viernes, 2 de diciembre de 2016

MEMORIAS INÉDITAS DEL BARÓN DE MÜNCHHAUSEN



Memorias inéditas del barón de Münchhausen

Por Federico Bello Landrove

     Paseando por Hannover, di con una librería de viejo, en la que acababan de poner a la venta unos manuscritos recuperados en el derribo de una casa de Bodenwerder, en cuyo desván dormían amontonados bajo el polvo secular. El nombre de la localidad despertó mi curiosidad y adquirí a ciegas varios, al precio en que quiso tasarlos el librero. Creo que acerté en mi alocada compra, como podrá comprobar todo aquel que lea la siguiente traducción de uno de ellos, desgraciadamente incompleto y maltratado por el tiempo y los elementos.




1.      En defensa de mi honor


     A comienzos del año 1786, tuve noticias de que un anónimo malintencionado había publicado en Inglaterra unas historias desmesuradas y ridículas, que osaba poner en mi boca, citándome con mi título de Barón de Münchhausen[1]. La cosa me indignó, sin pasar de ahí, pues tenía la esperanza de que la lejanía y el idioma -por no aludir al mal gusto- harían pasar desapercibido el libro en cuestión. Más hete aquí que, apenas unos meses después, otro sujeto sin nombre ha procedido a traducir a la lengua alemana las disparatadas aventuras; de modo que, no solo me he convertido en la irrisión de mis convecinos, sino en objeto de malévola curiosidad. A todas horas me acechan y espían; me siguen por la calle, cuchicheando y riéndose; y no hay vez que aparezca por Gotinga, que los estudiantes no me interpelen con groserías y cuchufletas. Tengo ordenado a mis criados que apaleen sin contemplaciones a los intrusos de mis propiedades y me propongo llevar a los tribunales al impresor de esos detestables Reisen[2] y a quien resulte ser su traductor[3]. Mas no creo que ello resulte eficaz para devolverme el honor y la tranquilidad perdidos. En consecuencia, he decidido poner por escrito los principales sucedidos que me acaecieron durante el tiempo que serví bajo las banderas de Rusia, en particular, en las honrosas campañas de 1737 a 1739, contra los ejércitos del Sultán[4]. Así podrá juzgarse con verdad sobre mis viajes y mis hazañas, que no necesitan de la exageración ni la pueril fantasía, para resultar interesantes y aún asombrosos.
     Antes de comenzar la narración, me permitiréis un pequeño exordio explicativo de cómo pudo iniciarse la bola de nieve que ha terminado en tan tremendo alud. Yo soy buen vecino y mejor cazador. Cuando volví de Rusia, mis amigos y familiares estaban deseosos de saber de aquellas lejanas tierras y de mis aventuras en ellas. No tuvieron que insistirme mucho, pues soy buen conversador. En un principio, relataba los hechos tal y como habían sucedido, con el moderado nivel de exageración que todos esperan para alcanzar mayor esparcimiento. Me esmeré en ser preciso y ponderado, pero el auditorio se mostraba frío e insatisfecho. Mi esposa, que asistía a las veladas cuando tenían lugar en nuestra mansión de Bodenwerder, me explicó la razón:
-          Querido Karl -dijo-, tu versión de los hechos es vívida y sorprendente. Nada falta a la realidad que le haga envidiar a la fantasía. Con todo, está teñida de sordidez y de tristeza. Bastante tienen nuestros amigos con la ramplonería y el dolor de su día a día. ¿Por qué no conviertes tus viajes por Rusia en ocasión para hacerles reír y soñar? Seguro que así obtendrás mayor atención y contento de tus oyentes.
-          ¿Quieres que me convierta en un cuentista para niños?, repliqué desdeñosamente.
-          Los buenos cuentos infantiles -me replicó- también aprovechan y divierten a los mayores.
     Decidí seguir su consejo y, poco a poco, mis polvorientos viajes y modestas gestas militares se fueron transformando en maravillosas vivencias, llenas de humor y fantasía, que el auditorio recibía más y más entusiasta. De buen acuerdo, mis vecinos y yo decidimos bautizar el cobertizo donde nos reuníamos como El pabellón de las mentiras. La broma fue creciendo y, un día a la semana, senté cátedra en la taberna del hotel El Rey de Prusia de Gotinga, con gran afluencia de profesores y estudiantes de su Universidad. No sería extraño que alguno de ellos fuese el malhadado traductor de mi ignominia, a juzgar por los rumores que han llegado a mis oídos[5].
     Pues bien, decidme, amigos, ¿merezco, por mi afición a charlar y a deleitar, tamaño escarnio? ¿Por qué ponen en mis labios relatos apócrifos y otros de mi cosecha, como si hubiese pretendido pasarlos por verídicos? ¿No merecen mi nombre y mi prosapia el respeto de no mezclarlos con chanzas y desprestigio?
     Es posible que, como afirmaba mi buena Jacobine[6], el mal ya esté hecho, pero también pudiera suceder que mis coetáneos, o alguien de la posteridad, quisiera conocer mi vida en Rusia, tal y como yo la conté inicialmente a los compañeros de caza y de veladas en Bodenwerder. Me pongo, pues, a la tarea y ruego a Nuestro Señor que pueda concluirla y publicarla, de tal modo que reivindique mi honor y haga ver a mis detractores que nada hay de malo en la ficción hilarante, pero también que la verdad puede ser tan asombrosa y divertida como la más disparatada de las mentiras.



2.      De las intrigas y desarreglos de la Corte rusa


     Era mi costumbre la de comenzar el relato de mis aventuras en Rusia asombrando a los oyentes, con las increíbles peripecias que habían llevado a aquella gran monarquía a tan grandes niveles de intrigas y desenfreno. Era lógico que empezara por aludir al zar Pedro II, por ser hijo de la gran duquesa Sofía Carlota, quien a su vez lo era de mi señor, Luis Rodolfo, duque de Brunswick, que Gloria haya. Pues habéis de saber que, siendo un niño, entré al servicio de esa Casa Ducal, en calidad de paje, y mucho lamenté su muerte, acaecida cuando yo tenía unos quince años.
     El breve reinado de aquel zar era ya un mero recuerdo cuando yo partí para Rusia, pero su memoria contenía tantos aspectos y anécdotas dignas de admiración, que no dejaba de emocionarme, como también a quienes me escuchaban relatarla. ¿Quién no consideraría digno de piedad a un niño que pierde a su madre al nacer y cuyo padre es torturado y ajusticiado por orden de su augusto abuelo, cuando él tenía apenas tres años de edad? ¿Quién no lamentaría la muerte de su hermana, consuelo y trasunto para él de su perdida madre, cuando la pobre niña acababa de cumplir los catorce años? ¿Cómo no asombrarse del destino, fatal y caprichoso, de que también él, Zar de todas las Rusias, habría de fallecer a esa misma edad, después de tres años de agitado reinado bajo tutela?
     Claro está que, privado del cariño y férula paterna y provocado al vicio y el desenfreno, su conducta asombró a todos, tanto en los excesos con la bebida, como por su promiscuidad con cortesanos de ambos sexos, quienes trataron de aprovechar en su beneficio la lujuriosa adolescencia del Soberano. En la Corte rusa tuve ocasión de conocer, bastante más tarde, a la joven que había sido echada por su poderosa familia en los brazos del joven Zar, sin otro propósito que el de forzarlo a casarse con ella y alcanzar así los favores del trono[7]. Su hermano mayor, favorito del Monarca, llegó a falsificar su firma en un testamento, con el fin de simular la voluntad sucesoria en favor de quien, a la postre, solo había llegado a ser su prometida, ya que el Zar falleció el  mismo día en que estaba prevista la boda -dicen que a causa de un grave enfriamiento contraído durante la ceremonia de bendición de las aguas del río Neva-.

***

     Al joven zar Pedro sucediole finalmente su tía Ana, que llegó al trono con treinta y siete años de edad, y habría de reinar durante diez. Comoquiera que yo serví bajo sus banderas, he de ser respetuoso de su memoria. Con todo, nunca me he privado de recordar a mis oyentes la llamativa condición con que accedió al poder, que no fue otra que la de no poder ejercerlo. Quiero decir que el Consejo Secreto Supremo procedió a elegirla e investirla como zarina, a condición de que dejase todas las tareas de gobierno en sus manos. Nada de extraño hubiese tenido en un País tan inclinado a la autocracia que, una vez afianzada en el trono, Su Majestad incumpliera, por propia voluntad, condiciones tan limitadoras de su autoridad. Sin embargo, no fue así: Hubieron de ser otros nobles y militares de alto rango quienes, celosos de las omnímodas prerrogativas del Consejo, forzaran a la Soberana a anular las Condiciones y volver a jurar su cargo, ahora en calidad de monarca absoluto. Fue decisiva valedora de tal resolución su hermana mayor, Catalina, preterida por su alejamiento de la tierra rusa, como casada con el Duque Carlos Leopoldo de Mecklemburgo. Con todo, la zarina Ana depositó cada vez mayor confianza en sus fieles servidores alemanes, entre los cuales hube de contarme yo, por los curiosos motivos que conoceréis, si no decidís abandonar los intrincados vericuetos de mi juvenil existencia.
     Es el caso que el lustre y antigüedad de mi familia, unidos al temprano fallecimiento de mi noble padre, el capitán Georg Otto von Münchhausen, me procuraron una plaza de paje en la corte del Duque de Brunswick, pasando precisamente al servicio de su hijo Antonio Ulrico. Estaba casado mi señor con quien llegaría a ser Gran Duquesa y Regente de Rusia, conocida allá como Ana Leopóldovna, nieta del zar Iván V. Esta vinculación con la Casa reinante acabó dando lugar a que Antonio Ulrico y su esposa Ana Leopóldovna pasaran a tierras rusas, a petición de su zarina. Dispuso esta, al no tener descendencia propia conocida, que fuera el hijo mayor de su sobrina quien la sucediera, con su madre como eventual Regente y su padre en calidad de Generalísimo de los ejércitos rusos.

***

     Llegado a este punto, era mi costumbre divertir al auditorio, recordando un hecho cierto, que no creo ofenda la fama ni el pudor de personas de tan alto rango. Pues sucedió que, siendo aún doncella Ana Leopóldovna, resolvió su tía, la zarina, que tomase estado, buscándole a tal efecto un príncipe de las mejores prendas. Y, bien fuese por desconocimiento del novio y de los deberes de casada, o bien porque su tía hubiese frustrado otros amores juveniles del agrado de Ana, en la noche de bodas salió huyendo, ligera de ropa, de la alcoba nupcial y se escondió en los jardines de palacio, hasta la siguiente madrugada. No debió de durar mucho, empero, el rechazo pues, en los siete años que aún le quedaban de vida, la Gran Duquesa engendró a cinco hijos, de cuya paternidad marital no existe duda razonable.



3.      De las veleidosas glorias militares



     Si toda fortuna es mudable y esquiva, ¿qué diremos de la cimentada en las batallas? Los soldados, cuando no encanecen en los cuarteles, fían su suerte a las armas que, por apenas dos o tres pulgadas, pueden llevarlos a la invalidez y la muerte, o bien al ascenso y a la gloria. Siempre ha sido así y no es de otra manera en el Ejército ruso que yo he conocido. Tal vez contribuyera algo a ello la forma de alistarse, que os resumiré de modo muy simple.
     Los zares, al menos desde el gran Pedro I, dieron mucha preferencia a los extranjeros, a la hora de contratar oficiales para sus ejércitos. Empleados y comisionistas de toda laya, con presunto mandato de las Autoridades rusas, se movían por cuarteles y tabernas de media Europa y ofrecían a los oficiales la firma de ventajosos contratos, en los que se hacía constar, a título indicativo, su futuro grado y salario. Después, aquellos soldados de fortuna -con frecuencia aventureros- se encaminaban a San Petersburgo y, esgrimiendo la copia del contrato, se presentaban en el Ministerio de Exteriores, donde se comprobaba su currículo, mediante los documentos que exhibían. Si recibían el visto bueno de los funcionarios, el siguiente paso era dirigirse al Ministerio de Guerra, donde les asignaban grado y unidad, pagándoles el sueldo de unos cuantos meses, para compensarlos de los gastos de viático y equipo militar.
      Sabiendo de la avidez del Ejército ruso por los militares bien preparados, quienes se consideraban tales no tenían el menor empacho en tomar ellos la iniciativa, viajar a Rusia y solicitar por su propia cuenta el ingreso. Muchos de los mejores jefes bajo los que serví, como Münnich, Laudon o Lacy así lo hicieron. Más adelante habré de referirme a ellos con mayor detalle.
     Mi incorporación a las banderas del Imperio Ruso no se hizo de ninguna de esas formas. Teniendo yo no más de diecisiete años, pasé a Rusia con el séquito del conde Antonio Ulrico, todavía en calidad de paje. Nos escoltaba una brillante tropa del Ducado que, por su procedencia, fue conocida en adelante como el Regimiento de Brunswick. La zarina Ana había tomado ya la decisión firme de promover el matrimonio del Conde con su sobrina y futura heredera, la Gran Duquesa Ana Leopóldovna. Dicha emperatriz tenía en mucho a las tropas extranjeras y, en ocasión de hallarse Rusia en guerra con el Kan de Crimea y con el Sultán de Turquía, no vaciló en conceder a Antonio Ulrico el título, más honorífico que práctico, de Generalísimo de sus Ejércitos.
     El ardor guerrero de los Münchhausen corría por mis venas; de modo que no vacilé en alistarme en el Regimiento cuando el Conde me ofreció la oportunidad de ello. Mas, careciendo por completo de formación y experiencia militar, senté plaza como corneta, siendo destinado a la plana mayor del más grande de los generales que alumbró este siglo en Alemania, hasta el Gran Federico. Me refiero, naturalmente, a Burkhard Christoph von Münnich, quien bien merece una referencia algo detallada, aunque solo sea para constatar los caprichos de la suerte o, si lo preferís, que la realidad es muchas veces tan fértil y sorprendente como la fantasía.

***

     Von Münnich -o Minnikh, como era citado en los documentos rusos- llegó a Rusia cuando había rebasado los 35 años de su edad y el reinado del zar Pedro I llegaba a su ocaso, sin más guerras grandes en que combatir. Era hijo de un ingeniero militar y lo primero que captó de él el César[8] era su cultura francesa y sus finos modales y gustos delicados. Con todo ello, sacó la opinión de que se hallaba ante un oficial refinado, no ante un buen soldado. Lo que ignoraba el Autócrata ruso era que Münnich se había batido con honor y acierto en los más afamados campos de la Guerra de Sucesión de España, a las órdenes de excelsos generales, como Eugenio de Saboya y el Duque de Marlborough. Tal vez estaría informado de que aquel oficial había sido Inspector General del Ejército de Sajonia. Pero, conociendo la mentalidad del Zar, lo que más podría haberle forzado a cambiar su peyorativa opinión era la razón por la que había decidido servir bajo las banderas de Rusia: haber matado en duelo a otro militar, cuya familia le promovió pleito, viéndose así forzado a abandonar su alto destino.
     Por aprovechar de algún modo sus cualidades como ingeniero, el Zar le encargó trabajos de reconstrucción de la Catedral de San Petersburgo, destruida por un incendio. Münnich lo hizo tan a satisfacción del Soberano, que este fue asignándole la dirección sucesiva de magnas obras públicas, como el enlace por medio de canales, a través del lago Ladoga, de los ríos Neva y Volga, que conectarían el Báltico con el Caspio, haciendo de San Petersburgo un gran capital comercial. Más tarde, ya en el reinado de los zares sucesores del Gran Pedro, pasó a ocuparse de las fortificaciones, como Director Jefe de las mismas, destacando tu trabajo en las de Kronstadt y Riga. En tiempos de la zarina Ana, puso su valía a exitosa prueba tomando al asalto la ciudad de Danzig, durante la guerra polaca[9]. Al fin hubieron de reconocerse sus dotes militares y, convertido en uno de los generales más prestigiosos y aureolado con el título de Conde, estuvo presto a participar en la guerra contra los turcos, en la que, como veréis más adelante, alcanzó gloria imperecedera.
     Pero la gloria, amigos, solo es definitiva en la otra vida. Apenas dos años después de acabada la guerra turca, los avatares políticos en que Münnich se vio mezclado, dieron con él en el cadalso, condenado a muerte. Pero en uno de esos giros de la vida real, que la hacen tan digna de asombro como la más desbocada fantasía, le fue conmutada la última pena cuando estaba a punto de ejecutarla el verdugo. La zarina Isabel, que Dios tenga en su seno, le perdonó la vida y lo desterró a los Urales. Pero ya dice el refrán que no hay bien ni mal que cien años duren. A los once de confinamiento, el nuevo Zar rehabilitó a Münnich en su antigua dignidad. La emperatriz Catalina, hoy felizmente reinante[10], lo nombró General de los Puertos del Báltico, falleciendo en la ciudad de Tartu a finales de 1767. Al año siguiente, volvió a declararse la guerra entre Turquía y Rusia, contienda en la que, de haber podido participar, no me cabe duda de que habría reverdecido sus laureles.

***

     Mucho menos he de decir -aunque él merecería otro tanto- de quien ha llegado a ser Generalísimo de los Ejércitos de Austria[11]. Poco mayor que yo[12], siendo un chiquillo, ya se había distinguido en el cerco de Danzig -al que antes me referí-, a las órdenes de von Münnich. Siempre bajo su mando, y todavía como oficial de bajo rango, hizo todas las campañas de la guerra ruso-turca, incluidos los sobresalientes episodios que más tarde narraré, según el recuerdo personal que de ellos conservo, como testigo y partícipe. Sin embargo, el joven Ernst Gideon von Laudon no alcanzó, como otros muchos con menos mérito, el derecho de continuar en el Ejército ruso, al acabar la contienda. Así, a los veintidós años, encontrose sin fortuna ni oficio. Considerando deshonroso alistarse -como lo había hecho otrora su padre- en el ejército sueco, dado que estaba enzarzándose en una nueva guerra con sus recientes compañeros de armas[13], el joven Ernst Gideon no sabía adónde dirigirse. Mas, por fortuna para él y desgracia para muchos, la guerra es planta que crece abundante y frondosa en esta Europa de nuestros pecados.
     Habiéndose desatado por aquel entonces porfiada contienda entre Francia y Prusia, de un lado, y Austria e Inglaterra, de otro[14], Laudon se desplazó a Berlín, para ofrecer sus servicios a las armas prusianas. Le sirvió de introductor el embajador de Rusia, que ponderó las virtudes guerreras de su presentado. No obstante, Federico II desdeñó su contratación por las poderosas razones de que aquel oficial era pelirrojo y de corta estatura. Al escuchar tan peregrinos argumentos, puestos en boca del mayor Capitán de nuestro tiempo, mis oyentes prorrumpían en carcajadas y loaban de muy buena gana la ocurrencia. Sin embargo, todo era cierto. También los grandes hombres tienen sus manías. El rey Federico, muy bajo él mismo, se ve que había heredado la afición de su padre por los guardias de corps gigantescos y los soldados de aventajada estatura. Y, en lo que respecta, a los pelirrojos, ¿quién ignora -se dice- que son personas no dignas de crédito y hasta un poco inclinadas a la magia negra? [15]
     En el fondo, el rey de Prusia tenía razón: Laudon no era de fiar. En el año 1758, en Hochkirch, y al año siguiente, en Kunersdorf[16], el Pelirrojo hizo probar las hieles de la derrota a quien muchos años antes lo había menospreciado. Ignoro si el monarca recordaba que se trataba de la misma persona.



4.      En que el autor reflexiona sobre cuestiones de espíritu militar


    Con cierta frecuencia mis amigos interrumpían el relato de mis aventuras, con preguntas o insinuaciones como estas: ¿Qué tal eran los rusos como soldados? ¿Y los austriacos como aliados? No me dirás que merece consideración vencer a los turcos, tal y como han llegado a ser hoy en día… Si mis respuestas hubiesen sido oídas y tomadas en consideración por las buenas gentes del Ministerio de Guerra en Berlín, Viena y otras capitales, podría haberse evitado más de una sangrienta sorpresa en las guerras que siguieron a aquella en que yo participé. Pero ya es sabido que Münchhausen es un charlatán y un mentiroso, a quien no vale la pena escuchar. Con todo, no hago de falso profeta, si os digo que los años pasados en Rusia[17] hicieron de mí un perspicaz crítico en asuntos militares. He aquí buena parte de lo que exponía a mis oyentes, a preguntas de ellos:
     Pocos soldados tienen el espíritu de cuerpo y de sacrificio que los rusos. Las reformas llevadas a cabo en su ejército por el zar Pedro I modernizaron su organización y armamento, hasta el punto de hacerlo capaz de derrotar a Suecia, gran potencia militar de su época. No obstante, aquellas reformas pecaron de precipitadas e incompletas. El ejército ruso que yo conocí tenía una excelente infantería, aunque mal mandada por nobles, que compraban o heredaban sus cargos, y oficiales de aquí y de allá, rechazados del pueblo por su extranjería y mal conocimiento del idioma y el carácter rusos. La caballería era casi exclusivamente ligera y levantisca: los famosos cosacos, de insegura fidelidad e indisciplina probada. Mediocre e insuficiente, la artillería pecaba de falta de tino y movilidad, tanto la de sitio como la de campaña. Los ingenieros militares, sencillamente, no existían. La intendencia y la sanidad militar eran deplorables.
     Las peores de dichas deficiencias fueron corregidas por el mariscal von Münnich, poco antes de la guerra con los turcos, en la que tanto se notaría. En muy corto periodo de tiempo, organizó un Arma de ingenieros, con el mimo y la sabiduría que le permitía su experiencia. Creó igualmente el primer Cuerpo de húsares genuinamente rusos, acabando con la dependencia que de los cosacos sufría la caballería ligera. Reorganizó los regimientos de coraceros y dragones, dotando así al Ejército de una buena fuerza montada de línea. Para armonizar la aristocracia de familia con la eficacia militar, fundó en San Petersburgo la Academia para el Cuerpo de cadetes de la reserva, comprensivo de unos quinientos jóvenes pre-oficiales que, además de nobles, fuesen expertos en idiomas extranjeros, arte, ciencias y toda clase de ejercicios físicos y maniobras militares. Y, en previsión de una inminente guerra en el sur, creó la Línea de Ucrania, con un total de dieciséis acuartelamientos fortificados, defendidos cada uno de ellos por un regimiento de caballería y cuatro de infantes.
     Yo sé que el mariscal de campo von Münnich ha sido caracterizado como hombre de carácter hipócrita y complicado, como cumple a un experto en las intrigas cortesanas; como también me consta que era odiado por muchos políticos y compañeros de armas, y hasta por sus propios soldados, cuando sufrieron las pruebas del hambre y la peste durante las terribles campañas de Crimea. Pero también afirmo que la mayoría de sus hombres lo respetaban por sus extraordinarios conocimientos y lo amaban, porque los conducía con prudencia y acierto a la victoria. Siempre miró por sus soldados, hasta donde lo permitían el honor y la victoria, y sobrellevó como el primero las penalidades y los riesgos. Fueron sus subordinados quienes le dieron el apodo de Sókol, el Halcón, perspicaz y raudo hasta el extremo. Yo, que aprendí de él el arte de la guerra y luché a su lado en dos campañas, puedo aseverar que nunca me sentí más seguro ni mejor mandado, que cuando lo hice a sus órdenes. Y me consta que grandes generales, como Laudon, Lacy o Keith, sintieron lo mismo.

***

      ¡Qué mérito, vencer a los turcos!, decían quienes tomaban a poco mis campañas. Bastaría para desmentir su opinión el vigoroso comportamiento de ese Imperio cuando le ha tocado enfrentarse con Austria en sus últimas guerras. Yo solo aludía a aquella en que el Imperio Habsburgo decidió intervenir en 1737, cuando Rusia llevaba ya dos años luchando sola contra el Turco, con diversa fortuna. Nadie puede dudar de la tradición y valía de las armas austriacas y, sin embargo, tras algunas victorias iniciales, los otomanos se tomaron la revancha y derrotaron tan decisivamente a los austriacos, que estos se vieron forzados a firmar por separado una paz muy desventajosa, en la que perdieron buena parte de los territorios ganados décadas atrás. Entonces, replicaba yo, ¿son o no son los turcos enemigos de consideración?
     Es cierto que sus ejércitos no se organizan de la forma uniforme y armoniosa que parece exigir la moderna táctica militar, como también que las limitaciones industriales afectan muy negativamente a su artillería, pero la infantería es numerosa y valiente; ágil y maniobrera su caballería; sacrificadas y muy resistentes las tropas de guarnición de las fortalezas. Es tradicional el apoyo que reciben de instructores y oficiales franceses, y luchan en su terreno, que conocen palmo a palmo, y del que saben obtener recursos suficientes para cubrir sus mínimas necesidades de suministro. De hecho, el ejército ruso sufrió graves pérdidas en los dos primeros años de la guerra, hasta que se hizo cargo del mando supremo mi admirado von Münnich.
     Cosa distinta sería si, confundiendo a los turcos con los tártaros, diésemos valor a las victorias obtenidas contra estos, que ya no son más que una pálida reliquia de su formidable historia militar. Yo no tuve ocasión de combatir contra ellos en las campañas de Crimea, pero me consta que no ofrecieron más resistencia al ejército ruso, que la propiciada por sus aliados turcos, quienes en realidad los controlan y dirigen.
***
     He de reconocer que estas y otras consideraciones por el estilo caían entre mis oyentes como las gotas de lluvia en la arena del desierto. Ellos estaban deseosos de escuchar mis experiencias bélicas, no de recibir lecciones de formación militar. En un principio, yo no cejaba, a pesar de los bostezos y los cuchicheos con que se recibían mis palabras. Luego, no siendo ajeno al gusto por el éxito social, ahorraba preámbulos y pasaba derechamente a narrar aquellos episodios en que se forjaron mi espíritu y mi carrera. Sin duda, los más impresionantes -únicos a los que aquí aludiré- fueron la toma de la fortaleza de Ochákov y la gran batalla de Stavuchany.



5.      El triste sino de una fortaleza




     Mi primer contacto con la guerra se produjo a poco de mi llegada a Rusia, cuando apenas había cambiado mi librea de paje por el rojo uniforme de húsares que, según tengo entendido, fue diseñado por la zarina Ana, a petición del creador del Cuerpo, el general von Münnich[18]. Mi señor, el príncipe Anton Ulrich, comisionado por la Emperatriz, acudió al frente del Dniéster, para comprobar de primera mano la marcha del conflicto. Y así, tuvimos la suerte de llegar a las puertas de la ciudad de Ochákov, al decisivo segundo día del sitio. Los combates del primer día habían sido feroces, habiendo tenido los nuestros unas cuatro mil bajas, por empeñarse en dar el asalto cuando las fuerzas turcas aún estaban intactas y pletóricas de moral. No me explico cómo Münnich -tan buen ingeniero militar como preocupado por la seguridad de los suyos- tuvo el desacierto de asaltar precipitadamente una gran fortaleza, defendida por veinte mil hombres. Me atreví a preguntarlo a un teniente coronel de Brunswick, que pasaba revista desolado entre las filas de heridos y agonizantes. Me contestó así:
-          La Corte está cansada de dos años de fracasos y urge imperiosamente a conseguir victorias. Era preciso hacer un intento de conquista rápida de Ochákov. El problema es que, habiendo fracasado, ahora todo será más lento y difícil.
     Los detractores de mi honor me imaginaron a lomos de sendas balas de cañón, yendo y viniendo del campamento ruso a la fortaleza turca, en disparatado alarde de valor y de habilidad[19]. Mas lo que realmente aconteció casi supera a lo anterior como golpe de efecto. Sucedió que, durante el bombardeo de la plaza en el primer día de asedio, numerosos proyectiles de mortero habían caído en las casas, provocando incendios que no pudieron ser inmediatamente sofocados. Uno de ellos acabó por propagarse al polvorín mayor de la ciudad. Y así, a las pocas horas de mi conversación con el pesimista militar, una horrísona explosión se produjo, causando seis mil víctimas y forzando la rendición de lo que quedaba de la guarnición turca. Dicen algunos que, pese a enarbolar bandera blanca, los asaltantes rusos aniquilaron a la mayor parte de los defensores, lo que no me extraña en ellos, pues no es costumbre en los ejércitos rusos respetar a sus enemigos, ni a la población civil[20]. De lo que sí puedo dar razón es de que, habiéndose producido el asalto en pleno verano, fue tal el hedor desprendido por los cadáveres de los turcos, que el General mandó que las tropas se retiraran a quince millas de la fortaleza.

***

     Lo que acabo de contar no explica por sí solo la rúbrica que he escrito sobre este capítulo del documento. El triste sino de la ciudad de Ochákov se ha consumado hace no mucho tiempo[21], según las referencias que me han llegado.
     Es el caso que, después de tantos esfuerzos, aquella plaza fuerte fue devuelta a los turcos al terminar la guerra. Estos volvieron a fortificarla, con más perfección, si cabe, en previsión de nuevos asedios. Tal cosa aconteció unos cincuenta años después del que fui testigo. Pero, en este caso, los rusos hubieron de cercar la ciudad durante seis meses, sufriendo unos y otros las mayores desgracias y privaciones. Al fin, tras un feroz asalto, cayó la fortaleza y los rusos incurrieron en la misma inhumanidad de la ocasión precedente, pasando por las armas a unos veinte mil soldados de la guarnición. Fue tal la masacre, que se dice que el Sultán de Turquía murió del disgusto al enterarse de ella[22]. De ser eso cierto, lo consideraría tan desmesurado y fantástico, como mi supuesta cabalgada a lomos de las balas de cañón.



6.      La batalla de Stavuchany



    
     Nadie puede considerarse un militar fogueado y valeroso sin haber participado en una gran batalla. Me cupo en suerte, a los diecinueve años, tomar parte en la de Stavuchany, junto a otros cincuenta mil compañeros, contra unos noventa mil turcos, en victoriosa lid que prácticamente decidió aquella guerra a favor del Imperio Ruso.
     Para entonces, yo había cambiado la roja librea de paño de los húsares, por la pesada armadura de los coraceros, pues había alcanzado la corpulencia y fortaleza que traen la juventud y el ejercicio físico. Con harta benevolencia, se me había concedido el grado de uriádnik[23] y puesto a las órdenes directas del comandante en jefe Von Münnich, al que servía como ayudante y mensajero.
     En la mañana de aquel radiante día de agosto[24], con los dos ejércitos atrincherados en sendos altozanos fronteros, con las escarpadas orillas del riachuelo Shulanets como mayor obstáculo de separación, nuestro General se percató de que el ejército turco nos superaba en razón de dos a uno, pero que su artillería era escasa y muy alejada para precisar el tiro. En consecuencia, ordenó formar a casi toda la fuerza en tres grandes cuadros, con una separación entre ellos que no permitiera la maniobra de la caballería enemiga. Al frente de cada cuadro situó una fuerte densidad de cañones y, en su centro, buena parte de la tropa montada.
     Apenas habíamos completado la formación ordenada, cuando fuimos atacados por la caballería jenízara y grandes masas de infantería ligera tártara que, no pudiendo romper los cuadros, nos rodearon y atacaron incluso por la retaguardia. Los nuestros resistieron bravamente, pero temiendo Münnich los estragos de la sed, la fatiga y el constante fuego de los tiradores enemigos, así como, también, por el riesgo de que las baterías turcas aproximaran a nosotros sus cañones y ajustaran más el tiro, tomó la resolución que decidiría la suerte de la batalla. Redactó un par de líneas en un papel y gritó:
-          ¡Enlace, necesito un enlace! ¿Quién rayos tiene un caballo rápido para servir de mensajero?
     Bien fuera por temor a las balas y a los sables, bien porque no tuviesen fe en sus monturas, nadie respondió. En vista de ello, me adelanté muy decidido y ofrecí mis servicios al General:
-          Yo, señor, tengo un caballo de primera.
-          Perfecto. Lleva esta misiva al coronel Biron, al mando del cuadro de la derecha, y dile que cumpla lo aquí ordenado con todo orden y rapidez, cueste lo que cueste.
     Me entregó el volante y yo, tras despojarme de la coraza para descargar de peso a mi corcel, galopé desalado hacía mi destino. Admirado Münnich por la forma en que desafiaba el peligro a pecho descubierto, me gritó:
-          ¡Münch, la victoria te hallará teniente!
     De todos modos, con promesa de ascenso o sin ella, habría actuado de la misma manera.

***

     Como puede colegirse por el ulterior desarrollo de la batalla, Biron recibió el mensaje por mi mano y mi palabra, cumpliéndolo de manera modélica, rápida y sin desordenar la formación. Cruzó el Shulanets y, como a doscientos pasos del río casi seco, colocó a sus hombres formando un ángulo recto, de oblicuo al ala izquierda de los turcos. Como es natural, temiendo que se tratase de un ataque en toda regla, el Jefe turco, Veli Pachá, ordenó la retirada de parte de los atacantes a los dos cuadros rusos que permanecían en posición, para lanzarlos contra nosotros. Igualmente, la artillería quedó enfilada hacia nuestra fuerza, pero sin avanzar las cureñas. De ese modo, la gran mayoría de los proyectiles caían en derredor nuestro, sin causar ningún daño. Quiso, no obstante, la adversa fortuna que, habiéndome alejado yo para retornar junto a Münnich, algún cascote de metralla alcanzase a mi caballo, pese a lo cual, cumplí sin contratiempo mi propósito.
     Al volver a verme junto a él, mi General preguntó:
-          ¿A qué has vuelto? ¿Acaso le sobran a Biron los soldados?
-          La verdad, señor -repliqué-, es que se están defendiendo sin grandes dificultades. Ha colocado su masa artillera detrás de la primera fila de infantes y así tiran por elevación sobre las cabezas de aquellos y alcanzan con eficacia las filas de los otomanos.
     Münnich se echó a reír:
-          ¡Lo que no se le ocurra a ese diablo de Biron…! ¡Tirar justo por encima de las testas de sus hombres, y con esos cañones tan poco de fiar! Anda, anda, ya que estás aquí, vas a volver con otro recado mío, no sea que a las piezas les dé por empezar a descalibrarse.
     No paraba de carcajearse, contagiando al resto de los altos oficiales. Terminó de redactar la misiva y me la repitió mientras yo subía al caballo, sin percatarme de que este sangraba por las ancas:
-          Aquí tienes, dijo. Insístele en que se retire como si huyera, levantando mucho polvo.
     Aquello no pude entenderlo. Ahora sé que todo sirvió de magno engaño para que los turcos creyeran, en un principio, que el ejército ruso avanzaría con su mayor ímpetu con el ala derecha y, luego, que se retiraba en desorden, dando por perdido el combate. Pero lo cierto era que, a estas alturas de la batalla, Münnich trataba de concentrar todas sus tropas, para dar la acometida final contra el centro de los turcos.
     Entregué el segundo mensaje a Biron, repitiéndole de palabra lo indicado por nuestro Comandante. En esto que mi caballo dio con sus huesos en tierra y, en un estertor de sus cuartos traseros, quedó muerto. Yo me quedé inmóvil y mudo por la sorpresa, con los ojos fijos en los yertos del pobre animal. Fue entonces cuando un capitán del Ismaylovsky[25] pronunció la frase que se ha hecho famosa entre sus compatriotas:
-          ¡Vaya, ya no puede decirse que la artillería turca no haya alcanzado a nadie! ¡Por lo menos ha matado un caballo!
     Todos rieron la gracia, salvo yo, que tenía al difunto en gran estima[26].

***

     Esta fue toda mi intervención en aquella gran batalla pues, descabalgado y agotado por los esfuerzos, permanecí luego junto al General, hasta que concluyó la misma con la completa victoria de nuestras armas. No fue ello sin duelo para los rusos, pues es una patraña la que circuló por Moscú y San Petersburgo, en el sentido de que las bajas en Stavuchany habían sido 15 muertos y 54 heridos. Como es natural, yo no podía desmentirlo con cifras exactas, pues no había tenido tiempo ni ganas de contar las bajas. Desde luego, sí puedo asegurar que fueron mucho más abundantes, como tendrían en su momento ocasión de constatar las familias de los fallecidos y los muchos lisiados que volvieron orgullosos a sus casas, diciendo: combatí en Stavuchany.
      Yo también recibí con orgullo mi prometido despacho de Teniente y, para no desairar a los ufanos aristócratas rusos que me asediaban a mi regreso a San Petersburgo, siempre respondía a sus peticiones de información:
-          ¡Ah, Stavuchany!, gran victoria a poca costa: quince muertos, cincuenta y cuatro heridos y un caballo deslomado.



7.      Aventuras con más brillo y menor riesgo




     La guerra terminó a los dos meses de esa batalla y la alegría de la paz victoriosa se mezcló con los fastos por la boda de la princesa heredera, Ana Leopóldovna, con su prometido -aunque no deseado-, Antonio Ulrico, mi señor. Los banquetes, bailes y mascaradas fueron brillantísimos y el pueblo de San Petersburgo recibió el obsequio de fuentes en las que manaba el vino constantemente y raciones ilimitadas de carne de buey. Yo alternaba mi librea de paje con el airoso uniforme de teniente de coraceros y no puedo quejarme del éxito de mi juventud y prestancia entre las damas de la Corte[27]. Tanto éxito debió de mover la envidia de algunos de mis compañeros de más edad y graduación, pues recibí de inmediato y en forma perentoria la orden de trasladarme a Riga, para servir en su guarnición, hasta nuevo aviso. Visto con perspectiva, mi destierro fue una suerte, pues me tuvo al margen de los tremendos acontecimientos que se desarrollaron en la Corte durante los dos años siguientes, de cuyo relato os haré gracia, como en otro tiempo dispensaba a mis oyentes. Baste con decir que mi señor, Antonio Ulrico, su esposa y sus hijos fueron reducidos a prisión; su hijo mayor, Iván, ya proclamado zar, fue despojado de la corona en favor de la nueva zarina, Isabel, hija de Pedro el Grande; el general von Münnich huyó hacia la frontera de Prusia, pero fue detenido, estuvo a punto de ser ejecutado -como ya he dejado dicho- y, finalmente, reducido a confinamiento en Siberia; y, por modo general, puede afirmarse que la flor y nata de los brunsviqueses y otros alemanes que servían a Rusia fue objeto de pesquisas, expulsiones y maltratos. En cambio, yo, humilde teniente de guarnición en Livonia, pasé por completo inadvertido y puede seguir mi carrera en Rusia durante unos años, que no dudo fueran los más felices de mi vida. ¡Claro que yo entonces era joven, lo que fomenta el optimismo y facilita la aceptación de las adversidades!
     Desde mi posición de oficial en el Primer Regimiento de Coraceros, tuve ocasión de vigilar y proteger a muchas personalidades distinguidas durante el reinado de los zares anteriores, que ahora habían perdido cargos y privanzas. Unas veces, paraban en mi Ciudad, camino de la frontera, expulsados de la tierra rusa. Los más, habían de cumplir detención o confinamiento, siendo asignados a mi custodia, tal vez, por compartir con ellos el idioma y conservar la preparación y la fidelidad que, a mis veinte años, me proporcionaron el ser oficial de la Leib Guardia[28].
     Mi tranquila estancia en Riga estuvo a punto de truncarse cuando, a poco de llegar, se desencadenó en Carelia una nueva guerra entre suecos y rusos. El ejército ruso, a las órdenes del Conde Lacy[29], tomó la iniciativa desde el primer momento y la victoria nos sonrió hasta el fin del conflicto. He escrito nos porque mi regimiento fue movilizado al principio y acudimos hasta la frontera del norte. Luego, habiéndose formado un ejército que excedía con mucho el número de los suecos, el Comandante en Jefe opinó acertadamente que unas fuerzas en exceso numerosas serían muy difíciles de avituallar sobre un territorio pobre y helado. Retrocedimos, pues, hasta nuestros cuarteles, para quedar de refresco ante situaciones comprometidas, que no llegaron a producirse.
     Con el tiempo, bendije el no tener que haber combatido de nuevo. En la gran guerra que se estaba produciendo en el centro de Europa, mis dos hermanos varones mayores fallecieron en combate, quedando yo como continuador en el título y heredero de la casa de Münchhausen. Desafortunadamente, Dios no ha bendecido mi matrimonio con hijos que pudiesen seguir la estirpe, cosa ya difícil de cambiar en mi edad y estado[30].

***

     El momento más honroso de mi cometido militar en Riga tuvo lugar en enero de 1744, cuando mandé la guardia de honor, dispuesta para la protección de la princesa Sofía de Anhalt-Zerbst. Los años pasados desde entonces pueden haber oscurecido vuestra memoria. Por tanto, será conveniente que os diga que aquella joven Princesa estaba destinada a contraer matrimonio con el futuro Zar de Rusia y, con el tiempo, a sustituirlo en el gobierno, para reinar con el nombre de Catalina II[31].
     Son para mí días inolvidables pues, al mes siguiente, contraje matrimonio con la que habría de ser mi esposa durante cuarenta y seis años, la señorita Jakobine von Dunten[32], hija de un juez de la Ciudad, llamado Georg Gustav ………………………………………………………



8.      Apéndice


     Aquí concluye cuanto de legible existe en el documento que adquirí en una librería de viejo hannoveriana, como he indicado en la presentación del relato. No creo que le faltase mucho a nuestro Barón para concluirlo, pues su vida de guarnición habría de ser tan árida para sus auditorios de Bodenwerder y Gotinga, como para nosotros. Si acaso, ornaría de oropeles su merecido y esperado ascenso a capitán, producido en 1750, que cerró para siempre su celebrada carrera militar. En ese mismo año fallecía su madre y le era forzoso regresar al Ducado de Brunswick para tomar posesión de su título y no muy abundante fortuna.
     No debería añadir yo, como osado traductor y editor de sus Memorias, más palabras a las escritas por quien pasó por ser infatigable conversador y hasta un poco hablador de sobra. Con todo, me siento obligado a recoger como colofón un par de historias, tan verídicas como todo lo que las precede, que ilustran el carácter y destino de quien, a estas alturas, bien puedo llamar -como mis lectores- nuestro querido Barón. Helas aquí.

***

     La primera de ellas hace alusión al destino que el hipotético hijo del Barón y la duquesita Golitsyna pudo tener o, al menos, si sobrevivió a la terrible mortalidad infantil de la época. Es tradición que la familia Golitsyn, deseando ocultar el desliz de la joven, confió el cuidado de la criatura a una familia de la localidad de Nagovo, junto al lago Ilmen y próxima a Nóvgorod. Se dice que el cabeza de familia era atamán de cosacos [33].
     De haberse mantenido la descendencia por línea directa, como algunos afirman[34], Münchhausen habría conseguido por vía no legítima lo que no pudo lograr por la matrimonial las dos veces que lo intentó.
     La segunda historia parece decir más en favor de la imprudencia del Barón, que las más excesivas de sus fabulaciones. Me refiero a su segundo matrimonio, contraído en 1794, a los 73 años de edad, con la hija de un mayor retirado, conocido suyo, llamada Bernhardine von Brunn[35], a la que llevaba la friolera de cincuenta y un años. La pareja tuvo una hija, que tan solo vivió diez meses[36], llamada Maria Wilhelmina, cuya muerte cerró de manera definitiva las esperanzas del Barón de que un hijo suyo heredase su título de raigambre medieval y sus modestas posesiones.
     En lo que respecta a heredar su fama, el Barón se daba en vida al diablo con ella, y no estoy muy seguro de que aplacase su enfado el conocer la celebridad mundial del presente. Para sosegar su espíritu y acercar la historia a su memoria, es por lo que me decidido a dar publicidad a estas páginas. Que ellas sirvan también a la ilustración y contento de todos ustedes, es mi mayor deseo.








[1]  No es otro que el famosísimo Karl Friedrich Hieronymus von Münchhausen (1720-1797), al que la literatura ha elevado a tal grado de notoriedad, que huelgan más precisiones a mis ilustrados lectores.
[2]  El título de la obra -no completo- es Wunderbare Reisen zu Wasser und zu Lande, es decir, Viajes maravillosos por agua (mar) y por tierra. Remito otros detalles, sobre ediciones, autores, etc., a las fuentes especializadas.
[3]  Así lo hizo el Barón, en efecto, pero los tribunales fallaron en su contra, no hallando digno de reprimenda que se hubiera llevado a cabo la mera traducción de un libro ya publicado sin reproche en el extranjero. Vistas las adiciones y profundas diferencias entre las versiones inglesa y alemana de los Viajes del Barón, me entran dudas de que los jueces leyeran detenidamente una y otra.
[4]  En concreto el Sultán del Imperio Turco, contra el cual luchó el Imperio Ruso en la guerra de 1735-1739.
[5]  Sabido es que el nombre del ilustre traductor, Gottfried August Bürger, no fue conocido hasta 1821, aproximadamente, habida cuenta de que la obra había aparecido como anónima, al igual que su primera versión inglesa.
[6]  Jacobine von Dunten, primera esposa del Barón de Münchhausen, con la que estuvo casado entre 1744 y 1790, fecha esta última de su fallecimiento.
[7]  Se trata de Ekaterina Alekseyeva Dolgorúkova (1712-1747). Su hermano mayor, al que se hace referencia de seguido en el texto, fue Iván Alexeevich Dolgorúkov (1708-1739), al que el Barón hizo referencia en el capítulo XIV de los Reisen (versión de G.A. Bürger; Gotinga, 1786).
[8]  Como es sabido, la palabra Zar (Tsar) es una traducción de la latina César (Caesar), título ostentado por los monarcas rusos y búlgaros.
[9]  Este conflicto bélico, conocido como Guerra de Sucesión de Polonia (1733-1738), implicó principalmente a Rusia y Austria, de una parte, y a Francia y España, de otra. El episodio del cerco y expugnación de Danzig tuvo lugar en 1734.
[10]  Catalina II de Rusia, apodada la Grande, reinó entre los años 1762 y 1796, un año antes que falleciese el Barón autor de estas inéditas Memorias.
[11]   Esta referencia nos da una fecha mínima para la redacción de estas Memorias, pues von Laudon no fue nombrado Generalísimo hasta el año 1790, que también sería el de su muerte.
[12]   Von Laudon había nacido en 1717; Münchhausen, en 1720.
[13]  Münchhausen alude aquí, sin duda, a la contienda desarrollada entre 1741 y 1743, que finalizó con victoria rusa, y en la que jugó un gran papel del lado de Rusia el general Peter von Lacy (1678-1751), al que ya se ha aludido en estas Memorias, y se reiterará referencia más adelante.
[14]  Se trata de la Guerra de Sucesión de Austria (1740-1748), en la que también tuvo alguna participación el Imperio ruso en ciertas etapas (1741-1743, 1748), tomando partido por Austria.
[15]  Con los pelirrojos, ándate con ojo, reza un dicho español.
[16]  Maticemos a Münchhausen: En Hochkirch estaba al mando el mariscan Von Daun, de quien von Laudon fue uno de sus mejores lugartenientes. En Kunersdorf, von Laudon mandaba efectivamente el ejército austriaco, aunque fue el ruso, al mando del mariscal Saltykov, quien más influyó en la victoria… y menos en aprovecharla.
[17]  Desgraciadamente, Münchhausen no nos dice cuántos años fueron, pues existen discrepancias de sus biógrafos a este respecto. La fecha de 1750 parece ser la más acertada para datar el regreso del Barón al Ducado de Brunswick, abandonando definitivamente Rusia.
[18] Me temo que le falle la memoria a Münchhausen. Y no me refiero al intranscendente tema del diseño de los uniformes, sino a que no estuvo presente en el episodio bélico que va a narrar, el cual se produjo en julio de 1737, siendo así que nuestro Barón pasó a Rusia en diciembre del mismo año. Con todo, lo que narra se ajusta sustancialmente a la realidad de lo sucedido.
[19] Alusión al conocido episodio que se narra en el capítulo IV de las imaginarias aventuras del Barón, según la edición de Dieterich (Gotinga, 1786), que recoge la traducción/versión de Gottfried August Bürger.
[20] Con independencia de lo que pueda haber de verdad en las palabras del Barón, doy por seguro que las mismas fueron escritas para intentar quitarse el sambenito de pro ruso, el cual le trajo no pocos problemas entre sus conciudadanos durante la Guerra de los Siete Años (1756-1763), en la que Prusia fue parcialmente invadida y asolada por las tropas rusas.
[21] En concreto, entre julio y diciembre de 1788.
[22] La especie se ha mantenido a lo largo del tiempo. Es cierto que el Sultán Abdul Hamid I (1725-1789) murió a los cuatro meses de la caída de Ochákov y que era hombre religioso y pío. No me constan otras razones en pro de la causa de muerte que Münchhausen irónicamente aduce.
[23]  Suboficial, similar al sargento. Probablemente, por su edad y bisoñez, Münchhausen sería considerado dentro de la subcategoría juvenil; existía también la de veterano.
[24]  En concreto, el 17 de agosto de 1739. Rusia no había adoptado aún el calendario gregoriano. Conforme a este, la fecha sería el 28 de agosto.
[25] Histórico Regimiento ruso, que mandaba a la sazón el Teniente Coronel, Gustav Biron (1700-1746), citado repetidamente por Münchhausen en este capítulo de sus Memorias.
[26]  Tengo por seguro que es este incidente el que dio lugar al famoso episodio del capítulo IV de las literarias aventuras del Barón, trasladando equivocadamente su escenario a Ochákov e imaginando que el caballo sobrevivió, pese a quedar cortado por la mitad, de resultas de los combates.
[27]  En este punto no podemos sino dar la razón a Münchhausen, a juzgar por su romance con la joven y bella duquesa Golytsina, al que también se alude en el Apéndice del traductor/editor a estas Memorias. El embarazo de la Duquesita (diecinueve años de edad, a la sazón, como los de nuestro Barón) puede explicar el inmediato alejamiento de Münchhausen y su traslado a Riga, mejor que las razones de envidia que él va a apuntar acto seguido.
[28]  Guardia personal o de corps de los zares, creada por Pedro I en sustitución del antiguo Cuerpo de los Streltsy, formada inicialmente por dos Regimientos.
[29]  Peter von Lacy (1678-1751), irlandés de nacimiento, sirvió brillantemente en el Ejército ruso, desde finales del siglo XVII, hasta su muerte. Como Comandante militar de la zona, con capital en Riga, fue el alto Superior de Münchhausen durante el tiempo que este aún habría de permanecer en Rusia, supuesto -como he escrito antes- que abandonase definitivamente dicho País en 1750.
[30]  Seguramente, Münchhausen alude a que estaba viudo al redactar estas líneas. Dicho estado duró entre los años 1790 y 1794, fecha esta de su paso a segundas nupcias. Por tanto, las presentes Memorias inéditas fueron redactadas en el citado cuatrienio, antes de que el Barón pensase en tomar nueva esposa.
[31]  Es obvio que se trata de Catalina la Grande (1729-1796), zarina de Rusia entre 1762 y 1796. Queda, pues, claro que a su paso liminar por Riga tenía tan solo catorce años, así como que seguía reinando en el momento de redactar Münchhausen estas Memorias.
[32]  La boda se celebró el 2 de febrero de 1744. Existe la tradición de que de la veleta de la torre de la iglesia en que se celebró, la de Pernigel, es donde el Barón presuntamente ató su caballo, desorientado por la gran nevada que cubría casi toda ella (capítulo I de la versión de Bürger, ya citada).
[33] Desde mi desconocimiento del tema, me permito aludir al hecho de que el territorio de Nóvgorod no parece ubicado en zona de comunidades cosacas.
[34]  Pueden seguirse los avatares de esta tesis genealógica dudosa, a través de las referencias en Internet, relativas a Baron Münchhausen & Nagova Museum y a su presunto descendiente, Vladímir Nagovo-Münchhausen.
[35] Bernhardine Friderica Luise von Brunn (1773-1839). Al enviudar de nuestro Barón en 1797, contrajo segundo matrimonio, del que tuvo dos hijos.
[36]  Llamada Maria Wilhelmina von Münchhausen (6-2/22-12-1795), de cuya real paternidad se dudó, por la edad del padre legal y la conducta ligera de la madre. De hecho, el matrimonio se rompió en seguida por divorcio, que sumió al Barón en la tristeza y la penuria, falleciendo en 1797, a los 76 años de edad.

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