LO QUE ARISTÓTELES ENSEÑABA A ALEJANDRO MAGNO
Por
Federico Bello Landrove
¿Cómo y hasta dónde enseñaba
Aristóteles la ética a su destacado alumno, el futuro Alejandro Magno? ¿Qué
consecuencias y propósitos sacaba el discípulo de la docencia de su maestro? He
tenido la suerte de acceder a un gran descubrimiento producido en Atenas y en
la antigua Pella alrededor del año 2000 de nuestra era, que puede arrojar luz
para contestar las susodichas preguntas. Espero que les resulte a mis lectores
tan instructivo e interesante como a mí. Al menos, habrán adquirido un
conocimiento básico de una de las obras cumbre de nuestra civilización: la Ética
a Nicómaco aristotélica.
Aristóteles
instruyendo a Alejandro Magno (grabado de Charles Laplante, 1866)
1. Introducción:
El manuscrito 1-A de la Biblioteca Nacional de Atenas
Génesis de un descubrimiento decisivo.
Al fallecer Aristóteles en
Calcis de Eubea en el año 322 a.C., su hijo Nicómaco realizó un completo
inventario de los papeles de su padre. Entre ellos, encontró unas notas,
fechadas veinte años atrás, cuyo contenido le resultó familiar pues se
correspondían bastante aproximadamente con una parte de las explicaciones
académicas de Ética, que Aristóteles había profesado en el Liceo durante unos
doce años, hasta que tuvo que exiliarse de Atenas un año antes de su muerte.
Dichas notas fueron posteriormente
aprovechadas por Nicómaco y por los discípulos de Aristóteles para redactar el
volumen de Ética que, con el tiempo, se denominaría A Nicómaco,
para diferenciarla de otras obras de la misma materia (Ética a Eudemo, Magna Ética) salidas también de la mente del Estagirita. Pero el manuscrito llamó
especialmente la atención de Nicómaco por su redacción esquemática y por su
contenido eminentemente práctico. Parecía como si tales notas, más que un
borrador académico, constituyeran unos apuntes de tipo tutorial encaminados a
formar el carácter de algún discípulo muy especial.
Finalmente, casando esas características
de las notas con la fecha en que se escribieron, Nicómaco llegó a una
conclusión imponente, aunque indemostrable: Muy probablemente el manuscrito
había sido redactado para la educación de Alejandro el Grande, rey de Macedonia
y fundador del gran imperio greco-persa, que daría lugar al mundo helenístico.
Desgraciadamente, Nicómaco no pudo llevar
a mayores la comprobación de sus intuiciones pues Alejandro Magno había muerto
un año antes que Aristóteles. Así que, no teniendo la seguridad de hallarse
ante un best seller, se limitó a aprovechar su contenido en la forma que
antes hemos dicho y guardó celosamente las notas en un ánfora, que enterró al
pie de un frondoso pino del Liceo, en las afueras de Atenas.
Excavaciones encaminadas a construir una
urbanización han sacado recientemente a la luz el manuscrito de Aristóteles,
cuyo valor histórico es ciertamente inmenso, pero del que ha llegado a dudarse
sobre su autenticidad. Con el fin de hacer una publicación crítica del mismo,
una vez que lo he traducido al español, transcribo a continuación su texto,
poniéndolo en relación con la Ética
a Nicómaco, de cuya autenticidad no es
posible dudar. Las citas de esta última obra las hago con referencia a cada uno
de sus libros (en números romanos) y capítulos (en dígitos árabes)[1].
Panorámica del manuscrito de
Aristóteles.
El manuscrito de Aristóteles recientemente
descubierto está redactado sin soluciones de continuidad y de forma un tanto
desaliñada. Procurando hacerlo asequible al lector moderno, respetando al
propio tiempo la formulación original, vamos a exponerlo conforme al siguiente
esquema sistemático:
·
Parte general:
Análisis de los hábitos positivos o virtudes. Esta parte puede
subdividirse en tres apartados, de parecida extensión: A) En qué consisten las
virtudes. B) Cómo se adquieren. C) Qué consecuencias producen o a qué conducen.
·
Parte especial:
Examen particularizado de ciertas virtudes especialmente importantes para un líder:
prudencia, veracidad, ambición, sociabilidad, templanza, amabilidad y valor.
Naturalmente, cuando enfatice alguna
palabra o expresión mediante cursivas, la decisión será mía, no de Aristóteles.
2. Texto
traducido al español del manuscrito aristotélico
En qué consisten los hábitos operativos
llamados virtudes.
·
Para conocer lo que es un bien para el
hombre, hay que comprender que son tres los aspectos básicos del modo de ser
humano y de las funciones características del hombre. Como ser vivo, serán
bienes para el hombre las cosas que le permitan conservar su existencia. Como
ser sensible, serán bienes aquellas cosas que agraden a los sentidos.
Finalmente, como ser racional y sociable, serán bienes los que potencien la
razón humana. Estos últimos pueden ser entendidos como virtudes, en la medida en que no se
entiendan como bienes efímeros sino que se proyecten sobre la vida entera y
completa del hombre[2].
·
De los caracteres de la virtud, el primero es
el equilibrio. En efecto, la virtud no puede someterse a prescripciones
inmutables y precisas, como no sea a esta: Que las virtudes suelen ser el justo
término medio entre dos extremos viciosos. Por ello, la virtud no puede
subsistir si no es mediante la moderación[3].
·
El segundo carácter de la virtud es el de no
ser contraria al placer, contra lo que sostienen algunos. Antes bien,
virtud y recto placer son, de alguna forma, conceptos sinónimos, como también
son sinónimos, en cierto modo, los conceptos del mal, el dolor y el daño. Ahora
bien, la virtud se centra en la adquisición de placeres rectos, moderados y
jerarquizados. Por lo mismo, la virtud nos permite despreciar el placer o no
temer el dolor cuando ello sea necesario por razones naturales o para observar
buena conducta[4].
·
El tercer carácter de la virtud es el de ser
conforme a la naturaleza humana. Y así, la virtud permite al hombre el obrar de
acuerdo con su específica naturaleza y realizar la obra que le es
propia. Pero, además, la virtud constituye un equilibrio personal y
dinámico entre dos extremos contrarios igualmente viciosos y negativos. Solo
excepcionalmente encontramos acciones siempre malas, sin término medio posible,
como los delitos[5].
·
El cuarto carácter de la virtud es que está
constituida por la repetición de actos humanos voluntarios. Se entiende
como voluntario lo que es fruto de nuestra reflexión y libertad e involuntario
lo que lo es de la ignorancia o de la necesidad. No obstante, hay casos en que
no es lícito obrar mal pretextando ignorancia. Desde luego, tampoco puede
hallarse justificación plena en obrar por la cólera o el deseo pues se trata de
cosas que deben estar sometidas a nuestra voluntad[6].
De la forma en que se adquieren las
virtudes.
·
Toda virtud, sea intelectual o moral, nace
del hábito y las costumbres, no de la naturaleza, si bien nuestra
naturaleza es susceptible de practicarla. Prueba de ello es que la virtud puede
adquirirse y perderse a lo largo de la vida, como también podemos adquirir
costumbres contrarias a ella, o vicios. Por eso es importante repetir
constantemente actos virtuosos y ello, desde la infancia, o lo más pronto
posible[7].
·
Mas la virtud no consiste solo en obrar bien
sino en hacerlo de manera electiva, reflexiva y constante. Ello es así
porque la virtud es un hábito y una actividad racional y libre, no una pasión
ni una mera facultad[8].
·
He de insistir en que la virtud es fruto de
nuestra reflexión y de nuestra libertad. No quiere ello decir que
no deba obrarse bien incluso cuando reinen la ignorancia o la pasión pues es
nuestra obligación salir de aquella y dominar esta mediante la voluntad[9].
·
Según lo que dejamos dicho, ¿existen virtudes
naturales? Ciertamente hay una base natural (sobre todo, en algunos
hombres) que predispone al bien y a la virtud, pero la naturaleza no puede por
sí sola hacer al hombre virtuoso, si este no aplica la razón, vale decir, la
reflexión y la prudencia. Y, en sentido contrario, puede decirse que el hombre
verdaderamente prudente lleva en sí el germen de todas las virtudes
pues, aunque en principio las virtudes sean separables y no necesariamente
coincidentes, en la práctica el hombre prudente las tiene todas. Por eso
Sócrates parecía confundir prudencia y virtud[10].
Las virtudes conducen a la excelencia y a
la felicidad.
·
La felicidad, ¿es alcanzable por el
estudio y el esfuerzo o es un don de los dioses? Debe sostenerse que la
felicidad es alcanzable por todos y que no depende solo de la fortuna sino de
nuestros hábitos. Pero no hay reglas matemáticas para alcanzar la felicidad ni
para mantenerla: De hecho, a lo largo de la vida hay muchas vicisitudes y
cambios, por no hablar de la vida tras la muerte, si es que hemos de aceptar su
existencia[11].
·
No obstante, en la medida de lo humanamente
posible, puede decirse que la perseverancia en la virtud hace al hombre
dichoso y excelente: Viene a ser la condición necesaria de la felicidad. Por
otra parte, el hombre virtuoso es también sereno y fuerte: soporta con firmeza
los infortunios y no se le arrebata fácilmente su felicidad[12].
·
Según eso, el hombre feliz y excelente no se
conforma con conocer la virtud, sino con la práctica o experiencia de
las virtudes. Para mover a la práctica de la virtud, importa más la razón que
la fuerza. Una buena educación y unas leyes justas y razonadas
son esenciales para ayudar a la naturaleza del hombre a que alcance la recta
sociabilidad y la virtud. Las normas y el ejemplo de la familia y del Estado
son esenciales para formar hombres virtuosos[13].
·
Contra lo afirmado por Platón, yo sostengo
que también el vicio es voluntario, como lo es la virtud. Por eso pueden
castigarse las malas acciones y por eso, también, los hombres rectifican su
conducta, aunque no cambien sus conocimientos. Ello no quiere decir que no haya
hombres malos por ignorancia, pero también los hay por su propia voluntad: Lo
que sucede es que, una vez que haya arraigado el vicio, es muy difícil de
extirpar. Pero, en el principio, debe suponerse que el hombre es libre de
obrar bien o mal[14].
·
De lo hasta ahora expuesto se infiere el
valor de las virtudes intelectuales para alcanzar las morales. Pero no pensemos
que basta con aquellas para conseguir estas: solo la buena disposición del
ánimo nos llevará a su práctica. Si, en vez de la virtud, se practica el vicio,
el entendimiento se pervierte y así, no es posible que un hombre que no sea
moralmente virtuoso pueda ser intelectualmente prudente[15].
De las virtudes en particular: la
prudencia.
·
Todas las virtudes morales exigen la
aplicación de la recta razón a la vida práctica. Ello supone discernir
el bien y la verdad, frente a lo malo y lo falso, mediante la inteligencia
práctica, a fin de conseguir el fin propuesto, que no es otro que hacer el
bien. Ahora bien, ¿qué medio o potencia del alma servirá para ello? No podemos
servirnos de la ciencia, dado que el recto obrar no responde a verdades
absolutas, necesarias y demostrables. También hay que descartar el arte pues,
aunque es una vía de conocimiento externa y concreta, se basa en la producción
de cosa materiales, no en conductas valorables éticamente[16].
·
En cambio, la prudencia es la vía
indicada para llegar a la verdad moral puesto que consiste en deliberar
rectamente sobre acciones humanas, en orden a la virtud y la felicidad, ya sean
del hombre aislado, ya de la sociedad. La prudencia es en sí misma una virtud
intelectual pues nos permite captar la verdad y el bien, en la medida en que no
haya quedado embotada por el placer, el dolor y el vicio. Y es una potencia
anímica eminentemente práctica pues no consiste en captar los principios
de las cosas, sino en aplicarlos a la práctica[17].
·
Hay una prudencia individual y una prudencia política
(cualidad del hombre de Estado): En cierto modo política y prudencia se
confunden, dado que se aplican l recto obrar en bien de la sociedad y
consisten, no solo en una deliberación práctica, sino en un conocimiento de los
hechos particulares, fruto de la experiencia[18].
·
¿Cuáles son las claves de una buena y sabia deliberación?
Esta no es fruto de la casualidad sino de la indagación y el cálculo realizados
con calma y madurez, razonando con inteligencia y con rectitud de voluntad. Sus
resultados serán, no el alcanzar el fin absoluto y supremo de la vida humana,
pero sí la verdad, el bien y la virtud concretos que se busquen, para
aplicarlos a las cosas que debamos hacer[19].
Sitio
arqueológico de Pella en la actualidad
Sobre la veracidad y la amabilidad.
·
La veracidad y la franqueza son
virtudes morales que se oponen a diversos y opuestos vicios. Toda mentira es
mala y reprensible en sí misma, como también lo son el encogimiento, la
charlatanería, la fanfarronería y la vanidad. El término medio aconseja la
franqueza con oportunidad, así como cierta ironía y prudencia en el
decir, que permitan dar nuestra opinión sin ofender y, al mismo tiempo,
provocar la ajena reflexión[20].
·
En la misma línea, considero como virtud el
donaire en el decir, o sea, el trato delicado y de buen gusto, el tacto
y la corrección, la atenta escucha de los demás. Como vicios contrarios, deben
evitarse la grosería y la rusticidad, la bufonada y la insipidez. La regla es
que el hombre no se permita nada de palabra que afrente a su dignidad[21].
De la ambición y del valor.
·
La magnanimidad o ambición nace de la
necesidad de conocerse y valorarse certeramente a uno mismo y, en consecuencia,
pretender la gloria, honores y altas acciones a las que cada uno pueda justamente
aspirar. No obstante, hay que superar la excesiva dependencia de los
honores, no teniendo estos en mucho ni doliéndose en exceso por su falta.
Gracias a la ambición magnánima, el hombre arrostra las mayores penalidades, en
busca de la gloria. No hay mejor definición del hombre magnánimo que la de
quien es orgulloso con los grandes y no abusa de su fuerza con los débiles. Los
vicios contrarios a la magnanimidad son el engreimiento y, por el otro extremo,
la excesiva timidez o humildad. En suma, la justa ambición eleva al hombre[22].
·
Tratando de las virtudes morales, una de las
primeras es el valor, como término medio entre el miedo y la audacia. En
realidad, el miedo es común a todos los hombres, si bien no todos temen las
mismas cosas ni con la misma intensidad. Hay que superar el miedo, como hay que
considerar el suicidio y la huida del dolor y de las pruebas de la vida como
signos de debilidad. Debe considerarse de gran importancia para superar el
miedo el valor que tiene la experiencia[23].
·
Junto al valor individual, existe el valor
social o cívico, que se manifiesta máximamente en la guerra. La clave de
dicho valor, como también del individual, estriba en la importancia que tenga
el fin u objeto que se persiga para justificar sufrimientos o excesos,
los cuales, si no fuera por el alto fin pretendido, resultaría absurdo
arrostrar[24].
De la sociabilidad.
·
Tengo por característico del hombre el ser un
animal social por naturaleza. Ahora bien, cuando trato de la virtud de
la sociabilidad, me refiero a una disposición a la condescendencia y a
la transacción, reñida, tanto con los hombres batalladores y pendencieros, como
con aquellos que todo lo aprueban y a nadie contradicen. Ciertamente, esta
virtud de la sociabilidad está relacionada con la de la justicia, así como con
el disfrute de los placeres nacidos de la convivencia social. Pero no debe
confundirse al hombre sociable con el adulador, que se muestra
complaciente, pero solo con hipocresía y por conveniencia propia[25].
·
La virtud de la sociabilidad se forma y
ejercita, en especial, en la familia y en el Estado. Una buena educación
(basada más en la razón que en la fuerza), unas leyes justas y la experiencia
de la vida en sociedad son las claves para que la vida social se desarrolle de
manera recta y virtuosa[26].
Sobre la templanza.
·
Considero la virtud de la templanza
como el término medio en el goce de los placeres corporales, en especial, de
los sentidos del gusto y del tacto. Nadie puede dudar de la conveniencia de
usar de los placeres que contribuyan a la salud y al bienestar, ya sean los
relativos a la comida, ya a la sexualidad. Pero es preciso un cierto
distanciamiento del placer a fin de que el abuso de este no embote la
inteligencia ni la voluntad, ni su falta produzca un excesivo sufrimiento. La
templanza debe potenciarse, en especial, en los jóvenes, como las
personas más inclinadas a sacrificar la razón a los placeres corporales[27].
·
Para no caer en los vicios de la intemperancia
y de la incontinencia, el hombre ha de mantener el uso del placer
dentro del término medio, sin renunciar a él y sin abusar del mismo. El
arrebato y la debilidad deben superarse con prudencia y sobriedad. Pero salir
de los vicios contrarios a la templanza no es tarea fácil. El mejor camino para
conseguirlo es obedecer a la recta razón, siguiendo el ejemplo de los
hombres prudentes y no la propia opinión[28].
Presuntos
restos del Liceo (Atenas, en la actualidad)
3. Una
nueva sorpresa: Las tablillas de Pella
Un hallazgo sorprendente y complementario.
Tres años después del descubrimiento del
manuscrito de Aristóteles más arriba traducido y publicado, en el curso de las
excavaciones que la universidad de Tesalónica realiza en campañas de verano en
el solar de Pella, capital del reino de Macedonia en los siglos V y IV a.C., se
recuperaron varias tablillas con trabajos escolares, en excelente estado de
conservación. Al examinar y traducir al griego moderno dos de ellas, los
profesores se llevaron una monumental sorpresa, pues parecían contener un
resumen o breve comentario de algunas de las principales ideas vertidas en el
susodicho manuscrito aristotélico. Una vez más, ha surgido la emocionante posibilidad:
¿se trataría de trabajos académicos de Alejandro el Grande, aún adolescente?
Ciertas deficiencias ortográficas y localismos macedónicos en el griego
empleado apuntan tal posibilidad.
La polémica entre la universidad de
Tesalónica y el Museo Nacional de Atenas sobre la titularidad y custodia de las
tablillas alejandrinas hace muy difícil el acceso a las mismas. No
obstante, nuestros esfuerzos han dado su fruto y estamos en condiciones de
ofrecer una traducción completa de las mismas, que sirve de perfecto
complemento a la del manuscrito aristotélico 1-A de la Biblioteca Nacional de
Atenas.
Texto de las tablillas alejandrinas.
·
Debo cultivar la virtud de forma voluntaria y
constante, de manera tan intensa, que constituya para mí motivo de placer, pero
de forma tan mesurada, que la entienda como el justo término medio entre dos
vicios igualmente rechazables.
·
El cultivo de la virtud me permite ser
verdaderamente hombre y, al propio tiempo, realizar la obra que me esté
encomendada como individuo único e irrepetible. Por eso, debo tener y ser la
medida de mis propias virtudes, aunque no deje nunca de lado el ejemplo de
otros hombres prudentes y virtuosos.
·
Tengo por cierto que la virtud nace de una
potencia e inclinación natural, pero que solo se alcanza con la práctica
reflexiva y constante, que venza la ignorancia y la pasión.
·
Gracias a la práctica de la virtud, alcanzaré
la excelencia y la felicidad. Afirmo que todo hombre puede ser feliz, aunque
también es libre de ser vicioso y desgraciado. La buena educación y las leyes
justas son la mejor ayuda para llegar a ser virtuoso.
·
Hombre sabio y prudente no es el que conoce
muchas cosas, sino el que orienta su inteligencia a la práctica de la virtud.
El hombre prudente lo es en su vida privada y en la acción política, aunando la
reflexión y la rectitud de voluntad.
·
Seré veraz y amable. Rechazaré la mentira
mediante la parquedad y la oportunidad en el hablar. Trataré a los demás de
manera delicada y escucharé atentamente cuanto tengan que decirme.
·
Es propio de los griegos el ser ambiciosos y
valientes, en lo público y en lo privado, en la guerra y en la paz. Llevaré mi
ambición hasta donde lleguen mis méritos y mi valor, hasta donde lo merezca el
fin que pretenda.
·
Viviré felizmente en sociedad, mostrándome
condescendiente y propicio a transigir, pero sin caer en la adulación ni en la
pasividad complaciente. Mostraré un espíritu sociable principalmente con mi
familia, mis amigos y mis compatriotas.
·
La templanza permite usar y disfrutar de los
placeres, en vez de que estos usen y disfruten de nosotros. Nada es más
contrario a un hombre noble que mostrarse intemperante, pues embota su
inteligencia y se hace esclavo de las cosas o de otras personas.
Hasta aquí, el contenido indiscutible de
las tablillas pues hay algunas palabras o frases ininteligibles, debido al
deterioro sufrido durante su enterramiento multisecular. Aunque hayan pasado
veinticuatro siglos, no parecen un mal acervo de recomendaciones para el
desarrollo de habilidades directivas, aunque no se trate de formar a un futuro emperador.
Alejandro
Magno y Aristóteles (bustos romanos copia de originales griegos)
[1] La Ética a Nicómaco está dividida en diez libros. Cada libro se subdivide en capítulos, hasta un total de ciento trece. En las ediciones modernas de la obra, tanto los libros, como los capítulos, llevan una rúbrica o epígrafe que permite discernir de antemano el contenido o idea básica de su texto. Por lo que hace a los libros, sus respectivas rúbricas sin las siguientes: Libro I: Teoría del bien y de la felicidad. Libro II: Teoría de la virtud. Libro III: Continuación de la teoría de la virtud, del valor y de la templanza. Libro IV: Análisis de las diferentes virtudes. Libro V: Teoría de la justicia. Libro VI: Teoría de las virtudes intelectuales. Libro VII: Teoría de la intemperancia y del placer. Libro VIII: Teoría de la amistad. Libro IX: Teoría de la amistad (continuación). Libro X: Del placer y de la verdadera felicidad.
[2] Este apartado del manuscrito se corresponde con Ética
a Nicómaco, I, 4.
[3] Véase Ética a Nicómaco, II, 6.
[4] Véase Ética a Nicómaco, II, 3.
[5] Véase Ética a Nicómaco, II, 6.
[6] Véase Ética a Nicómaco, III, 1.
[7] Véase Ética a Nicómaco, II, 1.
[8] Véase Ética a Nicómaco, II, 4-5.
[9] Véase Ética a Nicómaco, III, 1-2.
[10]
Véase Ética a Nicómaco, VI,
11.
[11] Véase Ética a Nicómaco, I, 7.
[12] Véase Ética a Nicómaco, I, 8.
[13] Véase Ética a Nicómaco, X, 10.
[14] Véase Ética a Nicómaco, III ,6.
[15] Véase Ética a Nicómaco, VI, 10.
[16] Véase Ética a Nicómaco, VI, 1-3.
[17]
Véase Ética a Nicómaco, VI,
4-5.
[18]
Véase Ética a Nicómaco, VI,
6.
[19] Véase Ética a Nicómaco, VI, 7.
[20] Véase Ética a Nicómaco, IV, 7.
[21] Véase Ética a Nicómaco, IV, 8.
[22]
Véase Ética a Nicómaco, IV,
3-4.
[23]
Véase Ética a Nicómaco, III,
7-8.
[24]
Véase Ética a Nicómaco,
III, 9-10.
[25]
Véase Ética a Nicómaco,
IV, 6.
[26]
Véase Ética a Nicómaco, X,
10.
[27]
Véase Ética a Nicómaco, III,
11-13.
[28]
Véase Ética a Nicómaco, VII,
7-10.
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