viernes, 19 de octubre de 2012

DE MANIQUÍES Y DE HOMBRES


 

De maniquíes y de hombres

Por Federico Bello Landrove

 

     Galatea, Coppelia o Pinocho obtuvieron la vida como el más preciado don que podían alcanzarles sus creadores. Pero ¿es la vida humana verdaderamente el bien más grande? El protagonista de este cuento fantástico ma non troppo quizá tenga algo que aducir al respecto.

 
 
 

1.      Una inclinación muy especial

 

      Y conste que no me refiero a la leve curvatura del tronco hacia el lado izquierdo, que padecía Florencio desde aquella operación tan arriesgada, en que le habían extraído una bala, alojada junto a la quinta vértebra dorsal. Eso había sido cinco años atrás, durante un atraco que, en su condición de policía, Floro había tratado de impedir. Lejos de mí la torpe manía de jugar con las palabras en burla de aquel buen hombre, a quien ya conocí en su desempeño, casi por caridad, como vigilante nocturno de los grandes almacenes El Encanto Británico. Era yo, a la sazón, subdirector de recursos humanos y me comentó el caso el jefe de personal, medio en serio, medio en broma:

-          Chico, nos lo han impuesto desde arriba. El presidente del consejo le debía un favor. Resulta que su mujer pasaba en aquel momento por la calle y él, pues, la tiró al suelo y evitó que la alcanzaran los disparos.

-          ¿A qué demonios te refieres, Pedro? No sé de qué hablas.

-          De un vigilante nocturno que nos han colado de matute en la plantilla, sin proceso de selección ni pertenecer a la empresa de vigilancia con la que trabajamos. Claro que tiene una ventaja en esta época de gobierno socialista.

-          ¿Tiene carnet del PSOE?

-          No lo sé, pero, desde luego, manifiesta una evidente inclinación hacia la izquierda.

     Mi colega soltó una risotada y desapareció acto seguido del despacho sin explicar el motivo jocoso. Hube de cerciorarme por mí mismo, cuando conocí a Floro meses después, una tarde que me quedé trabajando hasta las once. Estaba él haciendo la primera ronda nocturna y tuvo la gentileza de acompañarme hasta la salida. Una vez fuera, me volví para contemplar discretamente su tendencia hacia la izquierda. Se entretenía colocando más airosamente el sombrero a una maniquí[1] del escaparate de ropa y objetos de playa. Me pareció llamativo aunque, después de todo, hay gente maniática, por no hablar de los –afortunadamente infrecuentes- que aman el trabajo, más allá de especialidades y parcelaciones.

     Así pues, quede claro que la inclinación muy especial del vigilante no era para mí la de su columna, sino la que manifestaba hacia los maniquíes y su indumentaria.

     Tal vez, si no hubiese sido por el episodio del escaparate, yo habría estado tan desorientado como los demás empleados de El Encanto. Todo empezó por vagas referencias a alteraciones nocturnas sin mayor importancia. Un maniquí de edad, apareció sentado en un butacón de la sección de muebles. Luego, una jovencita de fibra de carbono, bastante descocada, apareció con un hermoso fular fucsia en torno al cuello. Las botas altas de otra fueron trocadas por un par de espectaculares manolos de aguja. Un caballero inanimado, con porte de marinero, cambió su gorra de plato por una boina que hubiera envidiado el mismísimo Shanti Andía.

     Diseñadores y escaparatistas empezaron a sentirse molestos por esa reiterada conducta, que juzgaban fruto de la broma o la malevolencia de otros compañeros. La cosa, además, iba en aumento, pues la mano fantasma ya no se privaba de colocar los maniquíes en lugares o posturas diferentes, o de alterar la composición de las escenas de las grandes vitrinas. Y lo cierto era que –como Sagrario, la jefa de imagen, tenía que reconocer- el criterio del perturbador era más acertado desde todos los puntos de vista.

     Las quejas llegaron, como es inevitable, a la sección de recursos humanos y, de forma igualmente inexorable, mi jefe me la encasquetó, con el pretexto de que tenía que hacer un viaje a la Selva Negra. En el fondo, no me importó, pues creía tener una pista para llegar hasta el duendecillo nocturno. Y ustedes saben muy bien por qué.

 

 

2.  Los motivos del fantasma

 

      Para evitar rumores y paliar fiascos, eludí citar a Florencio en mi despacho e hice como si tuviera que quedarme a trabajar hasta tarde. Luego, como quien no quiere la cosa, pegué la hebra con él y saqué el tema de soslayo:

-          Me he retrasado estudiando un pedido de maniquíes de fibra de vidrio y resina, de última generación.

-          No sabía que ese tema pudiera corresponder a su departamento, replicó Floro, intentando mostrar indiferencia.

-          Pues ahí está el detalle. Los maniquíes no son lo mío, pero los temas de seguridad laboral sí que me tocan. Le explico. Las casas de alta costura, que exponen en nuestras secciones de moda de caballero y de señora, están empeñadas en lucir sus modelos en el mayor número de maniquíes posible. En cambio, los empleados se quejan de que tales modelos ocupan demasiado espacio libre, entorpecen la marcha por los pasillos y parecen animar a los niños a sobar su vestuario. ¿Qué le parece?

-          Me parece que las quejas son completamente infundadas. Claro que, para evitar problemas, habría que superar la rutina de colocar los maniquíes siempre de pie y por los pasillos. Y, desde luego, habría que recordar a los padres el deber que sobre ellos pesa, de controlar a sus hijos y correr con los gastos que originen sus desperfectos.

     Parecía que le hubiesen dado cuerda. Pero, no contento con la perorata, me tomó firmemente del brazo y condujo hasta la segunda planta, sección de ropa de señora, división de grandes marcas. Como en un ejercicio de ballet, fue tomando en sus brazos las maniquíes, acariciando su cintura, flexionando tiernamente sus rodillas, ahuecando sus corpiños o rectificando sus tablas. Los sombreros adquirían graciosas desviaciones; los bolsos parecían flotar entre los dedos, en un tierno escorzo. Hasta los zapatos parecían echarse a bailar, como las zapatillas rojas del cuento. Y, lo que era más llamativo: ¡las maniquíes parecían sonreír y flotar, gráciles, nimbadas por la suave iluminación nocturna, con el rictus sutil de unas nuevas giocondas!

     Entre tanto, pasillos interiores y ánditos quedaban libres de estorbo, mientras las figuras tomaban asiento en los mostradores, erguían su silueta junto a las estanterías o caminaban decididas hacia los probadores. Floro me hizo volver a la realidad, alzando la voz con decisión:

  -    Y, ahora, una pareja de hermosas azafatas en la embocadura de la escalera  mecánica, posición ideal para asegurar a los clientes el ramo de la sección a la que acceden.

     Un poco sobrecogido por la penumbra ambiente y la belleza casi vital de las maniquíes, hice por recordar lo que me tenía, allí y entonces, pendiente de la confesión de culpa de Floro. En tal sentido, ya había hablado bastante. Lo corté, con cierta dulzura:

-          Por su aluvión de ideas, deduzco que, algunas noches, las pueda haber puesto usted en práctica, sin advertir de ello a la jefa de escaparatistas…

     El interpelado bajó los ojos y no contestó nada. Entendiendo el silencio como consentimiento, proseguí:

-          Tiene usted unas excelentes ideas que, incluso, parecen agradar a los propios interesados, quiero decir, los maniquíes. No obstante, a partir de ahora, las sugerencias las presentará usted a Sagrario, la jefa de estas cuestiones. Es una mujer sensible y receptiva. Seguro que aprueba muchas de ellas. Eso sí, prométame no volver a tomar iniciativas sin previa consulta.

     Florentino suspiró, miró hacia las maniquíes y repuso:

-          ¡Qué remedio!

     Siendo tan respetuoso como él era, colegí de la salida de tono lo mucho que le importaban sus inmóviles amigos. Poco antes, yo habría tomado tal cosa como signo de locura. Aquella noche me pareció, simplemente, un exceso de sensibilidad.

***

     Tenía cierta aprensión a que las relaciones entre Sagrario y Floro fuesen conflictivas. Por eso, puse a aquella en antecedentes de lo prometido y le doré la píldora. La jefa de imagen resultó encantadora en su trato:

-          No tenga el menor cuidado, don Luis –me dijo-. Si hay algo que me gusta, es alguien ilusionado y con ideas para mi trabajo. Además, el señor Floro tiene todo mi respeto, después de lo que ha tenido que pasar.

     Crucé los dedos y me dije: Ojalá siga pensando igual dentro de un par de meses.

     Muchas novedades se produjeron durante ese intervalo de tiempo. Los maniquíes aparecían en los sitios más insospechados y las actitudes más informales. Cambiaban constantemente de vestimenta y de compañía. Se confundían con las personas o las interpelaban desde su silencio. Lucían nombre sobre sus prendas y descansaban los días festivos. Al recorrer el edificio, me preguntaba si no habría que ponerlos en nómina, cumplir con ellos la legislación laboral y -¡horror!- darles cursos de formación o de reciclaje. Pero Sagrario parecía encantada:

-          No le diré que no haya habido alguna queja entre las chicas, con tantas idas y venidas, tanta consideración, tanto cambio. En cambio, ¡están tan contentos los muñecos!

-          ¿Qué me dice, Sagrario? ¿No estará usted también perdiendo la cabeza por esos pedazos de fibra de vidrio o de poliestireno?

-          Si esa es su opinión sobre mi trabajo, don Luis, no puedo por menos de decirle que lo tomo como desconsideración y falta de sentimientos.

     ¡Pues no le asomaban unas lagrimitas a esa tonta del bote! No tuve más remedio que disculparme y cambiar de conversación. Una sospecha empezaba a dominarme:

-          ¿Y qué tal las relaciones con el vigilante? Yo seré un poco bruto, pero él me parece que se pasa con sus requerimientos maniqueos [2].

-          Un poco, quizá. Supongo que tendrá sus razones.

-          ¿Fetichismo, tal vez? Quiero decir que le dé por esos bellezones de fábrica, a falta de señoras que lo tomen en serio.

-          Huy, no señor. Para empezar, trata por un igual a todos los maniquíes, hombres, mujeres o niños. Y, en lo relativo a sus relaciones con las mujeres, no creo que, pese a su limitación física, tenga ningún problema de aceptación. Yo pienso que el punto de Florencio viene justo por lo contrario.

-          ¿Qué quiere decir?

-          Pues que está tan harto de las cosas de esta vida, que valora mucho más las otras vidas, como él dice. Y es que para Floro, animales, plantas y objetos, todo es uno y tiene su propia alma.

-          ¡Cáspita! ¿Y cómo es que le da por los maniquíes y no por los muebles o los lápices de labios? Seguro que los sujetadores también tienen su corazoncito.

-          Ahí sí que no puedo contestarle, don Luis. No sería extraño que a Florencio le resultara más fácil identificarse con un maniquí de melena rubia, con medidas 90-60-90, que con una olla a presión. ¿No le pasaría a usted lo mismo?

 

 

3.  Floro y su otra vida

 

     Estábamos a primeros de noviembre. La buena de Sagrario andaba por la sección de caza y pesca, cuando me la tropecé. Se puso un poco colorada.

-          No le voy a engañar. Estoy buscando algo para Florencio, que el día 7 es su santo.

-          ¿Es cazador?

-          No, pescador. Quizás un buen carrete…

-          Tenga cuidado, Sagrario, no sea que con tales aparejos, se le ocurra pescar una novia de primera.

-          ¡Jesús, don Luis! ¡Qué socarrón es usted! Lo cierto es que estoy un poco preocupada por él últimamente.

-          ¿Se le ha roto algún maniquí?

-          Por ahí van los tiros. Andan diciendo los otros vigilantes de noche que si acaricia a los muñecos y hasta habla con ellos.

-          ¡Bah! Seguro que son paparruchas. Con eso de que entró por recomendación, los de plantilla de la empresa Segurola lo ponen en ridículo en cuanto pueden.

-          Ojalá sea solo eso. Está como ido. Con decirle que ya ni me manda notas…

     Así quedó la cosa. A veces, me maldigo, pensando que, con mayor perspicacia e interés, podría haber evitado lo que vino inmediatamente. Claro que ignoro si Floro hubiese aprobado mi ingerencia.

***

     El día 7 de noviembre, un chillido agudísimo resonó en la segunda planta, a eso de las ocho de la mañana. En torno a Sagrario, se fueron congregando las compañeras de la sección de ropa femenina quienes, en más o en menos, hacían coro a sus gritos y lamentos. Algunas perdieron el conocimiento. No era para menos.

     Apoyado ligeramente en un mostrador, pasando los brazos por los hombros de dos esculturales maniquíes, estaba Floro, con una sonrisa beatífica y la mirada  perdida en el horizonte. Bueno, estar, lo que se dice estar, no estaba. En fin, quiero decir que Florencio Arenales y Lozano se había convertido en una especie de maniquí.

     Como es natural, tratándose del mundo real, la cuestión no se resolvió sin intervención de la Justicia, como en los cuentos, ballets y mitos clásicos. ¡Qué sería de los narradores serios, si no pudiésemos apoyarnos en una buena autopsia! En consecuencia, hubo que llamar al juzgado de guardia que, como primera providencia, acordó la actuación del médico forense. Su dictamen fue del todo científico y clarificador. He aquí sus conclusiones, en lo esencial:

     El difunto Florencio Arenales y Lozano, varón, de unos 40 años de edad, fue objeto de un completo proceso de plastinación[3] por el procedimiento de la silicona a temperatura ambiente. Dicha operación se realizó sin signos externos de violencia, lo que permite suponer que, o bien el sujeto había fallecido previamente, o bien se le plastinó con su inicial consentimiento y ulterior pérdida de consciencia. La perfecta conservación y limpieza del cadáver plastinado hace suponer que el procedimiento haya concluido en fecha muy próxima a la de la autopsia, aunque la falta de precedentes en la práctica forense hace imposible fijar el día exacto. De ser ciertas las manifestaciones de los testigos, en el sentido de que el señor Arenales estaba vivo en la noche del 6 al 7 del corriente mes, la plastinación se habría realizado con tal rapidez, que resulta científicamente imposible explicar su plena eficacia.

     El resto de las diligencias judiciales generó el suficiente incordio en todos nosotros, como para justificar la queja destemplada del gerente de El Encanto Británico:

-          ¿Por qué no se le ocurriría a ese merluzo convertirse en maniquí de madera, con lo fácil que arde?

-          Hombre, don Matías –le amonestó el jefe de personal, con ironía no muy bien encajada-, nuestra empresa se ha caracterizado siempre por emplear los métodos más modernos.

     Moderno o no, el cadáver momificado de Florencio fue incinerado en la intimidad, una vez el juez instructor hubo dado su autorización. Al día siguiente, en sentida manifestación de duelo, todos los maniquíes de El Encanto lucían sobre sus ropas un luctuoso lazo negro. Al percatarme de ello, busqué a Sagrario y le dije:

-          ¡Qué hermoso detalle han tenido ustedes para con Florencio! ¡Y tan propio! Seguro que a él le habría encantado.

     La jefa de imagen bajó los ojos, se me aproximó hasta posar sus labios en mi oreja diestra y balbuceó:

-          Por Dios, don Luis, guárdeme el secreto. Ni yo, ni ninguna de las chicas hemos tenido nada que ver con esa iniciativa.

     Le guardé el secreto, por supuesto. Hasta ahora.

 

 

 

 

 



[1]  Con arreglo al vigente Diccionario de la Real Academia, los maniquíes humanos tienen sexo (evidenciado por el artículo), pero no así los inanimados. No obstante, me tomo la licencia de dar a estos también género, por motivos que se harán evidentes a lo largo del relato. ¡Pecados peores hay!
[2]  Nueva licencia del autor –esta, imperdonable-. Hago uso indebido del adjetivo maniqueo como relativo o concerniente a los maniquíes. La verdad es que Sagrario me entendió perfectamente.
[3]  Les remito a ustedes a Internet, por ejemplo, para ulteriores aclaraciones sobre este proceso de conservación de cadáveres, principalmente para fines docentes. Y rechazo por adelantado toda crítica de crudeza o de mal gusto: la verdad, ante todo.

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