domingo, 3 de octubre de 2010

Una canción es sólo una canción



     Todos conocemos el poder de una canción en nuestras vidas, pero ¿opinan lo mismo los profesionales que las cantan? ¿Y si interactuaran un rendido admirador y una carismática diva? A esas preguntas trata de responder el presente relato, inspirado en la gran señora de la canción italiana Gigliola Cinquetti (Verona, 1947) y su dramática participación en el Festival de la Canción de Eurovisión de Brighton, en el año 1974.




1. Preámbulo y preparativos

     Casi una conjunción astral fue necesaria para dar con mis huesos en la ciudad de Brighton a primeros de abril de 1974. Desde luego, el planeta mayor fue la celebración allí del Festival de la Canción de Eurovisión que –según los entendidos- llegaba a su décima novena edición. Los otros cuerpos sidéreos concurrentes eran, por el orden que ustedes quieran, una gran cantante, una acreditación periodística y un ardiente deseo de descansar. Pero vayamos por partes.

     Por San José, recibí una felicitación en mi onomástica, gentileza de mi imprevisible amigo y colega de bachiller, Artemio Cifuentes. En una posdata, como quien no quiere la cosa, Arty agregaba:

     Por cierto, la conocida revista Mundo Joven me ha comisionado para que cubra el Festival de Eurovisión. Ya sabes que yo, de inglés, good morning y I love you, y de francés, poco más, pero he dicho que sí porque es una gran oportunidad para mi carrera. ¿No podrías echarme una manita con los idiomas y venirte conmigo? Tendrás acreditación para entrar por allí como Pedro por su casa, amén de habitación pagada en un buen hotel y mi agradable compañía. ¡Ah!, se me olvidaba: mira quién representa a Italia. Cuento contigo, hasta el punto de que ya te he comprado billete de ida y vuelta en avión para el próximo día 4, y es de los que no admiten devolución.

     Convengo en que las fechas, inmediatamente anteriores a las vacaciones de Semana Santa, no me venían del todo mal. Como concienzudo y novel catedrático de geografía e historia en el Instituto Femenino Doña Jimena de Gijón, estaba terminando los exámenes y las correcciones iban viento en popa. Por otro lado, mis doscientas alumnas (sí, doscientas) me tenían al borde de la neurosis. No obstante, me daba apuro pedir permiso y el susodicho Festival había perdido para mí el atractivo de tiempo atrás, a pesar del bombazo de Mocedades, el año anterior. Así que estaba ya a punto de llamar a Arty y decirle que pusiera mi billete a reventa, cuando paré mientes en lo de la representación de Italia. A falta de información periodística, utilicé el boca a boca en la sala de profesores:

-          ¿Sabe alguien quién actúa por Italia en Eurovisión?
-          Chico, a mí, sacándome de Peret, ni idea.
-          Creo que es Gigliola Cinquetti, la de Non ho l’età.

     ¡Cielos! El desgraciao de Arty había sabido darme donde dolía. Salí escopetado para la dirección, a pedir un permiso de tres días. Inventé un pretexto, no del todo inexacto:

-          Es que hacen una prueba muy grave a una amiga y me han pedido que la acompañe.
-          Pues nada, Pepe, ve y no te preocupes. Y que todo salga bien. ¿Es joven?
-          Justamente de mi edad. Somos de la misma quinta.  

***

     Con lo que les he contado, ya pueden ustedes deducir que nací en el año 1947. Más difícil les resultaría adivinar el porqué de mi amistad con la Cinquetti, entre otras cosas, porque hasta entonces no la había visto nunca en persona. Mi escasa experiencia televisiva de la atractiva veronesa se limitaba al milagro de Non ho l’età en el 64 y a la maravillosa Dio, come ti amo en Sanremo, dos años después. Luego, una voz sencilla y levemente nasal cantando en español a la lluvia o a los domingos camino de misa, y punto. En fin, la conocía como cualquier otro muchacho de la época. Bueno, no del todo, pues además estaba Cecilia, Cecilia Sarti, mi italiana favorita.

     Todo empezó allá por el verano del famoso triunfo eurovisivo de la muchachita de nombre impronunciable para un hispano [1]. Teodora, mi inolvidable profesora de Historia del Arte, me llamó un bochornoso mediodía de julio, con un encargo que –¡qué quieren que les diga!- los he tenido peores:

-          Pepe, la hija de una colega mía de Verona está pasando unos días en casa. Se llama Cecilia y es de tu edad. ¿Por qué no la sacas a pasear y le enseñas a tu aire la ciudad? Conmigo se está aburriendo como una ostra.

     Cecilia resultó ser una jovencita menuda, morena, de rostro simpático y melena muy lisa, con mechón sobre la frente. Si algo destacaba de ella a primera vista, eran sus pantalones cortos y sus faldas, de una longitud bastante menor que la habitual a la sazón en la tórrida Castilla. Aunque mi entrada con ella no fue muy certera (y me lo tenía merecido por pedante), las cosas luego mejoraron a ojos vistas:

-          Así que de Verona. ¿Vives a orillas del Po?
-          Pues no exactamente, pero tenemos el Adigio casi a la puerta de casa.

     Yo, tras el batacazo punzante de mi primer amor, un año antes, y algunos tumbos sentimentales ulteriores, estaba en vías de radical reforma, a lo que no era ajena mi próxima entrada en la Universidad, que me convertiría en persona respetable. La timidez y el deseo de dejar el pabellón español en buen lugar hicieron el resto. Creo que fui un acompañante tan atento y anodino como doña Teodora podía desear. Por otra parte, Cecilia era charlatana y complaciente. Pasamos una semana muy grata y ella aprendió castellano a marchas forzadas. La despedida, con merienda incluida a cargo de mi maestra, fue esperanzadora:

-          Escríbeme y, si vas por Italia, no dejes de avisarme.
-          Descuida, ya he tomado nota de tus señas. Bueno, esto es para ti.

     Mi regalito era un disco con cuatro canciones del Dúo Dinámico, en honor de los estudios musicales de Cecilia. Ella quedó cortada pues no tenía nada preparado a la recíproca. Con todo, no sé qué tienen las mujeres que las hace superiores. Un beso pleno de sentimiento y un libro por Navidad compensaron con creces mi detalle. Todavía recuerdo su título: L’Arena di Verona. En él aprendí a amar la lengua de Petrarca… y de Cinquetti.

***

     A mediados de 1969, me licencié en Filosofía y Letras, rama de Geografía e Historia; vamos, una titulación como Dios manda, extensa en título y en conocimientos. El viaje de fin de curso, como correspondía, al País del Arte. Verona tiene la mala suerte de estar cerca de Venecia, como Siena la tiene por su proximidad a Florencia. Quiero decir que las agencias de viajes les dedican un pasavolante de un día, como mucho. Esto sucedió con nuestro curso, pero aún así me faltó tiempo para anunciar mi visita a Cecilia. No nos habíamos vuelto a ver desde cinco años antes y nuestra correspondencia había ido quedando limitada a las felicitaciones de fin de año.

     He de reconocer que estuvo cordialísima. Me fue a buscar al hotel, tan pronto la llamé por teléfono y me dio el tópico paseo por su espléndida ciudad. Ya se sabe: Catedral, San Bernardino, San Zenón, palacios Bevilacqua, Comunale y del Governo, el Castelvecchio y, para cerrar con broche de oro, el teatro romano y la fastuosa Arena (“anfiteatro con capacidad para 25.000 espectadores, que en el verano es sede de afamadísimos eventos musicales”). Yo escuchaba, admiraba y escrutaba sus ojos azabache, tratando de captar el estado de su corazón. Tal parecía que me hubiera adivinado el pensamiento, cuando me dijo:

-          Comeremos en una trattoria, al lado de la Piazza delle Erbe. Así podrás conocer a Michele, mi novio, que quiere saludarte, por tanto como le he hablado de ti.
     Bien, una cosa aclarada. La otra fue para mí una completa sorpresa. Pasando por una calle, que resultó ser via Pascetti, mi acompañante señaló:

-          Mira, en ese bloque de pisos vive mi amiga Gigliola Cinquetti. Bueno, vivía, porque ahora se pasa la mayor parte del tiempo viajando o en Roma.
-          ¡No me digas que eres amiga de Gigliola!
-          Pues sí. Fuimos juntas al colegio y coincidimos en las clases de música del maestro Ravazzin. Luego ella pasó a diplomarse en Artes a la Academia Cignaroli, mientras yo he estudiado canto y viola en el conservatorio. Pero seguimos manteniendo la relación. Es una chica estupenda y de gran personalidad. Me alegro muchísimo de sus éxitos.

     La hubiera dado de azotes: cinco años conociéndola y yo sin saber de su amistad con mi chica ideal. Estuve a punto de guardármelo en el almario, pero finalmente lo solté:

-          Si yo hubiera hecho caso a Gigliola, ¡cuántos pesares y sufrimientos me hubiera ahorrado! Pero no la atendí, o su aviso llegó demasiado tarde.
-          ¿A qué te refieres, Pepe?
-          A lo de no tener edad, esperar y alcanzar en su momento la felicidad. Con ese consejo, tan clara y dulcemente cantado, no hubiera tirado por la borda mi primer amor.
-          ¡Por favor! No me digas que sigues dando vueltas a eso. ¡Todos hemos tenido una primera vez y para casi nadie ha sido la definitiva! ¡Vaya con el romántico!
-          Dejémoslo, Cecilia. Y, hablando de otra cosa, no dudo de que Michele es el hombre más afortunado de Italia.

     Cecilia se ruborizó, pero reaccionó con la rapidez del rayo:

-          Y tu perdida enamorada es la chica más tonta de España.
En fin, haré una elipsis, para no resultar pesado. Aquellas Navidades recibí, como de costumbre, una cariñosa felicitación de Cecilia. Dentro de ella, una fotografía de Gigliola y ella en la Piazza dei Signori cubierta de nieve. En el dorso, tres palabras: Auguri,  Gigliola, Cecilia. Por esas fechas –día arriba, día abajo-, “la chica más tonta de España” contraía matrimonio con el español de mejor suerte. Que no era yo, por supuesto.



2. Brighton, abril de 1974

     El jueves, 4 de abril, tras un viaje el día anterior desde Asturias, que se me hizo eterno, y un vuelo mañanero de Barajas a Heathrow, pisamos tierra británica. Esta segunda parte de mi viaje resultó bastante entretenida, pues el avión era casi una sucursal de las revistas musicales españolas de aquella época. Aún me acuerdo de algunas caras y, sobre todo, de los nombres de las publicaciones –para mí, desconocidas hasta entonces- : Disco Exprés, que creo era la decana; El Musical, financiado por la Cadena SER; El Musiquero, dirigido por el entonces omnipresente José María Íñigo… y Mundo Joven –“fenomenal, oye”-, que supo resistir el tiempo y a mi amigo Artemio. Buenos chicos, jóvenes y colaboradores, aunque demasiado ruidosos y aficionados al alcohol, para mi gusto y el de las estiradas azafatas de British Airways.

     Un microbús previamente contratado nos llevó de Londres a Brighton, supongo que por camino igual o parecido al del famoso rally de coches antiguos. Unos bocadillos y, a media tarde, llegábamos a la famosa estación veraniega, a la sazón fría y bastante desangelada. Con el pretexto de que los hoteles estaban todos muy próximos, nos dejaron indiscriminadamente a la altura del Grand Pavillion, sede del festival, adornado con las banderas de los 17 países participantes. Afortunadamente, nuestro equipaje era corto y la distancia al King’s Hotel acomodada a nuestras fuerzas. El indicado hotel era una pasada –como ahora se dice-, aunque la habitación que nos tocó en suerte resultaba pequeña y un tanto envejecida. Desde luego, la primera línea de playa nos era visible tan sólo por la acuarela que pendía sobre la cama de Arty. En fin, prometo abreviar en lo sucesivo las descripciones innecesarias.

    Dejé a Arty en el hotel, entregado a sus preparativos documentales y cachivaches de audio, y salí a dar la vuelta obligada: King’s Road, el Brighton Pier y el ostentoso y parcialmente reconstruido Pabellón. Había olvidado mi acreditación en el hotel y no era cosa de volver a buscarla. Así que me conformé con husmear por el vestíbulo y tratar de memorizar los nombres de los aspirantes a la gloria. Al regreso, admirativo vistazo al Royal Albion y al Grand Hotel, destinados para las figuras de la canción y los periodistas de postín, y una ración de asiento para contemplar la hermosísima puesta del sol, entre la agitación del mar y la solemnidad de los cantiles. Empezaba a pensar que el esfuerzo económico y el cansancio de los viajes podían haber valido la pena.
***

     Cenamos con Agustín Reyes, de El Musical, en un pub cercano. El hombre lo sabía todo acerca de las canciones y los intérpretes. Se había visto un montón de vídeos (o como se llamasen entonces) y nos alertó sobre la buena calidad, o el gancho, de Finlandia, Grecia, Suecia y Holanda. España, con Peret, de pena. Inglaterra, pese al bomboncito rubio de Olivia Newton-John, vulgar. Italia, Portugal, Irlanda, con grandes voces o grandes partituras, pero –según él- sin reales posibilidades.

     Al volver al hotel, teníamos en el casillero un folio con el orden de participación. Reino Unido y España, segundo y tercer lugar. Suecia, octava. Portugal e Italia, los dos últimos. A la camita y a dormir, que los ensayos empezaban temprano. Lo dije demasiado pronto. El movimiento en otras habitaciones y mi propia emoción me hicieron la noche interminable. A las dos y media salí a dar una vuelta por las Lanes peatonales. Cuando más tarde se lo conté a Arty (que roncaba felizmente, gracias a su buena dosis de alcohol), casi se troncha de risa:

-          Pero, tío, ¡qué riesgos corres! ¿no estás al tanto de que Brighton es el punto caliente de los gays en Inglaterra?
-          Ya me parecía a mí que tenía un éxito imprevisto con los noctámbulos.

     A eso de las cuatro, me quedé por fin traspuesto. No sé (sí sé) por qué, pero soñé con el balcón de Julieta, quien tenía la cara de la Cinquetti.

***

     Provisto de un  bloc tamaño folio y de la credencial de solapa, pasé a sentarme bajo la soberbia Dome de cristal del salón de conciertos, con capacidad –decían- para unos dos mil espectadores. Eran las nueve de la mañana y los ensayos iban a desarrollarse por el mismo orden que las actuaciones de la tarde-noche del día siguiente.

     Careciendo de experiencia y de oído, es casi imposible acertar en los pronósticos, pero por una vez (dos en mi vida, contando el Óscar a Jane Fonda por Klute), acerté de lleno. Llevaba siete páginas garrapateando notas y observaciones, cuando aparecieron en el escenario los suecos. Amigo, ¡tenían algo que era, a la vez, nuevo y clásico, melódico y con un acompañamiento apabullante! Estaba cerca de mí Agustín Reyes y le guiñé un ojo, con ademán admirativo. Reyes sonrió y me soltó una de las suyas:

-          Si estas parejitas se esmeran y no riñen, van a ser los sucesores de los Beatles; en ventas, se entiende.

     Con sus virtudes musicales, su puesta en escena y empleando el inglés, ¿a quién iba a importarle que la canción fuera poco más que simpática? Ahí estaban los favoritos. Pero había que oír a la Cinquetti, por más que tuviera que luchar, no sólo contra un muro de sonido, sino contra el muro de repetir victoria –cosa nunca vista-, diez años después.

    
    Quince, dieciséis, diecisiete. ¡Ahí estaba! Vestida de calle, melena suelta, toda ojos, sonrisa y piernas. Mi amiga, mi ideal, la cantante de mi adolescencia. Bajó por la casi invisible rampa (que alguna mala pasada jugó a los participantes) y tomó posesión de la tarima redonda en que aquella terminaba, con tanto peligro cuanto poco diámetro. ¡Señor! ¿A quién se le habría ocurrido semejante estructura… y con constantes cambios de luz? En esto que eché un vistazo a las cuatro chicas que, detrás y a la izquierda de Gigliola, habían formado piña para hacerle el acompañamiento coral. El corazón me dio un vuelco, pero no llevaba las gafas y la claridad no era mucha. Habría jurado que la segunda chica por mi izquierda, menudita, de melena lisa y cara simpática me resultaba familiar. En fin, a esperar.
La canción de Gigliola era realmente espléndida: variada, sentida, con una letra poética y un tanto equívoca. La reiteración delcontrastaba con las dudas y sentimientos diversos que lo generaban. El final era abierto, más propio de quien se entrega por pura gratuidad que de quien está seguro de dar o recibir felicidad. Era un nuevo paso, un impulso más en la profundidad del amor, en la madurez de los sentimientos. A la espera con pleno compromiso final de Non ho l’età, había sucedido en mi recuerdo el torrente imparable y lleno de metáforas de Dio, come ti amo y, ahora, la entrega, sin certeza ni permanencia, sólo por reciprocidad y anhelo de maravillosas posibilidades.

     Bueno, fuera eso o no lo que quería decir, o a mí me dijo, lo cierto es que casi se me escapa la moza. Me levanté a toda prisa de mi butaca de tercera fila y, sin llegar aún a la altura del desnivel del escenario, grité en forma amortiguada:

-          ¡Cecilia!

     La interpelada volvió la cabeza. Le hice un gesto de saludo. Ella sonrió, dio media vuelta y llegó hasta mí, poniéndose en cuclillas:

-          ¡Pepe! ¡Qué sorpresa! No te muevas de aquí y espérame, que en unos minutos estoy contigo.

***

     Un cuarto de hora más tarde, tenía ante mí a la dulce Cecilia. Tras los cariñosos saludos de rigor, nos sentamos al fondo de la gran sala y, durante unos minutos, departimos acerca de lo más sobresaliente de los cinco años transcurridos desde nuestro último encuentro de Verona. Como me suponía, se había casado con Michele y tenían una niña de dos años, llamada Claudia. La feliz mamá se dedicaba a ejercer de ama de casa y a dar algunas clases particulares de música a nivel elemental. ¿Esto de Eurovisión? Un bolo, más por amistad con Gigliola, que por otra cosa.

-          ¡Ah, por cierto! Vamos a interrumpir la charla, que Ola quiere conocerte. Me ha encargado que te lo diga y anda con muchas prisas. Pero de camino, cuéntame. ¿Qué ha sido de ti? ¿Te has casado?

     En ruta hacia el camerino, recité mi telegrama. Sí, estaba bien de salud. Sí, era un hombre respetable, profesor en un liceo de señoritas. No, no me había casado, aunque tenía varias ofertas en mente (¡mentira!). ¿Lo del romanticismo? Luego hablamos, que te debo una comida desde hace una eternidad.

     El corazón me latía con fuerza cuando Cecilia, casi sin llamar, me franqueó la entrada del camerino de la Cinquetti. La verdad es que de cerca imponía. Ligeramente más alta que yo (con su medio tacón), con unos inmensos ojos de miel, una melena suelta que parecía prolongar hasta el infinito su rostro ancho y apenas maquillado… y la voz, de tesitura baja, envolvente y acariciadora. Menos mal que empezó ella:

-          Así que tú eres el famoso Pepe, el español romántico (¡y dale!). ¡Cecilia me ha hablado tánto de ti!
-          Yo también tenía muchas ganas de conocerte. Has sido desde siempre mi cantante favorita.
-          Y su consejera espiritual –terció maliciosamente Cecilia-; sólo que no te ha hecho mucho caso.
-          Será porque tuvo que cantar demasiado aprisa y me perdí algo importante [2].

     Gigliola comprendió, pese a la diferencia de idioma, y se echó a reír, de aquella maravillosa forma, abierta y sonora, que la hacía tan cercana. La tensión del desconocimiento había quedado rota. Durante breves minutos charlamos un poco de todo aunque, inevitablemente, la conversación derivó hacia la canción:

-          Es preciosa –me atreví a juzgar-, sólo que desde mi butaca he echado en falta un poco más de volumen al comenzar, y sería aconsejable que Cecilia y sus muchachas bajaran un poco la intensidad, pues te comen en algunos momentos.
-          Entonces, ¿crees que podemos ganar?, preguntó amablemente Gigliola.
-          ¡Qué importa eso! Ya triunfaste cuando era necesario. Ahora se trata de estar a tu nivel y enamorar a quienes gustamos de la belleza y de la música.
-          Eso es muy bonito, pero me estás dando a entender que lo ves muy difícil.
-          ¡Ojo con Suecia! –no me atreví a precisar más-. Anda, vente a comer con nosotros y quítate el certamen de la cabeza.
-          Imposible, estoy esperando noticias muy importantes de Italia. Tal vez una copita después de cenar. Ya te lo confirmaré por Cecilia.
-          Pero, Gigliola –arguyó esta-, podrías necesitarme.
-          Nada, nada, ve con Pepe y recordad viejos tiempos. No le vas a decir que no, con la canción que traemos…



3. Cuando decir está mal visto

     Nos despedimos de Gigliola indicándole que comeríamos en el restaurante del King’s Hotel, por si necesitaba ponerse en contacto con Cecilia. Yo estaba un poco mosca ante la tensión que se respiraba en el camerino, a raíz de aludir la diva a las noticias muy importantes de Italia. Camino del hotel, Cecilia se sinceró a mi ruego:

-          Esos beatos de la Democracia Cristiana, que se han empeñado en que la canción tiene un mensaje subliminal, al repetir unas quince veces la palabra .
-          ¿Y qué? Si se titula , no iba a repetir no.
-          Ya, pero es que dentro de un mes se celebra el referéndum sobre la ley del divorcio. El sí supone su ratificación popular y el no implicaría derogarla por mandato del pueblo.
-          Acabáramos. ¿Y qué están cociendo esos meapilas?
-          Pues nada menos que no retransmitir el certamen en directo y excluir la canción de todas las emisoras de radio y televisión públicas, hasta que se celebre el referéndum, el próximo 12 de mayo. Vamos, hundir la canción y, de paso, ningunear a Gigliola y a todos nosotros.

     Aunque en España estábamos vacunados contra cacicadas e imposiciones, quedé atónito. Yo pensaba que Italia era entonces muy otra cosa. La nube de la política veló el sol de nuestro reencuentro. Sólo pude animar a Cecilia, preguntándole por su niña y contándole anécdotas divertidas de mi primer curso en el Instituto, como aquella de las apuestas que las alumnas cruzaban sobre el color o el dibujo de la corbata que llevaría yo en clase al día siguiente.

     A mitad del segundo plato, llamaron a Cecilia para el teléfono. A los pocos momentos, regresó demudada:

-          Lo siento, Pepe, pero tengo que irme. Se han confirmado los peores augurios. Retransmisión suspendida para Italia.
-          Espera un poco, Cecilia. Si todo está consumado, no vais a pasaros la tarde metidas en el hotel pingando el moco. Lo que menos necesita Gigliola es perder el ánimo. ¿Qué te parece si la convences para que pase la tarde con nosotros? Te prometo que, o hago que remonte el vuelo, o me como la acreditación, con plástico y todo.
-          ¿Tú crees?, respondió Cecilia con un asomo de esperanza en la voz y la mirada.
-          Eso está hecho. Vamos para vuestro hotel. Yo esperaré en la cafetería ultimando mi plan infalible. El resto es cosa tuya.

***

     Tenía tan poca confianza en mi plan… que ni siquiera un plan tenía. Así que, por primera y única vez en mi vida, deseé que Gigliola no viniera a mi encuentro. Pero vino. Apoyada en el brazo de su amiga, con sonrisa de circunstancias y un bellísimo vestido malva de falda plisada, con un chaquetón a juego. Su estreno fue de gran señora:

-          Muchas gracias por invitarme a pasar la tarde con vosotros, pero temo que voy a estropeárosla con mi alicaído humor.
-          De eso nada –repliqué-. Cuento contigo para que Cecilia no nos haga un monográfico de su pequeña Claudia y podamos charlar de todo lo divino y lo humano, como las personas mayores. Aunque, bien pensado, quizá sea mejor evitar lo divino, no sea que el señor Rumor [3] suspenda nuestra gratísima reunión.

     Sorprendida y animada por la broma, Gigliola se desahogó contándonos lo que en lo esencial ya conocíamos y no es del caso detallar aquí. La cosa es que, después de los riesgos y esfuerzos que para ella había supuesto la decisión de participar nuevamente en Eurovisión, ahora resultaba que Italia se quedaba en ridículo y a oscuras, y ella, los autores y todo el equipo, corridos y en el limbo.

     El café y los refrescos (desde luego, a temperatura ambiente) iban y venían. Algunos huéspedes y bastantes periodistas, incluido mi atónito amigo Arty, iban ocupando las mesas próximas y aguzaban sin duda el oído. De repente, como si hubiera pasado un ángel, Gigliola calló durante unos instantes. Cecilia y yo nos miramos buscando desesperadamente la inspiración para un nuevo tema de plática. Pero no fue necesario:

-          Vamos a ver, hidalgo de Castilla –ironizó la Cinquetti-, ¿qué es eso  de que yo no pude salvar tu primer y único amor?
-          Cielos, hidalga de Verona, no pretenderás hacerme una escena por no haber esperado a que creciera la rosa, en vez de alejarme del jardín.
-          Pues te lo tendrías merecido, pero te perdono en vista de que –según me ha contado Cecilia- tu corazón ha hecho bueno aquello de plaisir d’amour ne dure qu’un moment; chagrin d’amour dure toute la vie [4].
-          Gracias, filósofa mía. No obstante, sigo lamentando no haber seguido el consejo que tan dulce y emotivamente lanzaste al mundo cuando tenías tan sólo dieciséis años.
-          Pero, Pepe, una canción es solamente música y palabras…

     No sé si ardió mi corazón de ira, o si me pudo el sentirme puesto en ridículo. El caso es que reaccioné como nunca hasta entonces, ¡y con Gigliola y en público! Me erguí, imposté la voz, aunque sin alzarla en exceso, y le dije punto por punto:

-          Conque música y palabras. ¿Entonces, para qué o a quién sirves tú? ¿O crees que millones de estúpidos vamos a verte porque tengas unos ojos bonitos, o a escucharte porque tu voz suene natural y cálida? Pues habrás de saber, señorita Cinquetti, que yo personalmente te encuentro larguirucha, de cara ancha y con la voz apreciablemente nasal y, no obstante eso –y otras cosas que me callo- eres mi sueño, mi modelo y mi italiana favorita; después de Cecilia, por supuesto. Así que ya lo sabes –concluí y volví a recostarme-.

     Gigliola quedó estupefacta, roja como un tomate y, por un momento, pareció dudar subconscientemente entre reír o llorar. Cecilia tenía la mirada baja y noté un leve roce de su zapato en mi pierna. Comprendí su mensaje y seguí, con mi más persuasiva y convincente oratoria:

-          Dices, mi querida amiga, que una canción es sólo música y palabras. Démoslo por bueno, aunque no sería poco. Entonces tú, que eres grande y querida y fuerte, pasa por encima de políticos y de rivales. Mañana sal al Dome y canta como nunca, o como siempre, para Cecilia, para tu equipo, para los autores de la canción y, en especial, para mí, como símbolo y personificación de los que te quieren sin que tú los conozcas. Y deja de sufrir y compadecerte de ti misma. ¡A por todas!

     No presumo de que mis palabras cambiaran el panorama de aquella tarde, ni del día siguiente: después de todo, Gigliola es una mujer fuerte y una gran profesional. Pero en sus ojos entonces vi lo que, alguna que otra vez, he captado en mis alumnos y en poca gente más: que yo era comprendido y valorado, vamos, que servía y era útil. Dicen que una de las cosas que dan más paz a la conciencia es tener las manos llenas de buenas obras. Pues eso; sin exagerar, pero eso.

     Pasó un minuto. Apaciguadas las emociones, puse mis manos en las más cercanas a mí de mis dos amigas y pregunté:

-          ¿Hace un paseo y contemplar la puesta de sol?

     Cecilia asintió incorporándose, pero Gigliola objetó:

-          Es un poco tarde y hace fresco fuera. No vaya a ser que se me tome la voz y Pepe no pueda escuchar mañana a la gran Cinquetti en su mejor momento.
-          Si es sólo eso, todo arreglado –repliqué-. Ahora mismo vengo.

     Corrí a la boutique del hotel y compré un espectacular echarpe en tonos azules y amarillos. Aún me parece estar viéndolo (y también la etiqueta, con su casi prohibitivo precio). Regresé a la mesa y rodeé con él el esbelto cuello y los hombros de Gigliola. Tuve aún el valor de susurrarle al oído:

-          No puedes rechazarlo. Tiene los colores heráldicos de la ciudad de Verona.

     Habría jurado que tenía los ojos húmedos. Yo, desde luego, no veía muy claro.

***

     Con Gigliola en el centro, fuimos paseando los tres, King’s Road adelante, camino del banco desde el que yo había visto el ocaso el día anterior. La conversación era variada y fluida: los cuidados de la infancia (a cargo de Cecilia), las anécdotas con adolescentes (por un servidor), los gozos y las fatigas del arte y del público (según Gigliola). En un momento dado, ya cómodamente sentados frente al mar, la cantante me confesó:

-          Si de algo estoy contenta, es de haber seguido el consejo de mi padre y terminado los estudios. Habiendo comenzado mi carrera musical tan joven, supongo que a los cuarenta estaré harta, o demasiado cansada. Tendré que hacer otras cosas y no meramente vivir de los recuerdos.
-          ¿Y el amor, señorita especialista?, le pregunté con evidente retintín.
-          No me veo de simple ama de casa. Quien me quiera tendrá que aceptarlo. Vittorio no pudo, o no quiso [5].

     Yo estaba in albis del tema, pero pérfidamente aproveché para devolver golpes anteriores:

-          Entonces, tú no crees en el amor eterno, el hombre de tu vida y todo eso…
-          Sólo hasta cierto punto. ¿Sabes, Cecilia, que este chico debería dedicarse a la canción? Así echaría fuera una parte de su romanticismo y quedaría perfecto.
-          Vamos –dije un poco picado-, que una cosa es lo que se canta y otra muy distinta lo que se vive.
-          Para mí, no tan diferente. He llegado a un momento en la vida en que, si una canción no me dice nada, o me disgusta, no la canto. Tú eres inteligente y sensible. Cuando te haga sentir lo que yo canto, entonces te estaré diciendo mi verdad. Como pasó, aunque a la inversa, con Non ho l’età.
-          A la inversa… ¿Qué quieres decir? No te entiendo.
-          Anda, Cecilia, díselo tú, que a mí, a lo mejor, no me haría caso.
-          Lo que Ola quiere decir es que ella no estaba entonces, ni lo está ahora, de acuerdo con buena parte del texto de la canción. Como suele decirnos a los amigos, el amor no está vinculado a la partida de nacimiento.
-          Pero, entonces…, balbuceé.
-          Entonces, querido, a lo mejor no es que no me hicieras caso, ni que llegara tarde, sino que supiste leer en el fondo de mi corazón. ¡Y eso que muchas veces no es fácil! –concluyó Gigliola-.

     El sol se puso entre nubes y gaviotas y, por algún tiempo, nos hizo callar. Luego, la penumbra y la brisa fresca nos recordaron que era preciso volver. No sé qué ventolera me dio, que me puse en medio de las dos italianas y las tomé del brazo. Cecilia se dejó ir, con su benevolencia acostumbrada. Gigliola, dulcemente, se desasió unos pasos más allá. Nos miramos y comprendí: ya no necesitaba mi apoyo; el equilibrio y la firmeza habían retornado a su ser.

***

     Cené cualquier cosa, solo, en el pub del día anterior (¿pero era posible que sólo hubiesen pasado veinticuatro horas?). Supongo que tenía la mirada perdida y una angustia indefinida me hacía difícil pasar el alimento. Al concluir, caminé arriba y abajo junto al mar, ese mar nocturno, negro y misterioso, en que tímidamente rielaban las farolas del paseo. Me acodé en la barandilla y me empeñé en recrear en el agua la imagen de Gigliola, pero sus rasgos y su edad se mezclaban inseparable y tercamente con los de Ella, tal y como yo la recordaba en nuestros momentos del plaisir d’amour [6]. Quería acabar, olvidar, irme, pero no podía, ¡maldita sea!, me era imposible.  Al fin, una palmada en la espalda y una voz amiga:

-          Así que escondiéndote de los amigos. Joé, tío, ¡qué callado te lo tenías!

     Como habrán adivinado, era Arty, dispuesto a hacerme un tercer grado hasta las tantas. Pero, con todo y con eso, lo recibí como una bendición, sonreí y misteriosamente comencé mi restricta y superficial confesión con estas palabras:

-          Pues bien, padre, la cosa fue así.




  1. El gran día


     Amaneció el sábado, 6 de abril, el día del Festival. Tenía la cabeza como un bombo. Entre las preguntas de Arty y las emociones sentimentales, apenas me había relajado; cuánto menos, dormir en condiciones. Traté de compensarlo con una ducha eterna y un desayuno pantagruélico. Total, poco o nada que hacer tenía aquella mañana y ni contar con mis italianas, entregadas a peluqueros, maquilladores y modistas. Por eso, me quedé atónito cuando me pasaron una llamada desde el hotel Royal Albion. ¡Era Cecilia!

-          Caro, ¿has descansado bien? Te llamaba para darte las gracias por lo de ayer. Lo que hiciste por Gigliola no lo olvidaremos nunca -¿pero no se le entrecortaba la voz?; ¡será tonta!-.
-          Te lo había prometido y yo procuro quedar bien con las amigas, dado que tengo muy pocas.
-          Hombre, pues a eso iba, en cierto modo. ¿Te atreverías a correr un riesgo en tu vida, un riesgo grande pero que merece la pena?

     Soy torpe, pero lo cacé al vuelo.  No obstante, decidí asegurarme de por dónde iba.

-          Cecilia, cariño, dime la verdad. ¿Hablas por ti o en nombre de Gigliola?
-          Por mi propia iniciativa, por supuesto. Gigliola nunca me lo pediría. Pero yo bien sé lo que piensa. Casi puedo asegurarte que si tú…

     La cabeza me daba vueltas y no era capaz de articular razonadamente las palabras. En esto que se me apareció la visión de la marina nocturna del día anterior: Gigliola con otro rostro, indefinida, miscelánea, trasunto de mi propia inseguridad, de la imposibilidad de borrar mi pasado. En un instante, decidí y creo que acertadamente.

-          Cara, yo puedo correr el riesgo. Después de todo, tengo muy poco que perder. Pero Gigliola no puede ni debe correrlo. Tiene el futuro abierto y las ideas claras. Lo de ayer hubiera hundido a cualquiera y cualquiera en esa situación hubiera hecho lo que yo hice. Así que dolcemente dico no [7].

     Se hizo el silencio durante bastantes segundos. Finalmente, Cecilia resumió:

-          Eres un encanto. Cuenta siempre con mi amistad y mi gratitud, pero creo que te equivocaste pidiendo amor a quien no tenía edad y que ahora te equivocas no buscándolo en quién sí la tiene. Quiera el cielo darte una tercera oportunidad.

     Ella y yo sabíamos que el cielo no suele ser tan generoso.

***

     Y llegó el gran momento. Aunque había vuelto a mi bloc de notas para aparentar profesionalidad, tenía todo hecho y me encontraba a disgusto en una sala tan abarrotada. Incluso, salí un par de veces al vestíbulo para respirar aire más puro. La noche –para mí- se desarrolló según lo esperado. A media sesión llegó la mascarada de Abba, con su indumentaria chillona, la guitarra en forma de estrella y su director de orquesta vestido casi de Napoleón. Entonces resultaba chocante; hoy hubiera parecido hasta moderado. Mucha cantante hermosa, cubiertas de gasas y demás tejidos vaporosos. Un portugués, serio y espigado, cantando con cierta desfachatez literaria los momentos inmediatamente posteriores a la ruptura amorosa. Y, por fin, Italia.
     Gigliola, con un vestido de color azul eléctrico, sin mangas ni espalda, cerrado por delante hasta el cuello, marcando suavemente la cintura y con una discutible falda larga en tres capas, que la estilizaba al máximo, cantó con la versatilidad y la ternura que la canción requería. Cecilia y las chicas, mucho más contenidas que el día anterior, con blusa beis clarito, casi de colegio de monjas, y hermosas faldas largas de terciopelo estampado. A mí, pese a todo, me parecieron las dos mujeres más atractivas sobre el escenario pero, claro, mi parcialidad es evidente.

     Y luego, la votación. Italia llegó más lejos de lo que yo había imaginado. Con posibilidades de victoria hasta muy avanzada la votación, quedó segunda, tras los inevitables suecos. Era lo máximo y Gigliola podía estar orgullosa. Con todo, y según me aproximaba al set italiano, mientras repetían Waterloo, me pareció  estar haciendo cola para dar un pésame. Gran parte de la delegación –Cecilia incluida- lloraba a lágrima viva; otros tenían los ojos fijos en el suelo. Sólo Gigliola parecía conservar la tranquilidad o, al menos, la compostura. Tenía sólo veintiséis años, pero ya era la gran señora que hoy todos reconocen.

     Me dio rabia, la verdad, y desesperé –pese a mi credencial- de poder llegar hasta ella y darle la enhorabuena. Me apetecía subirla en hombros y a fe que lo hubiese intentado, si mis músculos hubieran tenido mayor desarrollo. En fin, tuve una idea. Saqué del bolsillo un posavasos de la cafetería del Royal Albion, que guardaba como recuerdo de la tarde anterior, y escribí deprisa y corriendo, sin meditación, estas palabras:

Una canzone non è che musica e parole

     Me acerqué cuanto pude, llamé a gritos a Cecilia y le lancé el redondo cartón por el aire, girando dinámicamente. Ella lo recogió y le hice gestos de que se lo entregara a Gigliola. La cantante lo recibió, miró hasta localizarme, sonrió y agregó a mi texto:

Ma, per tè, con tutto il mio cuore [8]

     Cecilia me lo trajo en mano y se abrazó a mí como si fuera la última vez. Leí el añadido, sonreí y le tiré un beso en la lejanía. Gigliola hizo el mohín de la palabra ciao y me devolvió el ósculo.

     Salí inmediatamente de la sala, abriéndome paso a empujones y sin mirar para atrás ni una sola vez. La verdad es que ambas cosas me costaron mucho, sobre todo, esta última.

***

     Me había hecho el propósito de regresar inmediatamente al hotel y distraer el dolor preparando el equipaje. Pero di de manos a boca con Agustín Reyes, el del Musical, y acabamos en el bufé del Grand Hotel, cantando a dúo el tema de Peret. ¡Ya había que estar loco, o bebido, para hacer tal cosa!


     En una mesa próxima, unos cuantos jóvenes bien trajeados le daban con avidez al güisqui. Reconocí entre ellos al cantante por Portugal, Paulo de Carvalho. Reyes saludó a un tal José Calvario, hombre muy amable y de sonrisa simpática, que había compuesto la canción, Depois do adeus, y dirigido la orquesta en Brighton. Mi colega les felicitó por la actuación y lamentó que apenas hubiera tenido el reconocimiento de los jurados. Carvalho dijo algo que se me quedó grabado:

-          Es triste, pero sólo se conoce y reconoce a los triunfadores.

    Bien, vamos terminando. Aún en posesión de buena parte de mis facultades, llegué a mi habitación, pasé a limpio mis apuntes para el ausente Arty, hice el equipaje y me metí en la cama. No dirán ustedes que no era entonces un joven sufrido y bien educado.

***

     Pese a la cuarentena de (o, tal vez, en parte por ella), el referéndum del 12 de mayo resultó incontestable. Participación masiva, con un sesenta por ciento de síes y un cuarenta de lo contrario.

     En cuanto a Depois do adeus, tuvo el honor de ser el primer toque de llamada a la insurrección revolucionaria de los claveles en Portugal, a las 22:55 horas del 24 de abril de 1974. Eso no se lo podrá quitar nadie, aunque la fama se la haya llevado el segundo aviso, para sacar las tropas a la calle, producido a las 00:20 horas del siguiente día, mediante la emisión de la hermosa canción prohibida, Grândola, vila morena.

     Un día visitó mi ciudad natal (a la que había vuelto yo, tras mi inolvidable estancia en Asturias) el héroe de la Revolución de los Claveles, Otelo Saraiva de Carvalho. El hombre se empeñaba en empezar y acabar sus charlas y conferencias con la interpretación coral a capella de Grândola, que seguía con unción religiosa con un clavel en la mano. Yo me atreví a decirle en el cóctel.

-          Pero una canción es sólo una canción.
-          Sólo hasta que el pueblo la hace suya, me replicó.

     Teniendo en cuenta que el pueblo somos todos y cada uno de nosotros, pienso que Otelo dio en el clavo. Desde luego, yo no lo habría dicho mejor.




5. Cecilia pone el colofón


     Un día de 1993, recibí carta de Pepe. La abrí con sorpresa, pues no era de las fechas en que solíamos escribirnos. La tengo a la vista:

     Querida Cecilia: Últimamente no me encuentro bien y parece que la cosa no tiene remedio. Tengo por aquí unos folios mecanografiados que estuve dudando si presentar a la revista del Instituto, pero eran demasiados y decidí dejarlos en un cajón para releerlos de vez en cuando. Como ya no tendré oportunidad de repetirlo, y verás que te conciernen en buena parte, te los envío como recuerdo de días pasados y de sentimientos que están presentes todavía y por siempre. Recuerdos a Michele y besos a Claudia.

     P.S. Quédate con las fotos que acompaño. El posavasos me gustaría que llegase a quien tú sabes, si es que no lo juzgas inadecuado. Ciao.

     Cumplí el encargo de Pepe cuando Gigliola vino por Verona en Navidades. Se lo di en sobre cerrado, sin desvelarle el contenido; por lo cual, lo metió en el bolso y no hubo más.

     En 1995, me quedé helada cuando mi amiga me comentó por teléfono que había decidido presentarse nuevamente al festival de Sanremo. Es una canción preciosa –me dijo-; se titula Giovane vecchio cuore y ha despertado en mí ecos que estaban dormidos desde hace mucho tiempo.

-          Mira, Ola, puedes cantarla en concierto y por televisión, y grabarla en disco. Pero en el festival de Sanremo… No lo entenderán. Te tildarán de vieja y de trasnochada, y volverán a darte una paliza, como la última vez.
-          No será para tanto, Cecilia. Además, no insistas. No lo hago por mí. Se lo debo a alguien.

     Cuando Gigliola se ponía misteriosa, no había quien le sonsacase nada. Me figuré que sería algún compromiso con el autor, o algo así. Lo cierto es que la canción era muy hermosa. De alguna forma, cerraba el círculo de Non ho l’età, Dio come ti amo, y tantas otras. Y pocas personas podían permitirse echar el cierre a los 47 añitos.




[1] No hace falta recordar a los amigos lectores que los italianos lo tienen más fácil, al convertir –más o menos- Gigliola en Yillola. Claro que siempre queda el recurso de llamarla Ola, cosa que con frecuencia hacen quienes la conocen.
[2]  Alusión al desesperado esfuerzo de última hora que hubo de hacerse en Eurovisión ’64, para que Non ho l’età no superase los tres minutos de duración, cosa que hubiera supuesto su descalificación.
[3]       Mariano Rumor, primer ministro de Italia en abril de 1974.
[4]  Conocidísimos versos de una canción francesa del siglo XVIII, con innumerables versiones discográficas. Su traducción literal puede ser la siguiente: Placer de amor no dura más que un momento; pena de amor dura toda la vida.
[5]  Alusión a Vittorio Selmo, primer novio oficial de Gigliola Cinquetti, cuya relación se mantuvo entre 1969 y 1971. Según se dice, en la ruptura tuvo mucho que ver que el joven no aceptara de buen grado los continuos viajes y compromisos artísticos de la cantante. En 1972 corrió el falso rumor de reconciliación e inmediato matrimonio entre ellos.
[6]  Nueva alusión a la canción de Claris y Martini citada en la nota 4.
[7]  Contraposición al dolcemente dissi sì de la canción , que Gigliola había de defender aquella noche.
[8]  El texto completo tiene esta obvia traducción: Una canción es sólo música y palabras… pero, para ti, con todo mi corazón.

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