domingo, 1 de diciembre de 2013

LA HISTORIA SE REPITE


 

¿La historia se repite?

Por Federico Bello Landrove

 

     Muchas personas, en momentos cruciales de su vida, cambiaron –o parecieron cambiar- de modo de pensar y, a veces, de actuar. ¿Es esto bueno o malo? ¿Las denigra o las ensalza? Como el profesor que narra esta historia, yo no tengo respuestas generales, pero sí algunos ejemplos, tan diversos como señeros.     

 


1.      Hombres de una pieza

     La segunda ponencia de la mañana había resultado bastante conflictiva o, cuando menos, polémica. La disertación había corrido a cargo del profesor y publicista don Pío Roa, famoso por su enfoque peculiar y heterodoxo de muchos temas de nuestra Guerra Civil. El título ya prometía: Del no es esto[1], al cambio de chaqueta. Ya digo, prometía bastante; tanto, que yo –riguroso por naturaleza- había decidido ocupar su hora paseando por el parque. No había regresado a Compostela para escuchar ocurrencias y broncas, sino para aprender algo de los especialistas serios.

     Como había quedado para comer con unos colegas de Castellar, de paladar menos exquisito que el mío para las conferencias, me tocó sufrir las secuelas de la de marras, en forma de extractos y comentarios, a los que procuré hacer oídos de mercader y dedicar toda mi atención a las vieiras rebozadas de mi plato y a los espléndidos ojos de la profesora granadina que se había agregado a nuestra mesa, sin saber de cierto en donde se metía. Pero el hombre propone y…:

-          El tío podrá ser borde y mal intencionado, pero lo que es, informado está un rato. ¿Te acuerdas de cómo le respondió a Julito Valdosón? Vamos, que lo dejó planchado. 

-          Poco imaginaba Julio que Roa conocía tan de cerca a los personajes castellarenses de aquella época.

-          Por cierto, Lorenzo, que uno de los casos que recordó fue el de un pariente tuyo…

-          … Y el del testamento del alcalde Fontana.

     Sin duda, estaban tirándome de la lengua; así que, con cierto esfuerzo para contenerme, les repliqué:

-          No hay forma más sutil de ser injusto que la de hacer comparaciones odiosas, metiendo a todos en el mismo saco. Por lo demás, rectificar es de sabios y arrepentirse, de santos. Eso es lo que tendríais que hacer vosotros, que os estáis perdiendo unas vieiras de muerte por unos crustáceos que son todo cáscara.

     La conversación cambió de rumbo y pude llegar al final del almuerzo sin una excesiva secreción de bilis. Me disponía a retirarme para la siesta, cuando la bella granadina me abordó:

-          Te invito a una copa… La verdad es que tengo que preguntarte algo.

-          Que sea una copita de chinchón. Ello te dará derecho a formular tres preguntas –bromeé-.

-          Con una me conformo.

     Como ya sospechaba, la cuestión tenía que ver con los supuestos voltafaccia[2] a que se había aludido durante la comida. Algo me inducía a creer en la buena fe de su curiosidad, pero la verdad es que yo seguía poco proclive a improvisar sobre un tema tan personal. Así que nos arrellanamos en un sofá y, tras el primer sorbo de anís, rectifiqué mi primitiva oferta:

-          Amiga Carmen, permite que sea yo quien protagonice ahora un voltafaccia, mucho más indiscutible que los que te traen a mal traer. No voy a despachar en dos palabras, y bajo los efectos de un bien regado banquete, episodios tan complejos y dolorosos, como aquellos por los que preguntas. Tiempo habrá de meditar sobre ellos y -¿quién sabe?- de puntualizar y tratar de explicarlos. Entre tanto, ya que no con respuestas, te pagaré la invitación con un cuento.

-          ¿Un cuento?, inquirió Carmen, entre la curiosidad y la decepción.

-          Bueno, un cuento de historiador; es decir, de los que tienen nueve partes de verdad y una de fantasía. Como el caso se ha reabierto no hace mucho, y en los Estados Unidos, no creo que lo conozcas. En todo caso, coincidirás conmigo en que tiene bastante que ver con los episodios españoles de tu interés, y por más de un concepto.

-          Está bien, docto profesor, puede usted comenzar cuando guste.

***

     Érase una vez un país muy lejano, en que hace muchísimo tiempo hubo una terrible guerra civil. Y, entre tantos energúmenos y arribistas como participaron en ella, había un sabio y ponderado militar, un tanto viejo para aquella época, que tenía el  ánimo dividido. Su mente y su conveniencia le llevaban a encabezar un bando, mientras su corazón y sus próximos lo impulsaban a dirigir el otro. Al fin, ganó el corazón, pero aquel general se puso una condición a sí mismo: luchar con honor y sin odio, para poder volver a hermanarse con todos sus compatriotas, tan pronto concluyera la guerra.

     Supo llevar tan a rajatabla su compromiso, que personificó uno de los más asombrosos ejemplos en la vida militar: ser querido y obedecido a cierra ojos por los suyos y contar con el respeto y el temor reverencial de sus enemigos. Finalmente, llegó a personificar cuanto de respetable y honroso hubo en quienes lucharon en aquella contienda, larga y sangrienta, que al cabo le tocó perder.

     Aquellos americanos debían ser menos crueles que nosotros, los españoles de muchos años después. Menos crueles, pero igualmente sádicos y estúpidos. Quiero decir que respetaron la vida del héroe vencido, pero lo trataron como a un apestado y, entre otras sanciones, le privaron de su nacionalidad, condenándole a la apatridia, a menos que jurase fidelidad y apoyo a las normas que habían dado lugar a la contienda civil y contra las que él había luchado con todo su valor y ciencia.

     Una vez más, hubieron de enfrentarse en su ánimo fuerzas y valores opuestos, mas ahora su corazón no tenía motivos para domeñar su mente: desde el fondo de aquel, sentía que, acabada la guerra, era llegada la hora de la verdadera paz y la concordia. Es de suponer que muchos tratarían de disuadirlo de suscribir formalmente el juramento para la amnistía. Fue en vano. Acudió prontamente ante el notario público y suscribió con letra amplia y clara el documento, que probaba ante el mundo que las furias de la posguerra no harían presa en él.

-          Aleccionador, en verdad –comentó Carmen, confundiendo mi pausa con el final del relato-, aunque no muy similar a los casos que esta mañana se comentaron.

-          Espera a conocer el final de mi historia, pues pienso que todavía nos falta lo mejor y más curioso de ella.

 

 

2.  El veredicto de la Historia


     Has de saber –proseguí- que, contra lo que habría sido de esperar, los vencedores no airearon aquel juramento de fidelidad, tal vez, prefiriendo, al baldón de la renuncia, el placer de una más cumplida venganza. El hecho es que sepultaron la solicitud de amnistía del general en los registros públicos y aquella simbólica firma pasó al olvido. En consecuencia, el héroe fue durante lo poco que le quedaba de vida un extranjero para su patria. El orgullo lo impulsó a no preguntar nunca por el destino de su pública promesa, ni a reclamar las legítimas consecuencias de la misma.

     Afortunadamente para el país, si no para él, el respeto al hombre primó sobre la rigurosa observancia de la ley. Quiere decirse que, disponiendo de inclinación y experiencia, aceptó el rectorado de un modesto –aunque histórico- colegio superior en las inmediaciones de su domicilio. Durante los cinco años que lo rigió, instiló en su espíritu tales dosis de diálogo armonioso y de democrática desenvoltura, que lo convirtió en una institución modélica de enseñanza. Todavía hoy, la Universidad que alumbró lleva ufana su nombre y procura seguir las normas y el ejemplo de quien, hace más de un siglo, la gobernó y en ella está enterrado.

     Ahora sí que podemos dar por acabado en cuento. Pero, antes del colorín colorado, permite que saque de la chistera un final todavía más feliz, al menos, desde el punto de vista de un historiador. Sucedió hace pocos años, cuando uno de esos ratones de bibliotecas y registros, desempolvó en los archivos centrales de la capital de la Nación el famoso documento, firmado por el general, más de cien años antes. ¡Oh maravillosa sorpresa! ¿Llegó a tanto la reverencia a su signatario, que los escamoteadores no se atrevieron a destruirlo? ¿O será que, a la postre, todo fue obra de la incuria de un empleado negligente, o de un pudoroso azar? Bien, como es lógico, el historiador, más contento que unas castañuelas, publicó el hallazgo e hizo pasar aquella oscurecida hoja de papel a los honores de una vitrina de relevancia.

     Cinco años más tarde, una comitiva de políticos dudosamente dignos de honrar al héroe recorría las estancias universitarias de su Universidad. El Presidente de la Nación pronunciaba en loor del gran general un breve discurso, para ofrendarle la concesión por el Senado de aquella nacionalidad perdida ciento diez años atrás. El narrador imagina la estatua funeraria esbozando una sonrisa, irónica y ligeramente despectiva, al contestar a tan oportunistas ditirambos:

-          Señor Presidente, yo soy un gran americano, no por obra y gracia de los políticos, sino por el veredicto de la Historia.

***

-          Amigo narrador, este cuento no paga tu deuda conmigo –protestó Carmen-, ni aunque me tengas la amabilidad de poner nombre a su noble protagonista.

-          Tal vez, una vez en casa, me atreva a rendir tributo a tu curiosidad y a la memoria de mis deudos. En cuanto a la identidad de nuestro héroe, te diré que su espíritu late en toda persona que diga con verdad, al concluir una guerra civil, que es deber de todos el unirse en la restauración del país y el restablecimiento de la paz y la armonía[3]… Y no creo que puedas pedirme más a cambio de una copita de chinchón.

 
 



 

 



[1]  “No es esto, no es esto”, severa crítica de Ortega y Gasset a los radicalismos de ciertos partidarios de la II República española, en un artículo publicado en la revista Crisol del 9 de septiembre de 1931. Pasa por ser el primer paso atrás famoso de un prócer, partidario inicialmente del advenimiento de la República en España.
[2]  Vocablo italiano de uso universal (tal cual, o en su versión francesa volte face), empleado para designar los cambios radicales y rápidos en la forma de pensar o de actuar.
[3]  Seré menos circunspecto con mis lectores, que el profesor Lorenzo Vidarte con su bella colega granadina. El protagonista de su cuento es sin duda el general estadounidense Robert Edward Lee (1807-1870). Su juramento de amnistía lleva fecha de 2 de octubre de 1865. El documento reapareció en 1970. La recuperación plena de la nacionalidad  por el General se produjo en 1975.

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