viernes, 20 de noviembre de 2015

LA CÓLERA DE LOS HOMBRES (IV): AMAR PARA MORIR, MORIR POR AMAR


La cólera de los hombres (IV)
Amar para morir, morir por amar

Por Federico Bello Landrove

     La leyenda de la reina Dido es más confusa que la de las anteriores heroínas de tragedia de esta serie, dado que ofrece diversas versiones de gran difusión, entre ellas la muy sensible y novelada de La Eneida. Apenas tienen una clave en común: la de que una Reina desgraciada y valiosa se suicida por motivos de amor, ya por no ser plenamente correspondida (Virgilio), ya por no poder amar a quien se lo impone (Ovidio, Justino). En este relato he mezclado libremente ambas versiones: Elisa[1] ofrendará su vida tratando de salvar la de todos los que la aman y son amados por ella.




 1.   Una oferta irresistible


     Su historia no había tenido nada de particular. Los padres habían emigrado al norte, en busca de mejores condiciones de vida y trabajo que las que dispensaba en su juventud la labranza de secano. En aquella villa habían nacido todos los hermanos, salvo el primogénito, y allí se habían quebrado la espalda los viejos y criado la joven generación, trabajando y ahorrando hasta montar un próspero taller de cerrajería, en el que laboraban su padre y sus tres hermanos –todos varones-, cada cual en su especialidad. Ajenos a la familia, tan solo un oficial veterano y los temporeros que requiriese la cartera de pedidos. A su madre la habían retirado al cumplir los cincuenta, aunque nominalmente figurase de alta en la empresa. Ella, Elisa, bien habría querido hacerse maestra, pero no estaba bien que, siendo tan despierta para las letras y las cuentas, contratasen a un administrativo en puesto de tanta confianza, por andar con el dinero y los contratos. Total, que pasó a formar parte de la cooperativa laboral Soto e Hijos, en la que todos tenían una participación definida, a partir del momento en que el hijo mayor se casó y paso a vivir independiente. A Elisa le correspondía por ahora un ocho por ciento en las pérdidas y ganancias, habida cuenta de su soltería y menor esfuerzo, como decía su padre, con plena discrepancia por su parte.

     En todo lo expuesto, ya lo he dicho, nada hay fuera de lo normal. Como tampoco se salía de lo común, desgraciadamente, lo que pasó un día de septiembre, cuando dos forasteros llegaron en una moto y pidieron hablar con el patrón sobre un asunto que no quisieron anunciar. La cosa estaba clara. Tiraron de documentos fiscales y de la seguridad social y le hicieron una radiografía de la empresa, que parecía la conociesen desde dentro. Y no eran inspectores de Hacienda, como el viejo Soto estaba empezando a maliciarse, sino recaudadores del llamado impuesto de guerra, llamado a financiar los gastos de la organización terrorista L.A.P., dueña y azote de la provincia. Así, para empezar, reclamaron un fijo del veinte por ciento de los ingresos del último año. Seguramente, esperaban temor y regateo, pero el señor Hermógenes tenía un mal día de su úlcera y le dio por proponerles la peregrina idea de que, si querían parte en los negocios, se los montaran ellos y trabajaran a modo. Y sorprendentemente, la idea no fue mal recibida:

-          Bueno, esa que dices es una alternativa que estamos en condiciones de ofrecerte. Ya sabes que tenemos algunas fábricas y talleres metalúrgicos trabajando para nosotros, en plan de cooperativas asociadas. Puedes vendernos el negocio y retirarte a vivir de las rentas. Tus hijos continuarían trabajando aquí, pero por un salario.
-          No me apetece mucho que Soto e Hijos pase a llamarse El candado nacionalista, o cosa por el estilo –bromeó, como para provocarlos-. De todos modos, ¿me queréis decir en cuánto valoráis mi negocio? Supongo que habréis venido con una oferta en regla.
-          No precisamente pero, vamos, teniendo en cuenta la antigüedad del taller, la maquinaria y el volumen de ventas, podrían capitalizarse las ganancias anuales, multiplicándolas por diez. En números redondos, unos veinte millones de pesos.
-          ¡Amos anda! Con eso no se compensa ni las naves y el solar.
-          Pagaríamos al contado y tú no tendrías que trabajar ni ocuparte de nada. Ya sabes lo difíciles que pueden ponerse las cosas.
-          Claro que lo sé, sobre todo si vosotros me robáis la cuarta parte de los beneficios.
-          Y tus hijos quedarían colocados con contrato fijo –seguían dorando la píldora, como si no hubiesen oído el exabrupto-.
-          De maestros o de controladores, por lo menos.
-          Hombre, para picar tan alto, tendrían que demostrar su valía…
-          … Y bailar el agua a los de vuestro partido y vuestro sindicato.
-          Pero, ¿quién te has creído que eres para hablarnos así?
-          El gerente de esta empresa y el padre de los que vais a conocer.

     Hermógenes se levantó, salió del pequeño despacho encristalado y ordenó a Elisa, que tenía la oficina al lado y empezaba a alarmarse con la subida de tono de las voces:

-          Hija, ve a llamar a tus hermanos, que suban inmediatamente a conocer a estos caballeros.

     Lo dijo de forma tan áspera, que los negociadores optaron por abandonar el local, sin esperar a saludar a los convocados. Con todo, para demostrar frialdad, salieron pausadamente y mirando a su contendiente de manera torva. En cambio, Elisa corrió a cumplir el encargo paterno y urgió a los dos hermanos que primero encontró a que acudiesen junto a su padre, no fuera que su genio y la violencia de los visitantes le jugasen una mala pasada. Y así, hermanos y laperos coincidieron a la puerta del taller, se avivó la polémica y, sin parar mientes en que irían armados, llegaron a las manos y los echaron a empellones de su fábrica. En honor a la verdad, he de reconocer que ninguno sacó la pistola, si es que la llevaban. El rugido de la moto ahogó las frases finales de los intrusos; no así las de los Soto, que por decencia les ahorraré.


***

     Días después, Elisa fue abordada en el tren de cercanías por una compañera de colegio, con la que el trato había ido enfriándose, hasta el punto de mero hola y adiós. En este caso, aprovechando que iba sola, la condiscípula se sentó a su lado y, de manera breve y en un susurro, le dijo:

-          En interés de tu familia, ve a ver a mi padre el próximo viernes, cuando salgas de trabajar. Me ha dicho que, si en algo estimas vuestra seguridad, acudirás tú sola y sin informar absolutamente a nadie de tu visita.
-          ¿A dónde tengo que ir?
-          A casa de mi tía Feli. Ya sabes dónde queda.

     No le resultó fácil a Elisa mantener la reserva exigida, aunque la tranquilizase el lugar de la cita. Para disimular mejor esta, dejó el trabajo más pronto aquella tarde con el pretexto de visitar a su vieja maestra, que casualmente vivía en el mismo inmueble que la señora Feli. Por lo demás, en vista de lo ocurrido días atrás y de la reconocida simpatía de su requirente por la L.A.P., no le cabía duda del tema de la entrevista.

     Para empezar bien, resultó que don Gerardo no estaba acompañado de terrorista alguno, de modo que, hecha la salutación inicial y servido un té con pastas por Feli, Elisa quedó a solas con aquél. Abordó el objeto de la entrevista con una amabilidad bastante forzada:

-          Creo que estuviste presente en el penoso incidente de la fábrica, el pasado día 4, en que tu padre y tus hermanos se portaron tan desconsideradamente con los enviados de la L.A.P.
-          No fue para tanto. Además ellos se lo buscaron, entrando con una prepotencia como si fuera tierra conquistada.
-          Mira, Elisa, no se trata de las formas, sino de no aceptar ninguna de las fórmulas que os ofrecieron. Ya sabes que aquí, o se paga lo acordado, o vuela el negocio con sus propietarios.
-          Sé en qué mundo vivimos y que los excesos de genio y de independencia se pagan muy caros. De hecho, yo misma se lo he afeado a mi padre, pero no he sido capaz de convencerlo para que se disculpe y ceda, como tampoco mi madre.
-          ¿Y tus hermanos, qué opinan?
-          Pues que tendrán que marcharse de esta tierra, pues no están dispuestos a trabajar para los terroristas.
-          Pero, ¿y el negocio? ¿No sería mejor venderlo que perderlo?
-          Mi padre lo levantó piedra a piedra y máquina a máquina, con sus manos. Y él dice que antes lo quema que regalarlo a criminales y capitalistas como… como…
-          Como yo, ¿no es eso? La verdad, Elisa, entiendo la postura de tu padre: El taller es toda su vida y ya se siente lo bastante viejo como para que no le importe que le peguen un tiro. Pero vosotros, los jóvenes… Yo mismo he intercedido para que la Organización no tome una decisión irreversible y mejore algo la oferta que os hizo, pero lo cierto es que están muy cabreados y no he conseguido aplacarlos.
-          Pues muchas gracias por su ineficaz gestión. Ya dice el refrán que con la intención basta. Y ahora, si me permite…
-          ¿Cómo? ¿Me vas a dejar con la palabra en la boca?
-          ¿Y qué quiere que haga, don Gerardo? Todo esto tenía usted que haberlo hablado con los hombres de mi familia. Me viene a mí con las amenazas de sus amigos y, encima, según su hija, me pide que guarde secreto de lo que aquí estamos tratando.

     El caballero sonrió, hizo sentar de nuevo con suavidad a Elisa y prosiguió:

-          Es que hay algo que te concierne a ti exclusivamente; algo que puede salvar las vidas y la hacienda de los tuyos; algo que, como verás, se irá al traste si lo sabe alguien más que tú y quienes lo han decidido. Se trata de una alternativa a lo que espera a tu padre y tus hermanos, si no te prestas a hacerlo. ¿Merece la pena, no?
-          Por supuesto que sí. Poco o nada habrá que me niegue a aceptar, si cuento con la seguridad de que dejan en paz a los míos.
-          Seguridad absoluta. Te hablo por encargo de los del Comité Nacional. Se pasará por alto todo lo sucedido, con tal que abonéis el impuesto y que tú les pongas en bandeja a Juan Valdivia.
-          ¿A Juan? ¿Pero qué me está diciendo?
-          Oye, Elisa, que yo solo te transmito lo que me han ordenado. A ellos les consta que Valdivia y tú sois buenos amigos y que sus sentimientos hacia ti permiten calificarlo de pretendiente. A poco que tú te muestres obsequiosa con él, bajará la guardia y…; bueno, harán con él lo que tengan decidido. Ya digo, el perdón para toda tu familia y la continuación del negocio, a cambio de que…
-          Lo atraiga con mis encantos y se lo ponga a tiro. Como una furcia cualquiera. ¡Qué digo furcia! Como una asesina; porque eso es como si yo apretase el gatillo.
-          Te comprendo, hija: Es un trago tremendo. Pero yo me haría dos consideraciones, si estuviera en tu mismo brete. Primera: no eres la mujer ni la novia de ese tipo, ni creo que estés enamorada de él. Y segunda: aunque con uniforme y credenciales de rural, no deja de ser un sujeto tan violento y de pocos escrúpulos como sus acechadores. Precisamente por eso se la tienen jurada y dan tanta importancia a eliminarlo.
-          No se trata solo de él, sino de mí. Si lo matasen cara a cara, no pasaría de lamentarlo. Pero me piden que engañe, que me venda, que se lo entregue sin posibilidad de defensa. No sé si tendré tragaderas y mano, aunque quisiera.
-          Eso ya se verá en su momento. Puedo asegurarte que casi todos somos más capaces de lo que pensamos, cuando se trata de sobrevivir y salvar lo que más queremos. Ahora basta con que me des una respuesta, sí o no, para que yo se la transmita a los jefes de la L.A.P.
-          ¿De cuánto tiempo dispongo para decidirme?
-          No más de una semana. Te espero aquí el próximo viernes, a la misma hora. ¡Ah!, y, por supuesto, silencio absoluto. Como comprenderás, cualquier indiscreción te dejaría en la picota y espantaría la caza.



***

     Dicen que hay dos maneras de pensarse las cosas: sopesar los medios para decidir el fin, o decidir el fin y buscar los medios. Elisa era partidaria de esta última. Quiere decirse que, ante todo lo que estaba en juego en este envite, entendió que el fin justificaba los medios. De manera que, a las cuarenta y ocho horas de la entrevista con don Gerardo, ya había resuelto dar el sí y no le preocupaba otra cosa que la forma de no ser descubierta y salir con bien de aquel maldito embrollo.

     Al viernes siguiente, el susodicho la estaba esperando junto a casa de su hermana, al volante de su coche menos ostentoso. Le mandó montar y, sin más preámbulo, salieron de la villa y, por caminos cada vez más retorcidos y empinados, fueron a dar en la explanada de una vetusta granja, donde los recibió un inquisitivo rottweiler, pronto contenido por un joven que, pese a su atuendo descuidado e informal, no tenía la menor pinta de ganadero.

     Pasaron al interior de la casa, hasta un enorme salón a tejavana, con suelo de lajas de pizarra parcialmente cubierto de arpillera granate. Los pesados muebles de roble, las piezas de cerámica blanquiazul, los escaños y los sillones, todo parecía bailar alrededor de una enorme chimenea de granito, atacada de leña sin encender. La escasa luz de aquel atardecer otoñal pugnaba por abrirse paso a través de dos ventanales enrejados y protegidos por cortinas de estameña beis estampada en verde. No parecieron darse cuenta de otra presencia, hasta que una voz cascada y ronca brotó de un butacón a espaldas de la entrada:

-          ¿Qué coño estáis esperando? Pasad. Y dad la luz, que nos veamos las caras.

     No es que la lámpara de centro iluminase con generosidad tan dilatado espacio, pero fue lo suficiente para que, al acercarse, Elisa reconociera el rostro, tan fotografiado en diarios y pasquines, de Macario Cifuentes, el Cuatrotiros, jefe del aparato militar de la L.A.P. en aquella comarca.

-          ¿Y qué, chica, sí o no?, urgió Macario, tan pronto se hubieron sentado Gerardo y Elisa, mientras una magra silueta se erguía, inmóvil, en el umbral de la sala.
-          Pues sí. ¿Qué remedio?, respondió ella, de forma impensada y sincera.
-          Me alegro. De verdad. Gerardo sabe bien por qué.
-          Ya me ha dicho que le tienen muchas ganas a Juan Valdivia.
-          Desde luego, yo especialmente; pero me refería a que trabajé hace muchos años con tu padre en la Metalúrgica y tengo de él un buen recuerdo. Trabajador y firme, donde los haya.
-          Don Gerardo también me ha dicho que hay un acuerdo en firme para no castigar a nadie de mi familia y respetarnos la propiedad del taller.
-          Eso depende de ti. Tú, a cumplir lo prometido y entregarnos a Valdivia. Si todo sale bien, el cabezota de tu padre y todos vosotros habréis vuelto a vivir, como suele decirse.
-          De acuerdo. Pero necesitaré tiempo. Mi relación con Juan apenas existe y él no es ningún tonto, que vaya a tragarse una seducción de las de aquí te pillo, aquí te mato.
-          Me consta. ¡Menudo cabrón listo y escurridizo que está hecho! Tenemos tiempo y paciencia. De todos modos, ponte a ello sin tardanza y, para que Valdivia no sospeche de nuestra benevolencia con vosotros, le haremos creer que os habéis acojonado y ya estáis pagando el impuesto.
-          Pues, lo que es mi padre, antes que pagar, quema el taller. Así lo ha dicho.
-          ¡Qué carácter, el Hermógenes! No te preocupes. Haremos como que paga él, pero el dinero saldrá del bolsillo de Gerardo, que lo tiene bien grande.
-          ¡Hombre, Macario! –protestó el pagano.   
-          Tenemos que hacer el paripé, por si la Guardia Rural investiga. Tú lo ingresarás en nombre de Soto y ya encontraremos la forma de compensarte.

     Estaba todo dicho. Cuatrotiros se despidió de forma amistosa, señalando a Gerardo como intermediario para cualquier cosa de Elisa necesitara o tuviese que comunicarle. Era ya noche cerrada cuando regresaron al pueblo. En el trayecto de vuelta, la chica preguntó al capitalista:

-          En concreto, ¿qué es lo que tiene Macario contra Juan?
-          Le acusa de haber dado matarile a sangre fría a dos de su comando, sorprendidos dentro de un vehículo, sin intimarlos a rendirse. Uno de ellos era sobrino suyo.
-          Ya, cuentas pendientes.
-          No solo eso. Tu Juan se crió, como sabes, aquí cerca y se conoce el terreno y a los terroristas como la madre que los parió. Si alguien puede hacerles pupa, es él. Por eso lo han ascendido a sargento y, también por eso, es el mejor guardado de los rurales del cuartel comarcal.
-          ...
-          Vamos, que te ha tocado apechugar con un buen marrón, pero merece la pena intentarlo.



 2.   En la cuerda floja




     Nunca lo habría creído. Pase que Juan cayese en el garlito: a fin de cuentas, Elisa era hermosa, dulce y trabajadora, tres virtudes que, conjuntadas, pocos hombres podían resistir. A mayor abundamiento, el rural y ella se conocían desde niños y habían tonteado de mozos. Ya se sabe que los recuerdos del cariño adolescente permanecen imborrables y brillan inmutables al sol ardoroso y nostálgico de la juventud. Además, pronto comprendió Elisa que su Juan tenía un enorme talón de Aquiles: personificaba en ella los deseos de sosiego y de pureza, tan contrarios a su vida diaria y continuos quehaceres. En fin, los viejos temores a ser descubierta y rechazada parecían, en apenas unos pocos meses, ahogados en un mar de cariño y confianza.

     Pero, ¿y ella? ¿Dónde había quedado aquel deslumbrante sofisma que la había llevado a asumir lo que se le exigía, basándose en la enormidad de la posible pérdida, frente a la falta de responsabilidad y compromiso con un sujeto tan brutal y desalmado, como sus enemigos? Elisa tenía que esforzarse mucho para aceptar que el mismo Juan de las ternuras y amenidades pudiese ser el tigre de las calles y la hiena de los calabozos. Y, aún dando por cierta tal dicotomía, estaba lejos de ser un extraño, como antes. Su afecto y la confianza que en ella había depositado la convertían –como en la frase bíblica- en el guardián de su hermano. Un hermano muy querido del que, pese a todos sus esfuerzos, se estaba enamorando. Ella no quería reconocerlo y se escudaba en el hecho de que habría sido la primera vez, por lo que carecía de experiencia a ese respecto. Pero su madre no abrigaba la menor duda y se sentía inquieta, imaginando la vida que podía esperar a quien emparentara en aquella tierra con un rural tan significado. Su padre parecía receloso, aunque no era capaz todavía de encajar del todo las piezas de aquel rompecabezas:

-          ¿Qué mosca te ha picado para que hayas caído tan de golpe en los brazos de Juan? Mira que te rondó en tiempos y que se dejaba caer por el taller con cualquier disculpa pero tú, hasta ahora, ni caso. ¿No estarás tratando de protegernos? A ese precio, prefiero que nos defendamos nosotros solos.
-          ¿Qué quieres decir, papá?
-          Digo que, si le bailas el agua al Sargento para ponérselo difícil a los canallas de la L.A.P., ni yo ni tus hermanos podemos consentirlo.
-          Vaya cosas que se te ocurren. Lo que pasa es que voy haciéndome mayor y a lo mejor aspiro a algo distinto que un puesto de oficinista en el taller.
-          Si es por eso –la replicó-, no te lo reprocho, aunque mejor sería si a tu novio lo trasladaran al otro extremo del país.

     En la misma línea de las premoniciones, Juan le anduvo muy cerca, cuando ella le sugirió dicho traslado, como forma de escapar a lo que se avecinaba:

-          ¡Huy, un traslado! Pues no dices nada. ¿No ves que, por lo que opinan mis jefes, soy imprescindible aquí?
-          Mira, Juan, nadie es imprescindible. Que no te doren la píldora. Bien que escapan ellos en cuanto pueden.
-          Eso no es verdad. Los mejores se eternizan en la región, con la esperanza de acabar con esta tremenda sangría o, por lo menos, enfrentarse de igual a igual a esos asesinos... ¡Bah!, no te preocupes tanto por mí, que me sé cuidar bien y los compañeros me protegen como no te puedes hacer ni idea.
-          Eres demasiado confiado. Pero, ¿y si algún día formas una familia? ¿Crees que este ambiente y esta inseguridad son soportables para unos niños? Ya ves los que van cayendo.
-          ¿Estás pensando en alguna persona en concreto para casarme con ella?
-          Anda, anda, no quieras que te regale el oído. En serio, reflexiona sobre lo que te he dicho, porque yo no tengo el cuajo de algunas mujeres de los rurales que, o no salen del cuartel, o consienten que las escupan por la calle y no las atiendan en el mercado.
-          Por ahora, querida, guárdate bien y cuéntame cuanto de extraño o sospechoso notes. No sería el primer caso en que siguen a una mujer para que los lleve hasta su objetivo.

***

     Apuntaba ya la primavera y Elisa estaba cada vez más confusa y más nerviosa, no sabiendo cómo salir del atolladero, pese a las advertencias cada vez menos sutiles de don Gerardo, en nombre de los laperos. Para disimular los evidentes progresos en su relación con Juan, había declinado las repetidas peticiones de este de que se fueran a vivir juntos, aunque habría de ser fuera de las casas del cuartel, por aquello del qué dirán. Siempre generoso, le ponía como disculpa el protegerla mejor, no sus legítimas expectativas prematrimoniales. Un día apareció con un pequeño revólver de cinco tiros y una caja de munición y, pese a sus objeciones, logró que los guardara como autodefensa e, incluso, hicieron algunas prácticas en un desmonte, lejos de la villa. Contra lo habitual, la aquejaban frecuentes jaquecas, fruto de la tensión y el insomnio. La consecuencia era su absentismo laboral, cada vez menos aceptado por el padre, incapaz de comprender que le impidiese trabajar un simple dolor de cabeza.

     Finalmente, sucedió lo inevitable. No pudo dar más largas a sus vigilantes y hubo de acompañar nuevamente a don Gerardo a un lugar ignoto. Esta vez, resultó ser un almacén de la cooperativa La Acción y, contra lo que esperaba, no estaba allí Cuatrotiros, sino un par de individuos jóvenes, con atuendo deportivo, que fueron al grano de forma inmediata:

-          Nos estamos cansando de esperar. Has tenido cinco meses para cumplir lo pactado y no te has dignado ni disculparte siquiera.
-          No sabéis lo que me está costando entrarle a Valdivia. Se las sabe todas y es más frío que el hielo.
-          No son esos nuestros informes. Os pasáis juntos la mayoría de las tardes y los fines de semana, ni te cuento.
-          Ya, pero él va siempre a buscarme, sin avisar con tiempo. Luego vamos donde se le antoja y casi nunca repetimos el sitio. Si nos aposentáramos en algún piso fuera del cuartel sería lo ideal, pero por ahora no se ha decidido.
-          Nos es lo mismo: casa, hotel, coche, donde sea. Nos basta con una hora para ponernos en acción. Con tal que esté desprevenido…
-          Dadme unas semanas más. Está maduro, pese a lo reservado que es. Además, a sus jefes no les gusta que anden con la misma chica sin casarse.

     Esta ridícula ocurrencia acabó por enfadar a los enviados, quienes se miraron y resolvieron:

-          Dos semanas; ni un día más. Tú verás cómo te las arreglas. O cae Valdivia, o Macario y sus chicos se encargarán de todos vosotros.

     Volvieron a mirarse y el principal hizo un gesto de asentimiento. El otro arrancó una hoja del calendario de mesa y escribió un número de teléfono, dando la nota a Elisa:

-          Toma. En cuanto esté todo listo, llama a este número, diciendo que eres Alicia y que el lechón está listo para servirse. Te contestaremos que lo sirvas en bandeja de plata. Si no te dicen eso, cuelga inmediatamente. Seguidamente, se te preguntará por el lugar y el momento. No respondas a nada más.

     Elisa trató de tomar apuntes de lo que se le decía, pero el otro se lo prohibió:

-          ¿Es que no tienes memoria? Cuanto menos quede por escrito, mejor será.  Si tienes alguna duda o se te plantean problemas, habla con Gerardo, que será nuestro enlace, como hasta ahora. Y recuerda, catorce días a contar desde mañana.

     Los laperos se levantaron y salieron a toda prisa de la nave. Gerardo contuvo a Elisa un par de minutos, antes de hacer lo propio, camino del coche. La chica no pudo menos de expresar una curiosidad:

-          ¿Quiénes eran esos dos tipos?
-          El que te dio el número de teléfono es un pez gordo del Sindicato nacionalista. El mandamás era Piraña. Habrás oído hablar de él. Ya sabes lo confuso de la jerarquía, pero se le suele considerar el número dos de la Organización.

***

     No le había costado mucha reflexión a Elisa meterse en aquel laberinto, según hemos dejado dicho. A fin de cuentas, no hacerlo les habría costado la vida a su padre y a sus hermanos. Ahora, por más vueltas que le daba, los caminos se le habían ido cerrando y, como al principio, había de elegir entre dos opciones. En teoría, cabía una tercera: la de cooperar al asesinato de Juan; pero esa quedaba a estas alturas absolutamente descartada. Yo no conocí lo suficiente a la joven, como para concluir si lo excluía por amor a la víctima, o por conciencia y respeto de su deber y propia dignidad.

    Una de las posibilidades a considerar era la de confesar lo sucedido hasta entonces y, entre todos, tratar de evitar la desgracia, tanto a Juan, como a la familia Soto. Parecía desde fuera la mejor decisión, pues dejaba en manos poderosas y expertas el enfrentamiento con los terroristas. No dejaba de tener imponderables y aspectos negativos, como la tozudez de los familiares de Elisa y el eventual aprovechamiento de la situación por parte de los rurales, convirtiendo la encerrona de Juan en una emboscada a sus frustrados ejecutores. Con todo, si la chica acabó por abandonar esta opción, tal vez fuese por no verse obligada a revelar a sus seres queridos el vergonzoso pacto a que había llegado en el otoño anterior. Hay personas, ciertamente, que prefieren afrontar a su modo las consecuencias de sus actos, en lugar de pedir a otros la ayuda o la solución precisas; como las hay que prefieren la muerte al deshonor, la vergüenza y la ignominia, o al simple hecho de tener que confesarlos a quienes aman.

     La otra salida, la que Elisa tomó, así como sus principales consecuencias, resulta confusa y, en su momento, generó equívocos y discusiones sin cuento entre los directamente implicados, así como en las buenas y pasivas gentes de aquella comarca. Todos tenían su opinión, que defendían a capa y espada, pero muy pocos iban atando todos los cabos, ni se atrevían a confiar sus datos a los extraños. A día de hoy, cuando el terrorismo es un vivo y penoso recuerdo –nada más y nada menos- y los protagonistas de la historia han ido pasando o envejeciendo, me siento en condiciones de contar a ustedes el final de la historia. Expondré lo cierto como cierto y lo dudoso como dudoso; diferenciaré el dato del argumento o la deducción lógica; y, en resumen, intentaré aportar claridad y orden, como modesto tributo de admiración y respeto por Elisa. Quiera Dios que no tengamos que vivir una época como la suya, ni decidir sobre la vida o la muerte en medio de la soledad y la pasión.  

***


     En día y hora no precisados pero, en todo caso, comprendidos entre el 5 de marzo (fecha de su entrevista con el llamado Piraña) y el 17 del mismo mes (día en que acaecieron los hechos que luego se dirá), Elisa Soto se puso en contacto con los terroristas de la L.A.P., al número de teléfono y con la identificación y contraseña fijados por estos. En la breve conversación mantenida, la susodicha no dejó de expresarles su inquietud, temiendo haber despertado las sospechas de la Guardia Rural, pese a lo cual, en atención a la urgencia que el caso requería, ponía en su conocimiento que, en la tarde del 18 de marzo, ella y el sargento de Rurales, Juan Valdivia, se trasladarían al hotel Miramar de la capital de la provincia, a fin de pasar juntos el fin de semana, en la habitación 215, siendo evidente que se encontrarían en la misma en horas de la noche de dicho día 18 y del siguiente (festividad de San José), comprometiéndose ella a lograrlo mediante cualquier pretexto, si su acompañante se empeñase en trasnochar. Los terroristas quedaron enterados del mensaje y comprometidos en acudir a la cita, sin precisar en cuál de las dos jornadas, ni la hora, que en todo caso quedaría comprendida entre las dos y las cinco de la mañana.

     Sobre las veintitrés treinta horas del día 17 de marzo, la expresada Elisa Soto, pertrechada de un revólver Smith&Wesson modelo 642, que le había sido facilitado con anterioridad por Juan Valdivia con fines de defensa personal, arma que llevaba a la sazón cargada con los cinco proyectiles que caben en el tambor, se presentó inopinadamente ante la tapia lateral norte del Cuartel de la Guardia Rural en la villa de Valdecurto, dando fuertes gritos de significado confuso, y disparando varias veces el revólver, incluso cuando un retén de vigilancia salió a reprimirla. Comoquiera que Elisa hiciera caso omiso de las reiteradas órdenes de detenerse, levantar las manos y tirar el revólver al suelo, los agentes hicieron fuego contra ella con sus armas largas reglamentarias, causándole tan graves y numerosas heridas, que le produjeron la muerte casi instantánea.

     Hasta aquí, el relato del luctuoso suceso y sus antecedentes inmediatos, realizado de forma lacónica y al modo forense. Para conocer sus diversas interpretaciones y las consecuencias que tuvo, retomaré una forma de narrar más literaria y despaciosa, poniendo así fin a esta triste y complicada historia.



 3.   La cuadratura del círculo

     La versión oficial del incidente, según consta en los archivos de la Guardia Rural y en las notas de prensa remitidas por el Gobierno Provincial, se ajusta al resumen en letra cursiva que cierra el capítulo anterior, con dos adiciones muy importantes. Es una, la de que los gritos que profirió y los disparos que realizó Elisa fueron atentatorios del honor y la integridad física de los rurales del cuartel. La segunda, propalada en forma de presunción, consiste en suponer que la chica tuviera algún tipo de relación con la L.A.P., lo que explicaría parcialmente los hechos y, sobre todo, la posesión de un arma de fuego moderna y de importación.

     Como era usual, pocos dentro del Cuerpo creían lo que formalmente expresaban. En el caso de Elisa Soto, realmente, no sabían qué opinar. Considerando que el sargento Valdivia era pieza clave para desentrañar el enigma, el capitán Recuenco –oficial al mando del cuartel de Valdecurto- le tomó declaración en el curso de la investigación reservada que dirigía, en paralelo a la oficial. Dicha diligencia tiene une fecha posterior en dos meses a los sucesos indagados. El motivo parece ser el estado de estupefacción semicatatónica (terminología usada por el médico que lo reconoció) en que Juan quedó tras conocer el imprevisto y desastrado fin de su novia, hasta el punto de tener que ser dado de baja para el servicio y sometido a tratamiento psiquiátrico durante una larga temporada. Echemos una ojeada al informe del capitán Recuenco:

     El sargento admitió haber escamoteado el revólver de bolsillo Smith&Wesson 642, de la armería del cuartel, a la que había llegado un año antes, procedente de un decomiso judicial. Justificó tal falta en la necesidad de autoprotección de la señorita Soto, quien podría estar en peligro de atentado por la L.A.P., como consecuencia de las relaciones que mantenía con el indicado sargento. Así mismo, manifiestó que la citada señorita le había expresado en diversas ocasiones preocupación por la seguridad de ambos, aunque sin fundarla en datos específicos y concretos. Por el contrario, negó tajantemente haber estado al tanto de los propósitos de su novia en la noche del pasado 17 de marzo, no explicándose su conducta sino como un rapto ocasional de locura, o como expresión de un imprevisto peligro, que la impulsara a personarse ante este Cuartel para llamar la atención y pedir ayuda a los agentes, en particular, al sargento…

     … En el favor de la duda que merece el sargento Valdivia por su excelente ejecutoria y mal estado actual de salud, y ante la falta de otras razones o motivos debidamente acreditados, el oficial que suscribe ha de concluir que los hechos investigados han tenido como causa más probable un episodio de pánico sufrido por la víctima y un posible error sobre sus intenciones, sufrido por la Fuerza actuante; error, en todo caso, plenamente justificado y con reacción acomodada a cuanto tienen ordenado en el vigente Protocolo de Intervención, aprobado por Orden de 17 de octubre de 1980.

     Es cuanto tengo que someter al superior criterio de V.I., al que respetuosamente saludo y quedo a sus órdenes…


***

     Los terroristas de la L.A.P. utilizan también dos versiones de los sucesos importantes, la de cara al exterior y la de uso interno. No obstante, en el caso de Elisa Soto las dos parecían coincidir, con más o menos matices. Y digo parecían, porque la Organización carece de archivos documentales que se puedan consultar. De modo que hube de acudir a la memoria de dos conocidos intervinientes en aquellos sucesos, quienes tuvieron la gentileza de responder a mis preguntas, una vez que la L.A.P. ha pasado –al parecer, de modo definitivo- al estadio que ellos denominan la Fase durmiente.

-          Señor Cifuentes, ¿qué opinión le mereció en su día la muerte de Elisa? ¿Ha sabido algo en los muchos años transcurridos desde entonces, que contradiga su primitivo punto de vista?
-          Llámame Cuatrotiros y trátame de tú, o voy a creer que te estás cachondeando… Verás, mi memoria ya no es lo que era, pero recuerdo muy bien lo que pensé entonces: La pobre chica –como ya sospechaba- fue descubierta por los rurales, se la llevaron al cuartel y allí la torturaron hasta morir; o se les fue la mano, que para el caso…
-          Entonces, lo de que fue voluntariamente y empezó a pegar tiros…
-          ¡Pamplinas! No irás a creerte que compró una pistola por ahí y fue a suicidarse porque sí, cuando estaba a punto de lograr la salvación de su familia.
-          Se ha llegado a saber que el arma existió en realidad: era un revólver de bolsillo y se lo había facilitado su novio, el sargento, para su defensa personal.
-          ¿Cómo demonios puedes haberte tragado una trola así? No tenía nada que temer y, de tener miedo, al último que iba a acudir era a Valdivia, no fuera a ser que descubriera todo el pastel. No, no, la hija de Hermógenes cometería algún fallo de novata y la Guardia Rural le ajustó las cuentas.
-         
-          Es más. Ya sabes cómo acabó el tan Valdivia. ¿Qué mejor prueba de que él fue quien la delató a sus compañeros y luego no pudo con el remordimiento?
-          Una cosa más, Cuatrotiros: ¿Los demás jefes de la Organización compartían al cien por cien su versión de los hechos?
-          Je, je. Esos siempre sospechaban de todo y de todos, como si les oliese el culo a pólvora. Entre otras cosas, no conocían a fondo a las personas. Tuve que pararles los pies cuando algunos quisieron ir a por los Soto, como si su hija hubiese sido una cobarde o una floja, cuando realmente había dado su vida por cumplir con nosotros. Pero al final me salí con la mía. Los convencí de que nada nos podría venir mejor que presentar a Elisa como una víctima de los rurales, masacrada por haberla creído simpatizante de nuestra Organización.
-          En resumen, que se impuso la versión más conveniente para todos.
-          Si quieres decirlo así… La vida de la chica pagó por la de su padre y sus hermanos. Estos jubilaron al padre, pagaron todo lo que debían y se hizo justicia sin derramar una gota de sangre.
-          Salvo la de Elisa.
-          Ya, pero esa no la vertimos nosotros.

     Por su parte, el señor Piraña, por conducto y con membrete de la secretaría de la Fundación Memoria y Libertad, respondió a mi solicitud con la siguiente carta:

     … Ni tengo, ni puedo tener otra versión de los hechos a que usted alude, que la que se compadece con la razón y fue asumida, en su momento, por el Comité Nacional de la  L.A.P., a saber: Que doña Elisa Soto Acebal fue asesinada por los rurales en el Cuartel de Valdecurto, por creerla simpatizante o colaboradora de la Organización L.A.P.

     Por lo demás, ni a título personal, ni como integrante de la citada Organización, tengo constancia de que, en efecto, hubiese existido alguna relación de doña Elisa Soto con aquella. En todo caso, aunque hubiese existido, ello no habría aminorado de ninguna manera la cobardía y la crueldad del crimen cometido contra ella…

    


***

     Por diversos conductos y en numerosas ocasiones, traté de recabar la opinión de los padres y hermanos de Elisa Soto, encontrándome con un muro de silencio. Finalmente, el sobrino mayor de la finada, que en el momento de su muerte tenía tres años de edad, me ha hecho recientemente  lo que pueden llamarse declaraciones confidenciales. Sin duda, son menos valiosas que las que hubiesen procedido de las generaciones anteriores, pero tienen la virtud de resumir los puntos de vista de toda la familia. Si me permiten un juicio de valor, las encuentro veraces y razonables. En resumen, el señor Soto Machado me manifestó lo siguiente:

  • La familia Soto no tiene datos propios y diferentes de los facilitados por las Autoridades acerca de la muerte de Elisa. La falta de independencia en la instrucción judicial de aquella época, así como los intereses creados, hacen que pongan en tela de juicio todos y cada uno de los hechos aducidos por unos y otros, como no sean el indubitado de que la muerte fue causada por agentes de la Guardia Rural.
  • A título de mera sospecha, generadora de una firme convicción, los padres y los hermanos de Elisa Soto consideraban a Juan Valdivia responsable moral de lo sucedido, al no haber sabido defenderla de las asechanzas de sus compañeros de Cuerpo, ni haber ofrecido una explicación coherente sobre las causas y circunstancias de su muerte.
  • La familia Soto, encabezada por el padre de Elisa, don Hermógenes, intentó de diversos modos que se hiciese justicia en este caso, más allá de investigaciones sesgadas y rutinarias. El susodicho murió prematuramente, frustrado por no conseguir ese propósito. Sus hijos abandonaron cualquier iniciativa en el mismo sentido, dejando a los historiadores y periodistas la tarea de indagar en las fuentes y tratar de llegar a la verdad.

***

     Por razones obvias, juzgué muy importante contactar con don Gerardo Ramales –el intermediario entre la L.A.P. y Elisa Soto-, para pulsar sus recuerdos sobre el particular. Desdichadamente, don Gerardo había fallecido de muerte natural, poco antes de que yo emprendiera mi búsqueda. Su hermana, doña Felisa, declinó hacer confidencias y me echó sin contemplaciones del vestíbulo de su casa, con estas palabras:

     No sé nada de lo que me pregunta. Vaya con el recado a Hermógenes Soto, a quien mi hermano ya le dijo cuanto tenía que decir.

     Así que, por lo que yo no sé, el padre de Elisa se llevó las confesiones de don Gerardo a la tumba.

***

     Más relevantes que los puntos de vista –aunque no siempre distinguibles de ellos- son los hechos objetivos, que se imponen por su comprobación, o por la evidencia de sus efectos. Me permito destacar dos, para cerrar este relato.

     No cabe duda de que, como si el alma de Elisa hubiese sobrevolado el campo, Guardia Rural, terroristas y familiares llegaron a hacer las paces en su obsequio. Los rurales se conformaron con librarse de eventuales responsabilidades por su muerte, que achacaron a una perturbación psíquica momentánea, entonces denominada trastorno mental transitorio. Los familiares acabaron conformándose con conservar vidas y hacienda, tan pronto don Hermógenes cerró el ojo. Y los soldados de la L.A.P. lavaron afrentas con la sangre de la joven y aguardaron una nueva ocasión para desembarazarse de Valdivia, sin ponerle sobre aviso de que había estado en su punto de mira.

     Pero la cuadratura del círculo no es perfecta. Tampoco en este caso metafórico. Me cuentan que, después de aquellos sucesos, el sargento Juan Valdivia no volvió a ser ni su sombra. Reincorporado al servicio, perdió todo interés por el mismo y se dio a la bebida, frecuentando las tabernas y rondando sin prudencia ni escrúpulo por los lugares que otrora frecuentase con Elisa. Tal comportamiento le acabó granjeando el vacío y las suspicacias de sus propios compañeros. A punto de ser trasladado forzoso al otro extremo del país, apareció degollado de madrugada, en una callejuela, sin que nadie se atribuyese la autoría.  Fue enterrado en la intimidad. El cronista oficial de la villa publicó al día siguiente una necrológica en El Heraldo de Valdecurto, en la que podía leerse:

     … Bien se puede afirmar que Juan Valdivia, hijo ilustre de esta tierra, no falleció ayer, sino el día en que su amada murió trágicamente, rompiéndole el corazón. Honremos, pues, la memoria de ambos y deseémosles disfruten en la otra Vida de la felicidad que no pudieron alcanzar en este siglo de plomo y de sangre.

     Amén.



    

    

    

    

    




[1]  En la leyenda se dan a la Reina, indistintamente, los nombres de Dido y Elisa. Me ha parecido oportuno, pues, conservar el apelativo que más se ajusta a la costumbre y estética contemporáneas.

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