viernes, 27 de mayo de 2011

EL DECIMONONO ESCALÓN


Por Federico Bello Landrove

     Comienzo enfatizando: Abstenerse de este cuento quienes no hayan leído El Aleph de Jorge Luis Borges (1899-1986).  Subsanada tan imperdonable falta, estarán en condiciones de seguir este relato policiaco, por el que van desfilando figuras tales, como “Silvia” Canto, Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo y el propio Borges. Al final, de la historia brotará, con aplastante e irrespetuosa lógica, la enésima interpretación del que se dice el cuento más famoso del siglo XX, cuyo manuscrito –por cierto- obra en la Biblioteca Nacional de España.


1. Las diligencias policiales

     A los treinta y dos minutos de iniciado el registro del domicilio de la escritora Silvia Canto, el inspector de policía Céspedes llamó la atención del comisario de segunda, Corrientes, que dirigía la diligencia:

-          Comisario, ¿puede venir un momento? Creo que he encontrado algo interesante.

     Lo interesante era una cartulina roja, del tamaño de una tarjeta de visita, depositada en uno de los estantes de la boiserie del salón, bajo la peana del Premio Literario de la Municipalidad de Buenos Aires. El texto, cuidadosamente caligrafiado, era del tenor literal siguiente:


כּ
Devuelve al pueblo
lo que es suyo

    
     El comisario releyó y examinó cuidadosamente el documento. Seguidamente, mandó llamar a la señora de la casa, que mataba el nerviosismo cocinando unos ravioli.

-          Señora Canto, ¿estaba esto aquí antes de que los ladrones allanaran el piso, ayer por la tarde?
-          Desde luego que no, respondió la interpelada, enrojeciendo por momentos.
-          Entonces, ¿piensa usted que pueda ser un mensaje? ¿Le dice algo el texto?
-          Me dice que esos cabrones se han pasado de la raya –la voz era ronca y balbuciente la expresión-.
-          Luego, ¿los conoce o, al menos, supone de quiénes pueda tratarse?
-          Verá usted, no me cabe duda de que se trata de unos amigos muy bromistas, que me han dado un buen susto, hasta que he visto esta tarjeta y su anagrama escrito en ella. Así que ahora ya no tiene sentido su intervención. Me disculpo ante ustedes y retiro la denuncia.
-          Pero señora, aunque se trate de conocidos y no se hayan llevado nada, no dejan de haber forzado su casa y entrado en ella en su ausencia y sin su permiso.
-          No le digo que esté bien lo que han hecho pero, a fin de cuentas, yo no les habría negado el acceso, de haberme encontrado presente. Así que todo se reduce a un palanquetazo en la puerta de entrada que ha causado unos pequeños daños, con los que correremos mi marido y yo. Por favor, olvidemos todo y no creemos una situación ridícula o molesta, dando a lo sucedido trascendencia judicial.
-          Está bien, señora. Por mí, el asunto queda concluso. Levantamos un atestado y usted declara y firma lo que acaba de decirme. Luego, que el fiscal decida. Seguramente, archivará el caso sin más trámites.

     Redactada que fue la relación de los hechos, la fuerza actuante regresó al coche-patrulla. Aún en el portal de la casa, Céspedes inquirió al comisario:

-          ¿Se ha creído usted todo eso de la bromita de los amigos?
-          Obviamente, no, pero el asunto carece de interés policiaco y, en último extremo, que decida el fiscal.
-          ¿Entonces, nosotros…?
-          Nosotros, no, amigo Céspedes: usted. Le confío la tarea de descifrar en lo posible el sentido del mensaje. Conozco al fiscal de guardia y estoy seguro de que querrá un informe detallado. Así que ya tiene trabajo para el fin de semana.

***

     El fiscal Edgardo Freiherr era un criollo de segunda generación. Alto, joven y bien parecido, conservaba de su herencia paterna los ojos azules, que clavó en el inspector Céspedes, una vez hubo leído el atestado Canto y el informe anejo, fruto del febril fin de semana del policía.

-          Así pues, doña Silvia no quiere seguir adelante con la denuncia.
-          Efectivamente, señoría.
-          ¿Y su marido?
-          ¿Su marido?, repitió Céspedes muy sorprendido. Pues no se lo preguntamos. De hecho, creo que no se encontraba en el domicilio cuando realizamos las diligencias.
-          Bueno –aflojó el fiscal-, supongo que será de la misma opinión que su señora. Por otra parte, es más que probable que la casa sea propiedad de ella.
-          Perdone, señor fiscal, ¿conoce usted al matrimonio?

     Edgardo se encogió de hombros. Seguidamente, resumió:

-          Pasando al informe, veo que no es muy concluyente. A fin de cuentas, no sabemos lo que buscaban los allanadores, ni sus motivos, ni su identidad. Lo más que ha sido usted capaz de precisar es que la señora Canto conocía a los ladrones y que estos creían obrar dentro de la justicia que supone recuperar algo con fines altruistas.
-          Efectivamente, señoría. Eso, y el sentido del signo כּ, que ha resultado ser una letra hebrea llamada caf o kaph, que suena como nuestra ce fuerte, o como la ka.
-          Ya. ¿Y qué cree que pinta esa letra hebrea en un mensaje en español?
-          Lo siento, señor fiscal, pero me ha sido imposible descifrarlo en tres o cuatro días. Si me encarga continuar con la investigación, tal vez podría…
-          Déjelo por ahora. A fin de cuentas, pienso archivar el asunto, pero no sin antes hacer algunas indagaciones, más por curiosidad, que por otra cosa.

     El pobre Céspedes se retiró un tanto corrido. De seguida, Freiherr tomó el teléfono y llamó a su colega Sismondi, que pasaba por el compañero más culto de la oficina. Y es que Edgardo tenía el pálpito de hallarse ante un asunto apasionante y oscuro, que bien merecía dedicarle un poco de tiempo, contando con la colaboración de alguien muy preparado y que pensara como él. Graciela Sismondi era, a tal fin, la persona indicada…, siempre que él no volviera a las andadas.



2. Estrechando el cerco

     La doctora Sismondi era una de las primeras mujeres fiscales en la República. Haciendo honor a su nombre, había pocas gracias que le faltaran. Un par de años atrás, Edgardo y ella habían flirteado durante un corto tiempo. Las cosas no habían llegado a mayores ante las reticencias de la doctora, poco proclive a iniciar el camino de un noviazgo comprometido, como Freiherr pretendía. Durante un periodo, Graciela marcó distancias; luego su colega había cedido en sus ímpetus y las relaciones entraron en un terreno de fría normalidad.

     Volviendo al presente, tan pronto apareció la fiscal por su despacho, Edgardo completó los datos básicos adelantados por teléfono y le entregó el dossier para su lectura. Una ojeada bastó –como en ella era habitual- para hacerse cargo del meollo del problema:

-          Supongo que sabes quién es Silvia Canto…
-          Desde luego que sí, Graciela. Una escritora de cierto renombre desde hace unos quince años, que mantuvo una peculiar relación de noviazgo con el gran Jorge Luis Borges.
-          Y también estarás enterado de sus ideas políticas y de su reciente evolución en la materia.
-          Creo que mantuvo una estrecha relación con el partido comunista, aunque más a nivel intelectual y periodístico que otra cosa…
-          Bueno, eso fue en sus años mozos, durante la dictadura peronista. Luego se ha ido distanciando del PC y actualmente no colabora personalmente con ellos.
-          O sea, que lo de devuelve al pueblo lo que es suyo podría aludir a las consecuencias de esa evolución hacia posturas menos proletarias.
-          Seguramente. Por otra parte, desde que el Barbas ha dado alas a sus correligionarios a nivel continental, los de nuestro país han radicalizado posturas y no me extrañaría que estuvieran empleando métodos expeditivos de acción directa, como allanamientos y demás.
-          Bien. Demos por sentado que ya tenemos, más o menos, autores y móvil. Pero ¿qué será lo que la Canto tenía que devolver al pueblo?
-          ¿Has comprobado que esté en lo cierto el policía informante y que el símbolo que preside la tarjeta sea la letra caf?
-          Sin duda. Mis abuelos eran de religión judía y conozco bien el alfabeto hebreo y su significado numérico y místico.
-          Perfecto, pero dejemos eso por ahora. A primera vista, el fonema ka es el inicial, tanto de comunistas, como de Canto, pero no creo esté ahí la clave de su empleo.
-          ¿Entonces?
-          Escrito caf, no me dice nada, pero como kaph, ya es otra cosa. ¿No te recuerda nada relacionado con Borges y Canto?
-          No sé. Ahora mismo no caigo.
-          Pues a mí me trae la resonancia del famoso cuento El Áleph[1]. ¿No es también el nombre de una letra hebrea?
-          Por supuesto, pero ¿qué sentido tendría que la Canto poseyera una letra hebrea, o el mundo imaginario que Borges denominó con ella?
-          Pues el de que el autor enamorado dedicó a su corazoncito el cuento y le regaló el manuscrito del relato, que sin duda valdrá un dineral, caso de querer venderlo.

     La tesis de Graciela era verosímil y ajustada a los datos con que los dos fiscales contaban, pero su confirmación exigía conectar sin lugar a dudas el cuento y a Silvia Canto con la letra kaph, y no de cualquier manera, sino en términos de correlación directa y plena. Algo que exigía, sin duda, ampliar los hechos conocidos hasta entonces. De entrada, descartaron tomar nueva declaración a la Canto ni –por descontado- a “la gran vaca sagrada de la literatura nacional” (expresión literal de la doctora Sismondi). Así que, utilizando una línea de mayor lógica y menor resistencia, Edgardo decidió empezar por el marido de Silvia Canto, a quien, después de todo, se le había marginado hasta ese momento de la investigación, pese a ser el señor de la casa. Aunque, en el fondo, eran otras las razones de la elección…

***

     Georges Moentack, el marido de la Canto, era todo un carácter. Alto, membrudo, de gestos firmes y voz de barítono, tenía tras de sí la leyenda, cierta, de haber pasado por Auschwitz. Silvia se había casado con él muchos años atrás, apenas rompió su relación con Borges, y parecía no haber tenido motivo de arrepentirse. Pero Moentack tenía nacionalidad belga y no se había preocupado nunca de adquirir la de su esposa y del país de su residencia. Así pues, aunque de manera implícita, Edgardo tenía una fuerte capacidad para presionarle. No obstante, comenzó por emplear los medios rutinarios para sacarle la información que precisaba.

-          Entonces, señor Moentack, comparte usted la opinión de su esposa, y renuncia a que investiguemos el allanamiento de su domicilio.
-          Por supuesto. No nos ha faltado nada; los daños fueron mínimos y ya los hemos reparado; finalmente, tenemos razones para suponer que se ha tratado de una broma de mal gusto, o de un malentendido.
-          ¿Quiénes son las personas conocidas a las que achacan ustedes semejante bromita?
-          Perdone, señor fiscal, pero preferiría no contestar a esa pregunta. Mi esposa…
-          ¡Ah, no, señor Moentack! Esta conversación, hasta cierto punto informal, puede convertirse en una investigación en regla, tan pronto me encuentre con obstáculos o reticencias. Así que responda a mis preguntas de forma sincera y satisfactoria. Y la primera es, precisamente, la que acabo de hacerle: ¿quiénes están detrás del asalto a su casa?

     El interpelado, con toda clase de reservas, dijo sospechar fundadamente de gente del partido comunista. No era la primera vez  que habían reclamado a su esposa la entrega de un objeto valioso que ella tenía como suyo, y que sus excompañeros de partido consideraban debía entregarles o, cuando menos, vender y aplicar el precio a lo que ellos denominaban “las necesidades del pueblo”.

-          ¿Qué motivos alegan los del PC para hacer esa reclamación a su esposa?
-          Eso no puedo aclarárselo, señor fiscal. Silvia me ha mantenido siempre al margen de sus problemas políticos. Dice que ya he sufrido bastante y que, como extranjero, debo abstenerme de toda intervención en tales cuestiones.
-          Está bien. Al menos, me dirá qué objeto o documento es el que ambicionan.
-          Desde luego. Se trata del manuscrito original del relato El Áleph.   

     Aquí, Moentack detalló a Freiherr los motivos de su ciencia. Durante una estancia como invitada en una universidad estadounidense, su esposa había recibido una buena oferta por el manuscrito. Silvia lo había consultado con Georges y este le había aconsejado no vender, dado que entonces no tenían problemas económicos y el documento podía ser un seguro para el porvenir. Incluso, había improvisado el argumento de que llegaría a ser mucho más valioso a la muerte de Borges. Un poco a regañadientes, la propietaria había rechazado la oferta. Poco después, habían comenzado las extorsiones del PC a propósito del documento, pues su esposa le había pedido que alquilara una caja de seguridad en un banco de La Plata para guardarlo en ella. Gracias a esa precaución, los allanadores del domicilio no habían tenido ninguna posibilidad de hacerse con el manuscrito.

     Edgardo decidió no cargar más sobre Moentack. De hecho, le prometió reserva de su conversación y de las notas tomadas de la misma,  y le despidió con estas amistosas palabras:

-          Y si sus amigos vuelven a embromarles, no duden en llamar a la policía o en venir a verme. Se están poniendo cada vez más broncos.

***

          Tras las revelaciones de Moentack, Edgardo y Graciela decidieron afianzar su conocimiento del caso, antes de tomar el toro por los cuernos e ir por los protagonistas de la historia. La familia materna de Freiherr estaba lejanamente emparentada con la madre de Borges, por parte de los Suárez, oriundos de Asturias. Así pues, procurando coincidir con las horas de trabajo del hijo, nuestro fiscal se presentó de improviso en casa de doña Leonor Acevedo y familia, con el pretexto de llevarle un obsequio que, supuestamente, había traído para ellos en un reciente viaje a España, aunque la realidad era que lo había adquirido en el Centro Asturiano de Buenos Aires.

-          Así que eres nieto de Felisa, y muy bien colocado, por lo que leo en tu tarjeta de visita.
-          En efecto.  Ya tenía muchas ganas de conocerla; de manera que acepté encantado el encargo de nuestros parientes asturianos, de traer a su hijo –famoso también allá- una gaita de la tierrina.
-          ¡Qué detalle, hijo, qué detalle! Le va a encantar a Georgie. ¿Tuviste que pagar mucho en la aduana?

     Edgardo estaba asombrado de la agudeza y vitalidad de su pariente. El Registro Civil decía que rebasaba ya los ochenta y cinco, pero su apariencia y conversación eran casi juveniles. Ella misma se encargó de servir el café, preparado por la famosísima mucama Fanny, y colocar la bombonera sobre el velador para que el fiscal cogiera…, aunque fue la mano de doña Leonor la que más viajó al recipiente de plata. De uno en otro, la conversación recayó en lo que Edgardo pretendía. Doña Leonor, desde luego, no tenía pelos en la lengua:

-          Silvia Canto, ¡uf! Mi hijo se libró de milagro. La verdad es que estaba enamoradísimo, pero Georgie siempre ha sido un entusiasta de las mujeres con cierto tono intelectual.
-         
-          Bueno, he de reconocer que la chica no estaba mal, pero sobre todo era joven y se dejaba querer.
-         
-          ¡Hombre, Edgardo!, claro que tenía algo más. Era bastante culta y servicial. Poco a poco fue convirtiéndose en imprescindible para Georgie. Y luego, estaba la endiablada política de entonces. Ya sabes lo mucho que se enfrentó mi hijo con los peronistas y lo mal que lo pasó, perdiendo el trabajo y todo eso. Ella era una extremista, pero “estaban en el mismo barco”, como decía Georgie. En fin, durante cinco años fueron uña y carne. Luego, de pronto, lo dejaron y ella se casó. Mi hijo lo pasó muy mal, pero en el fondo, creo que salió ganando.
-         
-          No, eso no. Supongo que Silvia se aprovecharía de la fama como escritor de Georgie, pero, por lo demás, la juzgo desinteresada. Por otra parte, en aquellos tiempos no nadábamos en la abundancia.
-         
-          ¡Ah!, te refieres a eso del cuento que mi hijo le regaló. No tengo ni idea de los detalles, pero supongo que lo hizo en gratitud por la inspiración, por pasárselo a máquina, o qué sé yo. Georgie ha trabajado muchas veces en común con otras personas, hombres y mujeres, y era bastante generoso, aunque más en lo espiritual que en lo económico. Suele decir que “un regalo material es fruto de la cuenta corriente; una atención personal es fruto del corazón”. Además –la anciana guiñó el ojo-, le tengo bastante controlada la plata.
-         
-          ¡No me digas! ¡El PC tras un manuscrito de Georgie! ¡Qué honor! En fin, no tengo ni idea del porqué, fuera del hecho conocido de que Silvia perteneció al partido y ya conoces su filosofía sobre la propiedad privada… Si quieres, puedo preguntarle a Georgie.
-         
-          De acuerdo, lo dejo en tus manos. De todas formas, le hablaré de tu visita. He estado encantada charlando contigo y así se lo haré saber a mi hijo, por si quieres entrevistarte con él más adelante. Ahora es todo un personaje, pero sigue siendo muy sencillo y, con lo de la ceguera, ¡está tan solo fuera de casa! Por cierto, le voy a enseñar la gaita sin decirle de qué se trata. A ver qué me dice que es cuando la palpe. En fin, querido, vuelve cuando quieras y mis saludos a tu abuela Felisa y a tu madre.

***

     Convinieron en que Graciela visitase a la curiosa pareja de escritores que formaban Silvina Ocampo y Adolfo Bioy-Casares, en su espléndido quíntuplex del centro de la urbe. Un año atrás, Silvina y Graciela habían coincidido en un acto solemne de la Confederación de Mujeres Feministas de la Nación y se habían caído bien. Aunque era una excelente escritora, Silvina había dado prueba de modestia al manifestar públicamente a Graciela su orgullo feminista por el hecho de que hubiera obtenido el número uno de su promoción. “Mujeres escritoras somos un montón; lo verdaderamente nuevo e importante es que empecemos a ocupar puestos de alto nivel en la función pública”. Graciela se había emocionado.

     Resultó que Silvia Canto no era santo de la devoción de Silvina. Era lista y eficaz, pero mentirosa y extremista. Al pobre Georgie le traía loco y, poco a poco, le iba llevando a su terreno, con el cuento del proletariado y toda esa bazofia. Al final le pidió demasiado y lo dejó plantado.

-          ¿Cómo que demasiado? Le pidió que le demostrase su hombría antes de casarse. No creo que sea tanto ni, dadas las circunstancias, tan extraño.
-          Hombre, Adolfito, no sabía que estabas en casa. Te presento a Graciela Sismondi, fiscal y una de las más valiosas asociadas de la Confederación Feminista.
-          Y, a más, muy atractiva, e interesada en Borges y esa medio chusma de Silvia Canto, por lo que veo.

     A partir de ese momento, los dos esposos mantuvieron indistintamente el coloquio con Graciela, que se las veía y deseaba para seguir su relampagueante ingenio y sus mordaces réplicas. En realidad, iba perdiendo interés por la conversación, en la medida en que Silvina y Adolfo se dedicaban a despellejar a Silvia y a interpretar subjetivamente El Áleph, más que a responder a sus preguntas de corte objetivo. Finalmente, decidió gozar del momento y dejar para más tarde la tarea de convertir en datos concretos aquellos maravillosos juegos florales. Dos horas más tarde, ya en su casa, redactó y pasó a limpio para Edgardo las notas que siguen. Poca cosa, para lo que esperaban obtener de los más íntimos amigos de Borges pero, en otros muchos aspectos, la entrevista había merecido la pena.


  • Silvia Canto se sentía inspiradora del cuento. Decía con frecuencia que el personaje de Beatriz Viterbo era ella misma, aunque Borges nunca lo confirmó a sus amigos. Silvina cree que no es preciso llegar a tanto para que Borges tuviera un gesto con ella. Después de todo, en 1945, nadie suponía que ni Borges ni este cuento llegaran tan alto.
  • Adolfito –con su lenguaje procaz- sostiene que Borges se encoñó con la Canto, de la forma casi platónica que solía. Cree que el Áleph tiene muchas posibilidades de ser la vagina de una mujer, a través de la cual surge la vida y se simboliza el Universo.
  • Dada la época en que le obsequió Borges el manuscrito, Silvina ve probable que mediara por parte de Silvia algún ofrecimiento de entrega del mismo al PC para financiarse. Silvia era “una mentirosa divina” y, bien por eso, bien por ulterior alejamiento político, debió de dejar al partido en la estacada, y de ahí lo de devolver al pueblo lo que es suyo.
  • En cuanto a la letra kaph, no creen que merezca la pena seguirle la pista. Según Bioy-Casares, el propio título de Áleph fue muy tardío (estaba previsto que el relato se titulase El Mihrab). De todas formas, sugiere que estudiemos el sentido cabalístico y mágico de la letra.
  • Por último –además de con una despedida a lo Hollywood-, Adolfito me obsequió con un acertijo: Mina, atención a los números, y no sólo a las letras. ¿Qué ordinal tenía el escalón donde se encontraba el Áleph?


3. La revelación

     Cuando más vueltas estaba dando a la forma de conectar amistosamente con la escritora Canto, recibí una llamada de su marido, recabando mi ayuda para afrontar una situación ominosa. Al parecer habían encontrado a un antiguo conocido del PC rondando por su casa, quien había tratado de ocultarse a su vista. Me faltó tiempo para asegurarle vigilancia policial y le anuncié mi visita para comprobar in situ su eficacia. En orden a lo primero, telefoneé al subcomisario Corrientes y le rogué que encargara el servicio a Céspedes, el inspector del famoso informe sobre la letra כּ. En cuanto a lo segundo, me puse en contacto con mi colega Sismondi y le ofrecí hacer la visita de consuno. Para mi sorpresa, Graciela replicó:

-          Prefiero no acompañarte, pues no me cae nada bien la literata. Si no te importa, me reservo para la entrevista con la vaca sagrada.

     Así pues, tres días más tarde, me encontraba en el salón de los Moentack-Canto, vis a vis con el matrimonio, entre aromas de café y promesas de protección plena. Me dio la impresión de que Silvia estaba relajada y locuaz; así que aproveché:

-          Cualquiera que sea la situación, saben que cuentan con mi pleno apoyo, pues nadie debe tomarse la justicia por su mano, aun suponiendo que esté de su parte. Pero me ayudaría mucho (y también a la policía) saber por qué el PC afirma tener algún derecho sobre el manuscrito.
-          Esa es una larga y hermosa historia, aunque con un final absurdo –repuso Silvia-.
-          Me encantan los relatos de amor y de misterio –le repliqué-. Además, la compañía y el café son excelentes.
-          O.K. Presten atención los dos, dado que Georges tampoco está muy al tanto del tema.


     Corría el año 1945. Borges y yo vivíamos los primeros tiempos de un particular noviazgo. Un día de otoño me anunció que estaba ultimando un cuento sobre un pequeño lugar que encerraba en sí todo el Universo. Me pareció una idea divertida, en especial, porque me dio a entender que tenía que ver con nosotros, o que yo era su inspiración. Poco después, empezó a leerme fragmentos del relato –que por entonces carecía de título- y a comentarlo conmigo. Finalmente, en el mes de julio, llevó el manuscrito completo a mi casa, realizamos algunas correcciones y yo lo pasé a máquina y lo llevé por encargo suyo a la revista que había de publicarlo. Fue entonces, a última hora, cuando insertó el epílogo, la dedicatoria y, en tinta roja, el título definitivo. Al volver de la redacción de Sur con el mandado hecho, Georgie me entregó el manuscrito y me dijo: “Guárdalo, querida, como su dueña y señora, y perdona que –por exigencias históricas y eufónicas- lo haya titulado El Áleph, cuando debió rubricarse La Kaph. Ese será nuestro secreto”.

-          ¿La CAF, Georgie? ¿Y qué demonios tiene que ver el cuento con la Confederación Argentina de Ferroviarios?

     Creo que Borges estuvo riéndose a carcajadas cosa de un par de minutos. Cuando recuperó la compostura, se sentó junto a mí, tomó mi mano derecha y me explicó:

-          Querida: la kaph a la que yo me refiero es la letra bíblica equivalente a nuestra ka. Como nombre, significa brazo, ala o mano abierta; como verbo, subyugar o doblegar. En la Cábala, implicaba la idea de realizar con la ayuda de Dios todo el potencial ínsito en el hombre, gracias al amor y la sumisión a la divinidad. Pero yo no he querido expresar nada de eso, con ser hermoso y exacto, sino reflejar tu mayor valor a mis ojos, dentro del concepto en que te tengo de la mujer fuerte de la Biblia, es decir, de la mujer perfecta o prototipo de todas las de su sexo.
-          Ya sabes, Georgie, que no soy nada religiosa. Así que, si no te explicas un poco mejor…
-          El capítulo 31 del Libro de los Proverbios enumera las cualidades que definen a la mujer fuerte. Cada versículo se inicia con una letra del alefato. El que corresponde a la letra kaph lleva el ordinal 20 y se traduce así: tiende sus palmas al desvalido y alarga la mano al menesteroso.
-          Vaya, vaya, así que mi amante rendido no encuentra en mí otra cualidad más digna de atractivo y sex appeal que la de ser solidaria y caritativa.
-          Por Dios, Silvia, no me malinterpretes. Eso no es lo que más que inclina a ti, sino lo que te encuentro de más peculiar en relación con las demás mujeres que conozco. Por otra parte, si repasas las cualidades que resaltan los Proverbios, verás que nada hay de físico, como no sea el trabajo duro y abnegado.

     Silvia calló durante unos momentos, como si paladeara sus recuerdos, o dejara que sus oyentes reposaran las emociones. Luego, prosiguió:

-          Por otra parte, añadió Georgie, has de observar que la mágica visión está en el escalón decimonono. ¿Y cuál es la decimonovena imagen que capto, según el orden de mi cuento? Pues, vi mi dormitorio sin nadie. Supongo que te traerá alguna reminiscencia algo más que meramente sentimental.

     En fin, querido Georges, amigo Edgardo, verán que durante casi veinte años -¡y los que vendrán!-, se ha estado elucubrando acerca del maravilloso relato de manera intelectual y totalmente equivocada. No es simplemente que yo sea Beatriz Viterbo, sino que la clave del cuento está en la trágica relación de amor, felicidad y sufrimiento de Borges con las mujeres, así como en su consideración de la mujer como la clave y resumen del mundo. Tal vez sus comentaristas habrían seguido la vía correcta, de leer y aplicar estos versos –mediocres, pero reveladores- de Georgie:

Aqueste da al poema belicosa armadura
de erudición; estotro le da pompas y galas.
Ambos baten en vano las ridículas alas.
Olvidaron cuitados el factor hermosura.

-          Pero la hermosura no es patrimonio exclusivo de las mujeres –acerté a replicar-. Y el propio Libro sagrado afirma que engañosa es la gracia, vana la belleza.
-          Eso, querido amigo, dígaselo a Georgie, quien bien recientemente, a la pregunta de un periodista sobre lo primero que querría ver ante sí, de poder recuperar la vista en plenitud, respondió: Me encantaría verme rodeado de mujeres hermosas, y jóvenes, por supuesto.
-          Bien. Todo lo que amablemente ha expuesto explica muchas cosas, pero sigue habiendo un vacío en lo referente a las reclamaciones del PC.
-          Supongo que yo hablaría con alguien del partido en lo referente al cuento. De otro modo, carecería de sentido el empleo por su parte en los anónimos de la letra kaph. Pero no soy capaz de llegar más allá. Piense que las absurdas exigencias de esa gentuza empezaron cuando me distancié de ellos, hace unos cinco años. Para entonces, El Áleph llevaba en mi poder más de una década. No sé qué comentario o indiscreción mía de antaño pudo tener tal repercusión, mucho tiempo después.

     Comprendí que habían concluido las revelaciones de Silvia, por más que resultara un poco absurda su perplejidad final: tal vez no quisiera reconocer paladinamente su indiscreción, o estuviera protegiendo a alguien. Así que, con toda cortesía, me levanté y despedí, con protestas de gratitud y ayuda. En el vestíbulo me crucé con el inspector Céspedes, quien me siguió hasta el ascensor. En el descenso, me dijo:

-          Señor fiscal, hemos localizado al individuo que rondaba por la casa. Se trata de un miembro del PC, apellidado Fontán, que dice ser un viejo conocido de la señora Canto.
-          Magnífico. Compruebe ese último extremo y cítelo en mi despacho para el próximo lunes, a las diez y media.

***

     Con las jugosas manifestaciones de Silvia Canto, el testimonio de Borges era poco más que de corroboración; confirmación necesaria, pues me rondaba por la cabeza la radical expresión de su colega y amiga, Silvina Ocampo, al tildarla de mentirosa divina. Por otra parte, Graciela no me habría perdonado la cancelación de la entrevista con la gran vaca sagrada de la literatura patria. Así que quedamos citados, vestimos nuestras mejores galas y nos presentamos en la Biblioteca Nacional, en la que Borges ocupaba por derecho propio el inmenso y penumbroso despacho del director.

     Relativamente alto y corpulento, impecablemente vestido, nos recibió con su cortesía y timidez acostumbradas. Su ligera tartamudez se puso de manifiesto cuando me dirigió la frase inicial, con la que pretendía romper el hielo:

-          Encantado, y muchas gracias por su loable esfuerzo para que me familiarice con la cornamusa.
-          Ha sido un placer, don Jorge; sólo que le aconsejo no tocarla en casa. La gaita es más apropiada para escucharla en medio de la pampa.

     Las humoradas dieron paso a los recuerdos de familia, en los que Graciela estaba un tanto perdida. Afortunadamente para ella, entramos enseguida en materia y –tal y como habíamos acordado- le fuimos planteando el tema a Borges en forma de relato seguido, esperando simplemente su afirmación o rechazo. El señor director siguió de manera atenta, aunque inexpresiva, la exposición. Apenas realizó comentarios o gestos. Sus ojos, casi sin vida, eran sólo dos sombras en la deliberada semioscuridad del despacho. Al concluir el relato al hilo de lo manifestado por la Canto, Borges se tomó unos buenos segundos y, como si midiera las palabras y los sentimientos, replicó con voz suave y monótona.

-          Tienen ustedes una muy notable y precisa referencia de la elaboración y del sentido del cuento, según lo que yo puedo recordar tantos años después. Me parece adivinar la mano de Silvia en la relevancia que se le concede en la gestación y el argumento, pero tampoco haré cuestión de ello. Tan sólo opino que hay otras varias mujeres reflejadas en la narración, en forma compleja y mistificada, pero desde luego ella fue entonces la más decisiva. Y subrayo, entonces.
-          ¿Quiere usted decir que, por las fechas de creación del relato, era ella quien estaba en una posición, digamos, preeminente? –preguntó Graciela-.
-          Sí y no. La respuesta a su pregunta, señorita, se encuentra en el epílogo del cuento. Lo que parecía hasta ahí “mi venganza”, se convierte en toda una filosofía de la duda y la diversidad. ¿Es el áleph verdadero o falso? ¿Hay, y ha habido, otros “álephes” en el mundo? ¿Es el olvido de las visiones mágicas una fatalidad positiva o nefasta? No sé si oficié de escéptico o de profeta, pero tal parece que hubiera concentrado en esos “dos o tres centímetros” mi experiencia personal pasada y futura. Por eso subrayo el entonces: porque no creo en una verdad absoluta o, si alguna vez he creído, la he olvidado. Y lo que afirmo del áleph, vale para la kaph, o para cualquier otro símbolo equivalente.
-          Quizás, respetado amigo –apostillé atrevidamente-, sí la haya encontrado, pero ha luchado usted por desprenderse de ella, no sé por qué miedo atávico a lo sobrenatural. En El Áleph, apunta a un olvido involuntario y como inexorable; pero en El Zahir, el narrador entrega deliberadamente la moneda maravillosa a un comerciante como parte de un pago, y en El libro de arena, abandona el libro de todos los libros en un rincón de la estantería. ¿Entonces, no merece la pena luchar por la sabiduría o, al menos, por la creación literaria?
-          ¡Ah, amigo Freiherr, qué preguntas para un hombre cansado y pasado ya el mediodía! ¿Hace un cafetito? Si algo bueno tiene la Biblioteca Nacional, es su servicio de cafetería.

     Un timbrazo pertinente, unos minutos de demora, y henos aquí compartiendo café y pastas con el gran literato. Este charlaba distendidamente y nos hacía grata la plática. Yo llegué a temer que Graciela le soltara lo de la vaca sagrada; pero fue Borges quien nos contó a su modo la luego conocida anécdota de esperar a su muerte para vender el manuscrito:

-          … Entonces le dije a Silvia: si yo fuera un caballero, ahora mismo me retiraría al cuarto y al momento sonaría un disparo. Y dirigiéndose a mí, añadió: Ya ve, Edgardo, que la literatura vale para algo. Eso, suponiendo que el manuscrito se venda y que yo sea verdaderamente un escritor.


4. La guinda y el epílogo

     Pasé el fin de semana, ayudado por Graciela, redactando un extenso informe sobre el caso, del que apenas una quintaesencia llegó a los autos. Ambos habíamos acordado que la versión extensa podía ser interesantísima para los aficionados a la literatura, pero completamente superflua –y aun inconveniente- para ser plasmada en el papel sellado. Hice tres copias del texto íntegro, una para cada uno de nosotros y la tercera decidimos entregarla cerrada a un notario de confianza, para ser abierta y depositada en la Biblioteca Nacional, así que pasaran cincuenta años. No digo que no quedaran cabos sueltos, pero El Áleph parecía haber tomado ante nuestros ojos un sentido muy diferente al de sus anteriores glosadores. Hasta Graciela se refería ahora a su autor respetuosamente (“Borges”) o con cierto apego (“Georgie”), y parecía haber olvidado su irónico y despectivo apelativo anterior de vaca sagrada.

     Hablando de flecos, quedaba la declaración del comunista merodeador, al que Céspedes había citado ante mí para el lunes. La doctora Sismondi declinó mi invitación de estar presente. Así que, tras un breve aparte con el citado inspector, para que efectivamente me confirmara que el declarante era conocido de Silvia y persona no peligrosa, le hice pasar. La guinda del pastel de áleph –quiere decirse, el relato del señor Fontán- fue, más o menos, la siguiente:

-          Me llamo Pablo Fontán y soy miembro del partido desde 1939 (supongo, señor fiscal, que le dirá algo la fecha). En un principio, me entregué a la causa y ocupé puestos de cierto nivel. Hacia 1945, conocí a Silvia Canto en la redacción del diario Orientación. Yo era bastante mayor que ella, pero congeniamos al momento. Una y otro teníamos una buena formación cultural y hablábamos de todo y sin tapujos, cosa que nunca se ha estilado en el partido. En particular, charlamos de su relación con Borges y todo eso. Yo había leído cosas de él y me resultaba chocante que Silvia se relacionara tanto con ese tipo. En fin, un día apareció ella por la redacción con unos papeles manuscritos, con abundantes correcciones. Me los enseñó en un aparte y me dijo que era el texto original de un cuento de Borges, que este le había dedicado y que a ella le gustaba mucho. Que Dios me perdone, pero a  mí, la verdad, no me pareció nada del otro mundo. Bueno, por decirle algo, le pregunté que a qué se debía tan particular obsequio y me contó que ella lo había inspirado, y tal y cual. Hubo una cosa que a ella le emocionó y que a mí se me quedó grabada: algo así como que Borges había destacado de ella su bondad y dedicación para con los trabajadores, los humildes, o por ahí. Vamos, algo que yo nunca hubiera esperado que a Borges le importara un bledo. En fin, pasaron los años. Silvia se fue distanciando de sus camaradas, se casó y dejó de ir por el periódico. Yo seguí en mis trece, aunque cada vez menos convencido y con menos mano en el partido. Y así las cosas, un día oí comentar en la redacción que no sé qué universidad americana le había ofrecido a Silvia un dineral por el manuscrito de marras. Desde luego, fue una indiscreción por mi parte, pero sin mala intención. Comenté lo del motivo del obsequio por parte de Borges y añadí algo así como: ya podía dar algo para los pobres, o a los compañeros del partido que la hizo grande ante los ojos del escritor. Y de ahí, señor fiscal, parece que han venido todas las macanas para la señora Canto; no inmediatamente, desde luego, sino cuando entraron a regir el partido los extremistas de obediencia cubana; ya sabe, los seguidores del Che, el Barbas y compañía…
-          De acuerdo, es suficiente, señor Fontán. Sólo un par de preguntas concretas y terminamos la declaración.
-          Usted dirá.
-          ¿Cómo llegaron a enterarse en el partido del signo כּ, que utilizaron en alguno de sus escritos amenazadores.
-          ¡Ah, la letra kaph! Silvia me contó todo lo que significaba en el cuento y la coincidencia de que fuera también la inicial de su apellido y del PC. Yo también debí de comentarlo entre camaradas y algunos de ellos decidirían aprovecharlo como símbolo de autenticidad, o algo semejante.
-          Bien, otra cosa. ¿Por qué andaba usted rondando la casa de Silvia Canto y, a la vez,  ocultándose de ella y de su marido?
-          Oí comentarios de compañeros sobre lo que les estaban haciendo (el allanamiento de su casa, semanas atrás); me sentí culpable y quise excusarme y ponerme a su disposición. Pero, al mismo tiempo, me daba vergüenza reconocer mi indiscreción. En fin, que ni para atrás, ni para adelante. Me porté como un colegial tímido rondando a su pibita.
-          De acuerdo, Fontán, voy a dejarle en libertad sin cargos, pero con una condición. Hablará usted con los mandos del partido y les disuadirá de seguir insistiendo. Puede decirles, de parte de la policía, que están en el punto de mira y que no se les ocurra desviarse ni un tanto así. Y, además, que el famoso manuscrito de la señora Canto está a buen recaudo en una dependencia pública muy vigilada. Supongo que eso será lo que más efecto les haga.
-          Descuide usted, señor fiscal, y gracias por la confianza. Pero que conste que haré cuanto esté en mi mano, no por mi libertad, sino en favor de la pobre Silvia.

***

     Un día a mediados de 1985, hallándome en mi despacho de fiscal jefe de Comodoro Rivadavia, recibí una sorprendente llamada de Graciela, para entonces fiscal en la Corte Suprema de la Nación.

-          Edgardo, qué bueno saludarte. ¿Como estás? Sí, ya sé que te casaste y que funges de jefe en Comodoro. Te llamo por si recibís ahí, en el culo del mundo, el diario Clarín. ¿Sí, y con cuántos días de retraso? Bueno, ahora en serio, lee a fondo la página siete, que seguro va a interesarte. Chao, un beso muy fuerte y si vienes por Buenos Aires, ya sabes que estoy deseando volverte a ver y conocer a tu señora.

     Me faltó tiempo para mandar por un ejemplar del diario bonaerense y abrirlo por la página indicada. ¡Ahí estaba! “El manuscrito de El Áleph vendido por 30.000 dólares a la Biblioteca Nacional de España”.

     Así que Silvia no había podido esperar a que Borges falleciera. Y nuestra Biblioteca Nacional no había encontrado treinta mil dólares para que una de las joyas bibliográficas del siglo XX se quedara en casa. Solté una de mis palabrotas favoritas y me levanté como un toro del asiento, dispuesto a comentar la noticia con mis colegas. Pero, al llegar a la puerta del despacho, me detuve dubitativo. España tenía las 21 páginas del cuento, pero yo tenía los doce folios de su interpretación auténtica y de su intrahistoria. Y esos folios seguían –y seguirían siempre- en territorio de la República, aunque fuera en la Patagonia. Lo que no quiere decir que yo sea patriotero ni egoísta. Muestra de ello es que hoy haya querido compartirlos con todos ustedes, ¡y gratis! …Aunque sean gallegos.
    



[1]  Respondiendo a la acentuación llana de la palabra áleph, decido emplear la tilde. Con ello, no pretendo enmendar la plana al autor del famoso cuento, ni a sus impresores, sino cumplir con las actuales reglas de acentuación de las letras mayúsculas.

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