viernes, 17 de marzo de 2017

EL NOVIO FINGIDO

El novio fingido

Por Federico Bello Landrove


     Decía algún escritor que a él la Musa solía visitarle cuando se encontraba trabajando. Otro aludía a la deseable coincidencia de inspiración y transpiración. Yo tengo la suerte de que, de vez en cuando, las ideas literarias me vienen durmiendo y todavía las recuerdo al despertar. Este relato se basa en una de ellas. Así que no he tenido que hacer otra cosa que quitarle el camisón de satén del sueño y revestirla de la tela, más tosca y pesada, de lo que pudo ser vivido.




1.      Fastos y nefastos de un centenario


     Conmemorábamos en mi alma máter de toda la vida su quinta centuria. No soy muy dado a las celebraciones masivas y a toque de calendario. Quiero decir que estuve a punto de acompañar a mi mujer a Madrid, para asistir y atender en lo que pudiera al nacimiento de mi segundo nieto. A fin de cuentas, un catedrático de la Facultad de Químicas no es alguien con quien se cuente para hacer historia o componer odas, que son los géneros más socorridos en estos casos. Mas tuve que cambiar de propósito, al escuchar la confesión que, con voz compungida, me hizo Vicente, el profesor titular más antiguo:
-          Caramba, Luis, no nos hagas eso. Con lo ilusionados que estábamos… Y con todo preparado.
-          Como no te expliques mejor, no tengo idea de qué hablas.
     Resultó que aquellos buenos compañeros habían recordado que, hacia final de curso, se cumplían las bodas de plata de que saqué la cátedra y, aprovechando la afluencia de colegas de otras Universidades a los actos del centenario, me habían organizado en secreto un festejo, con banquete, obsequios y hasta la colocación de una placa en el laboratorio. Para más adelante, dejaban un libro homenaje, al que habían bautizado con el sonoro nombre de Espinor. Vicente se excusó:
-          No sabes lo que lamentamos que no esté a tiempo para entregártelo ahora, pero ya sabes. Hay cuatro o cinco colaboraciones importantes que no acaban de llegar.
-          Tranquilo, amigo -respondí-. No esperaba nada semejante hasta mi jubilación.
     En fin, tuve que desistir del viaje de natalicio y quedarme en la ciudad. Despedí a mi esposa en la estación de ferrocarril y recuerdo que volví para casa con cierto disgusto. Al día siguiente, tendría que fingir la más viva sorpresa, para que los asistentes a mi agasajo se sintiesen felices y realizados. Y no era eso todo: Habría de hacer los honores a los colegas que vinieran de fuera y preparar mi delicado estómago para los estragos de dos comilonas en días sucesivos, la mía y la general de la Universidad. Como ven, puras pequeñeces. Pero, como suele pasar con mis cálculos, no conté con algo totalmente imprevisto y que había de tener para mí mucha más transcendencia.

***

     La entrega y el afecto de mis compañeros en el día anterior, me obligó a hacer de tripas corazón y sumarme a la magna procesión académica que, revestidos de todos los atributos académicos, haríamos los profesores y autoridades presentes, desde el edificio histórico de la Universidad, hasta la Catedral, para el tedéum. En los jardines y el enlosado de la gran plaza, bajo la mirada orgullosa de Lope de Vega -supuesto alumno de nuestra Academia- nos fuimos concentrando cientos de claustrales, ordenados por el color de las mucetas, entre tanto llegaba el momento de formar las filas. Las representaciones extranjeras destacaban por sus togas y birretes, poco familiares para nosotros; no muchas, en verdad, pues los quinientos años de vida no nos habían remontado a las cimas de la fama ni de la ciencia. Poco dado a rendir pleitesías, me mantuve un poco al margen, charlando con tres o cuatro colegas junto a uno de los leones tenantes de nuestro desgastado escudo universitario. En esto, la vi, o me lo pareció.
     Mi vista no es muy aguda y, además, hacía un montón de años que no habíamos coincidido. Tampoco la hacía yo así, con su arcaico birrete de tejadillo y borla colgante; con esclavina, más que muceta; de toga con anchas bandas azules de raso y franjas del mismo color en las mangas. Vamos, en atuendo de profesora foránea, ella que había sido alumna de nuestra Universidad, desde donde había partido para América, acompañando a su marido panameño, a poco de concluir él en España sus estudios de Derecho. De su promoción e integración en el claustro de alguna Universidad americana, no tenía ni idea.
     Concluidos los actos religioso y académico, me quedó ya poca duda de que aquella exótica dama de celeste y negro no era otra que Mabel Cazorla, con la que había tonteado en mi adolescencia, hasta que ciertas desavenencias de pareja e intromisiones familiares habían dado al traste con un primer amor bastante prometedor. A mí la ruptura no me había generado un desvío significativo del camino vital. Para ella, con algunas peripecias intermedias, había significado acabar matrimoniando con un extranjero y pasar a otro hemisferio. Las consecuencias, pues, habían sido muy poco simétricas, como ahora suele decirse.


     Concluida la pomposa disertación en el paraninfo, que escuchamos apretujados cual sardinas en lata, salí aprisa para tomar el aire y dejar en lugar seguro los símbolos académicos y condecoraciones. Una vez en mi despacho de la Facultad, pensé seriamente en escabullirme hasta casa. La presencia de Vicente y el hecho de tener ya pagada la entrada del banquete me volvieron al buen sentido. Emprendimos, pues, la ruta hacia el mejor hotel de la ciudad y, al pasar junto a su vieja casa, decidí no jugar más al escondite con Mabel y cumplimentarla, como era de ley en un caballero. La cosa resultó imposible de primeras, al estar los asientos asignados. Me limité a localizarla a lo lejos y, en cuanto tomé unas cucharadas del postre y vi aparecer a los camareros con el champán, me dio el pronto, me levanté como si fuera a cierto sitio y aproveché para acercarme por detrás a la insólita profesora que, aun despojada de su atuendo de ceremonia, seguía luciendo de azul, pero ahora, cobalto. Conforme a mi personal humor, tras posar una mano en su hombro, afirmé tajante:
-          El pasado llama a su puerta.
     Giró la cabeza, me miró durante unos instantes y confirmó:
-          Profesor Zúñiga, ¿cómo quiere que sea de otra forma, en esta vetusta Villafranca de nuestros pecados?
     Sin levantarse, intercambiamos un beso de saludo, apenas hecho lo cual, unos tintineos de copas heridas por los cubiertos reclamaron silencio y atención, cada vez más imperiosamente. Muy disciplinado -como casi siempre-, regresé a mi plaza, no sin antes aseverar:
-          Cuando esto acabe, te esperaré a la salida. No vayas a escaparte…
-          Descuida -prometió-, pero te advierto que pienso dar la espantada entre el primero y el segundo discurso.
-          Me parece perfecto, concluí.

***

     Tan pronto hubimos recogido los abrigos del guardarropa, Mabel me tomó del brazo y avisó:
-          He quedado a merendar -es un decir- en casa de mi hermano; de modo que vamos a cualquier cafetería por aquí cerca, pues no tenemos mucho tiempo.
     Aunque así fuese, no me privé de dar un pequeño paseo, para estirar las piernas, por los soportales, hasta llegar a un local clásico, que antaño habíamos frecuentado. No le pasó desapercibido:
-          ¡Qué cambiado está! No debe de quedar de nuestra época más que la botella de Carlos I. ¿Recuerdas?
-          Claro que sí. Al final, saqué el premio extraordinario de Licenciatura, pero no le hicimos los honores al coñac.
-          Pues estamos a tiempo, colega. Ahora bien, tendremos que trasegar dos copas cada uno: una por tu premio y otra por mi cátedra de Literatura Española en la Universidad Católica de Panama City.
-          ¡Caramba, chica, vaya título rimbombante!
-          ¡Huy, no veas! Pues aún le falta la advocación de Santa María la Antigua.
     No puede menos de retrucarle:
-          Siempre bajo el signo de la Antigua -y es que Mabel se había casado en la parroquia homónima-.
     Ella no quiso entrar al trapo y replicó:
-          Lo de la antigüedad es un decir. Mi Universidad se fundó en 1965; así que no creo que tú y yo lleguemos a celebrar el centenario.
     Fuera por el licor y el ambiente, fuese por encontrarse sorprendida y a gusto en mi compañía, lo cierto es que la Profesora se explayó a modo durante la hora y media que charlamos. Bueno, es una forma de expresarlo pues, hasta casi el final, fue ella quien habló y habló, sin que yo tuviese apenas que formularle algunas preguntas para provocar los cambios de tema, cuando me sentía bien informado respecto de los ya tratados. No me es difícil resumir de modo lineal cuanto me dijo, con esa su voz, fresca y cantarina, salpicada oportunamente de la risa…, aunque lo menos que puede decirse es que, en su vida, no era oro académico todo lo que relucía. Les cuento:
     Para empezar, su matrimonio se había convertido pronto en un desastre, sobre cuyas causas y detalles ahorraré las referencias, tanto por prudencia, cuanto por no dar excesivo pábulo a un argumento presentado por una sola de las partes. La relación había concluido, muchos años atrás, en divorcio bastante conflictivo, proceso en el que, inevitablemente, los hijos habían sido víctimas y armas arrojadizas. Finalmente, las cosas alcanzaron una cierta armonía, a base -según Mabel- de ceder más de lo justo en el aspecto económico. Mas no hay mal que por bien no venga. Aquella penuria había fomentado la vocación e inteligencia de la mujer, hasta extremos impensables de sacrificio y, por último, de éxito. De las clases particulares en el domicilio, había pasado a profesar la docencia en un colegio religioso de campanillas -donde su procedencia española le había abierto más las puertas- y, finalmente, en la Universidad Católica.
-          Llevo en ella quince años de profesora y hace tres que me nombraron catedrática.
-          ¿Y tus hijos?
-          Los veo poco. El mayor ejerce la medicina en Ciudad de México y la pequeña está haciendo estudios de posgrado en la Universidad de Columbia. De aquél tengo un nieto, a quien veo en Navidades y cuando tengo la oportunidad de visitar la Universidad Pontificia[1], con la que nos unen convenios de cooperación. Pero, ¿y tú? ¿En dónde has dejado a tu mujer para irte de togas pardas?
-          No tal, mi suspicaz amiga. Sigo siendo tan respetable como antaño. Mi santa esposa está pasando unos días en Madrid para acompañar a nuestra hija, quien va a tener un día de estos su segundo hijo.
     Completé mi panorámica familiar, aludiendo a los dos chicos, uno de los cuales era ya profesor ayudante de Ingeniería Química en mi propia Facultad, en tanto el benjamín andaba dando tumbos por Granada, más entregado a la bohemia que a seguir las enseñanzas de Bellas Artes. Mabel sonreía al escuchar mi diatriba contra los estudiantes que perdían el tiempo propio y los recursos ajenos. Con todo, no hizo comentarios, sino que cambió de tema con ironía:
-          Vamos, según tú, un caso perdido. Al menos, te queda el consuelo de tener en casa al garbanzo blanco.
-          ¿En casa, dices? No, hija, en un apartamento al otro lado del río, y muy bien acompañado.
-          Mejor así -respondió con una sombra de tristeza en la mirada-. Todavía recuerdo a cierta parejita, a la que podría haberle ido mejor, si los hubiesen dejado a su aire. Pero eso es ya humo y olvido. ¿Quieres creer que, mientras hablo ahora contigo, estoy tratando de recordar un montón de cosas y ni por esas? No me lo tomes a mal, Luis, pero hace la tira de tiempo que no me acordaba de ti, ni de nuestro mundo adolescente.
-          Ya veo, ya -apostillé-. Olvidado, hasta el punto de venir al Centenario y ni avisarme siquiera.
-          Tienes razón, confesó, pero bien está lo que bien acaba. Estamos hablando como cotorras -bueno, estoy- y pasando un rato estupendo. Como diría mi madre, sacando atrasos; o atando cabos, como digo yo. Por cierto, se nos está echando el tiempo encima y ya te advertí que me esperan a tomar el té.
-          Te acompaño hasta casa de tu hermano y así podemos seguir hablando. Yo te he puesto a la última, pero tú apenas me has dicho nada de tu actualidad.
-          ¡Uf! Hay cosas de las que vale más no hablar. Como decía el otro, hay siglos que no está una para nada.

***

     Tal vez nada más habría sucedido si, entre la cafetería y el domicilio fraterno, no hubiese mediado aquel Parque Inglés, tan ligado a los primeros años de nuestras vidas. Caía ya la noche y, con ella, aquella heladora niebla, hecha de algodón y de misterio. No llegaba a tanto el frío como en la mañana de la cencellada, la última de manos unidas y palabras susurradas al oído. Mabel, tan poco habituada ahora al escalofrío mesetario, se acurrucaba contra mi cuerpo, temblando. Por un momento, eché mi brazo sobre sus hombros, pero la escasa diferencia de estatura hacía incómodo andar. Ella se desprendió con suavidad de mi lazo y comentó:
-          Ya se me va pasando la tiritona. Tal vez no debimos adentrarnos por el Parque. ¡Chico, qué humedad!
-          ¿No será que has perdido la costumbre? Es una anochecida como tantas otras.
-          No para mí, Luis, no para mí -refutó con dulzura-.


     Luego, al ritmo de nuestros pasos, lentos y breves, fue desgranando palabras que yo entonces apenas comprendí, ni a interrumpir me atrevía:
-          No es solo la deshabituación, es ese veneno en el cuerpo, esa torpe mutilación que me cala hasta los huesos… ¿Recuerdas los pavos reales? La última vez que estuve aquí quisieron picarme… Hacía mucho calor. Mucho calor o mucho frío, siempre demasías… Por ahí se va a la Fuente de las Sirenas. ¿Te acuerdas de aquellos bailes al atardecer? No, claro. Ya no salíamos juntos. De hecho, no sé si estuve alguna vez contigo, si vinimos aquí. Como te sentías ridículo al bailar… Bueno, menos mal; ya está ahí la verja, y el portón de salida. Entre la niebla y los recuerdos, me estaba quedando helada… No me hagas caso; ya me siento mejor, gracias a tu tibieza… o quizás, a pesar de ella.
     Me dolió en el alma la anfibología, pero la perdoné como una mero exabrupto que, en el fondo, sabía merecido. No pronunciamos una sola palabra, hasta llegar al portal de destino. Nos miramos de hito en hito, sin saber a ciencia cierta si aquella sería la despedida. El rostro de Mabel lucía suave, relajado, hasta tierno.
-          Conociendo tu dominio del foxtrot -bromeó-, no dudo de que asistirás al baile de gala en el Casino.
-          La verdad, no pensaba… Y a saber cómo y dónde estará mi esmoquin.
-          Tienes hasta las once para encontrarlo. No permitirás que acuda al sarao sin pareja… Recógeme en casa de mis padres. Supongo que sabes dónde es.
     Sin esperar contestación, llamó al interfono. Abrieron al punto. Sujetando la puerta, se volvió a mí y dijo:
-          Hoy es mi día de cobro. Ya saldaste lo del coñac. Ahora te toca cumplir con el vals. ¿Recuerdas? The last waltz [2].

***

     A decir verdad, no me sentí a gusto en ningún momento. Y no era por mi falta de experiencia como danzante. Algo había aprendido con los años; al menos, a no avergonzarme de mi falta de destreza. Yo creo que el problema era sentirme observado por un senado de profesores y sus consortes, pasando la velada con una atractiva señora, que no era la mía. Era, pues, el desasosiego de ser pillado en falta pues, aunque sin ningún tipo de dolor de corazón, comprendía que Mabel empezaba a significar en mi vida un sentimiento, al que no me sería fácil poner otra vez punto y aparte.


     Ella no dejó de captar mi tensión. Apenas había pasado la medianoche cuando, en medio de una pieza, se detuvo y me dijo:
-          Creo que no ha sido una buena idea la de traerte a esta fiesta. Será mejor que nos vayamos.
-          ¿A dónde? Todavía es muy pronto para despedirnos.
-          ¿Quién ha hablado de decirse adiós? Creo que esta noche hay luna llena…, con permiso de la niebla.
     Nos abrigamos y salimos a la calle. A impulso de un viento gélido, la bruma había levantado y, en efecto, nuestro satélite podría ser visto, si nos dedicábamos a buscarlo. Avanzamos hasta la Plaza Mayor y me dijo:
-          Vamos a coger una pulmonía y yo mañana vuelo a Panamá. Mejor será que vayamos a mi casa.
-          ¿No es un poco tarde? Tus padres…
-          ¡No, hombre, no! Me refiero a la de entonces. Estamos al lado y, de casualidad, he cogido la llave.
     Dio a la locución adverbial una entonación marcada, disfrutando con la picardía. De camino, me contó, como si hablara de ayer:
-          Está como la conoces, pues pensamos alquilarla con muebles, hasta que esté apta para el derribo. Tan solo se ha llevado a la nueva la china, los adornos de plata y el dormitorio de mis padres. Figúrate: No sé si caerá antes ella o yo.
-          Mujer, estás estupenda y con mucha vida por delante.
     La puerta del portal crujió con un eco, hecho de vacío e historias casi olvidadas. Las escaleras las recordaba bien: veinticinco escalones hasta el primero y veintidós hasta la casa de los Cazorla. La barandilla había aumentado su pandeo, quizá por el peso del polvo de treinta y cinco años. La placa apenas lucía en la penumbra: Gabriel Cazorla. Practicante. Así como suena, como antaño, sin perífrasis ni eufemismos.
     Cerramos la puerta. Mabel me dio la mano y me condujo, interminable pasillo adelante, hasta la salón de invierno, nombre inventado por mí, a causa de su conspicua orientación sur. ¿Sería una ilusión? Los muebles eran acariciados por un pálido resplandor, que se multiplicaba en las fundas blancas, sin que, no obstante, el astro se dejase ver entre cristales. Mi dulce guía abrió de par en par el balcón y se acodó en la barandilla, con la mirada alta, clavada en la Luna. Y yo quedé tras ella, oculto por la vidriera, recelando ser visto por algún transeúnte nocherniego…



***

     … Levantó la cubierta del sofá y, con suavidad, me hizo sentar en él. Pronunció las palabras mágicas que habían marcado aquella relevante jornada:
-          ¿No crees que ha llegado el momento de que el destino nos pague la deuda?
    Luego, lentamente, a la luz fría, espectral de la luna, fue despojándose de las prendas que cubrían su torso, hasta descubrir sus pechos, que tapó al punto con las manos. Insistió:
-          El plazo se ha cumplido pero ¿acaso será ya demasiado tarde?
     Retiró sus manos. En la zona izquierda de su busto, faltaba la mama.
     En un instante me pasaron por la mente mis días y sus noches, su coraje y mi cobardía, su soledad y mi pereza, el sol de su trópico y el cierzo de nuestra tierra común, el amor entorpecido y traicionado, lo gozado y lo perdido, el mudo grito de ayuda y el vacío de la llamada de la muerte. La abracé y deposité un beso en el mismo centro de su falta. Pero ella continuó en pie, rielando, con sus ojos húmedos pendientes de mis labios. Exclamé:
-          ¡Perdona, amor, que haya llegado tan tarde a la cita!



2.      Tres años después

     Pueden ustedes figurarse que, en tres años, la vida da muchas vueltas. Los primeros días estuve en plena ebullición y aún no anduve lejos de recitar de facto aquello de si tú me dices ven, lo dejo todo[3]. Puede parecer un disparate al resultar, más que de un verdadero impulso amoroso, del anhelo imposible de retornar al pasado, así como de ejercer de caballero andante de una Dulcinea real a quien yo, por mi malandanza y la suya, había trocado en Aldonza Lorenzo.
     De aquella época datan mis cartas apasionadas, aunque nunca explícitas e inequívocas, pero que sin duda ella sabía leer entre líneas, con su perspicacia y buen conocimiento de mi modo de ser. Ignoro hasta qué punto creería en mis sentimientos, tan duraderos y profundos -se podría decir- como los anteriores desdenes y ausencias. El hecho es que yo nunca pasé de las escrituras…, ni ella de los silencios. Los viejos psicólogos del alma femenina dicen que la mujer finge desvío para alimentar la pasión de su amador. Quería yo tranquilizarme, o envenenarme, con esa creencia, cuando no daba en pensar que Mabel era demasiado sincera y afectuosa, como para usar de tan deletérea artimaña.
     Di más tarde en imaginar y sublimar obsesivamente aquella noche de plenilunio, tratando de encontrar en ella el sentido de toda una vida anonadada y la fuerza para asumir el futuro, condenado a su perpetua lejanía. Nada mejor ni más profundo podía depararnos un porvenir incierto y tejido con la infelicidad de los míos. Volvieron las tornas o, al menos, cambió el registro de mi tonada. Todo podía volverse armonía de contrarios, amores compatibles, la cuadratura del círculo. Fue el tiempo de ofrecer ayuda, amistad íntima, o muy especial, de manifestarse al tiempo hogareño y sensible a los deberes familiares, no sin retornos al dolor y el reproche. No sé por qué -o quizá sí- me viene a la cabeza aquella carta que encabecé: te escribo de noche, desesperadamente. ¡A qué extremos puede llegar el romanticismo de una vida descarriada!
     Había transcurrido más de un año en esas dos fases de mi desvarío y creo recordar que estaba a punto de pasar a una tercera, más encarrilada, espaciando las misivas y asumiendo que, pese a la gravedad de mis pecados, podría ser que hubiese cumplido ya la penitencia. Después de todo, mal puede uno explicarse cuando solo le responde la reverberación de sus propias palabras. Estaba a punto -digo-, cuando en la Plaza del Museo me di de manos a boca con la madre de Mabel. No era, ni mucho menos, la primera vez que ello ocurría, sin más que un saludo al paso, en recuerdo de la vieja amistad. En aquella ocasión, empero, la señora me paró y preguntó con amable interés por toda mi parentela. A la recíproca, me sentí obligado a hacer lo propio con la suya y, aprovechando la ocasión, interesarme por su brava hija panameña. Con una sonrisa de oreja a oreja, me ponderó:
-          ¡No sabes lo contentos que estamos, después de tanto tiempo y tantos desengaños! Ha encontrado a un señor de muy buena posición, ingeniero por más señas, y es muy probable que, no tardando, se case con él. Este año, en vez de venir Mabel por acá, seguramente seremos nosotros quienes viajemos a América, para conocerlo.
     Tragué saliva y manifesté mi satisfacción por su felicidad. Pero aún tenía que completar el informe:
-          ¿Y qué tal va de salud? Cuando estuvimos juntos el año pasado, me contó algo de una operación…
     La señora demudó el semblante. Casi se le quiebra la voz al contestar:
-          Así, así. Confiemos en que la Medicina hace ahora auténticos milagros.
     Nos despedimos con un beso. Recuerdo que, mientras me alejaba, pensé en voz alta:
-          ¡Vaya valor que tienen! Pensar en casarse con una enfermedad así.
     Pero, por encima de todo, me invadió una inmensa paz. Mi alma gemela, la mujer que pudo ser la mía, la víctima de mi estupidez juvenil, había encontrado al fin la felicidad o, cuando menos, la compañía. Aceleré el paso, jubiloso, y entré en casa con esa alegría especial, que mi esposa conoce tan bien. Luego, me puse al ordenador y mandé a Mabel una carta de felicitación: Queridísima: Acabo de enterarme por tu madre… etcétera, etcétera. Al acabar, un pensamiento me hizo sonreír: Tendría que ir pensando en algún regalo de boda, ligero y muy personal. Tal vez un lápiz de memoria, con las canciones de nuestra adolescencia. Y es que la música ha tenido siempre un papel muy importante en mi vida.
     En fin, en lo sucesivo me limité a felicitarla por Navidad y cumpleaños, de forma breve, aunque tierna. Y los sobresaltos del quinto centenario fueron descansando en el archivo de las cosas bellas. Después de todo, ya es sabido que, al menos en esta vida, la felicidad no puede ser perpetua, a no ser por el recuerdo.

***

     El pasado verano, a punto de marchar de vacaciones con la familia, me llegó la triste noticia. Una esquela en el periódico anunciaba la muerte de Mabel, acaecida en Panamá quince días antes, y convocaba a sus amistades a un responso en el tanatorio, seguido de su sepultura. Como es natural, acudí a la breve ceremonia y di el pésame a su madre, quien se limitó a confirmar lo que yo me figuraba:
-          Ya ves, hijo; después de tanto luchar, al final no pudo ser.
     Comoquiera que el cementerio estaba muy cerca, decidí acompañar el duelo hasta el columbario que recibiría sus cenizas. Estas fueron portadas por un sujeto algo más joven que yo, quien supuse sería el hermano, pero me resultó imposible reconocer en él al niño de la época de mis relaciones con Mabel.


     Éramos muy pocos en el camposanto y me picaba la curiosidad, ante la posibilidad de que el novio estuviese entre nosotros. La relación, a juzgar por la referencia periodística, no había llegado más allá.
     Me identifiqué ambiguamente como antiguo amigo de Mabel y, pese a su seco gracias por venir, no me privé de preguntar:
-          Así pues, ¿no le dio tiempo de volverse a casar? Tu madre me dijo que no tardaría en hacerlo…
-          ¿Casarse? … Bueno, sí que tuvo un novio por allá, pero eso fue hace mucho tiempo; bastante antes de que le descubrieran el tumor inicial.
     Fuera por mi rictus de extrañeza, o porque tuviera ganas de sincerarse con alguien, siguió hablando, sin mirarme, según andábamos hacia la salida:
-          Nada, un niño bonito; mucha fachenda, mucha labia, pero en cuanto ella se sintió enferma y lo necesitó, dio la espantada…
-          ¡Qué cobarde!
-          … Incluso vino un año con él, para que lo conociéramos. ¡Nada!, un estirado. Estuvo a cuerpo de rey en casa de mis padres y Mabel no paraba de viajar y de enseñarle cosas. Cada vez que me acuerdo, me dan ganas de…
-          La verdad es que la pobre tuvo muy mala suerte para ciertas cosas.
-          Y que lo digas. No se puede ir por la vida con el corazón por bandera.
     Le habría contestado que tampoco merece la pena encerrarlo en el almario, pero no me encontraba en disposición de dar lecciones.

***

     Meses después, tuve noticia de que la Cátedra de Literatura de mi Universidad presentaba una antología poética de Mabel, que ella misma había preparado poco antes de fallecer, en esa fecunda soledad, cuando entablamos cara a cara diálogo con la muerte, según decía la oferente del homenaje en una entrevista. Ni pensé en acudir al acto público, pero sí me apresuré a comprar un ejemplar del libro de poemas. Al hojearlo, en la página 16 me topé con el titulado Palabras desesperadas. Decía -dice- así:
Te escribo palabras que nunca leerás.
Palabras de amor errantes, vagabundas en la noche,
Palabras de letras nómadas que transitan lentamente,
arrastrando sus negras túnicas
en un inmenso desierto de papel blanco.
Palabras locas, desesperadas, dulces, enamoradas.
Palabras ardiendo,
palabras de incendio,
palabras como llamas del infierno,
palabras arrepentidas, de humo y ceniza.
Te escribo palabras de agua,
 palabras de lágrimas desoladas,
palabras que son lamentos,
palabras tristes, como de adiós definitivo,
palabras que emanan de mi corazón estremecido,
sangrante, moribundo,
huérfano ya de tus besos,
palabras de latidos agonizantes.
¿Pero qué te importan las palabras que mueren,
que arden, que se pierden?
Son solo letras abrazadas, enredadas,
Palabras, solo palabras.[4]

     Al pie, figuraba la dedicatoria: A L.Z., que también escribe palabras desesperadas en la noche.





[1]  La Universidad Pontificia de México radica en la capital mejicana y fue fundada por la Conferencia Episcopal de dicho País en el año 1982. La Universidad de Columbia se halla en la ciudad de Nueva York.
[2] Canción de 1967, lanzada en Inglaterra con la voz de Engelbert Humperdinck, alcanzando el número 1 en dicho país durante los meses de septiembre y octubre de dicho año. Otras versiones famosas fueron las de Petula Clark, Mireille Matthieu (número 1 en Francia) y Peter Alexander (número 1 en Alemania).
[3] Referencia a un poema de Amado Nervo y a un bolero (también titulado Lodo) popularizado por el trío Los Panchos.
[4] Agradezco a la autora de este poema, mi amiga R.S., la gentileza de haberme autorizado su inserción en el presente relato.

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