sábado, 1 de enero de 2011

El balcón

Por Federico Bello Landrove
     Este cuento, es el reflejo de la tragedia familiar en la vida de una niña de once años, que hace de la fantasía cinematográfica remedio y trasunto para poder asimilar el paso a la adolescencia en medio de tanto dolor. La casa, la ciudad, las personas me son tremendamente próximas, como el lector captará. Mi acercamiento al mundo de la infancia preadolescente querría tener –ya que de películas también se trata- el perfume tenue y sutil del ruiseñor, nacido de Chéjov y criado por Harper Lee
     
     Se llamaba Mary Carmen y acababa de cumplir once años. Tal vez por ello, la tata Emilia quiso hacer un extraordinario, a espaldas de los señores. Total, 16 de julio sólo hay uno al año y la niña empezaba a tener hechuras de jovencita.
-          Anda, ponte guapa que nos vamos a dar un paseo.
-          Pero, tata, hace mucho calor.
-          Tú verás. Pero la sesión vermú empieza dentro de una hora.
     La extraña palabra tuvo efectos mágicos. En media hora, la niña estuvo perfectamente preparada para la revista. Tata retocó ligeramente el peinado, le caló el sombrerito de paja con su vigor acostumbrado y voceó desde la puerta:
-          ¡Señora, que nos vamos a dar un paseo al parque! ¡Volveré a tiempo para hacer la cena!
     La señora apenas levantó la vista del magacín y musitó:
-          ¿Cuándo se acordará esta mujer de que hay gente echada la siesta?
     Un sonoro portazo –esta vez, no imputable a la tata- acompañó el final de su pregunta sin respuesta.
     El Salón Teatro Alameda quedaba muy cerquita de casa y había poco público. Era día de diario y la película ya llevaba dos semanas pasándose. Se trataba de Marietta la traviesa, un musical de aventuras –hoy casi olvidado- con Jeanette Mac Donald y Nelson Eddy como protagonistas. En el programa de mano, un plano medio de Jeanette con una gran sonrisa y una pamela mayor todavía. Aunque la verdad es que el papel, azul y sepia, quedó muy estropeado, entre sudores y emociones fuertes. Fugas, piratas, canciones, amores… Mary Carmen estuvo en tensión toda la película. A la salida, tardó tanto en reaccionar, mirada perdida inclusive, que la tata tuvo que preguntarle, con cierto retintín:
-          ¿Qué, señorita,  le ha gustado?
-          ¡Oh, tata, es la película más bonita que haya visto nunca!
     La medianoche acarició con las campanadas de un reloj los cabellos de la niña. Incapaz de coger el sueño, había saltado de la cama y, sin apenas levantar el visillo, colocó la mejilla pegada al cristal, tratando de paliar el calor que sentía. A su frente, la calle arbolada y recta, levemente iluminada, callada y vacía. Tras ella, una amplia habitación, apenas reconocible como infantil, cuyo mobiliario presidían un armario de luna de un solo cuerpo y una vetusta mesa de trabajo, heredada del despacho de su padre. Y al fondo, enmarcada por una moldura trilobulada de madera, la alcoba italiana, colmada por la cama, la mesita de noche y una silla para la ropa desvestida.
     Aunque imaginando a la princesa Marie y el capitán Warrington (cuyo rostro iba pareciéndose cada vez más al de su vecino Alberto), Mary Carmen tuvo un resto de atención para percatarse de que unos individuos pasaban por la acera de enfrente, apresurados, sigilosos y –al parecer- armados. Por un momento, corrió el visillo y encuadró al grupo en el segundo cristal de la hoja derecha del balcón: una perfecta imagen cinematográfica. La niña sonrió y repitió, acercándose y alejándose del hueco, enfocando la calle, el jardincillo lateral de la Casa de Fieramosca, los balcones de las de Monsalve, el brillante Auburn del doctor Jaramillo (el papá de Alberto). La realidad se transmutaba en ficción y el cristal del balcón, en visor de la cámara. Gozó de la novedad durante un buen rato. Luego, refrescada y bostezante, regresó a la cama, cerró las cortinas y, de los ensueños, pasó al mundo de los sueños.
     A la mañana siguiente, Mary Carmen comentó en el desayuno su visión nocturna de fusileros. Al oírla, su hermano mayor pareció muy interesado –demasiado- en la textura del chocolate que brillaba en su taza. Victoria la miró con ese aire de superioridad que la niña tan bien conocía en su hermana quinceañera. Sólo la tata, con su sentido escatológico del humor, bromeó:
-          Y luego te caíste de la cama y te hiciste un chichón con el orinal.
***
     La habitación de Mary Carmen enlazaba con el resto de la casa mediante un pasillo, con puerta al gran vestíbulo. A mano izquierda, una pequeña pieza se utilizaba de trastero-biblioteca, para los libros de texto de sus hermanos y las enciclopedias de ella. Juguetes, libros de lectura infantiles y revistas ilustradas de su madre y su tía completaban los papelorios que llenaban los sencillos anaqueles de pared a pared y las pilas que se amontonaban sobre el suelo. Todo el conjunto, cerrado y aislado, hacía para la niña las veces de barco de los piratas, donde la falsa Marietta vivía el acoso de los filibusteros y la valiente defensa de Warrington-Alberto. Un mundo de fantasía, limitado a popa  por la puerta del recibidor y a proa por el balcón a la calle.
    Ese pequeño mundo sufrió, dos días después de la sesión de cine, el asalto de los energúmenos. Fue a la caída de la tarde, cuando su padre y su hermano habían desaparecido misteriosamente de la vivienda. El grupo de mujeres fue recluido en el cuarto de estar, mientras los golpes y las voces se extendían por toda la casa. Al parecer, se trataba de encontrar a los varones, para darles su merecido. Lo cierto es que el registro duró aproximadamente una eternidad. Cuando la princesa Marie pudo regresar a su camarote, los piratas habían expoliado el barco y revuelto o destrozado lo que no habían podido llevarse. La tata y su hermana Victoria recolocaron muebles y cachivaches; luego, mamá y tía Rosa hicieron el inventario: una silla rota, varios juguetes para el arrastre y algunos libros y revistas en ignorado paradero. El buque, pues, había capeado la tormenta con aseo. No obstante, aquella noche Mary Carmen durmió con la tata en su amplia cama casi-matrimonial. El temor a una segunda vuelta rondaba por la cabeza de todas y la niña estaba angustiada.
     La casa a la que permanecía anclado el bajel pirata se iba convirtiendo rápidamente en un gran cascarón vacío. A la marcha fulminante de los hombres, había seguido, también con notable rapidez, la de amistades, proveedores, vituallas, dinero… Particularmente dolorosa para Mary Carmen fue la despedida de su hermana Victoria. Los cuatro años de diferencia eran una sima insalvable para que hubiera un recíproco entendimiento. Pero, ¡oh casualidad!, si hubo un día en que Vicky estuvo tierna y cercana con Mary Carmen,  fue el día en que marchó lejos, a casa de los abuelos maternos, hasta que terminara la guerra. Bueno, duración y destino fueron cosas que la niña fue sabiendo con el tiempo. De aquella mañana de principios de septiembre, sólo recordaba el abrazo de su hermana, la humedad de sus mejillas y la pequeña maleta marrón que sostenía la tata, mirando hacia la pared. En fin, aquello fue bastante rápido y la princesa Marie subió pronto a su barco para ver, desde la proa, como se alejaban, calle adelante, Victoria y su maleta. Pero no hubo ocasión para visualizarlo por el cristal acostumbrado, pues el cortejo tomó el camino de la estación en sentido contrario.
      Ahora que lo pienso, se me ha escapado un detalle, que no pasó desapercibido a la perspicacia de nuestra forzada tripulante. Mamá y tía Rosa, cuando la despedida de Victoria, ya vestían de negro riguroso. Debió de ser a mediados de agosto. Hubo unos días muy revueltos, en que mamá faltaba mucho de casa y la tata llenaba de comida una tartera, la envolvía en un paño de cocina y salía todas las tardes con rumbo desconocido. Mary Carmen recordaba un fondo de pañuelos, rosarios y dos palabras muy repetidas: la cárcel. Y luego, los vestidos negros, incluso para Vicky, que recordaba con ellos a Jeannette Mac Donald en La viuda alegre, según la portada de aquella revista que dejaron tirada los piratas en el pasillo, el día del abordaje. Un día, Mary Carmen preguntó:
-          Tata, ¿por qué ahora se viste mamá siempre de negro?
-          Porque ya ha cumplido cuarenta años y a esa edad es el color que se lleva.
-          Entonces, ¿también tú eres tan vieja?
-          No, niña, yo aún no, pero las de mi pueblo vamos así porque lo manda el alcalde.
     Entre tanta mar gruesa, Mary Carmen no olvidaría el día en que mamá la llamó al cuarto de estar, donde se había reunido toda la menguada familia en torno a una carta. Venía de Galicia y decía no sé qué de que Carlos había llegado a Lugo con salud y, casi acto seguido, se había alistado en las columnas que intentaban romper el frente asturiano. La carta era de sus tíos, pero la foto era de su hermano. Un Carlos en papel brillante cuatro por cuatro, con los bordes festoneados, vestido de sorche (como dijo la tata) y con un bigotito que le quedaba muy raro. Aunque también había lágrimas –la niña ya empezaba a cansarse de ellas-, mamá y la tía tenían una cara mucho más alegre de lo normal. La nota discordante la dio la tata, que acabó marchando pasillo adelante diciendo algo de los soldaditos de Annual. Mary Carmen volvió pronto a su barco, pensando que el uniforme de Carlos no tenía punto de comparación con el del capitán Warrington. Claro que por algo se empieza…
***
     La noche llegó a ser para la niña el mejor momento del día. Ante la sorpresa indiferente de las mujeres, engullía rápidamente la menguada bazofia en que la cena se iba paulatinamente convirtiendo –pese a las manos mágicas de la tata- y, con tres besos y un “hasta mañana”, subía al puente del bajel y retiraba la pasarela. Como por ensalmo, había superado el miedo a la oscuridad de tiempos pasados: no encendía casi nunca la luz, sino que abría las contraventanas de par en par y esperaba a que sus ojos se hicieran a la penumbra. El alumbrado público también iba a menos en aquellos días, pero era suficiente para desvestirse, ponerse el camisón y situarse tras los visillos, hasta que sucediera algo digno de rodarse. Eso sí, jamás se le habría ocurrido abrir el balcón; eso era cosa de la tata, al hacer el cuarto todas las mañanas, mientras Mary Carmen se aseaba o leía alguno de sus cuentos favoritos. Más de una vez y más de dos, la oyó rezongar mientras sacudía el trapo del polvo o limpiaba los cristales del camarote de proa:
-          De tanto estar encerrada, esta hija va a coger el tabardillo.
     Concluida la guardia de vigía, Marietta –cada vez más dueña de su entorno- se retiraba al coy de la alcoba italiana, pero ahí todavía anidaban sombras ominosas y angustias nocturnas. Cuando la opresión o la taquicardia apretaban, la valiente chiquilla tomaba a toda máquina la derrota del cuarto de la tata y, sin interrumpir su sueño, se deslizaba en su cama hasta el amanecer. La invadida solía darse perfecta cuenta de la maniobra pero dejaba hacer, guardando el secreto.
     Mary Carmen acabó siendo una profesional del montaje. Los insertos y las elipsis no tenían ya secretos para ella. La casa de las de Monsalve relucía cada vez más y una bandera bicolor pendía del balcón central, a modo de repostero de la familia. El Auburn del doctor Jaramillo –perdón, del papá de Alberto- estaba algo menos reluciente y, con no escasa asiduidad, hacía ciertas excursiones al amanecer, conducido por un joven rubio de mono y pistola al cinto. Pero la evolución más notable se producía en la contigua Casa de Fieramosca. El lugar donde el famoso condottiero vino a exhalar el último suspiro se convirtió en cuartel de los voluntarios italianos, de donde entraban y salían los airosos bersaglieri, agitando sus penachos o haciendo tronar sus motocicletas. Aquello era una mina para nuestra pequeña cineasta y sus encuadres de balcón eran cada vez más sofisticados. Claro que todo eso no era nada comparado con el pote que se daba doña Ascensión –la costurera del piso de abajo-, al alojar en su casa a un teniente apellidado Di Saronno. Más tarde resultaría que el pote se convirtió en un ostensible bombo gemelar, que Luisita, la hija mayor, fue a ocultar en San Pedro de Maslejos, cosa que –por descontado- nuestra niña desconoció hasta mucho después.
     En fin, que un día de los que otros años habían sido de ferias, la tata (esta vez, previa sesuda deliberación familiar) sacó a Mary Carmen a dar un paseo hasta el parque, “para que cogiera color”. No le pusieron las mejores galas, por el luto familiar, pero la bella princesa Marie vistió  blusa blanca de bodoques, falda plisada azul, chaquetoncito rojo de solapas redondas y los más inmaculados calcetines blancos que haya habido jamás -¡Señor!, si deslumbran aún al recordarlos-. Como favor especial, mamá autorizó que fuera destocada, luciendo una melenita corta ligeramente rizada de modo natural. Por todo equipaje, diez céntimos. La niña abordó el paseo con cierta aprensión: después de todo, llevaba dos meses sin ver la calle, como no fuera desde el balcón.
Los escrúpulos no tardaron en manifestarse acertados. Luisita Monsalve, su buena amiga del colegio, hizo como si no la viera, cruzándose tácticamente de acera. Frente a su querido Salón Teatro Alameda, un grupo de camisas viejas cantaban a grito pelado un himno de escuadras y luceros, celebrando no sé qué victoria militar. A la tata no le dio la gana de pararse ni levantar el brazo, y estuvo a punto de provocar un incidente. Y –casi peor- al tirar de la falda de su buena Emilia para que emprendiera una retirada a tiempo, se le cayeron los diez céntimos, sin recuperación posible. Casi como afirmación personal, aunque colorada y bufando de indignación, tata se empeñó en llegar hasta el barquillero del estanque de los patos y comprar a la niña los dos gofres más peleados de la guerra incivil. Seguidamente –como los Reyes Magos- habiendo recibido un oráculo interior, se volvieron a casa por otro lugar.
     Entrando en el portal, la tata y la niña hicieron uno de esos pactos de caballeros que solían:
-          No digas nada a mamá ni a la tía de lo que ha pasado. Seguro que se pondrían tristes.
-          Descuida, tata, pero prométeme que no volveremos por el parque nunca más.
-          Prometido, niña, prometido.
***
     Entró decididamente el otoño, con sus chubascos y frescos nocturnos. Desde luego, ni que pensar en calefacción este año. Mary Carmen empezaba a cansarse de la monotonía entre visillos y a olvidar los rasgos de la princesa Marie. Lo que en otro momento hubiera sido no bien recibido, vino esta vez en su ayuda:
-          Carmencita, hija, el lunes de la semana que viene abren por fin el Instituto y empieza el curso. Repasa un poco las matemáticas del año pasado y vete preparando la cartera, cuadernos y demás.
     Aunque había superado el examen de ingreso en la primera semana de junio anterior, el imponente edificio de ladrillo con zócalo de caliza le parecía tan lejano como las pirámides de Egipto, y no digamos el tribunal de acceso al bachillerato, auténticos carcamales para la medida de sus poquísimos años. Uno de ellos, de pelo engominado y bigote a la romanones, amigo de su padre, había hecho un comentario que la niña captó al vuelo y recordaba bien:
-          De cálculo anda cortita, pero se expresa como la Pardo Bazán.
    Con una chaqueta sobre el camisón, Mary Carmen pasó casi toda la noche previa a la inauguración de curso, del armario ropero, a la cartera escolar y de esta, al balcón de sus ensueños. No paraba quieta, presa de inquietudes varias. ¿Sería adecuada la ropa o resultaría un poco ajada o corta para la ocasión? ¿Había metido el cuaderno nuevo y lápices bien tajados? ¿Quiénes serían sus compañeros? Pero, sobre todo, la mente volvía una y otra vez a su capitán Warrington-Alberto, flamante estudiante de tercer año, a juzgar por el superado en el curso anterior. Retornando a la película de piratas –poco a poco olvidada-, se veía de nuevo convertida en la princesa Marie, amada y rescatada por el valiente galán. Tal vez iba realmente a necesitarlo, si Luisita Monsalve y compañía no se juntaban con ella, o si algún perdonavidas de azul oscuro pretendía forzarla a levantar el brazo (por cierto, ¿era el derecho o el izquierdo?).
     Serían las tantas, cuando se produjo el milagro. Cansada de pensar y experimentando una creciente pesadez de cabeza, la niña asumió el mando absoluto de las operaciones y –aunque muy despacito, para no meter ruido- manipuló la falleba del balcón y abrió su hoja derecha. La bocanada de delicioso y húmedo aire fresco la animó a abrir la otra hoja y, en un rapto de audacia, salió y se acodó en la barandilla de hierro, procurando no mancharse. No miró hacia la vivienda de los Monsalve ni, menos aún, a la Casa de Fieramosca, ni al Auburn, invariablemente estacionado a su vera. Alzó la mirada por encima de los tejados y vio algo muy difícil de encuadrar en los límites del visor de una cámara: un espectacular creciente de luna y una miríada de estrellas, tan brillantes, que daban ganas de ponerse de puntillas y estirar el brazo (el que fuera) para intentar tocarlas. Por un momento, Mary Carmen se sintió la dueña del mundo o, por lo menos, de su persona, sin miedos, sin apoyos, sin futuros imperfectos.  Le parecía oír tras de sí la voz de su padre nombrando las estrellas: Sirio, Arcturo, Polar, Antares, Betelgeuse…, aunque algo le decía que su amado astrónomo no volvería más. Luego oyó el rugido lejano del motor de un camión y cerró el balcón a toda prisa. Después de todo, el valor sin medida es temeridad, como decía el simpático ayudante del capitán Warrington.
***
     La niña estaba de suerte, esa mañana. Al salir a las ocho y media hacia el Instituto, acompañada -pese a sus protestas- de la tata (“sólo hoy, Carmencita, que está lejos y puedes perderte”), coincidió en la esquina de su calle y la de Espartero con Alberto. El chico era educado y hacía honor al aplomo de sus pantalones bombachos. Saludó y se puso junto a Mary Carmen, dejando a la emocionada niña en el centro del trío. La cartera, pesada y colgada a la espalda, evidenciaba su veteranía. El muchacho, impulsado por las preguntas de la tata, hablaba un poco de todo, desde los profesores, al Auburn, que les habían requisado temporalmente por necesidades políticas. En un momento dado, el brazo de Alberto, al gesticular, rozó la mano de su vecinita y el sol mañanero brilló con intensidad desconocida para ambos. Desdichadamente, el instante duró lo que durar suele un momento y Alberto hizo intención de despedirse. Mary Carmen a duras penas acertó a decir:
-          ¿Cómo? ¿No sigues con nosotras?
-          ¡Oh, no! Este curso nos separan a los chicos de las chicas. Los chicos tendremos las clases en el antiguo Colegio de Mercedarios. Dice mi padre que son cosas de los curas.
     La niña se convirtió en una especie de autómata durante el resto del camino. Oía como en sueños la voz de la tata y sus pasos parecían seguir una senda previamente marcada. Se dejaba ir, con el corazón traspasado y las lágrimas pugnando por superar la barrera de su vergüenza. Por primera vez, en vivo y sin ficciones, Mary Carmen empezaba a sufrir la guerra.
El Instituto estaba separado de la gran plaza por una espléndida verja de hierro que, en cierta forma, recordaba el cuadro de Las Lanzas. Niña y tata llegaron a la puerta que daba acceso al enlosado del edificio. La buena de Emilia decía algo sobre el bocadillo para el recreo y seguía andando junto a la pequeña estudiante. Pero esta, entre el aluvión de niñas que seguían su misma vereda, irguió toda su estatura, sujetó con firmeza el antebrazo de la tata y dijo:
-          Adiós tata: ya sigo sola. Y no hace falta que vengas a buscarme a la salida. Recuerdo perfectamente el camino.   
     Algo debió de notar en la voz de Carmen, pues la tata paró en seco y la vio alejarse, subir la escalinata de entrada y desaparecer, engullida por la cancela.
     Y es que la tata Emilia, con toda su incultura, había captado una cosa que Mary Carmen aún tardaría algún tiempo en percibir. Esa mañana, el entrar en el Instituto, la niña había dicho adiós, no sólo a su amada niñera, sino a su infancia.
***
     Treinta años después, más o menos, Mary Carmen estaba dedicada a la penosa tarea de deshacer la casa. Su tía Rosa, la última de Filipinas, como ella gustaba de llamarse al final de su tiempo, acababa de morir. Carmen vivía lejos de su ciudad natal y el casero urgía el desalojo.
     Ayudada por su hermano Carlos fue ejerciendo la ingrata tarea de conservar una mínima parte del mobiliario y ajuar de la casa y tirar o regalar el resto. Con decisión premeditada, concluyó por su habitación de antaño, donde –según le dijeron- ella había nacido. Abrió el armario de luna y todavía encontró los vestidos de su pasado, colocados con mimo y con un perceptible olor a naftalina. Allí seguía el chaquetón rojo, su primer vestido de jovencita, el abrigo que tantos fríos soportó cuando servía en Auxilio Social. ¡Los calcetines blancos de la tarde heroica de la tata! Creía haber sentido ya todos los escalofríos y emociones posibles, cuando vio algo en el  armario, entre el cajón y el fondo…
      Era el programa de mano de Marietta la traviesa. Descolorido, arrugado, a falta de una esquina (tal vez, mordida entre emociones), allí estaba la fuerza de su infancia, la evasión para su tristeza, los sueños más reales que la vida y que la muerte, el pan y la sal de su hambriento corazón. Insensiblemente, se acercó al balcón y enfocó la calle, sólo que desde un cristal más arriba que cuando niña. El Auburn había sido sustituido por decenas de nietos de muy otros apellidos. Las de Monsalve criaban malvas y su casa tenía ahora siete pisos y ático. La Casa de Fieramosca ya no lucía la bandera tricolor con la cruz de Saboya, y tenía todos los síntomas de haber entrado en la agonía inmobiliaria. Nada era como antes. ¿O tal vez sí?  Retrocedió unos pasos y se miró en la luna del armario. No, tampoco ella era la misma, pero tenía –o, al menos, así lo sentía ahora- el deber de que la memoria perviviera, de que no muriera todo con aquella malhadada mudanza.
     Después de todo, le quedaba la palabra, aunque, ciertamente, no hubiera llegado a ser –ni lo sería nunca-  la Condesa de Pardo Bazán.


   

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