miércoles, 28 de enero de 2015

EL SUICIDIO POR AMOR (I): PRESENTACIÓN DE LA SERIE




Suicidio por amor (I): Presentación de la serie

 

Por Federico Bello Landrove

 

     La compra, por mi parte, de un hermoso ejemplar de la conocida obra de Durkheim, El suicidio. Estudio de Sociología, me acabará poniendo ante relatos y reflexiones de una antigua dama desconocida, en materia de suicidios por amor. ¿Quieren ustedes seguirme en la lectura de un ajado manuscrito de mano femenina? Pues aquí empieza la serie. Lleguen en ella hasta donde les plazca.

 
 
 

1.   Un libro viejo y una charla de café


     Para los amantes de lo antiguo –entre los que me cuento-, nada más divertido que asistir a una almoneda. Allí se recuerda, se aprende y, si a mano viene, puede comprarse un retazo de historia a muy buen precio. En aquella ocasión, se desmantelaba el Colegio Mayor Pelayo, tras setenta años de servicio a los universitarios de Castellar. Los cinco o seis mil volúmenes de su biblioteca se ponían individualmente a la venta, tras la selección o escamoteo previo de las mejores obras, camino de los seminarios de la Universidad o de las librerías de tutores, colegiales y aprovechados. Encaminé mis pesquisas a la signatura de Derecho Penal y Criminología, por aquello de la dedicación profesional, y allí me lo encontré.

 

     Se trataba de una primera edición de la traducción española de la conocida obra de Émile Durkheim, El sucidio: Estudio de Sociología, aparecida en Madrid, allá por 1928. Extenso, famoso y sólidamente encuadernado, el libro me pareció una ganga, por las trescientas pesetas a que se ofrecía. Pagué, lo puse bajo el brazo y, muy ufano, me encaminé a tomar el habitual aperitivo con los colegas. Dejé el volumen sobre la mesa, como al desgaire, y en seguida picó Joaquín, abogado de ilustre saga de criminalistas, quien lo tomó, hojeolo y ponderó:

 

-          Excelente ejemplar y casi con tantos años como yo. Veo que lo has tomado del Pelayo.

-          Oye, oye, que de tomar nada. Mis buenos dineros me ha costado, aunque bastante menos de lo que vale: Como están liquidando...

-          Perdona, chico, y no creas que me corroe la envidia –se disculpó el veterano abogado-. De hecho, tengo en casa un Suicide de 1897. Lo adquirió mi abuelo quien, como sabrás, era un denodado positivista, profesor universitario y letrado de postín. Y, además, el tal libro tiene tras de sí una historia y un anexo del mayor interés.

 

     Los contertulios nos disponíamos a escuchar una de esas sabrosísimas anécdotas con que Joaquín salpicaba nuestras pláticas. Sin embargo, aquél mediodía debía tener cierta prisa, pues excusó la historia:

 

-          Lo siento. No es materia a tratar con premura, entre pestilentes efluvios de calamares fritos. Si queréis, una tarde en el café os pondré al corriente del tema... y con el susodicho libro ante vuestros ojos.

 

     Esa tarde tardó en llegar más de un mes. Así era mi admirado amigo, tan poco dado a urgencias, como fiel cumplidor de sus compromisos. Cuando le vino en gana, apareció con el libro prometido y, al presentárnoslo, manifestó:

 

-          Observad el ex libris y el apéndice manuscrito. Es lo relevante para el relato casi policial que voy a hacer, contando con vuestra benévola atención.

 

     En efecto, en la portada del tomo, enmarcada por grecas y dos palmeras, figuraba la siguiente referencia: Zorita. Nº 376. 1900. Al final del libro, figuraban varios cuadernillos de papel rayado, cubiertos por menuda escritura redondilla a pluma, bajo la rúbrica El suicidio por amor, que yo he tomado prestada para la transcripción de los varios relatos que encierra.

La encuadernación del tomo distaba de ser la original; por el contrario, su cartoné evidenciaba una datación circa 1950.

 

     Para nuestra sorpresa, Valentín, el maestro, tan pronto vio la parte manuscrita, dijo:

 

-          Se trata de una letra de mujer, habituada a escribir y con una grafía anterior a nuestra Guerra.

 

     Joaquín asintió:

 

-          Ciertamente. Y, por varios de los casos de suicidio que narra, estaría por asegurar que perteneció a la familia de los Zorita, propietarios primeros del libro. Ya sabéis que una rama de esa familia, tan castellarense ella, estuvo afincada en la cubana Cienfuegos, hasta la declaración de guerra por los Estados Unidos. Luego retornaron a nuestra ciudad y, aprovechando su capital y experiencia, montaron una tienda de tejidos y confección, y participaron en empresas de harinas y azucareras.

 

     Decidí intervenir:

 

-          Entonces, si sabes todo eso, ¿cuál es el enigma?

 

     Prosiguió Joaquín:

 

-          No solo doy eso por sentado, sino que estoy por asegurar que mi abuelo se esforzó en hacerse con este libro, por ser un texto clásico de la Escuela Positiva, aunque los puristas pongan en duda su naturaleza criminológica, opinando que sus claves y su relevancia son sin duda propias de la Sociología.

 

-          ¿Entonces?

 

-          Entonces, amigo Federico, el meollo de la cuestión es el siguiente: Los relatos de la Zorita escritora, ¿son verídicos o imaginarios? ¿Puede darse uno u otro calificativo a todos ellos, o hay parte y parte? Naturalmente, yo tengo mi personal punto de vista, pero me agradaría contrastarlo con el tuyo, como persona versada en la Historia y la Literatura fin de siglo.

 

     Era un ditirambo, pero acepté el reto, más por curiosidad que por amor propio:

 

-          De acuerdo. ¿Cuánto tiempo me das para hallar la solución?

 

-          Yo creo que seis meses pueden ser suficientes: a mes por caso. Eso sí, fotocopia el manuscrito y me lo devuelves cuanto antes. Total, como ya tienes la traducción castellana de El suicidio...

 

-          Cuando se presta un libro, se pierde un amigo –salté un poco amoscado-.

 

-          A ti, nunca –enfatizó Joaquín-. De perder un amigo, ese sería el libro.

 

 

2.   Reflexiones de una dama desconocida


     El apéndice manuscrito comienza por una breve introducción, en la que su autora enlaza la obra de Durkheim con sus propios pensamientos e inquietudes. Sin duda, resulta de la máxima importancia para desentrañar su personalidad, pero nada aporta a la parte –digamos- casuística y literaria de los comentarios. Así pues, me van a permitir que la extracte, remarcando las consideraciones que me han parecido más pertinentes. Vamos con ello:

 

     … ¿Vive nuestro tiempo una era de suicidios amorosos por imitación, como el de la fiebre de Werther, un siglo atrás? Don Émile no excluye esas epidemias, aunque pone en duda que las pocas golondrinas que voluntariamente ponen fin a su vida puedan adelantar la llegada de la primavera, en el inmutable ciclo social de la evolución. El hecho es que yo he conocido de cerca algunos casos, que me llevan a la perplejidad, incluso a nivel individual. ¿Es que existe en realidad el suicidio por amor? Y si, como parece, la respuesta tiene que ser positiva, ¿hasta qué punto no pueden otros motivos encubrir o cooperar a su producción? ¡Ah, si yo les contara! Y lo voy a hacer. Encerraré mis pesquisas y mis experiencias entre las páginas de este libro provocador, como quien entierra en un panteón al ser querido y echa la llave, anhelando y temiendo, a un tiempo, que su espíritu lo visite por las noches…

 

     … ¿Fueron mis suicidas unos psicópatas? ¿Actuaron por egoísmo o de manera altruista? ¿Eran del tipo lánguido o del epicúreo? ¿Querían realmente morir y escogieron libremente el modo de lograrlo?  Arduas preguntas que yo no puedo responder, al carecer de datos suficientes y de conocimientos científicos. Ni siquiera me atrevo a afirmar, con el Autor, que su mundo se derrumbaba, ni que se sintieran frustrados, o que su vida careciese de sentido. El suicidio es tan ilógico cuanto previsible, tan inexorable como casual, tan ínsito como provocado. ¿Quién osará decir que de esa agua no beberá? ¿O qué balanza será capaz de pesar el valor y el desvalor de una vida?...

 

     … Claro, -dicen- es natural: Fulano acababa de enviudar, o Zutana había sido abandonada de su amante; aquel no alcanzaba mérito a los ojos de su amada, o esotra había visto morir en los brazos al hijo de sus entrañas. Pero muchísimos más, en parecidos o peores trances, encuentran el consuelo en la religión, el apoyo de su familia, la esperanza de un mejor futuro, o en el Más Allá. ¡Ah, la ambigüedad, la educación, la suerte!... Y el ser mujer, por supuesto…

 

     Las necesidades sexuales de la mujer tienen un carácter menos mental, porque por lo general su vida mental está menos desarrollada…Como la mujer es un ser más instintivo que el hombre, para encontrar la calma y la paz, no tiene más que seguir sus instintos. Naturaleza y civilización, subjetividad y vida social: calma y paz con las primeras, tensiones y desarreglos en las segundas. Así opina el señor Durkheim. ¿Sabrá él lo difícil y rechazado que está en la vida pública el que la mujer, o el hombre, decidan dar rienda suelta a sus fuerzas naturales?

 

***

 

     Con esa pregunta concluyen las dos páginas y media de la Introducción al folleto, escrita por la dama desconocida de nuestro relato para los seis episodios suicidas, que a continuación narró. Tengo para mí que formó pieza separada entre las páginas del libro hasta que alguna mano sensible, al reencuadernarlo, resolvió integrar el manuscrito con el texto impreso, a modo de apéndice al mismo. ¿Sería, tal vez, alguna mujer de la familia de mi contertulio, el abogado Joaquín Merediz? El hecho es que la guillotina recortó las prolongaciones del cuaderno, hasta decapitar algunas palabras, y que la lezna perforó el mínimo margen, de modo que ciertas voces quedaron enhebradas por el bramante, como los ahorcados por su dogal –valga el símil, dado el asunto del que estamos tratando-. Con todo, su lectura no es materialmente penosa y el contenido es legible en su integridad. Por tanto, no tengo excusa para trasladarles las fotocopias –ya, un tanto brunas- del manuscrito, siguiendo casi textualmente el relato de la dama, por el mismo orden en que ella colocó los diversos episodios. No obstante, he juzgado oportuno dedicar a cada caso una separada historia de esta serie del Suicidio por amor, lo que me obliga a emplear subtítulos de mi cosecha y exclusiva responsabilidad. Cuando haya transcrito para ustedes los seis episodios de autolisis –como ahorra llaman algunos amantes del Griego al suicidio-, les contaré cómo acabó mi apuesta con Merediz. Ello les permitirá conocer las presuntas identidades de los suicidas y de sus amantes, para deleite de curiosos y aficionados a la Historia.

 

     Vamos, pues, con el primero de los casos, que he decidido denominar, de forma ambigua y tópica, El bizarro general. Mas, para acceder al mismo, mis amables lectores habrán de pulsar el registro o abrir las páginas que específicamente llevan dicho título. Espero que lo hagan pues creo no se han de arrepentir. Adiós.

 
 
 

 

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