viernes, 18 de noviembre de 2016

EL PÚGIL Y EL ACTOR


El púgil y el actor

Por Federico Bello Landrove

    
     El boxeo y la interpretación han ido muchas veces de la mano, pero en pocas ocasiones con la originalidad, la reciprocidad y la relevancia personal que se dan en este caso. Yo lo calificaría de historia de la vida real, sin otro mérito del autor que el de fijar sus ojos y su afecto en ella.



1.      El primer café


     Ciudad de Nueva York, a comienzos de octubre de 1949.
-          ¿Qué, chaval, hace una taza de café?
-          ¿Por qué no? Muchas gracias.
     El chaval -que no aparenta los veinticinco años que tiene- abandona su inicial propósito de montar en su vieja moto Indian, sonríe al excampeón y se coloca a su lado, ligeramente rezagado, por respeto. Caminan unas yardas, con el paso elástico propio de deportistas recién entrenados y penetran en el Neutral Corner, abriéndose paso con dificultad hasta la barra. El café prometido se torna una cerveza, mientras el invitante enciende un cigarrillo y saluda a la interminable caterva de gentes del boxeo y aficionados, que muestran su afecto por él, The Rock. Luego se vuelve hacia el novato:
-          ¡Je, je! Hay veces que ya no sé ni cómo me llamo. Desde luego, es más fácil cambiar de nombre que de conducta. ¿No crees?
-          Supongo que sí, pero en mi caso casi todos me conocen por mi verdadero nombre. Solo los íntimos me llaman Bud.
-          Espero que sea por buddy[1], no por ser aficionado a las flores.
      La alusión maliciosa es acompañada de una carcajada cordial y un firme palmeo en la espalda. Bud se tranquiliza. Lo peor que podría pasarle en ese ambiente de las doce cuerdas es pasar por un capullo.
-          La verdad, chico, es que vas a tener que tomarte muy en serio los entrenos. Veo que has debido de perder la buena forma que seguramente tuviste. ¿Llevas mucho en Nueva York?
-          Cosa de un par de años -la ambigüedad encerraba mentira-.
-          Ya veo. Seguro que, entre hacerte a la gran ciudad y buscar trabajo, no has tenido mucho tiempo para el deporte. Pero no te preocupes, en Stillman te pondrás a hilo, a poco que trabajes duro y observes a los mejores.
     Ha dicho lo de observar recalcando mucho la palabra. Bud baja la vista, un tanto corrido:
-          Perdona si te he molestado con mi seguimiento, pero creo que, como modelo a imitar, no puedo encontrarlo mejor.
-          No me parece mal, ahora que me lo has confesado. Reconozco que ya me estabas poniendo un poco mosca, siguiéndome por todo el gimnasio y entrenando siempre tras de mí.
-          Lo siento. Procuraré…
-          Ya te he dicho que queda todo aclarado. Y, a propósito, he notado que no golpeas fuerte. Eso no puede aprenderse, solo mejorarlo. ¿Pretendes dedicarte al boxeo profesional?
-          No me vendría mal para cuadrar mi presupuesto, pero comprendo que me queda mucho camino por andar.
     Rock lo miró con tristeza. No creía que llegase a ninguna parte. Ni siquiera parecía encerrar la rabia que hace aguantar el dolor físico. Solo tenía pobreza. Bajó la vista hasta sus vaqueros recosidos y las zapatillas mugrosas. Encogiéndose de hombros, echó un trago largo a la botella y decidió cambiar de conversación:
-          ¿No te he contado cómo perdí el campeonato contra el Hombre de Acero?
-          Es la primera vez que hablamos.
-          Claro, ¡qué tonto soy! Pues verás: el combate hubo de suspenderse por la lluvia hasta el día siguiente y eso me descentró…
      Bud, que había visto la grabación del breve combate en el cine, no pudo menos de sonreír. A Rock le habían dado una paliza sin paliativos y había perdido el campeonato por K.O. en el tercer asalto, con desvanecimiento incluido. Luego, había estado todo un año sin combatir y -según decían- había vuelto para pelear con paquetes. El próximo evento sería con un contendiente notable, pero doce libras más liviano que él.
-          ¿Qué edad tienes, chaval?, preguntó de sopetón Rock.
-          He cumplido los veintitrés, repuso Bud, quitándose dos.
-          Yo ya he llegado a los treinta, pero estoy en plena forma. Me entreno a fondo y mi mujer me cuida que no veas. ¡Y pobre de mí como me desmande! Norma pega más fuerte que yo.
     Se despiden en el cruce de la 54 y la octava. El destronado campeón lo mira de hito en hito y suelta una de sus frases predilectas:
-          Por encima de todo, sé tú mismo. Si te limitas a copiar, nunca llegarás a nada.  



2.      El chaval mejora de fortuna


     The Rock se convirtió por otros quince días más en el padrino de Bud, dirigiendo sus progresos. A mayores, lo invitaba cuando coincidían. Años más tarde, escribió en sus memorias:
     Siempre que salíamos por una taza de café o cualquier otra cosa, yo pagaba también lo suyo.
     Al cabo de un mes de entrenar en el gimnasio Stillman, el chico, muy ufano, dijo al acabar la sesión:
-          Vamos a comer. Hoy pago yo, que he cobrado.
     Rock lo miró de arriba abajo: las mismas zapatillas deshilachadas; el mismo pantalón remendado. No era cosa de meterlo en excesivos gastos.
-          Vamos a un italiano de la 55. Está limpio y sirven la pasta fresca y bien hervida.
     El chaval se empeñó en que comieran con vino Chianti, en su tradicional envase panzudo con cesta de mimbre. El campeón olvidó sus aprensiones e hizo los honores a la botella, lo que aumentó en extremo su natural locuacidad:
-          … Y tienes que tener cuidado en este mundillo nuestro. En cuanto comprendan que llevas unos dólares en el bolsillo, se apresurarán a camelarte y a hacerse invitar. Yo he cumplido ya siete años de profesional, la mitad de ellos entre los punteros, y apenas si me queda para vivir bien, que mis hijos vayan a buenos colegios y tener unos ahorros en el banco para cuando esto se acabe, que la gloria dura poco y, luego, tienes que vivir de las rentas el resto de tu vida. Tengo pensado montar un restaurante o dos. Nada elegante: decente y con buena comida.
-          Eres muy popular y todo el mundo te quiere. Seguro que, en cuanto pongas tu nombre en el rótulo, se llena el local.
-          La fama y las palmaditas en la espalda, según vienen, se van y si te he visto, no me acuerdo. Claro que yo pongo de mi parte lo que puedo. Sigo viviendo en mi barrio, frecuentando a los amigos de siempre y ayudando a los que lo necesitan.
No creo que llegues muy lejos, Bud, pero, estés donde estés, nunca olvides ser tú mismo y mandar al cuerno a pedigüeños y aduladores.
     Acabaron el almuerzo y, cortando con donosura la perorata del boxeador, Bud pagó la cuenta y dijo:
-          Yo sé bien a qué te dedicas y dónde te ejercitas. Ahora quiero llevarte al lugar en que trabajo. Está a bastante distancia de aquí, pero nos vendrá bien dar un paseo después de la comida.
     Echaron en dirección al centro de la ciudad y, al llegar a la calle 47, Bud señaló desde lejos la portada del teatro Ethel Barrymore y dijo:
-          Ahí es donde estoy trabajando yo desde hace casi dos años.
     Rock preguntó:
-          ¿De qué: taquillero, tramoyista, acomodador…?
     Bud hubo de contener la risa, pero no contestó. Llegaron frente a la fachada y, señalando la marquesina, apuntó hacia el segundo nombre en la lista de actores principales:
-          Mira, ese soy yo… Es mi nombre, mi verdadero nombre.
     El boxeador se quedó mirándolo con cara de guasa; luego, de incredulidad. El presunto actor insistió:
-          Tendré mucho gusto en regalarte dos entradas, para que tu esposa y tú vengáis una noche a verme. Dicen que no lo hago del todo mal.
     Rock no contestó, presa aún de la extrañeza. El actor suspiró y cambió de registro:
-          Quiero darte las gracias por todo lo que me has enseñado y por lo bien que te has portado conmigo. No lo olvidaré nunca.
     El púgil, no sabiendo aún qué decir, gruñó nasalmente, como solía:
-          ¿No te estarás quedando conmigo, verdad?



3.      Los extremos se tocan


     Unos meses después, ya entrado el año 1950, el púgil y el actor volvieron a encontrarse, solo que por televisión. Nadie mejor que The Rock para contarlo, con su lenguaje desenfadado y su exuberancia:
     Estoy viendo la tele y hete aquí que presentan un nuevo programa, que va sobre boxeo, y que sale su nombre en la pantalla. Empieza el telefilm y ¡soy yo!¡ El hijo de puta está hablando como yo, andando como yo y pegando como yo! ¿Puedes creerlo? Con su motocicleta de segunda mano y sus vaqueros raídos, el tipo me había engañado para que le enseñara a representar su papel.
     Ya fue casualidad que nuestro atareado boxeador -participó en nada menos que nueve combates, a lo largo de aquel año- viese el programa piloto de la frustrada serie Come out fighting!, porque fue el único que se rodó o, al menos, que llegó a salir por la pequeña pantalla. Lo que resultó menos casual es que le entrara el gusanillo de la popularidad y el caché televisivos. Tan pronto se retiró, dos años después, se embarcó en el rodaje de campañas publicitarias y series, luciendo músculos y simpatía, y lanzando a las ondas su voz inconfundible y su genuino acento del East End neoyorquino. Vamos, haciendo de sí mismo o -lo que era igual- remedando a su vez a aquel condenado chaval del teatro Ethel Barrymore, que se había convertido en una leyenda de la gran pantalla y no parecía haber olvidado del todo su experiencia boxística.
     También el amigo Rock tuvo, por activa y por pasiva, sus experiencias cinematográficas. Así, entre unas cosas y otras, mantuvo una popularidad que le hacía muy feliz y que ha llegado hasta nuestros días; una fama menor -no cabe duda- que la de los actores que lo imitaron, pero -¡qué demonios!- lo verdaderamente importante es ser uno mismo. Y eso solo él podía decirlo.

***

     Si han llegado leyendo hasta aquí -y si han dejado lo último para el final-, pueden tener algunas dudas sobre la identidad del púgil y del actor que protagonizan el relato. No les voy a dejar con la incertidumbre. Ni ustedes, ni los personajes, merecen que me ande con más tapujos, para mantener el interés literario.
·         El púgil se llamó Thomas Rocco Barbella, pero en el ring y en sociedad fue Rocky Graziano, uno de los más carismáticos campeones de boxeo de todos los tiempos; por cierto, convecino, compañero de reformatorios y buen amigo de Jake LaMotta, que no le fue a la zaga, ni como púgil, ni como personaje mediático.
·         El actor era Marlon Brando quien, durante dos años, representó en el teatro Ethel Barrymore de Nueva York el papel de Stanley Kowalski en la obra de Tennessee Williams, Un tranvía llamado Deseo. Años después, en La ley del silencio, tendría ocasión de encarnar a un frustrado boxeador, retirado antes de tiempo por un tongo impuesto mafiosamente.
·         En 1955, con el apoyo literario del escritor Rowland Barber, Rocky Graziano publicó la primera parte de sus memorias, que sirvió de base para el guión de la película Marcado por el odio. Paul Newman hizo en ella el papel del boxeador biografiado, quien tuvo la oportunidad de conocer y orientar al actor de Ohio, para que lograse el que sería su primer éxito importante en el mundo del cine. Si el gran Newman se hizo con el papel, no fue por otro motivo que el del fallecimiento en accidente de coche de otra gran estrella, James Dean, cuando estaba empezando a meterse en el personaje.
     Lo menos que se merecía The Rock es que le ofrecieran, a su vez, la oportunidad de aprender interpretación en el Actor’s Studio; y, en efecto, Paul Newman lo llevó, como quien no quiere la cosa, a una de las clases, invitándole a tomar lecciones. Rocky se dio la vuelta y dijo con cierta displicencia:
-          ¿Y para qué? Todo el mundo está intentando hablar y actuar como yo.




[1]  Buddy es un sustantivo coloquial, equivalente a amigo, compinche, colega…, en tanto bud puede ser, tanto un apócope del anterior, como significar, entre otras cosas, capullo de una flor.

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