viernes, 22 de julio de 2011

LA TAQUIGRAFÍA DE LA EMOCIÓN

La taquigrafía de la emoción

Por Federico Bello Landrove

     Si, como aseveraba Newton, él avanzaba en el conocimiento científico subiéndose a hombros de gigantes, no veo la razón por la que no podamos construir nuevas ficciones tomando como punto de partida las de los grandes literatos, hasta desarrollar los sentimientos y reflexiones que en nosotros producen. Este es un modestísimo ensayo mío, sobre la Sonata a Kreutzer (1889) de León Tolstói.



    1.   Un libro y dos viajeros

           Habiendo nacido en la época de los trenes a vapor y viajado con botijo, gallinas en jaula y fiambrera de filetes y tortilla, me permitirán que manifieste mis reticencias hacia estos sus nietos de alta velocidad, alimentados con electricidad, de vagones diáfanos y deslumbradores. Aunque, tal vez como contrapartida, los usuarios –antaño participativos y dialogantes- deciden aislarse de los demás viajeros con ordenadores, mini-equipos musicales y espantosos teléfonos móviles.

           Por lo expuesto, me produjo una reconfortante mezcla de sorpresa y atavismo oír la voz de mi compañera de asiento, quien, a poco de arrancar el convoy de la estación de S., me decía:

      -          Mmm, la Sonata a Kreutzer. No es poca cosa este libro.

           Efectivamente, sobre mi mesita abatible, yacía un ejemplar de esa novela, con una portada tan vehementemente colorida, que no me extrañó provocase el inesperado comentario. Apenas volví cortésmente el rostro hacia mi vecina de plaza y, casi sin pensar, repuse:

      -           Aunque el viaje no es largo, en algo hay que entretener el tiempo.

          Ambos permanecimos en silencio, circunstancia que aproveché para fijarme, de reojo, en la señora. Edad, como de unos cincuenta; bien vestida; discreto perfume; físico de matrona, sin excesos; rostro agradable, por no decir, francamente bello. Sobre su mesita, un bolso marrón de tamaño mediano y un pen-drive con curioso dibujo de lirios negros sobre fondo blanco. Para completar la descripción, un breve equipaje consistente en una maleta pequeña (que yo le había ayudado a subir al portaequipajes) y una bolsa de papel grueso con distintivo de una conocida librería de nuestra ciudad.

           El silencio duró lo bastante, como para hacerse notar, pero no tanto, como para entender cortado el hilo de la conversación. Mi compañera volvió a la carga:

      -          He creído captar un cierto desdén en su comentario anterior acerca de la novela.

      -          ¿En qué sentido?

      -          En lo de considerarla un entretenimiento de viaje un tanto casual.

      -          ¡Oh, no quería molestar al señor Tolstói! Y, después de todo, no es pequeño homenaje exhibir su libro, con esa cubierta tan abigarrada…

      -          …Aunque no sea, precisamente, la mejor de sus traducciones. Pero permítame que me presente, Celia del Amo.

      -          Joaquín Romero. Encantado.

           Como era de prever por el comentario sobre la traducción, doña Celia resultó ser profesora de Literatura en uno de los Institutos de S. Durante unos minutos, nuestra charla derivó por los caminos trillados de la problemática educativa. Noté que no le agradaba mucho esa materia, así que volví sobre la Sonata, dando un giro al tema:

      -          No sé si sabe que la relación entre música y literatura tuvo en este caso un excepcional recorrido de ida y vuelta. Es probable que Beethoven ejerciera algún influjo sobre Tolstói, pero de lo que no cabe duda es de que el novelista ruso, a su vez, fue decisivo en el cuarteto de cuerdas de Janáček, también conocido como Sonata a Kreutzer.

           Celia debía ser mucho mejor conocedora de la escritura que de la música, pues mostró sorpresa y me permitió explayarme sobre un tema que conozco bien, por ser un estudioso de la vida del compositor moravo[1]. Mas, tan pronto le informé de que Kamila, la amada de Janáček, mostraba escaso interés por la música y despotricaba cada vez que el músico ensayaba al armonio por las noches, la profesora de literatura se desligó del ejemplo y volvió sobre Tolstói y la Sonata beethoveniana, aseverando:

      -          Siempre hay excepciones en eso de la música y el corazón, pero creo que el escritor ruso estaba en lo cierto cuando afirmó que la música es la taquigrafía de la emoción; en el caso de su novela, del amor.

           Como quiera que mostrase mi escepticismo a este respecto, llegando hasta sostener que tal mensaje podría ser tolstoyano, pero no deducirse de su Sonata, Celia me miró muy seria, con sus vivísimos ojos negros, y me confió:

      -          Si estuviese segura de contar con su discreción, no me importaría apoyar la tesis con un ejemplo que me ha tocado muy de cerca y que explica mi viaje a V. Pero, ahora que caigo, siendo usted un profesional del foro, no habrá dejado de enterarse del caso de Leticia Riesco.

      -          ¿La última víctima en S. de la  llamada violencia de género?

      -          En efecto. Era compañera y buena amiga mía. En cierto modo, un caso no muy diferente del de la señora Pozdnishev [2].

      -          Pues no tenía ni idea de la similitud. Y eso que –confidencia por confidencia- llevé durante una guardia los primeros momentos del caso.

      -          Siendo así, no hay ninguna razón para que, como en el fondo deseo, no le revele las intimidades de aquel terrible suceso. En lo relativo a Leticia, usted está obligado a hacer un uso estrictamente profesional de los datos. Y, en lo que a mí concierne, tendría merecido convertirme en el hazmerreír de mis conocidos.

      -          No así, Celia, no así. Sé guardar un secreto y agradecer la confianza y el placer de escuchar una buena historia.



        2.   Vida y muerte de Leticia Riesco

               Ha de saber usted –comenzó Celia su relato- que Leticia pasó su infancia y juventud en la ciudad de V., donde había nacido. Allí continúa viviendo su familia y, desde luego, en V. estudió la carrera de Historia y conoció a Alfredo, nombre ficticio que usaré para no revelar su identidad, dado que ignoro si él aprobaría, o no, mis confidencias.

               Cuando yo coincidí con Leticia en el Instituto, hace cosa de diez años, ambas teníamos tras de nosotras, como puede suponerse, nuestra vida sentimental ya hecha, con sus alegrías y sus miserias. La mía no viene al caso. Sólo le diré que, por buenas o no tan buenas razones, era y sigo soltera, circunstancia que parece invitar a la sociedad y la sana envidia de las malcasadas, como con Leticia vine a comprobar.

               Ella, en cambio, tenía marido y tres hijos. Nada traslucía que fuese desgraciada. Los chicos, ya mayores, estaban escolarizados en nuestro Instituto y contaban entre los alumnos más destacados. En cuanto al esposo, nos era totalmente desconocido, toda vez que trabajaba –como usted, sin duda, sabe- en una fábrica de harinas, a bastantes kilómetros de la capital de la provincia, y jamás asistía a las pocas comidas y reuniones informales que celebrábamos los profesores colegas de su mujer.

               Hubo de ser el cambio de impresiones acerca de la marcha académica de uno de sus hijos, el origen de la revelación del drama familiar de Leticia y de su ulterior confianza hacia mi persona. Yo era a la sazón tutora de su hijo mediano y había percibido últimamente un notable descenso de su rendimiento y cierto desprecio hacia su madre.  Preferí tratar con ella la cuestión fuera del Instituto y quedamos citadas en una cafetería, en la que sería la primera de una serie de entrevistas, que cimentaron entre nosotras una buena amistad.

               No necesité de mucha psicología para lograr que me descubriese el fondo de la cuestión. Su marido era un caso típico de complejo de inferioridad hacia su mujer. Dotado de menores cualidades intelectuales que ella y en posición socialmente inferior por razón de su trabajo, había pasado la primera etapa de su matrimonio en una ambivalente relación de adoración y desprecio hacia su esposa, inicialmente larvada por la presencia de los hijos y por cierto temor a la reacción de Leticia. Mas, una vez que los hijos fueron creciendo y desmadrándose –en el sentido natural del término-, y qué él constató que su esposa no tomaba medidas drásticas ante sus desplantes, fue aumentando la animadversión, hasta desembocar en lo que ahora se denomina maltrato psicológico, y que, entre ellos, implicaba celos, sentimiento posesivo, menoscabo.

          -          Y, curiosamente –me adujo Leticia-, la ambivalencia sigue existiendo. De cara a los de fuera, me pondera hasta el ditirambo y dice ser dichoso con tan sólo estar a mi lado. Pero, dentro de casa, me critica constantemente y todo su empeño es el cerrarme cada vez más las ventanas al exterior.

               En fin, no descartaré –aunque ella nada me dijo- que pudiese haber habido ya malos tratos de obra. En todo caso, lo que acababa de acaecer en aquel entonces era que la celotipia, enfermiza y, por lo que yo sé, injustificada, había desembocado en conminación a que abandonase el trabajo de profesora que, según él, Leticia aprovechaba para flirtear con alumnos y compañeros, y para hacerle de menos, con su superioridad económica y profesional. Por primera vez en su vida en común, ella se había resistido y la tensión familiar subsiguiente no había dejado de causar su efecto nocivo en los hijos, utilizados por el marido como ariete para derribar su negativa.

               Ignoro qué me impulsó a implicarme en aquella disputa, primero, sirviendo a Leticia de compañía y paño de lágrimas, después, aconsejándole resistir y aún separarse, por su bien y, bien mirado, por el de sus hijos. La consecuencia no se hizo esperar, en forma de desapego hacia mí del hijo que había tomado el partido de su padre, y de éste mismo, que me hizo una escena a la salida del Instituto, de la que le ahorraré los detalles, pero que motivó que lo considerase un energúmeno capaz de todo, si no se ponía freno eficazmente a sus arranques violentos.

               La situación que fría y escuetamente le he descrito, duró todo un curso. Hace cosa de cinco años, al volver de vacaciones de verano, el director nos informó de que Leticia no se incorporaría a las clases, ya que había pedido la excedencia, por razones médicas. No puede menos de exclamar al oírlo: ¡y un cuerno! Serafín, el jefe de estudios, me llamó a capítulo aparte:

          -          Celia, por favor, no seas tan impulsiva. Muchos sabemos lo que realmente pasa, pero creo que lo mejor que podemos hacer por Leticia es aceptar su decisión y no interferir en su vida.

               Le contesté que dudaba mucho de que tal cosa fuese lo mejor que un compañero o una amiga pudieran hacer por ella, pero lo cierto es que lo dejé estar y me limité a llamarla por teléfono y ponerme a su disposición para lo que necesitara. Ella se echó a llorar, me dio las gracias entrecortadamente y colgó. Desde entonces, hola y adiós por la calle y nada más. El marido, a partir de esa época, monopolizó las relaciones con los profesores de sus hijos. Felizmente para mí, no me volvió a tocar darles clase. En más de una ocasión llegue a sospechar que en secretaría manipulaban la atribución de grupos, a tal fin.

          ***

                Con semejante preámbulo, no le extrañará que alucinase cuando una tarde, en mayo hará dos años, recibí en el móvil un mensaje de Leticia, citándome para tomar café en la misma cafetería de antaño. Sospeché, incluso, una maniobra de su marido, por lo que la llamé directamente. Me contestó:

          -          Perdona que me limitara a mandarte un mensaje de texto, pero es que me daba un poco de vergüenza llamarte, sin más, después de tres años. Mañana te explico.

               ¡Vaya si se explicó! Para empezar, me reveló la existencia del así llamado Alfredo, que completaba, de forma muy importante, el rompecabezas del pasado de Leticia. En resumen, resultaba que el tal había sido novio de ella en la Universidad y, por unas u otras razones, se habían distanciado, incluso físicamente, de manera que –como ella decía- sólo dos tontos, o dos tipos que se creen muy listos, pueden ser tan ciegos para la felicidad y tan obstinados en el fracaso. Según parece, el chico hizo Medicina y sacó plaza en un hospital de Granada. Luego, total ignorancia de su vida, hasta que apareció por V., ciudad natal de Leticia y de él, casado y con dos niños. De Leticia, qué le voy a contar que usted ya no sepa. Sí puede ser interesante reseñar que, por lo que ella me relató, coincidieron una vez en V. con sus respectivos cónyuges e hijos, y habían ido a tomar unas cervezas a un aguaducho del parque, mientras las criaturas campaban a sus anchas. Luego, en casa y como lo más normal, Leticia había comentado a su marido que ella y Alfredo habían tonteado muchos años atrás, y aquél le había hecho una escena de campeonato. ¿Quién sabe si la imagen de aquel médico, prestigioso y de buen ver –decía Leticia- no habría alimentado los incipientes celos, más allá de toda lógica?

               Pero lo más llamativo de todo, era que el tal Alfredo había salido del baúl de los recuerdos, año y pico antes de nuestra cita, con una carta de felicitación navideña y un humilde obsequio adjunto. La carta, que Leticia me hizo leer, era poco más que un bla-bla-blá sobre el pasado, las familias respectivas y demás lugares comunes. Vamos, una vulgar felicitación de Pascuas, muy superficial, pero con una carga de profundidad que hizo blanco en la pobre exprofesora, sumergida en la más absoluta y tolerada miseria: el digestólogo –con perdón- se había divorciado hacía un par de años, una vez que su ruinoso matrimonio ya no servía de amparo y hogar a sus hijos, hechos y derechos. Pero, aunque la carta tuviera segundas intenciones y llegase en un momento propicio, Leticia no le prestó mucha atención: de hecho, ni la contestó, por más que la guardara –según me dijo- en el tomo segundo del Manual de Aguado Bleye, a la altura del retrato ecuestre de don Juan José de Austria, de Ribera.

               En fin, amigo Joaquín (¿me permitirá considerarle tal?), que la misiva, mal que le pese a la literatura, no tuvo consecuencias. ¡Pero el anejo! ¡Este humilde pen-drive que tiene ante sus ojos! ¡Ese sí que realizó la eficaz labor de zapa y derribo, que la música es capaz de consumar en los corazones más reticentes! Y aquí enlazamos con la Sonata a Kreutzer. Pero vamos por orden, que ya dicen mis alumnos que, cuando me embalo, no hay quien me siga.

               Pues bien, esta coqueta memoria portátil era introducida en la carta de marras con una escueta posdata: No sé qué regalarte, que sea mínimo y de valor meramente sentimental. Se me ocurre que unas cuantas canciones de nuestra época pueden resultar apropiadas. De hecho, yo las escucho con gran frecuencia y me ayudan a recordar.

               No diré yo que sean unas cuantas canciones, sino varios cientos de ellas, apenas ordenadas, de los más diversos géneros y procedencias, sin cebarse en lo romántico o sentimentaloide. Desde luego, en la carpeta de “música clásica”, figura el primer movimiento de la beethoveniana Sonata a Kreutzer, por Ughi y Sawallisch, es decir, por dos caballeros, para que no digan que Tolstói mueve los hilos.

               A partir de ese momento, Leticia me confesó que la audición de aquella música llenó su vida. Llegó a aprender de memoria el orden de piezas e intérpretes. Se pertrechó de los artilugios electrónicos precisos para escuchar, en todo momento y circunstancia, las notas con las que su propia y libre personalidad volvía a su interior y se adueñaba de su ser. No vamos a negar que el pasado vivido y el futuro posible con Alfredo ayudasen a tan notable transformación. Pero, por encima de todo, Leticia había conseguido con la música, con su música, el valor, la decisión y la fuerza para afirmarse y, desde ahí, cambiar o, quien sabe, volver atrás.

               La tarde que vivimos juntas, me hizo resumen de sus propósitos: separarse de su marido; explicarse y ofrecerse a sus hijos; reanudar los lazos con su familia y amigos; volver a ejercer la enseñanza. Todo ello, sin descartar la marcha a otra ciudad para ella menos conflictiva, o enlazar el futuro con el pasado, aunque fuera vano intento repetirlo. Lo que más me hizo creer en ella, fue la despedida. Me dijo:

          -          ¿Sabes una cosa, Celia? He llegado a pensar que dependo en exceso de este pen-drive, que la música se está convirtiendo en una droga. Toma, quédatelo. Después de todo, la selección es muy buena y tenemos, más o menos, la misma edad.

               El resto es historia y usted la conoce perfectamente. Incapaz de aceptar la situación, el marido, ese miserable Pozdnishev II [3], la fue a buscar a la puerta del Instituto y le seccionó la yugular. Hace de ello seis meses y aún están ustedes remoloneando con la tramitación del asunto.

          ***

               Eludí cualquier excusa o explicación y salí por una tangente propicia:

          -          Celia, usted me dijo al principio que este viaje suyo tenía que ver con el pen-drive obsequiado a Leticia por Alfredo. ¿En qué sentido, si se me permite preguntarlo?

          -          Suponía que él estaría al corriente de la muerte de Leticia y podría querer conservar algo suyo. Le escribí hace quince días, armándome de valor, y le hice saber, sin detalles escabrosos, lo mucho que su música había significado para ella. Nos hemos citado en la estación de V. que, por cierto, no está ya lejos. Es curioso: como no nos conocemos, hemos quedado en el andén y le he dado una referencia –y señaló la bolsa de la librería, junto a su maleta-.

               La siguiente media hora pasó muy lenta, sin una palabra, como si ya nos hubiésemos dicho todo lo que podía honestamente expresarse. Yo, como quizás ustedes, empezaba a sospechar que Celia tuviese en el viaje otros intereses que el de la mera devolución de la memoria portátil. Llegando a V., al aminorar la velocidad del tren, con el pretexto de despedirme y ayudarla con su pequeño equipaje, la acompañé hasta la puerta del vagón y, a la desenfilada, miré arriba y abajo, mientras Celia avanzaba, paraba, soltaba el equipaje. El andén estaba desierto y así permaneció hasta que el tren arrancó, y yo con él, camino de su estación de término.



              





          [1] Leoš Janáček (1854-1928), sobre cuya peripecia vital amenazo con fantasear algún día no lejano.
          [2] La protagonista de la Sonata a Kreutzer tolstoyana.
          [3]  Recordar la nota 2. Se trata del apellido del uxoricida de la Sonata a Kreutzer.

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