jueves, 27 de diciembre de 2012

CANDELARIA, LA BIBLIOTECARIA




Candelaria, la bibliotecaria



Por Federico Bello Landrove

 

     En su visita sentimental a la ciudad de sus orígenes, una bibliotecaria afectada por el mal de nuestro tiempo (la desaparición del libro clásico) y los nuevos enfoques de su profesión, hallará imprevistamente el modelo para el futuro en una persona de poca cultura, pero de alta sensibilidad y valor: su propia abuela.

 

1.  De sueños...



-          Entre el cambio de cama y el cambio de hora, me voy a pasar la noche de turbio en turbio.

 

     Por segunda vez, se levantó y dirigiose al cuarto de baño para tomar una ducha templada. De camino, en la penumbrosa claridad que proyectaba la lámpara de pie, se vio reflejada en el espejo de medio cuerpo, con ostentosa moldura de purpurina y escayola. El pijama azul satinado, como el cielo abrileño que había dejado al partir, moteaba con sus mínimos estampados de hortensias la silueta menuda y frágil de aquella chica, con la treintena ya cumplida, por aquello de que lo aseveraba el calendario. Facciones regulares, óvalo rematado por un cabello corto y rebelde que -¡no se entere nadie!- se había teñido de castaño claro para venir. Aretes de oro con chispas de brillantes...

 

-          ¡Rayos! A ver si va a ser eso lo que me incomoda. Por más que la almohada se hunde como flan de huevo y todo lo absorbe.

 

     Deja los pendientes sobre el cristal de la cómoda, sonríe dulcemente a la imagen de sí misma y reanuda pausadamente el viaje al baño, desabotonando torpemente la chaqueta de noche, mientras le llega de la habitación contigua el inequívoco hervor de los ronquidos de un durmiente. ¡Quién pudiera!, susurra, pero le brotan los símiles:

 

-          La viva imagen de dos mundos: esta tierra, que no acaba de despertar, y la mía, que apenas descansar le dejan.

 

     Hace correr, con prudente suavidad, el agua, hasta mediar la tina y se concede el insólito regalo de un baño tibio. Cierra los ojos y queda traspuesta, acunada con el ronroneo de su propia voz, cada vez más baja y lenta:

 

-          ... Y eso que no he notado tanta diferencia. Claro, esta es una ciudad bastante grande y se vive más el progreso. Por otra parte, la Dictadura acabó y ahora andan construyendo la tan traída y llevada democracia. Eso que no sé si estarán sufriendo un sarampión de libertades mal entendidas, pues la falta de educación campa por sus respetos: ruidosos, prepotentes, groseros. Para muestra, el camarero de la cafetería: me tuve que dirigir yo a él, no contestó a mi saludo y casi me tira el café por la rebeca. ¡Y todavía se quedó el tipo gruñendo, porque le recogí hasta el último centavo de las vueltas! Ya lo decía mamá...

 

     En su imaginario, cada vez más revuelto, se funden la chaquetilla del mesero y el rostro de la madre, tal y como ella lucía de hermosa cuando la bañista era niña. Le parece escuchar su voz: Tierra seca y dura, con la gente más adusta que imaginarse pueda. ¡Si hasta los comerciantes parecen hacer un favor cuando te atienden! La saca del acúfeno el sabor untuoso del agua con jabón. ¡Pues no se ha ido relajando hasta sufrir una involuntaria aguadilla!

 

     Se alza, tosiendo, y seca su cuerpo con una toalla rasposa, que hace honor a la villa que la ha visto enjugar. Decide aprovechar el sopor y corre hacia el lecho, como Dios la trajo al mundo, y se envuelve en la ropa de cama, como una croqueta de húmedos cabellos. La recorre un grato escalofrío. Nueve meses de invierno y tres de infierno. Otra vez la voz de su madre, con el fondo ronroneante y ondulatorio de los ronquidos del huésped anejo.

 

***

 

     Un recepcionista de cara borrosa lee y relee su pasaporte estrellado, repitiendo con retintín, una y otra vez, palabras que parecen no tener sentido para él: bibliotecología, senadora académica, profesora del área de... Ella, más joven que ahora, agarra el documento y forcejea terne con el hostelero, quizá porque tiene la impresión de que esté ridiculizándola, y acaban por deshojarlo a tirones. Las páginas caen y caen a un suelo sin fondo, mientras trata infructuosamente de recogerlas. Su mamá intenta ayudarla, pero es en vano. De pronto, la recepción del hotel se ha transformado en la gran sala de lectura de la Fundación Enrique Lapaix. Los anaqueles se vuelven blandos, como los relojes dalinianos, y los libros adoptan las posiciones más absurdas, en equilibrio inestable. Wellington, su auxiliar, intenta a toda prisa digitalizar los ejemplares más valiosos, gritando ¡preservación, preservación!  El Presidente Villares asoma su cara amarillenta por una puerta, con rictus de disgusto, como si le echase en cara el tremendo desaguisado.

 

     Se abre por completo el techo de la estancia, cual si de una inmensa claraboya se tratara, y penetran por ella las ramas de las ceibas, desde las que polícromas psitácidas extienden picos y garras, devorando glotonas los tejuelos. En la rama más alta, un tribunal de sesudos catedráticos, con rostros familiares que es incapaz de identificar, la convocan para pasar examen, con un fondo de encerado en que está escrito: Evolucionar para no extinguirse. Ella se encarama hasta las alturas con risa incontenible. ¡Pues menuda evolución! ¡Transformación desde los cimientos!

 

     Se despierta entre jadeos, pero no de hilaridad, sino medio asfixiada con la manta. Desde la oscuridad le siguen llegando imágenes oníricas, que trata de ordenar y entender racionalmente. Pero no quiere despertar: ¡dormir, dormir!, a ser posible con un sueño menos agotador. La fosforescencia del reloj en la mesilla parece hipnotizarla. Aguza el oído: lo último que le llega es el tiro de una cisterna en plena noche. ¡Este país de ruido!

 

     La breve catarata se convierte en un río, con barcas entre la corriente y arbustos punzantes en sus orillas. En la barca, su mamá cía sofocada, procurando evitar el ser engullida por la pesquera, aquella artificial cascada de la que le hablaba, cuando niña. Un nadador se agarra a los remos y empuja el esquife a favor de corriente. ¡El nadador lleva bata blanca y tiene la cara de papá! Desde las sombras, ella ayuda a su madre, que avanza ineluctablemente hacia el salto de agua, cada vez más ominoso y profundo. La barca se vuelve un pequeño yate, desde cuya encristalada ventana, mamá grita sin voz, rehén del miedo. En su torno, revolotean coleópteros, moteados y brillantes, que se posan sobre su vestido, convirtiéndose en gotitas de sangre. El ruido del vórtice espanta los escarabajos, hasta convertirlos en flores de lis sobre el papel pintado del dormitorio. Sudorosa y angustiada, llega trastabillando hasta las cortinas y alza la persiana:

 

-          ¡La terrible cascada era el camión de la basura! 

 

     Oprime la frente contra el cristal, para absorber el frescor de la noche. La cabeza le sigue naufragando en el río junto al que su madre adolescente paseaba al atardecer o se dejaba llevar de brazos varoniles, que bogaban inexpertos. Por mucha impericia, ¡cuánto mejor que los que la transportaron al Nuevo Mundo, a aquel lujuriante solar de mi tristeza, como ella ha escrito para todas las mujeres, de ese Mundo y de todos!

 

     Se da cuenta de que está desnuda y se tapa con el terciopelo verde del cortinón. Menos mal que su ámbito permanece a oscuras, pues un trío de noctámbulos se recorta frente a la frontera fachada de Correos. ¡Qué más da! Sigue sintiéndose desnuda: frente a los hombres y ante sí misma. Un simple sueño está a punto de hacerle llorar; un rasgo la ha traído de vuelta al pasado. Dicen de ella que es dulce y débil. ¡Y un cuerno! En sus manos y en sus labios habitan las almas de muchas personas a las que no puede fallar, pues en ese frágil vaso de su pecho radican la memoria y la palabra.

 

     Retorna al lecho, iluminada por la luz ictérica de las farolas al amanecer. Suenan seis campanadas en un reloj de torre. ¡Sí, señor!, la memoria y la palabra, aunque –sonríe- tal vez suene un poco rimbombante la doble aposición, escritora y poeta, que le han endosado en el directorio de antiguas alumnas de su colegio.

 

-          Si mamá levantara la cabeza…

 

     Lo que es ella la reclina dulcemente en el flan de huevo y, por fin, duerme en paz.

 

 

2.  …Y de realidades




     Carmen, su amiga del alma, se lo había encarecido: Saluda de mi parte al Ayuntamiento y a mi casa en la calle del Jabón.

 

     El encargo, si es un perro, la come. Era salir del hotel y darse de narices con un lateral del Consistorio. Sin aún desayunar, se plantó en la Plaza Mayor, destartalada y fría, y se quedó mirando de hito en hito aquel atildado edificio de ladrillo y caliza, en cuya única torre empingorotada moraba el reloj que había atormentado su insomnio. Despreció la solemne entrada principal, custodiada por los municipales, y lo contorneó por una calle lateral, parcialmente asoportalada, sin decidirse entre conceder prioridad a su amiga, o a los olorosos tejeringos. Finalmente, triunfó el estómago y, con este bien fornido, se coló por el portón frontero de la Casa del Cabildo, con la pretensión de alcanzar la solemne escalera principal y aquel imponente salón de sesiones, que tantas cosas nefandas había albergado. De pronto, diose de manos a boca con un rótulo familiar:

 

Biblioteca Pública Municipal

 

     Entró, por deformación profesional. Mejor dicho, entreabrió la puerta, para recibir el sofión que se estilaba en aquella laureada ciudad:

 

-          ¡Está cerrado hasta las diez!

 

     Se armó de valor:

 

-          Perdón, no se trata una lectora. Solo soy una colega.

 

     Avanzó con decisión hasta la gran mesa, de madera sin desbastar, de la que debía haber brotado el cronométrico exabrupto. Una empleada de uniforme la miraba expectante.

 

-          ¿Qué tal? Soy una bibliotecaria de Panamá que está de paso y quería saludar…

-          ¡Don Matías!, aquí esta señora, que viene a verlo.

 

     Don Matías bajó a tierra, desde cuarto peldaño de una escalera de mano, con un libro azul, que posó en la mesa de lectura más próxima. Tras las gafas de montura metálica, sus ojillos azules y cansados parecían amistosos. Con todo, la forastera tiró de carné profesional. El anfitrión ojeó el documento y la miró, curioso:

 

-          Candelaria Pérez. ¡Qué casualidad! ¿No será usted oriunda de Castellar?

-          Tengo…, he tenido familia por acá, pero no sé…

-          Me refiero a una señora, que falleció hace unos meses. ¿Se acuerda, Visi?

-          Claro, Candelaria la Bibliotecaria.

 

     Cande negó con el gesto y apoyó verbalmente:

 

-          No, no. Que yo sepa, soy la primera en la familia dedicada a los libros…, o a lo que las modernas técnicas están dejando de ellos.

 

     Don Matías sonrió. La invitó a tomar asiento. La tal Visi bufó ostensiblemente, como quien dice: ya está el abuelo con sus batallitas.

 

-          Sucedió hace muchos años, poco después de nuestra guerra civil; ya sabe, la de los años treinta. Los alcaldes socialistas de aquel entonces habían dotado y ampliado a modo esta biblioteca municipal. Con los desórdenes del Alzamiento, mucho se perdió, un poco a lo loco y sin fundamento. Pero en el cuarenta y dos, o el cuarenta y tres, nombraron bibliotecario a un sujeto de Falange, muy leído y escribido, del que decían que había estudiado en Italia. Yo era entonces un chiquillo, hijo de viuda de guerra de las buenas –es decir, del bando ganador-. El caso es que nos pasamos tres días expurgando la biblioteca y colocando en montones los libros a eliminar. Acabada la innoble tarea, el jefe nos encargó: id metiendo todo eso en sacos, que vendrán por ello los de Auxilio Social para calentarse. ¡Yo qué sé la de fardos que de aquí saldrían! Lo que sí me consta fue el número de los que se libraron: treinta y dos. ¿Sabe usted cómo?

-         

-          Pues gracias a Candelaria. Ella, por supuesto, no era bibliotecaria, sino una de las limpiadoras de esta casa, que se ocupaba precisamente de la librería. Me vería espabilado, o reservado. El caso es que me hizo quedar unas cuantas tardes y, entre ella y yo, pasamos esos treinta y dos sacos al sótano de los muebles arrumbados. Con mi hermosa letra inglesa los rotulé Discursos del Caudillo y los coloqué en lo más recóndito de la dependencia, rogando a Dios que no los vieran los hombres y los perdonasen los ratones. Parecerá una pillería, pero pudo costarnos el cuello: no sabe usted cómo las gastaban entonces.

-          Algo he oído, sí señor. Pero, ¿por qué cree que la limpiadora se la jugó tan limpiamente?, si me permite el juego de palabras.

-          No me lo dijo, hasta que se jubiló. Matías, hijo, acuérdate de lo que tú ya sabes. Es lo menos que podemos hacer por los libros que educaron a mi hija y a tantos otros hijos de los pobres. ¿Qué le parece? Hasta entonces yo no sabía que tuviera hijos. Claro, hablábamos muy poco, como si el secreto compartido nos distanciase. Creo que la chica marchó para América y no volvió…

 

     Don Matías pareció convertirse en estatua de sal, de tanto volver la vista atrás. Cande se levantó, le apretó suavemente el antebrazo por toda despedida y salió. Al pasar junto al libro azul trató de leer al descuido su título, en letras doradas, pero no le fue posible por exceso de fluencia acuosa de procedencia glandular. No hay como ser hija de médico para disimular ciertas cosas.

 

***

 


-          Vaya, vaya, abuelita, qué callado te lo tenías. Yo, pontificando sobre la insoportable levedad del libro y tú con treinta y dos sacos a costillas. Ahora que lo pienso, como mis años. No, si es que, a este paso, a fuerza de coincidencias, acabaré encontrando acá el sentido y la medida de mi vida.

 

     Se echa a reír, jocunda y acuosa. Una señora, hasta entonces oculta tras un ciprés, le muestra una cara larga y ceñuda.  Cande se besa los dedos y los posa en la lápida. Camina ligera y decidida, buscando la salida, que se le aparece cada vez más evidente y cercana.

 

 

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