sábado, 9 de mayo de 2015

EL SUICIDIO POR AMOR (VI): ... Y VOLVIERON CANTANDO




El suicidio por amor (VI)


... Y volvieron cantando[1]


Por Federico Bello Landrove

 
 

     Basado en un suelto periodístico real, este cuento fabula sobre algo bien conocido, a saber, que nada es lo que parece en el ámbito del suicidio –ni en muchos otros- y que la búsqueda de la verdad puede ser ardua y, con frecuencia, no bien recibida. Varios de sus personajes son asimismo históricos, si bien sus palabras y acciones resultan totalmente imaginarias.

 

 
 

1.   Un suicidio con nota

     El director de El Noticiero[2] echaba chispas. Acababa de recibir la visita del hermano de su fundador y propietario, para abroncarlo a modo:

 

-          Emilio, es una vergüenza mayúscula. Un periódico como el nuestro, pionero del reportaje, y resulta que no hemos publicado ni una palabra sobre este caso.

 

     Ante el estupor del interpelado, el señor Peris dejó caer sobre la mesa de dirección un periódico abierto por la página tres. Era un ejemplar del madrileño El Globo, en que podía leerse la siguiente gacetilla:

 

     Sevilla.- Se ha suicidado, disparándose un tiro en la sien derecha, Ricardo Ferrer, soldado repatriado de Cuba. Envió una carta a su novia diciendo que, temiendo que lo despreciase a causa de la pobreza en que se encontraba, se quitaba la vida[3].

 

-          ¿Qué te parece? –insistió Peris-. Los hispalenses tienen que leer un diario de Madrid para enterarse de lo que pasa en su ciudad.

-          Creía que habíamos quedado en no publicar ese tipo de incidencias, para no minar la moral de la población...

-          ¿Incidencias? ¿A un suicidio así lo llamas incidencia? Tiene todos los ingredientes para que cualquier periodista con un  mínimo de olfato lo tome como pie para un buen reportaje: amor, altruismo, abandono de nuestros soldados... Y, de otra parte, hace cinco meses que se acabó la guerra. Ya va siendo hora de contar lo que sucede sin pelos en la lengua.

-          Está bien, jefe. Ya me ocupo.

-          Más te vale. Encarga el asunto a alguno de los redactores jóvenes. Quiero sensibilidad, dinamismo y una buena crónica para el número del próximo domingo.

 

     De modo que, un cuarto de hora más tarde, el redactor de sucesos y cronista de tribunales, Carlos del Río, comparecía ante su director, convocado de urgencia –ya sabemos para qué-.

 

-          Carlos, deja lo que tengas entre manos, que don Juan quiere un reportaje para el próximo domingo.

-          ¿Sobre qué, si puede saberse?

-          Sobre esto.

 

     Dugi le pasó el ejemplar de El Globo, abierto por la página del suicidio. Carlitos leyó parsimoniosamente la noticia y preguntó con guasa:

 

-          ¿Qué tal si abrimos una suscripción para el mausoleo?

-          Déjate de chanzas, que no está el horno para bollos. Ponte en acción y no pares hasta traerme el mejor artículo que haya brotado de tu gallarda pluma.

 

     Del Río sonrió:

 

-          Cómo estarás de apurado que has llegado a reconocer la calidad de mis servicios.

 

     El director se puso en pie y lo acompañó hasta la puerta de su despacho.

 

-          Anda, ve y, sobre todo, trabaja deprisa, que tenemos solo cinco días.

 

***

 

     Sus primeros pasos lo encaminaron a una callejuela cercana a la plaza de los Venerables, donde había vivido Ricardo Ferrer y lo seguían haciendo su madre y sus hermanos. La casa, de planta baja, daba a un patio luminoso y florido, que compartía con las viviendas de otras dos familias. Una señora en los umbrales de la vejez le orientó, aunque de mala gana:

 

-          La familia de Ricardo Ferrer… ¿Es que no pueden dejarlos en paz? En fin, viven ahí enfrente.

 

     Alertado por tales reticencias, Carlitos preparó una excusa, antes de llamar a la puerta. Total, si tanto interés tenía Peris, bien podría soltar unos duros. Le abrió una joven, hermana del finado. Al oír una voz masculina, enseguida salió la matriarca, de luto riguroso y bastante malencarada. El periodista le dio respetuosamente el pésame y entró enseguida en materia:

 

-          Ya sabe usted que El Noticiero promovió meses atrás una cuestación pública para financiar la construcción de un acorazado[4]. Total, que como no hubo tiempo para fabricarlo, nuestro director ha decidido, al enterarse del triste fin de Ricardo, dedicar una parte de lo recaudado para levantarle un sencillo monumento fúnebre...

-          No necesitamos que venga nadie a darnos una limosna –cortó tajante la madre-. Mi hijo ya descansa junto a su padre en una sepultura muy digna y de nuestra propiedad.

-          Siendo así –replicó conciliador del Río-, podríamos dedicarle unas páginas de recuerdo en el número del domingo próximo. No es justo que los sevillanos hayan tenido que enterarse del triste fin de su hijo por los periódicos de Madrid.

-          ¿Cómo dice? ¿Que lo de mi hijo ha salido en los papeles? ¿Qué han dicho de él?

 

     Casualmente, Carlos llevaba El Globo en el bolsillo. Lo desdobló y se lo pasó a la señora. Resultó que esta no sabía leer y hubo de hacerlo en voz alta su hija. La madre reaccionó con enfado:

 

-          Que temía que lo despreciase... Valiente pécora. Novios desde los quince años y, cuando vuelve de la guerra, enfermo y después de tres años, se echa para atrás y lo deja tirado.

-          Entonces, según usted, lo despreció por estar enfermo, no por ser pobre.

-          ¡Y dale con lo de pobres! Habrá de saber que esta casa es nuestra y no debemos nada a nadie. A Ricardo nunca le habría faltado de comer. Si se mató, fue por el desengaño.

-          Ya. Por cierto, ¿cómo es que pudo hacerse con una pistola?

 

     Madre e hija se miraron. Aquella dijo, para poner fin a la entrevista:

 

-          No me pregunte más. Todo lo que quiera hablar con la familia lo arregla con mi hijo Fernando.

-          ¿En dónde podría encontrarlo? Ya le he dicho que en el periódico me están metiendo prisa.

-          A él no le gusta que vengan a visitarlo a casa. Mire en la Hostería del Laurel. Suele parar allí después del trabajo.

 

***

 

     Aquella misma tarde, Carlitos se personó en la Hostería, tan famosa gracias a nuestro Zorrilla[5]. Tan pronto hubo preguntado por Fernando Ferrer, el camarero hizo un gesto hacia una mesa donde varios individuos jóvenes se hallaban jugando a las cartas. Uno de ellos, se levantó y acercose al periodista, identificándose como aquel por quien preguntaba. Seguidamente, lo llevó del brazo hasta la parte más tranquila del abovedado recinto, con sabor a bodega antigua. Se sentaron y, sin más preámbulos, Fernando puntualizó:

 

-          Ya estoy al corriente de sus pretensiones. Por mí, el periódico y su dinero pueden irse al diablo, pero mi madre insiste en que le aclare algunas cosas para que pueda ponerse a cada uno en su sitio y quede a salvo el honor de la familia.

-          No entiendo. ¿En qué puede haber afectado al honor de la familia el suicidio de su hermano?

-          Pues en lo de que se quitase la vida por la pobreza en que se encontraba y todo eso. Como no abrimos la carta que dejó mi hermano, no estoy seguro de que escribiese lo que el periódico que nos enseñó usted pero, en cualquier caso, en ello no hay nada de cierto. Somos personas muy unidas y de un cierto desahogo. Mi hermano, desde que volvió a Sevilla, tenía de todo, menos salud.

-          ¿Entonces?

-          ¡Qué quiere que le diga! Estaba muy enfermo y solo veía por los ojos de su novia. Vaya usted a saber si quiso dejarla en buen lugar. De esto sí puede estar seguro: que ella no quiso dar el paso de casarse con él y eso es lo que lo llevó a la muerte.

-          Pero, si no fue la pobreza, ¿qué la movería a romper con Ricardo?

-          La enfermedad, sin duda. La granuja de ella no querría cuidar de él. Lo dejó tirado, acabando la obra de nuestro Gobierno.

-          Ya veo. ¿Y la pistola? ¿Cómo la consiguió?

-          En esta ciudad hay más armas de las que se cree. Con un poco de dinero, todo se alcanza.

-          Claro, y como él tendría el de las pagas atrasadas y el subsidio de repatriación...

-          ¡Ni una peseta! ¿Lo puede creer? Ni una peseta vio en siete meses. Tuvimos que mantenerlo, como si fuese un crío. Él lo llevaba muy a mal, por amor propio, pero nunca fue a reclamar lo que le debían. Otros lo necesitan más que yo, solía decir.

-          Bien, muchas gracias por su amabilidad. Ahora, si me indicase el domicilio de la novia...

-          ¿De Manuela? En la Cerámica de Triana[6] puede encontrarla. Pero, yo que usted, me ahorraría la visita. Es una trapacera de tomo y lomo, con su carita de buena y su llanto a flor de ojos. Claro que algún día le llegará su San Martín.

 
 

2.   Un periodista concienzudo


     Carlitos cruzó el Guadalquivir por el Puente del Agua[7] y se encaminó a la cerámica de la Viuda de Gómez, dispuesto a pedir le pusieran en contacto con la operaria Manuela Rojas, alegando su condición de periodista de postín. Habría habido otros medios, pero todos suponían invertir más tiempo, cosa desaconsejable dada la premura. En las oficinas lo miraron con desconfianza y hasta hubo quien le preguntara en qué tiberio estaba metida la solicitada. Él contestó:

 

-          En nada malo. Solo quiero que le den recado de que, al terminar su jornada, se pase por aquí para que pueda hablar unos momentos con ella.

 

     Así se hizo. La muchacha, turbada y confusa, aceptó el ofrecimiento de ser acompañada camino de su casa, mientras charlaban de un tema que interesaba al Noticiero. Pero, en cuanto quedó claro que dicho tema era la muerte de Ricardo, la moza se cerró en banda y avivó el paso, tratando de despegarse del molesto reportero. Este, a la desesperada, decidió hacerse el displicente:

 

-          Allá tú, pero te vendría muy bien el apoyo del periódico cuando el energúmeno de Fernando Ferrer venga a ajustarte las cuentas, como dice.

 

     Manuela paró en seco y se volvió demudada. Del Río insistió, exagerando bastante:

 

-          Ayer mismo estuve hablando con él y lo vi dispuesto a todo, pues te echa la culpa del suicidio de su hermano.

 

     La joven, al fin, respondió:

 

-          No son cosas para tratar por la calle. Vivo en la plaza de Chapina. Allí hablaremos.

 

     En efecto, hablaron en su casa, un piso modesto en la primera planta del número 7 de aquella explanada. Dolores previamente hubo de echar a empellones de la estancia a su madre, que pretendía estar presente en la conversación. Lo hace con buena intención, pero no quiero que se preocupe con lo que digamos –explicó la hija-.

 

     La versión de la alfarera resultó muy diferente de la de Fernando, como era de suponer. Según ella, para empezar, Ricardo había estado muy raro, desde que había venido de Galicia. Ella lo achacaba al largo tiempo pasado en Cuba, tan lleno de penalidades, así como al cambio que seguramente había notado en su novia, inevitable en quien, en los tres años de ausencia, se había convertido en una obrera curtida y una real mujer. Carlitos puntualizó:

 

-          Con tantas razones lógicas para estar desorientado, ¿por qué dices que lo encontrabas muy raro?

-          No sé cómo explicarlo. Desde luego, se encontraba enfermo, más de lo qué él quería reconocer. Ignoro de qué mal se trataría, pero no hacía más que decirme que, si no se curaba, mal íbamos a poder casarnos. Y, por otra parte, andaba por ahí como escondiéndose; se negaba a buscar trabajo, así como a reclamar los dineros que le correspondían por ser ex combatiente…

-          Sí; en eso coincides con su hermano. Él lo achacaba a orgullo o a amor propio.

-          Eso podía ser…

-          ¿Y qué me dices de lo que ponía en la carta de suicidio, de que no quería implicarte en una vida de paro y de pobreza?

-          Yo no he visto la tal nota –pues, si era una carta para mí, no llegó a echarla al correo-, pero cuadra mal con esas ideas el que no hiciese lo más mínimo por buscar un trabajo. Además, su familia lo ayudaba y, en cuanto a mí, gano lo bastante para mantenerme y no tener que depender de un marido. Al revés.

-          Entonces, ¿tú no lo despreciaste por pobre ni por enfermo?

-          ¿Por quién me toma? Otra cosa es que, por el tiempo transcurrido y sus rarezas, no me sintiese tan segura como para tomar estado a toda prisa. De todas maneras, me sentía comprometida por las promesas que le hice cuando se marchó y por no abandonarlo, ahora que podía necesitarme. Ya ve, lejos de serle ingrata, estaba dispuesta a cumplir mi palabra, tan pronto se aclarasen todos los puntos oscuros y él mismo tuviera claro lo que en el fondo quería.

-          ¿Y sabes algo de quién pudo facilitarle la pistola?

-          Eso pregúnteselo a Fernando, que yo no abriré la boca. Bastante tirantes están ya las relaciones, como para darle un motivo más de vengarse.

-          Según eso, ¿temes que la familia de tu difunto novio pretenda hacerte pagar por su muerte?

-          No me cabe duda. Hasta dónde vayan a llegar, no lo sé, pero seguro que algo traman. Por eso, si usted y su periódico pudieran ayudarme…

-          ¿De qué modo?

-          Quizá con algún trabajo en Madrid, o en cualquier parte lejos de Sevilla. Hay muchas cerámicas por España, o casas buenas en que servir.

-          Veré que pueda hacerse. Mientras tanto, no dudes en avisarme si se meten contigo.

 

     El periodista acompañó su última frase con la entrega de su tarjeta. Manuela la tomó con escepticismo, mientras replicaba:

 

-          El día que se metan conmigo tal vez no me queden fuerzas para avisar a nadie.

 

***

 

     Carlitos empezaba a tener las ideas como le gustaba, es decir, confusas, revesadas, contradictorias. A fin de cuentas, si las cosas estaban claras, ¿qué falta hacía un periodista tan inteligente y concienzudo como él?

 

     El paso siguiente era hacerse con una versión auténtica y exacta de la famosa nota de suicidio, de la que no tenía conocimiento sino por su reseña en El Globo. Era evidente que tendría que encaminarse a la Audiencia, donde figuraría archivada en el sumario instruido por el suicidio de Ricardo Ferrer, si es que ya se había sobreseído. Resultó que los autos estaban todavía en manos del Juez de Instrucción y el periodista tuvo ciertas dificultades para conseguir una copia:

 

-          Vamos a ver, Matías –arguyó Carlos al secretario judicial-, ¿cómo te atreves a negar este pequeño favor a un periódico serio de la tierra, cuando se lo hiciste al Globito de Los Madriles, que nos pasó por las narices la primicia?

-          Oye, oye, que un servidor es la primera noticia que tiene de que ese diario de Madrid haya publicado ese texto, y a saber con qué fidelidad y de qué fuentes se ha valido.

 

     El reportero recogió velas:

 

-          Bueno, no nos amontonemos. Se trata simplemente de que me cerciore, para así orientar mi reportaje. Por supuesto, no haré uso directo del texto, ni desmentiré formalmente las incorrecciones en que haya podido incurrir la versión de El Globo… Anda, hombre, que mi jefe está que trina y corro el riesgo de que me despida, si no le presento un trabajo en condiciones.

 

     Matías aún se hizo de rogar un buen rato. Finalmente, salió del despacho y regresó a los pocos momentos con el sumario anhelado. Lo hojeó hasta dar con la página rayada y manuscrita a lápiz, solicitada por Carlos, y dijo lacónicamente:

 

-          Un minuto y sin tomar notas.

 

     Carlitos leyó, repasó y memorizó el texto en lo fundamental. El resumen ofrecido por El Globo se ajustaba a lo que decía, pero habían cometido un error grave, al afirmar que el suicida envió una carta a su novia. En realidad, la misiva se había encontrado entre las pertenencias del fallecido, cuando se practicó el registro de la habitación donde se había disparado. Si se arrepintió en el último momento, o si pretendía que le llegase por vía judicial, es algo que ya nadie podría aclarar.

 

     Con todo cuanto llevo contado a ustedes, del Río hizo una breve redacción aquella misma noche y, al día siguiente –viernes-, fue a visitar a don Juan Peris, previo aviso de ello al director Dugi. Le dio cuenta y, seguidamente, pasó a formularle el ruego de un aplazamiento:

 

-          Como comprenderá, don Juan, nada me costaría sacar de esto un reportaje razonable, pero sería engañar a los lectores y a usted. Estoy seguro de que las claves solo podemos tenerlas, si seguimos la pista del tal Ferrer hasta Galicia.

-          ¿Por qué Galicia?, inquirió Peris.

-          Supongo que el barco de repatriados arribaría a La Coruña o a Vigo. Allí pasaría la cuarentena y seguro que conservan su historia médica.

-          Bien –concedió el factótum de El Noticiero-. Te autorizaré el viaje con dietas, por tiempo máximo de una semana…

-          Quince días.

-          Diez y ni uno más. Otra cosa, ¿crees que esa Manuela corre peligro?

-          No me extrañaría. La familia del finado parece muy rencorosa y la tienen tomada con ella.

-          Puedo hacer alguna gestión con la Policía. No creo oportuno llevar a más nuestra ayuda, hasta que termines tus indagaciones y podamos valorar con exactitud el papel de unos y otros en este embrollo.

-          Está bien –concluyó del Río-. Volveré a ponerme en contacto con Manuela: Seguro que ella sabe si Ricardo desembarcó en Vigo o en La Coruña.

-          Buena suerte –le deseó Peris- y, en uno u otro caso, no olvides el paraguas.

 
 

3.   De sorpresa en sorpresa

 

          El sanatorio-lazareto de Oza ocupaba un altozano en la bahía coruñesa, donde otrora se levantaba un antiguo castillo defensivo de la costa. Visto de lejos resultaba ciertamente agradable, con su moderna estructura[8] salpicada de balcones y galerías, abierta a una playa pintoresca. Aproximarse, sin embargo, resultaba un tanto deprimente, pues uno percibía que la blanca mole hospitalaria colindaba con un gran cementerio y unas sórdidas edificaciones destinadas a los enfermos altamente contagiosos, que una larga pasarela[9] de hierro y madera separaba –más que unía-  a la zona limpia del riesgo de epidemia.

 

     Nuestro buen Carlitos hizo sus primeras armas con los enfermeros de la recepción, poco inclinados a darle información a cambio de las gracias. Unas decenas de duros cambiaron las tornas. Al punto, aunque bajo cuerda, aparecieron matrículas, registros y patentes, que aportaron los datos exactos: Ricardo Ferrer Arenales, cabo, de 23 años, natural de Sevilla, había ingresado en el sanatorio el 13 de febrero de 1899, procedente del vapor Montevideo, siendo baja nueve días más tarde a causa de… fuga. El periodista pidió aclaraciones.

 

-          ¡Huy!, es bastante corriente –le explicaron-. Unos por no poder resistir la cuarentena, otros por librarse del resto del servicio militar, lo cierto es que muchos mozos desertan mientras están en el hospital, donde se les controla mucho menos que en un cuartel. Hasta tal punto ha llegado la cosa, que las Autoridades desisten de buscarlos. Si capturan a alguno, suele ser por estar muy enfermo o no tener a nadie que le eche una mano o lo esconda.

-          Entonces –el reportero se hizo de nuevas-, habrá riesgo de que contagien a la población…

-          Eso depende de si están enfermos y del tipo de dolencia que tengan. Ya sabe que por la cuarentena tiene que pasar todo quisque.

-          ¿Y qué enfermedad tenía ese tal Ferrer, por el que se ha interesado su familia ante mi diario?, mintió del Río.

-          Ni idea. Eso tiene que preguntárselo a los médicos, que son quienes custodian los historiales clínicos.

 

     Así lo intentó en vano el periodista, hasta que tropezó con un tal doctor Moscoso, que mostró un particular interés, tan pronto escucho el nombre del prófugo.

 

-          Ricardo Ferrer, de Sevilla,… me acuerdo bien. Dice usted que viene de allí y que conoce a su familia... No habrá dado usted por casualidad con el mozo…

-          En efecto, pero demasiado tarde para poder satisfacer su interés por el caso.

 

     Y, de manera escueta, le puso al corriente del desastroso fin de Ricardo. El doctor se sintió profundamente decepcionado desde el punto de vista médico, hasta conmover a Carlitos, quien le dio las direcciones de la madre y la novia, por si podían y querían aclararle cómo fueron sus últimos meses de vida. Moscoso lo agradeció mucho y se explayó sobre el caso en términos tan prolijos, que resultaron poco comprensibles para su interlocutor. Resumiré a mi modo sus explicaciones:

 

     Ricardo llegó a España en malas condiciones de salud, pero no tan deplorables –ni de lejos- como hacía esperar el diagnóstico de malaria y sífilis avanzada. Lo suyo habría sido encerrarlo con los contagiosos graves, pero Moscoso sintió que tenía ante sí un caso clínico sorprendente y digno de estudio académico. En consecuencia, lo aisló en un cuartucho del ático del hospital principal y puso en la puerta el siguiente letrero: Enfermo atendido personalmente por el doctor Moscoso. La mala suerte, o lo desagradecido que era el paciente, impidió que tan prometedores inicios tuviesen un final a tono con ellos: Ricardo escapó a los pocos días, aprovechando la tolerancia del Doctor y llevando consigo unas cuantas dosis de quinina y de mercuriales, amén de setenta y cuatro pesetas para el camino, procedentes de la chaqueta del galeno, que estaba colgada en un perchero.

 

-          ¿No comprende usted la trascendencia de ese posible descubrimiento? ¡Un sifilítico que, teniendo además malaria, está mejor que si solo sufriese de lúes![10]

-          Sí que es curioso, sí –repuso dubitativamente Carlos-. A lo mejor es que hubo algún error de diagnóstico.

-          ¿Por quién me toma?, bramó Moscoso. ¡Una sífilis como un piano! Pero el hecho es que el sujeto no tenía ni asomo de tabes ni de parálisis, pese a los gomas y lesiones internas. Vea, vea…

 

     Se levantó como con un resorte en busca de la historia médica de Ferrer. Carlos se disculpó como pudo:

 

-          Por favor, doctor, déjelo. Confío plenamente en su sapiencia. Solo quería asegurarme de que el mozo tenía sífilis, pues ello explica muchas cosas de su comportamiento con la novia e, incluso, de la decisión que tomó, supuesto que es una enfermedad sin cura y que acaba de manera terrible.

-          Así es –concedió Moscoso, retornando más tranquilo a su sillón-, y no muy propicia de reconocer ante las mujeres, teniendo en cuenta que se contagia principalmente por vía sexual, como usted sin duda sabe.

-          Desde luego. Aún tengo una pregunta más, aunque no de tema médico. Si tan apurado de dinero estaba, ¿por qué sería que no reclamó en Sevilla las cantidades que le correspondían como soldado y repatriado?

-           Está claro: Un desertor pierde sus derechos anteriores y no se atrevería a comparecer ante las Autoridades ni acudir a los hospitales, para evitar ser descubierto. En resumen, enfermo, sin dinero, sin atención médica y obligado a esconderse, no me extraña que acabase así. Y, desde luego, fue lo mejor para su novia.

-          … A quien, no obstante, con una carta en que prácticamente la culpaba de su muerte, no ha dejado en muy buen lugar.

-          Probablemente no era esa su intención, sino la de buscar una disculpa para su suicidio que no lo pusiera a los pies de los caballos.

-          No lo dudo, doctor, aunque ya sabe usted lo que dicen: el infierno está empedrado de buenas intenciones.

 


***

 

     La información recibida apenas compensó a del Río por los dos días de tren que le llevó el regreso, con un tercero que se tomó de descanso en Madrid, aprovechando el trasbordo. Pasó la mayor parte del cuarto en su domicilio sevillano, poniendo en orden sus notas y haciendo una primera redacción del reportaje, para el que bien cuadraba la manida frase nada es lo que parece. ¡Solo faltaba que el sumario concluyese demostrando que el suicidio no era tal! Y ante él aparecía la ominosa catadura del hermano Fernando, empuñando una pistola y profiriendo amenazas. Tendría gracia que… Pero, claro, para llevar más lejos tan atrevidas hipótesis necesitaba saber mucho más de las circunstancias de la muerte de Ricardo y de la pistola empleada para producirla.

 

     A media tarde, con las cuartillas a punto, se presentó en la redacción de El Noticiero, con una leve sonrisa y aparentando cansancio. Encaminose directamente al despacho de Dugi y, tan pronto, empujó la puerta y esbozó un saludo, una bofetada de ironía le cruzó la cara:

 

-          Desde luego, hijo, tienes un olfato periodístico que asusta. Fue marcharte de Sevilla y producirse la gran noticia.

-          ¿De qué noticia me hablas?

-           Pues de la novia del suicida. Ayer la encontraron flotando en el río. Si te das prisa, a lo mejor la encuentras todavía de cuerpo presente.

 

     Sin una palabra, Carlitos salió escopetado para casa de Manuela. El portal estaba tranquilo, sin nada que hiciese imaginar un velatorio. En vez de subir al piso, entró en la abacería del bajo y preguntó:

 

-          ¿Ha sido ya el entierro de Manuela?

-          Ayer tarde, le respondió una clienta.

 

     Saludó y se fue, maldiciendo su suerte. Si no se hubiese demorado en Madrid, habría podido cubrir la noticia y, seguramente, haber venteado algún rumor, captado alguna significativa presencia. Quién sabe si, mientras anduvo de zascandil por Galicia, la muchacha lo anduviera buscando en demanda de aquel prometido amparo. Ahora tenía un reportaje en el bolsillo y un cadáver en el camposanto. Se detuvo en mitad del Puente de Tablas y se acodó en la barandilla, contemplando las aguas perezosas, en las que rielaban los últimos rayos de la tarde. Se le hizo un nudo en la garganta y prometió, por la memoria de Manuela, que haría tanto o más esfuerzo para elucidar su muerte que el que había hecho para aclarar los motivos del suicidio de su novio.

 

 

 

4.   Ver, oír y callar


     La Justicia es naturalmente lenta, salvo cuando se trata de dar carpetazo. Esa verdad que, en su condición de cronista de tribunales, Carlitos conocía tan bien, hubo de padecerla en sus carnes cuando trató de hacer efectivo su compromiso moral con Manuela.

 

     Para empezar, el ahogamiento de la joven correspondió al juzgado número 3, con cuyo titular mantenía una relación tirante. El juez lo había declarado persona non grata, de modo que no era prudente pusiera los pies en sus dependencias ni, menos aún, que osara pedirle información o hacerle llegar sus inquietudes. Una vez más, acudió al secretario Matías, para que le sirviese de intermediario con sus colegas del 3. El solicitado refunfuñó:

 

-          Ya sabía yo que lo del suicidio traería cola. Si es que, en cuanto te mezclas con ciertos ambientes, las cosas se complican. Acabarás por meterte en líos y, de paso, liarme a mí.

-          Que no, Matías, que no. El tema del suicidio de Ricardo Ferrer lo doy por cerrado. Lo que trato es de que se investigue en serio el ahogamiento de su novia, pues tengo razones para suponer que alguien pueda haberla ayudado a caer al río.

 

     El secretario judicial lo miró fijamente durante unos momentos, captando la firmeza de su propósito. Finalmente, suspiró y dijo:

 

-          Está bien, sabueso. Voy a hacer algo por ti, antes de que organices un pitote. Hablaré con el médico forense del juzgado 3, como si fuese preciso para nuestro sumario, y trataré de sonsacarlo acerca de los resultados de la autopsia de la ahogada. Vuelve por aquí dentro de unos días.

-          Que no sean muchos, por favor.

-          Anda, anda, que otras noticias tendrás que seguir. Y, por si acaso, voy a darte un dato en qué pensar. ¿Sabes que la pistola con que se suicidó Ferrer era de su hermano Fernando? La tenía en su casa y Ricardo lo aprovechó.

-          Ya me figuraba yo algo así, pero ¿qué es lo que me tiene que hacer pensar?

-           Por ejemplo, qué pintaba un arma de fuego en casa de un menestral que, por cierto, trabaja poco y vive muy holgadamente.

 

      El barrio de Santa Cruz no tenía secretos para Carlitos, hijo de un jardinero de los Reales Alcázares. Unas invitaciones por aquí, unas pesetillas por allá, y en un par de días estaba al corriente de la vida y milagros de Fernando Ferrer:

 

-          Es un tipo duro –le comentaron-. Empezó de peón para el Agua de los Ingleses[11], pero pronto se empleó al servicio de la patronal y como confidente de la Policía. Gracias a ello, consiguió las dos mil pesetas que costaba librarse de ir a pelear a Cuba[12]. Ya sabes lo bien pagado –por arriesgado- que está el plantar cara a los anarquistas. Últimamente, se rumorea que anda sirviendo de pistolero para los terratenientes del Aljarafe. Claro está que, si ha cometido algún crimen, la Policía no va a investigarlo a fondo, ni a entregarlo a la Justicia.

-          ¿Sabéis si ha tenido algo que ver con la muerte de Manuela, la novia de su hermano?

-          Se la tenía jurada, eso de fijo. Más no podemos asegurarte.

 

     A la segunda vez que fue a preguntar al juzgado, Matías le brindó la información prometida:

 

-          Ya he logrado hablar con el forense. La chica murió ahogada: Las docimasias indican que había mucha agua en los pulmones. Así que hay que descartar que la mataran primero y luego la tirasen al río.

-          ¿Tenía heridas o huellas de violencia?

-          Ahí pinchamos en hueso. Estaba toda magullada, con un fuerte golpe en la cabeza y arañazos por los brazos. Su ropa presentaba desgarros y tenía algunas manchas de sangre. Pero, claro, después de tres días en el río, ¿quién puede asegurar que todo eso no haya sido consecuencia de los embates del agua o de choques contra las piedras?

-          Hombre, Matías, el río en esa zona casi no tiene corriente y hay medios para determinar si los golpes se han recibido en vida o una vez muerto. Si apareciese el nombre de un sospechoso, tal vez…

-          Deja de dar vueltas al magín, Carlos: el asunto ya ha sido sobreseído.

-          ¿Qué me dices? ¿Resuelto en quince días? ¡Pero qué chapuza es esta!

-          De chapuza, nada. Se practicó la autopsia. Se ofrecieron las acciones a la madre de la difunta, que declinó personarse en la causa. Se ha inscrito la defunción en el Registro y la Policía ha informado que no hay indicios de criminalidad. ¿Qué más quieres?... Si, ya te veo venir: que se han dado una prisa muy llamativa, pero investigar y resolver con rapidez no es ningún hecho reprobable.

-          … Salvo que haya detrás una mano interesada en hacer de la rapidez, precipitación.

-          Eso son suposiciones, que no conducen a ninguna parte.

 

     Carlitos sudaba, tratando de encontrar una salida:

 

-          Supongo –dijo- que el sobreseimiento habrá sido provisional.

-          Así lo creo –contestó Matías- No estando claras las causas, lo lógico es curarse en salud.

-          Pues entonces algo puede hacerse todavía. Para eso soy redactor de un diario serio.

 

     Así dijo, al tiempo que se levantaba, dando por concluida la conversación. Mientras lo veía alejarse, Matías pensó que a su conocido le estaba sirviendo de muy poco la experiencia atesorada en una década de periodismo.

 


***

 

   Del juzgado, Carlos pasó a la avenida de Alfonso XII, donde El Noticiero tenía su sede. Dugi lo esperaba como agua de mayo:

 

-          ¿Se puede saber dónde te metes y cuándo vas a entregar ese dichoso reportaje? Peris no está conforme con que le demos más largas so pretexto de que va a ser una bomba. El verano se va a echar encima y, en periodo de vacaciones, ya sabes que nos quedamos casi sin lectores.

-          Tranquilo, jefe. Me voy para casa a ultimarlo. Desde luego que va a ser una bomba. Solo te anticiparé un hecho: el tal Fernando ha resultado ser un pistolero confidente de la Policía y vendido a la patronal. ¡De ahí, la pistola!

-          ¡Ay, Carlitos, que nos vas a poner en un brete!

-          Este es un periódico independiente, ¿no?

 

     En efecto, lo era. Así que del Río se retiró a su domicilio y, utilizando la máquina de escribir –cosa que no acostumbraba, de no ser en circunstancias muy especiales-, se pasó toda la noche redactando y puliendo aquél reportaje que, en un principio, iba a titularse Nada es lo que parece. Al final, sería Y volvieron cantando. Profusamente ilustrado, quedaría perfecto.

 

     Con la sensación de haberse quitado un gran peso de encima, Carlos se presentó en la redacción a las diez de la mañana. El director no había llegado aún, pero él estaba muerto de sueño; de modo que resolvió dejar los folios encima de la mesa de Emilio Dugi, acompañados de una tarjeta con el siguiente texto:

 

Aquí tienes la bomba. Encárgate de que la ilustren adecuadamente.

 

     Pasaron varios días sin que se adoptara la decisión de publicar el trabajo de del Río. A sus preguntas, don Emilio contestaba invariablemente:

 

-          Lo tiene Peris. No podemos meterle prisa.

-          ¿Meterle prisa? ¿No era él quien la tenía?, repuso un amoscado Carlos.

 

     Al fin, allá por San Juan Bautista, don Juan Peris convocó a del Rio en su despacho:

 

-          No puedo darte la enhorabuena. Es un reportaje muy trabajado, sí, pero un tanto disperso. Te habíamos pedido un artículo conmovedor y sensible sobre el trágico fin de un soldado repatriado y te has despachado con un estudio médico y sociológico sobre la sífilis y el anarquismo sevillano. No era eso lo que queríamos.

-          Pero es que eso es la verdad del caso… Bueno, la verdad hasta donde las Autoridades me han permitido bucear en el asunto.

-          Ya te entiendo, aunque todo eso no sean más que conjeturas sobre las que no podemos lanzar el buen nombre y la fiabilidad de este periódico. Centrémonos en el aspecto humano del chico que se suicidó. Todavía tu trabajo es muy aprovechable, si quitamos todo lo referente al hermano y a la muerte de la novia. Simplemente, habría que…

-          … Que eludir cuanto he ido descubriendo y que deja en ridículo la versión edulcorada de El Globo.

-          No, hombre. No se trata de ocultar la realidad, sino de ofrecer su lado más noble. Una cosa es pulir los excesos de presentar al tal Ferrer como a un héroe, trágica víctima del honor y de su orgullo. Hasta ahí, de acuerdo. Pero de eso a convertir a un pobre soldado enfermo en un sujeto poco recomendable, agobiado por la sífilis y al margen de la ley, va un abismo. No me parece justo, ni creo que nos lo perdonasen los lectores.

-          Entonces…

-          Pues ya sabes, matizando un poco aquí, cortando algo allá y dejando caer ciertas cosas entre líneas, podríamos lograr que…

-          … Que la verdad no nos echase a perder un buen reportaje. No, don Juan, no voy a corregir ni retocar nada. Total, el soldadito ya ha sido olvidado y su novia lleva el mismo camino. Así que devuélvamelo y en paz.

 

     Peris, entre la condescendencia y el enfado, consintió en ello. No obstante, agregó con cierta malicia:

 

-          Lamento que se pierda tanto trabajo…, por no hablar del dinero que le ha costado al periódico.

-          Puede ir descontándomelo mes a mes, si puede.

 

     Don Juan siguió con sus segundas intenciones:

 

-          ¿Es que piensas dejarnos?

-          No lo decía por eso, señor. Estaba pensando en la voz de su conciencia.

 

 

 
5.   Epílogo

     Hasta aquí la historia, tal como me la contó Matías, el secretario judicial, a quien conocí años más tarde, ya jubilado, a orillas del Pisuerga. Él entendía que todo había sido cosa de las presiones caciquiles y de las exigencias económicas de la prensa. Yo añadiría otra razón, de mi cosecha: Es mejor vincular el suicidio a las debilidades de una mujer, que no a las flaquezas y miserias de un hombre. Y, si puede presentarse como fruto de un amor contrariado, mejor que mejor. 

 

 
 

      



[1]  Alusión a la poco conocida segunda parte de la frase hecha Más se perdió en Cuba y volvieron cantando. Otros la concluyen así: y volvieron silbando.
[2]  El Noticiero Sevillano (Diario independiente de noticias, avisos y denuncias), fundado por Francisco Peris Mencheta en 1893 y publicado ininterrumpidamente hasta 1933. En el relato se alude a personajes reales (Juan Peris Mencheta, Emilio Dugi, Carlos del Río), ligados a este periódico en las fechas a que aquel se contrae (primera mitad de 1899).
[3]  El Globo, diario de Madrid (1875-1930), propiedad del Conde de Romanones entre 1896 y 1902. Este suelto o gacetilla apareció en el número del 24 de mayo de 1899. El nombre del suicida ha sido alterado en el relato.
[4]  Hecho verídico, que prueba aquello de que la realidad es más fértil (y, a las veces, más disparatada) que la fantasía.
[5]  El posesivo parece aludir a que la autora del relato original vivía en Valladolid cuando lo escribió (N. del E.).
[6]  Triana fue un barrio sevillano de gran tradición alfarera. El relato se refiere a la fábrica fundada por Antonio Gómez en 1870 y que, con el tiempo, pasaría a ser la famosa Cerámica Santa Ana. Como más adelante puede leerse, a fines del siglo XIX era conocida como la fábrica de la Viuda de Gómez, su fundador.
[7]   En varios pasajes del cuento se alude a esta obra de ingeniería, acueducto y pasarela peatonal a la vez, conocida en Sevilla por el Puente del Agua o de Tablas. Inaugurado en abril de 1898, permaneció en uso para cruce peatonal de uno de los brazos del Guadalquivir o de su antiguo cauce hasta 1959, en que fue demolido.
[8]  El Sanatorio de Oza se inauguró en 1889, por lo que llevaba solo diez años en funcionamiento en la época de este relato.
[9]  Quienes la midieron le dan una longitud de doscientos treinta metros.
[10]  Nota del Editor.- Si el doctor Moscoso hubiese tenido tiempo y suerte, podría haber descubierto el método de la piretoterapia, que tan buenos resultados dio para combatir o paliar los síntomas de la sífilis y de algunas otras enfermedades que afectan al sistema nervioso, para las que no hubo cura hasta el descubrimiento de los antibióticos. Como no tuvo esa fortuna, el descubrimiento (y el premio Nobel de Medicina de 1927) fueron a manos del médico austriaco, profesor Julius Wagner-Jauregg (1857-1940), muy denostado en los últimos años por sus veleidades eugenésicas y esterilizadoras y su simpatía por los nazis.
[11]  Nombre con el que era conocida la sociedad de capital inglés (The Seville Water Work Company Limited) que explotó entonces el abastecimiento público de agua a la ciudad de Sevilla entre 1883 y 1947.
[12]  En los años finales del siglo XIX, la cuota que había de desembolsarse para evitar el servicio militar de un recluta era de 1.500 pesetas si había sido sorteado para la Metrópoli y de 2.000 pesetas, si lo destinaban a Ultramar. Se calcula para aquella época un salario medio diario del obrero español, entre 3 y 5 pesetas.

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