aceptaría un crisantemo. Dicen que simboliza el sol ¡y hace tanto frío!
     En la madrugada de Reyes, Daniel fue encontrado en el fondo de una fosa recién abierta, con un fuerte golpe en la cabeza. No parecía haber duda razonable sobre que esa era la causa de la muerte, y el carácter accidental de esta era más que probable. No obstante, se trataba de un caballero mutilado de cierta notoriedad. El subcomisario Palacios, fastidiado y aterido, miró en torno suyo y, encontrando la recia estampa de un subinspector recién ingresado, le ordenó:
-          Encárguese usted, Renovales. Es un caso de rutina. Estudie el informe de autopsia, tome las declaraciones que considere precisas e infórmeme.
     “Un caso de rutina”. ¿Un caso de rutina? Si la Policía hubiera sabido lo que el narrador omnisciente de este relato –y ustedes, por medio de él-, seguro que no lo hubiera calificado así.


[1]  Acróstico bastante popular en aquel tiempo, significativo de la expresión: “Camaradas, ¡arriba Falange Española!”
[2]  En terminología del bando vencedor de la Guerra Civil, periodo comprendido entre el 18 de julio de 1936 y el 17 de julio de 1937.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Una noche que vale una vida

    
¿Pueden enlazarse, de forma medianamente coherente, la vida del famoso amador Casanova (1725-1798), una hermosa novela de Leónidas Andréiev (1871-1919), otra de A.R.G. Solmssen (1928-2018) y los días de la Segunda Guerra Mundial en el País de los Sudetes? Ese es el reto que se propone este relato, que ha contado con el amable apoyo documental de los funcionarios de Turismo de la encantadora localidad de Duchcov (República Checa)

  1. Un preámbulo, tal vez, excesivo

     Nunca olvidaré, mientras viva, la noche del 4 al 5 de mayo de 1945. Yo era entonces un teniente-coronel del Ejército soviético, de 43 años de edad, que había protagonizado semanas atrás un curioso préstamo entre mariscales. Mi amigo y protector, Malinovski, empantanado en el este de Checoslovaquia, me había transferido al Primer Frente de Ucrania, al mando de Kóniev, con estas irónicas palabras:
-          Mijaíl Arónovitch, el Ejército Rojo precisa de tus buenos conocimientos de alemán, más que de los de estado mayor, sin duda inferiores. Te voy a destacar junto a Kóniev, que  necesita de intérpretes, al estar ya combatiendo en suelo alemán. Procuraré arreglármelas sin ti y, en todo caso, la guerra durará ya muy poco. Cuando todo acabe, nos tomaremos una botella de vodka en el bulevar Primorsky.
-          A tus órdenes, Rodión Yakóvlevitch. Y gracias por tu paciencia y tus atenciones.
     Dije estas palabras sin ningún servilismo. La verdad es que admiraba a mi mariscal desde los tiempos en que, aunque apenas dos años mayor que yo, había sido maestro mío en la Academia Frunze. Yo era un alumno ya de edad, voluntarioso pero mediocre, encerrado en mí mismo y con frecuentes jaquecas. No obstante, el paisanaje odesano y la sangre judía habían establecido entre nosotros nexos de aproximación, que terminaron por generar afecto y respeto. Así, al estallar la guerra, Malinovski me reclamó para su estado mayor. Mi coronel del cuarto regimiento de Guardias de la Revolución, de guarnición en Járkov, se quedó de piedra:
-          ¡Qué honor, mayor Orshanski, ser llamado por un general de postín, constelado de condecoraciones!
-          Ya ve, coronel, o yo tengo virtudes ocultas, o el general no es tan inteligente como todos suponen.
     Y así, entre mis conocimientos, modestos, de estrategia y mi relativo dominio del alemán, pasaron casi cuatro larguísimos años de privaciones, combates y sufrimiento moral, que sobrellevé mejor que muchos, gracias a la tutela de Rodión Yakóvlevitch y a mi propia manera de entender la vida. A comienzos de 1943, incluso me llegó un ascenso “por méritos de guerra”, que yo valoré estrictamente como fruto del paso del tiempo. El entonces coronel-general me guiñó el ojo la primera vez que me vio con las insignias del nuevo grado y bromeó:
-          Mijail Arónovitch, si esto dura, nos vemos de mariscales.
-          De uno, por lo menos, no tengo la menor duda -repliqué yo premonitoriamente-.
-          A ver si con tanto entorchado se te olvida Sashka Yegúlev y te buscas una hermosa enfermera para el corazón.
-          Aunque pueda parecer extraño, Rodión Yakóvlevitch, me encuentro mejor entre los soldados de barba y pelo en pecho.
-          Lo sé –sonrió afablemente el general- y eso te ha mantenido firme en campaña, pero la guerra no va a durar siempre.
-          De un modo u otro, para mí, sí.
     No sé por qué lo hice pero, en vez de concluir el diálogo saludando militarmente, le tendí una mano, que él estrechó con calor. Los oficiales presentes se miraron unos a otros, extrañados. Si ellos hubieran conocido a Rodión tan bien como yo, habrían comprendido.
***
     Dos días antes de mi noche mágica, el cuartel general de la 243ª división era un hervidero de rumores y perplejidades. Abandonando la carrera por Berlín que el Primer Frente mantenía con las fuerzas de Yúkov, parte de las tropas de Kóniev habían recibido la orden de girar en redondo a la altura de Dresde y Chemnitz y ocupar la región de los sudetes, en la frontera checa. Poco después, llegué a conocer los motivos del Alto Mando: apoyar y controlar la sublevación de los partisanos y de la población civil contra los ocupantes alemanes en Praga y en otros lugares de Bohemia, y, sobre todo, evitar la expansión de las tropas norteamericanas, que habían penetrado en territorio checo, ocupando Karlsbad [1] y amenazando Pilsen. Eso era algo que Stalin no podía aceptar, al entender esta zona como de influencia soviética. En consecuencia, y aun sin comprender nada, mi división actuó de punta de lanza y, a través de terreno montañoso y embarrado, penetramos en territorio sudete y se nos ordenó a la mayor brevedad posible ocupar la zona bohemia entre el Elba y el Eger, junto a otras dos divisiones. El general Biriutin –cuya consideración tenía, aunque sólo fuese por mi relación con Malinovski- me preguntó:
-          Orhanski, ¿dónde cree usted que podríamos instalar el cuartel general de la división?
-          Sin duda, en Teplitz. Está bien comunicada y tiene excelentes instalaciones, por su brillante pasado como balneario. Las otras dos divisiones pueden ubicarse escalonadamente más al sur.
-          De acuerdo. Adelántese y tome las medidas pertinentes.
     Y así fue como, a la caída de la tarde del 3 de mayo de 1945, invadí Teplitz, entre la indiferencia de sus habitantes y la presurosa retirada de las tropas de guarnición, más deseosas de entregarse a los americanos que de rendirse a nuestros hombres: ellos sabrían por qué.
     Pasamos las veinticuatro horas siguientes dedicados a la intendencia y la ubicación de nuestras tropas. Ya a la caída de la tarde, unos pocos kilómetros al sur de nuestras posiciones, oímos un intenso tiroteo, que las avanzadas interpretaron como enfrentamientos con armas ligeras entre regulares alemanes y partisanos checos. Biriutin me interpeló:
-          ¿Qué diablos cree usted que está pasando?
-          Probablemente, general, alguna escaramuza entre guerrilleros y soldados alemanes en retirada, o con sudetes que tratan de defenderse. Parece que el tiroteo viene de Dux, un pequeño lugar histórico, con castillo y todo eso.
-          Está bien, coja usted un batallón de fusileros y vaya a poner orden y tomar la posición. Una vez afirmado en ella, progrese hacia el sur, pero sin entrar en combate con el enemigo. Mande exploradores y déme cuenta de cuanto averigüe.
-          Mi general, la noche se está echando encima y amenaza lluvia. ¿No sería mejor dejarlo para mañana?
-          De ninguna forma. Vaya usted a ese Dux y acabe con la violencia. De lo que haga luego, será usted responsable, en función de lo que encuentre y observe. Así que apresúrese: a los camiones y con armamento ligero.
-          A sus órdenes. Si no tiene inconveniente, me llevaré el batallón del mayor Nikíforov. Están en Hundorf, a mitad de camino entre Teplitz y Dux.
     En consecuencia, hacia las siete de la tarde del 4 de mayo de 1945, un judío odesano entraba, al frente de quinientos infantes soviéticos, en la población de Dux, famosa otrora por acoger el castillo-palacio de la riquísima y culta familia de Waldstein o Wallenstein, mecenas, entre otros, de Beethoven y Casanova. Ahí es nada.
***
     La llegada de tropas regulares y animosas acabó inmediatamente con la refriega que, en efecto, se desarrollaba entre unas decenas de soldados alemanes, atrincherados en la gran iglesia del palacio, y un grupo más numeroso de partisanos checos, que incluso habían tratado de prender fuego al templo para desalojar a los teutónicos. Estos huyeron de forma dispersa, en la penumbra del atardecer, sin que diera orden de perseguirlos. En cuanto a los guerrilleros, ordené formasen en la explanada frente a la fachada palaciega y me dirigí a sus jefes en alemán, ordenándoles que se retirasen de la población, toda vez que la misma quedaba bajo la exclusiva autoridad armada del ejército soviético. Ellos rezongaron, pero, muy en mis puntos, subí el tono y alegué:
-          Tienen trabajo suficiente en Praga o, si no tienen medios de transporte, acosando a los alemanes en retirada, de aquí hasta el Eger. Todo, menos alterar el orden o importunar a mis tropas. Así que ¡andando!
     Resuelto, mal que bien, el tema militar inmediato, sugerí a Nikíforov que aposentara a sus hombres para cenar y descansar un buen rato. La lluvia empezaba a caer con fuerza y los muros del palacio ofrecían una esperanzadora hospitalidad, tras la gran verja y las estatuas mitológicas protectoras. Algunas personas de mediana edad iban concentrándose en la entrada principal, sin duda, servidores o huéspedes heterogéneos de la casa. Me disponía a dirigirme a ellos para ordenarles los preparativos necesarios, cuando una señora, aproximadamente de mi edad, salió precipitadamente del interior del palacio y requirió  mi atención en un idioma casi incomprensible para mí. Comoquiera que hubiese captado la palabra americans, intuí su pregunta y su equivocación, por lo que le respondí con un “nein, russen”. Ante ello, pareció derrumbarse psicológicamente, pero en seguida dio media vuelta y desapareció tan aprisa como había surgido, aunque no con la suficiente fugacidad, como para no percatarme de la hermosa placa ovalada prendida de su chaqueta oscura: un león rampante coronado, en campo de franjas verticales rojas y negras.  
     Como jefe de operaciones, pero no directo de la tropa, me limité a ordenar a la servidumbre que se pusiera a disposición del mayor y demás oficiales, acatando sus indicaciones. Por mi parte, me instalé en una amplia dependencia que me sugirieron; sin duda, una antigua sala de billar, donde extendí los mapas y planos, departiendo durante unos minutos con Nikíforov y los capitanes. Les invité a cenar conmigo en el palacio, a eso de las nueve, dejando, en principio, para la medianoche el inicio de la tarea de exploración y avance acordada por el general. Seguidamente, acompañado por uno de los veteranos empleados, decidí hacer el recorrido de las estancias más notables del edificio, en verdad muy hermoso, pero casi enteramente despojado de muebles de valor, así como de libros, lámparas y toda clase de adornos. Sin duda, la penuria y el saqueo, hijos inevitables de la guerra, habían dejado su huella. Mi cicerone lo confirmó:
-          Son ustedes los primeros soldados rusos que vemos en Dux, pero con los alemanes y los irregulares hemos tenido bastante.
-          Luego es usted checo. Lo digo por aludir a los alemanes despectivamente y como ajenos.
-          Checo o sudete, no puedo dejar de reconocer que esta tierra está abandonada de la mano de Dios desde la caída del Imperio austriaco, allá por 1918.
    Aceleré el recorrido cuanto pude, pues estaba preocupado por las operaciones nocturnas y lo que veía me causaba cada vez más tristeza. Llegado a un punto, dije a mi acompañante:
-          Vamos a ver las habitaciones de Casanova.
-          ¡Ah, señor militar!, son las dependencias privadas de frau Waldstein.
-          ¿Cómo dice?
-          Es la guía del palacio. Está aquí desde hace casi veinte años. Dicen que lo ordenó el presidente Masáryk. De todas formas, será mejor que sea ella quien le enseñe esa parte de la casa.
     Aunque cada vez más sorprendido, acepté la sugerencia de mi mentor. Así que dejé que se retirara y llamé a la puerta de Casanova, perdón, de la mujer que –según parecía- había convivido con su legado y sus recuerdos durante veinte años. Tras un segundo intento, la puerta se abrió parsimoniosamente y una figura femenina se perfiló en el umbral: era la anhelante señora de la entrada; la placa metálica, apenas visible bajo una luz eléctrica mortecina, la delataba.

2.   La huésped de Casanova
-          La señora Waldstein, supongo –pregunté directa y socarronamente-.
-          En efecto –encajó rápida la situación, con una sonrisa-. ¿A quién tengo el honor?
-          Soy el teniente-coronel Orshanski, jefe accidental de las tropas soviéticas en Dux.
     La señora me franqueó la entrada de sus aposentos, que eran tal y como suelen describirse: modestos y reducidos. Apenas tres habitaciones, que el tiempo y la incuria habían despojado del mobiliario original y, al parecer, de los libros y objetos del famoso aventurero, heredados a su muerte por los familiares legítimos más directos. La señora hacía los honores con agrado y profesionalidad, superando nuestro desconocimiento personal y el hecho de que lo que mostraba era, en buena medida, su hogar y sus cosas. Como ya he dejado dicho, la luz, por restricciones o por falta de puntos lumínicos, era de todo punto insuficiente. Se lo comenté, por salir del monotema casanoviano, pero ella no le dio importancia. Ante mi sorpresa, invitó:
-          Me he quedado sin combustible para el hornillo, de forma que no puedo ofrecerle nada caliente. Si se conforma con un coñac… Y siéntese, por favor, está usted en su casa.
-           Muy agradecido. Lo tomaré rebajado con agua, aunque pueda parecer una herejía.
     Iba a sentarme en un sillón de apariencia sencilla y antigua, cuando mi anfitriona rompió a reír de buena gana.
-          ¿Qué sucede? –pregunté posando mi humanidad en el mueble-.
-          Pues que acaba usted de sentarse en el sillón del mismísimo Casanova, donde se dice que falleció.
-          ¡Ah!, no sabía…, repliqué levantándome un poco avergonzado por mi involuntario atentado al respeto histórico.
-          ¡No, no, si ya da lo mismo! –frau Waldstein seguía riéndose francamente-. Basta con un instante para que el sillón produzca su efecto. A partir de ahora –y perdone mi alusión a la leyenda- se decuplicará su capacidad sexual.
-          En fin, si sólo es eso… –repliqué con ironía- Todo depende de la cuantía del factor a multiplicar por diez.
     Los ecos de su risa fresca y cantarina (bastante más eficaz que el sillón de Casanova) se apagaron finalmente. Era la perfecta anfitriona, simpática, servicial y comunicativa. Sin apenas insinuación por mi parte, se sinceró, como si hubiera estado esperando la ocasión de encontrar un interlocutor atento y -¿por qué no decirlo?- exótico y ocasional.
***
-          Pues, en efecto, llevo en Dux dieciocho años, día a día. No quiero decir viviendo siempre aquí, pero sí dedicada a enseñar el palacio a los visitantes y a inventariar y cuidar lo mucho que el edificio guardaba hasta hace relativamente pocos años. Luego llegaron a este remanso las secuelas de la guerra, que para mí comenzó con la ocupación hitleriana en 1938. Ciertamente, yo soy alemana, pero –por razones que no es del caso relatar- viví mucho más libre y feliz bajo la férula de los checos. En fin, por mi seguridad y conveniencia, me recluí aquí hace siete años y no he salido sino a pasear por el parque y los alrededores. Las habitaciones de Casanova habían sido preparadas por él como un pequeño hogar recoleto e independiente, y al convertirse el palacio en sede de la municipalidad, esta las amuebló al estilo de una modesta vivienda del pasado. Me autorizaron a vivir en ella, como conservadora y guía ocasional, y aquí me tiene usted, cual pájaro encerrado en una jaula dorada.
-          ¿Y no está un poco harta de Casanova y de su maléfico influjo?
-          ¡Bah!, eso son paparruchas. Por otra parte, nuestro Giácomo era una figura bastante más compleja y, si me permite, feminista de lo que habitualmente se cree. Sucede que hay que contemplarle con el distanciamiento de doscientos años. En fin, no quiero aburrirle con mis historias. Sólo –si me guarda el secreto- le diré que, de tanto escudriñar entre estas paredes, he llegado a encontrar papeles inéditos y desconocidos de nuestro hombre, que constituyen un epítome de la famosa Histoire autobiográfica, así como algunos esbozos de su continuación a partir de 1774. Algún día, acabada esta guerra interminable, podrán ver la luz. Al menos, yo los he dejado donde él astutamente resolvió esconderlos.
-          Esta guerra interminable –como usted dice- está a punto de acabar. Corren rumores de que Hitler ha muerto y Berlín está a punto de caer en nuestras manos.
-          ¡Pobre Berlín! Es mi ciudad natal, ¿sabe? Hace muchos años que no he vuelto y mucho tiempo que vivo sin noticias de mis familiares.
     Me levanté del famoso sillón y, desde la ventana, constaté que la lluvia había cesado. Eran las ocho y media y decidí de pronto dar un giro al programa. Cancelé por un ordenanza la cena con los oficiales, pretextando una de mis jaquecas, y los cité, conforme a lo previsto, para la medianoche. Seguidamente, ordené a los cocineros del palacio que subieran un refrigerio para dos personas a las habitaciones casanovianas, no sin algunas reticencias por parte de la señora. Para superarlas, le dije:
-          Para no remover en su ignota tumba el espíritu de Casanova, no se dirá que una señora invita a un caballero casi desconocido a cenar en sus habitaciones particulares, sino que el jefe de un ejército de liberación sienta a su mesa a una hermosa dama del país redimido.
-          ¿Y estaría dispuesto ese caballeroso militar a conceder a la dama un honesto favor, si esta se lo pidiere?
-          Por supuesto, si está en su mano y dicha dama le hace la gracia de comunicarle su nombre, ya que sólo conoce el apellido.
-          Por supuesto. Soy Liliana von Waldstein, aunque mis amigos solían llamarme Lili [2].
-          Perdón, yo también me presentaré completamente. Soy Mijaíl Arónovitch Orshanski, de Odesa.
-          ¿Arónovitch? ¿Acaso es usted judío?, y perdone la indiscreción.
-          Por supuesto, y de una ilustre familia oriunda de Yekaterinoslav [3], abundosa en rabinos y hombres de ciencia.
-          Pues ya tenemos algo más en común y para mí muy importante, porque –no sé si lo sabe- los Waldstein somos judíos y ese ha sido en gran parte el motivo de mi destierro y de mi desgracia.
-          No mayor, sin duda, que la mía, aunque esta no haya sido fruto de la raza, sino de la guerra civil.
     Lili miró a Mijaíl como si su rostro reflejara los fantasmas de su pasado. Vaciló unos segundos. Luego sugirió:
-          Si le parece, hagamos de esta velada un trasunto del Decamerón. Contémonos nuestras historias y tal vez de ello surja, no tanto un entretenimiento, como un remedio o, al menos, una buena amistad.
-          De acuerdo, ¿quién ha de empezar?
-          Lo haré yo, ya que he sido la proponente.
     En ese momento, aparecieron dos servidores con la cena, acompañados por el sargento asistente de Orshanski. Este los despachó, tan pronto depositaron el servicio sobre la modesta mesa de comedor y, al poco, Lili comenzaba su personal historia.
***
-          Nací en Berlín en 1904, en el seno de una familia de banqueros judíos, emparentada con quienes levantaron este castillo y acogieron en él como bibliotecario al impenitente amador. La vida no ha sido fácil en mi país a partir de 1914, pero me protegía un trío invencible: familia, dinero y juventud. Afortunada o desdichadamente, el corazón no puede blindarse y yo lo entregué a los diecisiete años a un pintor americano, que perfeccionaba su técnica en la Atenas del Spree y se hospedaba en casa de unos amigos míos, empleados en nuestro banco. Fue mi primer amor y, dada la ocasión y el momento, me permitirá no entre en detalles sobre su desarrollo y la gran felicidad que a ambos produjo durante poco más de un año. Finalmente, mi amado (al que llamaré Peter) se involucró –o eso dijeron- con grupos anti-nazis y le creyeron sospechoso hasta de espionaje. Tras morir asesinado uno de sus amigos, temimos por su vida y le impulsamos a regresar a su país. Nos despedimos con una tristeza mortal, que apenas paliaba el compromiso de escribirnos con frecuencia y de que yo haría lo posible por ampliar estudios en los Estados Unidos, cuando terminara mi carrera en la Universidad Humboldt. Desgraciadamente, no hubo lugar al reencuentro. Por una parte, Peter abandonó la pintura y se pasó al periodismo gráfico, recorriendo casi todo el mundo libre y escribiéndome cada vez más espaciada y superficialmente. Por otra, los nazis fueron incrementando su poder y su violencia, hasta el punto de que mis padres alejaron de Alemania a sus hijos, en evitación de riesgos por ser judíos. A mí, nada menos que con la colaboración del respetado Tomas Masáryk (condiscípulo de uno de mis abuelos en Viena y buen cliente de la firma Waldstein), me colocaron en el palacio de Dux, como figura decorativa en atención a mi apellido. El tiempo pasaba y tal vez los manes de Casanova me hicieron caer en la tentación: acepté la proposición matrimonial de un profesor de la universidad de Líberec, checo y no judío, con la ilusión de que olvidaría a Peter y alcanzaría las dulzuras de la maternidad. Nada de eso sucedió y aquí regresé cinco años después, estéril y divorciada. Queden los detalles en el arcano de mi memoria. Luego, llegó hasta las puertas la marea nazi. Afortunadamente, como alemana y reliquia histórica, me han respetado; lo del judaísmo, se me perdonaba siempre que “no hiciera ostentación”, según el gauleiter de Aussig. Ni que decir tiene que me recluí en este ayuntamiento-palacio, no bajando al pueblo más que por razones médicas. En fin, amigo mío, sola y aislada, espero el final de una guerra que me parece eterna, sin saber si tal esperanza ha de serme aún más dañina, pues no se me oculta que la mayor parte de mis familiares y amigos habrán muerto en esta vorágine de odio y fuego. ¿Quién sabe si habría un lugar para mí cuando los checos vindicativos retornen al País de los Sudetes? Así que Casanova, que me acogió joven e ilusionada, me verá marchar, con el frío en el alma. 
-          ¿No ha vuelto a saber de Peter, el pintor y fotógrafo?
-          Ha dado usted de lleno en el favor que quiero pedirle. Tengo la corazonada de que la muerte me aguarda si permanezco en Dux y que, por el contrario, voy a ver a Peter de corresponsal de guerra, si me lo propongo. Sé que es una quimera, pero es lo único que mantiene mi energía. Siento una fuerza interior irresistible que me lleva hacia él, aunque sólo sea por verlo de nuevo y que me revele su actual situación y sus sentimientos. Después de tantos años, sigue siendo el hombre de mi vida. ¿Por qué no habría de ser yo la mujer con la que siga soñando?
-          Bien, ya entiendo. Procuraré hacer algunas averiguaciones acerca de los periodistas acreditados en las unidades americanas más próximas y, entre tanto, la protegeré con mis soldados y mi influencia. ¿Cómo se llama realmente su enamorado?
-          Ellis, Peter Ellis [4], pero no es eso lo que quiero pedirle. Se trata de que me haga pasar a las líneas americanas. Sé que están muy cerca de aquí. Cuando llegaron ustedes, creí que se trataba de los americanos. Una vez más, la suerte no estaba de mi parte. Pero ahora, con usted…, si usted quisiera…
-          Lo siento, es imposible. Los americanos están a bastantes kilómetros de Dux, en la zona de Karlsbad y, entre ellos y nosotros, hay partisanos checos, tropas alemanas, desertores, voluntarios sudetes… Y yo no tengo permiso de mis superiores más que para avanzar en descubierta hasta encontrar resistencia. No sé, si espera usted unos días, otras tropas soviéticas ocuparán el territorio intermedio, o tal vez acabe la guerra.
-          No le conozco, teniente-coronel, ni usted me conoce a mí. Quiero decir, que no tiene ni idea de mi fuerza de voluntad y de lo poco que me importa morir, si es tratando de encontrar a Peter. Y, en cuanto a usted, ignoro qué es lo que pueda arrastrarle o animarle a luchar más allá de su comodidad o de las órdenes recibidas. Poco o nada tengo, pero todo está a su disposición: algunas joyas, algo de dinero, los documentos de Casanova… y todo aquello que una mujer puede ofrecer a un hombre. Dicen que tengo buena figura y no soy fea…
     En paralelo a estas últimas frases, Lili se había ido levantando y aproximándose a Mijaíl. Este, abrumado y tierno a la vez, le tomó una mano, que besó, y la empujó suavemente hacia la silla que acababa de dejar. Ella, como en una nube, no sabía si estaba viviendo una ficción, ni si era su propia persona la que daba pasos tan dramáticos. El militar le sirvió un poco de vino, permaneció junto a ella unos momentos, acariciando mecánicamente su cabello; luego retornó a su plaza en la mesa, reflexionó durante algún tiempo, sin dejar de mirarla a los ojos, y, con cierta torpeza inicial, le confesó:
-          Querida amiga, lo que acaba de suceder es para mí un honor y para usted un timbre de gloria: llevar su amor hasta el extremo. En todo caso, resulta de todo punto innecesario. Yo voy a hacer por usted cuanto esté en mi mano, contando con su valor y decisión: ya trataremos de ello a lo largo de la noche. Pero ahora me toca exponer mi historia, a través de la cual verá cómo su vida no ha sido tan miserable como la de otros y hasta qué punto su generosa oferta de entrega resultaba para mí imposible de aceptar. Relájese y escuche.



3.   El hombre del libro

     “Las familias de Rebeca y mía se conocían de antiguo. Crecimos juntos y era casi natural que nuestra unión coronase tal amistad. Pero no se trataba tan sólo de una predestinación apoyada por todos, sino de que ambos fuimos alcanzando con la edad los sentimientos y la mutua atracción que nos hacían íntimos e inseparables. Compartíamos fiestas, religión, trabajo, amistades, colegio. Teníamos un mundo propio, al que sólo accedían aquellos a quienes invitáramos a integrarse en él. El camino estaba felizmente marcado y era mera cuestión de tiempo el irlo recorriendo. Pero en ese camino iba a cruzarse un terrible imprevisto: la revolución y la guerra civil.
     “El vendaval revolucionario de 1917 me sorprendió en el último curso del liceo. Como joven y judío, me adherí ideológicamente a los rojos, aunque no di el paso de tomar las armas ni de adscribirme al Partido. Mi familia era relativamente pudiente: me aproveché de ello para iniciar por libre mis estudios de medicina, dado que la Universidad funcionaba esporádica y lamentablemente; incluso practicaba en el hospital, con la tolerancia de médicos y profesores amigos de los Orshanski. Rebeca no tuvo tanta suerte: sus padres regentaban un almacén de productos ultramarinos, que se vino abajo entre la nacionalización y las dificultades comerciales. Hubo de acabar como pudo los estudios secundarios y colocarse de bibliotecaria ayudante en la facultad de Letras. Nos veíamos mucho menos que antes, pero las dificultades acrisolaban nuestro cariño y la hostilidad y la violencia exteriores nos hacían valorar aún más el paraíso afectivo que habíamos creado para nosotros.
     “La guerra civil castigó duramente a nuestra ciudad durante más de dos años. En la primavera de 1920, los blancos y los bolcheviques lucharon en las calles y Odesa fue bombardeada. La vida personal valía poco; muertos y heridos se contaban por centenares. En el hospital apenas dábamos abasto para atender malamente a las víctimas, en medio de un ambiente de tensión y de carencias. Rebeca me fue a buscar allí en algunas ocasiones, para poder vernos e intercambiar apenas unas palabras. La encontraba cada vez más deprimida y con premoniciones más funestas. No sé si creía en ello antes, pero lo cierto es que el 28 de abril de 1920 (me acuerdo como si fuera hoy), me dijo:
-          Querido Mijaíl, te amo tanto que Dios nuestro señor me ha permitido hacerte una promesa, para el caso de que no pueda sobrevivir a esta época cruel. Y es que, si muero sin haber llegado a ser tu esposa, habré de reencarnarme en otra mujer, que te amará y cuidará de ti, con la misma ternura y fidelidad que yo te profeso.
-          Rebeca, por favor, no digas esas cosas. La guerra terminará pronto y reanudaremos nuestra vida normal y sencilla, como antes; mejor dicho, más perfectamente que antes, porque habremos fortalecido y purificado nuestro amor en la adversidad.
-          Ojalá sea así pero, si muero, no olvides mi promesa. Yo seré tuya, si aceptas mi ofrecimiento y sabes encontrarme. De otra manera, mi nueva vida será en vano y purgaré con la infelicidad el que Dios haya aceptado mi ruego.
     “Diez días más tarde, cuando más arreciaban los combates callejeros y los rojos estaban a punto de conquistar totalmente la ciudad, una granada de artillería penetró por una ventana de la biblioteca en que Rebeca trabajaba y estalló a escasos metros de ella. Su cuerpo quedó mutilado y, con un hálito de vida, la llevaron a mi hospital. Sus ojos, fijos en los míos, me dijeron lo que sus labios apenas podían articular. Murió a los pocos momentos. Una enfermera me entregó un libro, manchado de sangre, que Rebeca llevaba entre sus ropas cuando la ingresaron. Era nuestro libro favorito, Sashka Yegúlev, de Andréiev, con el sello de la biblioteca, el cual tal vez estuviera leyendo o manejando en el momento de alcanzarla la metralla. Como comprenderá, era una reliquia demasiado valiosa para devolverla: llevaba su sangre, su calor y, seguramente, su promesa.
     “Yo no creo, por modo general, en la transmigración de las almas, ni tengo la menor idea de cómo puede esta actuar, caso de producirse, pero día a día, año a año, he estado esperando que Rebeca –precisamente Rebeca- cumpla su promesa y se me aparezca para vivir el amor en plenitud que la muerte nos negó. Ella murió el 8 de mayo de 1920; de forma que llegué a convencerme de que su nueva corporeidad –por decirlo así- no podía haber nacido antes, sino, probablemente, por ese mismo momento. No sé cómo ni cuándo se haya de presentar ante mí, pero, desde hace unos diez años, no pienso ni deseo otra cosa. Vivo de recuerdos y de esperanzas, cada vez más solo, más alienado, más delirante. Busco de día y de noche, sufro, me agoto y –que Dios me perdone- dudo y maldigo. Porque yo no puedo detener el avance de mi vida, envejezco, endurezco mi corazón, he llegado a matar, a detestar a las mujeres que han estado más cerca de hacerme olvidar la búsqueda, a ser feliz viviendo entre hombres, sólo porque así no tengo que mirar al fondo de su alma, buscando la de Rebeca. Hasta la guerra me ha sido fraterna: por ello me hice militar, contra toda vocación y sentimiento. Y, por eso, la hubiera odiado a usted por ofrecerme sus encantos, si no fuese porque su edad la pone a salvo de cualquier confusión y porque, como yo, sufre y busca.
     “En mi delirio, he creído encontrar el talismán que me abrirá los cuerpos para descubrir las almas. Es ese libro, esa despiadada novela, esas páginas manchadas por la sangre de Rebeca, esa tinta que corrió su sudor, que vivificó su último hálito. Lo llevo constantemente conmigo y, de forma más o menos sutil, lo pongo ante los ojos de cuantas mujeres me recuerdan a ella, de las jóvenes que pueden tener la edad conveniente. Pienso, ¡cómo no va a revelárseme, a permanecer impasible, a no amarme, quien sea sangre de su sangre! Tal vez no me reconozca a mí (¡he cambiado tanto!), pero el joven Yegúlev enlazará sus dos vidas y conmoverá su corazón. Lo llevo a todas partes, lo poso maliciosamente en todos los veladores, lo muestro al desgaire por las calles. ¡Incluso en la guerra! Mire, está aquí.”
     Mijaíl echó la mano al pecho, abriendo a la vez la guerrera del uniforme, y extrajo la fuente de su esperanza, de su locura, de su dolor. Lili, transida de emoción, se quedó con la mano a mitad de camino entre su persona y el libro. No se atrevió a más. Mijaíl le mostró las manchas de sangre, tan secas y descoloridas, que hubieran podido ser de óxido o de sombra. Acarició levemente la cubierta y volvió a depositarlo junto a su corazón. Aún pudo acabar:
     “Así que ¡menudo par de casanovianos, usted y yo! Constantes, fieles, espirituales, ¡absurdos! Ni en cien años se hubiera podido creer en una coincidencia así… Señora, tiene toda mi adhesión y mi respeto. Yo no tengo nombres, ni edades, ni rostros, pero su Peter Ellis está bien definido e identificado. Esta noche iremos a buscarlo. Mejor dicho, irá usted y yo la ayudaré en lo que pueda. Esté preparada a medianoche en el vestíbulo del palacio. Y, por favor, queme antes los papeles de Casanova. Estamos en guerra, no entre nosotros, sino con él. A perpetuidad.”
     Mijaíl miró su reloj: eran casi las once de la noche. Se levantó, besó a Lili en la frente y salió de sus habitaciones.


4.   La búsqueda

     La noche invitaba a la contemplación. Después de la lluvia, había despejado y era estrellada, fresca, límpida. Mijaíl bordeó el edificio y paseó hasta la fachada posterior, donde una escalinata doble descendía hasta un armonioso estanque cuya lámina de agua apenas herían la claridad y el viento. Unos soldados lo reconocieron y se le cuadraron. El teniente-coronel bromeó:
-          Bien, muchachos, un esfuercillo más y la semana que viene, para casa.
-          ¡Quién le oyera, señor! ¿Nos da su palabra?
-          Os doy mi palabra de que todos vosotros volveréis sanos y salvos. Es más de lo que muchos pueden decir.
     Se detuvo unos momentos a fumar un cigarro con un par de tenientes con acento ucraniano y regresó a la sala de billar. Echó un último vistazo a los mapas y se sentó en la oscuridad, solo con sus recuerdos, a esperar la medianoche.
     La reunión con los oficiales fue fulminante. Lo tenía todo programado y estaba deseando reencontrarse con Lili:
-          La compañía del capitán Lermóntov formará con armamento de combate, en cuatro camiones y tres vehículos ligeros. Avanzaremos hasta alcanzar el Eger por Saaz, o hasta que trabemos contacto con tropas alemanas que ofrezcan resistencia. Usted, Nikíforov, quedará aquí al mando, con las otras dos compañías. Espero regresar al alba; en otro caso, vayan en nuestra ayuda y reporten con el general. Saldremos en no más de media hora. Pueden retirarse.
     Lili ya estaba sentada en una silla, al resguardo de la penumbra del zaguán. Junto a ella, una maleta y una niña. Mijaíl llamó a la mujer:
-          Veo que ya estás lista pero, ¿qué significa esa chiquilla?
-          Es Gretchen, la hija del portero. Él ha sido un colaborador muy activo con el gobierno y la policía sudetes y teme graves represalias.
-          Pero, ¿qué te va a ti ni a mi en eso? No puedo convertir la expedición en una caravana humanitaria.
-          Mijaíl, por favor. Su padre me ayudó mucho para que no me molestaran como judía y la niña se llama como mi pequeña y tiene su misma edad.
-          ¿No me dijiste que eras estéril?
-          Te dije que el matrimonio me trajo la esterilidad. Un parto inadecuadamente atendido se llevó la vida de mi niña y las posibilidades de una nueva maternidad.
-          Con todo, no entiendo…
-          ¿Te negarás, después de haber construido toda tu vida en torno a la reencarnación?
     Mijaíl gruñó, pero acabó asintiendo. Sólo le exigió:
-          En el trayecto, hazla pasar por tu hija. Quizás así se entenderá mejor.
***
     El convoy llegó sin percance alguno hasta Most, más o menos, a mitad de camino del trayecto máximo previsto. Unidades alemanas, desorganizadas y en evidente huida hacia el sur casi bloqueaban el camino. Orshanski ordenó parar  los camiones y, tras enarbolar una bandera blanca de circunstancias, avanzó con su vehículo ligero, junto al conductor, Lili, Gretchen y el sargento abanderado.
-          ¿Quién está aquí al mando?, preguntó con voz sonora y su mejor acento alemán.
-          Yo mismo, respondió un mayor de granaderos, avanzando hasta colocarse junto al jeep.
-          Está bien –saludó Mijaíl militarmente-. Tenemos aquí a una señora alemana con su hija, que ha pedido ayuda para pasar a la zona americana, por miedo a los partisanos.
     La frase final surtió un efecto inmediato. Soldados alemanes ayudaron a la señora y a su hija a bajar del vehículo y cargaron con el equipaje. El mayor ordenó que las subieran a uno de los camiones. Lili apenas tuvo tiempo de volverse hacia el teniente-coronel y decir:
-          Gracias por todo y te deseo la mejor suerte del mundo en tu búsqueda.
     Mijaíl sonrió y, con la voz menos audible que pudo, susurró casi a su oído:
-          Escríbeme. Con el nombre y el grado bastará.
     Los jefes de ambas tropas se miraron con curiosidad. Mijaíl le ofreció un cigarrillo:
-          Tome. El tabaco ruso es malo pero no mata.
     El mayor se echó a reír:
-          El americano es mejor; por eso vamos a rendirnos a ellos.
-          ¿Hasta dónde han llegado?
-          Por esta zona, hasta Karlsbad, pero se rumorea que están a punto de entrar en Pilsen.
-          En fin, mayor, todo está consumado. Cuide de ellas. Son muy amigas de un alto cargo americano, un tal Peter Ellis.
-          Y aunque no lo fueran. Ya hemos sufrido todos bastante.
     Mijaíl se quedó inmóvil hasta que la falange alemana desapareció. Luego, volvió a su coche y dijo jubilosamente:
-          Venga, Dmitri, a casita y sin prisas. No es cosa de tener un accidente en una noche como esta.
***
     Un día de enero de 1947, el mariscal Rodión Yakóvlevitch Malinovski, jefe del Distrito militar de Transbaikal-Amur, recibió por reenvío una carta dirigida al teniente-coronel del Ejército Soviético, Mijaíl Arónovitch Orshanski. Le llamó bastante la atención pues se trataba de la primera misiva privada que recibía su compaisano en el último año. La remitía una tal Liliana Waldstein desde Munich y, habida cuenta de que estaba escrita en alemán, nuestro mariscal ordenó traducirla. Esta fue la versión literal que se le entregó:
     Múnich, a 24 de diciembre de 1946.
     Querido Mijaíl: Hoy es mi primera Nochebuena en Europa desde que nos despedimos y no quiero dejar de testimoniarte nuestra gratitud y afecto en fecha tan señalada. Y digo “nuestra” porque Gretchen ha vuelto conmigo, una vez que la Comisión de Refugiados ha comprobado que toda su familia desapareció en el terrible proceso de repatriación de los sudetes del año 45. Así que te debe la vida…, pero yo sólo a medias te debo mi felicidad.
     Pues sí, querido amigo, encontré a Peter, vivo, sano y divorciado. Ni que decir tiene que, tan pronto me autorizaron el ingreso en los Estados Unidos, nos casamos y pasamos a vivir en Nueva York, donde él tenía su trabajo periodístico principal. Nuestra felicidad duró… seis meses. Visto el tema a posteriori, seguramente el desenlace ha sido lógico. No puede pararse el reloj de la vida, ni llenar un vacío de veinte años con imágenes juveniles y recuerdos de un pasado más imaginado o soñado que real. Así que regresé a mi Alemania, busqué a Gretchen… y aquí estoy, como antaño, en la zona americana, que los soviéticos (salvo excepciones) me parecéis muy peligrosos.
     De la  familia, sobreviven mis hermanos, gracias a los desvelos de mis padres. De estos no se han vuelto a tener noticias, desde que los embarcaron en vagones de ganado rumbo a Buchenwald en 1942. Por tanto, aquí me tienes, con Gretchen y sobreviviendo gracias a los capitales que mi familia pudo sacar a Suiza, así como de mis clases de inglés para alemanes y de alemán para americanos. Por cierto, te hice caso y no me traje los papeles de Casanova. Pero tampoco los quemé. Así que supongo seguirán en el ayuntamiento-palacio, esperando alguna víctima cuyo espíritu tentar.
     ¿Y tú, querido, has encontrado lo que buscabas? Casi no me atrevo a escribir lo que deseo decirte, pero ahí va (siempre he sido muy impulsiva). Yo ya me he vacunado del morbo del “hombre/mujer de mi vida”. Si tú también lo has conseguido, o si lo deseas o, simplemente, si quieres que una mujer te ayude y te consuele mientras lo sufres, cuenta conmigo. A veces, una noche, una simple noche, vale por toda una vida de sabiduría y de sentimientos.
     Mi dirección va en el remite. Mi cariño, en este papel.
     Tuya,
     Lili.
***
     Lo que Malinovski tenía que contestar no quería que pasara por las manos de ningún traductor o secretario. De modo que, haciendo uso de su ya oxidado francés –que razonablemente suponía comprensible para la destinataria-, redactó unas líneas, para acompañar un libro considerablemente ajado:
     Chita, a 1 de febrero de 1947.
     Estimada señora Waldstein:
     Ante el inesperado y trágico fallecimiento de mi paisano y compañero de armas, Mijail A. Orshanski, soy yo quien –como albacea suyo- le hago llegar la triste noticia de su muerte, acaecida en la noche del 4 al 5 de mayo del pasado año, así como el ejemplar de Sashka Yegúlev que él llevaba siempre consigo. Fue su voluntad, expresada testamentariamente, que yo cumplo gustoso, tan pronto he sabido el paradero de usted. Habiendo tenido la necesidad y el atrevimiento de leer su carta, he comprendido que el hermoso y trágico legado del coronel Orshanski no podría ir a parar a mejores manos.
     Por lo demás, señora, espero me cuente entre la inmensa serie de soviéticos no peligrosos y, desde ahora, en la más reducida de las personas que le ofrecen el testimonio de su mayor consideración.
     Atentamente,
    Rodión Y. Malinovski
     Mariscal y Héroe de la Unión Soviética.

 

[1]  Por razones históricas, suelo emplear las denominaciones alemanas. Como los mapas posteriores a la guerra utilizan preferentemente las checas, indicaré que Karlsbad equivale a Karlovy Vary; Teplitz, a Teplice; Dux, a Duchcov; Bilin, a Bilina; Hundorf, a Hudcov; Aussig, a Usti nad Labem; Saaz a Zatec; Brüx a Most. Por su parte, la moderna Liberec se corresponde con la Reichenberg de su pasado germanófono. Todas esas localidades figuran citadas en el curso de este relato.
[2] Me permito hacer este guiño onomástico al novelista y abogado americano Arthur R.G. Solmssen (1928-2018), en cuya valiosa y famosa novela Una princesa en Berlín (1980) encontrarán la razón de mi atrevido homenaje.
[3]  Hoy, Dnepropetrovsk, en Ucrania.
[4]  Nuevo (y último) guiño a la novela Una princesa en Berlín, aludida en la nota 2.