sábado, 17 de enero de 2026

LO QUE ARISTÓTELES ENSEÑABA A ALEJANDRO MAGNO

 

 LO QUE ARISTÓTELES ENSEÑABA A ALEJANDRO MAGNO

Por Federico Bello Landrove

 

     ¿Cómo y hasta dónde enseñaba Aristóteles la ética a su destacado alumno, el futuro Alejandro Magno? ¿Qué consecuencias y propósitos sacaba el discípulo de la docencia de su maestro? He tenido la suerte de acceder a un gran descubrimiento producido en Atenas y en la antigua Pella alrededor del año 2000 de nuestra era, que puede arrojar luz para contestar las susodichas preguntas. Espero que les resulte a mis lectores tan instructivo e interesante como a mí. Al menos, habrán adquirido un conocimiento básico de una de las obras cumbre de nuestra civilización: la Ética a Nicómaco aristotélica.

Aristóteles instruyendo a Alejandro Magno (grabado de Charles Laplante, 1866)


1.      Introducción: El manuscrito 1-A de la Biblioteca Nacional de Atenas


     Génesis de un descubrimiento decisivo.

     Al fallecer Aristóteles en Calcis de Eubea en el año 322 a.C., su hijo Nicómaco realizó un completo inventario de los papeles de su padre. Entre ellos, encontró unas notas, fechadas veinte años atrás, cuyo contenido le resultó familiar pues se correspondían bastante aproximadamente con una parte de las explicaciones académicas de Ética, que Aristóteles había profesado en el Liceo durante unos doce años, hasta que tuvo que exiliarse de Atenas un año antes de su muerte.

     Dichas notas fueron posteriormente aprovechadas por Nicómaco y por los discípulos de Aristóteles para redactar el volumen de Ética que, con el tiempo, se denominaría A Nicómaco, para diferenciarla de otras obras de la misma materia (Ética a Eudemo, Magna Ética) salidas también de la mente del Estagirita. Pero el manuscrito llamó especialmente la atención de Nicómaco por su redacción esquemática y por su contenido eminentemente práctico. Parecía como si tales notas, más que un borrador académico, constituyeran unos apuntes de tipo tutorial encaminados a formar el carácter de algún discípulo muy especial.

     Finalmente, casando esas características de las notas con la fecha en que se escribieron, Nicómaco llegó a una conclusión imponente, aunque indemostrable: Muy probablemente el manuscrito había sido redactado para la educación de Alejandro el Grande, rey de Macedonia y fundador del gran imperio greco-persa, que daría lugar al mundo helenístico.

     Desgraciadamente, Nicómaco no pudo llevar a mayores la comprobación de sus intuiciones pues Alejandro Magno había muerto un año antes que Aristóteles. Así que, no teniendo la seguridad de hallarse ante un best seller, se limitó a aprovechar su contenido en la forma que antes hemos dicho y guardó celosamente las notas en un ánfora, que enterró al pie de un frondoso pino del Liceo, en las afueras de Atenas.

     Excavaciones encaminadas a construir una urbanización han sacado recientemente a la luz el manuscrito de Aristóteles, cuyo valor histórico es ciertamente inmenso, pero del que ha llegado a dudarse sobre su autenticidad. Con el fin de hacer una publicación crítica del mismo, una vez que lo he traducido al español, transcribo a continuación su texto, poniéndolo en relación con la Ética a Nicómaco, de cuya autenticidad no es posible dudar. Las citas de esta última obra las hago con referencia a cada uno de sus libros (en números romanos) y capítulos (en dígitos árabes)[1].

     Panorámica del manuscrito de Aristóteles.

     El manuscrito de Aristóteles recientemente descubierto está redactado sin soluciones de continuidad y de forma un tanto desaliñada. Procurando hacerlo asequible al lector moderno, respetando al propio tiempo la formulación original, vamos a exponerlo conforme al siguiente esquema sistemático:

·         Parte general: Análisis de los hábitos positivos o virtudes. Esta parte puede subdividirse en tres apartados, de parecida extensión: A) En qué consisten las virtudes. B) Cómo se adquieren. C) Qué consecuencias producen o a qué conducen.

·         Parte especial: Examen particularizado de ciertas virtudes especialmente importantes para un líder: prudencia, veracidad, ambición, sociabilidad, templanza, amabilidad y valor.

     Naturalmente, cuando enfatice alguna palabra o expresión mediante cursivas, la decisión será mía, no de Aristóteles.

 

 

2.      Texto traducido al español del manuscrito aristotélico

 

     En qué consisten los hábitos operativos llamados virtudes.

·         Para conocer lo que es un bien para el hombre, hay que comprender que son tres los aspectos básicos del modo de ser humano y de las funciones características del hombre. Como ser vivo, serán bienes para el hombre las cosas que le permitan conservar su existencia. Como ser sensible, serán bienes aquellas cosas que agraden a los sentidos. Finalmente, como ser racional y sociable, serán bienes los que potencien la razón humana. Estos últimos pueden ser entendidos como  virtudes, en la medida en que no se entiendan como bienes efímeros sino que se proyecten sobre la vida entera y completa del hombre[2].

·         De los caracteres de la virtud, el primero es el equilibrio. En efecto, la virtud no puede someterse a prescripciones inmutables y precisas, como no sea a esta: Que las virtudes suelen ser el justo término medio entre dos extremos viciosos. Por ello, la virtud no puede subsistir si no es mediante la moderación[3].

·         El segundo carácter de la virtud es el de no ser contraria al placer, contra lo que sostienen algunos. Antes bien, virtud y recto placer son, de alguna forma, conceptos sinónimos, como también son sinónimos, en cierto modo, los conceptos del mal, el dolor y el daño. Ahora bien, la virtud se centra en la adquisición de placeres rectos, moderados y jerarquizados. Por lo mismo, la virtud nos permite despreciar el placer o no temer el dolor cuando ello sea necesario por razones naturales o para observar buena conducta[4].

·         El tercer carácter de la virtud es el de ser conforme a la naturaleza humana. Y así, la virtud permite al hombre el obrar de acuerdo con su específica naturaleza y realizar la obra que le es propia. Pero, además, la virtud constituye un equilibrio personal y dinámico entre dos extremos contrarios igualmente viciosos y negativos. Solo excepcionalmente encontramos acciones siempre malas, sin término medio posible, como los delitos[5].

·         El cuarto carácter de la virtud es que está constituida por la repetición de actos humanos voluntarios. Se entiende como voluntario lo que es fruto de nuestra reflexión y libertad e involuntario lo que lo es de la ignorancia o de la necesidad. No obstante, hay casos en que no es lícito obrar mal pretextando ignorancia. Desde luego, tampoco puede hallarse justificación plena en obrar por la cólera o el deseo pues se trata de cosas que deben estar sometidas a nuestra voluntad[6].

     De la forma en que se adquieren las virtudes.

·         Toda virtud, sea intelectual o moral, nace del hábito y las costumbres, no de la naturaleza, si bien nuestra naturaleza es susceptible de practicarla. Prueba de ello es que la virtud puede adquirirse y perderse a lo largo de la vida, como también podemos adquirir costumbres contrarias a ella, o vicios. Por eso es importante repetir constantemente actos virtuosos y ello, desde la infancia, o lo más pronto posible[7].

·         Mas la virtud no consiste solo en obrar bien sino en hacerlo de manera electiva, reflexiva y constante. Ello es así porque la virtud es un hábito y una actividad racional y libre, no una pasión ni una mera facultad[8].

·         He de insistir en que la virtud es fruto de nuestra reflexión y de nuestra libertad. No quiere ello decir que no deba obrarse bien incluso cuando reinen la ignorancia o la pasión pues es nuestra obligación salir de aquella y dominar esta mediante la voluntad[9].

·         Según lo que dejamos dicho, ¿existen virtudes naturales? Ciertamente hay una base natural (sobre todo, en algunos hombres) que predispone al bien y a la virtud, pero la naturaleza no puede por sí sola hacer al hombre virtuoso, si este no aplica la razón, vale decir, la reflexión y la prudencia. Y, en sentido contrario, puede decirse que el hombre verdaderamente prudente lleva en sí el germen de todas las virtudes pues, aunque en principio las virtudes sean separables y no necesariamente coincidentes, en la práctica el hombre prudente las tiene todas. Por eso Sócrates parecía confundir prudencia y virtud[10].

     Las virtudes conducen a la excelencia y a la felicidad.

·         La felicidad, ¿es alcanzable por el estudio y el esfuerzo o es un don de los dioses? Debe sostenerse que la felicidad es alcanzable por todos y que no depende solo de la fortuna sino de nuestros hábitos. Pero no hay reglas matemáticas para alcanzar la felicidad ni para mantenerla: De hecho, a lo largo de la vida hay muchas vicisitudes y cambios, por no hablar de la vida tras la muerte, si es que hemos de aceptar su existencia[11].

·         No obstante, en la medida de lo humanamente posible, puede decirse que la perseverancia en la virtud hace al hombre dichoso y excelente: Viene a ser la condición necesaria de la felicidad. Por otra parte, el hombre virtuoso es también sereno y fuerte: soporta con firmeza los infortunios y no se le arrebata fácilmente su felicidad[12].

·         Según eso, el hombre feliz y excelente no se conforma con conocer la virtud, sino con la práctica o experiencia de las virtudes. Para mover a la práctica de la virtud, importa más la razón que la fuerza. Una buena educación y unas leyes justas y razonadas son esenciales para ayudar a la naturaleza del hombre a que alcance la recta sociabilidad y la virtud. Las normas y el ejemplo de la familia y del Estado son esenciales para formar hombres virtuosos[13].

·         Contra lo afirmado por Platón, yo sostengo que también el vicio es voluntario, como lo es la virtud. Por eso pueden castigarse las malas acciones y por eso, también, los hombres rectifican su conducta, aunque no cambien sus conocimientos. Ello no quiere decir que no haya hombres malos por ignorancia, pero también los hay por su propia voluntad: Lo que sucede es que, una vez que haya arraigado el vicio, es muy difícil de extirpar. Pero, en el principio, debe suponerse que el hombre es libre de obrar bien o mal[14].

·         De lo hasta ahora expuesto se infiere el valor de las virtudes intelectuales para alcanzar las morales. Pero no pensemos que basta con aquellas para conseguir estas: solo la buena disposición del ánimo nos llevará a su práctica. Si, en vez de la virtud, se practica el vicio, el entendimiento se pervierte y así, no es posible que un hombre que no sea moralmente virtuoso pueda ser intelectualmente prudente[15].

     De las virtudes en particular: la prudencia.

·         Todas las virtudes morales exigen la aplicación de la recta razón a la vida práctica. Ello supone discernir el bien y la verdad, frente a lo malo y lo falso, mediante la inteligencia práctica, a fin de conseguir el fin propuesto, que no es otro que hacer el bien. Ahora bien, ¿qué medio o potencia del alma servirá para ello? No podemos servirnos de la ciencia, dado que el recto obrar no responde a verdades absolutas, necesarias y demostrables. También hay que descartar el arte pues, aunque es una vía de conocimiento externa y concreta, se basa en la producción de cosa materiales, no en conductas valorables éticamente[16].

·         En cambio, la prudencia es la vía indicada para llegar a la verdad moral puesto que consiste en deliberar rectamente sobre acciones humanas, en orden a la virtud y la felicidad, ya sean del hombre aislado, ya de la sociedad. La prudencia es en sí misma una virtud intelectual pues nos permite captar la verdad y el bien, en la medida en que no haya quedado embotada por el placer, el dolor y el vicio. Y es una potencia anímica eminentemente práctica pues no consiste en captar los principios de las cosas, sino en aplicarlos a la práctica[17].

·         Hay una prudencia individual y una prudencia política (cualidad del hombre de Estado): En cierto modo política y prudencia se confunden, dado que se aplican l recto obrar en bien de la sociedad y consisten, no solo en una deliberación práctica, sino en un conocimiento de los hechos particulares, fruto de la experiencia[18].

·         ¿Cuáles son las claves de una buena y sabia deliberación? Esta no es fruto de la casualidad sino de la indagación y el cálculo realizados con calma y madurez, razonando con inteligencia y con rectitud de voluntad. Sus resultados serán, no el alcanzar el fin absoluto y supremo de la vida humana, pero sí la verdad, el bien y la virtud concretos que se busquen, para aplicarlos a las cosas que debamos hacer[19].

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Sitio arqueológico de Pella en la actualidad

     Sobre la veracidad y la amabilidad.

·         La veracidad y la franqueza son virtudes morales que se oponen a diversos y opuestos vicios. Toda mentira es mala y reprensible en sí misma, como también lo son el encogimiento, la charlatanería, la fanfarronería y la vanidad. El término medio aconseja la franqueza con oportunidad, así como cierta ironía y prudencia en el decir, que permitan dar nuestra opinión sin ofender y, al mismo tiempo, provocar la ajena reflexión[20].

·         En la misma línea, considero como virtud el donaire en el decir, o sea, el trato delicado y de buen gusto, el tacto y la corrección, la atenta escucha de los demás. Como vicios contrarios, deben evitarse la grosería y la rusticidad, la bufonada y la insipidez. La regla es que el hombre no se permita nada de palabra que afrente a su dignidad[21].

     De la ambición y del valor.

·         La magnanimidad o ambición nace de la necesidad de conocerse y valorarse certeramente a uno mismo y, en consecuencia, pretender la gloria, honores y altas acciones a las que cada uno pueda justamente aspirar. No obstante, hay que superar la excesiva dependencia de los honores, no teniendo estos en mucho ni doliéndose en exceso por su falta. Gracias a la ambición magnánima, el hombre arrostra las mayores penalidades, en busca de la gloria. No hay mejor definición del hombre magnánimo que la de quien es orgulloso con los grandes y no abusa de su fuerza con los débiles. Los vicios contrarios a la magnanimidad son el engreimiento y, por el otro extremo, la excesiva timidez o humildad. En suma, la justa ambición eleva al hombre[22].

·         Tratando de las virtudes morales, una de las primeras es el valor, como término medio entre el miedo y la audacia. En realidad, el miedo es común a todos los hombres, si bien no todos temen las mismas cosas ni con la misma intensidad. Hay que superar el miedo, como hay que considerar el suicidio y la huida del dolor y de las pruebas de la vida como signos de debilidad. Debe considerarse de gran importancia para superar el miedo el valor que tiene la experiencia[23].

·         Junto al valor individual, existe el valor social o cívico, que se manifiesta máximamente en la guerra. La clave de dicho valor, como también del individual, estriba en la importancia que tenga el fin u objeto que se persiga para justificar sufrimientos o excesos, los cuales, si no fuera por el alto fin pretendido, resultaría absurdo arrostrar[24].

     De la sociabilidad.

·         Tengo por característico del hombre el ser un animal social por naturaleza. Ahora bien, cuando trato de la virtud de la sociabilidad, me refiero a una disposición a la condescendencia y a la transacción, reñida, tanto con los hombres batalladores y pendencieros, como con aquellos que todo lo aprueban y a nadie contradicen. Ciertamente, esta virtud de la sociabilidad está relacionada con la de la justicia, así como con el disfrute de los placeres nacidos de la convivencia social. Pero no debe confundirse al hombre sociable con el adulador, que se muestra complaciente, pero solo con hipocresía y por conveniencia propia[25].

·         La virtud de la sociabilidad se forma y ejercita, en especial, en la familia y en el Estado. Una buena educación (basada más en la razón que en la fuerza), unas leyes justas y la experiencia de la vida en sociedad son las claves para que la vida social se desarrolle de manera recta y virtuosa[26].

     Sobre la templanza.

·         Considero la virtud de la templanza como el término medio en el goce de los placeres corporales, en especial, de los sentidos del gusto y del tacto. Nadie puede dudar de la conveniencia de usar de los placeres que contribuyan a la salud y al bienestar, ya sean los relativos a la comida, ya a la sexualidad. Pero es preciso un cierto distanciamiento del placer a fin de que el abuso de este no embote la inteligencia ni la voluntad, ni su falta produzca un excesivo sufrimiento. La templanza debe potenciarse, en especial, en los jóvenes, como las personas más inclinadas a sacrificar la razón a los placeres corporales[27].

·         Para no caer en los vicios de la intemperancia y de la incontinencia, el hombre ha de mantener el uso del placer dentro del término medio, sin renunciar a él y sin abusar del mismo. El arrebato y la debilidad deben superarse con prudencia y sobriedad. Pero salir de los vicios contrarios a la templanza no es tarea fácil. El mejor camino para conseguirlo es obedecer a la recta razón, siguiendo el ejemplo de los hombres prudentes y no la propia opinión[28].

Un campo de pasto seco

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Presuntos restos del Liceo (Atenas, en la actualidad)

 

 

3.      Una nueva sorpresa: Las tablillas de Pella


     Un hallazgo sorprendente y complementario.

     Tres años después del descubrimiento del manuscrito de Aristóteles más arriba traducido y publicado, en el curso de las excavaciones que la universidad de Tesalónica realiza en campañas de verano en el solar de Pella, capital del reino de Macedonia en los siglos V y IV a.C., se recuperaron varias tablillas con trabajos escolares, en excelente estado de conservación. Al examinar y traducir al griego moderno dos de ellas, los profesores se llevaron una monumental sorpresa, pues parecían contener un resumen o breve comentario de algunas de las principales ideas vertidas en el susodicho manuscrito aristotélico. Una vez más, ha surgido la emocionante posibilidad: ¿se trataría de trabajos académicos de Alejandro el Grande, aún adolescente? Ciertas deficiencias ortográficas y localismos macedónicos en el griego empleado apuntan tal posibilidad.

     La polémica entre la universidad de Tesalónica y el Museo Nacional de Atenas sobre la titularidad y custodia de las tablillas alejandrinas hace muy difícil el acceso a las mismas. No obstante, nuestros esfuerzos han dado su fruto y estamos en condiciones de ofrecer una traducción completa de las mismas, que sirve de perfecto complemento a la del manuscrito aristotélico 1-A de la Biblioteca Nacional de Atenas.

     Texto de las tablillas alejandrinas.

·         Debo cultivar la virtud de forma voluntaria y constante, de manera tan intensa, que constituya para mí motivo de placer, pero de forma tan mesurada, que la entienda como el justo término medio entre dos vicios igualmente rechazables.

·         El cultivo de la virtud me permite ser verdaderamente hombre y, al propio tiempo, realizar la obra que me esté encomendada como individuo único e irrepetible. Por eso, debo tener y ser la medida de mis propias virtudes, aunque no deje nunca de lado el ejemplo de otros hombres prudentes y virtuosos.

·         Tengo por cierto que la virtud nace de una potencia e inclinación natural, pero que solo se alcanza con la práctica reflexiva y constante, que venza la ignorancia y la pasión.

·         Gracias a la práctica de la virtud, alcanzaré la excelencia y la felicidad. Afirmo que todo hombre puede ser feliz, aunque también es libre de ser vicioso y desgraciado. La buena educación y las leyes justas son la mejor ayuda para llegar a ser virtuoso.

·         Hombre sabio y prudente no es el que conoce muchas cosas, sino el que orienta su inteligencia a la práctica de la virtud. El hombre prudente lo es en su vida privada y en la acción política, aunando la reflexión y la rectitud de voluntad.

·         Seré veraz y amable. Rechazaré la mentira mediante la parquedad y la oportunidad en el hablar. Trataré a los demás de manera delicada y escucharé atentamente cuanto tengan que decirme.

·         Es propio de los griegos el ser ambiciosos y valientes, en lo público y en lo privado, en la guerra y en la paz. Llevaré mi ambición hasta donde lleguen mis méritos y mi valor, hasta donde lo merezca el fin que pretenda.

·         Viviré felizmente en sociedad, mostrándome condescendiente y propicio a transigir, pero sin caer en la adulación ni en la pasividad complaciente. Mostraré un espíritu sociable principalmente con mi familia, mis amigos y mis compatriotas.

·         La templanza permite usar y disfrutar de los placeres, en vez de que estos usen y disfruten de nosotros. Nada es más contrario a un hombre noble que mostrarse intemperante, pues embota su inteligencia y se hace esclavo de las cosas o de otras personas.

     Hasta aquí, el contenido indiscutible de las tablillas pues hay algunas palabras o frases ininteligibles, debido al deterioro sufrido durante su enterramiento multisecular. Aunque hayan pasado veinticuatro siglos, no parecen un mal acervo de recomendaciones para el desarrollo de habilidades directivas, aunque no se trate de formar a un futuro emperador.

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Alejandro Magno y Aristóteles (bustos romanos copia de originales griegos)



[1] La Ética a Nicómaco está dividida en diez libros. Cada libro se subdivide en capítulos, hasta un total de ciento trece. En las ediciones modernas de la obra, tanto los libros, como los capítulos, llevan una rúbrica o epígrafe que permite discernir de antemano el contenido o idea básica de su texto. Por lo que hace a los libros, sus respectivas rúbricas sin las siguientes: Libro I: Teoría del bien y de la felicidad. Libro II: Teoría de la virtud. Libro III: Continuación de la teoría de la virtud, del valor y de la templanza. Libro IV: Análisis de las diferentes virtudes. Libro V: Teoría de la justicia. Libro VI: Teoría de las virtudes intelectuales. Libro VII: Teoría de la intemperancia y del placer. Libro VIII: Teoría de la amistad. Libro IX: Teoría de la amistad (continuación). Libro X: Del placer y de la verdadera felicidad.

[2] Este apartado del manuscrito se corresponde con Ética a Nicómaco, I, 4.

[3] Véase Ética a Nicómaco, II, 6.

[4] Véase Ética a Nicómaco, II, 3.

[5] Véase Ética a Nicómaco, II, 6.

[6] Véase Ética a Nicómaco, III, 1.

[7] Véase Ética a Nicómaco, II, 1.

[8] Véase Ética a Nicómaco, II, 4-5.

[9] Véase Ética a Nicómaco, III, 1-2.

[10] Véase Ética a Nicómaco, VI, 11.

[11] Véase Ética a Nicómaco, I, 7.

[12] Véase Ética a Nicómaco, I, 8.

[13] Véase Ética a Nicómaco, X, 10.

[14] Véase Ética a Nicómaco, III ,6.

[15] Véase Ética a Nicómaco, VI, 10.

[16] Véase Ética a Nicómaco, VI, 1-3.

[17] Véase Ética a Nicómaco, VI, 4-5.

[18] Véase Ética a Nicómaco, VI, 6.

[19] Véase Ética a Nicómaco, VI, 7.

[20] Véase Ética a Nicómaco, IV, 7.

[21] Véase Ética a Nicómaco, IV, 8.

[22] Véase Ética a Nicómaco, IV, 3-4.

[23] Véase Ética a Nicómaco, III, 7-8.

[24] Véase Ética a Nicómaco, III, 9-10.

[25] Véase Ética a Nicómaco, IV, 6.

[26] Véase Ética a Nicómaco, X, 10.

[27] Véase Ética a Nicómaco, III, 11-13.

[28] Véase Ética a Nicómaco, VII, 7-10.

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