sábado, 26 de marzo de 2011

El coleccionista

Por Federico Bello Landrove

     ¡Qué bien queda uno cuando recita improvisadamente algunas frases ingeniosas de otros pensadores! Pero todo tiene un precio. El narrador de este cuento lo pagó cuando se le ocurrió pensar acerca de lo que otros habían pensado.



Tal vez por la edad, tengo bastantes manías. Una de las más positivas es la de coleccionar frases ingeniosas. Aguzan mi capacidad de pensamiento y de crítica. Las tomo prestadas para provocar una sonrisa en los amigos y compañeros de trabajo. Me dan marchamo de erudito sin necesidad de conocer a fondo temas o personajes. Todo son ventajas; o lo eran hasta que, contra todas las leyes probabilísticas, empezó a caer sobre mi ajada memoria un chaparrón casi simultáneo de citas sobre el amor. Me referiré sólo a las tres que más me afectaron. Y me perdonarán ustedes que no haga publicidad de sus autores. En cualquier caso, les aseguro que –para mi desgracia- no soy yo su ingenioso inventor.

     Fue la primera: La magia del primer amor consiste en nuestra ignorancia de que pueda tener fin. Frase cínica donde las haya, recibió de mi espíritu crítico la más feroz de las repulsas. La magia, y el riesgo, del primer amor están en que todo es nuevo y en que uno suele ser muy joven. La ignorancia, ¡ay!, no es la de la fragilidad del sentimiento, sino la de cómo hacer para que no se nos caiga del alma. Recuerda al niño, que ya sabe que los juguetes se rompen, pero carece aún de la habilidad para evitar su caída. Veredicto, pues: Falso…, pero me ha dejado bastante tocado.

     La segunda frase –de muy distinto registro- fue: El verdadero amor sólo se presenta una vez en la vida…Y luego ya no hay quien se lo quite de encima. Humor en estado puro, con un toque de absurdo, y perfectamente complementaria de la anterior. Todo amor está llamado a tener fin… ¡y pobre del que no lo tenga! Unas veces, porque lo fosilizamos mediante intereses o tradiciones que imponen su prolongación, más allá de los sentimientos. Otras, porque se convierte en dolor y, aunque tratemos de olvidarlo o expulsarlo de nuestra alma, allí se empeña en permanecer, aletargado o en estado agudo. Veredicto: Exagerado…, pero voy a tener que ir al psicoanalista.

     Y la tercera, que tiene muchos padres: El amor imposible es el que más dura. Conclusión lógica de la primera: Puesto que el amor se desgasta y termina, nada mejor para que dure que no vivirlo. Lo malo es cuando la decisión nos es ajena y, por tanto, genera la lacerante nostalgia de lo imaginado.  Nostalgia… y frustración, en el caso de que –como quijotes- tratemos de hacer realidad lo efectivamente imposible. Veredicto: Casi verdadero…, y me ha hecho daño de veras.

     Menos mal que, cuando estaba al borde de la depresión, vino en mi ayuda esta frase, de los mismos autores de la segunda: No piense mal de mí, señorita. Mi interés por usted es puramente sexual. ¡Espléndido! Se acabaron la introspección, la imaginación y el sufrimiento moral. ¡Vamos al grano! Uno –que es cinéfilo desde siempre-  conectó enseguida la frasecita con una cinta de Garci: ¡A aprobar la Asignatura pendiente! No voy a hacer una innecesaria apología de lo físico, o a sugerir la separación de amor y sexo. Simplemente, doy mi veredicto: Cierto, si se retoca un poco el adverbio; “puramente” es demasiado. Pongan ustedes algún otro menos radical y quedará perfecto.

     En fin, creo que abandonaré la colección de frases sutiles y me dedicaré a la de mariposas, por poner un ejemplo aparentemente inocuo. Aunque, después de recordar el film de William Wyler del mismo nombre que este estúpido relato, pienso que no sería una buena idea.

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