miércoles, 10 de noviembre de 2010

Viajeros en un taxi

  ´
Este relato rompe con el  tono de cuentos de personajes imprecisos o imaginarios, para abordar una historia real (la de los diputados republicanos, mandados a la muerte con la mejor y más necia de las intenciones), aunque con los precisos ingredientes de fantasía que la saga requiere. Sus protagonistas, con nombres, cargos y familias concretos, emprenden su último viaje, con un aria de Mozart por mejor equipaje.

     Eran casi las cinco de la tarde de aquel bochornoso 18 de julio de 1936. Tres caballeros, impecablemente vestidos, tomaron un taxi en la madrileña Plaza de la Cebada y dijeron al conductor:
-          Llévenos a Valladolid.
     Aunque el recorrido era largo y no se había convenido el precio, José Jiménez, el taxista, nada objetó. Los usuarios parecían gente de orden y, después de todo, las noticias que habían corrido por la mañana hacían referencia a un levantamiento sólo en Marruecos. De modo que arrancó el motor y se puso en marcha. Observó que los tres señores ocuparon todos el asiento trasero. “Peor para ellos, si van apretados”, se dijo, aunque lo cierto es que el Hispano Suiza J12 era bastante capaz.
     Por más que rompamos parte de la emoción del relato, adelantemos ya que nuestros tres ocupantes llevaban, de parte de José Lamoneda e Indalecio Prieto, un encargo relevante: ayudar a los republicanos de la capital del Pisuerga a superar los riesgos de alzamiento que habían empezado a juzgar bastante probables los socialistas vallisoletanos. El gobernador civil Lavín y el diputado Landrove habían telefoneado alarmados y al pobre Pepe Maestro le había llamado a capítulo don Inda:
-          Maestro, las cosas están bastante tranquilas en su provincia de Ciudad Real, pero echan chispas en otras partes. ¿Le importaría llegarse a Valladolid y ayudar desde la Casa del Pueblo? Tengo entendido que vivió usted por allá en su juventud.
-          Verá, Prieto, tenía ya pensado desplazarme a Ciudad Real, con mi mujer y una sobrinita, para dirigir allí eventuales medidas que pudieran ser necesarias, pero, en fin, si es inevitable…
-          Puede resultar crucial. Si cae Valladolid y los ferroviarios dan su brazo a torcer, podemos tener a los facciosos en la Estación del Norte antes de que acabe el día.
-          Bien, siendo así, acepto. Permítame un breve tiempo para despedirme de mi esposa y déme una credencial para nuestros correligionarios allá. Hace unos veinte años que no he estado en Valladolid y soy relativamente  poco conocido en el Partido.
-          No sea modesto. No le hace falta credencial ninguna: le basta con su carnet de diputado del PSOE. Gracias por todo y ande, no se entretenga mucho.
     La conversación, desarrollada en la Casa del Pueblo madrileña, había sido seguida por Juan Lozano, diputado por Jaén y hombre mucho más conocido que Maestro. No en vano había sido diputado desde las Constituyentes y procesado en 1934 por depósito de armas en su domicilio. Simpatizante -por lo menos- de la masonería, había estado durante la mañana en el Congreso con el jefe de la minoría socialista, José Lamoneda, hermano notorio, y le había prometido entrega total ante la que se venía encima. Además, su colega ciudadrealeño le había caído bien en los meses anteriores: bueno, prudente y firme. Así que se dirigió a Prieto y le dijo:
-          No parece que haya problemas por Jaén. Me voy con Pepe Maestro. Seguro que necesita compañía de gente de carácter –bromeó-.
-          Y yo también, terció José María Sánchez Izquierdo, manchego, ateneísta y secretario del Subsecretario de Hacienda. Un odontólogo y un ingeniero necesitan los servicios de un abogado, por si hay que convencer a algún fascista para que no se mueva – ironizó-.
-          Vamos, vamos –don Indalecio estaba al borde de la risa-. Si seguimos a este paso,  necesitaremos un autobús.
     Los tres expedicionarios se separaron en el portal, con el compromiso de coincidir dos horas más tarde en un lugar que viniera bien a todos.
-          ¿Qué os parece en la Plaza Mayor?, inquirió Pepe Maestro.
-          De acuerdo. ¿Llevo mi coche?, preguntó José María.
-          No. Mejor un taxi. Y alguna pistolita, por si acaso, aconsejó Juan Lozano.
     En su domicilio madrileño de Bretón de los Herreros sólo estaba la criada de Pepe Maestro, Consuelo. Se ve que su mujer aprovechaba al máximo para hacer las últimas compras de ropa de verano. El diputado por Ciudad Real tomó un bocado, pues de los nervios no le entraba más. Nadie sabe por qué, se quitó el reloj y dijo a la muchacha:
-          Déselo usted a mi mujer y dígale que la llamaré… Ah, y que me voy a Valladolid.    Y así fue como Pepe, Juan y José María se instalaron en el asiento posterior del taxi susodicho, dispuestos a pasar tres horas de calor y tensión, rumbo a lo desconocido.
***
     José María era lo que se dice un hombre de mundo. De familia rica y de derechas, era el garbanzo negro de su parentela. Había trabajado por la República desde el socialismo, hasta ser uno de los políticos más influyentes de la Mancha. Reverenciaba a Pepe Maestro, pese a las profundas diferencias sociales que los marcaban. Al ser nombrado secretario de un alto cargo de Hacienda, José María dijo a su amigo:
-          Pepe, me voy a forrar. Fíjate, en el Ministerio de Hacienda, nada menos.
-          Hombre, a mí tampoco me va mal, empastando muelas y colocando dentaduras postizas hasta las tantas.
-          Ya, ya, por no hablar del dinerito de Belén, que no está descalza precisamente.
-          Anda, calla, no sea que ejerza de alcalde y te meta en la prevención.
     Lo cierto es que nuestro hombre de mundo era muy aficionado a la ópera. Y, por una sibilina asociación de ideas, rompió el silencio en el taxi con una bien afinada aria, que hizo las delicias de sus compañeros, conductor incluido. Juan preguntó:
-          Demonios, José María, y a capella. ¿Qué fragmento era ese, que ahora mismo no caigo?
-          El aria Se all’ impero, amici Dei de La clemencia de Tito, de Mozart.
-          Mozart –suspiró Pepe-. ¿Y qué dice la romanza, si puede saberse?
-          Aria, Pepe, aria, que no es una zarzuela. Pues es una hermosísima letra –explicó José María- aunque pierda mucho traducida al español. Quedaría, más o menos, así:

Si para el imperio, dioses amigos,
Es necesario un corazón severo,
O quitadme el imperio,
O dadme otro corazón.
Si la fidelidad de mis reinos
Con el amor no aseguro,
No me fío de una fidelidad
Que sea fruto del temor.

-          ¡Caramba con Mozart! Eso es lo que se llama un programa político de altura, comentó Juan, medio en serio, medio en broma.
-          Bueno –puntualizó José María-, más bien de los libretistas, principalmente Metastasio, que ofrecieron la posibilidad de convertirlo en música, entre otros, a Gluck y al genio de Salzburgo.
-          Metastasio, Metastasio, dijo dubitativo Pepe. ¿No fue un escritor de talento? Me suena su nombre, tal vez por lo raro del mismo.
-          La verdad es que merecería la pena contar una pequeña historia, si no fuera por el problemón que llevamos entre manos –indicó José María-. Entre otras cosas, porque creo que ya he dado con la sutilísima relación entre este viaje y mi inconsciente decisión de arrancarme con el aria de marras.
-          Adelante, adelante, solicitaron los dos diputados, tenemos tiempo de sobra y cuanto menos pensemos en la que se nos puede venir encima, mejor.

     Se arrellanaron todo lo posible en el asiento. Juan encendió un cigarrillo y José María comenzó su prometido relato.

***

     Parece innecesario decir quién fue el emperador Tito, ni descubrir su natural tendencia a la  benevolencia y al perdón, en comparación con lo que se estilaba en el siglo primero. Su magnanimidad no sólo se manifestó en la respuesta a la conspiración político-sentimental que la ópera refleja, sino en el hecho de que durante su reinado no firmara ninguna sentencia de muerte y aboliera formalmente la tortura. Hechos sorprendentes, que recoge el historiador Suetonio y que algunos conectan, más que con el cristianismo naciente, con el influjo de filósofos como Dión Crisóstomo y de taumaturgos, cual Apolodoro de Tiana.

     De Suetonio parece que tomó Metastasio pie para el libreto de su Clemencia de Tito, aunque el tema ya había merecido la atención de otros autores y músicos, como Caldara o Hasse. No obstante, fue nuestro Pietro Trapassi (Metastasio, al trasponer su apellido al griego clásico) quien le dio un perfume, digamos, masónico, exaltando la filantropía y convirtiendo al personaje en una especie de bueno casi tonto, de cartón piedra. Pese a todo, supo inspirar gran música, primero, de Gluck y, finalmente, de Mozart, como sabéis también masón reconocido.  Ahora bien, en la ópera mozartiana, el emperador magnánimo adquiere una consistencia y un verismo inusitados. Parte de esta positiva transformación fue consecuencia de los libretistas de Amadeus, que también recortaron la trama, reduciéndola a dos actos; pero, sobre todo, fue obra y gracia del compositor quien, pese a encontrarse muy enfermo y tener que actuar con rapidez extrema, creó una música muy bella y ceñida al argumento, sin excesiva duración.
     Veo que os estoy aburriendo un poco: concluyo, pues, la referencia estética con una breve alusión a algo que me ha permitido hacer en vuestra presencia unos pinitos como cantante. Me refiero al hecho de que el personaje de Tito fue pensado para un tenor corto en los agudos, pero muy poderoso en el fiato o resuello y en la coloratura o adorno vocal. Así que, por lo menos, no he tenido que desafinar mucho, aunque sí abreviar la duración de las notas y la complejidad del vibrato. Vamos, convertir al emperador en su barbero, como quien dice. Desde luego, Hipólito Lázaro lo canta un poco mejor que yo.

     Algunos se han preguntado qué hace tan especial esta ópera de Mozart, siendo así que fue una obra de circunstancias, reclamada por la Ópera de Praga para agasajar al nuevo rey de Bohemia, el emperador austriaco Leopoldo II, y musicalizada por el compositor en poco más de dos semanas, viajes incluidos. La verdad es que Mozart, como otros muchos, había quedado desagradablemente sorprendido de la violencia con que se reprimió, a comienzos del mismo año 1791, una modesta sublevación en Flandes, concretamente en Lieja. Tal vez quiso dar al efímero gobernante, que moriría al año siguiente tras dos años en el poder, una lección de prudencia y moderación. Tampoco puede olvidarse que a Mozart le quedaban unos meses de vida y podía verse inclinado a propugnar en otros el perdón que él esperaba de su Creador. Pero, finalmente, hay que ver el hilo conductor filantrópico y masónico, que arrancando de los filósofos de la época de Tito, llegaba hasta el gran salzburgués, por intermediación de Metastasio. Y ahí, amigos míos, hemos dado en el busilis de la relación entre nuestro viaje y La clemencia de Tito, que yo inconscientemente conecté al tararear el Se all’impero.

***

     Pepe Maestro había disimulado algún bostezo durante la prolija explicación de su convecino manchego. Juan Lozano fue, por el contrario, capaz de seguir más fácilmente la referencia operística, al ser aficionado al género. No obstante, por mera cortesía, fue el primero de ellos quien antes planteó a José Izquierdo la pregunta que este estaba deseando escuchar:

-          ¿Y qué relación te parece que existe entre este viaje y la masonería?
-          La suficiente para que la idea prístina haya nacido de Lamoneda y  que Juan Lozano y un servidor te estemos acompañando, con mucho gusto, pero con mucho riesgo.
-          ¡Rayos, Izquierdo!, no me dirás que los hermanos madrileños tienen conexión con los de Valladolid y nos han preparado la encerrona de este viajecito, del que Dios sabe cómo vamos a salir.
-          Pues no sería yo quien sostuviese lo contrario –intervino Lozano-. Ahora que lo pienso, y sin entrar en quiénes seamos (o sean) masones y quiénes no, no deja de ser una idea chusca esa de lanzar a los diputados a los cuatro puntos cardinales, para que vean de parar con su voz y su pecho un levantamiento que está hecho de balas y bayonetas.
-          Y para eso vamos a jugarnos la vida, suspiró Maestro.
-          Nosotros y otros cuantos más, añadió Lozano. Bastantes colegas nuestros están en estos momentos camino de otras ciudades dudosas. Permíteme que no entre en más detalles, pero oí lo suficiente por la mañana en el Congreso.
-          Lo que no quita, Pepe, para que nosotros vayamos contigo, no por disciplina, sino porque te queremos, dijo José María, dorando un poco la píldora a su amigo.
-          En fin, resumió Maestro, que vamos un poco como el emperador  mozartiano, a ver si el amor y la música amansan a las fieras. Y, además, sin tener franco el imperio, como el bueno de Tito.
-          ¡Pepe, por lo que más quieras –exclamó Lozano, con ingenioso juego de palabras-, ni hablar de que tenga Franco el imperio! Aviados estaríamos.

     Todos se echaron a reír, hasta el conductor, que empezaba a preocuparse por los bajos niveles de gasolina y agua. Lozano abrió un paquetito de delicatessen de Lhardy y ofreció a todos. El viaje iba mediado y nuevamente se sumergieron en el silencio reflexivo de sus pensamientos.

***

     Poco antes de llegar a Medina del Campo, el taxista dijo a sus clientes:

-          Vamos a tener que parar un ratito, para cargar gasolina y revisar el agua y el aceite.

     Los tres parecieron un poco incómodos con la parada de emergencia, que se producía alrededor de las siete de la tarde. Juan Lozano replicó:

-          Está bien, pero que sea por el menor tiempo posible.

     Mientras José Jiménez atendía a su Hispano Suiza, Pepe Maestro buscó un teléfono público próximo e hizo un par de llamadas telefónicas. Regresó seguidamente junto a sus compañeros y les comentó:

-          He llamado a la Casa del Pueblo de Valladolid y me han dicho que las calles están un poco revueltas, pero los militares no han dado señales de sublevarse y Molero permanece firme en la obediencia. Son los Guardias de Asalto los que están dando un poco de guerra, pues habían recibido órdenes de trasladarse a Madrid para apoyar al Gobierno y no están por la labor.
-          Lógico, dijo Lozano. Sólo unos tontos como nosotros se pondrían en camino, sin rechistar, en una tarde como esta.
-          ¿Y se sabe algo de Madrid?, inquirió José María Sánchez Izquierdo.
-          No sé, respondió Maestro. He llamado a mi mujer para tranquilizarla y me ha dicho que no parece haber alteraciones serias. Pero estoy sobre ascuas. Dejémonos de más llamadas y vamos para Valladolid, que cada minuto cuenta.
-          ¡Ea, taxista, p’alante!, voceó José María, apoyando la premura que Pepe sugería. El taxista acabó rápidamente sus tareas y gruñó:
-          Mucha prisa, mucha prisa, pero no me han dado una peseta para la gasolina. Les voy a clavar cuando lleguemos.

     Se pusieron nuevamente en marcha. Habían estado parados algo más de media hora.

***

     Pasadas las ocho de la tarde, embocaban la entrada a Valladolid desde la carretera de la capital de España. De golpe, se encontraron con un control militar, que mantenía barrada la vía. Los diputados sacaron pecho y dijeron al teniente que mandaba la fuerza:

-          Somos diputados nacionales. Déjennos seguir o condúzcannos a la Casa del Pueblo.

     El teniente se cuadró al comprobar los carnés, pero se mantuvo inflexible:

-          Lo siento, pero cumplo órdenes. Quedan ustedes retenidos y se les va a llevar inmediatamente al cuartel del Regimiento Farnesio. Allí decidirán qué hacer.

     José María acertó a preguntar al cabo que dirigía su breve traslado hasta las dependencias cuarteleras:

-          ¿A qué hora han montado ustedes el control de la carretera?
-          Hace un momento. A eso de las ocho menos cuarto.
-          ¡Maldita gasolina! ¡Qué cara nos va a salir!

     En efecto, les salió carísima. José Maestro, Juan Lozano y José María Sánchez Izquierdo fueron fusilados el 18 de agosto de 1936. Al taxista, José Jiménez Lablanca, le cayeron treinta años de prisión. Por lo que yo sé, José Lamoneda e Indalecio Prieto murieron, como suele decirse, en la cama, tal vez confortados por la música de Mozart.

No hay comentarios:

Publicar un comentario